
Hoy en día parece que todo está dicho en el género de la ciencia ficción. Los típicos viajes temporales, las naves espaciales, los robots cada vez más minimalistas, los extraterrestres… son algo que parecen de inclusión obligatoria en este campo. Y, sin embargo, desde el Frankenstein de Mary Shelley, por ejemplo, el ser humano sigue inventando y asombrando con una variada gama de tramas y temas en el que esos elementos o no se incluyen o lo hacen de una forma realmente original (1984, Los juegos del hambre, Fahrenheit 451, 20.000 leguas de viaje submarino, El cuento de la criada, Hijos de los hombres, Ready player one, 2001,…)
También es cierto que desde hace ya mucho, la mayoría de obras encuadradas en esta categoría destilan un tono tirando a lo catastrófico, lo apocalíptico o terrorífico, sin necesidad de hablar de matanzas o escenas sangrientas, sino de lo desasosegante que parece que será nuestro futuro más inmediato, ese en el que ya se están sentando las bases, y que viene de la mano de la tecnología, como muy bien viene ejemplificando temporada tras temporada la intachable serie Black Mirror.
Astiberri edita ahora en papel un cómic cuya primigenia versión fue desarrollada durante tres años para una plataforma digital y que ha resultado, felizmente y con todo merecimiento, nominada a los Eisner del año pasado. Albert Monteys, tras dieciocho años de experiencia en El Jueves, de la que llegó a ser director, se vio liberado de su deber con el humor semanal y pudo dedicarse a las historias que le apasionan, cuyo fruto ha sido este cómic. Cinco relatos que, aun siendo autoconclusivos y pudiendo leerse de forma independiente, no dejan de tener alguna conexión entre ellos.
¡Universo! da una vuelta de tuerca a los temas de los viajes temporales la cocción en frío, la vida extraterrestre, la robótica, la tecnología y las corporaciones enormes, y lo hace intercalando casi sin darnos cuenta pinceladas de humor para aligerar de alguna forma lo terrible de lo que en el fondo nos está contando y más terrible aún, que ya vemos como algo normalizado.
Cinco historias que darán que pensar, como la primera. Una gran corporación envía a uno de sus empleados atrás en el tiempo, justo antes del Big Bang para sellar cada partícula de materia que se genere con el logo de la empresa y así ser dueña del mundo. ¿No está pasando esto ya? O como otra en la que lo normal es que las parejas sean biomecánicas (humano y robot) y lo raro es que sean carnales (dos humanos) pero más extraño aún que el sexo entre estos últimos sea “a la antigua”. ¿Y esto? ¿No está sucediendo? ¿No se están vendiendo ya muñecas robóticas sexuales con inteligencia artificial? ¡El futuro es ahora!
En fin, el terror de un probable futuro cotidiano descrito en viñetas con humor, con un grafismo más “realista” que aquel que Monteys solía usar en la revista satírica, con un uso correcto del color y un acertadísimo formato apaisado.
Monteys ha demostrado ser un gran narrador en formato largo, que presta atención a los detalles, que compone tramas sin fisuras y que se ha revelado como un excelente autor de ci fi con algunos argumentos capaz de hacerte estallar la cabeza.
¡Universo! es una colección de relatos que engancha de igual manera que lo hace una buena peli de género. Pero no solo eso. Es un cómic que destila ingenio e imaginación, que desarrolla planteamientos innovadores en temas que parecían ya demasiado sobados y es, sobre todo, un grandísimo entretenimiento que merece relecturas, al igual que hay películas que volvemos a ver por más veces que las hayamos visto y con las que nos encontramos por casualidad al zapear.
Un gran descubrimiento, una joya del noveno arte y de la ci fi y un autor que tiene aún mucho universo que explorar y que contarnos.

Los cómics sobre superhéroes siempre nos han ofrecido historias en las que el protagonista que goza de poderes inimaginables está en el punto álgido de su vida. Su poderío es apabullante, sus músculos increíbles y en su actitud mora la osadía que va intrínsecamente ligada con la juventud. Tras algún que otro contratiempo nuestro héroe o heroína siempre acaba venciendo al villano de turno. En ocasiones casi sin despeinarse.
No puedo negar que soy una completa enamorada de Flavita Banana. Creo que se me nota a la legua. La conozco desde hace bastante tiempo por las redes sociales, pero desde que leí y reseñé 



El año pasado el museo del Prado reunió las mejores obras del pintor Jheronimus Bosch, más conocido como el Bosco, para conmemorar los cinco siglos de su muerte. Entre esas obras se encontraba El jardín de las delicias, un tríptico pintado al óleo que es una portentosa obra de imaginación. No tuve la oportunidad de visitar el museo, pero desde la página web de éste pude escrutar con tranquilidad todos los detalles del cuadro. Todos esos seres deformes, monstruos, animales imposibles, abominaciones de la naturaleza; todos ellos formando parte de un todo tan fantástico que me dejó atrapado durante horas preguntándome qué vivencias habría tras esos personajes. No el significado alegórico, sino las historias que contaban sus estáticas acciones. La liebre que vagabundea por entremedio del alboroto que forma una aglomeración de cuerpos desnudos, ¿anda pérdida o solo está curioseando? El tipo con cabeza de arándano que yace junto a una muchacha, ¿ella le ama a pesar de su extraña deformidad o solo está con él por su dinero? Cosas por ese estilo. Todos esos personajes llegaron a conquistarme hasta tal punto que sentí que formaba parte de ese lugar. La primera vez que puse un pie en Ether sentí exactamente lo mismo. ¿Pero qué es Ether?
Lo malo de los muros es que no te dejan ver más allá del ladrillo. No te dejan ver el mar ni los cuerpos que, si hay suerte, no llegarán a tus costas en verano. Se los tragará el agua, como nos los tragamos nosotros, en algún lugar de nuestras cabezas donde no incomoden en exceso. No. Lo que tienen los muros es que no te hacen más libre, ni más seguro. De hecho, te doblegan ante ciertas palabras. El miedo es una de ellas. Hablamos de él con cierta ligereza, con la frivolidad del rico nuevo que le dice al hambriento lo duro que es pasar hambre. Y se lo decimos a ellos, que huyen del terror. Porque de algún modo hemos construido vallas a nuestro alrededor que nos protegen, nos aíslan y nos encierran en nosotros mismos, ensimismados. Después, un día nos despertamos y somos incapaces también de reconocer la existencia del otro y de su dolor.
Hay veces en las que te cuesta hacer una reseña. No sabes por dónde empezar. Tienes claro que el libro o cómic te ha gustado, pero no te ves capaz de trasladar al papel cuantísimo te ha gustado. Siempre te vas a quedar corto, da igual lo esplendido o imaginativo que te pongas a la hora de buscar adjetivos superlativos porque en tu fuero interno sabes que nunca vas a quedarte satisfecho y te sientes fatal por no poder transmitir a la gente con palabras lo que sientes o has sentido con esa lectura.

Atento a la pantalla; empieza el show. Tras la mayestática musiquilla introductoria aparece el presentador. Apenas se ven los hilos que lo hacen hablar y moverse. Sus gafas de pasta tiemblan cuando su boca se lanza de lleno a una confusa perorata informativa. Los bancos siguen ganando dinero y propiedades mientras cientos de personas son 

Os he de confesar que, a pesar de su buena fama, no había leído nada de Alex Robinson. Sus anteriores obras, Estafados, Inolvidables, pero sobre todo, Malas ventas, venían siempre con un aval de recomendación, especialmente de lectores cercanos de los que mefío, pero por azares de la vida no había recalado en ellas. Y es que uno no puede estar en todo.
Lefty es zurdo. Mentira. Lefty no es zurdo. Tan solo es un pianista que estuvo a punto de convertirse en alguien. No en una superestrella, no en un Glenn Gould; simplemente en alguien capaz de destacar del montón de los nadies. Ahora Lefty es un fracasado que vuelve a la ciudad de la que huyó, la que le dio esperanzas y se las arrebató cuando a punto estaba de conseguirlo. Ahora Lefty necesita dinero para operarse la mano y así, quién sabe, algún día tal vez, poder volver a tocar el piano y recuperar lo que nunca llegó a alcanzar.