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El favor de la sirena, de Denis Johnson

El favor de la sirena

El favor de la sirenaLas obras póstumas, en su mayoría, suelen ser incompletas e irregulares. Si la muerte sorprende al autor de repente, lo más seguro es que no haya tenido tiempo para terminar, para corregir, para decantar. Si lo hace después de una larga enfermedad, cobarde eufemismo, resulta probable que haya estado más preocupado por su propia degeneración que por la conclusión de sus últimas líneas.
En ese sentido, El favor de la sirena es una bendita excepción. A Denis Johnson se lo llevó por delante el cáncer de hígado en mayo de 2017; a sus 67 años, dejó tras de sí una obra variada aunque siempre reconocible, marcada por un pasado turbulento de adicciones y caídas que a pesar de ello trasciende la figura del escritor maldito. No era sencillo estar a la altura en el momento final, y sin embargo la impresión que queda al pasar la última página de este libro es que lo consiguió.
Quizá tenga algo que ver en esa impresión que el último relato (“Doppelgänger, poltergeist”) me ha parecido el mejor de los cinco que lo componen, que no es decir poco, y una manera elegante de condensar las bases de su escritura en poco más de cuarenta páginas. En él, el profesor Harrington nos relata su extraña relación con uno de sus alumnos, el talentoso poeta Marcus Ahearn, quien se desliza a lo largo de los años por la pendiente de la locura a la que le lleva su obsesión por exhumar el cadáver de Elvis para poder comprobar que, en realidad, se trataba de su hermano gemelo. Obsesiones, adicciones, situaciones inverosímiles pero no del todo imposibles que Johnson logra empastar de manera creíble con la realidad más cruda; son las entrañas de estos cinco relatos, historias extensas, llenas de personajes memorables y con la suficiente carga narrativa como para quedarse resonando en nuestra cabeza un buen rato después de haberlas terminado. Como también ocurre con el que da nombre a la colección, “El favor de la sirena”, cuando el protagonista recibe la llamada telefónica de una de sus exmujeres, Ginny o Jenny, no entiende bien el nombre, y no es capaz de averiguarlo mientras ella le cuenta que tiene cáncer y va a morir pronto, y lo despide finalmente poco después sin que él termine de saber cuánto tiene que llorar ni a quién. El cuerpo, que nos traiciona, los fantasmas del pasado que vuelven a visitarnos, el amor que sirve como vehículo para interrogarnos por lo que hemos hecho bien, mal o regular.
Denis Johnson es perfectamente consciente de la inminencia de su muerte mientras escribe, mientras culmina este testamento literario, y no por ello se aprecian la urgencia y la desesperación. Quizá porque ya había alcanzado una paz absoluta con respecto a su legado sabiendo que había dejado para la posteridad dos obras monumentales: Hijo de Jesús (publicada en 1992, llevada al cine poco más tarde) y Árbol de humo. Se nota, quizá, en que todos los protagonistas de El favor de la sirena hablan como si sus mejores años hubieran pasado. Lo dice Cass al final de El Starlight de Idaho, “más de una vez me he despertado con un profesional de la medicina diciéndome: “Tendrías que estar muerto”. Es lo que va a poner en mi lápida”, y es la impresión general que transmite el libro al completo. Hay cosas que están muy cerca de no producirse, una canasta que entra fuera del tiempo reglamentario, una carta que llega a su destinatario cuando ya ha cambiado de casa. Será mejor que tengas tus asuntos en orden para cuando llegue esa hora. Mientras lo hace, los que te rodean van cayendo, y es justo que sus vidas también sean narradas como merecen.
Puede que no sea el mejor de los libros de Denis Johnson, pero El favor de la sirena es bueno, mejor que la media. Incluso diría que no es mal modo de empezar a leer a Johnson. Atrévanse, pues, a comenzar por el final. Porque nunca se sabe cuándo llegará el definitivo, y nunca es tarde para echarse un buen libro a la memoria.

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Ángeles derrotados, de Denis Johnson

Ángeles derrotados

Ángeles derrotados“No me refiero al hecho de que todos acabemos muriendo”, escribió Denis Johnson en uno de los once relatos que componen su aclamado Hijo de Jesús, “esa no es la gran lástima. Me refiero a que él ya no podía contarme lo que estaba soñando y yo ya no podía decirle lo que era real”. El escritor, que murió el pasado 24 de mayo a la edad de 67 años, era uno de esos autores a los que todavía les sobraba talento para seguir escribiendo alta literatura. Con su ausencia, en lo que alguna editorial se anima o no a traducir sus poemas y obras de teatros al castellano, la cultura pone un punto y final a los libros que ya nunca escribirá y que nosotros tampoco tendremos la ocasión de leer.

Y es que los sueños, para empezar, eran las historias que poblaban aquella publicación de relatos. A Johnson, al menos, le gustaba recrear los ambientes oníricos, entre alucinógenos e irreales, bañados en alcohol y drogas, de los días y las noches sin final. Sus textos estaban compuestos de finas capas de palabras por las que se deslizaban, con cierto lirismo, sus descarriados personajes. “Gente, hombres, orgullosos de sus clichés y aún así llenos de una poesía desesperada”, escribió en El nombre del mundo después.

Precisamente, esa desesperación hecha verso, esa realidad gris y hermosa a la que el autor y su literatura eran de aquel modo adictos, se encontraba ya en sus primeras páginas. Ángeles derrotados es probablemente su texto más convencional y, sin embargo, es el principio de todo. Una ópera prima, obviando sus libros de poesía, donde ya se encontraban las semillas de parte de su obra posterior. Estaban los personajes de Hijo de Jesús y la desesperación de El nombre del mundo. Estaba la esencia de un Johnson primerizo, casi humano, capaz de escribir como el resto de los mortales, en vez de como el gran escritor, ganador del National Book Award por Árbol de humo, en el que habría de convertirse después. Y estaba el germen, a modo de profecía, de su última novela, Los monstruos que ríen: “Hacia el este –escribe en estos Ángeles derrotados aludiendo al título de aquella–, en la lejanía, vio las montañas que Dwight y ella contemplaran un día y que entonces se les antojaron monstruos. Ahora les bastaba con que parecieran montañas”.

Escrita en 1983 y publicada posteriormente por Anagrama en nuestro idioma con traducción de Benito Gómez Ibáñez, Angels, en su título original, es la historia de Jamie, una madre de dos hijos que huye de los maltratos de su pareja a bordo de un autobús donde conoce a Bill, un exmarine alcohólico, con un perfil de delincuente mediocre muy bien definido.

A pesar de un inicio algo incoloro, donde uno tiene la sensación de haberlo leído antes, el libro poco a poco desciende al infierno personal de sus dos personajes principales, que a ratos, especialmente él, se vuelven incómodos e incluso antipáticos para el lector, para ir tomando profundidad y desembocar en un espléndido final, ciertamente derrotista, una especie de delirio último cargado de sensatez, que recuerda en algo a A sangre fría de Truman Capote.

Johnson, que es capaz de descomponer el color gris y sacarle un millón de ricos matices con los que escribir verdadera literatura, esboza como nadie los tonos neutros y mediocres de la humanidad. Ángeles derrotados no tiene, es cierto, la poesía ni la belleza de algunos de sus otros trabajos, pero sus párrafos, en especial en algunos tramos donde la tensión  y la oscuridad alcanza su máxima expresión, mantienen esa sensibilidad especial que aparecerá después en sus escritos posteriores. Sus personajes vagan entre sus páginas sin buscar una redención, conscientes de que, como escribe, “en el pasado había alcanzado un par de veces ese absoluto grado cero de verdad, y sin miedo ni amargura comprendía ahora que en el fondo había un paso que podía dar para cambiar su vida, para convertirse en otra persona, pero nunca sería capaz de adivinar cuál”. No hay determinismo pero sí inevitabilidad.

Denis Johnson, que descendió él mismo a los infiernos para narrarlos después, escribía sueños, vidas vividas desde la más absoluta inconsciencia, vorágines de pesadillas convertidos en literatura. La gran lástima, parafraseándole, es que ya no nos los pueda contar más.

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Los monstruos que ríen, de Denis Johnson

Los monstruos que ríen

Los monstruos que ríenPremio National Book en 2007 por Árbol de humo, novelas como Hijo de Jesús, especialmente, o El nombre del mundo han consagrado a Denis Johnson como un autor de culto dentro del panorama literario actual. No es de extrañar. El escritor, que apenas concede entrevistas y vive apartado con su familia en Idaho, tiene un lenguaje propio, poético y figurado, fácilmente reconocible. Sus textos están plagados de personajes descarriados y confusos que viven en una especie de nebulosa, de equilibrios imposibles entre el caos y la decadencia, en ese lugar del subsuelo donde resulta igual de sencillo llegar a la esencia absoluta de las cosas que perderse definitivamente en ella.

En su última novela, Los monstruos que ríen, Johnson –que vivió durante un mes en Uganda para encontrar el tono adecuado de su relato– abandona no obstante su particular estilo, despliega una prosa menos lírica, algo más narrativa pero casi igual de hipnótica, y construye una historia de espías, contrabandistas y traiciones, ambientada en el continente africano y protagonizada por Roland Nair, un agente secreto en una misión encubierta, cuyo amigo, Michael Adriko, un mercenario africano, huérfano de la guerra, pronto contraerá matrimonio con una joven estadounidense.

Escrito con esa voz narrativa en primera persona que tan bien se le da a Denis Johnson, a ratos rota y oscura, intencionadamente ambigua, dramática y no exenta de humor, la novela encuentra en África, donde nunca nada es lo que parece, a su cómplice ideal. Cualquier cosa es posible en medio del universo caótico, asfixiante, violento y corrupto que se respira entre sus páginas a través de los paisajes de Uganda, Sierra Leona y el Congo. Un nido de mentiras, sangre y dinero no tan fácil donde el mundo libra a diario sus batallas sin importar las consecuencias y donde, no por casualidad, dos de sus montes, bautizados por el misionero James Hannington, dan título a esta novela.

De “los monstruos que ríen” a las Montañas Felices, tal y como las conocen allí los autóctonos, hay un amplio trecho. El mismo que separa al observado del observador. Y eso a pesar de que la línea se vuelve cada vez más difusa a medida que avanza la trama de sus protagonistas. Ellos, tanto Nair como Adriko, son la verdadera esencia de este thriller, con más acción que suspense, que, si bien no llega al nivel de calidad de sus anteriores obras ni a toda su trascendencia, se reserva algunos momentos de innegable factura.

Allí, como reconoce Roland Nair en algún instante de la novela, uno tiene la sensación de que pasar, en el sentido de pasar, no pasa nada. Y, sin embargo, la acción es continua. También las imágenes. Porque de algún modo esto se trata de observar. Entre medias, entre los recovecos de la historia, está todo ese caos y ese desorden que el agente secreto, como un yonqui de la adrenalina, echa en falta en su vida diaria, mientras alrededor todo sucede como si lo hiciera bajo los efectos, en cierto modo sedantes, de una película.

Ocurre casi fuera de Los monstruos que ríen pero sucede. Quizás porque Denis Johnson un poco como Michael no hace planes, solo “urde historias”. Y es precisamente en esos instantes cuando se dan algunas de las secuencias más impactantes de esta novela que justifican por sí solas toda su existencia. Lo demás es una lectura apacible, capaz de provocarte diferentes sensaciones que terminan justo en el instante en que la última página toca a su fin, algo poco común en este autor, que acostumbra a meterse en tu cabeza.

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El nombre del mundo, de Denis Johnson

El nombre del mundo

El nombre del mundoEscribí en su momento, y lo reitero ahora, que con Denis Johnson siempre tengo la sensación de estar perdiéndome cosas. Entonces acababa de volver de un viaje. Recuerdo que pensé que tendría que regresar. A Hijo de Jesús, así se titulaba el libro, o a las vías del tren que, mientras lo leía, atravesaban aquel paisaje de un verde imposible.

Dos años después, he ido y he vuelto de El nombre del mundo. Y sí. Es cierto. Continúo perdiéndome cosas. Al menos esa es la sensación. Que siempre, cuando se trata de este autor, hay mucho más detrás de cada palabra que la palabra en sí misma. Su lectura más que un placer es una auténtica catarsis. Algo capaz de mover esa parte de ti que ni siquiera sabías que tenías.

En El nombre del mundo –traducido por Rodrigo Fresán y publicado por primera vez en castellano en 2003, cuya reedición coincide ahora con la publicación de otra de sus novelas, Los monstruos que ríen– Johnson cuenta la historia de un profesor universitario, Michael Reed, que intenta reponerse cuatro años después a la muerte de su mujer y de su hija en un trágico accidente.

Quien nos lo narra es precisamente él, en primera persona y bajo su particular visión de las cosas, con una voz contenida pero extremadamente lírica (marca de la casa), cuyo tono es aparentemente neutro, capaz de deslizarse entre la fina ironía, el humor, la tristeza y una forzada indiferencia. La narración, y no es casualidad, se enmarca en el periodo más insustancial de la vida de su protagonista, engullido como está por esa especie de sinsentido vital que le impulsa a continuar con su rutina. Como si el dolor a veces se estancara y dejara de doler, de tanto que lo hace.  Sigue leyendo El nombre del mundo, de Denis Johnson

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Hijo de Jesús

Hijo de Jesús

Hijo de Jesús, de Denis Johnson

Hijo de Jesús

A veces tengo la sensación de que la vida, mi vida, está siempre en otra parte. Como si las cosas estuvieran sucediendo del otro lado de la ventana, o de la tinta, y yo no les prestara suficiente atención. Suelo ser muy despistada. Me ocurrió también cuando comencé a leer Hijo de Jesús. Yo viajaba en un autobús y afuera, en la carretera, todo parecía una película en blanco y negro. Íbamos todo lo rápido que se podía ir, pero no era lo necesario.

Subí a un avión y más tarde a un tren. Fue una especie de fusión entre letras, tiempo y espacio. Como si ninguna de aquellas cosas existiera. O ninguno de nosotros, al menos, tuviera realmente un sitio al que llegar. Ni las palabras de Denis Johnson ni yo. Como si estuviéramos en medio de la nada. Perdidos. Con todos aquellos lugares y personas extrañas, ficticias y reales, alrededor. En realidad, ahora que lo pienso, dudo que siguiéramos siendo nosotros mismos cuando llegamos. El libro había terminado pero de alguna manera continuaba ahí, en aquel rincón de mi cabeza donde ocurren las cosas que todavía no han pasado.

Tardé un tiempo en entenderlo. No era que sus relatos no fueran a ninguna parte. Era yo, incapaz de alcanzar el lugar a dónde me llevaban. Más rápido o más despacio, pero a otra velocidad. Once historias que contaban las vidas o muertes de los que estuvieron allí, adictos y miserables, de aquel otro lado del mundo donde el suelo es una débil capa de hielo, que se rompe y que resbala, y de la que algunos, los menos, son capaces de volver. Relatos sobre seres defectuosos, alcohólicos, drogadictos y fracasados, que se relacionan entre ellos y nos hablan de la suerte, o del contacto, mientras tratan de encajar y encontrar un hueco o un pozo del que salir. Sigue leyendo Hijo de Jesús