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El tiempo regalado, de Andrea Köhler

El tiempo regalado

El tiempo regaladoVivimos, experimentamos el tiempo como algo subjetivo. Hay minutos que se nos clavan. Que aún duran. Como un paréntesis, continúan sin cerrarse del todo, mezclándose, solapándose, con el resto de nuestros segundos. Como un acordeón de papel, que no reproduce ningún sonido, el tiempo se acelera, se detiene y se ralentiza a su antojo. A veces es el hilo narrativo en el que nos sumergimos, en el que nos contamos y nos explicamos a los demás. Otras, es el suspense hacia adelante. En la mayoría de los casos es la espera, eso que en palabras de Andrea Köhler se podría denominar como “el tiempo regalado”.

Precisamente, bajo este título, escribe la autora alemana en este breve ensayo que “en el mejor de los casos la espera será tiempo regalado, aunque la mayoría de las veces sea simplemente tiempo perdido; sin embargo en la espera el tiempo se convierte en algo palpable”. Y es posible que esta sea la reflexión más potente, más sólida, de todo su libro.

Experimentamos el tiempo gracias a la espera. Cuando esperamos, los instantes, los segundos, adquieren un tacto, una textura, un olor, una sensación que se apodera de nosotros y que los vuelve casi corpóreos. El tiempo pesa y se vuelve denso y lo ocupa todo. Ese vacío de poder, de estar, de hacer, es donde nos pensamos. Durante una época de mi vida, aún hoy, solía huir de esos espacios. No temía las horas muertas, sino ese aburrimiento del que Dieter Wellershoff afirma que “únicamente cierra el mundo para volver a abrirlo de nuevo”. Lo cuenta Köhler en su libro. Es el momento de la escritura. Y qué difícil es escribir/se, analizar un libro, cuando uno está ocupado esbozando su propio plan de huída.

No obstante, bajo esa idea, en El tiempo regalado su autora disecciona el minutero en un millar de esperas y empieza con la más obvia. Que es la del amor. Cómo el enamorado que espera ansioso la llamada del amado, o el mensaje en tiempos del WhatsApp, sufre. “El que ama muestra su debilidad siendo puntual”, afirma y a mí me parece una hipótesis indiscutible. O, continúa, “el que espera es el que más ama”. Bendita paradoja de la que no se puede salir. Nos pasamos el día esperando al otro. Y como nosotros, espera también el que escribe, el enfermo en la consulta del médico, el empleado la respuesta de su jefe, el viajero, el espectador, el anciano sus últimos minutos… Incluso la mujer, que no sale, no se mueve, espera paciente a su príncipe azul… En el cuento, sostiene Köhler, la espera es  vista como una maldición. “Hacer esperar es –de hecho- el privilegio de los poderosos”. ¿Lo habíais pensado alguna vez así?

Si bien es cierto que no siempre este ensayo arroja la misma luz, ni todas sus hipótesis se mantienen con la misma solvencia y contundencia, su autora consigue abordar diferentes aspectos del día a día que, aunque a veces sirven solo como una mera aproximación, algo que se queda en la superficie, constituyen un buen punto de partida para pensar y repensar la vida en sí como tiempo. Ella es la encargada de abrir todas esas puertas y dejar, de modo práctico y sencillo, que nosotros, los lectores, nos sumerjamos en esos universos que se nos plantean. Todo, al menos, pasa por ahí en este ensayo que arroja una nueva y original perspectiva sobre nuestra forma de sentir y de vivir las esperas. No aporta, eso sí, ninguna solución a ese tiempo regalado que a veces nos tortura porque nos obliga a ponerlo todo en perspectiva. Meses después, ocurre a veces, que seguimos en el mismo punto de partida. Aquí es donde estoy yo. Releyendo este estupendo ensayo. Planteándome que qué sería de nosotros si nos limitáramos a pasar por encima de la vida y no nos detuviéramos ni un instante. La espera es un regalo, sí. Pero el que nos hacemos a nosotros mismos.

 

 

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Cuentos escogidos, de Joy Williams

Cuentos escogidos

Cuentos escogidosEscribe Joy Williams (1944) en El patinador, uno de los relatos que integran esta recopilación de Cuentos escogidos, traducida por Albert Fuentes y publicada por Seix Barral, que en los mitos hay dos caminos hacia el desastre. “Uno de ellos consistía en responder a una pregunta que no tenía respuesta. El otro era no ser capaz de responder a una pregunta que sí la tenía”. Pues bien, querido lector, el presente volumen es un compendio de ambos senderos. Un hermoso camino, en cierto modo, hacia el desastre que centra la mirada en el detalle, abre el plano e invade las casas del ciudadano medio. Como si sus relatos estuvieran plagados de esa gente normal que inunda algunos informativos de sobremesa o protagonizan los sábados por la tarde cualquiera de los telefilms de Antena 3. Vecinos, buenas personas, con vidas corrientes y anodinas que adquieren nuevas texturas, una extrañeza que los hace únicos pero a la vez, he aquí la tragedia, también comunes.

A lo largo de sus textos, una amplia y acertada recopilación que incluye 46 historias, 13 de ellas nuevas, Williams somete sin ningún tipo de piedad a niños, adolescentes y adultos, hombres y especialmente mujeres, en función de su propia literatura, retorciendo sus vidas hasta esculpir sentencias irrefutables, llenas de una lógica absurda, de un humor inteligente, difícil de empañar. Así, por ejemplo, escribe en Química invernal: “Si en el infierno hacía calor, entonces en el cielo tenía que hacer un frío espantoso”. Y lo hace a lo largo de más de 700 páginas donde la escritora esboza personajes inquietantes, desolados, tristes y crueles bajo un aspecto inicialmente inocente e inofensivo. Williams, que entiende la oscuridad como un elemento más del que servirse para arrojar luz sobre nuestra propia existencia, investiga a partir de ellos las grandes inquietudes de la vida como el duelo, la enfermedad, la soledad, la paternidad, la infancia, la tristeza o el amor.

Así, a pesar de que sus protagonistas tiendan, de algún modo, a una absoluta incomprensión de sí mismos y de los demás, de fondo se observa a veces una despiadada necesidad por conectar con el otro o, al menos, con el universo. La autora norteamericana, una de las escritoras de relatos más interesantes de la actualidad, escribe con imágenes. Sus palabras son capaces de recrear la realidad con una mirada única que, aunque retorcida, resulta oportunamente precisa. “Lo curioso es que nunca se había enamorado de ningún animal”, relata en Congreso con una brutal contundencia simbólica. Una historia que arranca con la obsesión de una mujer por una singular lámpara, construida a partir de cuatro patas secas de ciervo . “Sencillamente –continúa-, se había saltado ese erotismo entre especies para ir directamente al amor por los fragmentos de animales modificados. Había algo malo en ello, pensó. Era tan desesperado. Pero el amor lo era siempre”.

Y es que donde el resto de nosotros vemos la realidad en bruto, sin limar, ella ve palabras. Es complicado, al menos, encontrar una sola frase entre todos sus párrafos que no conduzca en varias direcciones, que no te cuente o que no te diga. Aunque la clave de su propia escritura probablemente la hallemos en este otro párrafo de uno de estos Cuentos escogidos, titulado Centro de belleza, en el que es posible que la norteamericana sintetice también la esencia del relato corto e incluso de la literatura: “Solo eran palabras, lo sabía, palabras que podía usar cualquiera, pero detrás de las palabras siempre había cosas, a veces cosas que no podías contarle a nadie, ni mucho menos a tus seres queridos, cosas que daban miedo y que ni si quiera eran verdad”.

Porque los personajes que esboza Joy Williams se mienten, como nos mentimos nosotros con mayor frecuencia de la que seríamos capaces de admitir. Las mismas mentiras que proporcionan a la vida “un ritmo y una estructura que la verdad aún no alcanza a justificar” (La excursión). Estos relatos que, en realidad, nos contamos a nosotros mismos, que disfrazan y someten nuestra propia realidad, desfigurándola hasta tratar de encontrarle el sentido, de responder a lo que no tiene respuesta o a lo que sí la tiene. Algo muy parecido a lo que hace Williams en este libro.  Entre líneas, de hecho, la autora se expresa, a veces, a sí misma. “Necesita otra lengua, otras palabras. Tiene más que aburridas sus palabras. Disfruta buscando. ¿Acaso la búsqueda no lo es todo?”.

 

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Ángeles derrotados, de Denis Johnson

Ángeles derrotados

Ángeles derrotados“No me refiero al hecho de que todos acabemos muriendo”, escribió Denis Johnson en uno de los once relatos que componen su aclamado Hijo de Jesús, “esa no es la gran lástima. Me refiero a que él ya no podía contarme lo que estaba soñando y yo ya no podía decirle lo que era real”. El escritor, que murió el pasado 24 de mayo a la edad de 67 años, era uno de esos autores a los que todavía les sobraba talento para seguir escribiendo alta literatura. Con su ausencia, en lo que alguna editorial se anima o no a traducir sus poemas y obras de teatros al castellano, la cultura pone un punto y final a los libros que ya nunca escribirá y que nosotros tampoco tendremos la ocasión de leer.

Y es que los sueños, para empezar, eran las historias que poblaban aquella publicación de relatos. A Johnson, al menos, le gustaba recrear los ambientes oníricos, entre alucinógenos e irreales, bañados en alcohol y drogas, de los días y las noches sin final. Sus textos estaban compuestos de finas capas de palabras por las que se deslizaban, con cierto lirismo, sus descarriados personajes. “Gente, hombres, orgullosos de sus clichés y aún así llenos de una poesía desesperada”, escribió en El nombre del mundo después.

Precisamente, esa desesperación hecha verso, esa realidad gris y hermosa a la que el autor y su literatura eran de aquel modo adictos, se encontraba ya en sus primeras páginas. Ángeles derrotados es probablemente su texto más convencional y, sin embargo, es el principio de todo. Una ópera prima, obviando sus libros de poesía, donde ya se encontraban las semillas de parte de su obra posterior. Estaban los personajes de Hijo de Jesús y la desesperación de El nombre del mundo. Estaba la esencia de un Johnson primerizo, casi humano, capaz de escribir como el resto de los mortales, en vez de como el gran escritor, ganador del National Book Award por Árbol de humo, en el que habría de convertirse después. Y estaba el germen, a modo de profecía, de su última novela, Los monstruos que ríen: “Hacia el este –escribe en estos Ángeles derrotados aludiendo al título de aquella–, en la lejanía, vio las montañas que Dwight y ella contemplaran un día y que entonces se les antojaron monstruos. Ahora les bastaba con que parecieran montañas”.

Escrita en 1983 y publicada posteriormente por Anagrama en nuestro idioma con traducción de Benito Gómez Ibáñez, Angels, en su título original, es la historia de Jamie, una madre de dos hijos que huye de los maltratos de su pareja a bordo de un autobús donde conoce a Bill, un exmarine alcohólico, con un perfil de delincuente mediocre muy bien definido.

A pesar de un inicio algo incoloro, donde uno tiene la sensación de haberlo leído antes, el libro poco a poco desciende al infierno personal de sus dos personajes principales, que a ratos, especialmente él, se vuelven incómodos e incluso antipáticos para el lector, para ir tomando profundidad y desembocar en un espléndido final, ciertamente derrotista, una especie de delirio último cargado de sensatez, que recuerda en algo a A sangre fría de Truman Capote.

Johnson, que es capaz de descomponer el color gris y sacarle un millón de ricos matices con los que escribir verdadera literatura, esboza como nadie los tonos neutros y mediocres de la humanidad. Ángeles derrotados no tiene, es cierto, la poesía ni la belleza de algunos de sus otros trabajos, pero sus párrafos, en especial en algunos tramos donde la tensión  y la oscuridad alcanza su máxima expresión, mantienen esa sensibilidad especial que aparecerá después en sus escritos posteriores. Sus personajes vagan entre sus páginas sin buscar una redención, conscientes de que, como escribe, “en el pasado había alcanzado un par de veces ese absoluto grado cero de verdad, y sin miedo ni amargura comprendía ahora que en el fondo había un paso que podía dar para cambiar su vida, para convertirse en otra persona, pero nunca sería capaz de adivinar cuál”. No hay determinismo pero sí inevitabilidad.

Denis Johnson, que descendió él mismo a los infiernos para narrarlos después, escribía sueños, vidas vividas desde la más absoluta inconsciencia, vorágines de pesadillas convertidos en literatura. La gran lástima, parafraseándole, es que ya no nos los pueda contar más.

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La hora violeta, de Sergio del Molino

La hora violeta

La hora violetaEl duelo, como el amor, es una historia de dos en la que nadie debería entrometerse. Después de que su padre se suicidara, David Vann escribió una novela pequeña, del tamaño de una isla, Sukkwan Island, en la que diseccionaba a modo de hipótesis, “qué hubiera pasado si”, su propia relación con su progenitor. El resultado era una historia oscura y tortuosa, lírica pero violenta, donde los cuerpos pesaban, y las frases, las palabras, el dolor se descomponía. No era una hermosa visión. Y, sin embargo, era literatura y era duelo.

Tras la muerte de su hijo, Wolfgang Hermann compuso su Despedida que no cesa, una bella y breve historia en la que con un lenguaje que rozaba lo poético, si no era poesía en sí, atravesaba las heridas y lograba recomponerse. Por su parte, Joan Didion tuvo que convivir con la muerte de su marido y de su hija en apenas un espacio temporal de dos años. Su pérdida dio paso a dos de sus libros más famosos, El año del pensamiento mágico y Noches azules, que discurrían entre el ensayo, el diario personal y la literatura.

A medio camino entre ambos, entre lo poético de Hermann y el ensayo de Didion, con toques a veces de memorias, casi crónica periodística como defecto de profesión, Sergio del Molino, autor también de La España vacía, cuenta en La hora violeta, título que por cierto hace referencia a un verso de T. S. Eliot, la muerte de su propio hijo Pablo.

Desde ahí, desde la herida, y solo se me ocurre ese lugar para leer su libro, al menos con el respeto que se merece, cuesta diseccionar su novela. Entrometerse en el dolor ajeno, en algo que está escrito con tanta honestidad, sufrimiento y ternura. Y es que, a lo largo de sus páginas, el escritor madrileño entona una prosa sosegada, como un murmullo, una carta íntima y privada en la que cualquier intromisión, más allá de la de su lectura, podría tornarse de más. O al menos, cuesta pararse a cuestionar su lenguaje, el ritmo, la voz narrativa o los recursos literarios que utiliza. Que los hay. Porque La hora violeta es, además de dolor, literatura.

Escrita bajo el influjo de cierto control, donde la emoción está pero no explota anárquica, la novela de Del Molino tiene la delicadeza propia de quien compone movido por el amor más profundo. De fondo, Pablo, su enfermedad, los hospitales, las mejoras y las recaídas, el personal sanitario, los procedimientos, los viajes, el inmenso desasosiego de unos padres que temen lo que podría venir después. Y todo ello distanciándose del lamento fácil, legítimo, con un lenguaje contenido y literario, a partir del cual el periodista investiga su propio dolor, le pone cerco, lo recompone.

No creo que haya respuesta para tanto, en realidad. Si, en palabras de Wolfgang Hermann, no puede ser, ni si quiera cabe en la mente. Lo que sí hay, probablemente, es necesidad. También hay belleza en La hora violeta porque hay literatura, porque de fondo subyace el infinito amor de un padre a un hijo. La escritura de Sergio del Molino invade las habitaciones de hospitales y recorre los recuerdos con absoluto mimo y elegancia. Su lectura te aprieta fuerte el alma. Encogida. Poco más se puede escribir al respecto. Salvo acompañarle en su pérdida.

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Regreso a Twin Peaks, de VV. AA.

Regreso a Twin Peaks

Regreso a Twin Peaks

La vida, el tiempo, es lo que ocurre entre una temporada y otra de Twin Peaks. O sería bonito que así fuera. Laura Palmer nos lo prometió en los años 90. “Volveremos a vernos dentro de veinticinco años. Mientras tanto”. Puntos suspensivos. Y quizás, después de todo, esto sea lo más interesante. Ese “mientras tanto”. Porque David Lynch, que tiene un poco de genio y otro de visionario, tal vez loco, pareciera que pudiera incluirnos en sus historias, jugar con nosotros, los espectadores, como un ingrediente más y borrar el tiempo. Nuestro propio tiempo. Ese “como decíamos ayer” a lo Fray Luis de León.

A David Lynch hay que seguirle un poco de cerca para apreciarle. Con una personalidad muy marcada, sus productos, sus películas, responden a una particular manera de mirar el mundo, especialmente creativa e instintiva, basada, en parte, como ya confesara en Atrapa el pez dorado, en la meditación y fuertemente arraigada en el subconsciente.

Sobre su mirada, precisamente, en Regreso a Twin Peaks, el libro que, coincidiendo con el estreno de su tercera temporada, ha publicado Errata Naturae, Hilario J. Rodríguez recupera esta cita del propio director que probablemente encierre toda su esencia:

“Durante mi infancia, mis padres y yo tuvimos una vida como la que mostraban aquellas series de televisión de la época, con una familia y un perro muy felices. (…) Había casas bonitas, calles con árboles a ambos lados, el repartidor de la leche y muchos, muchos amigos. Era un mundo de ensueño, con aviones que de vez en cuando cruzaban un cielo muy azul, talanqueras, hierba verde y cerezos. La típica imagen americana de postal. Pero luego resultaba que en el cerezo había una secreción viscosa, parte negra y parte amarilla, y millones y millones de hormigas rojas que corrían por aquella secreción y cubrían completamente el árbol”.

En esta obra de ensayos y opiniones sobre Twin Peaks, que, como dato, iba a llamarse originalmente Northwest Passage, un amplio número de autores, críticos, cineastas, directores y especialistas, diseccionan la ficción que más revolucionó y cambió la televisión en los años noventa, llegando a inspirar a otras series posteriores como Perdidos, Expediente X, Fringe, Hannibal, True Detective o, incluso, Los Soprano, según confiesa el propio David Chase entre sus páginas.

Un interesante y minucioso repaso sobre los aspectos más variopintos del que fuera, durante mucho tiempo, el crimen más importante de la pequeña pantalla que permite releer o revisionar la serie desde diferentes perspectivas, incluida la nostálgica. Desde el final alternativo que se rodó con su piloto para distribuirse en Europa hasta la elección accidental del actor que interpretaría a Bob, así como la importancia del entorno y de los sueños, la filosofía de la serie y sus inicios. El libro, que incluye una interesante entrevista con el mismo David Lynch sobre su obra, revela historias como la de Peggy, la dueña del Doble R., y cómo Twin Peaks reavivó su cafetería.

Reflexiones que se enroscan a veces, muy a lo David Lynch, en los detalles, que se centran en las hormigas y en las secreciones viscosas de la ficción, y que hurgan en su final, en la simbología del director, los llantos de sus protagonistas, la dualidad de los personajes, la habitación roja, el inspector Cooper y la propia Laura.

Cinco lustros después, el también creador de Mulholland Drive ha regresado para descubrir que la serie continúa siendo igual de innovadora, valiente y arriesgada, igual o más lynchiana que nunca, capaz de volvernos completamente locos y, a veces, aunque no siempre, disfrutar de su momento. Por eso tal vez Regreso a Twin Peaks sea tan necesario hoy, por los colores y los matices, por el amplio abanico de voces que se mezclan entre sus páginas desde ángulos directos y a, veces, imposibles. No todo estaba escrito después de todo. Mientras tanto.

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Según venga el juego, de Joan Didion

Según venga el juego

Según venga el juegoComo en una partida de cartas, he desecho y rehecho esta reseña varias veces. He barajado y he vuelto a repartir cada una de sus palabras. He buscado la mejor mano, el mejor comienzo, que me asegure un buen final. Y he jugado. También he perdido. Porque yo siempre he sido más de perder que de ganar en realidad. Que es lo que me gusta a mí. A fin de cuentas, hay quien de Los restos de la derrota se saca todo un libro de poemas. Y en esas estaba cuando me he dado cuenta de que algunas jugadas te llevan siempre en dirección contraria. Borrar, rescribir, repartir. Jugarlo todo al negro de corazones. Quiero decir que tal vez, quizás, la protagonista de esta novela tenga parte de razón. “Puede que tuviera todos los ases, pero ¿a qué jugaba?”. Esa es la cuestión.

En Según venga el juego, traducida al castellano por Cruz Rodríguez Juiz, Maria –Mar-ay-a– Wyeth, una joven y bella actriz casada con un reconocido director de cine, tiene también todas esas cartas para echarse un órdago a la chica, la grande, pares, juego y algún que otro farol. Todo son ases, ases fáciles en palabras de su narradora. Escenarios y decorados de Hollywood, habitaciones de hotel, fiestas con estrellas, sexo y alcohol. Los Ángeles, California, Nueva York o Las Vegas. Años 60. Aire acondicionado y una casa con piscina, a 29 grados de temperatura, con el agua profundamente transparente.

El problema de Maria, que en realidad no es del todo su problema, es que su existencia ya está viciada por su propia condición. Ella juega al póker con las cartas perfectas para un mus. No es que sean malas, es que aquí y ahora no le sirven demasiado. Entre otras cosas porque sus partidas vienen delimitadas por los hombres que existen en su vida, particularmente su marido, sus circunstancias personales y una profesión, la de actriz, que no le perdona ni la edad ni la tristeza.

Didion, autora también de El año del pensamiento mágico y Noches azules, donde compartía sus relatos más íntimos sobre la muerte de su marido y de su hija respectivamente, disecciona en Según venga el juego una estampa conocida. La novela, que fue escrita en 1970 y publicada en España de la mano de Random House hace apenas unos meses, más que un lugar o una época, aunque también, es en realidad un estado. Un cuadro de hastío, resignación, desesperación y profunda tristeza. La clase de combinación que encaja perfectamente con Hollywood. Quizás porque nada casa mejor con las luces del séptimo arte que el contraste producido por sus mismas sombras. Ese vacío existencial, esa nada absoluta, ese saber jugar según continúa la partida.

Y es que, con una narración muy cinematográfica -sus capítulos y diálogos son como pequeñas escenas con valor propio y añadido- Según venga el juego, que por cierto fue adaptada al cine y protagonizada por Anthony Perkins, tiene todos los elementos necesarios para conseguir una escalera de color. Su baza más valiosa es, sin duda, su protagonista. Capaz de proyectarse del papel hacia afuera, Maria es un personaje entre fuerte y resignado, profundamente roto y vulnerable, predispuesto y decidido a jugar una única partida ya. Es a partir de ella y su experiencia, del presente hacia atrás, donde Joan Didion recrea un retrato de época, una realidad limpia de artificios, sin brillos y en mate. Entre medias, se deja lejos del relato todo lo demás, lo que queda fuera de la esencia, los ases que siempre terminan por desviar la atención de lo importante.

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Sylvia, de Celso Castro

Sylvia

SylviaMe gusta Celso Castro porque escribe pequeño, en minúscula, sobre asuntos tan grandes como el amor, que es una búsqueda, es pregunta y es respuesta, o lo contrario al amor, que a veces no sé muy bien si es el odio o el desamor, o un estado intermedio, o ninguna de las dos cosas. Lo contrario al amor es perderse. Al otro y a uno mismo. Pero también es el dolor, como ese cuchillo de obsidiana del que habla Sylvia. Un dolor pequeño y localizado, como sus textos, que se siente tan infinito que a veces lo ocupa todo.

El problema del protagonista de su última novela publicada por Destino es que, en su caso, el dolor, la tristeza, es algo que parece crónico. Marcado por una experiencia traumática en su infancia –en esto presenta similitudes con su obra anterior, Entre culebras y extraños–, y un afecto maternal casi tan intenso como el que le mueve a él a buscar a la amada a pesar del rechazo, Sylvia es una historia de amor no correspondido o, a veces también, mal correspondido, sobre un joven con una sensibilidad especial que se enamora de una mujer que, a su vez, está enamorada de otro. Su amor, como su dolor antes, durante y después, es un amor adolescente, casi enfermizo, que se arrastra por sus párrafos e implora de rodillas, tan grande que solo es posible escribir de él como lo hace Castro.

Así, en minúscula, con un estilo muy personal y particular, el monólogo interior de su protagonista en primera persona fluye poéticamente sin puntos al final del párrafo que pongan fin a ese sentimiento que no hace otra cosa que crecer en todas las direcciones. O abrirse paso entre sus páginas. Allí, el autor gallego consigue dar textura a la tristeza y al dolor, que más bien es depresión, algo que, diría, a veces va más allá de la propia Sylvia y se enrosca con la ausencia del amor paterno, tampoco correspondido.

Su lectura es un placer que a veces duele y casi siempre gusta. Íntima, personal y lírica. Celso Castro construye la voz atormentada de un joven, casi adolescente, que se deja llevar, casi arrollar, por sus excesos emocionales. Y eso que su texto logra contener en pocas palabras tanto y tanto dolor hasta que, de algún modo, este se desborda fuera del mismo. En ello tiene que ver la facilidad con la que escribe su autor. Sin ruido alrededor que enturbie el sentimiento.

Bien es cierto -y esto ya es una cuestión más de entrañas- que no parece llegar siempre con la misma intensidad.  O al menos a mí, su final no me ha movido del todo, ya sabéis, como mueven esas lecturas que te pellizcan desde dentro. Como si aún esperara leer algo más sobre el amor, el desamor, la angustia o el sobreseimiento de todo lo anterior. O me supiera a poco. Tal vez tenga que ver con su breve extensión, que no llega a las 120 páginas. O a mis ganas eternas de más. O quizás porque aún no haya comprendido del todo que para hablar de las cosas grandes de la vida, hay que hacerlo precisamente así, en pequeño. Como lo hacen los poetas.

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Años felices, de Gonzalo Torné

Años felices

Años felicesComo sucede con las personas, los libros, los buenos títulos, irrumpen en tu vida y, de algún modo imprevisible, lo alteran todo. Al menos, si hay suerte, su lectura te engancha desde adentro. Como si, de algún modo impreciso, aquellas palabras ajenas pasaran a formar parte de ti y del discurso que te cuentas a menudo para existir. Es posible, de hecho, que ya hubieran estado ahí mucho tiempo antes. Quizás porque como escribe Gonzalo Torné en Años felices, “la historia nunca pertenece a uno solo, ni si quiera al narrador”.

Cuando leí Hilos de sangre, su primera novela, en el verano de 2011, supe inmediatamente que sería una de esas lecturas. O quizás no tanto. No lo recuerdo así en su conjunto, pero sí por momentos, pasajes narrativos que golpearon donde tenían que golpear con un delicioso gancho de literatura. En este sentido su última novela, la tercera después de Divorcio en el aire, más que una sorpresa parece una constatación. De hecho, y ya en lo personal, la he disfrutado algo más que aquella primera, probablemente porque ni yo misma sea la de entonces.

En cualquier caso, y ya en estos Años felices, Gonzalo Torné se aleja de su Barcelona natal para aterrizar en Nueva York, la ciudad donde cualquier cosa es posible, y trazar una historia de amistad, deslealtad y juventud sobre cuatro amigos, Jean, Claire, Harry y Kevin, y un extraño, un “príncipe” misterioso, Alfred Montsalvatges, hermano del protagonista de Hilos de sangre, que llega desde Barcelona para cumplir su sueño de ser escritor, huyendo de la España de los años 60 y sus convulsiones políticas.

A lo largo de sus páginas, el relato avanza por las luces y sombras de sus personajes, jugando con el tiempo y su estructura, mientras la historia discurre de un lado a otro, enredándose, como si sus protagonistas no fueran más que diferentes afluentes que desembocan en la misma narración, contada a su vez por distintos narradores, en una compleja telaraña de puntos de vista y perspectivas distintas. Como si, de algún modo, nosotros también existiéramos a partir del relato de los demás. A fin de cuentas, estamos hechos de palabras, recuerdos, letras que se amoldan, fluctúan y varían en función del discurso que tenemos enfrente.

Sin embargo, como si la vida, o el mundo, siempre encontrara el modo de impactar con nosotros, poco a poco la energía pasional y juvenil de los primeros años se irá marchitando por el paso del tiempo, la madurez y lo que podríamos definir como los años del desencanto. Hay algo en la novela que te sobrecoge, un tono, aunque bello, profundamente nostálgico, a veces desalentador, sobre esa parte de nosotros que perdemos al crecer. “¿Cómo se podía vivir sin crecer y cómo se podía crecer sin dañar?”, se pregunta uno de sus personajes. Y es que, ¿no somos acaso nosotros –quienes además sufrimos la más importante de las traiciones– muchas versiones de nosotros mismos? ¿Cómo mantener las relaciones que tuvimos si ni si quiera podemos permanecer fieles a los jóvenes que fuimos?

Después, Torné, al que todos deberíamos leer al menos una vez en la vida, se las ingenia para que, ya en su último tramo, nos detengamos en cada frase, con paso cauteloso, conscientes de que cada última palabra cuenta, que a la vuelta de la página se aproxima el final y de que todo, también los Años felices, se acaban.

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La grieta, de Carlos Spottorno y Guillermo Abril

La Grieta

La GrietaLo malo de los muros es que no te dejan ver más allá del ladrillo. No te dejan ver el mar ni los cuerpos que, si hay suerte, no llegarán a tus costas en verano. Se los tragará el agua, como nos los tragamos nosotros, en algún lugar de nuestras cabezas donde no incomoden en exceso. No. Lo que tienen los muros es que no te hacen más libre, ni más seguro. De hecho, te doblegan ante ciertas palabras. El miedo es una de ellas. Hablamos de él con cierta ligereza, con la frivolidad del rico nuevo que le dice al hambriento lo duro que es pasar hambre. Y se lo decimos a ellos, que huyen del terror. Porque de algún modo hemos construido vallas a nuestro alrededor que nos protegen, nos aíslan y nos encierran en nosotros mismos, ensimismados. Después, un día nos despertamos y somos incapaces también de reconocer la existencia del otro y de su dolor.

Pero los muros, por suerte, además tienen grietas. Recodos por donde se filtra algo de luz, aunque también de oscuridad, que nos dejan mirar, como una mirilla, el reverso del mundo que conocemos. Como esta novela gráfica, que es más bien una fusión entre fotolibro o fotoperiodismo y cómic, y que lleva por título, precisamente, La grieta. En ella, el periodista Guillermo Abril y el fotógrafo Carlos Spottorno recogen su experiencia a lo largo de tres años recorriendo las fronteras de Europa. Un viaje que empieza en Melilla en 2014 y termina en Estonia y su frontera con Rusia ya en 2016, dando fruto a una base documental de más de 25.000 fotografías y 15 cuadernos de notas.

La grieta es el resultado de este trabajo, una adaptación de los reportajes que realizaron sus autores por encargo de El País, que nos acerca de primera mano a la cuestión burocrática, las tensiones políticas, las dificultades que rodean a los periodistas en su intento de conseguir información y, su variable más constante, al drama de los refugiados, la mayor crisis humanitaria ya dese la II Guerra Mundial. De fondo, los movimientos migratorios en las Balcanes o las misiones de rescate en el Mediterráneo, por cuya cobertura a bordo de una vieja fragata, Spottorno obtuvo el Premio Word Press Photo en 2015.

Así las cosas, en su afán por llegar a todas partes, La grieta encuentra en el cómic, a partir de sus fotografías sometidas a un tratamiento cromático, el medio idóneo para transmitir su mensaje y llegar a un público más amplio. Bien es cierto que, a tramos, da la impresión de que le falta algo de color, como si pasara demasiado rápido por algunos escenarios. Pero no importa. La intención es la del mejor periodismo comprometido, y su relato es claro y directo. Una interesante reflexión sobre las fisuras del sueño europeo, que nos devuelve su rostro más inhumano y menos empático. Y es que, a través de estas grietas, por las que sus autores nos hacen partícipes de la convulsa situación de Europa y recorren los últimos movimientos que se han producido en el continente, vislumbramos además los grandes rotos y parches que atraviesan nuestros muros. Aquellos que empiezan a resquebrajarse y que, si no tenemos cuidado, terminarán por caerse y aplastarnos.

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Che. Una vida revolucionaria: El doctor Guevara

Che. Una vida revolucionaria: El doctor Guevara

Che. Una vida revolucionaria: El doctor GuevaraEl periodista Jon Lee Anderson y el caricaturista José Hernández regresan con la segunda entrega de la biografía del Che Guevara en forma de novela gráfica. Che. Una vida revolucionaria: El doctor Guevara es en realidad la primera parte de su trilogía, aunque sea la segunda en publicarse –después de Los años de Cuba–. En esta ocasión, volvemos al Che más idealista y joven que, después de licenciarse en medicina, se embarca en largas travesías a través de América del Sur y Centroamérica, en un periodo de tiempo que abarca desde 1952 a 1956. Estamos, por tanto, ante sus primeros años como revolucionario y su primera toma de contacto con Fidel Castro. Los años de las inquietudes políticas juveniles. El inicio estratégico de la revolución cubana.

Basada en la novela homónima de Jon Lee Anderson, El doctor Guevara, como ya lo hiciera su anterior publicación, funciona muy bien como primera aproximación a la vida del comandante. La adaptación corre a cuenta del mexicano José Hernández. Ya insistí en Los años de Cuba, y reitero mi insistencia en esta ocasión, es precisamente esto, la calidad gráfica de la novela, uno de sus grandes puntos fuertes. Rica en matices, sus viñetas abren y cierran planos, de lo general al detalle, sombras y luces, con una precisión absoluta. Como si fuera fácil convertir un folio en blanco en una película, entre sus páginas se desprende la esencia de los años 50 y el ambiente revolucionario instalado entre los países que acogieron a Guevara, tras su salida de Argentina.

El otro punto fuerte es su documentación. Y eso a pesar de que, en algunos momentos dé la impresión de que todo quede demasiado condensado, algo superficial, como si ocurrieran demasiadas cosas, o demasiados viajes, en poco espacio para asimilar. En este sentido, además, uno tiene la sensación de que la segunda parte es algo más contundente que esta primera. Tal vez solo sea una cuestión de efectos especiales. Faltan la lluvia, que ya empieza a asomarse al final, y más balas.

Así las cosas, con un marcado trasfondo social y político de la época, el cómic pasa de puntillas por la vida más personal del Che, cuyas inquietudes ideológicas, a veces, le muestran algo frío y distante. Algo más pragmático y resolutivo, ya nos lo advierte en su comienzo: “Costará vidas inocentes”. Su lado más humano lo encontramos en sus cartas y testimonios, sus momentos con su hija y su vertiente más poética. Al menos, uno de mis pasajes favoritos está relacionado con la poesía. Especialmente, con el poema que el propio Ernesto Guevara le dirige a María, la anciana moribunda que está bajo sus cuidados médicos. Como si realmente las palabras de su protagonista cobraran tono, su voz suena de fondo, mientras se intercalan con el resto de viñetas.

Después, Che. Una vida revolucionaria: El doctor Guevara termina con el principio de Los años en Cuba. Dos novelas gráficas, cada una con sus matices, que se completarán con un tercer tomo, su viaje al Congo y su regreso a Cuba y a Bolivia. Lo bonito de esta historia es que, aunque todos sepamos ya cómo termina, realmente tengo curiosidad por ver cómo nos la cuentan. Hasta entonces, de momento, habrá que esperar un poco.

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Leer con Rayos X, de Roy Peter Clark

Leer con Rayos X

Leer con Rayos XUn día te pierdes y alguien, generalmente un buen amigo que te conoce bien, aparece con un mapa. El mapa es, en realidad, una brújula y la brújula un libro: Leer con Rayos X, de Roy Peter Clark. Un billete de ida hacia el principio de las cosas, que es a donde hay que volver cuando uno se siente perdido. Al menos, es un comienzo. También una lección. Cómo aprender, o reaprender, a leer o a escribir. En mi caso, además, es un repaso, una suerte de diario o álbum de fotos, por algunas de las lecturas que más he disfrutado a lo largo de mi vida.

Un recorrido literario que cruza a través de 25 obras maestras que mejorarán tu escritura, así reza el subtítulo de este manual de lectura, con vistas a Fitzgerald, Nabokov, Steinbeck, Flannery O’Connor, Didion o Shirley Jackson, entre otros muchos. En él, Roy Peter Clark, un prestigioso profesor de escritura estadounidense, somete a sus Rayos X los grandes textos de la historia de la literatura con un tono más cercano a la anécdota que al academicismo.

Y es que, como si cualquier excusa fuera buena para hablar de literatura, que lo es, sus lecciones están repletas de referencias televisivas a series como Breaking Bad o Buffy Cazavampiros. Clark, que lo aprovecha absolutamente todo en su empeño, igual te habla de los recursos de las telenovelas que de Los cuentos de Canterbury, el Decamerón o Hamlet, además de acordarse de El padrino. ¿Qué tienen en común Homero y Virgilio con Hitchcock? ¿Y la literatura con Sharknado? Porque sí, uno sabe que la cosa va en serio cuando alguien habla de Sharknado en términos de “la mejor película cutre de todos los tiempos”. Por supuesto, la respuesta es Moby Dick.

Que su autor no tenga reparos para mezclar la cultura popular con la gran literatura es, en realidad, un punto a su favor. De fondo, Leer con Rayos X es una lectura sobre las lecturas de otros que, a partir de un análisis exhaustivo, aborda de manera amena y efectiva, a veces en clave de humor, aspectos formales como la elección del nombre o la métrica de las frases, pero también las técnicas de construcción narrativa. En esto, es un acierto que la edición acompañe en ocasiones su traducción, obra de Pablo Sauras, con algunos textos en su versión original, además de una última parte más didáctica, donde se incluyen algunas de las frases más valoradas por críticos y lectores, para que podamos llevar a la práctica sus teorías literarias.

Un maravilloso ejercicio de reaprendizaje que, como poco, se convertirá en un interesante recorrido repleto de matices y texturas. Pero también, fundamentalmente, un manual de escritura. Entre sus páginas, Clark te ofrece recursos suficientes como para empezar a asimilar algunas de las principales pautas del proceso creativo. Un efectivo método que fija la mirada en el detalle y que te incita a cambiar el modo de leer según qué cosas. Ideal para aquellos que están empezando y perfecto para los que necesitan volver a empezar. Porque a veces, como la tecnología a menudo nos enseña, es necesario reiniciar. Y en este sentido, al menos en mi caso, todo comienza siempre con los libros.

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El gigante enterrado, de Kazuo Ishiguro

El gigante enterrado

El gigante enterradoHan pasado diez años desde que Kazuo Ishiguro escribió Nunca me abandones. Entre medias, un libro de relatos: Nocturnos: cinco historias de música y noche. Atrás quedan, Cuando fuimos huérfanos y Los restos del día, también traducida por Lo que queda del día, y protagonizada en el cine por Anthony Hopkins y Emma Thompson. Ahora el escritor británico de origen japonés regresa a la Inglaterra medieval en su última novela publicada por Anagrama, El gigante enterrado, en una fábula sobre la necesidad del olvido, las heridas y la vida, donde se dan cita ogros, dragones y duendes. También hay una princesa, aunque anciana, el último caballero vivo del rey Arturo (su sobrino Sir Gawain), un guerrero sajón, un chaval maldito y un hechizo, en forma de niebla, que les ha robado a todos los habitantes de la región la memoria.

Con las leyendas de Camelot como telón de fondo, El gigante enterrado tiene algo además de La princesa prometida. A saber: “Esgrima, lucha, torturas, venenos, amor verdadero, venganza, gigantes, cazadores, hombres malos, hombres buenos, dolor, muerte, persecuciones, fugas, mentiras y verdades”. Y un monasterio en las montañas, muy a lo El nombre de la rosa, detrás de cuyos muros se ocultan oscuros rituales.

Atrás quedan, también, la ciencia ficción de Nunca me abandones o la novela detectivesca de Cuando fuimos huérfanos. El género siempre es un pretexto para este autor que ahora construye una fábula de aventuras, entre épica y fantástica, a ratos perturbadora e inquietante, pero también conmovedora, donde subyace el debate, tan en boga en nuestro país, sobre la necesidad o no de la memoria colectiva y de la memoria individual.

Bien es cierto que el escritor, para ello, huye de los arquetipos propios del género. Sus protagonistas, de hecho, son Axl y Beatrice, una pareja entrañable de ancianos, atípicamente vulnerables, que un día deciden abandonar su aldea y emprender la búsqueda de su hijo, quien se encuentra en paradero desconocido. Un viaje iniciático que les conducirá por un terreno oscuro y pantanoso, a ratos resbaladizo, donde por momentos se abona, aún en tiempos de paz, el germen de las guerras, las rivalidades y las traiciones.

En este contexto, Ishiguro investiga, es cierto, sobre la memoria, el pasado y el recuerdo a partir de la reconstrucción de un presente nebuloso, en esencia casi puro, mientras de fondo divaga sobre el paso del tiempo, el perdón, el amor, aquello que algunos etiquetan como el amor verdadero, las heridas profundas, el destino y la muerte.

Traducido al español por Mauricio Bach, la belleza de El gigante enterrado reside en la prosa de Ishiguro. Sus palabras, como en una suerte de hechizo, te sumergen en un mundo maravilloso e hipnótico de criaturas extrañas donde no hay otra opción que avanzar hacia adelante para poder dejarlas atrás. Si es lo que se desea. Una lectura fascinante y hermosa que empieza al ritmo lento de sus dos protagonistas, pero que poco a poco se acelera y nos arrastra hacia una profunda reflexión sobre la vida y el género humano. Es allí donde la fábula deja de ser fábula. Ya sabéis. Y las lecturas esconden otras lecturas.

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