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Berlín, 1936, de Oliver Hilmes

Berlín, 1936

Berlín, 1936El Berlín de 1936 está lleno de cafés, de teatros, y se transforma al atardecer en una ciudad con glamour, llena de vida y de color. La ciudad que alberga los Juegos Olímpicos hace gala de una apertura y de una modernidad que la convierten en la capital del mundo durante aquellas semanas, o al menos esa es la imagen que reciben los que la visitan de paso y quienes están atentos a los Juegos desde el exterior.
Leyendo Berlín, 1936, de Oliver Hilmes, una de las cosas que se comprenden a primera vista es cómo los Juegos Olímpicos berlineses no fueron los primeros de la era moderna, pero sí marcarían la entrada en época contemporánea de la competición, a pesar de su posterior interrupción por la Segunda Guerra Mundial. Sobre todo en cuanto a repercusión y a imagen. El poderoso aparato promocional del Tercer Reich se preocupó de que así fuera, dando una difusión al evento hasta entonces desconocida. Los mejores medios técnicos, los últimos avances en equipos de filmación y de retransmisión, todo con la intención de contar cada detalle, incluso aquello que no cuadraba especialmente con la política del nazismo, como los cuatro oros de Jesse Owens.
Diplomáticos y atletas se cruzan con artistas y con los más renombrados personajes del régimen en las páginas de Oliver Hilmes. Berlín, 1936 reconstruye la historia de aquellos Juegos pero sobre todo el sinfín de historias alrededor, la mayoría de las cuales tenían solamente una relación tangencial con las olimpiadas. Los celos de Joseph Goebbels, ministro de propaganda, hacia Leni Riefenstahl, la cineasta encargada de la magna película oficial del evento que contaba con carta blanca incluso por encima del propio Goebbels; el desprecio de Hitler hacia los miembros del COI, a quienes llamaba directores de “un circo de pulgas”; y una en la que se detiene especialmente el autor, la de Thomas Wolfe, el novelista, que pasa aquellos días en la ciudad invitado por Rowohlt, su editor, y al que leemos reflexionar (a través de citas literales de sus diarios) sobre las diferencias que encuentra entre la aparentemente próspera nación germana y sus decadentes Estados Unidos. En el recorrido de Wolfe encontramos un resumen bastante acertado de este texto, la fascinación inicial del escritor ante la grandeza del nazismo y de los Juegos termina en desencanto final, al darse de bruces con la realidad escondida detrás de aquel decorado olímpico.
Porque frente al oropel de las medallas y de la vida nocturna, Hilmes va intercalando los informes policiales sobre los judíos represaliados y los exiliados, las notas internas de los servicios secretos destinadas al control de la población durante los Juegos, los numerosos suicidios (casi nunca consignados como tales de manera oficial) y, como punto culminante de toda aquella contradicción, los trabajos para la construcción del campo de concentración de Sachsenhausen.
Dieciséis capítulos, uno por cada día de los Juegos, conforman este libro, abrumador por momentos, con una cantidad infinita de fuentes, siempre de primera mano. Se diría que Oliver Hilmes anota en él hasta el más mínimo vuelo de una mosca sobre el Berlín de aquellos días. El pronóstico del tiempo de cada jornada, cada detención policial, las identificaciones, hasta la más insignificante multa. Quizá ello mismo pueda llevar a un poco de cansancio al lector y provocar hastío en algunas páginas. Más allá de eso, y sin caer en la simpleza de decir que “se lee como una novela”, Berlín, 1936 es un relato fiel, equilibrado y tremendamente bien documentado de los Juegos Olímpicos del nazismo, una guía con bastantes claves para comprender tanto lo que vendría después como, sobre todo, su contraste con lo que se dejaba atrás en aquel momento.

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La casa del lago, de Thomas Harding

LA CASA DEL LAGONo es normal que yo empiece una reseña hablando del autor, pero en este caso, y teniendo en cuanta que este libro del que les estoy hablando es un ensayo, creo que es lo más justo.

Thomas Harding es un escritor británico nacido en 1968, estudió antropología y ciencias políticas, trabajó en televisión y parece que el mundo del periodismo le atrapó, supongo que por esa curiosidad que hay en él y que es trasversal en todo lo que le rodea. No es de extrañar que sus inquietudes le llevasen a la literatura periodística de investigación.

También les digo ya, adelantándome a lo que luego les pueda contar, o no, que el libro es muy ameno, no sea que lo dicho hasta aquí les pudiera hacer pensar en otra cosa, que es lo que se suele pensar cuando se empieza a hablar de un ensayo, que muchos son duros de leer pero eso es solo por la falta de habilidad del autor, y solo esos, casi de forma exclusiva, pudieran resultar no atrayentes para el lector de ficción. Ya les repito que no es el caso y que está divinamente narrado.

Dicho lo anterior les puedo contar, porque así lo cuenta él en el libro, que es descendiente de judíos alemanes que como ya imaginarán, porque él está en este mundo, sobrevivieron al Holocausto. Mejor dicho, lo vieron venir y tuvieron la posibilidad, no solo económica, que también, sino sociopolítica de poder dejar Alemania y marchar a vivir casi toda la familia a Inglaterra.

Antes de hablarles de La casa del lago, tengo que adelantarles, y otra vez por si no lo hago más tarde, que no deberían dejar de leer, después o antes de éste, otro de sus libros titulado Hanss y Roudolf. El Judío Alemán y la caza del Kommandant de Auschwitz, que esta misma editorial publicó al inicio de 2014. Un libro que fue galardonado, en Estados Unidos sobre todo, con un gran número de premios. Todos, desde mi punto de vista de humilde lectora, muy merecidos.

La casa del lago, es su historia familiar, la historia de su propia saga familiar, la de la casa de su familia, una casa de recreo o fin de semana y vacaciones en la que llegó a vivir su abuela, de hecho el autor viajó con ella en 1993 hasta la propia casa que un día debió abandonar. Pero la historia de la casa de los Alexander junto al lago, como todos ustedes podrán comprobar, se convierte ante nuestros ojos, casi sin darnos cuenta, en la historia de Europa de una gran parte del Siglo XX.

Los terrenos junto al lago eran de un noble, los Alexander, una familia judía adinerada adquieren una parcela en la que construyen su casa con un camino que lleva hasta el lago, cuando debieron salir de Alemania, se instaló en ella un famoso compositor, que si bien en un principio parece algo escrupuloso con los nazis, termina como todos, mirando hacia donde más le conviene… Y así se sucederán una familia tras otra, hasta que nuestro autor la encuentra años después en un estado deplorable y se interesa por toda la historia que ahora nos cuenta.

Bien documentada, y salpicada de fotografías en las que podemos ver, no solo la casa sino a muchos de sus habitantes, la historia se nos hace cercana y real. No está novelada pero es tan cuidadosa su forma de narrar que casi lo parece.

La casa existe ahora restaurada gracias a la insistencia de esta familia… Como Alemania, también restaurada, ya sin muro, un muro que por cierto pasó muy cerca de la casa. Alemania quiere y debe recordar… Como todos, todos debemos mirar, ver lo que se nos viene, reconocer que los muros no solucionan los problemas del mundo, ni los de un país, ni los de una casa. Lo importante es la gente, las personas, la vida.

Y recordar la historia una y otra vez es imprescindible, dejar legados que nos recuerden que el ser humano debe controlar su espíritu egoísta, y los miedos que “los otros” nos pueden producir… LEER y LEER y VIAJAR y VIAJAR, y todo con los ojos y el corazón bien abiertos.

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Loco, de Rainald Goetz

Loco

LocoLa locura es un tema muy complicado de acotar, ya que incluye un número casi infinito de posibles manifestaciones. Todos tenemos nuestro grado de locura, de irracionalidad a la hora de actuar y de gestionar nuestras emociones. ¿A partir de qué punto hay que considerar que alguien está loco? ¿Cuál es el baremo para decidir que una persona no está preparada para convivir en sociedad y que, a pesar de que sólo una parte de sus facultades cognitivas están dañadas, debe ser fuertemente medicado y recluido en un centro psiquiátrico?

Loco, novela que fue publicada por primera vez en 1983 y que supuso el debut novelístico de Rainald Goetz, no busca contestar a estas preguntas, sino que se dedica a ahondar aún más en ellas. El escritor alemán es, ante todo, un provocador: sabe cómo incitar a la reflexión a los lectores a través de frases crudas y directas, de personajes y planteamientos que relativizan y caricaturizan todo, dejando un poso de dudas que, especialmente, incide en cuestionar la legitimidad de los profesionales de la medicina para determinar qué personas deben ser tratadas y con qué métodos.

El protagonista del texto, Raspe, es un médico recién salido de la facultad que al comenzar a trabajar en un hospital psiquiátrico descubre lo alejados que se encuentran sus planteamientos de la realidad que se aplica a los pacientes de ese centro. Pero, más interesante aún que la propia historia del psiquiatra me ha resultado la sucesión de monólogos de pacientes y profesionales de la medicina que se suceden antes y después de que dé comienzo el relato principal. Es en ellos donde el autor emplea mayor originalidad y esmero para presentarnos las reflexiones y obsesiones de quienes tienen que convivir con la locura todos los días de su vida. Muchos de estos textos duran apenas unos párrafos, pero la manera en la que Goetz te introduce en sus mentes hace que algunos sean realmente angustiosos y duros de digerir. Por poner un ejemplo, casi todo el mundo ha conocido a personas a las que, por su edad, es necesario repetirles varias veces las cosas y que, aun así, se les acaban olvidando a los pocos minutos. Esta misma situación tocada por la pluma del escritor alemán tiene como resultado una lectura realmente tortuosa.

Otro interesante debate que abre este libro es la gran diferencia que existe entre la forma en la que los académicos estudian e interpretan la locura y cómo ésta se manifiesta realmente. Esta dicotomía no es exclusiva de este ámbito, ni siquiera del mundo de la medicina; por regla general, la academia, los investigadores, suelen estar bastante alejados de la sociedad a la que estudian, lo que provoca unos desajustes gigantescos entre lo que se presupone que debe ocurrir y lo que verdaderamente ocurre. Los conflictos entre las diferentes corrientes dentro de la psicología en torno a cómo se debe atender a los pacientes —la temible terapia por electrochoque siempre está en el aire— también aparecen con frecuencia y dotan al texto de una mayor riqueza y complejidad.

Extraña, provocadora, inquietante…son solo algunos de los adjetivos que se me vienen a la cabeza para valorar Loco, una novela que en ocasiones resulta críptica y caótica pero que, en mi opinión, consigue acercar un mundo tan hermético como el de la psiquiatría sin imponer una visión concreta, sino que opta por animar a los lectores a reflexionar sobre nuestra propia concepción de aquellos que, como apunta una de las múltiples voces que se suceden en este relato, tienen el alma enferma.

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El paseo, de Robert Walser

El paseo

El paseo¿No es la misma vida un paseo? Caminas a lo largo de varios años, ves cosas que siempre te llegan a través de tu percepción sin saber si esta te engaña o no, conoces gente que se acaba yendo, y siempre vas contigo, hasta el último momento. Quizás por eso llaman tanto a las personas los paseos, porque es el momento en que más cerca estás de vivir tu vida en plenitud. O quizás no y es solo lo que yo pienso. Pero por lo menos hoy me acompaña alguien, otro amante del paseo: Robert Walser.

Nada más empezar el prólogo de El paseo (Siruela), obra de Menchu Gutiérrez, y saber de la pasión e incluso de la necesidad que Walser tenía para con el paseo, me han venido a la cabeza dos personajes – bueno, en realidad tres, pero el tercero no tiene importancia -. Estos dos son Friedrich Nietzsche y José Ortega y Gasset. Los dos usaban, al igual que Walser, el paseo como mecanismo de engranaje del pensamiento. Del primero me viene a la cabeza cómo lo cuenta su íntimo amigo Franz Overbeck en La vida arrebatada de Friedrich Nietzschey del segundo, su libro Meditaciones del Quijote, con el que nos lleva de paseo por un bosque que enciende su pensamiento.

Walser igual. Es ponerse a caminar y llenarse de materia prima su cabeza de escritor. A lo largo de un día entero vamos con él de la mano por un paseo en el que conocemos a sus amistades, a sus conocidos, le acompañamos a las obligaciones y quehaceres diarios y disfrutamos del frescor mental que produce el contacto con la naturaleza. Todo lo narra Walser a través de la percepción de unos sentidos que él reconoce como dudosos pero también como única vía de expresión para todo aquello que nos quiere contar. Asume esa narración tan poco fiable a la que se agarraba Borges para relatarnos lo vivido en un día de paseo.

El paseo es el título del libro y también es el contenido. El paseo gobierna la obra y se erige como proclama de la observación andante. Poco hay mejor que perderse sin rumbo solo dejándose conectar con vibraciones naturales. Poco hay mejor que dejar pasear a cuerpo y mente, sin barreras, obstáculos ni fronteras. Pero cuando ello no se puede, por cualquier causa ajena o no a nuestra voluntad, hay otra opción de paseo: los libros. Leer es también pasear, por mentes ajenas y también por la tuya al convertirte en un segundo autor, en un traductor de la propio obra. Leer es pasear igual que pasear es leer. Y a mí me encantan ambos. Yo soy ese tercer personaje.

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El proyecto Joshua, de Sebastian Fitzek

El proyecto Joshua

El proyecto JoshuaTengo que advertir que esta novela no es apta para almas sensibles, porque aunque no deja de ser ficción, toca temas bastante peliagudos y tiene partes fuertes: familias con niños en acogida, pederastia y el mal uso de internet. Ese gran hermano que puede ser tan dañino porque nos vigila y se cree con derecho a cuestionar nuestras vidas que son analizadas, destripadas, aireadas y juzgadas, por lo que hacemos en y con nuestro ordenador. La privacidad y la intimidad ya no existen. Trata sobre las malas interpretaciones, el abuso de poder y la avaricia, el cochino capital, que al final es lo que mueve todo en este mundo.

El argumento es el siguiente: Max Rhode es un escritor de novela negra sin mucho éxito que vive en Berlín. Está casado con Kim, que es piloto, pero el matrimonio está en crisis. Tienen en acogida a Jola, su hija desde hace años, pero a la que no les dan en adopción por diferentes motivos. Max quiere mucho a la niña, aunque le vuelva algo loco porque es muy inteligente y se mete en líos. El escritor recibe una extraña llamada de un moribundo que le advierte que Joshua lo ha elegido y que su vida va a ser un infierno a partir de ahora, que vaya con cuidado y no infrinja la ley. Tardaremos en averiguar quién o qué es el maldito Joshua. Para complicar más la trama aparece Cosmo, el hermano pederasta de Max que está recluido en un psiquiátrico, que le cuenta que ha pasado a un régimen abierto porque está en tratamiento. Max ha intentado borrar de su vida y de su mente a su hermano y la infancia traumática de ambos, pero, aunque no le guste, en este momento Cosmo va a ser de ayuda. Alguien del departamento de menores irrumpe en escena diciendo que se llevan a Jola; a Max no le encaja nada, así que escapa con la niña, sufren un accidente, secuestran a la niña y no os cuento más porque os destripo la novela y no es plan.

El proyecto Joshua es un thriller de esos que va de 0 a 200 en dos segundos y ahí se queda en la quinta marcha, no, en la sexta, y con el acelerador pisado hasta el fondo. Tiene 360 páginas, divididas en 83 capítulos, y eso hace una media de unas cuatro páginas y pico por cada uno, así que os podéis hacer a la idea de la velocidad que lleva. Cada capítulo es un cambio de escenario. ¡Ras, curva a la derecha!, ¡Ras, curva a la izquierda! Berlín arriba, Berlín abajo, bueno, no sé si Berlín tiene arriba y abajo, pero ya me entendéis. Tengo agujetas. Es como esas películas en las que el bueno tiene que salvar a la víctima y no llega; tropieza, corre, le pegan un tiro, hay que saltar desde un edificio y sigue corriendo…, o tiene que salvar a la humanidad entera ¿cable azul o cable rojo? ¡¡¿cable azul o cable rojo?!! Pues así desde el principio hasta el final.

Están escritos en primera persona los capítulos en los que estamos con Max y en tercera los otros, cuando ves lo que le está pasando a Jola, cuando ves lo que vive Kim, o el abogado, los malos, etc. Es algo confuso este cambio de perspectiva y creo que es porque los capítulos son tan cortos, que cuando te has hecho a la idea de que estás en primera persona, vuelves a la tercera, no le da tiempo a la cabeza a cambiar de registro. Por lo demás cumple bastante bien con el objetivo que yo creo que era el de tener al lector en vilo: es vertiginosa, entretenida, emocionante y está bastante bien llevada y resuelta. Te sientes en la piel del padre en apuros, que sale como puede de los obstáculos, pensando más en la niña que en él mismo e intentando que su vida no se venga abajo.

Sebastian Fitzek es un escritor de éxito en Alemania, también es periodista aunque su formación fue en Derecho, como el protagonista de esta aventura. Ya hay traducidas al español varios de sus superventas, así que si os gustan este tipo de novelas de acción trepidante, no dudéis. Quiero destacar el epílogo en el que el autor ha recapacitado y explicado alguno de los temas de los que trata el libro; me ha gustado esa forma de acercarse a los lectores.

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Lección de alemán, de Siegfried Lenz

Lección de alemán

Lección de alemán

Es la segunda vez que leo “Lección de alemán” y lo cierto es que he descubierto muchas cosas que no había encontrado en la anterior lectura, pero sobre todo me ha sorprendido el volver a hallar, imponente, la belleza de este texto. Que no es una belleza cualquiera, no es una de esas de palabras fáciles e imágenes rotundas y amables; no, no es ese tipo. Mientras la leía yo sentía, por momentos, que me elevaba y descendía como solo lo haces oyendo una sinfonía de Mahler, cuando el sonido te va recorriendo el cerebro y los centros de sensibilidad; y te sientes como si flotaras en una barca; subes y bajas con la marea de sonidos, como si estuviera, también, afectada por los influjos de la luna, suave y terca. Otras veces me parecía sentirme como cuando miras un río furioso y queda atrapada tu mente y tu mirada en el flujo y reflujo hipnótico del agua en el torrente. Esa sensación de que las palabras, las frases, se mueven bajo la doble sensación del control como la de una partitura y el descontrol furioso pero encauzado del río la he encontrado en contados libros. En contraposición a ese rumbo de las palabras, las ideas tiene una derrotero fijo: el deber, el poder, la exigencia por encima de la lógica, el ciego cumplimiento de las normas, la derrota… Todos esos caminos se abren y discurren por la novela, y son los contrafuertes que la sostienen.

Lección de alemán” es el relato en primera persona en el que Siggi Jepsen cuenta que cuenta cómo es su vida en un reformatorio para jóvenes delincuentes, situado en una isla en mitad del río Elba, junto a Hamburgo. Escribe sobre la redacción, que primero no quiso escribir y que luego se convirtió en castigo, donde debía hablar sobre las “alegrías del deber”. Pero él ve ese deber como expresión de cosas que le llegan del pasado, y los ve como  única forma de vida, un modo de afrontar el presente y el futuro. El  deber como decepción y como comportamiento, como moral y como ética personal antepuesta, incluso, a la general, a la de la mayoría. Las “alegrías del deber” solo tenían una representación para Siggi, y era la de su padre, pero, aunque no lo quisiera reconocer, él mismo se aturulla subordinándose a una obligación extraña, que llega ahora en el reformatorio, o antes en su niñez, entre fuegos y afecciones. Sin embargo, es su padre, policía de un pequeño pueblo del norte de Alemania durante los estertores de la segunda guerra mundial, el que al recibir el encargo de prohibir dibujar al pintor Max Ludwig Nansen, y hacer cumplir dicho mandato, el que se obcecará en seguir las ordenes hasta las últimas consecuencias. Así, esa prohibición llevará a Siggi por las imposiciones paternas para que espíe a Nansen, y llevará, también,  al mismo pintor a tomar al niño como aliado en su intento de salvar los cuadros, el arte y su forma de vida de la furia destructiva y obsesiva del policía. El deber que este sentía era poderoso, airado, presuntuoso, sobrepasaba sentimiento y poder, excedía el debido a su puesto policial para incluir a la familia, al pueblo, al comportamiento de la gente. En la batalla que discurrirá paralela al final del nazismo, aparecerán más actores que cubrirán los espacios que Siggi necesita para hablar de su familia, de su mundo, de sus compañeros de clase, de sus profesores, de huidos, de muertos, de la guerra… del arte.

Pero el lugar más alto por el que discurre la novela aparece en el momento que se plasman las ideas, las formas, las palabras, los recuerdos de vida y los sueños del que escribe en frases e imágenes, y hacen del libro algo especial. Las palabras cuentan historias de gentes que salen de la imaginación de Siggi o de la realidad; sus historias son momentos que quiere dominar, dar rapidez o pausa, sentido y dominio, y por ello hace que estén bajo el dominio de su pluma. De modo que sus personajes están vivos en cuanto él los describe, así que los malea, los hace moverse y avanzar o retroceder, los hace mirarlo, hace que los personajes de los cuadros estén vivos y salgan de ellos para contarle cosas. Y las miradas no serán únicas, variarán según sea la de Siggi ya adulto encerrado en su habitación del reformatorio y que está escribiendo la historia, o sean la del Siggi niño el que habla. Ambos, recuerdo y realidad, se confunde, hacen que se muevan las olas, adelante y atrás como la marea de aquella luna. Las miradas, otras veces, son como si fueran hechas por una cámara de cine, recia y vieja, que filma lo que ocurre en el momento como si se saltará todos los pasos y orgullos del escritor, nada se interpone, parece, entre el escritor y la escena descrita, todo es absoluta verdad, sin afeites. Esa misma mirada que, aunque no siempre sea cruda como la de una cámara que atrapa nubes, que persigue soldados que huyen, que percibe al movimiento de un pincel o a los aviones que ametrallan, que levanta cien mil gaviotas sobre el cielo; es la mirada que da importancia a lo menos grandioso, a lo menos exagerado, a esos pequeños gestos, guiños, palabras o pasos que parecen que se nos van a pasar por alto, pero que son los que explican el mundo, que atañen a ese pequeño espacio con el que explica la realidad por encima de los grandes gestos y de las palabras más seductoras. El libro es en parte, sí, memoria pero también confesión al lector, al profesor de alemán, al director del reformatorio, a sí mismo, al lector potencial, al mundo, a sus padres, a sus hermanos, a la nada… de culpas y odios, de recelos y contagios, de perdidas y descubrimientos.

Lección de alemán” es, también, un encendido escrito de pintura, de arte. Es un elogio al acto de pintar y a los propios cuadros; pero también a la libertad personal y a la artística, sobre todo la del pintor,…y la del observador. La visión que aparece de la pintura, nos lleva por un elogio sobre el estudio del color y la luz, Siggi sabe escudriñar las pequeñas diferencias de los tonos, de los contrastes, sabe admirar la discusión, práctica, del pintor consigo mismo para alcanzar a expresar el mundo lleno de brujas y fantasmas, de seres salidos de lo profundo del paisaje y de las mentes de aquel pueblo, de aquella Alemania. Así de los cuadros salen escalofríos, y sale miedo, y sale angustia, y salen personajes que nunca son heroicos, no so vencedores, solo sufren, hace sufrir, escapan, o sienten que no era su sitio. Todos parecen del recuadro del lienzo para entrar en el mundo de Siggi, infantil pero codicioso de saber y de sentir. De esta manera, de los pinceles nacen cosas que nunca estarán muertas porque viven aún ocultas en lugares improbables, siguen vivas y, quizás, a salvo de los necios del deber ofuscado.

Y en “Lección de alemán” la sensación de orden, intransigencia y desdén, que parece mostrarnos un mundo oscuro, cerrado, nublado, cuadrado: contrasta con la libertad de los cuadros que pinta Nansen y describe Siggi, en los que el color y la imaginación, en los que las brujas y los fantasmas, los seres de otro lado, enseñan un mundo irreal, no pegado a la tierra y a las nubes bajas. Y nos muestra el reformatorio lleno de mentiras y verdades, del que aunque te dejen en libertad, no se puede escapar; él no puede escapar de aquel centro que es su lugar de castigo, perdón y refugio.

Pensé otra cosa cuando acabé este libro por segunda vez: lo agradable que era volver a él, para redescubrir la definición de lo hermoso en la literatura.

Lo volveré a leer. Seguro.

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Panóptico, de Hans Magnus Enzensberger

Panóptico

PanópticoAlgún día confesaré que leo los libros de Malpaso solo por el olor de sus páginas. Pero no hoy. Hoy quiero hablaros de veinte ensayos recogidos en forma de libro todos con la misma firma, la del aclamado intelectual alemán Hans Magnus Enzensberger.

Cuando nos sueltan la palabra filosofía, o pensamiento, tendemos a sentir en nuestro interior una sacudida que nos echa para atrás, que nos frunce el ceño, que cierra las puertas a nuestra voluntad de comunicación. ¿No es así? Tiene una nube sobre sí la filosofía de dificultad, de pesadez, de cansancio si se dispone uno a leerla. Pues bien, tras estas afirmaciones que espero que no molesten a muchos, se nos planeta la siguiente pregunta: ¿es posible una filosofía clara, de fácil lectura, en la que el pensador no parezca estar a años luz de nosotros? Sí, claro que es posible. Eso mismo tenemos en los archifamosos Ensayos de Montaigne igual que en el libro del que hablo hoy: Panóptico. En él, Enzensberger coge temas cotidianos – la economía, la jubilación, la fotografía o el sexo – y los plantea. No hay mucho más que decir. Recuerdo que hace unos años leí Esto no es un diario de Zygmunt Bauman y tuve la misma sensación que al abrir estos días el libro de Enzensberger, algo que puede resumirse en una frase que aparece al inicio del libro, en el primer párrafo: «textos pequeños sobre temas gigantes».

Reconozco que me gusta leer filosofía y que a veces entiendo que esta parezca engorrosa, pero porque el pensamiento en sí mismo lo es. Y por ese motivo encuentro tan excepcional que existan pensadores capaces de sintetizar sus planteamientos en ensayos – como en este libro – que no superan las diez páginas. Enzensberger consigue aquí plasmarnos, de una manera extremadamente personal e irónica, sus reflexiones acerca de todo lo que le – y nos – rodea. ¿Por qué nos extrañamos cuando el autobús llega tarde pero no cuando llega puntual? ¿Qué es lo normal y por qué lo es? ¿Qué realidad vemos en una fotografía que en principio mimetiza lo que refleja? ¿Por qué ser atleta en la antigua Grecia estaba mal visto y serlo ahora es motivo de admiración? ¿Por qué nos obsesionamos con limpiar la suciedad si esta llega de forma natural, como si tuviera esencialmente que llegarnos? ¿Por qué somos los únicos animales que limpiamos nuestro entorno? ¿Por qué nos sentimos distintos y superiores cuando compramos un producto que lleva la etiqueta de “exclusivo”? ¿Es necesario el sexo?

Estos son algunos de los temas que plantea el intelectual alemán en su Panóptico – palabra a la cual le atribuye el significado del gabinete de curiosidades y horrores que inauguró en 1935 el artista alemán Karl Valentin -. Como digo, temas en formato ensayo que todos podríamos tener como conversación con cualquier amigo algún día sentados en un bar y teniendo como barrera entre uno y otro unas cuantas cervezas. Enzensberger se sienta a la mesa, pide unas cuantas copas, espera a que lleguen, nos mira y comienza a hablar. Enzensberger es aquí nuestro amigo y en el rótulo del bar se puede leer el nombre Malpaso. Esa es la magia de los libros. Para acabar, quizás estéis pensando que todo lo que he expuesto como temas son preguntas. Pero, ¿no es generar preguntas el objetivo de todo tema filosófico?

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Tabú, de Ferdinand von Schirach

Tabú

Crímenes, la colección de relatos de Ferdinand von Schirach, había supuesto para mí una lectura tan gozosa como fluida. Me había gustado el estilo de este autor, al que, a fuer de lacónico y sencillo, había considerado también simple. Craso error, y Tabú vino a demostrarme -o a recordarme- que lo sencillo puede esconder también lo complejo, y que en pocas palabras pueden cobijarse infinitos significados, tantos como lectores, y aun alguno más. Y no digo esto sólo porque en Tabú haya frases como Hacia los ríos de luz caída del cielo; al fin y al cabo, esa frase es deliberadamente poética y sale de la pluma de un artista. No; es algo más. Es que el uso del lenguaje literario de Ferdinand von Schirach es mágico, y presupone, como toda magia, una apariencia.

En apariencia, este mago del lenguaje nos lo está revelando todo: como la ciencia, su estilo es preciso, limpio, casi quirúrgico; es desapegado y se diría que carente de emoción, indiferente hacia sus personajes y su suerte. Sin embargo, para cuando nos damos cuenta, resulta que no nos lo ha contado todo; que la historia iba por otros meandros que los que creíamos recorridos o adivinados; que, además de darnos información, el autor también nos la ha escamoteado, o quizás no, quizás sí nos la ha proporcionado y nosotros no hemos sabido dejarla caer en su hueco correspondiente. Él nos ha contado la historia que quería, que tal vez no era la que nosotros creíamos estar oyendo.

Tabú es, en efecto, un libro extraño, insólito. Es una novela de ésas que uno debe dejar reposar un rato porque no se acaba de tener claro si nos ha entusiasmado o si la hemos odiado. No sabe uno si es un enorme hallazgo, quizá una genialidad, o un hermoso fracaso (subrayo lo de hermoso).

Leer Tabú es casi como leer un largo poema. Y poco importa que su segunda mitad cambie tanto el tono que creamos estar leyendo casi una de un hipotético Grisham europeo, o una transcripción de una comedia muy alemana; sigue siendo un poema. Porque el lenguaje empleado es el mismo; las cuestiones tratadas encajarían perfectamente en una composición del género lírico; y, sobre todo, es idéntico el efecto que surte: al terminar de leer una obra poética, si ésta es exitosa y está bien hecha, uno no necesariamente ha entendido cada verso, cada símil, cada declaración del poeta, pero uno sabe que ha entendido el mensaje, sabe que ha comprendido algo, sabe que su entendimiento del mundo, de la cuestión concreta sobre la que versaba el poema, sobre el alma o la personalidad o las inquietudes del poeta, es ahora un poco mayor. Y eso sucede con Tabú.

En Tabú se dan la mano dos mundos que, a primera vista, no sólo no tienen nada que ver entre sí sino que pueden parecer hasta antagónicos: el arte y la ley. El protagonista, Sebastian von Eschberg, es un hombre nacido en una familia de pasado aristocrático y después caída en desgracia. Es extremadamente sensible y con una excepcional capacidad para distinguir y apreciar los colores. La primera parte de Tabú narra con mucho detalle su origen, infancia, relaciones con sus padres y experiencias que marcan su desarrollo y su futuro. Sebastian se convierte en fotógrafo y, después, en fotógrafo mundialmente famoso. Todo parece irle bien hasta que es acusado de asesinato. La segunda parte de Tabú está más centrada en la figura de su defensor, un inolvidable Konrad Biegler, que no sabe nada de millones de gamas de colores ni de las grandes obras pictóricas de la historia, pero lo sabe todo sobre las leyes, los interrogatorios con truco y las estrategias de defensa más eficaces.

Se trata de dos mitades muy bien diferenciadas, y diríase que estamos leyendo dos novelas diferentes. Lo que en la primera mitad era sensibilidad llevada al extremo, lucha por captar y plasmar la belleza y por comprender en qué consiste ésta y cierta neurosis no se sabe bien si de artista o de persona marcada por su pasado, en la segunda es realismo cotidiano, escenas de un matrimonio muy unido, diálogos y situaciones de una comicidad muy oportuna después de la claustrofobia y el aire levemente surrealista de la primera parte, y, sobre todo, sesiones de un juicio donde se dirime la suerte del protagonista.

Tabú es, en parte, novela negra, pues trata del esclarecimiento de un crimen que se promete bastante enrevesado. Sin embargo, es también la prueba de que, en literatura como en casi todo en la vida, la suma de las partes resulta en algo mayor que esas partes puestas en conjunto. La perspectiva del artista y la perspectiva del jurista no sólo no son mutuamente excluyentes, sino que, como nos vamos dando cuenta, en realidad se centran sobre lo mismo, versan sobre lo mismo y dan como resultado una visión más rica que la suma de las dos perspectivas; y ése es el mayor logro del autor en Tabú.

En Tabú hay pasajes, párrafos, diálogos, imágenes que uno brega por entender cabalmente. El lector probablemente se encuentre preguntándose qué quiere decir exactamente el autor en tal o cual momento de la novela; a qué viene este o el otro personaje; qué es esto que ha pasado delante de nuestros ojos, que se nos ha descrito de forma preciosa y acabada y sobre lo que, pese a todo, nos quedan dudas, espacios ambiguos, oscuridades. Es una novela que se lee de un tirón pero que deja muchas preguntas en la mente del lector (o, quizá con más propiedad, diríamos que debería dejar muchas preguntas, tal es la hondura de las cuestiones por las cuales se preocupa) y que, a pesar de sus inconcreciones y sus arranques poéticos en el más puro sentido de la palabra, sabemos que nos ha aportado algo, un conocimiento, una intuición, una mirada a las profundidades de aquello que constituye la materia prima del arte desde tiempos inmemoriales: ¿qué es la belleza? ¿Qué es la verdad, y es ésta lo mismo que la realidad? ¿Para qué sirve el arte? Y también, a otras cuestiones de ámbito menos poético y más jurídico, pero no menos abstracto (aunque sí, quizá, más acuciante): ¿Qué es la culpa? ¿Se puede violar la dignidad humana en determinadas circunstancias? ¿Todas las personas tienen dignidad humana o puede ésta perderse por los propios actos? (Hay una micronovela, o el germen de una posible novela, sobre este interesantísimo tema, que, cabe esperar, Von Schirach quiera desarrollar en el futuro).

Lean, lean ustedes Tabú; arriésguense, o denle esa oportunidad, sobre todo si les han gustado obras anteriores de Von Schirach. No les llevará mucho tiempo; mucho menos del que ocupará después en su pensamiento. Y eso, hoy en día, es una buena cosa que podemos decir sobre una lectura.

 

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Textos críticos, de Thomas Mann

Textos críticos

Textos críticosTodo el que me conoce o sigue mis lecturas sabe que uno de mis libros favoritos es La muerte en Venecia, un libro que he leído en varias ocasiones y que además he trabajado en profundidad tanto con mi club de lectura como con otros grupos de trabajo literario; por él llegué al autor y por el autor llegué a La montaña mágica. Más que los autores me gustan los libros en particular, pero he de reconocer que cuando se habla de Thomas Mann, hablamos de un autor completo, un autor de esos que no escandalizaría que se le diera el de Nobel de literatura en su día.

Está claro que cuando aparecen en España estos Textos críticos de la mano de Navona no puedo dejarlos pasar por alto, debo y quiero leerlos, y anticipando que no ha sido una lectura sencilla de entrada, cosa que desde luego ya imaginaba, si les tengo que decir que me ha dejado maravillada. Por cómo escribe, pero sobre todo por lo que escribe, por la pasión que pone en lo literario, por su esfuerzo para comprender el sentido de la vida, por su inmensa formación cultural y humana, y naturalmente, por la capacidad para transmitir todo ese saber dando en particular a cada lector lo que puede asimilar en su lectura.

Así pues, si conocía algo de la biografía del autor y había leído algunos de sus libros, no podía ni imaginar lo que iba a encontrar entre estos textos seleccionados entre los más importantes ensayos del alemán que escribió a lo largo de su vida. De ser y existir hoy, no duden que no habría mejor crítico literario.

Textos en los que se adentra en los mundos que más le fascinan y mejor conoce: la filosofía, la política y la literatura. Y es por ello que encontraremos un análisis en profundidad de uno de los personajes que más marcó la formación del autor, y será por ello que la editorial inicia estos textos con un ensayo íntegro sobre Schopenhauer que leí con auténtica pasión y no precisamente porque sea una seguidora del filósofo, sino por la propia reflexión que de sus teorías hace Mann.

“La verdad y la belleza deben remitirse la una a la otra; tomadas por separado y sin el soporte que cada una encuentra en la otra se quedan en valores muy inestables…”

Tampoco falta en esta obra su maestro, Friedrich Nietzsche, y ahora sé un poco más de él y es posible que incluso lo entienda un poco mejor.

El prologo a una novela de Joseph Conrad me ha parecido de lo más interesante y literariamente intenso. Pero siendo yo reseñista no puedo pasar por alto el especial cariño que he puesto en la lectura de sus críticas o reseñas sobre los libros de Knut Hamsun.

Y he de reconocer que me ha sorprendido muy gratamente, el libro es el protagonista pero el pensamiento de Mann y su propio sentir tras la lectura de su adorado Hamsum es lo que prevalece. Nada le incomoda hablar de él con el extremado cariño que le profesa, desde el amor que siente por él por haber sido quien le hiciera amar la literatura… ¿Se puede ser más sincero y honesto al mismo tiempo que se conserva la objetividad? Se puede, lo sé, porque sería como cuando yo misma hablo de Mann, nada de lo que les diga será nunca comparable a lo que realmente merece que se diga de él.

Dejo para el final la conferencia en la que habla sobre La montaña mágica, porque en ella habla de él, de su vida, de su familia, de sus pensamientos, sobre lo que creyó que iba a ser y lo que realmente fue… Así, como la vida y la literatura, una sorpresa, una guerra de por medio, y el escritor que crece como hombre, como ser humano que siente y piensa. Dice Mann que la cultura, la intelectualidad, no puede ser apolítica; que la mente y la política van de la mano, así lo creo yo y así debe ser.

Sé que a los amantes del autor ya los tengo convencidos ¿Y a usted?

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Desaprender, de Marie Luise Knott

Desaprender

Desaprender«Pocas veces nos hacemos una idea de cuánta libertad se requiere para expresar de la mejor manera posible el más pequeño pensamiento propio». Estas palabras de Walter Benjamin, que aparecen en las primeras páginas del libro, son la desgarradora verdad de la historia de Hannah Arendt. Hace poco leí que cuando te expulsan de tu tierra – o mejor, tu Tierra – tienes tres caminos posibles de reacción: pensar que el lugar nuevo en el que estás te acogerá, pensar que algún día volverás a tu tierra, o darte cuenta de que ya no eres de ningún lugar y de que nunca podrás volver a serlo. Es a partir de esta tercera vía de la que han nacido grandes pensadores, y dentro de este grupo late con fuerza – todavía hoy y gracias a continuadores como Marie Luise Knott – Hannah Arendt, la teórica a la que nunca le gustó que le llamasen filósofa.

Hannah Arendt decidió pensar en un mal momento. Judía y viviendo en Alemania, todo discurso que salía de sus labios o sus dedos era visto como transgresor, violento e incluso delictivo. Tuvo que exiliarse a Estados Unidos y fue allí donde vivió la transformación. No solemos pararnos a pensar en la mezcla que se produce en nosotros – en nuestra habla, nuestra escritura, nuestro pensamiento, nuestro ser – cuando salimos de nuestro lugar y nos instalamos en uno nuevo. Arendt tuvo que lidiar la batalla de la traducción, que ella misma se hacía de sus obras en alemán; para darse cuenta del gran cambio que una obra traducida padece, aunque la haya traducido el mismo autor que la original – si lo original existe –. En esas «expediciones del pensamiento» se encontraba Arendt inmersa en un no lugar como era su nueva residencia en otro país.

Estas aventuras mentales que la teórica alemana plasmaba en el papel, han sido ahora absorbidas por Marie Luise Knott – especialista en Arendt – y resumidas en este Desaprender que publica Herder Editorial. Dividido en cuatro grandes bloques – Reír, Traducir, Olvidar el perdón y Dramatizar –, Desaprender nos muestra el pensamiento a pasos de una de las más grandes intelectuales del siglo XX. La risa y la ironía: «En el momento de la risa el hombre y lo humano mismo pueden ser lo más fuerte en tiempos de oscuridad». El darse cuenta de que esa doble visión que sufrió al tener que convivir con sus propias traducciones, esa distancia, era de igual forma en la vida misma, todo traducciones de un original inalcanzable: «El traductor se hace portavoz de la otra voz, que él hace perceptible a través del abismo del espacio y del tiempo». La importancia del olvido de un perdón que ha marcado a los que serán, para siempre y para todos, los perdonados: «Perdonar, compadecerse y reconciliarse no revocan nada, sino que continúan la acción iniciada (…) Perdonar es una acción y no una reacción». Y por último, la necesidad de dramatizar el mundo, de convertir el mundo en un escenario: «Por lo general suponemos que la máscara oculta el auténtico sí mismo; en Arendt la máscara es la forma en la que el sí mismo puede manifestarse».

Termina el libro con un apéndice – Diferencias transatlánticas – en el que se nos muestra la gran diferencia entre mismos fragmentos escritos por la autora en inglés o en alemán: la diferencia en la expresión del lenguaje, en el uso de vocabulario, en la extensión, etc. Hannah Arendt, en definitiva y como podréis ver si os adentráis en este impactante libro, lo pensó todo en un momento en que pensar era ser empujado a una zona en la que todo estaba de nuevo por construir. Tengo muchísimos fragmentos del libro subrayados, no sé si de las cosas que no he entendido bien y que necesitan otra lectura o de las cosas que más me han gustado. Lo que tengo claro es que si hubiera tenido que subrayar lo que me ha marcado de Desaprender, ahora mismo todo el libro tendría una gran raya gris bajo sus palabras. Bienvenidos al pensamiento, un lugar del que no se puede salir.

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La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche, de Franz Overbeck

La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche

La vida arrebatada de Friedrich NietzscheHay ciertos nombres que solo con escucharlos o leerlos – aunque leer debe de ser otra forma de escuchar – nos producen una sensación de grandeza, de respeto, de admiración, aun sin quizás conocerlos. Creo que todos podemos afirmar que uno de estos nombres es Friedrich Nietzsche. Es inevitable, al pensar en el alemán, proyectar la imagen de un pensador inabarcable, inalcanzable, eterno. Por tanto, entenderéis mi sorpresa cuando, nada más comenzar el libro y situarme frente a la introducción de Iván de los Ríos Gutiérrez, leo: «Nietzsche es mentira».

En La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche se nos presenta a la persona y no al filósofo, al hombre y no a su teoría, a través de las palabras de uno de sus pocos y más fieles amigos: Franz Overbeck. Es cierto que su pensamiento, sus ideas, han quedado para la posteridad, han sido influencia para tantos otros pensadores venideros y todavía hoy son objeto de trato y estudio de muchos. Sí, lo que escribió quedará para siempre pero, ¿y su vida? Gracias a este libro de Errata Naturae – dentro de la colección La muchacha de dos cabezas – y ya desde esa primera frase del editor y traductor de la obra, se nos intenta demostrar el contraste entre la vida del alemán y sus teorías. Se nos intenta rebajar el ideal que tenemos de él. Se intenta hacer explotar la burbuja de Nietzsche.

Nietzsche fue un ser atormentado desde pequeño. Gobernado por una intensa violencia que proyectaba siempre hacia sí mismo, el filósofo alemán era capaz de cambiar la historia mediante trazos en un papel y a la vez de dejar ojipláticos a sus más allegados con momentos de locura extrema. Muchos conoceréis el final de Nietzsche fruto de su locura, pero no se puede negar que la semilla de esta estuvo siempre dentro de él. Ambiguo, contradictorio, lejano y solitario, Overbeck nos presenta a un Nietzsche desconocido para todos, incluso para aquellos que hayan leído su vida a través de las palabras de Elisabeth Förster-Nietzsche, su hermana pequeña – de la que Overbeck, como veréis si lo leéis, tiene mucho que decir –. Y es que en esta especie de confesión a sí mismo que hace Overbeck en forma de notas, vemos desde fuera la imagen de la hermana del filósofo, siempre viendo al hermano mayor desde la sombra que el pensamiento de este producía, siempre viéndose a sí misma como menor en todos los sentidos. Ella fue la creadora del Archivo Nietzsche y la que hizo que este se vinculase al nazismo, al igual que ella y su apellido.

Overbeck ve en su relación con Nietzsche una relación similar y escondida de maestro alumno – el primero superaba en siete años al segundo -. Desde esta perspectiva y desde una calma que incluso relaja al que lee sus notas, este teólogo alemán es capaz de mostrarnos lo más interno de Nietzsche, desde que compartían casa siendo dos muchachos hasta los últimos encuentros en los que el filósofo ya no podía ni razonar a causa de la locura. La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche es un muy interesante ejemplo – y de lectura amena e incluso próxima – de cómo el autor no hace a la persona, de cómo la vida y la obra no suelen ir de la mano, de cómo el ideal es siempre mentira. Nietzsche hay dos: el escritor y la persona. Dependerá de con quien decidáis quedaros el escoger un libro u otro. Si os decantáis por la persona – aunque solo sea por un rato – este es vuestro libro.

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La metamorfosis, el manga, de Franz Kafka

La metamorfosis

La metamorfosisLa verdad es que nunca he sido muy friki de los cómics. A pesar de que me gusta mucho la ilustración, los cómics no son lo mío. Creo que el único que me ha gustado y que he comprado en mi vida ha sido Ghost world de Daniel Clowes (y porque tengo dos amigas muy frikis, ¡hola, queridas!). Por lo demás, no conozco demasiado sobre este mundillo, pero eso ha sido precisamente lo que me ha hecho querer leer este cómic. Para que no se diga que soy una lectora cerrada. Allá voy.

A Franz Kafka sí que lo tengo más trabajado, así que vengo con los deberes hechos, amigos. Leí La metamorfosis cuando apenas era una adolescente y lo cierto es que deja huella. Desde que lo leí aquella primera vez, creo que lo habré releído ya un par de veces y siempre me ha fascinado este corto e intenso relato.

La mejor carta de presentación de esta historia son las primeras líneas del mismo: “Cuando Gregorio Samsa se despertó aquella mañana, tras un sueño agitado, se halló en su cama transformado en un insecto terrífico”. Puede que este sea uno de los comienzos más famosos de la literatura universal. Efectivamente, con este comienzo tan impactante y extraño, arranca este relato. Esa misma mañana, sus padres, su hermana y uno de los jefes de la empresa en la que trabaja como comerciante, tratan de entender por qué no se ha levantado como todos los días para ir a trabajar. Cuando descubren que Gregorio se ha convertido en un horrible insecto, lo encierran en la habitación. La hermana, Grete, trata de cuidarlo a pesar de la desazón que le produce llevándole comida a la habitación. Hasta que finalmente, su propia hermana, empieza a sentir asco por él. Su familia decide desalojar su habitación, llevándose los muebles, lo único que le recordaba que alguna vez había sido humano.

La relación se endurece, pues ni los padres ni la hermana pueden ver en ese repulsivo bicho a quien un día fue su hijo y hermano. Poco a poco, Gregorio Samsa es confinado a la soledad de su habitación. Un día, cuando intenta salir de ella, su padre, enfadado por haber asustado a la madre, le tira una manzana hiriéndole en el caparazón. Tampoco quiero yo destriparos el final de este genial relato, así que os invito a leerlo. En La metamorfosis, Franz Kaffa, sin grandes alardes literarios, nos muestra las claves del existencialismo, movimiento literario al que el autor pertenecía. Una obra realmente absurda y genial que podemos disfrutar también, gracias a la editorial La otra H, en forma de cómic.

Me parece una idea brillante la de hacer cómics de las grandes obras de la literatura universal. Creo que, de esta forma, se puede conseguir que otra clase de lectores se acerquen y conozcan grandes joyas literarias. Con esto no quiero decir que no haya que leer a los clásicos, ni mucho menos. Pero creo que como aproximación o iniciación, convertirlas en cómics es una buena idea, sobre todo para buscar a un público más joven. Si tengo que elegir entre que los jóvenes no lean nada de los clásicos o los lean, aunque sea, en forma de cómic, me quedo con la segunda opción, donde va a parar.

Esta edición, originalmente japonesa, me ha parecido muy buena. Me han gustado los dibujos (que de eso se trata), pero también la forma en la que el relato ha sido adaptado. Algo interesante de esta publicación es que se han añadido elementos de la vida real de Kafka, así como referencias a otras de sus obras.

Como ya os he dicho, la adaptación al cómic me ha gustado bastante. Además, esos elementos añadidos al relato original me parecen muy curiosos y creo que el resultado es, en general, sobresaliente.

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