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La última noche de Ayrton Senna (suite 200), de Giorgio Terruzzi

La última noche de Ayrton Senna

La última noche de Ayrton SennaCuenta Giorgio Terruzzi que todos a los que pregunta sobre ello, periodistas, conocidos, pilotos, son capaces de recordar lo que estaban haciendo en el momento exacto en el que supieron de la muerte de Ayrton Senna. Yo también, lo reconozco, tengo una memoria concreta de aquel domingo de mayo, una de las más vívidas que conservo de mi adolescencia, y eso que ha transcurrido casi un cuarto de siglo.
Senna no ha pasado a la historia como el mejor piloto en cuanto a victorias o títulos mundiales. No lo es ahora, pero es que ni siquiera lo fue en vida. Prost, Schumacher y los actuales Hamilton y Vettel superan sus registros, aunque también es justo admitir que, sobre todo en el caso de los dos últimos, hablamos casi de un deporte distinto. Sin embargo, ninguno de ellos alcanza el carisma del paulista, su imagen de leyenda, ninguno ocupa su hueco en el imaginario popular. Por su carácter en la pista, por sus polémicas fuera, por su temprana muerte haciendo aquello que lo había llevado a la cumbre, Senna se alza por encima de cualquiera y será difícil que llegue alguien para bajarlo de ese trono en estos tiempos de héroes demasiado perfectos.
El recurso de Giorgio Terruzzi para contar su vida en La última noche de Ayrton Senna (suite 200) es clásico, y bebe del mismo subgénero que las historias de condenados a muerte que aprovechan sus últimas horas en la celda para expiar sus pecados. En ese sentido, nada nuevo, pero sí original en este contexto. Al principio resulta chocante: aparecemos en la habitación del Hotel Castello durante las horas previas al Gran Premio de San Marino de 1994 y contemplamos a un Senna reflexivo e inseguro que repasa su relación amorosa en presente con Adriane Galisteu, el amor-odio que siente por su familia y, solo de fondo, piensa en la muerte de Roland Ratzenberger, ocurrida unas horas antes en el mismo circuito en el que va a correr al día siguiente. Conforme pasan las páginas y las horas de esa última noche, Terruzzi se centra más en los hechos y un poco menos en la reflexión y el lector se familiariza con su voz y su cadencia. Tiene el buen gusto de narrar en tercera persona, sin caer en la trampa de hacer hablar a los muertos, y el texto (en la traducción de David Paradela López) discurre de manera solvente y poco recargada, algo de agradecer en unos tiempos en los que la crónica deportiva se ha convertido en uno de los subgéneros más dados al adorno y al adjetivo innecesario. La trayectoria de Senna queda finalmente cubierta sin lagunas, desde su comienzo en el karting hasta el mismo día de su muerte, pasando por los difíciles tiempos en las categorías inferiores británicas y la gloria de sus mejores años. Sin embargo, las descripciones de Terruzzi dan una mejor idea del carácter de Nelson Piquet o del entorno de Angra dos Reis, donde Senna tenía su retiro brasileño, que de cualquiera de los circuitos del mundial, y sus aventuras amorosas y otros problemas fuera del Gran Circo nos hacen descubrir un perfil de Ayrton alejado de sus grandes gestas.
Uno de los mayores inconvenientes de La última noche de Ayrton Senna (suite 200) es que puede caer en tierra de nadie. No es para no iniciados, eso seguro, y quienes busquen una biografía completa del mito, con fechas, datos y estadísticas, tampoco encontrarán en él un texto especialmente profuso ni ordenado. No obstante, los que tienen grabado en la memoria dónde estaban aquel uno de mayo y quizá acaban de caer en ello, sí podrán a través de él tirar el hilo de la memoria, hacer un recorrido sentimental imperfecto que les llevará a rebotar de nuevo entre nombres que creían perdidos como Xuxa, Gerhard Berger o Fernando Collor de Melo. Y con ello recordarán lo bueno que era Ayrton Senna y lo pronto que se marchó.

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Salvaje, de Iván Castelló

salvaje

salvajeReconozco que, con el tema de la corrupción, viendo lo que se ha destapado en los últimos años, tengo tolerancia cero. Sin embargo, hoy vengo a hablaros de una debilidad que tengo (o que tuve) y que choca frontalmente con lo que he dicho en la primera frase de la reseña. Esa debilidad es la siguiente: uno de mis ídolos de infancia fue don Gregorio Jesús Gil y Gil. Pocos personajes me fascinaron más en esos años en los que uno tiene esa facilidad extrema para la sorpresa y la fascinación. Puede decirse que mi sentimiento atlético nació en 1991 cuando, con siete años, vi como mi padre celebraba con pasión la Copa del Rey ganada al Mallorca. “El primer título de Gil”, decía mi progenitor con alborozo. Y gracias a él y a una figura tan hipnótica como la de Gil, mis venas se fueron llenando de sangre rojiblanca.

Trece años después de su muerte, el periodista y atlético (por este orden) Iván Castelló nos regala esta genial biografía titulada Salvaje, la imperiosa historia de Jesús Gil y Gil, empresario, político y presidente del Atlético de Madrid (pónganlo en el orden que quieran). El repaso de lo que fue su vida se centra en esas tres facetas, empezando por sus humildes inicios en el Burgo de Osma y continuando con su carrera de constructor en la sierra segoviana, donde protagonizó uno de los episodios más dramáticos (¡y mira que hubo!) de la Dictadura. De ahí pasamos a los dos grandes logros profesionales de su vida. El primero, conseguir presidir su “Atleti”, ese club del que no era seguidor, pero al que amó hasta el último de sus días, consiguiendo disputar la hegemonía mediática (que no deportiva) a Real Madrid y Barcelona. Y su otro gran logro, conseguir el bastón de mando en la alcaldía de Marbella, remodelando a base de ‘talonario’ una de las ciudades más turísticas de España, y extendiendo sus redes del Gilismo político por otros municipios de la Costa del Sol.

Jesús Gil encarnó a la perfección esa figura del self made man americano, consiguiendo lo impensable para la gran mayoría de los mortales. Un hombre hecho a sí mismo que repartió por igual simpatías y antipatías. Una figura que odiabas o amabas, pero que nunca te dejaba frío. Iván Castelló refleja de un modo notable las infinitas caras de un hombre como Jesús, todo descaro y ambición, sobre todo política, esa en la que poco a poco fue cavándose su propia tumba.

Pese a ser una biografía que no desmerece ninguno de sus capítulos, donde más he disfrutado ha sido en los dedicados a su figura de presidente del Atlético de Madrid. El autor hace un repaso de todas y cada una de las temporadas en las que estuvo al frente de la entidad rojiblanca, revisando los incontables entrenadores que le sufrieron y repasando también todos los jugadores que quedaron marcados, para bien o para mal, por el Gilismo, ese movimiento presidencial que trataba a veces a los seres humanos como perros apaleados, sin signos de conmiseración alguna.

Es probable que hoy en día, más maduro (creo) y calmado, mi fascinación por la figura del protagonista de Salvaje se tornaría en aborrecimiento e incluso odio. Pero para eso tenemos la juventud, para cometer errores, y puede que adorar a Jesús Gil fuera uno de mis errores de juventud de los que más me gusta presumir.

Salvaje es un homenaje brillante a un personaje inimitable que tuvo miles de imitadores, tanto de su faceta personal como política. Fue don Jesús un personaje histriónico que Twitter no tuvo la suerte de conocer, para desgracia de algunos. Un ser con una verborrea capaz de dejar a Donald Trump como un mero aficionado, un político políticamente incorrecto que atizó por igual a jueces, árbitros, periodistas y otros políticos. Un hombre cinco veces preso, infinidad de veces condenado e indultado por igual por Franquismo y Democracia. Un creador de titulares periodísticos capaz de ganar las elecciones más difíciles y los referéndums más inverosímiles. En definitiva, un personaje a la altura de un libro sobresaliente, como es este de Iván Castelló.

César Malagón @malagonc

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Te potaría encima, de Andrew Matheson

Te potaría encima

Te potaría encima¿Os acordáis de UPyD? Vale, igual es un poco pronto para hacer esta pregunta, pero la memoria colectiva suele ser corta y pronto olvidaremos que aquel partido tintado de magenta surgió en el no tan lejano 2007 como la gran esperanza frente al bipartidismo. Sus ideas fundacionales parecían atrayentes y sólidas, varias personalidades de renombre apoyaban el proyecto y había encontrado un espacio político que llevaba mucho tiempo sin explorarse en España, el centro, desde el que forjarse. ¿Por qué, con tan buenos ingredientes y a pesar de su prometedor comienzo, el partido acabó cayendo en el más cruel de los olvidos? Seguramente fueron muchas las razones, pero una de las principales, al igual que en el caso de los Hollywood Brats, fue sin duda el haber nacido antes de tiempo.

La banda de Andrew Matheson, el autor de Te potaría encima, también lo tenía todo para triunfar: un grupo de jóvenes rebeldes y deslenguados, una estética llamativa y provocadora a más no poder, una música que rompía con todo lo que se escuchaba en aquel momento… Pero a comienzos de los años setenta el público todavía no estaba preparado (o simplemente no tenía ganas) para cambiar sus gustos musicales, a pesar de que unos años más tarde fuese a abrazar con fuerza a grupos como los Sex Pistols o los Clash, no demasiado alejados de lo que habían propuesto los Brats. Pero, acabando ya con la analogía política, tampoco la propuesta de Ciudadanos en su irrupción a nivel nacional fue muy diferente a lo que había intentado UPyD unos años antes y no hay más que mirar cómo les fue a unos y a otros.

Aparte del atractivo del propio fracaso, el que fuera vocalista del grupo consigue hacer muy interesante la lectura gracias a la sinceridad y al humor ácido que acompañan a todo el relato. No deja tema sin tocar, por vergonzoso que sea, ni títere con cabeza, por famoso que sea; a lo largo de la narración de sus vivencias en los Hollywood Brats, organizadas en los cinco años que duró la banda (1971-9175), el autor nos hace partícipes de anécdotas tales como su descubrimiento de la forma menos adecuada de deshacerse de unas ladillas o de cómo resolvió el conflicto por el nombre de Queen, que había elegido en un principio para su banda. Solo puedo decir que Mercury se llevó algo más que los derechos de aquel encuentro…

No obstante, además de estos y otros tantos chascarrillos, Matheson pone sobre la mesa las numerosas penurias por las que pasó con sus compañeros de viaje, tanto con los incondicionales (el teclista Casino Steel y el batería Lou Sparks) como con los que fueron entrando y saliendo del grupo, reclutados a través de anuncios en la revista Melody Maker: días enteros sin probar bocado, borracheras y peleas sobre el escenario y lejos de él, una preocupación por la estética que rozaba lo enfermizo… Todo ello viene perfectamente narrado en Te potaría encima: la historia de unos chavales que decidieron jugárselo todo por la música y les salió mal. Y lo que este libro busca demostrar, en definitiva, es que, al igual que defienden los fundadores de UPyD, era el mundo el que aún no estaba preparado para ellos y no al revés.

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Persiguiendo a Cacciato, de Tim O’Brien

Persiguiendo a Cacciato

Persiguiendo a CacciatoHero of war es una de las canciones más conocidas del grupo estadounidense Rise Against. En ella, un hombre cuenta en primera persona cómo fue reclutado para el ejército y qué tuvo que hacer durante el tiempo en que estuvo destinado en una guerra. El protagonista de esta canción, al igual que los personajes que Tim O’Brien creó unas décadas antes, no se alistó como soldado por convicción, por tener deseos fervientes de defender a su patria. Simplemente, sin saber muy bien cómo, acabó con un arma entre sus manos y terminó asimilando que en los conflictos armados hay que hacer cosas que no se quieren hacer.

Persiguiendo a Cacciato, la novela de O’Brien, sitúa su trama en el año 1968 y cuenta cómo un buen día un joven y tontorrón soldado decide abandonar a sus compañeros destinados en Vietnam con la firme idea de llegar a París a pie. Es decir, emprende una huida con 13 000 kilómetros de distancia por delante. El pelotón al que pertenecía es seleccionado para capturar al desertor y durante esta misión los perseguidores tienen tiempo suficiente para replantearse sus propias aspiraciones.

Tim O’Brien estuvo destinado en Vietnam. Y es algo que se nota. Se palpa en la forma minuciosa que tiene de describir los ambientes, de reflejar el lenguaje y la manera de actuar de los soldados, de desgranar las anécdotas y las ocurrencias menores que van marcando el día a día de los combatientes en territorio enemigo. Y esto es algo realmente relevante, ya que son precisamente esos pequeños detalles, tan poco épicos como verosímiles, los que hacen que el relato te atrape y te afecte. Porque es difícil no empatizar con aquel que está a disgusto en una realidad que no ha elegido vivir.

Y es que, con todo lo que pueda parecer, Persiguiendo a Cacciato no es propiamente una novela de guerra, sino más bien una novela de personas a las que les ha tocado soportar una guerra. Lo verdaderamente relevante de este texto, lo que hace que sobresalga de tantísimas narraciones de este y otros conflictos armados, es la capacidad del autor para transmitir la humanidad de los combatientes, para hacer que dejemos de imaginarlos como soldados y empecemos a verlo como chavales a los que les han puesto un rifle entre las manos. A través de una narración que entremezcla flashbacks con la persecución del soldado rebelde, O’Brien nos permite conocer todo lo que Cacciato y sus compañeros han vivido durante su estancia en el país asiático y cómo esto les ha afectado a nivel personal.

Como digo, la auténtica relevancia de este texto la cobran los soldados y su necesidad de abstraerse, de dejar atrás el conflicto, aunque sea durante unas horas al día a través de una liga de baloncesto, a sabiendas de que al día siguiente les tocará arrasar aldeas humildes y asesinar a civiles inocentes. Se palpan las ganas de escapar, que sólo Cacciato se atreve a materializar. De repente, ese chico aparentemente débil y sumiso es el único que se atreve a dar el paso que tantos otros anhelan.

El juego del gato y el ratón que protagonizan el batallón y Cacciato se hace vibrante por momentos, ya que no son pocas las ocasiones en las que sus antiguos compañeros le pisan los talones, en un largo trayecto que les hace visitar Birmania, Afganistán, Turquía o Grecia. Durante ese viaje somos partícipes de cómo los soldados vuelven a convivir en sociedad, sin armas de por medio y sin un enemigo directo al que asediar o temer. Y de lo a gusto que se encuentran en esa situación, lo que le lleva a más de uno a cuestionarse seriamente el sentido de seguir gastando balas.

Una novela, en fin, que se aleja de lo habitual en su género y que decide apartar el foco del gran conflicto bélico para ponerlo sobre las pequeñas luchas internas. Esas mismas que una vez que las tropas se repliegan y los disparos cesan no hay acuerdo de paz que pueda cerrarlas de cuajo. Son batallas que quedan irremediablemente unidas a aquellos que, muchas veces sin saber cómo, acabaron con un rifle entre sus manos.

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El faro de Dalatangi, de Axel Torres

El faro de Dalatangi

El faro de DalatangiIslandia, un país con poco más de 300.000 habitantes y una liga de fútbol casi amateur, protagonizó la gran sorpresa de la última Eurocopa al alcanzar, contra todo pronóstico, unos más que meritorios cuartos de final en su primera participación en un torneo de tal magnitud. Antes del evento, ni los propios expertos en fútbol internacional sabían mucho de esta selección, cuyo jugador más reconocible era (y sigue siendo) el ya veterano Eiður Gudjohnsen, que militó a finales de la década pasada en el FC Barcelona.

Un año antes de aquella gran gesta, el periodista deportivo Axel Torres estuvo disfrutando de aquel país, y fruto de aquel viaje nace El faro de Dalatangi, su tercer libro. Como he dejado claro en las reseñas que hice de sus otros libros (11 ciudades y Franz, Jürgen, Pep), tengo a Axel como uno de los periodistas deportivos de referencia en este país, no solo por esta pasión que transmite por el deporte de la pelota; también por esa difícil neutralidad de la que hace bandera en una profesión en la que el periodista bufandero viene siendo cada vez más habitual. En este viaje le acompaña otro periodista deportivo, Víctor Cervantes, cuya admiración casi obsesiva por Gudjohnsen arrastrará a él y a Axel, que terminarán viajando al país más aislado de Europa para poder encontrarse con el futbolista, y de paso, conocer un poco más sobre el desconocido fútbol islandés que ya en 2015 empezaba a despuntar.

Islandia. Sin ejército. Sin odio. Sin comunidades nacionales enfrentadas. Sin interpretaciones peligrosas de la historia. Canciones de Sigur Rós. Qué paz.

Lo que diferencia este libro de los otros del autor es el marcado tono introspectivo que llena sus páginas, coincidiendo con un momento anímico no del todo óptimo. Su viaje por Islandia encierra a la vez un viaje interior en el que Axel reflexiona sobre su propia carrera, sobre sus miedos e inseguridades. Sabe que ha alcanzado la cima, pero que eso no ha ido acompañado de felicidad. Debe sentirse un privilegiado porque tiene todo lo que siempre soñó, aunque descubra que el final del camino no es cómo había soñado. Por eso las tierras inhóspitas de Islandia se tornan en el lugar perfecto para una huida hacia delante, un lugar idóneo en el que emular a Henry David Thoreau, con el propio faro de Datalangi convirtiéndose en el particular Walden del periodista.

Pero no hay que olvidar que en este libro se habla mucho de fútbol. Axel Torres recobra poco a poco su pasión futbolera en esos campos de gradas casi vacías enclavados en verdes y extensas praderas o en parajes de aspecto casi lunar, como bien se puede comprobar en las estupendas fotografías de Edu Ferrer que añaden color y valor al libro. El autor conoce a varios futbolistas españoles, auténticos temporeros del fútbol que encuentran en la isla un lugar perfecto donde crecer como personas y como deportistas.

Islandia siempre ha sido un país que ha llamado poderosamente mi atención dada su peculiaridad histórica y geográfica. Ahora, tras leer este libro, mis ganas de conocer el país han aumentado más aún. Porque lejos de esa imagen de vikingos rudos, habitantes de ciudades impronunciables como Seyðisfjörður, Hafnarfjörður o Vestmannaeyjar se encuentra una población orgullosa de sus valores y costumbres. Los islandeses se muestran pasionales, con una personalidad marcada durante generaciones por ese aislamiento autoimpuesto, que se acrecenta entre los habitantes de las Islas Vestman, que no tienen reparos en llamarse “los más fuertes entre los más fuertes”, como dice orgulloso Heimir Hallgrímsson, entrenador de la selección islandesa de fútbol, que compaginaba hasta el año pasado su tarea con la de dentista en dichas islas. ¿Puede ser más pintoresca la historia?

Axel Torres nos devuelve una parte de la esencia del fútbol que muchos treintañeros teníamos perdida. Y es que muchos de los futboleros de nuestra generación nos enamoramos de un deporte que poco tiene que ver con el actual. Antiguamente, ser de un equipo era motivo de orgullo, y lo importante era lo que pasaba durante los 90 minutos que jugaba tu equipo. Ahora no; ahora lo importante es lo que rodea al fútbol, es saber quién vende más camisetas, qué dirá determinado futbolista al acabar un partido o cuál ha sido la última publicación del futbolista de turno en la red social de moda. Por no hablar de las polémicas arbitrales, que copan la gran mayoría de minutos en los debates mediáticos, de forma totalmente interesada por parte de quienes protagonizan dichos debates. Toda esa tontería, por suerte, no ha llegado a Islandia, que conserva todavía un fútbol de una pureza casi virginal.

Espero que El faro de Dalatangi haya servido como terapia al autor para seguir al pie del cañón durante muchos más años. Porque sí, Axel (y permíteme que ahora me dirija a ti), en este mundo de mediocridad, periodistas deportivos como tú sois más que necesarios. Porque puede que tener valores e ideales no esté a la orden del día en una profesión tan caníbal, pero seguro que siempre hay alguien dispuesto a apreciarlo. Y si es necesario viajar cada cierto tiempo a países de fútbol casi desconocido para despejar la cabeza, bienvenidos sean esos viajes. Aquí algunos seguiremos leyéndote, hables de fútbol albanokosovar, del próximo Madrid-Barça o de tu querido Sabadell.

César Malagón @malagonc

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10 libros sobre running que no pueden faltar en tu biblioteca

Da igual la hora que elijas para salir a la calle. Desde primeras horas de la mañana hasta que cae la noche, aceras y caminos urbanos tienen un elemento común, el corredor de running. Lo que parecía una moda pasajera, se ha asentado en la rutina diaria de los miles y miles de incondicionales que, ataviados con ropas y zapatillas llamativas, llenan de color nuestras ciudades. Esta pasión, como no podía ser de otra forma, también se ha traspasado al ámbito literario, inspirando la creación de novelas, memorias o libros de ensayo relativos a este deporte. Desde aquí os animamos a que salgáis a la calle a correr; pocos deportes hay que sean tan sencillos de practicar y tan estimulantes. Y cuando volváis, os recomendamos que os leáis estos 10 libros sobre running que no pueden faltar en vuestra biblioteca. ¡Felices lecturas, runners!

la-meta-esta-en-itaca1. La meta está en Ítaca, de Álber Vázquez (Expediciones Polares ISBN 978-8494597701)

Aunque nunca se está solo cuando uno corre por la ciudad, muchos aprovechan ese momento para reflexionar y meditar sobre distintos aspectos de su vida diaria. Sobre esas preguntas, a veces sin respuesta, que nos hacemos cuando sufrimos en plena carrera va este libro de Álber Vázquez. El marco elegido por el autor para esas reflexiones es ni más ni menos que la Behobia-San Sebastián, una de las carreras populares más emocionantes de Europa, con miles de personas animando en sus veinte kilómetros de bello recorrido.

dos-horas2. Dos horas, de Ed Caesar (Debate ISBN 978-8499925950)

El ser humano está hecho para rebasar todos los límites. En el atletismo se rompió la barrera de los diez segundos en los 100 metros lisos, de los 9000 puntos en el decatlón, y ahora los expertos buscan romper una nueva barrera; bajar de las dos horas en el maratón. Ed Caesar analiza a estos posibles superhombres atendiendo no solo al deporte en sí, también teniendo en cuenta la ciencia y la psicología. Una historia sobre los límites de cuerpo humano que te atrapará.

corre como un etiope3. Corre como un etíope, de Marc Roig Tió (La Esfera IBSN 978-8490607251)

“Manual para entrenar como un atleta de élite”. La portada del libro de Marc Roig Tió expone desde el principio su razón de ser, llevándonos el autor a la meca del running, Etiopía (con permiso también de los vecinos keniatas). Este completo libro tiene varias funciones. Por un lado, nos ofrece una retrospectiva de la influencia que ha tenido este deporte en sus gentes. Por otro lado, también sirve como guía de viajes a dicho país, donde el autor estuvo trabajando como fisioterapeuta de atletas. Y por último, y para todo aquel que se atreva a grandes distancias, se ofrecen también unas tablas de entrenamientos para todo tipo de corredores. ¿Te animas?

abriendo-camino4. Abriendo camino, de Ryan Sandes (Córner ISBN 978-8494506420)

¿Llevas mucho tiempo saliendo a correr y quieres buscar nuevos desafíos? ¿Para ti correr una San Silvestre o una media maratón es un mero entrenamiento? Si las respuestas son positivas, creemos que este libro te encantará. Ryan Sandes, la superestrella del ultra running, nos cuenta en estas memorias cómo su afición por este deporte le ha hecho ganar carreras tan agotadoras como la Gobi March o la Sahara Race, pruebas exigentes que para la gran mayoría de mortales suponen una meta inalcanzable.

Maquetación 15. Sin fronteras, de Vicente García Campo (Desnivel ISBN 978-8498293432)

Vicente García Campo ganaba con este libro el Premio Desnivel de Literatura en 2015. En él, el autor hace un planteamiento sencillo, el de un corredor aficionado a las carreras de montaña que aprovecha las alturas para reflexionar sobre su vida. Pero no todo en la vida es tan sencillo como puede parecer en las carreras, ni mucho menos. Porque la vida nos obliga siempre a elegir, y en esas elecciones es cuando sentimos la fragilidad, las dudas y el vértigo.

la frontera invisible6. La frontera invisible, de Kilian Jornet (Now Books ISBN 978-8494008986)

Seguimos con las carreras de montaña con un corredor cuya vida fue apasionante desde pequeño. Con seis años, Kilian Jornet ya ascendía a cimas de más de 4000 metros. Con diez, cruzó de un lado a otro los Pirineos. Con apenas 29 años, acumula una ingente cantidad de medallas, récords y condecoraciones como corredor de montaña. Con este curriculum, y teniendo como punto de partida la muerte de su ídolo Stéphane Brosse en la subida al Mont Blanc, Jornet nos regala un libro muy humano sobre la vida y la muerte; sobre la tristeza y la felicidad.

nacidos-para-correr7. Nacidos para correr, de Christopher McDougall (Debate ISBN 978-8483069479)

Dice el autor de este libro que “el secreto de la felicidad está en tus pies y que todos hemos nacido para correr”. Para ilustrarlo, Christopher McDougall nos lleva a conocer la tribu de los tarahumara, en México. Esta tribu tiene en el arte de correr la razón de su existencia, desarrollando durante siglos técnicas que les hacen ser capaces de correr cientos de kilómetros sin apenas desgaste. El descubrimiento de este pueblo hizo a McDougall encontrar también el corredor que tenía dentro de sí. Quizá a ti, querido lector, este libro te sirva de inspiración para sacar el runner que llevas dentro.

reyes-del-asfalto8. Reyes del asfalto, de Cameron Stracher (Contra ISBN 978-8494216701)

Las grandes carreras de fondo vivieron en los años 70 un auténtico boom en los Estados Unidos. Y entre todas las carreras, la que más brillo le dio a este deporte fue la Falmouth Road Race de Cape Cod (Massachussetts). Cameron Stracher analiza la trayectoria de esta y otras carreras míticas junto a la de Frank Shorter, Bill Rodgers y Alberto Salazar, los tres grandes corredores americanos de la época. De paso, el libro sirve para reflexionar sobre la convulsa situación social que se vivió en estos años, y como estos auténticos Reyes del asfalto utilizaron el atletismo como vía de escape y de protesta.

tu-tambien-puedes-ser-runner9. Tú también puedes ser runner, de Begoña Beristain (Arcopress ISBN 978-8416002863)

Correr es un deporte que necesita mucha fuerza de voluntad y que admite muy pocas excusas para no practicarlo. Ni la edad, ni la climatología, ni la poca preparación son impedimentos para correr. Por eso testimonios como el de la periodista Begoña Beristain son el ejemplo de que todos podemos ser runner. La autora desgrana en este libro cómo es eso de correr cuando tienes más de 40 años, sintiendo que cuantos más kilómetros corría, y más lejos iba, más libre se sentía.

la senda del corredor10. La senda del corredor, de Adharanand Finn (Ediciones B ISBN 978-8466659161)

Terminamos nuestra lista visitando otro de los países donde el running, más que una moda pasajera, es una auténtica religión, Japón. El país del sol naciente tiene en el ekiden (una carrera de relevos de más de 200 kilómetros) uno de los eventos deportivos más importantes del año. Adharanand Finn nos cuenta su viaje de seis meses por el país nipón buscando conocer las razones de la disciplina obsesiva que tienen por este deporte, descubriendo que el running allí va mucho más allá que un simple entretenimiento deportivo que aporta salud al que lo practica. También viaja buscando el rastro de los legendarios “monjes maratonianos”, cuya leyenda dice que eran capaces de correr mil maratones en mil días, alcanzando con ello la iluminación.

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En busca de los discos perdidos, de Eric Spitznagel

en busca de los discos perdidos

en busca de los discos perdidos¿Recuerdas el primer disco o cedé que te regalaron? ¿O el primero que te compraste con tu propio dinero, (sí, el dinero de la paga también cuenta como propio)? ¿Qué canción sonaba cuando conociste a la primera chica a la que morreaste o cual es esa que aunque no entiendes la letra (ni falta que te hace) te eriza la piel y te obliga a cambiar de humor, te explota por dentro y te llena de energía? ¿O aquella que cada vez que escuchas te recuerda a cuando ibas los domingos al campo a comer con la familia? ¿O la primera canción que significó algo para ti, esa de la que estás convencido de que se escribió para ti y solo para ti? Seguro a que has respondido que sí a más de una pregunta.

La música es algo tan importante. Pero tan tan importante, que muchas veces no nos damos cuenta… Está siempre ahí. Toda la vida. Yo la necesito casi a diario. Aunque a veces solo sea como música de fondo, como acompañamiento mientras trabajo o escribo esto mismo (con la bso de La La Land, por cierto), y no le preste toda la atención necesaria. Nos acompaña en lo bueno y en lo malo, cada uno tiene sus gustos y su música para momentos de celebración, de tristeza, de fiesta… Cada uno se hace incluso sus cedés a la carta para oír en su casa, con sus amigos, en un viaje en coche…, y, en tiempos, había quien grababa cintas de casete a la chica que le molaba y con la que quería cambiar fluidos.

En busca de los discos perdidos es eso. Una carta de amor a la música y en concreto a lo que ella conlleva. A todo lo que vives, asocias y viene aparejado con ella. Pero es algo que va un paso más allá. Algo más excesivo. Imagina que por el motivo que sea necesitas pasta y al llegar la era del cedé, te deshaces de todos tus vinilos. Total, ¿para qué los quieres? Ocupan sitio y el cedé se oye mejor y necesita menos espacio. Y luego está el tocadiscos… otro tanto de lo mismo. Además, puedes conseguir la música por otros medios…

Pero llega un día en el que te haces mayor y te asalta la crisis de los cuarenta. Hay a quien le da por dejar a su mujer por otra más joven, otros se compran una Harley y una chupa de cuero y tú necesitas recuperar tus discos. Y no hablo de recuperar la música en formato vinilo, sino de recuperar exactamente aquellos discos que fueron tuyos, con sus rayadas, portadas desgastadas y con pintadas o números de teléfono. Los discos que fueron tuyos y no otros. Esos discos que pondrías en el tocadiscos y que has escuchado tantas veces que sabrías exactamente cuando viene el salto, el rayón. Porque escuchar la canción sin ese salto, no es lo mismo, no es una experiencia completa. Es como si esa canción no fuera ESA canción.

Esto es lo que nos va a contar Eric Spitznagel, quien, como un nuevo Don Quijote embarcado en una locura particularmente friqui visitará las escasas tiendas de discos que quedan, ferias de vinilos, pujará por eBay, se reencontrará con su primera novia veinticinco años después y hará casi todo lo necesario para recuperar no ya solo su música, sino su vida, pues si para un vampiro la sangre es la vida, para Eric la música es la vida en su extensión más amplia.

Todo el libro está plagado de reflexiones y recuerdos de infancia, juventud y adolescencia en los que la música fue un ingrediente primordial, que hace que comprender a Eric no sea ningún problema y que justifiquemos todo lo que siente y hace. ¿O a ti no te gustaría recuperar, por ejemplo, aquel muñeco de Ulises 31, o el de Dartacán, o la colección de cromos de coches? Y de hacerlo, te gustaría que fueran tus muñecos o tus cromos, no los de otra persona. Esto es igual, con el añadido de que la música se graba en el cerebro junto con las sensaciones, vivencias y emociones que sucedieron mientras sonaba.

“Conozco la manera correcta de sujetar un disco. Con la mano ahuecada, lo sostienes por los márgenes o por la galleta. En realidad, cuanto menos lo toques, mejor. Todo ese aceite que impregna tus manos es como ácido para el vinilo”.

Por otra parte, el lenguaje que usa es tan coloquial, tan cercano, que es como si estuvieras hablando con tus colegas sobre cualquier grupo de música, sentado en la hierba de un parque con un par de birras, o en la casa de cualquiera de ellos escuchando vuestra música. Lo único malo del libro es que la mayoría de los grupos de los que me habla me sean tan desconocidos, pero eso no deja de ser algo bueno también. Son grupos a descubrir. Vieja música que para mí va a ser nueva.

 “Le concedes a la música nueva el beneficio de la duda, porque sabes que es posible que algo no te haga tilín hasta la cuarta, la quinceava* o incluso hasta la quincuagésimo segunda escucha. Tienes que permitir que la música conviva contigo durante un tiempo. Tienes que escucharla cuando no la estás realmente escuchando. Tiene que pillarte por sorpresa  mientras estás haciendo cualquier otra cosa, hasta que finalmente empieza a confía en ti. Porque la música está viva, y desconfía de ti tanto como tú de ella.”

En busca de los discos perdidos es un ejercicio de nostalgia de alguien que no quiere desprenderse de su pasado, que quiere recuperarlo y sabe que los recuerdos son tanto más indelebles cuanto más están inscritos en el mundo físico. Un libro cargado emocional y musicalmente.

Un libro con el que todos a los que les guste la música se sentirán identificados en algún momento.

*así viene escrito, aunque lo correcto sería decimoquinta.

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Pistol: la increíble historia de Pete Maravich, de Mark Kriegel

Pistol: la increíble historia de Pete Maravich

Pistol: la increíble historia de Pete MaravichA diferencia de otros países, algunos de ellos cercanos (Reino Unido), España nunca ha sido un buen mercado para los libros de deporte en general, ni para las biografías de deportistas en particular. Tradicionalmente han sido pocos los libros de este tipo que han vendido grandes cifras, y además hemos perdido para nuestra lengua auténticos clásicos en la materia, que nunca vieron la luz en español.
Ese paradigma parece estar cambiando de la mano de algunas editoriales tradicionales (Planeta, Roca) y de otras, independientes, que están apostando de manera obstinada por el combo literatura y deporte. JC, siempre en la brecha con el baloncesto, Libros del K.O., Malpaso o Contra, de quienes ya reseñamos Gregario, son ejemplos de ello. En lo que se podría calificar casi como un salto mortal sin red con los ojos cerrados, estos últimos se han atrevido con una figura poco conocida en España pero decisiva en la evolución del deporte de la canasta en Estados Unidos: “Pistol” Pete Maravich.
Cuesta imaginar que hordas de fans ansiosos se vayan a abalanzar sobre pilas gigantescas de esta obra en la FNAC, así que de inicio no cabe más que quitarse el sombrero. Edición de calidad y llamativa, traducción acertada (alguna errata, eso sí), maravilloso cuadernillo de fotos. Más allá del trabajo editorial, lo primero a destacar sobre el texto es que se lee prácticamente como una novela, aunque de un género difícil de definir. Puede considerarse una saga familiar, que comienza en los años veinte con Press Maravich, el padre de Pete, y llega hasta el umbral de nuestros tiempos con su hijo; es un bildungsroman en el que seguimos los tortuosos años de formación de Pete, a la sombra del autoritario Press, y su consagración como un baloncestista mítico; cumple los patrones, por último, del viaje del héroe, dado que también nos hace testigos de la caída al abismo del mito y su expiación posterior.
La historia de los Maravich es la de un amor obsesivo por el baloncesto, excesivo, enfermizo. Press Maravich, el padre, de origen serbio, ve en el juego creado poco antes por Naismith la manera de escapar al cielo anaranjado y al infierno de la industria del acero de Aliquippa, su ciudad natal. No lo consigue él mismo, aunque se convierte en un jugador notable en la segunda parte de la década de los cuarenta. Pero pasa a la historia por su empeño, en parte cumplido, por crear al mejor jugador de todos los tiempos, el primero en llegar a firmar un contrato de un millón de dólares: “Pistol” Pete Maravich.
El joven Pete navega deportivamente en un tiempo en el que el juego se estaba todavía soltando, donde aún se conservaba la noción de “show” al estilo de los Globetrotters y sus ligas profesionales (ABA y NBA) estaban en pañales en comparación con otros grandes deportes, como el béisbol o el football. Sin embargo, de su mano y con la inestimable ayuda de la televisión, la NBA establecería los cimientos del espectáculo que vería el siguiente escalón en su desarrollo exponencial con la llegada del Showtime a principio de los ochenta. Maravich, nada excepcional desde el punto de vista físico, el último malabarista y a la vez, casi sin ser consciente de ello, el primer practicante del run and gun.
En lo social, los quince años de carrera de Maravich hijo abarcan una de las épocas más turbulentas de la problemática racial en Estados Unidos. Algo que hace mella en un deporte en el que los jugadores negros comenzaban a imponerse, y donde el papel destacado de Pete como la gran “esperanza blanca” le depararía problemas constantes. Aunque no se convertiría en su mayor quebradero de cabeza. La bebida lo sería en unas épocas, en otras los problemas familiares, las lesiones y sobre todo la depresión provocada por su frustración constante. Fuera del baloncesto, todo parecía ser un desastre para Maravich; dentro, nada resultaba suficiente, siempre había un pase fallado que lo atormentaba, un tiro errado que se convertía en una noche sin dormir o en una borrachera impresionante.
Mark Kriegel, periodista y escritor, es quien convierte todo este material en algo más de trescientas cincuenta páginas de texto. Una ventaja, ya que no se trata de un encargo o una autobiografía disfrazada y se evita el sesgo hagiográfico. Kriegel no duda en criticar a Press y Pete Maravich, siempre siguiendo los testimonios de aquellos que se encontraban más cerca en cada momento. Porque su documentación es apabullante. No sería exagerado decir que cita varios centenares de fuentes, entre testimonios directos, prensa de la época y declaraciones de expertos. Quizá en este sentido cabría ponerle ciertos reparos a Kriegel, que agranda el texto con algunas citas que aportan poco o nada, y que hace desfilar a tantos personajes que uno acaba, en ocasiones, por perder de vista quién está diciendo qué y su importancia en el relato.
Más allá de esto, el libro es absorbente, completo y fácil de leer sin resultar simple. No cruzará la línea que separa las buenas obras del género de las grandes obras de la Literatura, en mayúsculas, pero es bastante recomendable para fans del baloncesto, obviamente, y también para aquellos que quieran leer sobre segregación racial o los que adoren las historias de ídolos con pies de barro.

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El eterno intermedio de Billy Lynn, de Ben Fountain

el eterno intermedio de Billy Lynn

el eterno intermedio de Billy LynnVende tu producto. Si lo que ofreces es lo suficientemente bueno se venderá solo. Diseño, nuevas aplicaciones, exclusividad… Te lo quitarán de las manos. Si ese artículo está enmarcado en una gama media te toca trabajar más. Crea una necesidad. El cliente precisa de tu artículo para vivir mejor. ¿Pero y si lo que aspiras a vender, y hablando claro, es una mierda? ¿Y si es un producto infumable y hasta, tal vez, perjudicial? ¿He dicho perjudicial? Quería decir mortal. Bueno, entonces entra en juego el arte de enmascarar la verdad. Una mierda cubierta de guirnaldas sobre una bandeja de plata parece menos mierda. Destaca las virtudes del producto; si es que las tiene, sino algo se nos ocurrirá. Añade también, siempre, un poco de miedo. Si no lo adquiere ya, se quedará sin él. Si no compra esa alarma, le entrarán a robar. Si no atacamos, si no nos defendemos, ellos vendrán a por nosotros, con armas de destrucción masiva, y nos despojarán de nuestras libertades. ¡Palabras mayores! Póngame un puñado de guerra, por favor. Sí, a la mayoría ya los tienes en el bote. Tras toda guerra existe un marketing. El eterno intermedio de Billy Lynn, de Ben Fountain, además de una novela magnífica es un gran ejemplo de ese inmoral marketing.

Pero tras El eterno intermedio de Billy Lynn hay mucho más que una divertida sátira sobre el arte de vender una guerra, pues hay también la historia de amistad de ocho supervivientes. Uno de ellos, Billy Lynn, será el guía que nos conducirá por los recovecos de la América más grotescamente patriota. Esa que se esconde tras la bandera cada vez que se lleva a cabo un acto de dudosa moralidad. El escuadrón Bravo ya no está completo. Hubo muertes. El mejor amigo de Billy Lynn cayó. “Es un poco raro. Que te rindan homenaje por el peor día de tu vida”. Los muertos no importan. Son mala publicidad. Pero las acciones que llevaron a cabo contra los insurgentes en Al Ansakar los han convertido en héroes. Solo necesitaron un vídeo de poco más de tres minutos, eso y que éste se volviera viral. Ahora estos héroes serán homenajeados. El Texas Stadium parece el lugar indicado. ¡Si hasta les quieren hacer una película con Hilary Swank de protagonista! La América más profunda, la más enfermizamente patriótica y la que cree con fervor en el sueño americano les ama. Los ocho soldados conocerán a gigantescos futbolistas, cheerleaders de voluptuosas formas y gente adinerada que está a favor de la guerra de Irak siempre y cuando ésta se quede en Irak y ellos puedan seguir llenándose los bolsillos de billetes.

De Ben Fountain solo sabía que no sabía nada, de igual manera con su obra. Fue un salto a ciegas el lanzarme a leer El eterno intermedio de Billy Lynn; un acto de fe producido por la provocativa portada y la impecable sinopsis que la editorial Contra me ofrecía. ¡Señor, qué vuelo, qué viaje y qué aterrizaje! Y aunque mi género preferido es la fantasía, de tanto en tanto me gusta darme un buen baño de realidad leyendo sobre algo que, aunque ficticio, se basa en un hecho real: la guerra de Irak. Pero aun siendo etiquetado como libro bélico, éste no te lleva a la guerra, no dispara (casi) ni una bala, pero te golpea en cada frase con una contundencia brutal al mostrarte qué hay entre bambalinas, tras ese escenario en donde caen bombas y muere gente. Y la verdad es que el panorama es deprimente. Un lugar de cínicos, teatreros y oportunistas que consiguen hacerte levantar del sofá y cagarte en la madre que los parió. Toda la culpa la tiene Ben Fountain, pues narra de forma extremadamente vital, lanzando mensajes de posterior reflexión. Además intercala oraciones repletas de jerga con otras de filosófica meditación, a la misma velocidad que una ametralladora descarga su mortal munición. Sus metáforas, que en una primera y rápida lectura parecen muy rebuscadas, cuando el cerebro las procesa con calma, se muestran como una genialidad.

A medida que te adentras en la historia irás descubriendo como los denominados héroes son tratados como meros objetos, como un medio para conseguir un fin. Los sentimientos no importan, el honor tampoco. Y los héroes están más guapos callados y sin pensar. La escena en la que el escuadrón hace su espectáculo junto a las Destiny’s Child es tan deplorable como esperpéntica. Escenas como ésa son las que consiguen que una sensación de nostalgia te acompañe durante todo el libro. Nostalgia de aquello que todavía no se ha perdido, de todo aquello que no ha ocurrido, pero que Billy sabe que acontecerá. Ya que los ocho del escuadrón Bravo deberán volver a la guerra de Irak en cuanto acabe todo el espectáculo. Y a pesar de toda esa tristeza contenida hay muchos momentos de divertido gamberrismo. Peleas campales a medio partido. Borracheras. Pensamientos indecorosos. La épica búsqueda de un ibuprofeno. Sexo furtivo y enamoramiento. Pensamientos de evasión. Esperanza.

Llegar al clímax de El eterno intermedio de Billy Lynn significa ser uno más del escuadrón Bravo, significa empatizar con ellos y con sus difíciles elecciones. Significa, también, tener que soportar esa escena, que retrata una feroz lucha de clases, con la filmación de una película de por medio, en la que son pisoteados como cucarachas en la intimidad mientras de cara al público son tratados con honores. Y al final, el párrafo. Ese párrafo con el que se cierra el libro y que consigue más tiempo de reflexión que cien libros de filosofía.

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Tula Springs, de James Wilcox

Tula Springs

Tula SpringsAntes de comprar un pasaje para visitar Tula Springs, la ciudad ficticia ambientada en Luisiana creada por Jamex Wilcox para su particular universo literario, no conocía a este autor americano, oriundo precisamente de dicho estado. Wilcox, que durante un periodo de su vida trató de vivir exclusivamente de su escritura antes de compaginarlo finalmente con la enseñanza universitaria, tiene un punto de idealista romántico difícil de sortear. Eso es algo que descubres gracias a este libro y según el orden en que deben suceder algunas cosas, primero con su novela Modern Baptists, después con su relato, Mr. Ray, y finalmente con el maravilloso epílogo de James B. Stewart, sobre los años en los que el escritor vivió en Nueva York y el mundo editorial.

No se le puede pedir nada más a la edición de Contra, que por primera vez vuelca la prosa de Wilcox al castellano, gracias al buen hacer de Damià Alou, y cuya selección de textos, precedidos por el prólogo del autor –escrito en particular para esta ocasión–, no podía ser más acertada. Y eso a pesar de que uno empieza un poco titubeante sin saber muy bien a dónde le va a llevar el loco argumento de esta comedia protagonizada por el encargado de una tienda de ofertas, Mr. Pickens, al que le han diagnosticado un cáncer terminal por error el mismo día en que su hermanastro, F. X., condenado por tráfico de cocaína, sale de prisión. Una historia de malentendidos, mentiras y enredos, en la que también se verán envueltas sus compañeras de trabajo, Toinette y Burma, y la joven abogada, Donna Lee, cuyo personaje ya había aparecido previamente en Mr. Ray.

Ahora bien, aunque Modern Baptists es una comedia, lo cierto es que no despierta una sonora carcajada, pero sí una sincera sonrisa capaz de evocar lo mejor del género. Algo que su propio autor define en su prólogo como la fórmula que le enseñó su padre, músico de profesión: una mezcla perfecta entre lo inevitable y la sorpresa. Así es su escritura.

A Wilcox, cuyo voluntariado como acompañante de ancianos inspiraría su primer relato, Mr. Ray, le gusta tener los pies en el suelo, aunque su literatura no carezca de magia. Sus relatos tienen ese brillo final de las grandes comedias que son capaces de atravesar el absurdo y devolverte una imagen profundamente real, tierna y entrañable. En parte gracias a su habilidad para sorprendernos, pero también porque entre sus páginas desfilan criaturas corrientes, de carne y hueso, algo marginales y ridículas, marcadas por una profunda huella de amargura y de derrota, que, a su modo, tratan de buscarle el sentido a la vida y encontrar su propio espacio en el mundo.

Ese lugar es Tula Springs con sus calles, sus carreteras y sus tiendas a lo Sonny Boy. Y son precisamente los defectos de sus personajes, que saltan a la vista, los que al finalizar el día consiguen que su lectura, imprevisible y divertida, se abra camino hasta tu corazoncito. Una agradable sorpresa, cálida como algunos atardeceres de este otoño, que seguro que hará las delicias de más de uno. Yo, por si acaso, ya me he comprado otro billete de ida. Mi consejo de hoy es este. No dejen pasar su oportunidad.

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El hombre que cayó en la Tierra, de Walter Tevis

El hombre que cayó en la Tierra

El hombre que cayó en la Tierra*Nota: si tienes Spotify o YouTube a mano, Starman de David Bowie es la banda sonora de esta reseña (al menos es la canción que he escuchado en bucle mientras la escribía).

Suelo huir de la ciencia ficción como un político español de una fecha de investidura. Quizás sea por falta de imaginación o por miedo a lo desconocido, pero casi siempre recurro a narraciones que podrían ocurrirme a mí o a cualquier persona corriente. Es que es leer algo de combates interplanetarios o de personas que conversan con robots como si fueran íntimos amigos y me tiendo a evadir de la historia, no puedo remediarlo. El hombre que cayó en la Tierra, por ello, ha sido todo un atrevimiento por mi parte, una salida de mi zona de confort literaria de la que no me arrepiento para nada.

Thomas Jerome Newton es un extraterrestre con unos rasgos físicos muy similares a los humanos. Su planeta, Anthea, ha acabado devastado por múltiples guerras y los escasos habitantes que sobreviven parecen tener su destino escrito, debido a la escasez de agua y de otros recursos naturales esenciales. Por ello, Newton es enviado a la Tierra con una misión hartamente compleja: reunir los recursos necesarios para construir una gran nave espacial que pueda trasladar a los antheanos supervivientes a nuestro planeta. Su principal baza es que su especie está mucho más desarrollada que la nuestra, lo que le lleva a amasar una gran fortuna muy pronto, al fundar una empresa que lanza al mercado diversos inventos revolucionarios.

Es en este contexto donde Walter Tevis desarrolla una historia atípica, que se distancia de las habituales tramas de invasores alienígenas para exponernos las vivencias de un ser con una personalidad muy compleja. Newton manifiesta tempranamente fuertes sentimientos de soledad y melancolía, que le llevan a pasar largos periodos de tiempo aislado en su mansión y a destrozar su frágil cuerpo con litros y litros de ginebra. Su inadaptación al mundo, su falta de humanidad hace que, paradójicamente, resulte más humano. El otro gran personaje del libro es Nathan Bryce, un profesor universitario que, atraído por los inventos de Newton, que él considera que escapan de las capacidades humanas, comienza a trabajar en su empresa para poder conocerle y descubrir qué hay detrás de ese peculiar sujeto.

En esta edición de la editorial Contra, los homenajes a David Bowie son numerosos, desde la sobrecubierta a la cubierta, pasando por el marcapáginas. Y es que El Camaleón del Rock fue el encargado de interpretar a Newton en la versión cinematográfica de la obra, estrenada en el año 1975. Quién mejor que él para encarnar a un ser tan extraño, solitario y sobresaliente. Bowie tenía muy presente al personaje, hasta el punto de que uno de sus últimos proyectos antes de fallecer fue un musical a modo de secuela de esta historia, bajo el nombre de Lazarus.

No sé si El hombre que cayó en la Tierra me ha acercado más a la ciencia ficción o no, dado que considero que Tevis toma las porciones justas de fantasía y de futurismo para presentarnos una historia mundana y profundamente crítica con la sociedad moderna. Lo que sí que tengo claro es que estamos ante un clásico cuyo mensaje no ha quedado desfasado con el paso de las décadas, dado que la soledad y la inadaptación están cada vez más presentes en hombres y mujeres de nuestros días, que no han tenido que caer en la Tierra para sentirse extraños en ella.

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El hombre que cayó en la tierra, de Walter Tevis

El hombre que cayó en la tierra

El hombre que cayó en la tierraHace poco os hablé de Bowie, el libro que publicó la editorial Sexto Piso. Hoy le toca el turno a la editorial Contra, que ha publicado El hombre que cayó en la tierra y cuya edición es, como siempre, una delicia. Se me cae la baba con los detalles, las fotografías y hasta el marcapáginas. Gracias Contra, a vuestros pies.

Si habéis leído la reseña de la que os hablo al principio, sabréis que David Bowie es una de mis debilidades y si no, ya os lo digo yo: Bowie es (porque sigue siendo) Dios. ¿Herejía? ¿Blasfemia? Arderé en el infierno. Pero arderé bailando una canción de Bowie. Let’s dance.

Quiero hablaros de este libro y de su adaptación al cine llevada a cabo por el director Nicolas Roeg en 1976. Justo este año se cumplen cuarenta años de su estreno (¡cuarenta años!, ¡se dice pronto!) y he leído que van a sacar una nueva edición de la película remasterizada  y con todas esas moderneces de hoy en día. En realidad, podría decirse que El hombre que cayó en la tierra es una película de culto en el mundillo de la ciencia ficción. Quizás en España no sea tan conocida o yo es que soy muy poco freak, pero tanto el libro como la película tienen bastante buena fama.

Antes de ver la película en versión original, como buena hipster, me he leído el libro. ¿Prefiero el libro o su adaptación cinematográfica? Insertar aquí ruido de violín de Juan Tamariz: tendréis que seguir leyendo para averiguarlo.

Thomas Jerome Newton es el protagonista, un extraterrestre de Anthea que viene a la tierra con el objetivo de poder llevar agua a su planeta, que sufre una gran sequía. En la película, Newton es un espléndido David Bowie de veintinueve años en su primer papel protagonista. Cualquiera lo diría. Es alucinante ver actuar a Bowie, aunque mi papel preferido siempre será el de rey de los Goblins en Dentro del laberinto. Pura elegancia lo suyo. Para poder regresar a su planeta, el extraterrestre Newton necesita conseguir dinero para construir su propia nave espacial que lo lleve de vuelta a casa. Gracias a la ayuda del abogado de patentes Farnsworth, interpretado por Buck Henry, Newton funda World Enterprises Corporation. Con esta empresa de tecnología súper avanzada (sí, los extraterrestres son más inteligentes y mejores que nosotros, qué esperabáis) Newton logra su objetivo: hacerse en unos años con millones de dólares para su nave. Pero claro, no todo es tan fácil. En estos años que nuestro visitante pasa en la tierra conoce de primera mano nuestros secretos y debilidades. Con Mary-Lou, una humana con la que acaba conviviendo y que hace las veces de secretaria, amante y ama de casa, Newton descubre los vicios terrenales: alcohol, sexo y televisión. Una combinación capaz de tumbar al más inteligente de los extraterrestres. Por cierto, el personaje de Mary-Lou, interpretado por Candy Clark, resulta algo más maternal en la novela que en la película. Pero claro, el morbo y el sexo venden, aunque se trate de una lujuria interplanetaria.

Otro personaje importante es Nathan Bryce, en la película Rip Torn, un químico que atraído por la genialidad de las nuevas tecnologías inventadas por Newton, consigue trabajar para éste en su empresa. Bryce se convertirá en lo más parecido a un amigo que Newton tenga en la tierra y ante sus constantes sospechas, acabará revelándole su verdadera identidad.

No quisiera yo spoilear vuestras mentes con el desenlace de esta trama, para eso tenéis la novela o la película. Aunque sí os diré algo, si queréis ser realmente fieles a la historia tenéis que leer la novela. Ahora sí ha llegado el momento de deciros la verdad. Redoble de tambores. Yo también vengo de Anthea. ¿No cuela? Vale, sí, me ha gustado mucho más la novela que su adaptación al cine. La película está bien. Buena para la época, papeles bien interpretados, surrealismo a tope y música estridente, pero me pregunto por el éxito que hubiese alcanzado si el protagonista no hubiese sido el gran David Bowie. Me temo que ni la mitad.

La novela, sin embargo, es una maravilla que he disfrutado mucho leyendo. Una vez más, amigos, se cumple aquello de que los libros superan, con creces, sus adaptaciones a la gran pantalla.