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Llámame por tu nombre, de André Aciman

Llámame por tu nombre

Llámame por tu nombre“We had the stars, you and I.

And this is given only once”.

 

Llevo escribiendo reseñas para Libros y Literatura desde hace dos años y han sido muchos los libros sobre los que he escrito. Tenéis que creerme cuando os digo que esta reseña es, con diferencia, una de las más difíciles a la que me he enfrentado. Se me bloquean las manos cuando intento escribir sobre este libro porque tengo miedo de no estar a la altura de su belleza. Debo advertiros, antes de nada, que si no habéis visto la película ni habéis leído el libro debéis hacerlo cuanto antes. No es que vaya a pasarme con los spoilers, pero para poder hablar sobre esta novela como se merece es inevitable que os cuente detalles sobre la trama.

Cojo aire. Con Llámame por tu nombre empecé el revés. Es decir, primero vi la película y después leí el libro. No suele gustarme hacerlo de esta forma, pero no me arrepiento. La película es tan maravillosa y los actores tan perfectos que creo que mi imaginación no lo hubiera hecho mejor. Ha sido toda una experiencia revivir la película a través de las palabras de André Aciman.

Llámame por tu nombre no es una historia de amor. Es quizás la historia de amor más bonita, tierna, sensual y pura que se haya escrito y se haya llevado a la gran pantalla. Tenéis todo el derecho a llamarme exagerada. Lo cierto es que no me importa. Cuando una historia te toca el corazón de esta manera es imposible no sentirme como me siento.
Elio es un joven de diecisiete años, culto, amante de la música y políglota, que pasa los veranos con sus padres en su mansión en un pueblo costero del norte de Italia. Su padre, profesor de arqueología, tiene la costumbre de recibir durante el verano a universitarios extranjeros para que le ayuden a cambio de alojamiento. El joven de ese verano de 1983 es Oliver, un atractivo americano estudiante de filosofía que está a punto de publicar su tesis.

Elio y Oliver. Oliver y Elio. En el momento en que se dan la mano por primera vez empieza todo, pero nosotros nos iremos dando cuenta poco a poco. Será Elio el encargado de narrar esta historia que sucede en el mismo paraíso. Una historia de amistad, de juegos íntimos, de un amor que nace y crece y ha de permanecer escondido. El mérito es de Aciman. Este autor nacido en Alejandría ha escrito una historia tan pura, cargada de sentimientos y erotismo que hace imposible no conectar con estos dos amantes, no desear estar en sus pieles y formar parte de esa maravillosa conexión.

Como os decía, la película, dirigida por Guadagnino es una de las mejores adaptaciones que he visto. No hay que olvidar que James Ivory se llevó el Óscar al mejor guion adaptado por ella. Es una auténtica delicia para los sentidos. La química entre Timothée Chalamet y Armie Hammer es brutal, tanto como en el libro. Y la banda sonora, con Sufjan Stevens, es también una maravilla.

Eso de que el libro siempre es mejor que la película suele ser verdad. En esta ocasión, la película está a la altura de la novela y consigue reflejar de manera brillante el texto de Aciman. Eso sí, el libro va mucho más allá. No solo en la historia (de ahí que ya han anunciado la secuela), sino en la pasión y la belleza. Hay cosas que solo pueden expresarse con el cuerpo y otras que solo pueden expresarse con palabras. Por eso creo que la combinación novela y película es tan maravillosa.

Probablemente no haya dicho todo lo que quería decir. Probablemente esta reseña no esté a la altura de la novela, pero si he conseguido transmitir un poco de la belleza y autenticidad que emana Llámame por tu nombre yo me doy por satisfecha. Lean el libro y vean la película. Puro arte.

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Habrá valido la pena, de Daniel Morales

Habrá valido la pena

Habrá valido la penaCreo que todos estaremos de acuerdo en que la portada de Habrá valido la pena, de Daniel Morales, es llamativa. Y sí, la novela da lo que promete: hay sexo, bastante, y explícito. La primera parte podría resumirse en que Hannah es una alemana de dieciocho años que viaja a Málaga para iniciarse sexualmente: quiere perder su miedo a la penetración y, de paso, encontrar a su príncipe azul. Ay, qué soñadora es esta Hannah, lectora de Charles Dickens, Jane Austen y Lewis Carroll. Si hasta se ha tatuado en el pecho a Alicia atravesando el espejo.

No es arbitrario lo del tatuaje, ya que la novela está plagada de referencias a esta novela. En realidad, la literatura juega un papel fundamental. Hannah es una lectora empedernida y a través de la evolución de sus lecturas vemos también los cambios de su vida: de su adorado Lewis Carroll al atormentado Dostoievski, pasando por los libertinos Sade o Masoch y después, la ausencia de libros; sin vía de escape a su realidad.

Al principio, Hannah afronta la virginidad como si fuera la barrera que la separa de la madurez. Llegamos a conocer sus miedos al pie de la letra. No obstante, aunque el relato se centra en su punto de vista, Daniel Morales también logra transmitirnos las inseguridades sexuales de los chicos que se cruzan en su camino: por la eyaculación precoz, por el tamaño, por las parafilias. En definitiva, retrata de forma bastante verosímil la iniciación sexual de Hannah y de los personajes que le ayudan a ello.

Pero esa etapa de descubrimiento no se reduce al sexo. Hannah también se adentra en las drogas: un porro en una fiesta, un poco de MDMA en una noche de desfase, una raya porque la invitan y no quiere hacer el feo… Daniel Morales refleja los efectos mentales y físicos de cada una de ellas, incluso los autoengaños de los que las consumen y no reconocen que se les va de las manos. Y si el retrato de la iniciación sexual ya me parecía acertado, el de adicción al alcohol y a las drogas me parece impactante y muy bien desarrollado.

Sexo y drogas tienen un fuerte nexo en la historia de Hannah: una cosa le lleva a la otra, y sin quererlo, pero sin evitarlo, entra en una espiral de autodestrucción. La degradación de Hannah llega hasta límites insospechados. No es la clase de personaje con el que se conecte o empatice fácilmente (al menos yo no lo hecho porque está en las antípodas de mi forma de entender la vida), pero incluso así he sufrido con su declive, incapaz de creerme que todavía pudiera hundirse más.

¿Cómo cae tan bajo? ¿Cuál ha sido su error? No hay un respuesta clara a estas preguntas ni falta que hace, porque si algo destaca de esta novela es que ni el personaje ni el narrador buscan la autocompasión, lo que hace que esta lectura sea todavía más cruda y, por eso mismo, mejor.

Me llamó la atención el discurso de uno de los personajes del libro: «Escribo lo que me pide el cuerpo, lo que me gusta escribir y lo que creo que me gustaría leer, lo que me divierte y lo que me da miedo, lo que me parece hermoso o terrible, y no me importa que esté relacionado con Dios, con el honor, con los coños o con la culpa, que esté expresado en bellas palabras o con palabrotas». Asocié esas palabras irremediablemente a las intenciones de Daniel Morales al escribir esta novela, porque es exactamente lo ha hecho en Habrá valido la pena: ha mezclado lo serio y lo cómico, el sexo y la filosofía. Y le ha salido bien. Hasta tal punto que ha sido galardonado con el Premio Vuela la Cometa 2017. Así que os recomiendo que dejéis a un lado los prejuicios literarios y os atreváis a descender a los infiernos junto a Hannah. Cuando lleguéis a la última página no tendréis duda de que este libro lo merece.

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La camarera que me escupía en los chupitos de whisky y otros 15 relatos pellejos, de Jesús Tíscar Jandra

la camarera que

la camarera que¿Pensábais que después del buen sabor que me dejó La japonesa calva no iba a investigar al Jesús Tíscar ese que en la foto se parecía al Migoya? Ilusos… Lo lleváis claro porque aquí vuelvo a la carga con el Tíscar y con sus hits más hits. ¿Cómo iba a dejar escapar a un autor con una fuerza y una forma de escribir (iba a decir prosa, pero no, mejor digo forma de escribir) arrolladora y barriobajera, envolvente, subyugante, familiar y con un vocabulario callejero bajofondil (esta me la he inventado) reconocible? ¡¡No puedo!! Y menos al descubrir que el Tíscar tiene un libro titulado así. ¡Joder! ¿Pero quién en su sano juicio podría resistirse? Y más aún cuando lo que tenemos en este libro son dieciséis relatos o cuentos que en su día (entre 2001 y 2013) fueron  presentados a concursos o certámenes literarios y que, o ganaron el primer premio (la casi totalidad) o quedaron en segundo lugar. Lo dicho, ¡sus putos hits! Ahí es nada…

Bueno. ¿Y qué tenemos aquí? ¿Qué nos cuenta La camarera que me escupía en los chupitos de whisky y otros 15 relatos pellejos? ¿Son tan pellejos esos otros 15?

Pfff… ¿Que qué cuenta? Sería mejor decir qué no cuenta… ¿Cómo decirlo así, de manera fácil, para que se entienda todo y de un tirón, de una parrafada, si larga mejor? Pues un cuento de Navidad en el que la Navidad es un mero decorado de algo que podría ocurrir en cualquier época del año; una mujer de provincias que vomita la tortilla francesa y los dos quesitos que su hija le obligó a cenar anoche y que emprende un viaje a la capital sin despegarse de su cesto, con una obcecación admirable a pesar del calor y de lo poco que le gusta a esa pobre mujer la ciudad; la boda de Anita la Cuajos e Isaías Talavera, “hijos de la desgracia, la noche, el alcohol, el hambre y, en fin, la miseria”, que bien podría ser un spin-off de la cena de Viridiana; otro cuento de Navidad en el que al protagonista le gustaría otra cosa, pero va a tener que joderse y conformarse con lo que le toca; la triste tristísima historia de la recién coronada Miss Barrio de Las Peñas 2005, con sus aspiraciones y sus realidades chonis y trágicas; el cuento de Mari Pepa, de una chica con un don y de Fulgencio, el sepulturero con una televisión en blanco y negro porque, para qué la va a querer ya con colorines si su mujer murió; el cuento de unos vecinos que solo intercambian miradas que se malinterpretan, pero que a ella le provocan que su vagina sea una fuente que destile como una endemoniada porque aunque se ponga caliente como una perra lo que está es enamorada y él… él acabará el relato de una manera inesperada porque el cerebro se le está pudriendo y no hace carrera con la Tiburcia; el tipo que busca y encuentra un perro al que secuestrar y lo secuestra; la petición de un moribundo en su lecho de muerte para que acuda a confesarle “esa descarriada y extraña mujer” de mala reputación; dos chavales intercambiando gayolas en un lavabo con una puerta que no cierra ni tiene pestillo y que se abre sorprendiéndolos; una cuadrilla de adolescentes que pretenden que la Manme, la prima tetona de uno de ellos, les masturbe a todos y se sienta como una reina; un niño que para luchar contra el frío no tiene otra ocurrencia que colarse bajo el vestido de Anamari la Mulona y meter su congelada cara en su culo; la historia de Gloria Redajo, “esa canija que pide” pero que no tiene dinero para lo que pide; un día en la vida de Poblalánguida, pueblo en el que todos sus habitantes saben que ese día algo malo va a pasar y en el que ciertamente van a pasar muchas cosas; y por último la narración del cliente enamorado de la camarera que le escupía en los chupitos de whisky porque cuando la mala vida pretende afear a una mujer bonita, afearla, apelmazarle el pelo, sacarle ojeras, guarrearle la piel, rendirle las piernas, y lo consigue, pero no la afea, y sigue bonita tras el disfraz de aperreada… qué preciosa.

En fin. He hecho lo que he podido y creo que se entiende, pero sino, me la trae flojísima. Todos los relatos son adictivos y, como todos los buenos cuentos, cuando comienzan parecen que van a tirar por un sitio y a seguir un camino marcado pero no puedes fiarte de que así sea. Y no es que tengan un giro inesperado (a pesar de no esperar en muchos de ellos para nada el final con el que nos encontramos). Es el desarrollo de la historia el que va girando los hechos hasta desembocar en ese final. Y ahora tampoco vayáis buscando un giro de la hostia porque no. No es ese el objetivo. El objetivo es dejarse llevar. No son relatos policíacos, (a pesar de que algunos de ellos sí parecen ser una crónica de sucesos negra y sucia, –sucísima como el suelo de una tasca de barrio en la que las paredes chorrean grasa–) así que no hagáis cábalas y simplemente leedlos y disfrutad.

Además, en toda antología siempre hay unos relatos que gustan más o menos y otros que sobran. En este caso, y no es peloteo, me han gustado todos, cada uno en su estilo y temática.

Sobre la forma de escribir (que no prosa) del Tíscar este, creo que ya lo he dicho. Escribe como los putos ángeles (o como los putos demonios) ya sea en formato corto o largo. Buen ritmo narrativo, historias que atrapan y gustan y que bien pueden haber pasado o podrían pasar.

La camarera que me escupía en los chupitos de whisky y otros 15 relatos pellejos merece muy mucho la pena y el Tíscar, dará que hablar. Tiempo al tiempo y veréis. Os lo he avisado.

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La duda y el deseo, de Ariadna Tuxell

La duda y el deseo

La duda y el deseoEnero, nuevo año, nuevos propósitos, nuevas metas. Pero antes, hay que analizar cómo ha ido el año que nos ha dejado. Siempre suele ser igual: que si no has perdido los kilos que te propusiste, no has dejado de fumar, no te has sacado el título de inglés, aunque te apuntaste al gimnasio dejaste de ir a las dos semanas… en fin. Una lista interminable de propósitos frustrados, que será más larga o más corta dependiendo de la persona de la que estemos hablando. Espero que tú, lector, hayas tachado al menos uno de esos propósitos. Si no es así… en fin, tendrás que arreglártelas para poder tacharlos este año que acaba de empezar. Mis propósitos para el año 2017 eran, principalmente, terminar la carrera (objetivo conseguido), encontrar un trabajo pasable (conseguido también) e incrementar mi lista de libros leídos. Este último propósito no consistía únicamente en leer más cantidad de libros, sino en leer más variado. Ahí estaba la clave. Quizás porque soy una persona muy obsesiva que cuando le gusta algo no puede parar de hacer cosas relacionadas con ello. Si me gusta un género literario, puedo leerme quince libros seguidos sobre lo mismo sin problema. Lo mismo que si me gusta un autor… intento leer el máximo número de libros de ese autor en el menor tiempo posible. Pues eso, rozando lo obsesivo.

Así que el año pasado me propuse variar. Leer sí, mucho. Pero de todo. Probar géneros nuevos, descubrir autores que no conocía, atreverme con algún libro que a priori hubiera descartado sin dudar… básicamente variar.

A medida que avanzaban los meses, he ido cumpliendo mi propósito. Sobre todo porque unos amigos y yo hemos creado un club de lectura y cada mes uno de nosotros propone un libro. Solo tenemos una regla: no podemos repetir nacionalidad de los autores que ya hayamos leído. Es una fantástica forma de conocer libros nuevos y de leer obras que quizás no me habría propuesto leer. Aun así,  para cuando llegó diciembre, todavía no había leído ningún libro que fuera novela erótica. Creo que lo último que leí de este género fue la famosa saga de Grey, pero ahí me quedé. Sí que había leído novela romántica, pero no un libro en el que el protagonista fuera directamente el erotismo. Así que La duda y el deseo llegó en un momento clave, ya que podría entrar dentro del propósito ese de variar mis hábitos de lectura.

La protagonista de esta novela escrita por Ariadna Tuxell —seudónimo bajo el que publica esta autora—, es Sabina. Sí, como el cantante. Así lo dice ella cuando le preguntan por el origen de su nombre. Tiene apenas veintitrés años pero ya ha conseguido el trabajo de sus sueños: ser bombera. Trabaja en un parque de bomberos repleto de hombres. Es la única mujer y se siente muy a gusto con esa situación, ya que siempre ha sabido congeniar más con los hombres que con las mujeres. Después de un accidente de coche al que acude para liberar a unas personas que habían quedado atrapadas, Sabina se presenta en el hospital para acompañar a uno de los heridos. Allí está Jan, el mejor neurocirujano de Barcelona y probablemente de todo el mundo. Siempre hubo una chispa entre los dos pero ninguno se atrevía a dar el paso. Hasta que lo dieron. Y aquello se convirtió en algo mágico. Sabina descubrirá cosas que desconocía hasta entonces, incluso de su propio cuerpo. Jan la llevara hasta el límite.

Pero como en todas las historias, no todo es tan bonito como parece. Jan guarda un secreto que hará que Sabina quiera alejarse de él. Ese secreto es el que la llevará a conocer a un joven y apuesto juez que competirá por su amor, siendo un duro rival para Jan, ya que también sabe cómo dar a Sabina lo que necesita.

La duda y el deseo es una novela muy entretenida. A ratos divertida, a ratos intrigante y siempre muy erótica. Las escenas de sexo son las protagonistas y la autora no se corta a la hora de describirlas. He leído por ahí que algunas de las historias que contiene este libro son inventadas pero otras muchas son experiencias reales de la propia autora. No es por ser cotilla, pero mientras leía el libro sentía muchísima curiosidad por saber dónde estaba el límite entre la fantasía y la realidad. En fin, me imagino que eso será algo que nunca sabremos. Aunque no sé, quizás en las siguientes partes de la saga —que ya se anuncian en la contraportada del libro— podamos descubrir algo más al respecto. Quién sabe.

Es una historia que engancha mucho porque es una novela con bastantes altibajos. La historia no es plana, ya que da bastantes giros a lo largo de las páginas. Esto hace que la trama nos intrigue desde el principio. Cuando pensamos que sabemos lo que va a pasar, la autora da un giro de ciento ochenta grados. Y vuelta a empezar. Por eso se lee muy rápido. Si la pillas con ganas y con tiempo es probable que en un par de días o tres la tengas terminada.

Si le tengo que buscar un pero, uno chiquitito es que me falta quizás un poco de desarrollo en la historia. A ver cómo me explico yo… Ariadna Tuxell recurre muchísimo a los diálogos, tanto que se podría decir que el ochenta por ciento de la novela está escrita a través de diálogos. Eso es genial, a mí me encanta y me ayuda a que los libros no me resulten pesados, ya que no me van demasiado los libros que dedican mucho tiempo a darnos largas parrafadas describiendo algo determinado. El problema es que la autora no recurre a cierres de diálogos explicando, por ejemplo, quién es el que está hablando, qué siente, o qué piensa. Si en la escena solo aparecen dos personas, no hay problema porque la historia se sigue bien. Pero si en una misma escena interactúan varios personajes, cuesta un poco reconocer quién está hablando. Aunque también es cuestión de acostumbrarse. A medida que pasan las páginas le fui pillando el truco y llegó un momento en el que ya no echaba de menos esos cierres de dialogo.

Pero obviando este pequeño detalle que se trata más de una cuestión de gustos que de un problema de redacción, la novela me ha gustado bastante. Me he entretenido mucho con ella y me he reído en inmensas ocasiones. Sabina es un personaje al que al final cogí cariño y solo deseaba que le pasara todo lo bueno que le podría llegar a pasar. Sin duda, me ha gustado mucho poder tachar este propósito de año nuevo. Ahora me tengo que plantear cuáles querré tachar este año que acaba de empezar.

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69 relatos eróticos, de Javier Mariscal

69 relatos eróticos

69 relatos eróticosHay una cosa que todavía no he entendido y me gustaría hablar de ello para ver si alguno de vosotros puede iluminarme al respecto. Uno de los géneros literarios más vendidos es la novela negra. Crímenes suculentos y enrevesados llenan las estanterías de los bestsellers. Si le dices a alguien que te recomiende un libro, es muy probable que alguna de esas recomendaciones sea un libro cargadito de muertes y matanzas y un policía astuto que tenga que resolver todos los misterios. A mí me encanta ese género, y no podría ser de otra forma, ya que después de terminar la carrera de Derecho me metí a estudiar Criminología. He intentado leer libros descriptivos de más, como por ejemplo Anima, en el que la primera muerte que se describe es tan explícita y desagradable que tuve que cerrar el libro porque no podía seguir leyendo. Es la única vez que me ha pasado algo así. Y no es que yo sea demasiado aprensiva, pero está claro una tiene sus límites. Y uno de mis límites fue ese libro —en serio, no sé si lo habéis leído. Si lo habéis conseguido… enhorabuena, yo acabé regalándolo. Qué horror—. Recientemente también he leído Galería de asesinos sin alma, un libro que recoge los escarnios producidos por los asesinos más famosos del mundo. Algunos verdaderamente desgarradores y desagradables. Pero ese sí que lo leí como si nada. Pasaba las páginas donde se narraban historias de lo más macabro y me pareció hasta interesante. Quizás es que lo leyera como estudiante de Criminología y no como alguien que busca entretenerse, puede ser. También cuando enciendo la tele suelo sentir lo mismo. Veo Juego de tronos, donde las muertes son las grandes protagonistas y las escenas de sangre son muy explícitas. Pero llega un momento al que te acostumbras, ya ni apartas la vista cuando la sangre brota como si viniera de una manguera. Tarantino es uno de mis directores de cine favoritos. Incluso me hace gracia el humor tan especial que tiene. Será que, como he dicho, me he acostumbrado.

En cambio, es sorprendente cómo con las escenas de sexo no siento esa indiferencia. A pesar de que en mi casa jamás ha sido un tema tabú, no puedo evitar sentirme violenta cuando estoy con alguien viendo una película y una escena se sube de tono. No entiendo por qué puedo ver cómo una persona le revienta la cabeza a otra de un puñetazo pero en cambio me siento rara cuando la escena es de sexo.

Así que cuando me propusieron leer 69 relatos eróticos no sabía qué hacer. No por leerlo, sino por reseñarlo. Desde que empecé a reseñar en Libros y Literatura tuve claro que yo iba a ser sincera en todo lo que escribiera, así que esta ocasión no iba a ser diferente. Por lo que, mientras lo leía, pensaba que una cosa era leerlo, en la intimidad, sin que nadie me viera, y otra muy diferente iba a ser tener que hablaros de este libro. Pública y sinceramente.

Así que allá voy. Para empezar, era la primera vez que leía un libro de estas características. Vale, en su día me acerqué al género erótico con Cincuenta sombras de Grey y con algún libro de Lena Valenti. Pero la verdad es que estos libros, en los que hay un trasfondo romántico, una historia de intriga y una trama, no tienen nada que ver con el libro de Javier Mariscal. En estos relatos lo importante es el sexo. Puro y duro. Sí es cierto que cada relato, de una página, página y media como mucho, ofrece un contexto diferente y una ambientación que nada tiene que ver con el relato anterior. Se compone, como su propio nombre indica, de sesenta y nueve relatos de carácter erótico. Muy erótico y muy explícito. En el prólogo, el autor cuenta que estaba harto de que la gente que buscaba un libro con historias subidas de tono se encontrara con narraciones descafeinadas en las que al final, el sexo, pasaba a segundo plano. Quería que esas personas que buscaban una chispa (como bien él explica, para darle el fin que el lector esté buscando, ya me entendéis), la pudieran encontrar en su libro.

Vayamos directos al grano. ¿Me ha gustado o no? La respuesta es clara y sencilla: a ratos. Hay relatos que me han atrapado desde la primera palabra y hay otros que me han llegado a resultar hasta desagradables. Pero el sexo es así, hay gustos para todo. A unos les van los fetiches, a otros el sado, a otros los juegos, a otros las cosas normales y corrientes. Pero… ¿qué son las cosas normales y corrientes? ¿quién dice qué es lo correcto en el sexo y qué es lo que está fuera de lugar? En fin, me imagino que sean los propios gustos de los consumidores los que marquen los límites y los que hagan a una persona decir que algo es normal o no. Por eso, a mí, 69 relatos eróticos me ha gustado a ratos. Hay relatos que me han parecido algo desagradables, porque, no sé, dentro de mis gustos no se encuadran ese tipo de actividades. Pero otros… ahí lo dejo.

Javier Mariscal dice en su prólogo que los relatos son completamente ficticios, pero que eso no quita para que alguien se vea reflejado en alguna de las historias que él cuenta. Puede ser que tú estés leyendo uno de los relatos y rememores alguna de tus vivencias sexuales. O puede que no. O puede que no y que el relato te haya dado una idea para poner en práctica. Al fin y al cabo, de eso se trata el erotismo. De avivar la chispa y la mente. Y es que la mente en el sexo está infravalorada. Leed el libro y luego me contáis.

En cuanto a la originalidad de los relatos, encontramos algunos que podríamos tachar de típicos, pero ya os aseguro que son los que menos. Cuando empecé a leerlo tenía la intriga de saber si el autor sería capaz de escribir sesenta y nueve relatos que no tuvieran nada que ver entre sí, con experiencias y vivencias diferentes en cada escena. Y vaya que si ha sido capaz. Yo no sé si es que Javier Mariscal ha experimentado mucho en su vida o es que tiene una imaginación poderosa. En cualquier caso, lo ha conseguido.

Para los amantes del género, será toda una delicia leer estos breves relatos. Y para los que no lo sean o no se hayan atrevido todavía con él… deciros que hay que quitarse los pudores de encima. Que, como se dice en mi pueblo, en todas las casas se cuecen habas y que a nadie le tendría que dar vergüenza admitir que lee este tipo de lecturas. Hablo yo de quitarse los pudores de encima… yo, la que si está viendo con alguien una película y sale una escena de sexo, se siente incómoda. Pero en fin… por algo se empieza. Es una pena, pero os voy a tener que ir dejando ya, que se me han ocurrido algunas cosas que tengo que poner en práctica. Seguro que si lo leéis, a vosotros os pasará lo mismo.

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Sin remedios, de Óscar León Martín

Sin Remedios

Sin RemediosSiempre es una alegría que nazca una editorial que apuesta por nuevas voces literarias. Es el caso Boria Ediciones, que publica su tercera obra, Sin remedios, de Óscar León Martín.

En su primera incursión en la narrativa, tras su andadura poética, Óscar León Martín ha sido ambicioso, jugando a dos bandas con el tiempo y el espacio. Por un lado, se centra en la historia de Remedios Antón en Valladolid, durante la dictadura franquista, y su carrera profesional como médica en Cartagena, a partir de la transición española. Por otro lado, nos cuenta la vida de Martín San José, un profesor vallisoletano de Geografía e Historia destinado en Granada en los últimos años de los 90 y principios de los 2000. A través de las vivencias de estos protagonistas y del resto de personajes de esta novela coral, Sin remedios retrata dos Españas apenas separadas por cincuenta años, pero totalmente opuestas, como simbolizan el odio y la represión sexual tan presentes en la vida de Remedios y el disfrute desprejuiciado del sexo en la vida de Martín.

Se nota que el autor comparte profesión con su protagonista, ya que hechos y personajes históricos se entrelazan continuamente en la trama, aunque recurra a la fabulación para rellenar los huecos que dejó la historia. La descripción de las calles y las costumbres y el relato de curiosidades y leyendas de Valladolid, Cartagena o Granada sirven para que el lector se enamore de esos lugares y se reconozca, a sí mismo y a sus padres y abuelos, en las páginas de esta novela. Porque Sin remedios es un cruce de caminos de personas que vivieron una guerra civil y casi cuarenta años de dictadura y de sus descendientes, a quienes muchas veces les siguen las sombras de lo acontecido en aquellos aciagos años. Vidas de gente corriente, a las que unas veces sus decisiones y otras, las circunstancias, marcan su destino sin remedio.

Reconozco que la saga de las Remedios, con Remedios Antón a la cabeza, me ha conquistado, quizá por mi predilección por las historias que recrean el costumbrismo de épocas pasadas; pero no he llegado a conectar con la parte de Martín San José, tal vez por la abundancia de escenas de sexo explícito que no ayudaban a avanzar la trama. Eso, junto a haber pasado de puntillas sobre la clave que une ambas historias, me parecen las principales flaquezas de Sin remedios. Pero es que pedir una novela redonda en un debut literario tampoco es justo. Óscar León Martín me ha demostrado que tiene tablas y mucho que decir, y con eso me basta para no perderle la pista.

Es evidente que ha dejado mucho de sí en esta novela: de vivencias propias y de allegados, de sus pasiones y de sus inquietudes. Probablemente, Sin remedios no vaya a ser su mejor obra —lo cual es una buena señal, pues significará que crecerá como escritor en sus siguientes publicaciones—, pero me atrevo a afirmar que sí será la más sincera. Para mí, los escritores dejan su verdadera alma en su primer libro, y es una suerte que aún haya editoriales como Boria Ediciones que se atrevan a mostrárnoslas.

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Hotel Iris, de Yoko Ogawa

Hotel Iris

Hotel IrisEl despertar de la sexualidad es algo intrínseco al ser humano. Bueno, en realidad también al resto de los animales, lo que pasa es que no le llamamos despertar, es un instinto básico de supervivencia de la especie. Los humanos con nuestro cerebro pensante le damos más vueltas y le ponemos romanticismo, al menos de cara a la galería, porque la mayoría de las veces es un calentón físico y químico. Además de la alteración física, nuestro pensamiento tiene mucha influencia en nuestras relaciones sexuales. La mitad de nuestra vida sexual está en nuestro cerebro y esta parte es mucho más difícil de entender que el mecanismo físico de la relación. En el cerebro se maquinan las diferentes formas de mantener relaciones sexuales. Por ejemplo: no conozco ningún otro animal que ate a su pareja, pero algunos humanos practican bondage.

No voy a nombrar todas las maneras diferentes de relacionarnos sexualmente, que esto es una reseña de un libro y no un ensayo sobre lo que hacemos en la intimidad (o en público), con nuestras partes íntimas y no tan íntimas, porque se puede utilizar de todo para el fornicio, pero es que el Hotel Iris va por estos derroteros. Se trata del descubrimiento o despertar del deseo carnal de Mari, una chica de diecisiete años, y es un despertar algo turbio, transgresor, que no entiende ni ella misma.

Mari, vive en un pueblo costero, de los de turismo estacional, y ayuda a su madre viuda en el hotelucho familiar que tienen cerca de la playa. Allí conoce a un hombre misterioso que le impresiona por su voz, autoritaria y tajante, pero solo cuando habla con la prostituta que había contratado para pasar un rato en el hotel. Fuera de la habitación el hombre es normal, anodino, educado, callado, simple. Mari se lo vuelve a encontrar y comienzan una relación extraña. El hombre anda por los sesenta años, es traductor de ruso y tiene un pasado oscuro y ambiguo; vive apartado en una isla casi desierta y prácticamente no se relaciona con nadie.

Me ha gustado mucho la forma de contarnos la historia de Yoko Ogawa, algo tristona, nostálgica, de atardecer, del estilo de Murakami en Tokio blues. Hay algo perturbador en un libro escrito de una forma aparentemente tan inocente. Y digo aparente porque de inocente nada, es solo la redacción, bonita, casi poética que utiliza Ogawa la que da esa sensación de pureza, muy acorde con la edad de la protagonista. Pero el tema y el devenir de los acontecimientos no son tan inocentes. La relación que se establece entre la protagonista y el hombre tiene mucha complicación psicológica detrás. El hombre es viudo y la muerte de su mujer nos hace sospechar casi todo el rato. La relación que tiene Mari con su madre es fea, no hay confianza, la madre es autoritaria, interesada y exigente. Esa obsesión con peinar y repeinar el pelo de la chica muy tirante, haciendo daño, no podía traer nada bueno. Mari tiene recuerdos de su padre también algo contradictorios.

Mientras lo leía me venía a la mente Lolita de Nabokov, aunque no sé si solo por la diferencia de edad de los protagonistas, porque Mari no es la típica Lolita y el traductor tampoco es que se parezca mucho a Humbert. Tampoco pude evitar acordarme del profesor Kepesh de novela de Philip Roth El animal moribundo. Estas conexiones que hago son muy personales; a lo mejor cuando lo leáis, me vais a decir que estoy majara, pero mi cabeza funciona de forma extraña, hasta asocio olores y colores a veces con los libros. La forma de escribir no es la misma, por supuesto, y el punto de vista es diferente, Yoko Ogawa es mujer, y la protagonista también y es un libro escrito en primera persona, desde el punto de vista de Mari, no sabemos lo que pasa cuando Mari no lo vive, por eso la narración tiene ese aire inocente.

Muy bonita edición de la Editorial Funambulista que tiene más libros de esta autora publicados, entre otros el famoso y premiado La fórmula preferida del profesor. Apuntad a esta mujer en pendientes si no la habéis leído todavía porque merece la pena.

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El mejor de los pecados, de Mario Benedetti

El mejor de los pecados

El mejor de los pecadosMe eduqué en un colegio en el que cada mañana al entrar el primer profesor a clase teníamos que levantarnos de las sillas y rezar un ‘padrenuestro’, con las posteriores cruces marcadas con los dedos en pecho, frente y boca. Probablemente, lo cansino de ese ritual, que nunca entendía, hizo que no me interesara mucho de ahí en adelante la religión, o por lo menos en el sentido en que nos la ofrecían allí. Hoy hablo de un libro que se titula El mejor de los pecados sin tener mucha idea de qué es un pecado. Pero me he dado cuenta de que no he necesitado saberlo para disfrutar de su lectura, con lo cual hablaré de él y lo podréis leer y lo podréis disfrutar sin tener que sostener la pesada carga de la cruz.

Lumen trae como novedad diez relatos de Mario Benedetti ilustrados por Sonia Pulido, a quien he echado de menos en la portada – sí, están sus dibujos, pero no su nombre –. En este libro, que nada más abrirlo ya vemos que todo está impregnado de camas, se nos muestran casos extraordinarios – o no – del amor en situaciones o vidas amorosos cotidianas. Me explico: nos podemos encontrar con una mujer que engaña a su marido ciego delante de él con el hermano de este pensando que el primero no se da cuenta; o viviremos asfixiados en un pueblo anclado a la tradición del qué dirán de la mano de un hombre que siempre se ha sentido estafado y que por una vez quiere ser él el estafador, cometiendo el delito en el terreno del amor; o disfrutar de relatos que son todo diálogos en los que alguien se abalanza hacia otro desconocido para confesarle su deseo; o podemos ver el amor desde la más profunda y total pérdida. Y así hasta contar diez.

El mejor de los pecados es una forma más, y nueva, de seguir disfrutando de Benedetti, de su prosa poética, de esas sentencias que cuela entre frases como si fueran dardos al lector, de su talento por abrir en canal a personajes y mostrar su corazón; y todo acompañado por las ilustraciones de Sonia Pulido, que siempre aparecen al inicio del relato y que sirven como resumen o premonición de lo que va a suceder en el texto.

El mejor de los pecados es un libro bien cuidado, que huele de maravilla y que incluso tiene ese tacto especial que solo ofrecen los buenos libros ilustrados. Hay relatos de mayor y de menor extensión, hay algunos que hablan de pérdidas y otros de encuentros, unos de pasión y otros de aburrimiento, unos de entusiasmo y otros de melancolía; pero todos de amor. Un amor que puede ser favor o culpa, cara o cruz, victoria o soledad. Que el amor nos pille confesados.

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No más miedo, de Erica Jong

No más miedo

No más miedoMe gusta mucho la portada de este libro. Esa cremallera desde el ombligo me parece muy sugerente. Leí además que Erica Jong tuvo mucho éxito con otra novela del mismo estilo, escrita hace bastantes años (1973), Miedo a volar, que es un clásico del erotismo. Me suelen gustar este tipo de novela que trata de las mujeres, que nos analiza desde dentro, en primera persona, tipo autobiografía. Yo era un renacuajo en 1973, pero estoy segura de que la mayoría de lo que cuenta se puede trasladar a nuestros días sin problema, porque aunque la vida pasa, nos modernizamos y la luna nos parece casi una parada de metro, hay cosas que no cambian, nunca. La relación que las mujeres establecemos con nuestros cuerpos, aunque nos influya el entorno y las modas, más o menos es igual siempre, así como la forma de interactuar en el sexo.

En No más miedo, Erica Jong nos cuenta las aventuras y desventuras de una mujer madura, por la sesentena. La verdad es que cuando empecé a leerlo me pareció que no iba a poder identificarme con el personaje, que me parecía muy diferente a mí. ¿Qué tengo yo que ver con una mujer que pasa de los sesenta, rica, que vive en Nueva York, que parece preocuparle mucho su aspecto y ha declarado la guerra a las arrugas, que tiene perro, que lleva ya el tercer o cuarto marido, judía, actriz y no sé cuantas cosas más? Así, a bote pronto, para mí, igual que un marciano. Pero… es una mujer y la sororidad existe y se siente, hermanas. Así que vas avanzando y empiezas a sentirte en su piel y la entiendes muy bien. Tiene unos padres ancianos, que necesitan cuidados 24 horas, por los que siente un gran cariño, a los que recuerda llenos de vida y a los que no le gusta ver así, con el cuerpo marchito y el cerebro nublado. Reconoce el sentimiento contradictorio de desear que descansen en paz y la pena de que se marchen para siempre; creo que esto es universal. Tienes dos hermanas con las que hay mucho tira y afloja, como en todas las relaciones fraternales.

Está casada con un hombre mayor, y la edad y la rutina han hecho que su vida sexual esté muy reducida, por no decir que no la tiene; esto la mata. Ha sido una mujer muy activa en todos los aspectos. Se lanza a la aventura de buscar pareja sexual esporádica por internet y es muy gracioso con lo que se encuentra. Durante la novela, evoluciona hasta ese sentimiento, otra vez contradictorio, de que necesita un desahogo físico, seguir sintiéndose atractiva y deseable y el cariño que siente por su marido. Acaba dándose cuenta de que el sexo, sin sentimiento, llegados a este punto, es un ejercicio físico que no lleva a ninguna parte y no es placentero, para nada.

Es muy importante la relación con su hija, también universal, de querer protegerla y a la vez, dejarla vivir su vida. La relación con su amiga Isadora Wing (protagonista de Miedo a volar) es entrañable y sincera. Las dos mujeres tienen unas conversaciones muy interesantes, llenas de sabiduría. Son mujeres fuertes, que llevan las riendas de su vida, aunque se les pongan zancadillas y sientan el peso del paso del tiempo. La edad no perdona, da igual la condición social que tengas.

El libro está contado de forma bastante simpática, aunque me cuesta pillar algunas bromas, usa muchas palabras en yidis, pero la esencia la entiendes y sobre todo el sentimiento. Está lleno de diálogos aunque sea un libro muy reflexivo, no es pesado ni filosófico. Es sincero y directo, casi íntimo en muchas ocasiones. Me ha recordado a Come, reza, ama, de Elisabeth Gilbert, aunque el estilo de escritura no tenga nada que ver.

En la solapa, hay una foto de la escritora que rezuma alegría, tiene una sonrisa enorme y brillante. Me ha recordado a Barbra Streisand y a Bette Midler, ese tipo de mujeres con mucho carácter, talento y una vis cómica. Yo le he puesto esa cara a la protagonista de la novela.

 

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Tratado de la infidelidad, de Julián Herbert y León Plascencia Ñol

Tratado de la infidelidad

Tratado de la infidelidadSiempre he escuchado – o leído – a los escritores diciendo que una de las tareas más complicadas a la hora de narrar son las escenas de sexo. Argumentan la mayoría que tras leer su intento se ven cayendo en lo ridículo, en lo leve, sin llegar nunca a transmitir lo que buscaban. Pues bien, ese problema no lo tiene ni Julián Herbert ni León Plascencia Ñol.

Estos dos mexicanos se juntan para crear a cuatro manos este conjunto de relatos marcados por lo sexual que es Tratado de la infidelidad. Dividido en tres partes – Rastros en el sendero, Serie B y Casi una novela -, el libro nos muestra la explosión de un sentimiento que la mayoría de personas con pareja ha sentido, ese sentimiento de atracción por el otro, de voluntad de acercamiento, de sexo, pero sin culpa. En Tratado de la indifelidad no hay culpa y eso es lo que lo hace original y diferente. Aquí el adulterio y la promiscuidad no se juzgan, suceden sin más. Herbert y Plascencia consiguen que el sexo salvaje se cotidianice, que el pensamiento sexual del hombre olvide convenciones y trabas sociales y se deje llevar. Digo el hombre porque aquí siempre estaremos en su piel, todo será visto desde el punto de vista masculino, que por otro lado es el lugar de partida de los autores.

Con un vocabulario expresamente mexicano que al principio puede resultar extraño para ojos que no sean del país azteca, las páginas de este pequeño libro – que sigue oliendo tan bien como todos los de Malpaso (tenía que seguir insistiendo en ello) – se suceden a través de escenas picantes que incluso te llevarán a ti como lector a notar un pequeño hervor dentro. Herbert y Plascencia no se regodean, disparan al instante sin preliminares, van directos al acto, al momento climático que busca todo buen relato y que ellos encuentran en la actividad sexual. Y todo nacido a partir de la mirada de locos adictos al sexo como es el extraño personaje de Fuzzaro, que entre sus ‘performances’ sexuales nacidas de la mente de un artista sudamericano residente en Tokio nos deja profundas reflexiones y preguntas abiertas para compensar – o no, según quien – el ardor producido por las escenas contempladas. Es esta tercera parte – Casi una novela – la que yo más recomiendo de un libro que ya desde un inicio empieza sarcásticamente con una frase de Ally McBeal: «Es parte de lo bueno de la vida: encontrar a la pareja perfecta y después cambiarla».

Tratado de la infidelidad se lee rápido, te hará reír, te calentará un poco en este frío invierno español y te convencerá o por lo menos lo intentará de que en la vida, como en la literatura, no es bueno quedarse estancado en algo o en alguien. ¿Os imagináis toda la vida leyendo el mismo libro?

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En mi cuarto, de Guillaume Dustan

En mi cuarto

En mi cuartoNo soy homosexual. Y si lo fuera no sé si tendría el valor de gritarlo a los cuatro vientos. Por una sencilla razón: vivimos en una sociedad en la que lo diferente es malo. No se acepta que alguien se desvíe de la línea, que decida emprender su propio camino. Hay que seguir los patrones establecidos. Por suerte, cuando yo era muy pequeña, mi madre me explicó que el amor no consistía únicamente en querer a un hombre si eras mujer o a una mujer si eras un hombre. Te podía gustar cualquiera de las dos cosas, las dos a la vez, o incluso ninguna. Podía ser que decidieras que tu sexo no era el adecuado para ti. Podías cambiarlo. Agradezco enormemente que mi madre me explicara todas esas cosas cuando yo era tan pequeña, porque así crecí viéndolo como la cosa más natural del mundo. Tengo amigas lesbianas, amigos gays, bisexuales, también conozco a algún asexual y en mi familia hay una persona transexual de la que me siento más que orgullosa. Porque tener el valor de admitir que ya no quieres seguir siendo Pablo, sino que ahora quieres ser Paula es algo que no está al alcance de todos.

Ojalá todos tuviéramos ese valor. No solo me refiero al hecho de tenerlo para admitir nuestra condición sexual. Sino para acabar con todas esas cosas que nos aprietan en la vida y que nos ahogan poco a poco hasta hacernos pequeños y dejarnos sin voz. Un jefe al que odiamos, unos estudios que nos atormentan, una pareja a la que ya no queremos, un hobby que ha terminado por ser una tortura… Hay que tener valor. Y eso también me lo dejó bien claro mi madre cuando yo era pequeña.

Y de valor va este libro. Para escribir En mi cuarto hay que tenerlo. La historia la escribe Guillaume Dustan, sinónimo bajo el que se presenta un alto cargo de la Justicia francesa y que nos trae una obra autobiográfica. En este libro, Guillaume nos narra sus aventuras sexuales con decenas de hombres y sus idas y venidas con las drogas. Es un libro directo, duro, pervertido y muy pero que muy explícito. En sus escasas páginas no sé cuántas veces ha podido leer las palabras polla, culo, fisting o semen. Todo muy explícito, como os decía. Además, Guillaume es seropositivo. Tiene VIH. Pero en la época en la que él tenía todos esos devaneos (no dice exactamente cuál es pero yo me imagino que serían los ochenta), la mayoría de los chicos con los que se encontraba en los cuartos oscuros también lo padecían. Guillaume se pone hasta arriba de drogas. Le da igual qué meterse. Coca, heroína, poppers, éxtasis, maría… el caso es ponerse ciego para poder tener el sexo más alucinante de su vida con cualquiera que se le ponga por delante. Tiene una pareja que es más o menos como él, aunque en una versión más light. Y cuando vas pasando las páginas vas notando cómo todo se va a ir al garete en cuestión de minutos. Guillaume solo necesita amor, sentirse querido. Y parece que su pareja no lo consigue. No deja de pensar en su exnovio. Nada más que quiere sensaciones fuertes. Ponerse hasta el culo y dejarse hacer.

¿Ahora entendéis lo que decía del valor? En mi cuarto se basa en tabúes: sexo, drogas, homosexualidad, VIH, infidelidades… Yo iba pasando las páginas y no sabía qué era lo siguiente que me iba a encontrar. A mí me ha resultado un poco duro de leer, por la crudeza con la que está escrito. Confieso que al principio me propuse dejarlo, ya que tanto escarceo sexual no me estaba aportando nada y me estaba resultando un poco tedioso. Pero decidí continuar con él, darle una segunda oportunidad. Y me encontré devorando lo que me quedaba de libro en una sola tarde. Porque necesitaba saber qué le iba a pasar a Guillaume. Quería asegurarme de que él entendía que el amor a veces es más importante que cualquier sensación que puedas encontrar en un baño de una discoteca. Quería saber si por fin podría ser más fuerte que la coca que viajaba directa a su cerebro. Quería tener la certeza de que todo le iba bien. Porque qué difícil tuvo que ser su vida… No os voy a destripar el final, eso sería cruel por mi parte. Así que solo me queda decir que, tanto si tenéis una mente abierta como si no, este libro os hará replantearos todo lo que pensáis sobre el mundo homosexual. Yo creo que voy a tardar unos días en digerirlo y en quitarme esa sensación de angustia del cuerpo.

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Deshacer las Américas, de Hernán Migoya

deshacer las americas

deshacer las americasDecir que Migoya es polémico, provocador y políticamente incorrecto es una obviedad. Es más: es lo que yo le pido. Es lo que busco en sus libros. Me decepcionaría si no lo fuera. (Otra cosa es ya discutir donde empieza y acaba lo asquerosa y políticamente correcto y lo necesario, que lo es, de la existencia de autores como este para saltarse unas invisibles líneas rojas que pocos osan cruzar).

Sí. Migoya ya tiene la etiqueta. La tenía antes del escándalo de Todas putas, pero no fue hasta que la política entró de lleno y lo usó como arma arrojadiza (el libro se publicó sin mayores problemas y no fue hasta que su editora, Miriam Tey, fue nombrada directora del Instituto de la Mujer, cuando se armó el belén) cuando la etiqueta se hizo visible y palpable. Así es España. Una panda de hipócritas que se arrima al árbol que mejor sombra da. Una panda de idiotas que no sabe distinguir ficción de realidad y se erigen en paladines de lo correcto, de la libertad, de la defensa de los desfavorecidos, queriendo hacer pasar por progre el puritanismo más rancio, vomitivo y radical.

¡Ficción, señoras y señores! ¡Ficción! Pero es igual. Es como darse de cabezadas contra una pared. El que no quiere entender no entiende, y no hay peor sordo que el que no quiere oír.

Bien. Estas cosas me calientan mucho (no sexualmente, precisamente) y todavía no he hablado de Deshacer las Américas (o La flor de la limeña, como se titulará en Sudamérica). Me extraña que todavía no haya oído a ningún grupo, de la calaña que sea, querer crucificar a Migoya por este libro, aunque sí he leído que alguna feminista ha protestado por la portada “megamachista” de la diseñadora catalana Marta Torres, cuando una portada similar en concepto ha sido usada en un libro “megafeminista”.

En fin. A lo que íbamos. Tras el escándalo de Todas putas Migoya se autoexilió en Perú. Igual que H, el prota de la novela que nos ocupa aquí. Huye tanto del establishment literario español como de una ruptura sentimental con su esposa, y nada más aterrizar e instalarse se mete a un chat en busca de sexo. De esto trata básicamente el libro. De cómo busca, selecciona, queda y folla con mujeres. Follar, follar y follar como mecanismo autodestructivo, con mujeres que no quieran compromiso, que solo quieran follar. Y a través de estos encuentros, Migoya también radiografía la sociedad sudamericana. Muchas le toman por conquistador español, muchas le quieren bajar de ese pedestal, la mayoría tienen complejos de inferioridad, casi todas son mujeres sometidas por el hombre y aspirantes a formar una familia y anhelan el compromiso. Casi todas también se sienten culpables por acostarse con él, pues eso es lo que toca habida cuenta del enrraigado catolicismo que profesan. Todas saben a lo que van aunque también es cierto que algunas no se resignan e intentan conseguir algo más.

Y esto es así durante el 90% del libro. Descripciones de las mujeres que se tira, descripción de las partes de las mujeres que le gustan, descripciones del folleteo y descripciones de cómo le gustaría el folleteo.

Sin embargo, no se hace pesado y, aunque parezca mentira, todo es más profundo de lo que a primera vista pudiera parecer. H está en caída libre y no tiene paracaídas. Lo que hace tiene sus motivos y, aunque él no es consciente al principio, al final lo descubrirá. ¿Habrá esperanza para él?

Deshacer las Américas se lee con ganas y curiosidad por saber si Migoya sigue siendo el crack, el revolucionario, el tío que habla sin pelos en la lengua y el puto amo de la provocación (sí, sigue siéndolo y que dure mucho), con un vocabulario fácil, un ritmo rápido y que se hace difícil abandonar. Divertido, fresco, libertino y salvaje. Muy salvaje.

¡Ay!, (suspiro)… Echo de menos algún que otro pollo o alguna escandalera en los medios con la ocasión de la publicación de este libro. Tenía tanta fe en que se levantaran ampollas… Bueno, ellos se lo pierden.

Si queréis desconectar y pasar un buen rato con un buen libro en el que se llama al pan pan y al vino vino, con este lo conseguiréis.

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