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Cuando fuimos huérfanos

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Cuando fuimos huérfanos, de Kazuo Ishiguro

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Kazuo Ishiguro ya me había puesto a prueba con Los restos del día a través de su capacidad de narración casi silenciosa y pasiva pero de contenido escondido entre líneas. Asique decidí leer Cuando fuimos huérfanos para embarcarme en el mundo de este autor que ha recibido muchos halagos.

Christopher Banks es un detective inglés.  El libro comienza con recuerdos, algo que parece una característica de los libros de Ishiguro. Así se nos ofrece el pasado en Shangai, un pasado nebuloso pero que de a poco va cobrando sentido en la mente de Banks para la misión que posteriormente decidirá llevar adelante: Saber el destino de sus papás desaparecidos.

Son los años treinta y una vez alcanzado el prestigio, se puede dar el lujo de tener trato con la alta sociedad inglesa. En esas reuniones de célebres personalidades, conocerá a Sarah. Su relación es extraña: se llaman amigos pero no lo son. Y entre palabras que van y vienen, el pasado en Shangai con su amigo japonés Akira, comienza a emerger de su mente.

Se nos pone a prueba con la impaciencia de saber si los recuerdos de un niño sinceramente tendrán que ver con lo que nos quiere plantear Ishiguro, porque se trata de situaciones extrañas e imágenes vagas, que una y otra vez Banks aclara que no está seguro de que haya sido así o no. Es lógico que todo se vuelva medio turbio, teniendo en cuenta que hay una lucha en contra del comercio del opio por parte de sus padres.

Volverá a Shangai y allí los hechos que se desarrollan prueban la ingenuidad de Banks, del mundo del que quisieron mantenerlo ajeno mientras la ciudad es un campo de batalla entre japoneses y chinos. Su objetivo es saber del paradero de sus padres pero entre medio tendrá que afrontar otras personas que irán dándole las piezas necesarias para armar la posible solución.

Por momentos, debo admitir, se vuelve confuso y no sabía a dónde me quería llevar el autor con tanto dicho carente de información. Sabía que con su libro tenía que ir más allá de lo que a simple vista exponen los personajes y muchos de ellos eran un verdadero signo de interrogación en relación a su importancia para la historia. Las relaciones son distantes, extrañas, como si todos fuesen ajenos pese a que los une cierta complicidad no explícita y de la que me mantenía ajena. Esto no me gustó mucho porque disfruto cuando acompaño a los personajes y formo parte de lo que ellos me muestran. Quizás sea esto algo que me defraudó de este libro.

Debo reconocer que prefiero Los restos del día, pero sobre el final es cuando hay mayores certezas (este era mi miedo, que la historia en ningún momento tuviese una explicación concreta para cada elemento), me di cuenta que personajes como el de Jennifer tenían un sentido para reflejar el lado que Banks no demuestra pero que existe en él.  Creo que las reflexiones de la última parte hacen que valga la pena toda la irritación previa por un abuso de la incertidumbre.

Rosario Arán

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