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Librerías, de Jorge Carrión

Librerías

LibreríasSiempre me han gustado las librerías. Desde que era muy pequeña me gustaba entrar en librerías y tener la sensación de que todas las estanterías estaban llenas de promesas de ratos especiales, de historias entretenidas, interesantes, divertidas o útiles que me harían conocer otros mundos que, de otra manera, ni imaginaría [como otra sucursal de “El universo (que otros llaman la Biblioteca)” que dice Borges].
Tengo recuerdos borrosos de las librerías infantiles, recuerdo las caras sonrientes de los libreros, recuerdo colores brillantes, recuerdo un cuadro en una pared en el que dos parejas de abuelos estaban tumbadas frente a frente en una cama, viendo cómo su nieto abría una chocolatina de Willie Wonka, recuerdo un niño estirándose hasta la caja registradora con un libro que en la portada mostraba a un niño, Konrad, saliendo de una lata de conservas.
Según he ido haciéndome mayor, eligiendo libros y pasando por distintas etapas lectoras, las librerías se fueron convirtiendo en templos sagrados (perdón por el lugar común) cuyas promesas eran aún más excitantes. Todas las librerías me ofrecían propuestas llamativas, daba igual que fueran cadenas gigantescas en las que encontrabas de todo, que librerías pequeñas con el sello propio del librero. Las inmensas, las titánicas, me daban sorpresas agradables (por ejemplo, hace muchos años en una estantería de un Barnes&Noble de Columbus, Ohio, encontré nada más y nada menos que Dioses y héroes de la antigua Grecia de Gustav Schwab) pero a veces, también profundas decepciones (en la misma librería no tenían y, lo que es peor, no conocían a Simone de Beauvoir. Esto no pretende ser una generalización, muchos de los dependientes de grandes cadenas son grandes lectores). Sigue leyendo Librerías, de Jorge Carrión

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Crónica de viaje

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Crónica de viaje, de Jorge Carrión

cronica de viajeDice Jorge Carrión que todas las búsquedas de nuestra época, también las que tienen que ver con la identidad personal, pasan por Google. A tenor de la edición que tengo entre manos, algo de verdad tiene que tener, cuando observamos los retazos de una migración, en una edición, en una forma de contar las cosas, que nos recuerda al buscador donde los recuerdos y vivencias de todos nosotros. Pero aunque hablaré, en su momento, del diseño y el medio por el que este libro marca una diferencia sustancial en la edición en este país – en una edición que huele a vanagloria y rancio en ocasiones flagrantes -, debo ceñirme a un inicio, a una primera palabra o idea sobre lo que Crónica de viaje nos cuenta, para que en esta introducción uno no piense que el autor se ha ido de madre y se ha puesto a divagar con excusas baratas, en una especie de diatriba sin sentido sobre lo que el mundo editorial genera o, si se me permite, degenera. ¿Qué se cuenta? Un viaje, un camino a ciertas raíces, en una suerte de migración mediatizada por las búsquedas que se hacen en el buscador más famoso del planeta y que logra unir los pedazos y la historia de un autor que es familia pero también persona, que es eslabón de una cadena de mujeres y hombres que viajaron a otras tierras y abandonaron lo que tuvieron. Seres migrantes, como pájaros que ahora se convierten en cibernéticos, en imágenes que son ese recuerdo y ese reencuentro de una tierra que, como bien dice una de las implicadas en el proyecto, no habíamos vuelto desde 1958, Jorge, cincuenta años, ni más ni menos, que se dice pronto. Y el pronto se convirtió en esto que ahora reseño, que es un paso más en todo este entramado de letras que supone un paso más en la forma de narrar unos hechos.

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Librerías

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Librerías, de Jorge Carrión

librerias“Ante ciertos libros, uno se pregunta: ¿quién los leerá? Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿qué leerán? Y al fin, libros y personas se encuentran”.

André Gide

Los pasillos de una librería. El olor de un libro en la estantería. Una persona que se acerca, trastea, alarga su mano y ase un ejemplar de ese libro, del libro que le cambiará para siempre, o que le dejará indiferente, o que le hará conocer aspectos que desconocía. Todo este proceso, repetido una y mil veces, se da en las Librerías. El amor que uno siente por estos espacios, convertidos por los lectores en templos, en santuarios donde las horas pasan y el tiempo vuela, en hogares donde no hace falta lumbre, sólo palabras, es la base que domina esta lectura que hoy ha hecho que recupere esa fe perdida, esa esperanza que se pegaba en los talones cuando caminaba por cualquier librería y me encontraba con los libros, que me hablaban desde sus posiciones, que me miraban de lado, con un canto ajado por el paso de las manillas de un reloj infame y por las manos de individuos que no cuidaban con mimo lo que tenían delante. Se dice que las librerías tienen los días contados, que los tiempos harán que caigan o que, simplemente, se acomoden a los nuevos tiempos, que corren rápido y no perdonan a nadie, pero yo sigo perdiéndome por ellas, sigo pasando las horas mirando libros, encontrando esa unión mágica entre lo que leo y lo que escribo, entre mis ideas y las suyas, las de autores que escribieron y que ahora, allí, en esas estanterías de colores tan diversos, están a mi alcance. Son las librerías las que nos dan el sustento necesario a los lectores. Son ellas las que nos abrazan desde un punto indeterminado, y este es uno de esos viajes que quien ama los libros debe realizar sí o sí. Porque en ellas, en las librerías del título, se encontrará la respuesta a todos los interrogantes.

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