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No mires ahora y otros relatos, de Daphne Du Maurier

no mires ahora

no mires ahoraConocí a Daphne Du Maurier cuando yo era niño. No, no; no la conocí personalmente, claro, ni tampoco literariamente, sino a través de las películas de mi idolatrado Alfred Hitchcock. Películas que estaban grabadas en cintas de video que veíamos mi hermano y yo en casa de mi abuela. (Cintas de vídeo, por cierto, en sistema Beta, –no VHS, no. ¡Beta!, que era un sistema mejor pero que, como suele pasar, no triunfó por no haber sido el primero–). Películas que veíamos una y otra vez y otra y otra, porque nos distraían, no entendíamos realmente todo lo que sucedía en la pantalla, pero caíamos absortos en ella igualmente. Sin ninguna duda Con la muerte en los talones y La ventana indiscreta se llevaban los récords de número de visionados, y, por supuesto, Psicosis no estaba incluida en la “programación”.

Y sí, también veíamos Los pájaros, faltaría más. Nunca supimos, de hecho nadie lo supo ni se sabrá jamás, porque los pájaros atacaban a las personas y esa era una de las grandezas de la cinta. La incertidumbre, ese grandioso final de anuncio de coche con los cuervos dando tregua y abierto a una continuación de inseguridad… la redefinición del terror, del suspense, del misterio…

Los pájaros, Rebecca y La posada Jamaica fueron tres de las obras de Daphne Du Maurier que el mago del suspense adaptó a la gran pantalla. (Recientemente he podido ver también Mi prima Rachel, aunque esta ya no dirigida por el mago, interpretada por Rachel Weisz, y la recomiendo).

Así que pensé que si a Hitchcock le llamaron tanto la atención los relatos de Du Maurier, (de los que tan solo el de las aves era algo así tirando a “terror”), como para hacer pelis de ellos, habría que echar un vistazo a estos cinco cuentos recopilados bajo el título No mires ahora y otros relatos, cuya clara intención es la de meter miedo en el cuerpo.

¿Lo consiguen? ¿Te meten el miedo en el cuerpo? Mmmm… buenoooo… Digamos que el primero de todos, que da título al libro, y el cual también ha sido trasladado a cine (Amenaza en la sombra, 1973), se acerca bastante. Desde el principio podemos sentir que estamos en Venecia (o al menos a mí, que acabo de regresar de ahí, me lo parece) y podemos empatizar con una joven pareja británica que ha perdido a su hija y trata de sobrellevarlo desconectando mediante una escapada. En un bar juegan a imaginar a qué se dedica fulanito o menganito y, se va creando una atmósfera inquietante, desde la primera hoja, gracias a esa otra pareja de ancianas gemelas que no dejan de mirarles. El protagonista desconfía de ellas, pero su mujer cae rendida a ellas al saber que una de las gemelas es vidente y que ve siempre a su lado a su hija muerta.

Este es en mi opinión el mejor de los relatos. La tensión va aumentando poco a poco, en cualquier momento crees que va a aparecer la figura fantasmal de la niña, o de alguien, o que una de las ancianas hablará con una voz de ultratumba o algo sobrenatural… Y, sin embargo, el desenlace es aún más sorprendente e inesperado. No lo ves llegar, te deja picueto y con los pelos de punta. Una historia estupendamente narrada que difícilmente olvidaré.

En cuanto a los otros cuatro, el que más me ha llamado la atención ha sido Las lentes azules. Una historia bizarra, surrealista, e incluso podríamos decir que mezcla de terror y ciencia ficción en el que una mujer se va a someter a una operación para recuperar la vista tras semanas viviendo en una absoluta ceguera. La intervención parece haber sido todo un éxito… sino fuera porque ve cosas que no debería ver.

El resto de relatos El manzano, El estanque y No después de medianoche, también atrapan el interés, por supuesto, y son muy disfrutables y de lectura recomendable, pero el premio gordo se lo llevan de calle los dos anteriormente mencionados.

Recalco que, salvo el primer relato, las historias aquí contenidas no son de terror ni de miedo sino, más bien, generadoras de inquietud, intriga, misterio, e incluso de nostalgia. Ese es tal vez el pequeño pero que podría poner pues la portada a lo “It” parecía presagiar una antología de relatos terroríficos. De cualquier manera, pronto te metes en cada una de las historias y te olvidas de géneros y otras zarandajas.

Du Maurier me ha sorprendido gratamente con este No mires ahora y otros relatos. Maestra a la hora de ambientar las historias, con detallismo pero sin caer en barroquismos innecesarios; profunda conocedora de la psicología humana, dota a sus relatos de una escritura clara y elegante, con un estilo a la vez cuidado y directo capaz de meter de lleno al lector en la historia con tan solo unas primeras frases.

La biblioteca de Carfax ha editado, igual que hizo con Experimental film, un ejemplar en el que se nota el mimo y el tiempo que le han dedicado. Una portada preciosa, buena traducción de Miguel Sanz y un gran contenido. El fondo y la forma. ¿Qué más se puede pedir a un libro?

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La justa, de Ricardo Sánchez de Madariaga

La justa

La justaHay muchas mujeres en mi vida a las que admiro. La primera, mi madre. Hemos vivido las dos solas durante muchísimo tiempo y no hemos necesitado a nadie más. Ella me ha demostrado siempre que una mujer se puede valer por sí misma: la he visto usar herramientas como el taladro o la rotaflex. También la he visto hacer cosas asombrosas como construir una escalera. A día de hoy yo le digo que vale, que no necesitaré a nadie a mi lado para colgarme un cuadro, pero que no pretenda que yo construya sola una escalera porque lo veo bastante improbable. Pero ella siempre me dice que no se trata de poder o no poder: se trata de querer hacerlo o no. Si quieres, lo haces (o al menos lo intentas), sin excusas de condición que valgan. 

A mi abuela también la admiro muchísimo. Ha sido capaz de criar a cuatro hijos y sacarlos adelante a pesar de que su voz, como la mayoría de las mujeres de su época, no valía absolutamente nada. El otro día se atrevió a venirse conmigo a Alemania para ver a su hermana. Era la tercera vez que montaba en avión y mientras despegábamos me decía que ese viaje, hace unos años, hubiera sido del todo imposible. La he visto disfrutando durante una semana entera sin preocuparse por nada ni por nadie. Con eso me conformo.

Y también admiro a mi mejor amiga, que lucha día a día por demostrar su valía. Recuerdo que con seis años me decía “odio a los machistas”, sin tener ni ella ni yo idea de lo que hablaba. Pero ahí sigue, demostrando que ella sola se sirve. Que mejor sola que mal acompañada. 

Sí, las mujeres de mi vida son un pilar fundamental en ella. También los hombres de mi vida, no os vayáis a pensar. Por suerte, son varios y puedo decir que me siento tremendamente orgullosa de ellos. Pero hoy estoy aquí no para hablar de los hombres (ya lo haré en otro momento, lo prometo), sino para hablar de las mujeres, las grandes protagonistas de La justa, el nuevo libro de Ricardo Sánchez de Madariaga. 

Este libro está compuesto por seis relatos, algunos más breves que otros, que tienen escenarios y personajes muy variados. Son muy diferentes entre sí aunque tienen una cosa muy importante en común: todos ellos están narrados por hombres enamorados. Enamorados de mujeres que, a veces les corresponden, otras no tanto y otras no de la forma que ellos hubieran imaginado. Son hombres que están a la merced de una mujer, se llame Linda o Marie France. O incluso a la merced de una mujer sin nombre. No importa.

Como siempre me pasa cada vez que me enfrento a un libro de relatos breves, siempre encuentro uno que es mi favorito. Uno que, por encima de todos los demás, llama especialmente mi atención. Es ese relato el que me vendrá a la mente cada vez que piense en ese libro en concreto, siendo muy posible que el resto de ellos pase rápidamente al olvido. En este caso, ese relato ha sido el titulado como Verano del 78, donde el protagonista conoce a Marie France, una chica que será el eterno amor adolescente del chico que nos está narrando el relato. Entre escenarios de teatro, música y pianos, conoceremos esa historia de amor “fugaz como el sol del veranillo de San Martín” que diría Sabina. Y quizá sea el que más me ha gustado porque los amores de verano tienen ese no sé qué que engancha: sabemos que es una historia que ya fracasa desde el principio, que nace muerta, pero aun así no podemos dejarla escapar. Tal vez sea esa derrota temprana lo que nos empuja a luchar por ella, como si se tratara de una cuestión de orgullo que nos hace intentar derrotar al destino. 

El último relato, Talk to me, también me ha gustado mucho. Sobre todo por el trasfondo que tiene. Trata de un hombre que tiene una aventura con una chica mucho más joven que él. Su matrimonio le pesa y necesita huir de él aunque sea solo un rato. Pero su aventura no es como la de los demás: consiste en hablar. Únicamente en hablar. Es un relato muy sincero y que le da un final perfecto al libro.

Hace poco leí otra obra de Ricardo Sánchez de Madariaga: Historia de la columna infame, que era también un conjunto de relatos cortos. De ese libro recuerdo con cariño un relato que tenía como protagonistas a un chico y una chica que viajaban por todo el norte de España. Durante las horas que duraba ese viaje hablaban como si fuera el último día, la última oportunidad. Ese fue el relato que me marcó y que ahora compite con Verano del 78 por ser el que más me ha gustado de los dos libros. En conjunto, me quedaría con La justa, ya que la veo como una obra más redonda, con más sentido, donde todos los relatos tienen algo en común. Es un todo. Pero si tengo que elegir un relato en concreto… me quedaría con el del viaje por el norte. No sé qué tenía, pero ha conseguido convertirse en mi favorito. 

Pero aun así me quedo con el libro que estoy reseñando hoy, porque me ha gustado eso de que todos los relatos tuvieran la misma esencia. A pesar de que no tiene por qué ser así, a mí me gusta más cuando todos los relatos están unidos por algo que tienen en común. En este caso, como decía al principio, ese punto de convergencia son las mujeres. Ellas son las que le dan sentido a este libro convirtiéndose en protagonistas aunque en teoría no lo sean. 

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El favor de la sirena, de Denis Johnson

El favor de la sirena

El favor de la sirenaLas obras póstumas, en su mayoría, suelen ser incompletas e irregulares. Si la muerte sorprende al autor de repente, lo más seguro es que no haya tenido tiempo para terminar, para corregir, para decantar. Si lo hace después de una larga enfermedad, cobarde eufemismo, resulta probable que haya estado más preocupado por su propia degeneración que por la conclusión de sus últimas líneas.
En ese sentido, El favor de la sirena es una bendita excepción. A Denis Johnson se lo llevó por delante el cáncer de hígado en mayo de 2017; a sus 67 años, dejó tras de sí una obra variada aunque siempre reconocible, marcada por un pasado turbulento de adicciones y caídas que a pesar de ello trasciende la figura del escritor maldito. No era sencillo estar a la altura en el momento final, y sin embargo la impresión que queda al pasar la última página de este libro es que lo consiguió.
Quizá tenga algo que ver en esa impresión que el último relato (“Doppelgänger, poltergeist”) me ha parecido el mejor de los cinco que lo componen, que no es decir poco, y una manera elegante de condensar las bases de su escritura en poco más de cuarenta páginas. En él, el profesor Harrington nos relata su extraña relación con uno de sus alumnos, el talentoso poeta Marcus Ahearn, quien se desliza a lo largo de los años por la pendiente de la locura a la que le lleva su obsesión por exhumar el cadáver de Elvis para poder comprobar que, en realidad, se trataba de su hermano gemelo. Obsesiones, adicciones, situaciones inverosímiles pero no del todo imposibles que Johnson logra empastar de manera creíble con la realidad más cruda; son las entrañas de estos cinco relatos, historias extensas, llenas de personajes memorables y con la suficiente carga narrativa como para quedarse resonando en nuestra cabeza un buen rato después de haberlas terminado. Como también ocurre con el que da nombre a la colección, “El favor de la sirena”, cuando el protagonista recibe la llamada telefónica de una de sus exmujeres, Ginny o Jenny, no entiende bien el nombre, y no es capaz de averiguarlo mientras ella le cuenta que tiene cáncer y va a morir pronto, y lo despide finalmente poco después sin que él termine de saber cuánto tiene que llorar ni a quién. El cuerpo, que nos traiciona, los fantasmas del pasado que vuelven a visitarnos, el amor que sirve como vehículo para interrogarnos por lo que hemos hecho bien, mal o regular.
Denis Johnson es perfectamente consciente de la inminencia de su muerte mientras escribe, mientras culmina este testamento literario, y no por ello se aprecian la urgencia y la desesperación. Quizá porque ya había alcanzado una paz absoluta con respecto a su legado sabiendo que había dejado para la posteridad dos obras monumentales: Hijo de Jesús (publicada en 1992, llevada al cine poco más tarde) y Árbol de humo. Se nota, quizá, en que todos los protagonistas de El favor de la sirena hablan como si sus mejores años hubieran pasado. Lo dice Cass al final de El Starlight de Idaho, “más de una vez me he despertado con un profesional de la medicina diciéndome: “Tendrías que estar muerto”. Es lo que va a poner en mi lápida”, y es la impresión general que transmite el libro al completo. Hay cosas que están muy cerca de no producirse, una canasta que entra fuera del tiempo reglamentario, una carta que llega a su destinatario cuando ya ha cambiado de casa. Será mejor que tengas tus asuntos en orden para cuando llegue esa hora. Mientras lo hace, los que te rodean van cayendo, y es justo que sus vidas también sean narradas como merecen.
Puede que no sea el mejor de los libros de Denis Johnson, pero El favor de la sirena es bueno, mejor que la media. Incluso diría que no es mal modo de empezar a leer a Johnson. Atrévanse, pues, a comenzar por el final. Porque nunca se sabe cuándo llegará el definitivo, y nunca es tarde para echarse un buen libro a la memoria.

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Raros, torpes y hermosos, de Raúl Jiménez

raros torpes y hermosos

raros torpes y hermososDe entre la maraña de libros que salen al mercado, ya no cada mes o cada semana, sino cada día, es fácil que se nos puedan pasar por alto auténticas joyas de la literatura y más que de cualquier otra de la literatura breve. Sin embargo, algo había en el libro de Raúl Jiménez que llamaba poderosamente la atención. Es cierto que un libro no debe juzgarse por la portada, pero en esta ocasión la portada con la inocente, tierna y única imagen de un conejo mutante con tres ojos, como salido del río cercano a la central nuclear de Springfield, y actitud juguetona, creo que define muy bien el percal de lo que vamos a encontrarnos en el interior. Así pues, editorial, primer objetivo conseguido: no se nos ha escapado.

Lo siguiente es querer saber de qué demonios irá un libro presentado así, aunque se puede intuir. Raros, torpes y hermosos es una colección de cuentos de lo más variopinto y extraño. Cuarenta y cuatro cuentos o relatos de extensión muy corta (los hay incluso de cinco líneas) que empiezan de una manera apacible, cotidiana, a partir de una frase cualquiera, pero de los que no puedes imaginar el giro final, ese que te dejará con el culo torcido. Y eso que, cuando ya llevas leídos unos cuantos y ya vas prevenido, puedes intentar adivinar el desenlace. Pero no. Se quedará en un mero y burdo intento porque el cabrito de Raúl Jiménez sabe lo que estás pensando y te va a coger del moflete y te va a decir “no, no, no, creías que iba a pasar x pero lo que va a pasar no es y, y ni siquiera es z, porque tengo un abecedario nuevo y lo que va a pasar es aa”.

En cuanto a la temática, hay de todo, como en las tiendas de chinos, pero desde el prisma realista en su mayoría. No hay ciencia ficción ni fantasía (salvo en el cuento La taberna). La comprobación de la inmortalidad de un hombre, una casa de huéspedes, una extraña comunidad de vecinos, un pueblo en el que todos son taxistas, celos de un padre hacia su hijo recién nacido, los cuidados de los mayores de la familia, los avatares de un sicario, psicópatas coleccionistas, ricachones enfermizos que no leen telegramas… Todo se narra con una naturalidad increíble, como si lo que nos estuviera contando sucediera a consecuencia de una serie de hechos lógicos, que derivan, a pesar del resultado en un final impensable pero coherente y sorprendente a la vez.

Y como en toda colección de relatos siempre hay algunos que te gustan más que otros, estos son mis favoritos:

El inmortal: en el que un pintor aseguró hace tiempo que no moriría nunca y el narrador le sigue la pista para comprobarlo.

La casa de huéspedes: un misterio desvelado.

Nuestro pueblo: el del pueblo de taxistas en el que… no, de este no cuento más.

El bebé: o los celos enfermizos del padre hacia el bebé con un inesperado desarrollo.

El puré: o de cómo tratar bien al suegro.

La abuela: este da miedito y me voy a permitir copiarlo, ya que incluso viene impreso en la contraportada:

“La abuela había sido maestra. Así que a mamá le pareció lo más adecuado que fuera ella quien nos enseñara a leer. Papá al principio protestó: ¡Pero si está muerta! Luego mamá le mostró la güija y el pobre papá se quedó sin argumentos”

Buenos vecinos: ¿se puede echar de menos no hablar del tiempo con nadie en el ascensor?

Halloween: corto, pero intenso, triste y aterrador también.

La taberna: en dónde un extraño personaje se pregunta el porqué de que el tabernero siga con su mujer.

El llanto: a falta de conversaciones en el ascensor…

Despedida: este es muy bueno. ¿Sabéis realmente si conocéis a todos los integrantes de vuestros grupos de WhatsApp? ¿Seguro? ¿A todos? ¿No se os ha infiltrado nadie?

Primer ejercicio de redacción…: el título es muuuuy largo. Es el último y también es algo más largo, pero es una gozada también. La gerontofilia y sus problemas.

Que conste que quedarme con estos no quiere decir que los demás sean malos. Para nada. Estos son los que más destaco porque por una u otra razón me han llegado o gustado más, pero en líneas generales todos son buenos, todos están muy bien escritos y estructurados, todos consiguen meterte de inmediato en la respectiva historia y provocarte extrañas reacciones y, por supuesto, todos merecen ser leídos e, incluso, releídos.

Rarezas, extravagancias y humor, humor negro, miedo (sí, acostumbrémonos a decir miedo cuando se parece al terror pero no lo es), tiñendo el día a día en sus muchas formas es lo que nos podemos meter en vena con esta excelente y variada colección de cuentos.

Un libro diferente de una recién creada editorial, Sala 28, a la que animo a seguir con proyectos tan frescos y estimulantes como este Raros, torpes y hermosos.

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El señor Gro y la hija de la viuda Stern, de Javier Ramos

El señor Gro y la hija de la viuda Stern

El señor Gro y la hija de la viuda SternEs una suerte reseñar para Libros y Literatura porque, gracias a ello, leo joyas literarias que, de otra forma, nunca sabría ni que existen. Es el caso de El señor Gro y la hija de la viuda Stern, de Javier Ramos, libro galardonado con el IV Premio Internacional de Narrativa Novelas ejemplares, convocado por la Facultad de Letras de la Universidad de Castilla-La Mancha y la editorial Verbum. Hoy en día, ni siquiera ganar un premio literario asegura a un libro la visibilidad necesaria para llamar la atención de los lectores, así que fue el mismo Javier Ramos quien nos ofreció su obra para que la reseñáramos y, tras echar un vistazo a la sinopsis, decidí leerla.

¿Qué pone en la sinopsis de El señor Gro y la hija de la viuda Stern? No pienso decíroslo. Porque eso lo podéis descubrir vosotros mismos tecleando en Google (si lo hacéis, ya será buena señal, pues habré conseguido despertar vuestra curiosidad). Y porque no es tanto lo que cuenta Javier Ramos en esta historia, sino cómo la cuenta. Los motivos que os daré en esta reseña para que la leáis son otros que nada tienen que ver con el argumento.

Según el jurado que le concedió el premio, la lírica inocencia de esta fábula de setenta y dos páginas recuerda a El principito, y no me parece desacertado, ya que algo de su esencia tiene. Sin embargo, a mí me recordó más a algunas historias de José Saramago, donde una metáfora acaba convertida en una realidad palpable y, a través de ella, refleja el lado más crudo del ser humano, pero también el más hermoso. Y si digo que Saramago es uno de mis autores favoritos, ya imagináis el halago que le estoy haciendo a Javier Ramos con esta apreciación.

Al margen de estas comparaciones, que no dejan de ser fruto de la subjetividad y lecturas previas de cada lector, lo que destaco de El señor Gro y la hija de la viuda Stern, y la principal razón por la que os animo encarecidamente a que la leáis, es la prosa de Javier Ramos, un auténtico deleite para los sentidos. Y no es una forma de hablar ni una exageración. Su capacidad de transmitir y evocar es asombrosa y convierte situaciones crueles y comportamientos desesperados en poesía.

Los dos protagonistas de esta historia, el señor Gro y la hija de la viuda Stern, representan, cada uno a su manera, el vacío de la pérdida. Se aferran a sus recuerdos para evadirse de esa realidad que les duele, porque todo lo que aman se ha esfumado y porque nadie les comprende. Y sentimos su soledad, su desesperanza, pero también su fuerza y valentía. No sé si con esto digo demasiado, ya que no quería desvelar nada del argumento. Pero releo mis palabras y me parecen pueriles, incapaces de plasmar todo lo que me hace sentir la prosa de Javier Ramos. Sin embargo, las dejaré estar, pues por mucho que me explayara, no lo lograría.

Como decía, es una suerte reseñar en Libros y Literatura porque tengo la oportunidad de conocer las novedades editoriales que no siempre están en los escaparates de las librerías. Pero me siento más afortunada aún cuando le descubro a alguien la existencia de obras tan exquisitas como esta de Javier Ramos. Leed El señor Gro y la hija de la viuda Stern, por favor. Y si la disfrutáis tanto como yo, recomendadla. Entre todos, hagámosla visible. Porque la literatura de calidad merece ser conocida.

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El bosque profundo, de Sofía Rhei

El Bosque Profundo

El Bosque ProfundoDice José Carlos Somoza en el prólogo de El bosque profundo que «si no te has encontrado antes con Sofía Rhei, este es el momento. Se ha cruzado en tu destino y tiene poder: ya no vas a dejar de leerla. Es capaz —y bien lo demuestra en esta colección— de construir historias con lo inverosímil, de jugar ante tus ojos con sus palabras, de hipnotizarte con sus tramas». Y lo admito: Somoza tiene toda la razón. Yo he sucumbido al influjo de Sofía Rhei: me he adentrado en El bosque profundo y ya no quiero salir. Así que solo me queda invitarte a que vengas a hacerme compañía. ¿Te atreves?

Solo has de seguir las cartas del tarot, que guiarán tus pasos.

Tendrás que recorrer senderos tortuosos. Puede que no te lleven a ninguna parte o, quizá, hacia el abismo que hay dentro de ti. Tú dirás cuál de las dos posibilidades te da más miedo.

Por el camino, beberás de fuentes para recobrar el aliento. Unas veces verás tu reflejo en sus aguas y, otras, ese lado oscuro que nunca antes quisiste mirar.

Llegarás hasta umbrales. Y los atravesarás, aun con la certeza de que te llevarán a parajes inciertos. Cuando te gires, ya no habrá vuelta atrás. Por eso continuarás adelante, al ritmo que el bosque profundo te marque.

Pero no te preocupes, porque durante todo el viaje los árboles te darán cobijo. Tú solo has de tener cuidado con los seres mágicos que acechan tras sus ramas.

Por fin hallarás hogares. Unos serán cálidos y acogedores, como el abrazo de una madre. Otros, prisiones de las que no siempre lograrás escapar. Ese es el poder de la sensibilidad escalofriante de Sofía Rhei, la terrible hermosura de sus palabras.

En la última página de El bosque profundo no encontrarás ningún final, si es que todavía lo andabas buscando. Pero me verás a mí, junto al resto de lectores que hemos quedado fascinados por el bello y oscuro mundo creado por Sofía Rhei. Aquí seguimos, releyendo los cuentos que nos ha contado. Esos cuentos que nos recuerdan a los tradicionales, aunque nunca antes nos los habían narrado así. Los protagonizan hadas, duendes, reyes, monstruos, animales, piedras, niños… Decenas de seres (aparentemente) humanos, elementos de la naturaleza y criaturas que ahora escapan a tu imaginación, pero que después de conocer sus historias, ya no se te irán de la cabeza. En ocasiones vivirán desenlaces justos, pero casi nunca finales felices. Es el precio de los cuentos verdaderos, esos que nos hacen sentir frío en la nuca.

Nosotros seguimos en el bosque profundo porque nos hemos dado cuenta de que la realidad, la más terrible, está justo aquí, en este mundo de leyenda, y no podemos volver a mirar a otro lado. Recorremos sus sendas infinitas releyendo los microrrelatos que lo componen, y cada vez descubrimos detalles de los que no nos habíamos percatado. En ocasiones son cosas que nosotros mismos hemos perdido por el camino, como los protagonistas. En otras, se debe a que somos nosotros los que hemos cambiado. Pero siempre hay algo distinto con lo que fascinarse en el oscuro y mágico mundo de Sofía Rhei, por eso te animo a visitarlo.

Como ves, no te prometo un viaje tranquilo, ni siquiera un destino apacible. Si lo fueran, ¿qué tendrían de especial? Pero lo que sí te aseguro es que serán inolvidables.

¿Te atreves a sucumbir a las palabras de Sofía Rhei? Aún hay hueco en El bosque profundo.

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Cuentos españoles del siglo XIX, edición de Juan Carlos Fernández Serrato

Cuentos españoles del siglo XIX

Cuentos españoles del siglo XIXYo traía el amor por la literatura de serie, pero si hubiera sido por el colegio o el instituto, se me hubiesen quitado todas las ganas de leer. Libros de texto de solo teoría, una lectura obligatoria por trimestre y poco más. ¿Qué quedaba de todo eso al final de curso? Algún nombre memorizado, algún concepto vagamente familiar y después, el olvido, cuando no el odio más acérrimo por ciertos escritores que nos metían con calzador (Azorín, estoy pensando en ti).

Comprendo que es difícil explicar la historia de la literatura, aunque nos ciñamos a un solo siglo. Pero unos cuantos escritores, obras y fechas dichos de corrido y sin establecer relaciones entre ellos no es el método más indicado, eso seguro. Ojalá hubiera tenido yo de lectura obligatoria libros como Cuentos españoles del siglo XIX y un profesor capaz de salirse del guion para transmitir el amor por las letras.

En Cuentos españoles del siglo XIX, Juan Carlos Fernández Serrato ha seleccionado quince cuentos para hacer un recorrido por las diversas estéticas que se dieron lugar en la literatura española del siglo XIX. Desde artículos de costumbres, pasando por las leyendas con ecos del romanticismo hasta llegar a las primeras muestras del modernismo, esta edición es una forma didáctica de ver y comprender la transformación la literatura española a lo largo de esa centuria. No podía faltar la introducción teórica inicial, en la que se explican los principales acontecimientos políticos y económicos de la época, así como las ideas filosóficas y literarias más representativas, que si bien no es la parte más amena del libro, está relatada con la suficiente claridad y concisión para cumplir su papel de contextualizar todos los cuentos que vendrán después. Fernández Serrato tampoco se olvida de hacer un breve resumen de qué se considera cuento y de la evolución que tuvo este género durante el siglo que nos ocupa. Y a partir de ahí, los relatos escogidos, escritos por los autores más relevantes de la época.

«El café», de Mariano José de Larra, en el que describen a los típicos parroquianos de un café de entonces, aunque bien podrían ser los de un bar actual, por sus discusiones fanáticas sobre política y sus continuas muestras de desprecio hacia cultura y el trabajo.

«El pastor clasiquino», el ejercicio literario de José de Espronceda para criticar a los poetas neoclásicos pasados de moda.

«Pulpete y Balbeja», de Serafín Estébanez Calderón, una divertida historia sobre un duelo de honor, donde lo que menos importa es quién gane y lo que más, reflejar fielmente el lenguaje popular andaluz y la jerga de los delincuentes.

«La cruz del diablo», de Gustavo Adolfo Bécquer, en el que el famoso escritor sevillano muestra su madurez literaria dejando atrás la mera recreación de folclore. Así logra un cuento más redondo en todos sus aspectos artísticos.

«La hija del sol», de Cecilia Böhl de Faber (aunque en sus tiempos firmara como Fernán Caballero), en el que cuenta un suceso real con intención moralizante.

«La mujer alta», de Pedro Antonio de Alarcón, considerado por muchos críticos uno de los mejores cuentos de terror españoles.

«La leva», de José María de Pereda, en el que queda plasmado con sumo detalle la forma de comportarse y de vivir de las clases populares del siglo XIX.

Una ración doble del gran Leopoldo Alas Clarín: por un lado, «¡Adiós, Cordera!, un entrañable cuento que representa el choque entre la civilización y el mundo rural; y por otro, «La rosa de oro», narrado en forma de leyenda, aunque sin elementos fantásticos, en la que critica la religión.

Y también la representación de Emilia Pardo Bazán a través de dos relatos muy distintos: «En tranvía», donde muestra el trato hipócrita de los burgueses con los pobres, y «El contador», en el que deja patente su visión moderna de la sociedad y las relaciones.

«¿Dónde está mi cabeza?», en el que el máximo exponente del realismo español, Benito Pérez Galdós,  hace sus pinitos en la fantasía con un relato original y divertido en el que se burla del positivismo científico mostrando cómo la lógica racional puede convertirse en locura.

«El maestro Raimundico», de Juan Valera, que recuerda a «Pulpete y Balbeja», y con el que el autor solo pretende entretener, pues defendía que la literatura no siempre tiene que defender tesis sociales o morales.

«Golpe doble», de Vicente Blasco Ibáñez, donde este escritor valenciano vuelve a recrear la huerta y los abusos de poder.

Y cierra la antología «La niña Chole», de Ramón María del Valle-Inclán, que por estructura parece una novela corta y que reúne las características innovadoras que desembocarían en la literatura modernista de principios del siglo XX.

Cuentos españoles del siglo XIX es, por tanto, una acertada selección de relatos para comprender la evolución de la literatura en España durante el siglo XIX. Pero también es un retrato costumbrista de nuestro país, por las descripciones detalladas sobre vestimentas, comportamientos, relaciones y formas de hablar. Y por si esto fuera poco, nos recuerda el dominio de la lengua y la rica cultura que poseían los escritores de esa época, y que al menos yo echo en falta más de una vez en la literatura actual. Por todo eso, os animo a leer Cuentos españoles del siglo XIX, aun si habéis dejado atrás la época estudiantil. Es una forma de hacer las paces con los clásicos, aquellos que los tengáis atragantados desde entonces. O de volver a disfrutar de ellos si, como yo, apreciáis su enorme legado.

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Videorreseña: Creía que eran cuentos, de Ricardo Gallardo

En el vídeo de hoy os presento un nuevo libro perteneciente a la sección Nuevos Autores. Se trata de Creía que eran cuentos, una compilación de relatos breves escrita por Ricardo Gallardo y editada por Ediciones del Boulevard. En su interior podemos encontrar multitud de relatos cuya extensión oscila entre la corta y la muy corta. ¡Porque hay algunos que tan solo ocupan unos breves párrafos! A pesar de ello, el autor consigue contar perfectamente todo lo quiere contar en cada uno de ellos, de una manera concisa y yendo al grano.

En general todos los relatos me han gustado, aunque evidentemente, alguno más que otro. Pero en especial hay uno que a mí me ha encantado una barbaridad y que ha hecho que este libro, para mí, cobrara sentido. Se trata de La cartera de María, donde me vi tan reflejada que tuve que leerlo incluso seis veces. Espero que si tú, lector, te adentras en estos maravillosos cuentos, también te encuentres en alguno de ellos tal y como hice yo.

Sin más, aquí te presento el vídeo que espero que disfrutes.

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Historia de la columna infame, de Ricardo Sánchez de Madariaga

Historia de la columna infame

Historia de la columna infameQueridos lectores, permitidme que empiece esta reseña dirigiéndome directamente al autor del libro del que vengo a hablar. Después de esta introducción, os contaré todo lo que queréis saber sobre el mismo.

Estimado Ricardo Sánchez de Madariaga:

Tengo que decirte que no sé qué idea me había hecho yo de tu libro. Cuando llegó a mi casa lo hojeé por encima y leí la sinopsis. Cuando llegué a ella vi que tan solo se mencionaba el nombre de lo que (me imaginé) iban a ser los siete relatos que componían la obra y tan solo una frase al lado de cada uno de ellos que identificaba vagamente su contenido. Después me quedé mirando un buen rato la portada: un hombre roto de dolor llora delante de lo que parece un tanque (desde ya digo que mi conocimiento sobre lo bélico es completamente nulo) y justo al lado, un cuerpo del que solo se ven las piernas y que predice la peor de las desgracias. Entonces en mi cabeza se fue formando una idea de lo que iba a encontrarme dentro de esa obra: guerra, sangre y dolor.

Pero nada más lejos de la realidad. Es un libro lleno de vida y de ilusión. Tan solo dos de los relatos tienen como escenario una guerra (Adiós Vaterland e Historia de la columna infame). Todos los demás, los otros cinco, nada que ver.

Así que, querido Ricardo, yo me enfadé mucho. Porque si te soy sincera empecé tu libro sin demasiadas ganas, porque como ya te habrás imaginado, mi pasión por lo bélico es más o menos la misma que mi conocimiento sobre ello. Pero cuando lo comencé y fui pasando las páginas y descubriendo esas historias y esas sensaciones que transmiten todos los relatos… me dije a mí misma: “Ana, has vuelto a fallar”. Y me enfadé porque, de verdad, considero que la portada y la sinopsis no hacen justicia a este libro. Te prometo que si lo hubiera visto en una librería, jamás lo habría lo comprado, porque mi reacción al ver la portada hubiera sido la de “este libro no es para mí”. Y otra vez, nada más lejos de la realidad.

Por lo que, estimado Ricardo, mis más sinceras disculpas por haberme hecho una idea de tu libro completamente errónea y mis más sinceros agradecimientos por los relatos que en él has plasmado.

Bueno, dicho esto, vamos a lo que vamos. Ahora ya sí, me dirijo a ti, lector, que estás detrás de la pantalla leyendo estas líneas.

Ya habrás sacado como conclusión que Historia de la columna infame no es lo que parece. Dentro de sus relatos (algunos muy muy cortos y otros que ocupan varios capítulos) encontramos varias historias que nos pueden resultar más o menos conocidas, como por ejemplo aquella en la que perseguir el amor es el objetivo principal o en cambio en otra en la que el éxito está en no dejarlo marchar jamás. Relatos que nos hablan de “la sensación de vivir” como bien pone en la sinopsis, y que no podrían definirse de mejor manera. Esa es la única pista verídica que he encontrado sobre el libro.

Es una obra muy cortita, ya que tiene unas ciento cincuenta páginas, y que nos invita a leerla con calma. Me he dado cuenta de que esto me pasa con todos los libros compuestos por relatos cortos, que aunque quiera leer de seguido unos cuantos, no puedo evitar alternar otra obra entre medias de cada uno de ellos. Seguramente sea porque intento poner un punto y final entre cada relato para poder saborearlos mejor y no mezclar las historias de unos y de otros. Como si fueran libros individuales. Pero si tienes la suerte de leerte unos cuantos seguidos, estoy segura de que este libro caerá de una sentada.

En cuanto a la redacción, Ricardo Sánchez de Madariaga utiliza un lenguaje directo y sencillo, para nada recargado. Me gusta mucho ese tipo de narración: la que te cuenta lo que te quiere decir sin necesidad de dar volteretas y carambolas. Va al grano. Y esa forma de escribir me resultó especialmente acertada en el relato El viaje hacia el Este que, por si me preguntáis, es mi favorito. En él, un chico y una chica recorren en coche el norte de España. Un viaje largo que en estas páginas se hace corto. Mientras lo leía estuve con una sonrisa en la cara todo el tiempo. Por esto mismo decía que me había enfadado tanto con la portada de Historia de la columna infame, porque de verdad creo que no tiene nada que ver con el contenido que encontramos dentro de él.

Por último, sí que me gustaría apuntar que hay alguna falta de ortografía que otra (realmente son nimiedades) que han hecho que mi lectura se ralentizara un poquito. Así que desde aquí animo a su autor a hacer una corrección para las siguientes ediciones, para así conseguir un resultado perfecto.

Y por si alguno en la sala se lo pregunta, no tengo ni idea de si esta obra está relacionada con Manzoni o si el título tiene una intención que a mí se me escapa. Quizás en la próxima carta que le mande al autor se lo pregunte. Para disipar todas las dudas.

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La chica del cumpleaños, de Haruki Murakami

La chica del cumpleaños

La chica del cumpleañosHace unas semanas acudí a una charla de Juan Cerezo, director editorial de Tusquets. Lógicamente, esperaba que en ella se hablara del éxito de Patria, de cómo se gestó, de cómo lo vivieron por dentro, de qué se hizo para estirar la cuerda hasta hoy, cuando aún sigue estando en las primeras posiciones de los más vendidos. Pero no puedo negar que yo fui ahí – aparte de como lector y amante de Patria, claro – como fiel seguidor de Murakami con la esperanza de sacarle algo sobre la próxima publicación murakamiana. No éramos muchos y él estuvo realmente cercano – si consideramos, además, que de todos los presentes solo un servidor había leído Patria -, con lo que vi el camino totalmente despejado para preguntarle por lo que realmente me interesaba. Me dijo que tenían pensado publicar la nueva novela de Murakami -que ya se está traduciendo – como bombazo del Día del Libro pero que, lógicamente, con el éxito de Patria no tenían tanta prisa e iban a esperar a después del verano para hacerlo. Lo que no me dijo en ningún momento fue que, de mientras, como se suele hacer en el mundo editorial, sacarían este La chica del cumpleaños – traducido, como siempre, por Lourdes Porta – para ir haciendo boca. Así que: sorpresa.

Primero de todo, quiero avisar, no es un texto nuevo, ya salió publicado en Sauce ciego, mujer dormida, pero eso sí, trae cosas nuevas y muy interesantes, como son las ilustraciones de Kat Menschik – que ya ilustró aquel bonito Asalto a las panaderías de Libros del Zorro Rojo, entre otros – o el texto final del propio Murakami hablando de su experiencia en día de cumpleaños.

Claro, como fan de Murakami, yo os diría que solo por ese texto – tan extraño como él sabe ser – ya vale la pena comprarlo, pero es que además el libro es muy bonito, huele muy bien, está cuidadosamente hecho, y decora la estantería como el que más. La historia, como siempre, es aparentemente sencilla: una chica que trabaja a tiempo parcial de camarera tiene que suplir a una compañera suya precisamente el día de su vigésimo cumpleaños. Pero claro, la cosa no quedará ahí. El restaurante lo regenta un hombre del que nadie sabe nada, a expensas del jefe de la chica, quien le lleva al dueño cada día a la misma hora su cena. El dueño vive encima del restaurante. Nada más se sabe. Pero ese día, el día de su cumpleaños, el jefe de la chica enferma, tiene que irse corriendo al hospital y entonces le toca a ella llevarle la cena al dueño del local. Ahí empieza todo.

Con la maestría cuentística de un Murakami que a mí a veces me parece que se desdobla o que es dos escritores diferentes por lo bien y diferente que hace sus cuentos y lo bien y diferente que hace sus novelas, La chica del cumpleaños es un libro ideal para regalar y regalarte. Porque tiene todo lo comprable por fuera y tiene todo lo comprable por dentro. Una historia de Murakami, una anécdota de Murakami, un libro de Murakami. Mientras esperamos la novedad. Si hay que hacer cosas en apariencia inútiles pero tan bonitas como esta, que se sigan haciendo. Porque no lo serán y porque para cosas inútiles y encima feas ya tenemos suficientes, ¿no? Unos centímetros más para ocupar la ya de por sí extensa línea horizontal de libros Murakami en nuestras estanterías.

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Denuncia inmediata, de Jeffrey Eugenides

Denuncia inmediata

Denuncia inmediataJeffrey Eugenides es un genio. No es una cuestión de apreciaciones infladas o falta de criterio. Lo es de un modo a la que poca gente le puede poner peros. Su literatura se dilata en el tiempo pero no por ello puede calificarse de extensa. Tan sólo cuenta con tres novelas y esta recopilación de su narrativa breve. Sin embargo, en cada uno de sus libros hay una delicadeza extrema a la hora de narrarnos la vida privada de sus personajes. Este talento para la inmersión le llevó a ganar el Pulitzer en 2003 por Middlesex. Un retrato tan asombroso como cotidiano de una persona intersexual, tema que vuelve a recuperar en uno de estos relatos. La pregunta es si estas alabanzas y buen hacer han calado también en sus cuentos. La respuesta corta es que sí. La larga exige un poco más de explicación ya que la creación de estas piezas ha tenido lugar a lo largo de treinta años. Y aunque estoy seguro de que se han visto sometidas a una fuerte revisión, lo cierto es que hay algo imperecedero e intraducible en la obra de Eugenides que convierte cada nueva publicación en un motivo de celebración y confinamiento.

Hay una cosa que me ha tenido enganchado a estas historias y es algo para lo que ya venía preparado. En la mayoría de los relatos, la historia no sucede fuera, sino dentro de los personajes. No es que estén aislados o no tengan lugar eventos diversos o conflictos a los que hacer frente. Si bien todo eso también ocurre, importa más el foco desde el cual somos testigos que la resolución del problema que se nos plantea. En Correo aéreo no sabemos si su protagonista supera o no la fuerte intoxicación estomacal que sufre, pero como lectores acabamos el relato sabiendo que el nuevo estado de conciencia al que llega importa más que la enfermedad que padece. O en La vulva oracular, donde el antropólogo que protagoniza la historia tiene diversos frentes narrativos abiertos, pero Eugenides nos sitúa en un conflicto inmediato, radical e inesperado. Hay otros como los que cierran y abren el libro, Quejas y Denuncia inmediata en los que los dos personajes que nos presentan trabajan constantemente la dinámica establecida entre ellos e indagan en la mutua influencia que ejercen, así como en las consecuencias en el mundo real de dicha relación.

Otro de los temas recurrentes en estos relatos es el del fracaso y la mediocridad asociados, en numerosos casos, a un aspecto financiero y matrimonial. La América de las mil oportunidades deja de brillar con tanta fuerza en relatos como Música antigua o Magno Experimento, donde las parejas protagonistas se enfrentan a una edad adulta bastante precaria. Son cuentos donde las soluciones posibles brillan por su ausencia y donde los personajes acaban entrando en un estado de escapismo o sucumbiendo a la ilegalidad. El autor norteamericano disecciona las fallas en los planes de vida que todos confeccionamos en la veintena y convierte dichas fisuras en motores narrativos. Es absolutamente implacable a la hora de señalizar dónde tropezamos todos. Nuestras aspiraciones no son muy diferentes a la de los personajes de estos relatos. Los problemas de ellos se parecen a los nuestros. Eugenides observa con eficiencia el mundo que le rodea, esa falsa tierra prometida en la que se ha convertido Occidente. Y encuentra sin dificultad las arrugas, las manchas en la piel y los eccemas de un sistema de valores que ya no se sostiene por sí solo mientras nos esforzamos en mirar hacia otro lado.

Uno de los aspectos que me ha parecido curioso de esta recopilación de relatos, es que cada uno de ellos marca el año en el que fueron escritos. Y si bien no han sido establecidos en orden cronológico, lo cierto es que es innegable la evolución del autor. Su prosa más temprana deriva a veces en acciones innecesarias con el fin de mover a los personajes hacia cierta dirección. Cosa que resulta un poco forzada y que poco tiene que ver con el Eugenides que conocemos hoy. Debido a ello, uno de los relatos que menos me han convencido es Huertos caprichosos, donde un par de hombres que sufren la crisis de la mediana edad encuentran en dos excursionistas y en un huerto milagroso la solución a la mayoría de sus problemas. Pero no hay que preocuparse mucho, ya que la cosa no hace más que mejorar. Y los relatos se van pareciendo cada vez más a lo que el autor de Las vírgenes suicidas nos tiene acostumbrado.

Voy a acabar recalcando que estamos ante una de las mejores radiografías narrativas que podemos encontrar ahí fuera, en esa jungla literaria que son las librerías. Un libro en el que vemos evolucionar a un autor que lleva ya años entre nosotros sin hacer mucho ruido. En esa vorágine capitalista que ensalza constantemente la novedad, un autor que publica un libro cada siete años suele pasar desapercibido. Sin embargo, hacerle caso omiso a Eugenides sería un error. Su literatura es una de esas magníficas paradojas que tienen en su haber los grandes autores: a pesar de estar todo el tiempo hablando de personas como tú o como yo, no hay nada ahí fuera que se le parezca. Un logro, sin duda, en este mundo nuestro del copia y pega.

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Todo lo que fuimos, de Alberto Villarreal

Todo lo que fuimos

Todo lo que fuimosOjalá todas las historias de amor fueran bonitas y perfectas. Con finales felices e intermedios razonables. Dignas de enmarcar y de contar en una cena con copas de vino caro y sonrisas de los invitados. Con felicidad saliendo de todas las fotos  en una casa ideal que emana amor y cariño por todas las esquinas. Con fidelidad, sinceridad y sin celos. Todo perfecto.

Ojalá.

Pero no.

Las historias de amor no son así.

Las historias de amor no son perfectas. Todas tienen sus más y sus menos. Sus momentos de querer compartir con los demás y los momentos que sería mejor meter en un cajón y olvidar para siempre. Felicidad a ratos y dudas que de vez en cuando llegan para quedarse una buena temporada. Celos, indeseados en la mayoría de los casos, pero celos. Que destrozan y hunden lo bueno de las relaciones. Infidelidades, a veces. Que vuelven a construir muros que tanto costó derribar. Y así, la historia de amor se vuelve enrevesada, a veces farragosa, difícil de explicar y mucho más de entender. Lo que todo parecía fácil y sencillo en un principio, encuentra preguntas sin respuesta debajo de todas las piedras. Caos, derrota, incertidumbre y tristeza. También forman parte, a veces, de las historias de amor.

Alberto Villarreal nos lo narra muy bien en su libro Todo lo que fuimos. Dentro de sus páginas encontramos una historia de amor: la suya. Con los poemas y los relatos cortos como principal hilo conductor, este joven escritor nos cuenta cómo fue para él estar enamorado. Pero como bien os digo, no se trata de una historia bonita, perfecta e idílica, no. Se trata de una relación complicada, con altibajos, con infidelidades, celos, dudas, preguntas y sinrazones.

Mediante estos poemas Alberto se sincera ante el lector, contando todo lo que le pasa por la mente durante la relación con la que fue su pareja. Viajaremos con él en el tiempo y viviremos lo que él vivía en cada momento. Me imagino que Alberto usaba la escritura como vía de escape, intentando descargar de esta forma todo lo que llevaba dentro y que no podía soltar así sin más.

Tengo que decir que esa forma de desahogarse, la que se hace cogiendo un papel y plasmando en él toda la rabia que uno lleva dentro, a veces también la practico. Y está muy bien, porque uno tiene que soltar todo lo que lleva dentro y no guardarse nada para sí. Pero normalmente esta es un arma de doble filo, ya que el ser el papel el confesor, el que todo lo aguanta, suele conllevar que la persona que genera esos sentimientos no se entere de lo que está pasando. Por lo tanto las cosas no se hablan y el nudo se va haciendo cada vez más y más grande. Creo que Todo lo que fuimos es eso: un papel donde confesar y donde guardar todo lo que a uno ya no le cabe dentro.

Las ilustraciones que acompañan los textos me han gustado mucho, llenan de color todas las páginas y crean un ambiente que va muy acorde con lo que el autor quiere transmitir a través de sus palabras. Pero a pesar de ello, de la idea tan brillante y de la maquetación perfecta que tiene este libro, me ha faltado algo. A ratos he conectado con lo que contaba en autor, me he metido en la historia como si yo fuera la protagonista, pero en la mayoría de las ocasiones no ha sido así. Pero estoy segura de que esto se ha debido únicamente a una cuestión circunstancial: si hubiera leído este libro en otro momento, seguramente no me hubiera costado trabajo conectar al cien por cien con la historia. No descarto dejar el libro por aquí preparado para leerlo en otra ocasión en la que mi situación personal me haga entender mejor la historia contada por Alberto Villerreal.

Lo que sí ha conseguido el autor es transmitirme eso que mencionaba al principio, eso de que las historias de amor son de todo menos perfectas. Él se dio cuenta a tiempo y, gracias a eso, a esa imperfección, ha conseguido crear algo como lo que hoy tengo entre mis manos.

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