
“Al amor. En sus muchas manifestaciones y formas.”
Así comienza esta historia, con esta sincera dedicatoria de los creadores. Y es que este es el principal tema de esta brillante novela, que se manifiesta de formas diversas desde sus primeros capítulos. Porque todos aquellos que conocemos, en especial, la obra de Guillermo del Toro, sabemos que este es uno de los temas que más aborda en sus películas y creaciones. Aunque, de forma más especial que este, sabemos que en sus historias siempre destaca lo diferente al ser humano. Los monstruos que quizás no sean como siempre nos hemos imaginado…
Y así es La forma del agua. Una obra que se aleja demasiado de lo convencional, en todos los sentidos, y se centra en personajes olvidados, marginados por la sociedad, para darles un hueco en el mundo. Tanto Elisa, la protagonista, una joven muda sin apenas amigos, limpiadora y con una vida aparentemente normal, como el resto de los personajes que se van incorporando a lo largo de la trama.
Aunque no me sorprendió, porque me encanta este matiz de Del Toro, que seguramente haya matizado junto a Daniel Kraus, todos aquellos que aparecen en esta novela se sienten fuera de la sociedad y esta novela se ha convertido en todo un homenaje a ellos. Como héroes, pero también como villanos, ya que deben tomar decisiones que afectarán también a personas inocentes. Y me ha gustado mucho que muestre ambas caras, que todos los seres humanos tenemos, pero que no siempre se muestran como deberían. Y esa forma de conectar todos estos aspectos tan humanos con “el monstruo”, ese otro personaje, esa especie de anfibio, que aparece en medio de la novela para trastocar las vidas apacibles de todos ellos. Y cómo se desarrolla una bonita y real historia de amor y amistad que transpasa todas las leyes de lo que es real y lo que no lo es.
Y esto, aunque quizás sea lo más especial de La forma del agua, no es lo único. Me ha encantado la forma de narrar de estos dos brillantes creadores, descriptiva y repleta de detalles, y también de reflejar los aspectos más importantes de la sociedad estadounidense de los años 50 y 60, en los que se ambienta esta original novela. Además, su particular retrato del legendario sueño americano, que cómo no, también aparece aquí, es increíble. Porque nada es imposible para aquellos que creen en ello… Nada.
Esta historia, que ha tenido la increíble suerte de haber logrado un Oscar en la gala de este año, me ha sorprendido por su capacidad de adaptar una necesidad humana universal, que es la necesidad de amar y ser amados, y enfocarla en una relación de amor desinteresada y tremendamente real entre una mujer y un ser ficticio. Ha sido un placer leer esta novela y disfrutarla de principio a fin junto a sus personajes, ni héroes ni villanos, lo mejor es que son una mezcla de ambas cosas. Me ha parecido increíblemente interesante y me ha dejado con la sensación de una lección aprendida: no juzgar a nada ni a nadie por lo que parece, sino dejarse llevar por los sentimientos y las emociones que despiertan los hechos. Pero no solo los hechos empíricos, sino también todo aquello que no podemos ver, pero que sí podemos sentir.
Esta es de esas historias valientes, reales a pesar de ser fantásticas, y originales, pese a tratar un tema que casi todos los libros tratan. La cuestión es la sensibilidad en cómo lo tratan los creadores y todo lo que son capaces de transmitir, tanto en esta novela a través de las palabras, como en la película, a través de la música y las imágenes en movimiento. La forma del agua es ternura e inocencia y tiene las dosis perfectas de realidad y fantasía para atrapar a cualquiera.

Las movilizaciones del 8 de marzo, en defensa de la equiparación de derechos entre mujeres y hombres, fueron todo un éxito en toda España («Desde el ‘No a la guerra’ y la de Miguel Ángel Blanco no había visto nada así», oí decir en más de una ocasión). Sin hacer un análisis profundo, no cabe duda de que una de las principales razones de ese apoyo masivo que demostró la sociedad española es que las peticiones que se hicieron en las calles y plazas de nuestro país eran (y son) tan razonables como justas: eliminar la brecha salarial, combatir con mayor eficacia la violencia machista, fomentar desde las escuelas el conocimiento de los logros de las mujeres a lo largo de la historia… De entre ellas, hubo una que, escuchada a modo de lema, me revolvió por dentro: «Las calles de noche también son nuestras». Qué tristeza, pensé, tener que pedir a gritos algo tan básico.
Estamos ante un 
Aún no lo he vivido en mis propias carnes, pero es por todos conocido que la aventura por la que tiene que pasar un escritor novel —e incluso no tan novel— para publicar sus obras hoy en día es enormemente compleja y, en muchos casos, desoladora. Es cierto que actualmente el recurso de la autoedición está al alcance de todos; hay varios ejemplos de personas que han conseguido llegar a un público numeroso a través de este método, pero si obviamos estos casos puntuales, de nuevo la realidad nos muestra como, casi diariamente, libros en los que sus autores han puesto horas y horas de esfuerzo y de cariño quedan huérfanos de lectores. Esto que se debe, seguramente, más a la dificultad para hacerse ver en el hiperpoblado mundo literario que a la calidad de los textos.
Hay dos tipos de personas: las que siguen al rebaño y las que crean sus propias normas. Kay lo ha tenido siempre muy claro y sabe que ella pertenece al grupo número dos. Aunque eso, en Nueva York, ciudad de los estereotipos y de los rebaños por excelencia, donde la gente se muere por ser como la persona que tiene al lado, intentar crear tus propias normas es bastante traumático y agotador. Kay es publicista. Bueno, casi. Es una copygirl, una especie de becaria que tiene que hacer malabares con su tiempo para poder cumplir con todo lo que su jefe le pide. Para colmo, está enamorada de su compañero de trabajo. Aunque sabe de sobra que este parece sentirse más atraído por las infinitas piernas de otra publicista. Una publicista de verdad. No como ella. Ella se tiene que quedar por las noches intentando crear un logo adecuado para una comida de gatos. Mientras que la de las piernas infinitas recorre todos los bares de Manhattan recopilando contactos para la empresa.







