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Cuentos para contar en 1 minuto, de Victoria Bermejo y Miguel Gallardo

Cuentos para contar en 1 minuto

Cuentos para contar en 1 minutoVale que vivimos en un mundo que se empeña en ir a toda pastilla, que cada vez tenemos menos tiempo para nosotros, que andamos como locos de aquí para allá y que tenemos más obligaciones y compromisos que un ministro (aunque éstos de obligaciones tampoco es que entiendan mucho). Pero por favor, please, s’il vous plaît, tenemos que encontrar tiempo para nuestros placeres y si hay alguno mejor que la lectura decídmelo (os recuerdo que estamos en horario infantil).

Así que si sois de los que tenéis poco tiempo pero no queréis renunciar a ese ratito de placer, Cuentos para contar en 1 minuto es vuestro libro. Sí, porque además del placer de leer, hay otro placer mayor que es el poder contarle un cuento a un niño. Es una terapia maravillosa.

Ya no tenéis ninguna excusa, porque estoy segura de que un minutito al día seguro que podéis sacar para dedicarle a vuestros hijos, sobrinos o primos, ¿verdad?

Las razones por las que éste es el libro del momento que aparecen en la contraportada del libro ya me parecen de peso. La primera es que ha llegado la hora de recuperar el placer de contar historias. Ya os lo decía yo. La segunda es que este libro contiene cápsulas de literatura que reflejan el mundo actual con astucia, humor y entereza. Y es verdad, amigos. Se trata de cuentos actuales, con niños de hoy e historias que nos podrían suceder a nosotros. Además, son divertidos y muy fáciles de leer. El tercer motivo es que como sabéis, son minicuentos, algo que viene genial para la gente a la que precisamente no le sobra demasiado el tiempo. La cuarta razón es que estos cuentos tienen un “humor regocijante”. Sí que lo tienen. Confieso que las historias son divertidas y te hacen reír y pensar. El quinto motivo es que está escrito por Victoria Bermejo, artista versátil donde las haya y por Miguel Gallardo, dibujante, guionista e ilustrador. El último motivo es que este libro es perfecto para padres y madres estresadas, niños gamberros, eternos adolescentes, ejecutivos necesitados de asueto, pescadores de historias y un largo etc.

Servidora está totalmente de acuerdo con todos estas razones que hacen que Cuentos para contar en 1  minuto sea el libro perfecto. Solo añadiría algo más. Probad en vez de leerles un cuento a leerles, por ejemplo, tres. ¿Qué son tres minutos? Para nosotros casi nada y los niños seguro que lo agradecerán. Porque si hay algo más divertido que un cuento en minuto, es que te lean tres o cuatro, o cinco, o seis. ¿No os parece?

El tiempo dedicado a leer con los más pequeños es un tiempo valioso que tendrá sus frutos en el futuro. Palabrita.

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Fuga en la Modelo, de Miguel Gallardo y Juanito Mediavilla

Fuga en la Modelo

Fuga en la ModeloLos que ya tenemos una edad recordamos muy bien, y con inveterada nostalgia, la época dorada de los quinquis. Comprendía ésta los últimos años de la década de los 70, en la que tantas cosas cambiaron, y principios de los 80, cuando por primera vez nos pusimos a hacer cola para comprar el pasaje a la modernidad. Eran los años de la sirla y el caballo, cuando los relojes se llamaban peluco, la basca apoquinaba para pillar cien duros de costo, el primo de nuestro colega era un lejía que se bajaba al moro cada mes para subir cargado de mandanga, y nuestra vida cultural se reflejaba en fanzines.

Hoy parece increíble, pero hubo una época en que nombres como el Vaquilla o el Torete (¿qué tendrán los bóvidos?) eran tan populares como los de los futbolistas, quienes, por su parte, no eran los finos estilistas de hoy en día, sino muleros que gastaban recio bigote. Gracias a aquellos quinquis legendarios, que en el fondo no eran más que unos pobres mangutas de medio pelo, tuvimos el privilegio de vivir en directo, con la emoción de una final de la champions, atracos, secuestros y motines, entre otras infames gestas de aquellos mataos que, por buscarle un tanto de heroicidad al asunto, digamos que se rebelaban contra un destino que los hacinaba en megabloques del extrarradio.

Servidor, naturalmente, siempre fue muy modosito. Nunca aprendí a liar un mai, prefería la horchata a la birra, no me llevaba el loro a la playa, y mi Simca 1200 jamás rebasó el límite de velocidad. Pero en aquella sucia, decadente y añorada Barcelona, en la que había más chorizos que hoy turistas, y más diversión en  el Drugstore o en Zeleste que hoy en todo el barrio de Gracia y el Borne juntos, era imposible, incluso para un tierno y apocado mozalbete, escapar por completo de la perniciosa influencia de los quinquis del barrio. Y parte de esa influencia tan nociva venía, naturalmente, de Makoki y de cómics como Fuga en la Modelo, que marcó un verdadero hito en las lecturas porreras y que, al igual que haría pocos años más tarde el inolvidable Ivà, recogió, reivindicó y hasta dignificó el lenguaje callejero, una jerga ingeniosa y vulgar que toda una generación (excepto los putos pijos) adoptaron con entusiasmo.

Makoki siempre me dio algo de yuyu (fijaos si era tierno, yo). Esa jeta de mala hostia, esas dos kas tan amenazantes, esos cables que le salen de la cabeza, esos colegas tan colgaos que siempre lo acompañaban, esas calles entonces solitarias, mugrientas y algo sórdidas (¡ay, Barcelona quinqui, cuánto te añoro! Si hubieras visto en qué te ibas a convertir, habrías acabado tú también en el frenopático) que conducían a la mítica Librería Makoki, en la plaza del Pi, y claro está, esas viñetas caóticas, atiborradas de detalles, ese trazo descarado, heredero castizo de Robert Crumb, ese humor bestia tan cercano al de la serie británica The Young Ones, y sobre todo, esas historias de camellos, yonquis, picoletos y maderos me hacían sentir vivo, joven, rebelde y muy, pero que muy decadente.

Fuga en la Modelo es un clásico del cómic underground hispano, que durante un tiempo fue, junto con la música (eran los años de Kortatu y La Polla Records, entre otros), la única vía de escape para la rabia y las ganas de juerga de una generación que andaba perdida entre la nueva libertad y el statu quo de siempre. No debe buscar en sus páginas el lector sutilezas argumentales ni profundos retratos psicológicos. Lo que se va a encontrar es una historia demencial, salvaje, delirante, violenta, guarra y muy divertida. Una obra que refleja, como pocas, un pedazo de nuestra historia que alguien se dio demasiada prisa en esconder bajo la alfombra.

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