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Las madres negras, de Patricia Esteban Erlés

las madres negras

las madres negrasConectar con un libro desde la primera página es una experiencia que pocas veces se da. Y a mí me ha pasado con Las madres negras, de Patricia Esteban Erlés. Y no hablo de que desde la primera línea me cautivara la forma de escribir de la autora ni de que no pudiera despegarme del libro. Eso, aunque tampoco me pasa con todas las novelas, me ocurre más a menudo. La conexión de la que hablo es mucho más profunda, y es que al leer las primeras páginas de Las madres negras, sentí que esa misma historia la podía haber escrito yo: Patricia Esteban Erlés había plasmado cada una de mis obsesiones literarias. Esas que me atraen como lectora, esas que me someten como escritora: la fantasía para abordar la realidad más cruda, el choque entre creencia y conocimiento, la mirada de la infancia… y la muerte, siempre rondando.

En Las madres negras, Patricia Esteban Erlés nos adentra en Santa Vela, una mansión laberíntica reconvertida en orfanato que nos cuenta su propia historia. Entre su muros malvive un grupo de huérfanas: Mida, la hija de la bruja, que grita que Dios no existe, que Él mismo se lo ha dicho; Moira, la niña que se muere a veces; las siamesas Lavinilea, que no saben dónde empieza una y acaba la otra; Pola, la de los cabellos verdes y belleza vegetal… Y tantas otras niñas, que han sido despojadas de su verdadero nombre y de sus melenas por mandato de la hermana Priscia, para ser ataviadas con vestidos grises que las convierten a todas en una sola. Y, por supuesto, Dios, que también habita en Santa Vela y que habla de sí mismo en tercera. Un Dios que, aburrido, pasa el tiempo jugando con las internas como si fueran sus títeres, hasta que se enamora de una de ellas y su deseo lo vuelve aún más despiadado.

Esta novela ha sido galardonada con el IV Premio Dos Passos a la Primera Novela, pero salta a la vista que esta no es la primera incursión literaria de Patricia Esteban Erlés. Semejante maestría con las palabras la ha alcanzado tras muchos años centrada en los cuentos, los cuales también han sido premiados en numerosas ocasiones. Y ese pasado como cuentista se nota en los capítulos de Las madres negras, ya que cada uno parece un cuento independiente, que se disfruta por sí solo, aunque esté fuertemente imbricado con los demás para formar un todo, tan poético como descorazonador.

Imagino que cualquier lector no tendrá una conexión tan personal como la mía con este libro; hasta yo dudo que vuelva a tener una experiencia así con otra obra en el futuro. Pero apuesto a que quienes abran esta novela sucumbirán sin remedio a su atmósfera gótica, tan bien lograda que traspasa las páginas. Y leerán Las madres negras con el corazón oprimido, conmovidos por la belleza de la prosa de Patricia Esteban Erlés y por lo descarnado de su historia. Porque no es necesario compartir sus obsesiones literarias para apreciar el talento prodigioso de esta autora.

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Mentes maravillosas. Lo que piensan y sienten los animales, de Carl Safina

mentes maravillosas

mentes maravillosasQue los animales sienten y padecen es algo que siempre he sabido. ¿No es de sentido común? Si tienen un sistema nervioso sienten el dolor. No hay vuelta de hoja. En serio, no la hay, por muy cavernícolas que algunos energúmenos se pongan, pero hoy no vamos a tratar del dolor. O al menos, no del meramente físico.

A los jóvenes científicos, afirma el autor del libro de hoy, se les enseña que la mente animal (si existe –y sí, existe–) es insondable. Hay que evitar a toda costa las cuestiones acerca de la vida interior de los animales, y sin duda la tienen. Es una cuestión que no hay que tratar porque nos cuesta reconocer que la barrera entre humanos y animales es artificial, ya que los humanos también son animales. En la década de los 70, el libro La cuestión de la conciencia animal provocó que muchos etólogos marginaran a su autor, David Griffin, quien averiguó el uso que hacían los murciélagos del sonar para orientarse. “Sugerir que otros animales podían sentir algo, cualquier cosa, no solo podía provocar un momento incómodo, sino que podía acabar con tu carrera”.

¿Es que necesitamos tan encarecidamente creer que somos tan tan superespeciales, tan únicos en el mundo? No lo somos. De hecho, somos lo peor. Lo más bajo. No seríamos capaces de sobrevivir en la selva simplemente con un taparrabos. Todos somos distintas formas de vida compartiendo (y lo de compartir es un puto eufemismo) el mismo mundo.

Es imposible hablar de Mentes maravillosas sin llenar la reseña de extractos y citas del mismo. Llenaría páginas y páginas con ellos porque explicarían mejor que yo lo que los animales son capaces de sentir, de hacer por ellos mismos, por sus compañeros y familia, por otras especies e incluso por los humanos. En este libro se demuestra que lo que entendemos por “mente” no es algo que únicamente posea nuestra especie.

“Un elefante se acerca al agua pensando ya en el alivio de refrescarse y en los placeres del barro. Cuando mi perro se tumba de espaldas para pedirme que le rasque la tripa, lo hace porque ya está pensando en la sensación relajante del cálido contacto entre los dos. Incluso cuando no tienen hambre, mis perros siempre disfrutan de una golosina. Y repito: disfrutan.”

“Unos investigadores presenciaron cómo una elefanta arrancaba algo de comer y lo introducía en la boca de otra, cuya trompa estaba gravemente magullada. Los elefantes sienten empatía”.

Incluso ayudan a las personas. En el libro se cuenta la historia de una anciana medio ciega que se perdió al atardecer y se tumbó bajo un árbol. Se despertó en plena noche y vio a un elefante olisqueándola con la trompa. Acudieron más elefantes y en un momento todos estaban rompiendo ramitas y cubriéndola. ¿La dieron por muerta y la cubrieron, pues ella estaba paralizada por el miedo, o motivados por la empatía la sepultaron para protegerla de hienas y leopardos?

Mentes maravillosas ha sido posible gracias a décadas de observaciones a varios grupos de animales: los elefantes de Amboseli (Kenia), los lobos de Yellowstone y las orcas del Pacífico Noroeste. Es en parte un ensayo científico asequible y sin vocabulario técnico, que se ve enriquecido (y mucho) con hechos y anécdotas de animales que en ocasiones nos harán emocionarnos, y en donde la mano del hombre suele joderlo todo. En realidad, el libro es lo contrario: un conjunto de historias observadas a los animales, salpicadas de vez en cuando por explicaciones científicas.

El libro intenta explicar también lo errado de los métodos usados al observar a los animales e intentar medir su inteligencia u otras capacidades. “Como somos humanos, tendemos a estudiar la inteligencia de tipo humano de los no humanos. Si un león pudiera hablar, no lo podríamos entender”.

Este ensayo recoge en su mitad unas cuantas fotos de los animales que son los auténticos protagonistas, de los que se nos está hablando (elefantes, lobos, orcas), de los que llegamos a interesarnos y a comprender, pues, en el fondo, no es tan difícil si se les observa bien.

“Los depredadores deben de entender la muerte en cierto sentido práctico. Saben que intentan acabar con el sufrimiento de la presa, y pasan del modo matar al modo comer cuando la presa se relaja.”

Un libro muy entretenido y emocionante, que gana en interés según avanzamos en su lectura, que va a sorprender por sus increíbles historias y que espero que abra los ojos a mucha gente. Porque muchas veces siempre, los animales son más humanos que los humanos y no merecen el trato que reciben.

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La casa del lago, de Thomas Harding

LA CASA DEL LAGONo es normal que yo empiece una reseña hablando del autor, pero en este caso, y teniendo en cuanta que este libro del que les estoy hablando es un ensayo, creo que es lo más justo.

Thomas Harding es un escritor británico nacido en 1968, estudió antropología y ciencias políticas, trabajó en televisión y parece que el mundo del periodismo le atrapó, supongo que por esa curiosidad que hay en él y que es trasversal en todo lo que le rodea. No es de extrañar que sus inquietudes le llevasen a la literatura periodística de investigación.

También les digo ya, adelantándome a lo que luego les pueda contar, o no, que el libro es muy ameno, no sea que lo dicho hasta aquí les pudiera hacer pensar en otra cosa, que es lo que se suele pensar cuando se empieza a hablar de un ensayo, que muchos son duros de leer pero eso es solo por la falta de habilidad del autor, y solo esos, casi de forma exclusiva, pudieran resultar no atrayentes para el lector de ficción. Ya les repito que no es el caso y que está divinamente narrado.

Dicho lo anterior les puedo contar, porque así lo cuenta él en el libro, que es descendiente de judíos alemanes que como ya imaginarán, porque él está en este mundo, sobrevivieron al Holocausto. Mejor dicho, lo vieron venir y tuvieron la posibilidad, no solo económica, que también, sino sociopolítica de poder dejar Alemania y marchar a vivir casi toda la familia a Inglaterra.

Antes de hablarles de La casa del lago, tengo que adelantarles, y otra vez por si no lo hago más tarde, que no deberían dejar de leer, después o antes de éste, otro de sus libros titulado Hanss y Roudolf. El Judío Alemán y la caza del Kommandant de Auschwitz, que esta misma editorial publicó al inicio de 2014. Un libro que fue galardonado, en Estados Unidos sobre todo, con un gran número de premios. Todos, desde mi punto de vista de humilde lectora, muy merecidos.

La casa del lago, es su historia familiar, la historia de su propia saga familiar, la de la casa de su familia, una casa de recreo o fin de semana y vacaciones en la que llegó a vivir su abuela, de hecho el autor viajó con ella en 1993 hasta la propia casa que un día debió abandonar. Pero la historia de la casa de los Alexander junto al lago, como todos ustedes podrán comprobar, se convierte ante nuestros ojos, casi sin darnos cuenta, en la historia de Europa de una gran parte del Siglo XX.

Los terrenos junto al lago eran de un noble, los Alexander, una familia judía adinerada adquieren una parcela en la que construyen su casa con un camino que lleva hasta el lago, cuando debieron salir de Alemania, se instaló en ella un famoso compositor, que si bien en un principio parece algo escrupuloso con los nazis, termina como todos, mirando hacia donde más le conviene… Y así se sucederán una familia tras otra, hasta que nuestro autor la encuentra años después en un estado deplorable y se interesa por toda la historia que ahora nos cuenta.

Bien documentada, y salpicada de fotografías en las que podemos ver, no solo la casa sino a muchos de sus habitantes, la historia se nos hace cercana y real. No está novelada pero es tan cuidadosa su forma de narrar que casi lo parece.

La casa existe ahora restaurada gracias a la insistencia de esta familia… Como Alemania, también restaurada, ya sin muro, un muro que por cierto pasó muy cerca de la casa. Alemania quiere y debe recordar… Como todos, todos debemos mirar, ver lo que se nos viene, reconocer que los muros no solucionan los problemas del mundo, ni los de un país, ni los de una casa. Lo importante es la gente, las personas, la vida.

Y recordar la historia una y otra vez es imprescindible, dejar legados que nos recuerden que el ser humano debe controlar su espíritu egoísta, y los miedos que “los otros” nos pueden producir… LEER y LEER y VIAJAR y VIAJAR, y todo con los ojos y el corazón bien abiertos.

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El evangelista, de Adolfo García Ortega

El evangelista

El evangelistaTodo en esta vida pide e incluso nos exige que cambiemos la perspectiva a la hora de observarlo. De este modo, nada tiene una única cara y por tanto nada tiene una única verdad. ¿No sería terrorífico que todo fuera como “es”? Un claro ejemplo de esta necesidad de perspectivismo es la historia de Cristo. Esta nos ha llegado a través de un libro, la Biblia, que en muchas ocasiones tiene más de novela que de narración histórica, y es inevitable preguntarse mientras se piensa en ello: ¿qué hay de verdad en la narración? Nunca lo sabremos a ciencia cierta, por eso especulamos. Y una especulación más de esta historia es la novela de la que hablo hoy: El evangelista, de Adolfo García Ortega, publicada por Galaxia Gutenberg.

Por la mayoría de nosotros debería ser aceptado que hay cosas que nos han sido contadas de la historia de Jesús que para cualquier persona con dos dedos de frente se presentan como imposibles – y yo soy de aquellos que día tras día entonan el gastado lema del «nada es imposible» -. Seguro que a la hora de analizar esas hazañas – si se ha intentado – se ha llegado a la conclusión de que mucho de lo contado son exageraciones fruto de la necesidad de algo así, fruto de la imaginación, de mentes perturbadas en una época necesitada de cambios. Adolfo García Ortega nos sitúa junto a un escriba que será quien nos explique en primera persona las andaduras de Yeshuah, al que llaman el Visionario. Capaz de curar con sus manos y de ver el futuro a través de sueños, el Visionario consigue captar a un grupo de rebeldes – con Iskariot Yehudá a la cabeza – que ven en él al Rey que necesitan para implantar su nuevo Reino en el territorio ocupado por los romanos. Fruto de su maestría en la palabra y el manejo psicológico de las gentes, Yeshuah consigue un buen número de fieles dispuestos a morir en la lucha contra los romanos por el poder.

Nuestro escriba nos cuenta sus vivencias al lado de este grupo de rebeldes – del cual nunca formará parte – a la vez que rellena los vacíos de la historia con relatos de oídas, cartas robadas o testimonios que se encuentra en su camino. A través de este escriba conocemos la vida de Yeshuah, lo que nos lleva a posicionarnos ante ese narrador no fiable que nos pide que creamos en él y en su verdad con respecto a la narración. ¿Qué creer y qué no? ¿Fue Jesús un santo enviado por Dios capaz de obrar milagros o fue un simple rebelde rebosante de carisma y sabedor de las formas de convencimiento humanas? ¿Es su historia tal y como nos la cuentan o es una gran bola que ha ido creciendo con el boca oreja a lo largo de la Historia? ¿Tiene razón García Ortega o tiene razón la Biblia? ¿Alguien tiene razón?

Según El evangelista, la vida de Jesús no sería más que la de un líder comandando a un grupo ansioso por apartar de su territorio a los recién llegados romanos. Sin milagros, sin ese aura angelical que los rodea, sin la etiqueta de santos; con mucha sangre de por medio en su avance. No sería más que la historia de un hombre común capaz de dejarse matar por su pueblo. No sería más que la narración de la vida de un héroe que acaba en tragedia. Tragedia humana. Porque si nos basamos en el eco espiritual dejado por esa muerte – ya sea por la muerte en sí o por las habladurías que ella provocó – sí podemos decir que es la muerte con más éxito de la Historia. ¿Vosotros qué – y en qué – creéis?

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Ella en la otra orilla, de Mitsuyo Kakuta

ella en la otra orilla

ella en la otra orilla Tenía ganas de leer alguna novela japonesa contemporánea para ver como es la vida de la gente común, sus problemas, sus alegrías, sus sueños e ilusiones; y creo que Mitsuyo Kakuta me ha ofrecido mucho más de lo que yo pensaba que podría encontrar en una sola obra literaria.

Y es que la autora de Ella en la otra orilla me ha parecido una gran transmisora del mundo en el que se mueve, no es de extrañar que sea una de las escritoras más vendidas en Japón, pues de la misma forma que yo he creído lo que cuenta, será interesante para un japonés verse reflejado en las novelas de esta escritora.

Y es que no deja de ser importante tener referentes de este tipo, autores que nos muestran la realidad que estamos viviendo pero desmaquillada, desenvuelta ya de ese papel que la hacía parecer un regalo. Aquí lo que queda es la vida en bruto.

Ella en la otra orilla nos presenta el día a día de Sayoko, una mujer que decidió dejar su trabajo al casarse para dedicarse a su casa y a su familia. En la actualidad tiene un hijo de tres años, Akari. Es posible que en el reflejo de su hijo, de su forma de actuar y sus dificultades de comunicarse con el resto de niños, le haga reflexionar y decidir empezar a tomar decisiones; y no serán fáciles, porque la vida está llena de obstáculos que son más difíciles de afrontar cuanto mayor es nuestro grado de inseguridad.

Sayoko decide retornar a la vida laboral, y la autora nos muestra las inmensas dificultades con las que se habrá de enfrentar, que no son, por otra parte, distintas a las que nos tenemos que enfrentar en el mundo occidental, o por lo menos en este en el que yo me muevo. Las mismas desesperanzas de Sayoco han sido las mías y las de mis amigas mientras nuestros hijos han sido pequeños.  Cambian los mundos y cambian las culturas, pero los problemas de la mujer en general son los mismos en todas las partes.

Aparece en escena Aoi,  su jefa, otro tipo de mujer, una mujer segura de sí misma a la que vernos crecer y evolucionar desde su adolescencia, y de la que tendremos referencias incluso de su infancia. Renace de unan tremenda situación de Bulling que debió afrontar, ya saben ese acoso escolar cada día más habitual o al menos más visible y del que es tan complicado salir;  una historia  contada en dos planos temporales y en la que seremos testigos excepcionales de toda la evolución.

Así pues la novela salta de pasado a presente y del presente al pasado, podemos ver las consecuencias claras de lo que la infancia hace con cada uno de nosotros; por qué es tan importante la educación, no sólo la escolar o la social, sino la familiar, donde tiene que estar el germen de la fuerza para afrontar la vida.

Al pensar en la importancia de la familia no me queda más remedio que recordar el famosísimo arranque de Anna Karenina aquello de que “todas la familias felices se parecen pero las infelices lo son cada una a su manera”.  Una familia feliz y sólida debe ser sin duda el fundamento de la sociedad.  Muchas veces pienso que en la vida estrictamente familiar es donde nos mostramos como realmente somos,  ya saben, de puertas para dentro… Pero esto ya es divagar sobre una de las tantas cosas a las que nos puede llevar esta lectura.

 Me alegra haber leído Ella en la otra orilla, un libro sencillo pero cargado de profundidad, donde queda reflejada la dureza de ser distinto en un mundo tan homogéneo, es triste no poder ser uno mismo, siempre tener que darle a los otros esa parte uniforme de nosotros, cuando seguramente esa otra que queda en el interior es la más relevante, y la que mayor felicidad nos daría de ser libres para mostrarla.

 

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Perro: Vida de Rainer María Rilke, de Albert Roig

Perro

PerroHay aventuras menos arriesgadas que sumergirse en la vida de un poeta vista a través de los ojos de otro poeta, que es exactamente lo que es Perro: una reflexión sobre la vida de Rainer María Rilke en la pluma de Albert Roig. Yo al menos me acerqué al libro con tanto miedo como expectativas y ahora que me encuentro felizmente sobrevivido debo decir que ambas estaban plenamente justificadas. El miedo porque es un obra original, divertida aunque no necesariamente acogedora, devota pero no deslumbrada, y las expectativas porque acercarse de cualquier modo a una obra sobre uno de los grandes poetas siempre es buena idea. Y si esa aproximación se hace con la intercesión del talento de un escritor y de una forma tan personal como sólo un poeta afrontaría, pues mejor. Pero el peligro está ahí, acechante, y no es exclusivo de esta obra, del protagonista ni del autor sino de la temeridad de acercarse no sólo al poeta, sino al hombre. Y de enfrentarse a la evidencia: tantas razones sobran para admirar al uno como faltan para hacer lo propio con el otro. El propio Albert Roig en un momento determinado lo resume de la forma más contundente, clara y transparente: “es un caradura”.
La pregunta, sin embargo, no es si debe uno interesarse por los autores y no sólo por las obras porque es algo tan inapropiado y desaconsejable como inevitable. La pregunta es: ¿y qué? Quiero decir, ¿importa realmente que Rilke viviera una vida más o menos edificante, que utilizara su poesía en cierto modo como herramienta de seducción y de promoción social?, ¿importan sus ambiciones, su ego? Quiero responder que no, si lo miro fríamente diría que sin duda es así, pero reconozco que a mí, que me acerqué a Rilke gracias a Tsevietaiéva, Pasternak y sus Cartas del verano de 1926, Perro me ha modificado la imagen que tenía del poeta que al principio amenazó con alejarme de él más de lo que me acercaría. Sin embargo es un error, la obra es la que es y su valoración y su significación para el lector no debe modificarse por conocer más o menos de su biografía y hay que agradecer a Albert Roig que lo demuestre de una forma brillante. Tanto y tan convincentemente que me provocó el momento de flaqueza que acabo de comentarles.
Pero hay más cosas que se pueden decir de Rilke tras leer Perro además de abundar en los aspectos menos edificantes de su vida, por otro lado tan propios del oficio y la época, se podría hablar de la sensibilidad, de la escasez, de las contradicciones, de sus relaciones con las mujeres pero también de su talento porque dentro de la obra hay poemas, hay cartas, en fin, todo lo necesario para alimentar la admiración que de natural el poeta despierta.
Albert Roig construye una obra tan personal que a menudo resulta incluso desconcertante, cosa que en mi particular escala de valores literarios es sin duda un tanto a favor. Al equilibrio, difícil de mantener, entre el poeta y la persona se suma a modo de triple salto mortal el tercer equilibrio imposible, el del autor y la obra. Porque el autor participa del texto, aparece en él y no sólo en forma de reflexiones o a través de su estilo, sino que está presente e integrado en él. En una biografía de un personaje tan carismático es difícil que aparezca el biógrafo y no estorbe, y el autor no sólo lo consigue sino que visto en perspectiva es imprescindible. Un Perro documental y aséptico habría tenido bien poco sentido.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es

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La larga cadena del ancla y La hora presente, de Yves Bonnefoy

La larga cadena del ancla y La hora presente

La larga cadena del ancla y La hora presentePuede que aquí el nombre de este escritor no nos diga mucho, pero Ives Bonnefoy (Tours, 1923) es uno de los autores más importantes de la literatura francesa. Amigo de poetas como Paul Celan, Jacques Dupin o André Breton, Bonnefoy ha dedicado su vida al arte y a las letras. Además de ser traductor de autores tan importantes como William Shakespeare, Petrarca, Keats o Yeats, también ha sido fundador de varias revistas literarias, ha impartido cursos sobre historia del arte y literatura y ha trabajado en la coordinación de un gran Diccionario de las mitologías y de las religiones. Ahí es nada, ¿verdad? Casi un hombre digno del Renacimiento. Cuando conozco estos datos me entra un gran agobio existencial. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Luego se me pasa cuando pienso que tendré que conformarme con ser una mujer del siglo XXI. Puede que no esté tan mal.

Esta edición, publicada por Galaxia Gutenburg, recoge dos de sus últimos libros. El primero, publicado en 2008 y el segundo en 2011. Ambos libros fueron escritos cuando el autor ya había superado los ochenta años de edad. Es increíble la lucidez de Bonnefoy a su edad para escribir estos dos libros. ¿Qué?, ¿otra vez esa angustia existencial? A saber cómo tenemos nosotros la cabecita a los ochenta años (si es que llegamos). Por si acaso será mejor que escribamos pronto. Tampoco me parece un mal plan.

El primero de los dos libros, titulado la Larga cadena del ancla (2008), está compuesto por tres poemas largos, una serie titulada “Casi diecinueve sonetos” y diez poemas escritos en prosa que también reciben el nombre de “relatos en sueños”. El poema que da título al libro está basado en un suceso legendario que inspiró al autor a escribir este complejo y hermoso poema. Quizá, si no sois conocedores de este autor, este libro no sea el mejor para empezar a descubrirlo. Como ya os he dicho, se trata de un poema difícil. Pero valientes, si os gusta la poesía, no os lo perdáis.

“Dicen

que unas barcas aparecen en el cielo,

y que, de algunas de ellas,

la larga cadena del ancla puede descender

hacia nuestra tierra furtiva.

el ancla busca en nuestras praderas, entre nuestros árboles

el lugar donde afianzarse,

pero pronto un deseo de lo alto la arranca,

el navío de allá lejos no desea el aquí,

él tiene su horizonte en otro sueño.”

El segundo libro que aparece en esta edición, La hora presente (2011), tiene una lectura más accesible para cualquier tipo de lector. Las partes en prosa son más comprensibles para aquellos a los que no le guste demasiado la poesía. Yo recomiendo empezar por esta parte. La prosa de Bonnefoy es muy lírica, obviamente, pero al mismo tiempo es  esperanzadora y reconfortante:

“Pero aún más que el asombro, lo que se apoderó de mí era ese júbilo que nace de lo que sorprende sin que tenga uno manera de comprender: esa alegría que se tiene ante la esperanza de que van a romperse las cadenas del entendimiento de ayer, de siempre, y que, por no saber, se va por fin a ser más.”

Me gustaría también hablar de la publicación, pues se trata de una edición bilingüe. La traducción y el prólogo corren a cargo de Enrique Moreno Castillo. Además de lectora, también soy traductora y el francés es una de las lenguas que mejor conozco. Traducir poesía siempre me ha parecido un trabajo realmente complicado, pues no sólo implica tener grandes conocimientos de ambas lenguas, sino que también se necesita una gran sensibilidad poética. Creo que el trabajo que Enrique Moreno Castillo ha hecho aquí es maravilloso. Aunque he leído los poemas en su lengua original, también he consultado las traducciones y me parecen que están muy bien realizadas. Un trabajo maravilloso.

Puede que Yves Bonnefoy no sea uno de mis poetas preferidos, no voy a engañaros, pero sí me parece  esencial conocer su obra y creo que esta edición es perfecta para ello.

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El eco de los disparos, de Edurne Portela

el eco de los disparos

el eco de los disparosEs muy posible que, cuando un libro te resulta incómodo – no digo esto como algo negativo – sea porque hace que algo en tu interior resuene con lo que ya has vivido. Uno no sabe, a veces, muy bien cómo explicarlo pero es como si al leer se atragantaran las palabras y tuviera que dejar la lectura por momentos, esperando el momento oportuno para continuar con lo que el autor, sea quien sea, nos ofrece. Más adelante, en el siguiente párrafo, hablaré de por qué El eco de los disparos ha suscitado más de un sentimiento de incomodidad en su lectura, pero baste decir, en un principio, que puede que algunas heridas todavía no estén cicatrizadas y que, como bien explica Edurne Portela, mucho de todo esto proviene del silencio – obligado o no, cada uno debe elegir lo que le convenga – que en una época muchos tuvimos que ver cómo se convertía en evidencia, en una especie de pasividad que constreñía no sólo la garganta sino el pecho, en un intento vano por gritar sin poder hacerlo del todo. Y es que la violencia, porque de eso trata este libro, puede atravesar aquellas paredes que, de hormigón, parecen infranqueables. Quizás no en ese momento, puede que eso se instaure en uno, se convierta en un hecho, mucho más adelante. Esta es una reseña de un libro, eso es cierto. Diría más, de un libro que se convierte en necesario para toda una generación. Pero también es una reseña de un historia personal que nunca se atrevió a ponerse en palabras.

(…) un contexto como el de Euskadi en los años setenta, ochenta o noventa del siglo XX, en el que la mayoría de los jóvenes sentían más repugnancia hacia y tenían más miedo de la policía nacional o la guardia civil que de los terroristas de ETA. Sé, por todos los años que he pasado en el País Vasco, que esto para una persona que no sea de allí sonará extraño. Incluso alguno pensará que es una falta de respeto. Pero no por ello es menos cierto. Ahí, en ese extracto de El eco de los disparos es donde se encuentra parte del quid de la cuestión que yo, vasco de nacimiento, necesitaba leer en un libro – se entiende en un libro serio, documentado, con base psicológica y no en un panfleto sensacionalista ya sea por las dos partes de un mismo conflicto -. Pero de lo que nos habla Edurne Portela no es sólo de una época – que también – sino de cómo la violencia se enraizaba tanto en la sociedad que aquellos que la intuíamos – es curioso cómo yo, que paseaba por las calles de Bilbao todos los días no fui consciente nunca de lo que sucedía – terminábamos por no verla o por tomarla como algo tan neutral como cualquier catástrofe que pudiera suceder. Quiero que se entiendan mis palabras: no justifico la violencia. Creo, además, que para entender lo que yo quiero decir es necesario leer las palabras de la autora que tan bien expresadas están en este libro, tan necesarias, tan llenas de un valor humano y profesional que, como ya dije en la introducción, creo de obligada lectura para aquellos que quieran entender muchas de las cuestiones que en el llamado “conflicto vasco” se impusieron – y aun siguen coleando -.

Soy aficionado al lenguaje. A su uso, a la contaminación que en él se da, a cómo la sociedad lo pervierte y lo utiliza en su propio beneficio. Al final creo que, muchos de los problemas que con de la violencia se han suscitado, han venido radicados precisamente por ese sensacionalismo que con el lenguaje se produjo en aquellos años, con el lenguaje – sea cual sea su formato de expresión – que sigue convirtiéndose en arma arrojadiza y no en pretensión de entendimiento. Es quizás, como lector primero y como vasco después, por lo que hay que agradecer que Edurne Portela haya tenido la valentía de poner en palabras muchas de las cosas que nadie se ha atrevido a poner o que han pasado desapercibidas para muchos. La realidad juega, a veces, malas pasadas y aquello que creíamos cierto, que no entendíamos, a través de la lectura se convierte en el mejor vehículo para entendernos. La violencia es como ese eco de los disparos del título: no nos abandona durante un tiempo y, si nuestra memoria no lo permite, seguirá apareciendo durante generaciones. Las mismas que, después de muchos años, se han quedado estancadas en muchos de los procesos que, como en el extracto que he extraído del libro, no han permitido avanzar en el entendimiento.

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California, de Jordi Coca

California

California¿Habéis viajado alguna vez en coche en plan road trip? Uno de esos viajes en el que el fin no es llegar a un sitio concreto sino el camino mismo. Por supuesto que tiene que empezar y acabar en un lugar, pero esos sitios solo son eso: un principio y un final. Lo interesante es andar en coche, cambiar la ruta, parar donde te parezca, improvisar, perderte, dejarte tragar por el camino. Si no lo habéis hecho nunca, plantearos una escapada así. Es una forma muy interesante de conocer un territorio, más profunda quizá.

Dicen que Nueva Zelanda es estupenda para viajar en autocaravana. Lo tengo apuntado en cosas que tengo que hacer antes de morir, pero me pilla algo a desmano desde el norte de España. Estados Unidos es otro país en el que se puede viajar muy bien así también, pero en coche de alquiler y parando en moteles. No hay prácticamente peajes, las carreteras son buenas y la gasolina es barata. Además, el transporte público no es precisamente su fuerte, por lo que es mucho más cómodo andar en coche. Yo lo hice en 2009, por el oeste del país y fue una experiencia inolvidable. Es un tema que han tocado varias películas (road movies) en las que se viaja de esta manera por diferentes motivos: Little Miss Sunshane por ejemplo, o la famosa huida de Thelma y Louise. No todas son en USA, me viene ahora a la cabeza la argentina Diarios de Motocicleta o la española Vivir es fácil con los ojos cerrados.

Esta novela de Jordi Coca es esto: un viaje en coche que hace un profesor de universidad catalán desde Denver hasta San Francisco en 1992. Unos dos mil kilómetros si lo haces lo más recto posible. Este profesor tiene 34 años y se acaba de separar. Está algo harto de su vida, así que acepta una oferta de la universidad de Berkeley como profesor visitante con la idea de poder acabar de escribir un libro sobre los pintores paisajistas norteamericanos del siglo XIX, que le obsesionan. Su idea es ir visitando los paisajes que inspiraron a estos famosos pintores de la Hudson River School. Planteado como un viaje iniciático tipo En la carretera de Jack Kerouac, aunque al protagonista esa generación beat no le interesa para nada, él busca más una mirada mística como la de Walt Whitman.

Una idea preciosa, ¿verdad? Cobras por hacer algo que te entusiasma, viajas, trabajas y recompones tu cabeza y tu alma al mismo tiempo. Pero en el fondo, este viaje no es más que una huida, así que las cosas no fluyen tal como las tenía planeadas. Aparece un extraño poeta que le hace cambiar la ruta inicial, que trastoca todo. Jordi Coca se inspiró en el poeta Miquel Bauçà a quién dedica el libro y en un viaje que planearon juntos en los 80 a Estados Unidos, según cuenta en una entrevista. También en la idea de que hay personas que tienen la capacidad de conmocionarnos aunque estén poco tiempo en nuestras vidas.

Hacía tiempo que no leía un libro que me pareciera tan honesto, tan sincero. Esa es la primera sensación que he tenido, la que me ha acompañado todo el relato. Está escrito en primera persona y en pasado. El protagonista llevó una especie de cuaderno de viaje, diario o como le queráis llamar y California es el resultado de repasar esas notas y los recuerdos de esa magnífica experiencia 20 años después. Tiene un trabajo profundo de los personajes, de verdad, incluido lo feo que tenemos todos. No hay héroes, ni siquiera los que ostentan el título. También hay una reflexión sociopolítica importante, además de unas interesantes descripciones de los paisajes que recorre. Aunque es profunda, es muy fácil de leer. No es un regocijo en lo ultra humano, ni es una oda al “todo el tiempo pasado fue mejor”, solo nos enseña cómo se sintió en aquel momento de su vida, pero tomando distancia, intentando ser objetivo.

Se me ha hecho muy corta. Dos tardes me ha durado. He aprendido muchas cosas con el libro. Sobre algunas ya había oído pero no había profundizado y sobre otras no tenía conocimiento. Me ha gustado mucho. Lo he disfrutado cada página. No se le puede pedir más a una novela: que te guste, que te entretenga, que te deje poso tanto en el sentimiento como en el cerebro, que sea sincera, que no se ande con tonterías.

 

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Canta, sucio niñato, de Kevin Maher

Canta, sucio niñato

Canta, sucio niñatoCanta, sucio niñato no es lo que parece. Tiene todas las virtudes del libro que aparenta ser, la dura historia de un niño irlandés que sufre abusos por parte de un sacerdote (un género en sí mismo), pero posee además otras que lo hacen diferente. Y mejor. Y se deben principalmente a la voz del protagonista, un adolescente ochentero dotado de una mirada sumamente gamberra y extraordinariamente divertida que se apodera de la historia convirtiéndola en algo completamente original. Porque la historia de Jim Finnegan es su historia, su vida, no la de alguien que en su vida sufrió abusos, sino la de alguien que vivió muchas cosas, una de las cuales, sin duda una de las importantes, fue su terrible y continuada experiencia con un sacerdote, pero que no nos cuenta sólo esa y que ni siquiera la sitúa en el centro. En el centro está él, con sus virtudes, sus defectos y muy destacadamente su sentido del humor. Sigue leyendo Canta, sucio niñato, de Kevin Maher

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Insumisos

Insumisos, de Tzvetan Todorov

insumisosInsumisos es un ensayo centrado en las vidas de 8 personajes que desde unas convicciones diversas y en circunstancias en absoluto equiparables (aunque siempre duras) antepusieron su ética personal a los dictados de los gobiernos de turno, por encima de las consecuencias y de las presiones que todos ellos sufrieron para adherirse a la moral homologable aceptada, o más bien impuesta, desde el poder. Son Etty Hillesum, Germaine Tillion, Borís Pasternak, Aleksandr Solzhenitsyn, Nelson Mandela, Malcolm X, David Shulman y Edwrad Snowden y sus luchas son francamente diferentes, pero todas ellas nos remiten a momentos clave de la historia reciente de la humanidad, desde la segunda guerra mundial a la revolución rusa, desde el apartheid a Palestina, Argelia o la lucha por la libertad y los derechos civiles en Estados Unidos. Poco en común, en principio. Poco en común salvo una cosa, una convicción a la que uno llega tras la lectura de este magnífico libro de Tzvetan Todorov: no hay forma de insumisión más poderosa y al tiempo efectiva que la menos frecuente: negarse a odiar. Sigue leyendo Insumisos

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La mente cautiva

La mente cautiva, de Czeslaw Milosz

No se vence al Mesías con argumentos de personas sensatas, de cuya boca salen palabras, y no espadas de fuego.

¿Saben lo que es el Murti-Bing?, ¿y el Ketman? Ya veo, no es cosa de preocuparse, yo mismo tampoco tenía la menor idea. Precisamente por eso me resulta tan impresionante que Czeslaw Milosz fuera capaz de construir un edificio argumental tan absolutamente brillante con materiales en principio tan ajenos (entre otros). El despliegue dialéctico, sin arrogancia, en tono sereno y alejado del sectarismo, de La mente cautiva es un verdadero espectáculo, ver razonar a este autor es como ver operar a un gran cirujano o actuar a un virtuoso en cualquier campo, algo que a nadie, por ajena que le resulte la materia, deja de causarle admiración.

Czeslaw Milosz trata de explicar la adhesión de los intelectuales del este, concretamente los polacos, sus compatriotas, que son los que mejor conoce, al materialismo dialéctico soviético y al realismo socialista, aunque lo que verdaderamente explica es el proceso síndrome de Estocolmo universal de la libertad de pensamiento bajo cualquier tipo de totalitarismo. Comienza con los conceptos que cité al principio pero narra también ejemplos concretos de intelectuales reales a quienes no se refiere por su nombre pero que asumo perfectamente identificables por los lectores versados en el tema, y este acercamiento a esas figuras, el relato de su adhesión a postulados que no siempre les eran precisamente cercanos, además de apasionante de leer es extraordinariamente ilustrativo. El paso que desde una posición inicial parece antinatural, tras un camino compuesto de pequeños pasos parece hasta lógico. Sigue leyendo La mente cautiva