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Mottainai. Diario de un hombre roto, de Javier Olasagarre

Mottainai.

Mottainai.Dicen Los Chikos del Maíz en una de sus canciones más conocidas que “la rutina es un suicidio diario”. Y no les falta razón. Porque, a priori, aceptar que un tercio de tu vida lo vas a pasar durmiendo y otro repitiendo las mismas tareas una y otra vez para, con suerte, sobrevivir y, con mucha más suerte, poder disfrutar de una porción del tercio restante es, cuanto menos, angustioso.  Hay quien logra encontrar la belleza en el trabajo repetitivo y falto de excitaciones, más allá de si has guardado el documento antes de ese apagón tan inoportuno. Pero todos hemos visto también la otra cara de la moneda: la de aquellos que acaban absorbidos y deshumanizados por su oficio. Este resultado funesto no creo que vaya necesariamente ligado a la personalidad; muchos de ellos tal vez fueron, como el protagonista de Mottanai. Diario de un hombre roto, personas con inquietudes y vocaciones palpables, pero acabaron derrotados por un escenario laboral en el que ni siquiera el fin de la jornada constituye algo apetecible. En el que hace tiempo que dejaste de ser una persona para convertirte en un mero recurso.

En este pequeño libro nos encontramos ante la crónica de un hombre destrozado, alguien que, pese a su juventud, no encuentra ya sentido alguno a su existencia. No hay planes, ni objetivos, ni motivaciones más allá de levantarse al día siguiente a la misma hora, para afrontar ese jueves que tan poco se diferencia con el resto de días de la semana. De hecho, todo el relato está narrado a modo de monólogo interior y se desarrolla en un solo día. Porque poco o nada iba a cambiar la trama con el paso de una hoja más del calendario.

Javier Olasagarre, su autor, transmite con gran realismo el aislamiento que se impone el protagonista. La técnica de colocarse los auriculares para no ser molestado en el trabajo o el simular estar hablando por el móvil para no tener que enfrentarte al contacto con conocidos son actitudes de las que muchos hemos sido testigos y autores, pero que se llenan de significado bajo la piel de un tipo que se ha cansado de ponerle buena cara a la vida y que prefiere permanecer dentro de sí mismo el máximo tiempo posible.

Bajo la percepción del protagonista, del que nunca conocemos el nombre, todo es accesorio; en nada se diferencia el becario de su ordenador de sobremesa, ni su teléfono móvil de su escasa cuadrilla de amigos. Todos son meros instrumentos con los que hay que lidiar para poder volver a ese bendito encierro de cuatro paredes en el que no tiene que demostrar nada a nadie. Hace tiempo que dejó darle vueltas a lo que podría haber sido su vida de haber tomado otro camino, porque él es lo primero que parece irrecuperable.

Mottanai es un concepto japonés que se refiere al despilfarro o la mala utilización de un recurso. También es el título de un libro potente y amargo, un prometedor debut tan cargado de pesimismo que por momentos se hace trabajoso de leer, pero que no deja de ser un realista reflejo de la jaula de cuarenta horas en la que muchos viven encerrados semana tras semana.

 

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