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Chesil beach, de Ian McEwan

Chesil beach

Chesil beachSon varias ya las generaciones que no viven su primera experiencia sexual con inocencia, sino con decepción. Hoy en día, teniendo un aparato en el bolsillo del pantalón que te provee de las respuestas a todo lo que puedas plantearte, ya pocas cosas las descubrimos de cero; como mucho, las comparamos con lo que ya habíamos visto, leído o escuchado. Por ese motivo, un relato como el de Chesil beach, en el que dos jóvenes se enfrentan a su primera vez en la década de los años sesenta, sin apenas información previa y con todas las dudas del mundo, causa tanta ternura en su planteamiento. Porque lo que Ian McEwan nos propone, al menos esa ha sido mi percepción durante la lectura, es un recordatorio de nuestra inocencia perdida.

Edward y Florence son novios desde hace años, pero jamás han tenido un contacto íntimo entre ellos o con otra persona. Él esperaba con ansia el día que ya ha llegado: su noche de bodas, el momento en el que pueden intimar sin cometer pecado alguno. Pero pese a tener consigo el visto bueno de Dios ella no parece tener interés alguno por la consumación de su amor; es más, le repugna completamente la idea, pero no sabe cómo evitar una situación de la que ya es realmente difícil escapar. Con el pretexto de la tensa espera al inicio de esta primera relación sexual McEwan va relatando la vida de los dos protagonistas, a partir de lo cual nos permite comprender que sus diferencias van bastante más allá de los mayores o menores deseos sexuales.

McEwan, uno de los mejores narradores de la literatura actual (opinión completamente personal, pero refrendada por muchos lectores), no está a su máximo nivel en ese aspecto en esta novela (otra opinión completamente personal, esta no sé si tan refrendada). A diferencia de otras obras, como en la reciente Cáscara de Nuez, en la que trabaja enormemente el desarrollo de la historia, en este caso es mucho más complicado abstraerse con el relato, dado que la narración, sin apenas diálogos, no acaba de funcionar como conjunto, aunque sí como idea y como partes separadas. De hecho, no deja de ser un relato con una gran cantidad de virtudes. La propia construcción de los personajes, con notables diferencias sociales e incluso intelectuales, es fácilmente asimilable por el lector, ya que todos hemos vivido esas diferencias en nuestras propias carnes. Además, algunos de los pequeños relatos que se insertan a modo de recuerdos de los protagonistas, como el de la madre de Florence, afectada de un daño cerebral y a la que toda su familia se esforzaba por hacer creer que ella seguía realizando las labores del hogar, consiguen visibilizar el nivel de McEwan como escritor.

Chesil beach, publicada por primera vez en 2007, es una novela que, como toda buena relación amorosa que se precie, va a rachas. Cuenta con momentos apasionantes y absorbentes y con otros mucho más monótonos y terrenales. Al fin y al cabo, no cuenta nada que no sepa todo el mundo ya, aunque su lectura hace que te plantees si verdaderamente está ahí la raíz, en el saberlo todo, de tantos fracasos y decepciones que uno acaba cargando sobre su espalda a medida que se enfrenta a la realidad.

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Nadie duerme, de Xina Vega

Nadie duerme

Nadie duermeHace unos años, en mitad de una no demasiado acalorada discusión, la chica con la que salía por aquel entonces me dijo una frase que me dejó bastante encabronado: “En España en realidad las cosas no están tan mal como las venden los periódicos”. Al día siguiente me propuse cuestionar su opinión y la invité a dar una vuelta conmigo por un barrio obrero de la ciudad en la que vivíamos. Al poco rato de entrar y tras apenas haber recorrido un par de callejuelas me pidió con los ojos brillantes y algo de ansiedad que volviésemos al centro. No habíamos visto nada extraordinario: personas de miradas tristes pidiendo limosna, unas ancianas con ropas deshilachadas y rostros cansados haciendo la compra, un grupo de niños con la cara sucia por la calle en lugar de en el colegio… el verdadero problema era que ella había estado viviendo en una burbuja en la que la pobreza, la mendicidad o la marginación no tenían cabida.

En Nadie duerme, de Xina Vega, esta burbuja se rompe a las pocas líneas. A partir de una conversación entre dos extraños se nos introduce en una breve pero inclemente narración en la que lo que brilla, lo que sobresale ante nuestros ojos, es el lado menos amable y más repulsivo de nuestra realidad. Una joven maltratada, un africano que busca ser aceptado fuera de su país, una mujer que acaba de abortar y un hombre maduro que ha visto frustrada una cita amorosa conviven durante una noche en la que no existen el amor, la piedad o el respeto; el ser humano queda reducido a su mínima expresión, a sus deseos y traumas, a follar y a sufrir.

Este es un relato que se revuelca en el dolor, que chapotea en las desgracias y las miserias humanas, que baila animado sobre los traumas enquistados de sus protagonistas. Vega busca continuamente la arcada del lector, sin pausa ni compasión. ¿Qué es entonces lo que hace apetecible esta lectura?, se preguntará más de uno, con toda la razón del mundo. Varias cosas: el maravilloso lenguaje con el que su autora expone la fealdad del mundo, las pequeñas historias y anécdotas que relatan los personajes, tan tristes como bien construidas, y, por encima de todo, la admirable capacidad de la autora gallega para conseguir que cada detalle de nuestra cotidianeidad, desde la arcaica máquina tragaperras del bar hasta un simple disco de bachatas, consiga provocarnos repulsa y angustia.

Pocos autores han conseguido encandilarme tanto con un contenido tan poco amable; a pesar de ser un fiel seguidor de eso que llaman ‘realismo sucio’ me suelo ver forzado a exiliarme a historias felices de cuando en cuando, para evitar tener que abrazar el bote de antidepresivos antes de tiempo. Pero este librito es como aquel tipo que en el colegio te pegaba y te humillaba y del que no querías separarte, como aquella chica que te daba largas de las peores formas posibles y que te tenía enamorado perdido, como aquel compañero de trabajo al que sigues queriendo caer bien a pesar de ser un gilipollas redomado… Puro masoquismo literario.

El mundo es cruel y patético, o al menos una buena parte de él. Y Nadie duerme funciona a modo de antifiltro de Instagram: limpia los retoques fotográficos y acentúa los defectos y las imperfecciones de nuestra realidad para horrorizarnos, sí, pero también para acercarnos a ese mundo que el imperio Disney y otros vendedores de felicidad impostada se han esforzado tanto de borrar de nuestra memoria. Seguramente tenga que leer bastantes novelas amables para compensar este trance. Pero huir de lo cómodo y lo maquillado cada cierto tiempo debería ser obligatorio. Si no, corremos el peligro de querer quedarnos a vivir para siempre en la ficción.

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Te potaría encima, de Andrew Matheson

Te potaría encima

Te potaría encima¿Os acordáis de UPyD? Vale, igual es un poco pronto para hacer esta pregunta, pero la memoria colectiva suele ser corta y pronto olvidaremos que aquel partido tintado de magenta surgió en el no tan lejano 2007 como la gran esperanza frente al bipartidismo. Sus ideas fundacionales parecían atrayentes y sólidas, varias personalidades de renombre apoyaban el proyecto y había encontrado un espacio político que llevaba mucho tiempo sin explorarse en España, el centro, desde el que forjarse. ¿Por qué, con tan buenos ingredientes y a pesar de su prometedor comienzo, el partido acabó cayendo en el más cruel de los olvidos? Seguramente fueron muchas las razones, pero una de las principales, al igual que en el caso de los Hollywood Brats, fue sin duda el haber nacido antes de tiempo.

La banda de Andrew Matheson, el autor de Te potaría encima, también lo tenía todo para triunfar: un grupo de jóvenes rebeldes y deslenguados, una estética llamativa y provocadora a más no poder, una música que rompía con todo lo que se escuchaba en aquel momento… Pero a comienzos de los años setenta el público todavía no estaba preparado (o simplemente no tenía ganas) para cambiar sus gustos musicales, a pesar de que unos años más tarde fuese a abrazar con fuerza a grupos como los Sex Pistols o los Clash, no demasiado alejados de lo que habían propuesto los Brats. Pero, acabando ya con la analogía política, tampoco la propuesta de Ciudadanos en su irrupción a nivel nacional fue muy diferente a lo que había intentado UPyD unos años antes y no hay más que mirar cómo les fue a unos y a otros.

Aparte del atractivo del propio fracaso, el que fuera vocalista del grupo consigue hacer muy interesante la lectura gracias a la sinceridad y al humor ácido que acompañan a todo el relato. No deja tema sin tocar, por vergonzoso que sea, ni títere con cabeza, por famoso que sea; a lo largo de la narración de sus vivencias en los Hollywood Brats, organizadas en los cinco años que duró la banda (1971-9175), el autor nos hace partícipes de anécdotas tales como su descubrimiento de la forma menos adecuada de deshacerse de unas ladillas o de cómo resolvió el conflicto por el nombre de Queen, que había elegido en un principio para su banda. Solo puedo decir que Mercury se llevó algo más que los derechos de aquel encuentro…

No obstante, además de estos y otros tantos chascarrillos, Matheson pone sobre la mesa las numerosas penurias por las que pasó con sus compañeros de viaje, tanto con los incondicionales (el teclista Casino Steel y el batería Lou Sparks) como con los que fueron entrando y saliendo del grupo, reclutados a través de anuncios en la revista Melody Maker: días enteros sin probar bocado, borracheras y peleas sobre el escenario y lejos de él, una preocupación por la estética que rozaba lo enfermizo… Todo ello viene perfectamente narrado en Te potaría encima: la historia de unos chavales que decidieron jugárselo todo por la música y les salió mal. Y lo que este libro busca demostrar, en definitiva, es que, al igual que defienden los fundadores de UPyD, era el mundo el que aún no estaba preparado para ellos y no al revés.

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Tres periodistas en la revolución de Asturias, de Manuel Chaves Nogales, José Díaz Fernández y Josep Pla

Tres periodistas en la revolución de asturias

Tres periodistas en la revolución de asturiasEl 5 de octubre de 1934, un día antes de que Companys proclamase el Estado Catalán, se inició una huelga general revolucionaria en distintos puntos del país contra el gobierno conservador republicano. De los 2000 españoles que murieron en los quince días que duró el movimiento, cerca de 1500 lo hicieron en Asturias, la región que acogió con más fuerza la propuesta revolucionaria. Tal vez, como se desprende de los textos recogidos en Tres periodistas en la revolución de Asturias, porque sus habitantes eran los que menos tenían que perder.

El escritor Jordi Amat es el encargado de abrir el libro y lo hace por medio de un interesante prólogo, que ayuda a entender tanto el contexto previo a la revolución como las características de los tres periodistas que la relataron. Y es que José Díaz Fernández, Josep Pla y Manuel Chaves Nogales vivieron realidades muy diferentes. Así, mientras que el primero fue diputado por un partido de izquierdas en Oviedo y vivió el conflicto sobre el terreno, los otros dos tuvieron un rol más estrictamente de corresponsales. De esta manera, mientras que el texto de Díaz Fernández, publicado bajo la apariencia de haber sido escrito por un combatiente, expone cronológicamente los sucesos más relevantes de esos quince días negros, los de Pla y Chaves Nogales buscan profundizar más en los motivos del levantamiento y en explicar lo más nítidamente posible lo que estaba ocurriendo.

Una de las virtudes que sobresalen en estos textos es la sencillez con la que están escritos. A pesar de que los tres escritores tenían su prestigio en el momento en el que los redactaron, ninguno cayó en el tan común mal del periodista de dejarse llevar por el ego y anteponer su interés por demostrar todo lo que sabe a exponer con claridad lo que ve a su alrededor. Así, aunque desde distintos prismas y con estilos diferentes, en estas páginas nos encontramos tres buenos ejemplos de lo que deber ser un trabajo periodístico.

La otra gran virtud común, desde mi punto de vista, es el ferviente deseo de ser lo más objetivos posible. “El deber sagrado de la objetividad y de la verdad siempre ha primado en mí por encima de todo lo demás”, resume Pla, quizá el que, por su cercanía a los intereses del Gobierno (era corresponsal de la La Veu de Catalunya, el periódico de la Lliga Regionalista) era el que más se podía ver tentado a hacer un relato sesgado de lo sucedido en esos días. También Díaz Fernández podría haber buscado glorificar a los revolucionarios en su Octubre rojo en Asturias, pero en todos ellos primó su responsabilidad profesional. De hecho, tanto Pla como Chaves Nogales dedicaron una buena parte de sus crónicas a desenmascarar y a criticar las falsas informaciones que estaban dándose durante esos días sobre lo que ocurría, para que, como sintetiza genialmente el segundo en Las cosas en su punto, la exageración no quitase importancia a la verdad.

Si algo nos dejan claro estos tres autores es que la revolución asturiana se fraguó desde el corazón y el estómago y que no tuvo una estrategia ni un liderazgo claro en los que apoyarse. De hecho, como bien explica Díaz Fernández, cuando las noticias del fracaso del levantamiento en otros puntos de España comenzaron a llegar los revolucionarios asturianos se negaron a creerlas. La idea de que estaban ganando, de que iban a conseguir salir de su penosa situación vital por sí mismos, era lo único que les mantenía en pie y cuando esta desapareció ya no les quedó nada por lo que luchar. Otro de esos trágicos e injustos momentos de nuestra historia que no convienen olvidar y que gracias a periodistas tan íntegros como los tres que aparecen en este libro podemos leerlos sin demasiado miedo a la dañina niebla ideológica.

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Tranvía 83, de Fiston Mwanza

Tranvía 83

Tranvía 83Onírica. Si tuviese que definir esta novela con una sola palabra sería esa sin duda. Y es que pocas veces he tenido una sensación tan parecida a estar en mitad de un sueño como durante la lectura de esta novela, sobre todo a lo largo de sus primeros capítulos. Porque esa percepción de encontrarte en escenarios completamente surrealistas, a los que por mucho que te esfuerces no consigues encontrarles sentido alguno, pero que, con el paso del tiempo, logran hacerte sentir que verdaderamente la realidad es eso y no otra cosa es lo que más me ha marcado de Tranvía 83.

A Fiston Mwanza, su autor, se le ha vinculado por su singular estilo con los beatnicks, aquella generación de escritores estadounidenses que revolucionaron la literatura en la década de los cincuenta, pero yo me atrevería a afinar un poco más la comparación. Desde las primeras líneas del libro la escritura de este autor congoleño me ha hecho retrotraerme al realismo sucio más primigenio, el de John Fante o Charles Bukowski. No en vano, algunos de los recursos que más emplea, como las larguísimas enumeraciones de elementos, el lenguaje directo y a medio camino entre lo obsceno y lo culto o la utilización de frases recurrentes a modo de estribillos son el santo y seña de estos dos autores. También me ha forzado a establecer esta comparación su especial interés por lo más crudamente mundano y vulgar, por el sexo explícito y los detalles escatológicos o de mal gusto. O las frases catedralicias que va sembrando con mimo, de esas que te obligan a estirar la mano para buscar un rotulador o un pósit para señalarlas, al más puro estilo de Ray Loriga.

Mwanza construye unos ambientes incómodos, cargantes, obsesivos y claustrofóbicos, que maridan perfectamente con unos personajes tremendamente extravagantes y con las conversaciones y situaciones absurdas que protagonizan. El caos en este libro llega a hacerlo costoso de leer en algunos tramos, ya que, especialmente en su comienzo, uno puede llegar a pasar un buen número de páginas sin intuir siquiera algo parecido a una trama. Pero, como comentaba al inicio, de forma prácticamente imperceptible uno va asimilando las situaciones esperpénticas que se producen en torno al Tranvía 83, un club en el que cada noche se reúne lo peorcito de una sociedad que ya es lo bastante mala de por sí; en la Ciudad-país ideada por Mwanza todo se resume en sexo y dinero. Es un territorio hiperpoblado y peligroso, repleto de sicarios, prostitutas, yonkis, estafadores, violadores, alcohólicos, corruptos… Y en ese ambiente, Lucien, un escritor recién llegado que busca desarrollar su potencial, se ve continuamente superado y aislado. Da la impresión de ser el último hombre en la Tierra cuyos intereses se apartan de los placeres del bajo vientre.

Creo que Tranvía 83 obliga a ser leído con la voluntad del que no quiere leer una novela. Aquel que busque una historia cerrada y de desarrollo lineal se llevará una decepción. Al fin y al cabo, durante su desarrollo apenas pasa gran cosa a nivel argumental; quizás el mayor interés a este respecto se encuentre en la relación de amor-odio entre Lucien y Réquiem, un pícaro y oscuro compañero de batallas que se mueve como pez en el agua en los peores ambientes y compañías. Pero es en las descripciones y en las relaciones entre los personajes principales donde se fragua la esencia de este libro. En estas y en el particular estilo de Fiston Mwanza, cuya musicalidad y técnica me han hecho disfrutar de un sueño tan surrealista como atractivo.

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La banda de los niños, de Roberto Saviano

Nadie en su sano juicio envidiaría la vida que lleva Roberto Saviano. Pese a ser todavía joven (38 años), el escritor italiano lleva más de una cuarta parte de su vida escoltado a capa y espada, concretamente desde que publicó Gomorra, un libro a caballo entre la ficción y la investigación periodística en el que explicaba el modus operandi de la Camorra napolitana. Desde entonces, en lugar de acobardarse por las constantes amenazas de muerte que caen sobre él, Saviano no ha dejado de combatir con sus textos al crimen organizado. No obstante, en el caso de La banda de los niños estamos más ante una advertencia de cómo algunos jóvenes italianos están viendo en la mafia una salida a sus aspiraciones de dinero y rápido y poder.

Así, basándose en el caso real de un grupo de chavales del barrio de Forcella (Nápoles) se nos narra la forma en la que unos adolescentes van descubriendo progresivamente el atractivo del crimen organizado y pasan a formar parte de él con una naturalidad aterradora. Y es que los protagonistas no se nos presentan como jóvenes nacidos en la más absoluta pobreza o en familias desestructuradas. En su mayoría son chicos con padres de clase trabajadora que se preocupan por ellos, pero que se ven empujados por sus ambiciones personales y por la presión de grupo a traspasar las líneas de la legalidad y la moralidad.

Nicolás, apodado Marajá, es el gran protagonista, ya que asume desde el primer momento el papel de capo de la nueva banda mafiosa. A sus quince años presenta muchas de las cualidades necesarias para este cometido: es autoritario, violento con los que le ofenden, protector con los suyos, ambicioso a más no poder… No obstante, a pesar del papel predominante de este personaje, Saviano ha construido una novela bastante coral. Durante sus cerca de 400 páginas el escritor nos introduce en el día a día de los Dientecito, Briato, Dragón, Bizcochito… si bien todas sus personalidades quedan muy tapadas por el capo, que asume la voz cantante en todos los pasos que se siguen para profesionalizar a la banda.

Esta construcción desde cero de una estructura criminal resulta verdaderamente interesante, dado que se va dibujando de forma lenta, pero sin pausa, y con la característica añadida de que nos encontramos ante unos jóvenes que no le dan tanto valor a la vida como podrían darle personas con una o dos décadas más de edad. Así, en cortos capítulos se nos van narrando las pesquisas iniciales que va cometiendo el grupo: desde sus primeros tratos con los mafiosos napolitanos a anécdotas más banales de su día a día. Este proceso de criminalización va acompañado de una progresiva pérdida de inocencia que se palpa en las conversaciones y decisiones que les van acompañando. Dentro de este proceso es especialmente pintoresco, pero también muy creíble, como los protagonistas reflejan en sus actitudes todas las influencias que tienen de las series y películas que han visto a lo largo de su vida, así como de videojuegos y vídeos de YouTube. ¿Cómo no va a ser así con una generación que se ha criado frente a la pantalla?

No puedo decir otra cosa salvo que La banda de los niños me ha parecido una novela redonda: una trama consistente, una prosa cuidada pero muy cómoda de leer y un mensaje que cala hasta en los que no estamos acostumbrados a vivir con la sombra de la violencia a nuestras espaldas. En definitiva, un gran trabajo. Y eso, cuando las expectativas son tan altas como las que ya carga consigo el valiente escritor italiano, es decir mucho.

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Te están robando el alma, de Ian Svenonius

Te están robando el alma

Te están robando el alma¿Qué es alienación? Dices mientras bebes tu café de Starbucks sobre una mesa sueca de nombre impronunciable y lees extasiado en tu iPod lo felices que son los trabajadores de Google? ¿Qué es alienación? ¿Y tú me lo preguntas? Alienación… eres tú.

Me disculpo por este inicio tan pedante y facilón, pero tenía que llamar tu atención. Al fin y al cabo, de eso va Te están robando el alma: de lanzar llamativas proclamas para provocar una reacción en el lector, la que sea, pero una reacción al fin y al cabo. Y es que este es un texto pretendidamente provocador, que se inicia con una irónica loa a la censura para abordar poco después algunos temas realmente reprochables, como el trato de favor que da el mainstream a las obras con mensaje vacío (o, peor aún, idiotizante) o como la prensa ha dejado de lado los intereses informativos con los que nació en favor de los puramente económicos e ideológicos.

Pero si algo hay que valorar en este ensayo son los puntos de partida tan novedosos como chiflados que pone sobre la mesa. Dicho de otra forma, jamás en mi vida hubiese pensado en el twist como en un arma estatal para la introducción del individualismo y de la pasividad en la sociedad. O que lo que hizo que Al-Ándalus resistiera tantos años, hasta la consumación de la reconquista por parte de los Reyes Católicos, fue el azúcar. Ojo, no lo digo yo, lo dice Ian Svenious, un veterano músico estadounidense reconvertido en gurú antisistema.

Explícito, directo y malhablado, pero con un lenguaje cuidado y pulcro, Svenious realiza en su exposición una de esas extrañas combinaciones narrativas que tan atractivas se me suelen hacer como lector. Formula un tótum revolútum, retrotrayéndose en muchos casos a épocas muy antiguas (con fuentes, por lo general, desconocidas) para dar validez a sus argumentos. Esto es algo a valorar, aunque en ocasiones estos esfuerzos sólo sirvan para despistar al lector del núcleo de su discurso. Pero todo ello forma parte del atractivo de este escrito, en el que su autor es capaz de mezclar arquitectura, pornografía e Ikea en una misma idea y que el resultado suene hasta coherente. Al fin y al cabo, este ensayo no es sino una crítica extravagante y paranoica a la sociedad contemporánea.

El antiguo componente de grupos como Nation Of Ulysses, Make-Up o Weird Waredica dedica también mucho tiempo a plantear una batalla encarnizada contra ciertas multinacionales que generalmente tienen buena fama, como Google, Ikea o Wikipedia. Pone especiales esfuerzos en desacreditarlas, al exponer que no son más que otra pata del capitalismo más inhumano, aunque con una capa de maquillaje muy bien repartida. Pero donde se muestra especialmente lúcido y cómodo el autor es en los capítulos en los que toca el tema de la música, lo cual no deja de ser lógico. En este terreno tampoco deja títere con cabeza; para él, la industria discográfica busca sofocar cualquier intento de insurrección moldeándolo a su gusto hasta dejarlo con un aspecto tan perfecto como vacío de contenido. Seguro que a más de un grupo indie le pitarán los oídos.

Svenious, en definitiva, carga contra todo lo que aborrece de la cultura popular. Y aunque en muchas de sus aseveraciones es hartamente difícil coincidir (y en otra buena parte es hasta complejo elaborar una opinión, ante lo críptico de su argumentario) uno no puede evitar disfrutar con su manera trabajada e irónica de lanzar dardos cargados de odio a diestro y siniestro. No obstante, el autor también escupe (creo que es la forma más objetiva de definirlo) críticas muy lúcidas, como la que lanza contra la costumbre de dejar propinas a los trabajadores del sector servicios y el servilismo que esta práctica lleva consigo.

Creo, repito, creo, que la intención de Svenious con Te están robando el alma no es que nadie adopte su particular forma de ver el mundo. Parece más una invitación a pensar por uno mismo, a dejar de adoptar el discurso único y plantearse por qué las cosas son como son. Y, tal y como está el patio y a pesar del riesgo de empezar a sospechar de todo lo que nos rodea, bienvenida sea esta iniciativa.

 

 

 

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Kes, de Barry Hines

Kes

Kes

Todos necesitamos una vía de escape, algo que nos aleje durante al menos unos minutos de la realidad en la que nos ha tocado vivir. Algunos valientes emplean esa necesidad en construir algo positivo; otros se conforman con unas cervezas a medio enfriar, un partido de fútbol al que mirar con desgana y una conversación insulsa y mil veces repetida. Pero todos requerimos de algo que nos ayude a combatir el día a día, que nos dé un empujón cuando suena el despertador cada mañana incluso si, como en el caso de Billy Casper, todo invita a tirar la toalla.

Y es que el citado Billy Casper, el protagonista de Kes, es un chaval que lo tiene todo para odiar su vida: criado en una familia pobre y sin padre, en la que la madre está más preocupada por su vida sentimental que por la felicidad de sus hijos, sufre acoso sistemático, tanto en el colegio como en casa, ya que su hermano lo maltrata sin necesidad de razón alguna. Además, las notas invitan a pensar que tampoco es una persona excesivamente brillante, aunque el mayor de sus problemas no deja de ser que no encuentra nada en el mundo que le motive. O al menos esto es así hasta que Kes entra en su vida. Esta cría de halcón, que Billy arrebata de un nido, consigue impresionarlo fuertemente y a partir de ese momento el joven pasa a dedicar todo su tiempo libre a aprender a entrenar al cernícalo.

Aunque acabe de ser publicada por primera vez en España por la editorial Impedimenta, Barry Hines escribió esta novela en 1968 y fue llevada al cine por Ken Loach un año más tarde. Tanto en la versión escrita como el la cinematográfica se recogieron especialmente bien los ambientes en los que se desarrolla la trama: por un lado, la sucia y deprimente ciudad minera, en la que nada ofrece esperanzas de mejora; por otro, el bosque, en el que Billy puede gozar de plena libertad para ser él mismo. En estos dos escenarios pivota la narración, la cual se desarrolla en espacio temporal muy corto, de apenas unos días. De hecho, la novela ni siquiera está dividida en capítulos; apenas unos pequeños apartes oxigenan el libro entre escena y escena, lo que contribuye a darle continuidad al relato y a que los acontecimientos vayan produciéndose con naturalidad y sin giros demasiado bruscos.

Pero si en algo profundiza Kes es en la relación de cariño y respeto que puede llegar a producirse entre una persona y un animal. Y es que Billy no quiere en ningún momento domesticar al ave; él sólo quiere ser partícipe de su crecimiento, entrenarla para que desarrolle sus capacidades lo mejor posible, pero sin querer convertirla en ningún momento en un animal dócil y amaestrado. Una forma, posiblemente, de expresar cómo le gustaría ser tratado a él por su entorno, que lo coacciona y señala simplemente por no ser como los demás.

Si a algo no me atrevo con esta novela es a etiquetarla para un tipo de edad concreta, dado que, aunque su historia invita a identificarla como un relato juvenil, la crudeza que nos encontramos en sus páginas me hace dudar acerca de si no está más destinada a un público más adulto, que pueda afrontar mejor las situaciones injustas y dramáticas que se nos exponen. A lo que sí que me atrevo es a decir que se trata de una novela premeditadamente sencilla, que busca y consigue conmover por medio de un mensaje comprometido con la naturaleza y con el derecho a ser uno mismo.

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Veneno que no la mate, de Juan Miguel Borrego

Veneno que no la mate

Veneno que no la mate

Para defender una causa justa no es necesario tratar de blanquearla. Incluso me atrevería a decir que no es recomendable. En muchos casos basta con darle visibilidad, con señalar al mundo que ese problema sigue existiendo, ya que es en el silencio y en la falta de concienciación pública donde mejor florecen los irracionalismos. En el caso de Veneno que no la mate, obra publicada por Círculo Rojo en su colección Teatro, Juan Miguel Borrego plantea un enredo protagonizado íntegramente por mujeres, pero que para nada idealiza a su género. Simplemente le cede todo el protagonismo durante unos minutos para reafirmar que ellas son capaces de todo, tanto de lo mejor como de lo peor, sin que sea necesario que haya hombre que les dé el visto bueno o les censure.

Toda la obra teatral se desarrolla en la sede de una asociación de mujeres. En ella, las cinco protagonistas colaboran con diferentes causas y movimientos sociales. El conflicto central se inicia cuando Andrea, la voz cantante del grupo, desvela que va a casarse con su prometido, al que también pretendía Diana, una joven caprichosa y de fuerte carácter. Ésta última hará todo lo posible para evitar el matrimonio, para lo cual contará con la complicidad o el silencio del resto de las asociadas, las cuales no se atreven a pararle los pies por motivos diversos, a pesar de las altas probabilidades de que el desenlace de sus actos sea fatídico.

Como se puede ver, el compromiso del autor con el feminismo es palpable desde el propio planteamiento de la obra; de hecho, no aparece ningún hombre en ellaa, al menos como personaje activo. Lo principal en esta breve historia es la relación que existe entre cinco mujeres muy diferentes, cuyas personalidades están fuertemente marcadas tanto por su nivel socioeconómico como por la época en la que les ha tocado nacer. Es precisamente este choque generacional positivo, el mismo que ha provocado que la mujer poco a poco haya dejado de ser entendida y de entenderse a sí misma como un mero complemento de su marido para pasar a escribir su propio destino, el que brilla en el comienzo de la obra. Un empoderamiento que, como bien recoge el autor en una de las historias secundarias que pone sobre la mesa, todavía se encuentra en marcha y no se debe bajar la guardia.

Unido a lo anterior, si algo ha logrado sobradamente el autor gaditano es que sus personajes hablen como lo hace la calle. El lenguaje es sumamente llano e imperfecto: directo, brusco, plagado de onomatopeyas, de errores léxicos y de frases inconexas, lo que, por desgracia, no dista mucho de la forma en la que habitualmente nos comunicamos de viva voz. Esto no es una cuestión nimia; al fin y al cabo, cuántas lecturas pierden verosimilitud por basarse en diálogos excesivamente perfectos y acartonados. En ese sentido, creo que este es uno de sus principales logros, junto con la forma pausada en la que Borrego va introduciendo a los personajes en la historia, de tal forma que resulta sencillo captar las marcadas personalidades, casi caricaturescas, de cada uno de ellos.

Con todo, he echado un poco en falta una mayor adaptación del contexto a los tiempos actuales. Es decir, especialmente en el caso de las tres mujeres más jóvenes, que rondan la veintena, creo que no hubiese estado de más aproximarlas al mundo de redes sociales, series televisivas y modas pasajeras en el que vivimos. Por el contrario, el autor ha optado por escapar de prácticamente todo aquello que escapa del puro contacto humano, con lo que la trama podría situarse sin problema en épocas bien distintas. Ello no quita para que nos ofrezca una sucesión de hechos enormemente entretenida, en la que los giros de guion, numerosos para lo reducido de la obra, permiten que lleguemos a las últimas páginas sin tener demasiado claro cuál va a ser el desenlace, lo que siempre es de agradecer.

Veneno que no la mate tiene su mayor virtud en su sencillez, en su falta de pomposidad tanto en su planteamiento como en la forma de actuar de sus personajes, a lo que se añade el claro propósito de su autor de reflejar cómo la mujer va tomando poco a poco en nuestra sociedad el papel que le corresponde. No son pocos (ni pequeños) los motivos, por tanto, para darle una oportunidad a esta lectura.

 

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¿Cómo nos metimos en este desastre?, de George Monbiot

Cómo nos metimos en este desastre

Cómo nos metimos en este desastreTal vez muchos no se acuerden, pero en un principio el periodismo consistía en decirle a la gente lo que le pasaba a la gente. Sin muchos mayores filtros que el contraste de las informaciones y la selección de los temas que más podrían llegar a interesar al conjunto de la sociedad. Pronto los intereses económicos y políticos comenzaron a complicar el trabajo del profesional de la información, que vio cómo su primera batalla la tenía que vivir en su propio escritorio. «Cada mesa un Vietnam», como le gusta decir a Enric González. Muchos fueron los periodistas que se vieron obligados a modificar su modus operandi, a relajar su inquietud investigadora o, simplemente, a comenzar a trabajar para el que pone los billetes sobre la mesa. Sin embargo, también han quedado unos cuantos periodistas valientes y comprometidos con la verdad. Y George Monbiot, como puede leerse en sus artículos recogidos en el libro ¿Cómo nos metimos en este desastre?, es uno de ellos.

Monbiot es una de esas escasas voces críticas e indignadas que han conseguido sobrevivir a la gran crisis del periodismo global y que se esfuerzan por sacar a la luz las perversidades e injusticias del sistema. No debemos pensar que es un ser extraordinario en ese sentido; en nuestro país contamos también con comunicadores con un perfil similar al suyo, aunque rara vez tienen la visibilidad de este autor. Y es que el británico lleva años denunciando las injusticias desde su columna en el prestigioso periódico The Guardian. Una visibilidad y un poder que le ha llevado (o eso se afirma en este libro) incluso a alterar proyectos de ley con sus artículos.

El estilo de Monbiot es puramente periodístico, en el mejor de los sentidos: claro, conciso y muy directo. Además, es de los autores que sorprende por la precisión de sus sentencias. Prácticamente cada una de las ideas que recoge en sus artículos está acompañada de la fuente de la que procede, ya sea dentro del texto o con una nota a la enorme sección de referencias bibliográficas que cierra el libro.

Lo que sí que diferencia a este autor de otros periodistas críticos es que tiene una opinión propia de prácticamente cada tema, que en no pocos casos dista de lo que cabría esperar de él. Sus ideas tienen denominación de origen Monbiot y, si bien en su gran mayoría podrían ser subscritas por lo que antaño solíamos denominar la izquierda, otras tantas, sin embargo, se salen de los esquemas habituales. Por ejemplo, su defensa de que el pastoreo constituye un peligro medioambiental y económico para Reino Unido, su preferencia por la energía nuclear frente a otras que considera más perjudiciales o su apoyo a limitar el gasto público en subsidios a la agricultura por considerarlos un despilfarro.

Pero si algo sobresale en este compendio de artículos es la especial fijación de Monbiot en el medio ambiente. El uso de combustibles fósiles, la preservación de la fauna, la utilización de los suelos o la sorprendente relación directa entre el uso del plomo y la criminalidad son algunos de los asuntos a los que dedica sus esfuerzos divulgativos. Ello no evita para que haya una gran variedad temática, que escapa en varias ocasiones de lo puramente político y nos acerca aspectos como la obsolescencia programada o el dudoso y lucrativo negocio de las revistas científicas.

¿Cómo nos metimos en este desastre? reafirma una de las ideas que llevo defendiendo bastante tiempo, que es la de que cuando uno quiere enterarse con cierta rapidez de lo que está ocurriendo a su alrededor no debe buscar a los grandes intelectuales, sino a los buenos periodistas, como George Monbiot. Es bien seguro que su respuesta no será tan minuciosa y trabajada como la de los primeros, pero el profesional de la comunicación nos ahorrará la labor de síntesis, de contraste de las informaciones y de poner las mismas dentro del contexto necesario para entenderlas correctamente.

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Francamente, Frank, de Richard Ford

Francamente, Frank

Francamente, FrankSi hay algo que nadie puede parar, por mucho dinero o poder que tenga, es el paso del tiempo. Queramos o no queramos, chillemos o pataleemos, a medida que pasamos las páginas del calendario cada vez las resacas son más duras y el sueño resulta más difícil de coger; cada vez son más los amigos que empiezan a trabajar el arte de la excusa para evitar salir a la calle más de lo indispensable, y cada vez uno se da más cuenta de que la mejor época de su vida ha pasado y que todo lo que viene a partir de ese momento va a ser cuesta abajo. Y sí, esto lo dice un mocoso de veinticinco años. Más o menos el momento en el que uno es consciente de que los veranos de tres meses se fueron para no volver jamás.

En Francamente, Frank, Richard Ford, premio Princesa de Asturias de las Letras en 2016, nos habla de todo lo malo que tiene hacerse viejo, en un contexto horrible para pasar este trago: el escenario postapocalíptico que dejó la crisis económica de 2008 y que Ford agrava con el efecto devastador que tuvo el huracán Sandy en el estado de Nueva Jersey.

Ford hace literatura de gran altura sobre esa base, con el empleo de ingredientes tan poco agradables pero tan comunes como la destrucción de la prosperidad, la soledad, la enfermedad, la desidia por todo lo que nos rodea o los simples achaques de la vejez. Al fin y al cabo es una lectura realista y contemporánea y, como tal, es lógico que sea dura y desesperanzada. A través de Frank Bascombe, un personaje que le ha acompañado desde 1986, cuando publicó El periodista deportivo, el autor americano construye cuatro historias que desprenden un fuerte hedor pesimista y cínico, muy actual, en el que la desconfianza por todo lo que nos rodea es el pan nuestro de cada día. Asistimos así al hundimiento de todo aquello que creíamos que era indestructible, desde los ojos de un septuagenario que vive sin demasiado entusiasmo la penúltima etapa de su vida.

El protagonista, antiguo agente inmobiliario, asiste a los cambios bestiales que se han producido en su entorno, bajo las luces y las sombras de la segunda legislatura de Obama. Aquella en la que se pasó del ‘Sí se puede’ al ‘Ya si eso en otra ocasión’. Ante él aparecen personajes que no viven sus mejores momentos: un antiguo comprador de una casa que ha quedado convertida en escombros por el huracán; la antigua propietaria de la vivienda de Bascombe, con una historia terrible a sus espaldas; la incómoda visita a su exmujer, enferma de párkinson, y el último adiós a un antiguo amigo, que sufre una enfermedad terminal.

Es el primer libro que leo de este autor, pero su prosa contiene muchos de los matices que suelo apreciar en un escritor: una ironía muy afilada, una fijación en esos pequeños detalles que tanto ayudan a dar credibilidad a un relato o los temas y comportamientos cotidianos abordados desde prismas distintos a los habituales. La intolerancia, el racismo y el radicalismo creciente, que ha alcanzado su apogeo en nuestros días, ya son recogidos por Ford, que se demuestra hábil en captar el clima que se iba fraguando en su país y que acabó colocando a un ser como Donald Trump en el despacho oval. Otro motivo más para resguardarse en el viejo dicho de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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Amor perdurable, de Ian McEwan

Amor perdurable

Amor perdurablePor amor se han hecho muchas locuras a lo largo de la historia. Quizás ninguna tan bárbara como la del doctor Carl von Cosel quien, tras no poder salvar a Elena Hoyos, su amor platónico, de morir por tuberculosis, decidió exhumar su cadáver dos años después de que la joven soltase su último suspiro. Tras ello, hizo lo posible por que el cadáver tuviese el aspecto (y el hedor) más humano posible y mantuvo una relación enfermiza con éste hasta que fue descubierto siete años más tarde por la hermana de la fallecida. Está claro que si tomamos como base este caso cualquier locura por amor de la que hablemos va a parecer pequeña.

En Amor perdurable Ian McEwan toca el tema de la obsesión amorosa desde su particular prisma. Partimos, como casi siempre pasa en las obras de este autor, de un acontecimiento pintoresco, a partir del cual la trama va dirigiéndose por derroteros que en un principio eran inimaginables. Así, la novela da comienzo cuando un apacible día campestre que se disponían a vivir Joe y Clarissa, una pareja próxima al medio siglo de edad, es interrumpido cuando un niño queda atrapado en un globo aerostático y comienza a ascender sin poder hacer nada para evitarlo. Joe y otras personas que se encontraban cerca del lugar intentan sujetar el globo, pero todos ellos acaban soltando la cuerda que lo mantenía cercano a tierra, salvo un hombre que acaba falleciendo al caer al suelo desde una altura considerable. Este incidente marca fuertemente a Joe, no solo por los remordimientos que le provoca la duda de lo que hubiera pasado si no hubiese soltado la cuerda, sino porque a partir de ese incidente otro de los hombres que fueron a socorrer al niño, un joven de fuertes convicciones religiosas llamado Jed Parry, se obsesiona con él y comienza a perseguirle y a sostener que él y Joe están profundamente enamorados.

En esta novela —que cuenta con una adaptación cinematográfica que para nada le hace honor, ya que es bastante mediocre— el escritor inglés mantiene una de sus aficiones preferidas: la de jugar con el lector. Y es que McEwan ha demostrado con el tiempo que disfruta cambiando los patrones habituales para desconcertar a sus fieles. Le gusta marcar los tiempos de la narración y decidir qué información suministrar y cuál reservarse para, llegado el momento, dar un vuelco a las ideas habías podido ir labrando durante varios capítulos; también puede cambiar al narrador de buenas a primeras, sin previo aviso, o dedicar varias páginas a desgranar ideas científicas. Todo lo que sea necesario para que el lector no tenga posibilidad de hacerse una idea clara de por dónde le va a llevar la lectura.

De lo que no cabe duda tampoco, no obstante, es de que las novelas de Ian McEwan se distinguen por ser literatura con mayúsculas. Con un estilo muy cuidado, continuas figuras literarias y reflexiones de notable enjundia intelectual, este es uno de los escritores que no necesita de grandes historias para producir libros de calidad; da gusto leerle independientemente del tema que trate. Y en Amor perdurable la historia nos envuelve en un clima demente, en el que por momentos no somos capaces de distinguir qué es lo lógico y qué lo irracional cuando el amor lo inunda todo.

Estamos pues ante una novela muy apetecible para aquellos que estén dispuestos a recalentar un poco su mollera— ya que no es la típica novela ligerita de verano, ni se le parece— para dejar que le absorba durante horas una historia verdaderamente pasional.

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