
Ahora, después de unos cuantos años, puedo decir que tuve una infancia feliz. Ahora, que sé poner en una balanza todas las cosas buenas y las malas, dándole la importancia que corresponde a cada una de ellas. Habiendo aprendido a olvidar muchas cosas que me hicieron daño, sí, ahora puedo decir que tuve una infancia feliz.
Pero si me llegas a preguntar hace unos años, cuando yo tenía unos catorce o quince, te hubiera dicho que lo único que quería en ese momento era desaparecer.
Mis malos recuerdos empiezan a los seis años, cuando tuve que cambiarme de colegio. Mi madre y yo nos mudamos a una casa en la que ni siquiera había calefacción. Acababa de separarse de mi padre y estábamos con una mano delante y otra detrás. Pero a mí no me importaba. Tampoco me importó tener que cambiar de amigos, de rutina, de barrio, de ambiente. Yo lo acepté. Pero las cosas empezaron a torcerse cuando el tiempo fue pasando y las cualidades que a mí me hacían única se convirtieron en un puñal con el que alguno de mis compañeros me atacaba a diario. Llegaron los complejos, el estás gorda, el tienes granos, el tu madre está separada, el tu familia es un fracaso, el vas a estar sola para siempre. Incluso hubo una época en la que me apodaron “la jirafa” por tener el cuello demasiado alto. Complejos, complejos, complejos. Que solo hacían que, al llegar a casa, rompiera a llorar tarde sí y tarde también.
Con el tiempo me fui haciendo fuerte. No quise renunciar a mi personalidad para darle la satisfacción a aquellos que me querían ver hundida en el barro. Me quedé sola (por suerte solo fue durante un tiempo). La mayoría de mis compañeros también lo sufrió, pero al final muchos de ellos acabaron sucumbiendo al poder del matón para no acabar más lastimados. No puedo culparlos, no se me ocurriría. Pero entonces sí que lo hacía. Menos mal que el tiempo pasó y llegaron los últimos años de instituto, donde por fin encontré a quien necesitaba a mi lado y a la que nunca me abandonó. Ella ha sido mi mejor amiga desde que teníamos tres años, cuando la conocí en el primer colegio al que fui. Nos tuvimos que separar cuando me mudé, pero el destino quiso que acabáramos en la misma clase cuando ya íbamos a terminar la ESO. Me dio la vida. Y hoy, años después, me la sigue dando cuando a diario hablo con ella.
No sé si este es el lugar o el momento para contar esto. No sé siquiera si debería estar contando estas cosas en un blog de literatura. Pero los chicos que han escrito el libro del que vengo a hablar, Y entonces ganas tú, es lo que hicieron. Tampoco era el momento ni el lugar, porque parece ser que las víctimas están mejor calladitas y sin molestar, pero eso les importó muy poco. Porque abrieron su corazón y plasmaron sus recuerdos en un trozo de papel que después se convirtió en un libro que todo el mundo debería leer.
No es fácil reconocer este tipo de cosas. No es fácil gritar a los cuatro vientos que tú fuiste una víctima. Pero hay que hacerlo. Y me alegra que unos chicos tan conocidos hoy en día por la gente joven —como son Andrea Compton, Javier Ruescas, María Herrejón, Jedet Sánchez y Manu Carbajo— lo hayan hecho. Para quien no los conozca, Youtube es ya como su hábitat natural. Algunos empezaron antes, otros después, pero ahí siguen, haciendo videos y viviendo en las redes sociales, donde miles de personas siguen sus movimientos a diario. Son influencers. Si se lo proponen, crean tendencia. Y me alegra que hayan escrito este libro, porque con estos relatos, no crean tendencia, crean esperanza que puede arreglar vidas enteras.
El libro está compuesto por cinco relatos. Alguno con un cariz más fantástico que otro, pero al final todos están contando las vivencias personales. En particular, me ha gustado muchísimo el relato de Javier Ruescas, que está escrito en su totalidad usando el formato de mensajería instantánea. A través de esos mensajes, vamos descubriendo el acoso que sufre el protagonista. A mí se me encogió el alma. Lo mismo me pasó con el relato de Jedet Sánchez, un chico que por vestirse como una chica tuvo que sufrir lo que nadie debería sufrir. Pero quizás, con el que más me haya identificado, sea con el de Andrea Compton. Es una chica a la que sigo desde hace mucho en las redes sociales, tanto que ya es casi como si la conociera. Así que leer este relato sobre ella me impactó más de lo que esperaba, porque me sentí como si una vieja amiga me estuviera abriendo su corazón.
Ojalá este libro llegara a todas las aulas para que lo pudieran leer los acosadores y también los acosados. Los primeros, para que se dieran cuenta del daño que se puede hacer con un simple comentario. Y los segundos, para que sepan que no van a estar solos nunca más. Que no deben tener miedo y que deben ser valientes.
Un grandísimo porcentaje de niños y adolescente sufre hoy el día acoso escolar. Cuando yo iba al colegio, éramos muchos los que sufríamos día a día esta lacra. Una, porque era pelirroja. Otro, porque era gordo. Otra, porque tenía los dientes grandes. Otro, porque era muy bajito. Otra porque tenía mucho pecho. Otra, porque no lo tenía. NO SOMOS PERFECTOS. Nadie, absolutamente nadie, lo es. No podemos pretender no tener defectos. Los tenemos, y no es ningún problema. No podemos dejar que nadie nos haga creer que lo es, porque no es así.
Y luego ganas tú refleja perfectamente todo esto. Refleja el espíritu de cinco chicos asustados, que se quedaron solos por defender sus ideales. Por ser gay, por ser gorda, por ser bajito, por ser diferente. Da igual. El matón encontró el teórico punto débil de cada uno e intentó hundirle. Me gustaría ver ahora mismo la cara de esas personas que lo intentaron, pero que en realidad no lo consiguieron. Porque de haber sido así, ahora mismo, yo, no estaría aquí escribiendo sobre este libro. Porque no pudieron con ellos. Ellos ganaron.

Teníais que haberle hecho caso cuando Él os avisó. Él. Siempre desconfiado y con planes B, C, D… Siempre previsor y dos o tres pasos por delante de todos… El mejor detective, el mejor estratega… Él os previno sobre el cabrón alienígena. Y es que, aunque nunca he sido muy amigo de Superman, se puede decir que lo medio tragaba. Hasta ahora. Porque lo que está haciendo en esta saga… ¡Tío, vale que el Joker ha hecho que te cargues a Lois y con ella al hijo que esperabais! Pues cárgate al puto Joker como buena venganza, como haría y sigue haciendo Liam Neeson a pesar de su edad, y, si quieres te pasas por España y haces algo con Rajoy y cía., y ya. Pero de ahí a convertirte en un dictador y a querer que todos se comporten como debieran según tu criterio… ¡pues no! Te vas a tu Ktypton natal y haces ahí lo que quieras, si es que te dejan. Ay, no; que no existe Krypton. Vaya, pues te buscas un planeta que invadir, pero aquí deja que nos matemos nosotros como queramos, que no venga nadie de fuera a decirnos que no lo hagamos y ya si eso luego hacemos juicios justos, como dice el defensor de Gotham.
“–No disparen… Solo soy una puta…”


Recuerdo que uno de mis pensamientos más frecuentes cuando estudiaba Historia en el instituto era que el tiempo en el que me había tocado vivir era posiblemente el más aburrido hasta la fecha. Todos los siglos tenían sus momentos transcendentales, pero de lo relativo a las últimas décadas del XX y a la primera del XXI apenas hubiese podido rellenar un par de hojas de estudio, y eso estirando mucho los textos. Sin embargo, no hay duda de que en los últimos años se han ido produciendo una serie de cambios de magnitudes enormes, a los que quizás no les hemos dado la importancia suficiente porque nos han pillado viviéndolos, pero que puestos sobre el papel uno puede hacerse a la idea de su gravedad. Así, la llegada de un ser como Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, la salida de Reino Unido de la Unión Europea, el resurgimiento con fuerza de los populismos o la constante amenaza del terrorismo internacional, hechos que muy pocos podían prever hace apenas un par de años, muestran que nos encontramos en un momento crucial de la historia y no precisamente por ser bueno. En este complejo contexto, libros como El gran retroceso ayudan a entender cómo hemos llegado aquí y las posibles vías para que esta tendencia perniciosa cambie lo antes posible.
Hará cuestión de un mes que se estrenó el tráiler de The Defenders. La nueva serie de Marvel reunirá a Daredevil, 
Vinilos no es exactamente un libro, del mismo modo que un tomate no es exactamente una fruta o que Donald Trump no es exactamente un presidente. Es cierto que tiene forma de libro, que está publicado en papel e incluso que tiene algunas palabras (no muchas) escritas sobre sus páginas. Pero su objeto último no es el de narrarnos una historia, sino el de ofrecernos una gran recopilación de portadas de discos, para que seamos nosotros los que tengamos que ponerles la letra y la música.
Mi primer viaje fuera de España fue a París. Tenía once años y estaba tan preocupada por el miedo que me daba el avión que no fui capaz ni de pensar que iba a cumplir el sueño de todo niño: visitar Disneyland. Aunque, para ser sincera, a mí lo que realmente me apetecía era ver la Mona Lisa. Así de rara era yo ya con once años.

Grant Morrison. ¿Quién es Grant Morrison? Un guionista de cómics que no deberías perderte. Esa sería la respuesta corta. Si tuviera que extenderme y dar un dictamen más justo y completo añadiría que en la solapa de uno de sus cómics reza así hacia el final de su biografía: portavoz de la contracultura, músico, dramaturgo premiado y mago caótico. Frase escueta que solo es una muestra de lo prolífico, polifacético y algo excéntrico que es este guionista natural de Glasgow. Cuando en mi cabeza, a la vertiginosa velocidad de la luz, se entrelazan el adjetivo excéntrico y la maravillosa ocupación de guionista de cómics, por asociación de ideas, también emergen los nombres 
0. El 
Hay veces que uno se entera de las cosas que han ocurrido en el mundo de la forma más imprevisible. Sin ir más lejos, hasta que escuché el temazo de U2 Sunday, Bloody Sunday (y la busqué traducida, ya que mi inglés, por aquel entonces, no daba ni para optar a Presidente del Gobierno), no fui consciente de que durante casi treinta años se había vivido un conflicto de gran magnitud en Irlanda del Norte, al que la represión sólo sirvió para alimentar y del que se pudo salir gracias a las cesiones de los bandos enfrentados y de la convicción de que la violencia no había sido más que un obstáculo para el entendimiento.