
Vivimos, experimentamos el tiempo como algo subjetivo. Hay minutos que se nos clavan. Que aún duran. Como un paréntesis, continúan sin cerrarse del todo, mezclándose, solapándose, con el resto de nuestros segundos. Como un acordeón de papel, que no reproduce ningún sonido, el tiempo se acelera, se detiene y se ralentiza a su antojo. A veces es el hilo narrativo en el que nos sumergimos, en el que nos contamos y nos explicamos a los demás. Otras, es el suspense hacia adelante. En la mayoría de los casos es la espera, eso que en palabras de Andrea Köhler se podría denominar como “el tiempo regalado”.
Precisamente, bajo este título, escribe la autora alemana en este breve ensayo que “en el mejor de los casos la espera será tiempo regalado, aunque la mayoría de las veces sea simplemente tiempo perdido; sin embargo en la espera el tiempo se convierte en algo palpable”. Y es posible que esta sea la reflexión más potente, más sólida, de todo su libro.
Experimentamos el tiempo gracias a la espera. Cuando esperamos, los instantes, los segundos, adquieren un tacto, una textura, un olor, una sensación que se apodera de nosotros y que los vuelve casi corpóreos. El tiempo pesa y se vuelve denso y lo ocupa todo. Ese vacío de poder, de estar, de hacer, es donde nos pensamos. Durante una época de mi vida, aún hoy, solía huir de esos espacios. No temía las horas muertas, sino ese aburrimiento del que Dieter Wellershoff afirma que “únicamente cierra el mundo para volver a abrirlo de nuevo”. Lo cuenta Köhler en su libro. Es el momento de la escritura. Y qué difícil es escribir/se, analizar un libro, cuando uno está ocupado esbozando su propio plan de huída.
No obstante, bajo esa idea, en El tiempo regalado su autora disecciona el minutero en un millar de esperas y empieza con la más obvia. Que es la del amor. Cómo el enamorado que espera ansioso la llamada del amado, o el mensaje en tiempos del WhatsApp, sufre. “El que ama muestra su debilidad siendo puntual”, afirma y a mí me parece una hipótesis indiscutible. O, continúa, “el que espera es el que más ama”. Bendita paradoja de la que no se puede salir. Nos pasamos el día esperando al otro. Y como nosotros, espera también el que escribe, el enfermo en la consulta del médico, el empleado la respuesta de su jefe, el viajero, el espectador, el anciano sus últimos minutos… Incluso la mujer, que no sale, no se mueve, espera paciente a su príncipe azul… En el cuento, sostiene Köhler, la espera es vista como una maldición. “Hacer esperar es –de hecho- el privilegio de los poderosos”. ¿Lo habíais pensado alguna vez así?
Si bien es cierto que no siempre este ensayo arroja la misma luz, ni todas sus hipótesis se mantienen con la misma solvencia y contundencia, su autora consigue abordar diferentes aspectos del día a día que, aunque a veces sirven solo como una mera aproximación, algo que se queda en la superficie, constituyen un buen punto de partida para pensar y repensar la vida en sí como tiempo. Ella es la encargada de abrir todas esas puertas y dejar, de modo práctico y sencillo, que nosotros, los lectores, nos sumerjamos en esos universos que se nos plantean. Todo, al menos, pasa por ahí en este ensayo que arroja una nueva y original perspectiva sobre nuestra forma de sentir y de vivir las esperas. No aporta, eso sí, ninguna solución a ese tiempo regalado que a veces nos tortura porque nos obliga a ponerlo todo en perspectiva. Meses después, ocurre a veces, que seguimos en el mismo punto de partida. Aquí es donde estoy yo. Releyendo este estupendo ensayo. Planteándome que qué sería de nosotros si nos limitáramos a pasar por encima de la vida y no nos detuviéramos ni un instante. La espera es un regalo, sí. Pero el que nos hacemos a nosotros mismos.

Escribe Joy Williams (1944) en El patinador, uno de los relatos que integran esta recopilación de Cuentos escogidos, traducida por Albert Fuentes y publicada por Seix Barral, que en los mitos hay dos caminos hacia el desastre. “Uno de ellos consistía en responder a una pregunta que no tenía respuesta. El otro era no ser capaz de responder a una pregunta que sí la tenía”. Pues bien, querido lector, el presente volumen es un compendio de ambos senderos. Un hermoso camino, en cierto modo, hacia el desastre que centra la mirada en el detalle, abre el plano e invade las casas del ciudadano medio. Como si sus relatos estuvieran plagados de esa gente normal que inunda algunos informativos de sobremesa o protagonizan los sábados por la tarde cualquiera de los telefilms de Antena 3. Vecinos, buenas personas, con vidas corrientes y anodinas que adquieren nuevas texturas, una extrañeza que los hace únicos pero a la vez, he aquí la tragedia, también comunes.
“No me refiero al hecho de que todos acabemos muriendo”, escribió 
El duelo, como el amor, es una historia de dos en la que nadie debería entrometerse. Después de que su padre se suicidara, 


Como en una partida de cartas, he desecho y rehecho esta reseña varias veces. He barajado y he vuelto a repartir cada una de sus palabras. He buscado la mejor mano, el mejor comienzo, que me asegure un buen final. Y he jugado. También he perdido. Porque yo siempre he sido más de perder que de ganar en realidad. Que es lo que me gusta a mí. A fin de cuentas, hay quien de 
Me gusta Celso Castro porque escribe pequeño, en minúscula, sobre asuntos tan grandes como el amor, que es una búsqueda, es pregunta y es respuesta, o lo contrario al amor, que a veces no sé muy bien si es el odio o el desamor, o un estado intermedio, o ninguna de las dos cosas. Lo contrario al amor es perderse. Al otro y a uno mismo. Pero también es el dolor, como ese cuchillo de obsidiana del que habla Sylvia. Un dolor pequeño y localizado, como sus textos, que se siente tan infinito que a veces lo ocupa todo.
Como sucede con las personas, los libros, los buenos títulos, irrumpen en tu vida y, de algún modo imprevisible, lo alteran todo. Al menos, si hay suerte, su lectura te engancha desde adentro. Como si, de algún modo impreciso, aquellas palabras ajenas pasaran a formar parte de ti y del discurso que te cuentas a menudo para existir. Es posible, de hecho, que ya hubieran estado ahí mucho tiempo antes. Quizás porque como escribe Gonzalo Torné en Años felices, “la historia nunca pertenece a uno solo, ni si quiera al narrador”.
Lo malo de los muros es que no te dejan ver más allá del ladrillo. No te dejan ver el mar ni los cuerpos que, si hay suerte, no llegarán a tus costas en verano. Se los tragará el agua, como nos los tragamos nosotros, en algún lugar de nuestras cabezas donde no incomoden en exceso. No. Lo que tienen los muros es que no te hacen más libre, ni más seguro. De hecho, te doblegan ante ciertas palabras. El miedo es una de ellas. Hablamos de él con cierta ligereza, con la frivolidad del rico nuevo que le dice al hambriento lo duro que es pasar hambre. Y se lo decimos a ellos, que huyen del terror. Porque de algún modo hemos construido vallas a nuestro alrededor que nos protegen, nos aíslan y nos encierran en nosotros mismos, ensimismados. Después, un día nos despertamos y somos incapaces también de reconocer la existencia del otro y de su dolor.
El periodista Jon Lee Anderson y el caricaturista José Hernández regresan con la segunda entrega de la biografía del Che Guevara en forma de 
Un día te pierdes y alguien, generalmente un buen amigo que te conoce bien, aparece con un mapa. El mapa es, en realidad, una brújula y la brújula un libro: Leer con Rayos X, de Roy Peter Clark. Un billete de ida hacia el principio de las cosas, que es a donde hay que volver cuando uno se siente perdido. Al menos, es un comienzo. También una lección. Cómo aprender, o reaprender, a leer o a escribir. En mi caso, además, es un repaso, una suerte de diario o álbum de fotos, por algunas de las lecturas que más he disfrutado a lo largo de mi vida.
Han pasado diez años desde que