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Ángeles derrotados, de Denis Johnson

Ángeles derrotados

Ángeles derrotados“No me refiero al hecho de que todos acabemos muriendo”, escribió Denis Johnson en uno de los once relatos que componen su aclamado Hijo de Jesús, “esa no es la gran lástima. Me refiero a que él ya no podía contarme lo que estaba soñando y yo ya no podía decirle lo que era real”. El escritor, que murió el pasado 24 de mayo a la edad de 67 años, era uno de esos autores a los que todavía les sobraba talento para seguir escribiendo alta literatura. Con su ausencia, en lo que alguna editorial se anima o no a traducir sus poemas y obras de teatros al castellano, la cultura pone un punto y final a los libros que ya nunca escribirá y que nosotros tampoco tendremos la ocasión de leer.

Y es que los sueños, para empezar, eran las historias que poblaban aquella publicación de relatos. A Johnson, al menos, le gustaba recrear los ambientes oníricos, entre alucinógenos e irreales, bañados en alcohol y drogas, de los días y las noches sin final. Sus textos estaban compuestos de finas capas de palabras por las que se deslizaban, con cierto lirismo, sus descarriados personajes. “Gente, hombres, orgullosos de sus clichés y aún así llenos de una poesía desesperada”, escribió en El nombre del mundo después.

Precisamente, esa desesperación hecha verso, esa realidad gris y hermosa a la que el autor y su literatura eran de aquel modo adictos, se encontraba ya en sus primeras páginas. Ángeles derrotados es probablemente su texto más convencional y, sin embargo, es el principio de todo. Una ópera prima, obviando sus libros de poesía, donde ya se encontraban las semillas de parte de su obra posterior. Estaban los personajes de Hijo de Jesús y la desesperación de El nombre del mundo. Estaba la esencia de un Johnson primerizo, casi humano, capaz de escribir como el resto de los mortales, en vez de como el gran escritor, ganador del National Book Award por Árbol de humo, en el que habría de convertirse después. Y estaba el germen, a modo de profecía, de su última novela, Los monstruos que ríen: “Hacia el este –escribe en estos Ángeles derrotados aludiendo al título de aquella–, en la lejanía, vio las montañas que Dwight y ella contemplaran un día y que entonces se les antojaron monstruos. Ahora les bastaba con que parecieran montañas”.

Escrita en 1983 y publicada posteriormente por Anagrama en nuestro idioma con traducción de Benito Gómez Ibáñez, Angels, en su título original, es la historia de Jamie, una madre de dos hijos que huye de los maltratos de su pareja a bordo de un autobús donde conoce a Bill, un exmarine alcohólico, con un perfil de delincuente mediocre muy bien definido.

A pesar de un inicio algo incoloro, donde uno tiene la sensación de haberlo leído antes, el libro poco a poco desciende al infierno personal de sus dos personajes principales, que a ratos, especialmente él, se vuelven incómodos e incluso antipáticos para el lector, para ir tomando profundidad y desembocar en un espléndido final, ciertamente derrotista, una especie de delirio último cargado de sensatez, que recuerda en algo a A sangre fría de Truman Capote.

Johnson, que es capaz de descomponer el color gris y sacarle un millón de ricos matices con los que escribir verdadera literatura, esboza como nadie los tonos neutros y mediocres de la humanidad. Ángeles derrotados no tiene, es cierto, la poesía ni la belleza de algunos de sus otros trabajos, pero sus párrafos, en especial en algunos tramos donde la tensión  y la oscuridad alcanza su máxima expresión, mantienen esa sensibilidad especial que aparecerá después en sus escritos posteriores. Sus personajes vagan entre sus páginas sin buscar una redención, conscientes de que, como escribe, “en el pasado había alcanzado un par de veces ese absoluto grado cero de verdad, y sin miedo ni amargura comprendía ahora que en el fondo había un paso que podía dar para cambiar su vida, para convertirse en otra persona, pero nunca sería capaz de adivinar cuál”. No hay determinismo pero sí inevitabilidad.

Denis Johnson, que descendió él mismo a los infiernos para narrarlos después, escribía sueños, vidas vividas desde la más absoluta inconsciencia, vorágines de pesadillas convertidos en literatura. La gran lástima, parafraseándole, es que ya no nos los pueda contar más.

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