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Walden

Walden, de Henry David Thoreau

¡Qué ciego está quien no ve la serenidad!
Thomas Storer

Conviene no perder de vista la advertencia del propio Thoreau sobre los destinatarios de este libro que narra su experiencia vital de dos años en una cabaña en el bosque junto al lago Walden: En cualquier caso, quizá estas páginas estén escritas sobre todo para estudiantes pobres. En cuanto al resto de lectores, se quedará con aquellas partes que le incumban. Espero que nadie fuerce las costuras del abrigo al ponérselo, pues sólo le será útil a quien realmente le siente bien. En realidad cualquiera puede, o incluso debe, leer Walden, pero como una reflexión y no como un manual. Es un libro para interiorizar y aplicar los frutos que buenamente obtenga cada una de la siembra conforme a las cualidades del terreno: cualquier intento de emulación o aceptación acrítica está condenada de antemano al fracaso. No quisiera en forma alguna que nadie adoptara mi modo de vivir, pues, más allá de que antes de que aquél lo haya aprendido bien yo puedo haber encontrado ya otro distinto, prefiero que en el mundo existan tantas personas diferentes como sea posible, y que cada uno de ocupe de encontrar y proseguir su propio camino y no el de su padre, su madre o su vecino.

Walden, es un libro muy personal, es sorprendente cuanto tiene en común con Tolstói, incluso en sus contradicciones, y es y ha sido, como todo Thoreau, un libro extraordinariamente influyente por más que sea difícil encontrar a alguien en todo el planeta que viva según su ejemplo. Leído en conjunto es una crítica a la sociedad y a los males que ya entonces tenía y que hoy llamamos normalidad, un llamamiento a la vida sencilla (La mayor parte de la piedra que pica una nación se dedica a su tumba. Se entierra a sí misma en vida. En cuanto a las pirámides, no hay en ellas nada que deba asombrarnos tanto como el hecho de que se pudiera humillar a tantos hombres hasta el punto de que dedicaran sus vidas a contruir la tumba de un bobo ambicioso), a la independencia intelectual y material, a la frugalidad, a la naturaleza, a la honestidad y, en fin, a todo aquello cuya ausencia es tan poco visible en nuestras vidas como evidente en su obra. Lo que desde luego no se puede decir que sea es “buenista”, no son las suyas teorías bienintencionadas pero insustanciales:

No hay olor más nauseabundo que el que emana del bien corrupto. Es como el de la carroña humana, la divina. Si supiese con seguridad que un hombre iba a venir a mi casa con la firme intención de hacerme un bien, escaparía tan rápido como pudiese, como si huyese de ese viento seco y abrasador de los desiertos africanos llamado simún, que llena boca, nariz y orejas de arena, hasta la asfixia, por temor a que me infligiese un poco de ese bien suyo, y que ese virus llegara hasta mi sangre.

[…] Hay mil podando las ramas del mal por cada uno que se esfuerza en devastar la raíz, y puede ocurrir que aquel que conceda la mayor cantidad de tiempo y dinero al necesitado esté contribuyendo al máximo a producir esa miseria que en vano trata de aliviar.

Thoreau es contundente en la expresión de sus convicciones, pero es algo más, es convincente, su prosa es tan honesta como hermosa, desde luego no carece de lirismo y de referencias intelectuales de todo tipo, desde los clásicos a las filosofías orientales. Pasa por ser uno de los padres del espíritu individualista tan propio de los estadounidense, pero no sólo eso, por su oposición a la opresión del estado pasa por ser uno de los pilares del pensamiento liberal como pasa por serlo del ecologista por su sensibilidad hacia la naturaleza que tan presente está en Walden, pero él no disfrutaría especialmente de formar parte de ningún movimiento y menos aun de apadrinarlo, el expone sus conclusiones y sus pensamientos como fruto de una reflexión personal y cabe suponer que le gustaría que hubiera quien compartiese esas inquietudes tan suyas, pero como resultado de sus propias reflexiones y siguiendo su propio camino.

Al acumular propiedades, para nosotros o nuestros herederos, fundando una familia o un Estado, o incluso al adquirir fama, nos hacemos mortales; pero cuando tratamos con la verdad, somos inmortales y no hemos de temer cambio ni accidente

Tal vez por eso, por su voluntad de inspirar más que de convencer, por gustar más de las conversaciones que de los discípulos, Thoreau, que en la mayor parte de los casos es metódico cual contable en la exposición de sus experiencias, esconde un dato fundamental: tenía permiso del propietario para construir su cabaña y habitar la parcela, auqneu probablemente a él le habría dado igual no disponer del mismo. Ese hecho habría restado intensidad a ese halo de rebeldía que ilumina el libro y tal vez lo habría hecho menos efectivo, pero el efecto de la sinceridad habría sido negativo por lo que tiene de disuasorio y bien, es irrelevante si el Thoreau de Walden fue un héroe romántico o un inquilino, lo que importa está escrito y a fin de cuentas el autor no deseaba ser emulado, sino transmitir el mensaje de que una vida más sencilla es posible. Y en las escalas en que la época y las circunstancias individuales y colectivas lo haga posible, siempre lo es.

Es un libro peligroso para el poder establecido (“Es verdad que podría haberme resistido por la fuerza con mejor o peor resultado, podría haber lanzado un grito homicida y enloquecido contra la sociedad; pero preferí que la sociedad enloqueciera contra mí, pues es ella la parte desesperada”), como lo es toda la obra de Thoreau, pero también lo es para el lector desguarnecido, el influjo del amor por la naturaleza del autor y la sensación de comunidad con ésta que transmite son tales que si bien uno no nota como le crece el musgo por el cuerpo y le nacen raíces que lo atan a la tierra, lo cierto es que casi desearía sentirlo. Y si es de resaltar la  belleza con que Thoreau expone sus pensamientos, es imposible no decir algo sobre la vigencia absoluta de esos sentimientos hoy que hemos desarrollado tantas y tan variadas formas de poner en riesgo aquello que él defendía.

Sin embargo, a veces constataba que cualquier objeto natural puede procurar la compañía más dulce y tierna, la más inocente y alentadora, incluso para el pobre misántropo y para el hombre más melancólico. No puede haber una melancolía realmente negra para el que vive en medio de la naturaleza y goza de sus sentidos.

Hace unos días se publicó en estas páginas la reseña de un libro que recomiendo a quienes estén interesados en la vida de Thoreau, como recomendables son las cartas a un buscador de si mismo que esta misma editorial publicó el año pasado, pero creo importante señalar que quien quiera acercarse a Walden simplemente por curiosidad, sin mayores inquietudes filolosóficas, políticas o intelectuales que las de bañarse en sus frías aguas y pasear entre sus árboles, no se sentirá decepcionado porque es un libro extraordinariamente bien escrito, hermoso y que si bien no dejará a nadie indiferente, permite una lectura relajada sin más objetivo que el disfrute lector. O tal vez resulte imposible. Es una de las cosas que cada cual debe averiguar por sí mismo, las conclusiones no son del autor, ni mucho menos del reseñista, es el lector quien deberá comprobar si se puede sobrevivir indemne a Thoreau.

 

Vosotros, que gobernáis los asuntos públicos, ¿qué necesidad tenéis de emplear castigos? Amad la virtud y el pueblo será virtuoso. Las virtudes de un hombre superior son como el viento; las virtudes del hombre corriente son como la hierba; cuando el viento sopla sobre ella, la hierba se inclina.
Confucio, Analectas

 

Andrés Barrero
andres@librosyliteratura.es
@abarreror

 

Título: Walden
Título original: Walden
Autor: Henry David Thoreau
Traducción: Marcos Nava García
Editorial: Errata naturae
Páginas: 350
Fecha edición: abril 2013
ISBN: 978-84-15217-45-9

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