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Lento, de Andrés Barrero

Lento, de Andrés Barrero

Lento, de Andrés BarreroLas relaciones valiosas con seres queridos necesitan la conjunción de muchos ingredientes, pero quizás el más importante de todos ellos sea el tiempo, una dimensión que hay que invertir con generosidad y con la convicción de que el resultado merecerá la pena. Hablamos mucho de las llamadas horas de calidad que a veces se entienden como la realización de actividades estimulantes, cuando seguramente la verdadera calidad está más relacionada con lo contrario, con lo que llamamos perder el tiempo.

Lento, la segunda novela del escritor Andrés Barrero, incita a perder el tiempo con los que queremos, pero nunca es perderlo ya que regalar lo más valioso que tenemos a nuestros seres queridos es el indicador más claro de nuestro compromiso con ellos. Vivimos en una época en la que la velocidad y la producción son valores muy atractivos y Andrés Barrero, con esta novela, nos recuerda que trenzar algo sólido y duradero, requiere tomarse las cosas con calma. Escrito con un lenguaje preciso, una narrativa fluida y un ritmo dulce, Lento estrena editorial. Libros y Literatura inicia su catálogo con un producto hermoso que han cuidado mucho antes de iniciar su inmersión con ilusión y valentía en el mercado editorial. Y atendiendo a su escrupulosa edición, vemos que LyL viene para quedarse.

Lento nos cuenta una historia sobre la comunicación que se establece entre un padre y un hijo ya adulto a través del acto de cocinar juntos los domingos. Padre e hijo se reúnen alrededor de los fogones y, mientras preparan deliciosas recetas de la gastronomía tradicional de Huelva, hilan una relación llena de naturalidad y de cariño que abre una ventana a su envidiable universo.

Envidiable porque desde el otro lado de las páginas percibimos los aromas que esa relación destila: amor, respeto y mucha nobleza. El padre es una persona sencilla e íntegra que todavía tiene muchas lecciones que transmitir a su hijo a través de la cocina (“las personas no somos diferentes de estos tollos. […] …están tan acartonados que no parecen aprovechables. Sin embargo, tienen toda su esencia en el interior, todo el sabor. […] Probablemente sepan mejor secos que jóvenes y lozanos”). El hijo recibe estas enseñanzas con cierta sorna, pero también con admiración, no solo porque se da perfecta cuenta del conocimiento que contienen, sino también porque reflejan el cuidado con el que el padre ha construido su propia vida. Incluso con cierto afán por llegar algún día a tener esa sabiduría que sabemos que dan los años y que permite poner en valor lo que realmente lo tiene.

El todo es más que la suma de las partes. Padre e hijo son caballeros de los que ya no quedan tantos, pero además han construido una relación maravillosa. Por un lado, su trato es prudente y sin exhibiciones emocionales que todo lo enturbian. Su conversación, tejida con la tradición de una cultura común, se encuentra llena de mensajes sutiles y de protecciones veladas. Pero además manejan el pudor de la intimidad compartida con el humor que los dos protagonistas se gastan. Un humor ingenioso y elegante que aliña la relación y expulsa de su espacio las nubes que amenazan su pasado y, quizás, su futuro. Porque la novela no solo nos permite disfrutar inocentemente de los momentos especiales que comparten sus protagonistas en torno a la cocina, sino que también obliga a que los sigamos a través de una peripecia mucho más dolorosa que, desgraciadamente, muchos padres españoles del último siglo han recorrido.

La gastronomía tiene vida propia en esta novela. la mediadora de este encuentro padre-hijo podría haber sido cualquier otra actividad compartida como el ajedrez, o el criquet, pero lo cierto es que la cocina dota a esos momentos de una sensorialidad efímera única que transforma los domingos (esos días tantas veces tristes) en paréntesis en los que se puede domar el tiempo y evitar que te arrastre. Como sentarse a mirar una puesta de sol o un paisaje hermoso y dejarse llevar por los sentidos.

Es un gusto ver lo que se cuece en esa cocina. No solo por las recetas que te dan ganas de dejarlo todo y bajar al supermercado a comprar los ingredientes (seguramente sin ningún éxito, pues muchos de los productos son locales y de no tan fácil acceso) sino que echas de menos cocinar así, pausadamente, con alguien querido. El padre corta el choco, el hijo pocha la cebolla y entre cuchillos, cazuelas y chascarrillos, se instala la magia que, seguramente, los dos llevan esperando toda la semana y que suele terminar en un plato como el de Choco con Habas que “sabía a reencuentro y le reconfortaba como ningún otro sabor en el mundo” o como el Consomé con Royal de Gallina, un plato que sabe a Nochebuena.

Estos domingos son un bálsamo para el hijo que, profesor de universidad de mediana edad, tiene una vida más agitada que la de su padre. Quizás por ese motivo es más consciente de que está viviendo momentos especiales que le gustaría no olvidar. Con esta novela, el hijo, quizás Andrés Barrero, parece querer congelar esos domingos para disfrutarlos no solo en el presente, sino hacer acopio de ellos para el futuro cuando ya se hayan perdido. Como preparar un álbum lleno de preciosas instantáneas para evitar que el olvido arrample con todo.

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Cuentos de hadas, de Angela Carter

Cuentos de Hadas

Cuentos de HadasSales de trabajar tarde y cansada. Llegas a casa con hambre pero sin ganas de preparar la cena. Acabas con los restos que encuentras en la nevera, te pones el pijama y saltas a la cama: por fin toca leer. Hay muchos días así. Y leer al final de esos días no está garantizado. Muchas veces en los primeros cinco minutos te quedas frito. Otras veces el día ha sido más difícil y no para de torturarte con sus llamadas (“se te ha olvidado firmar este acuerdo”, “te va a tocar repetir mañana esto porque no se han enterado de nada”, “¿de verdad les has dicho que tenías el manuscrito el 15?”). Así no hay quien se concentre en un libro. Intenta leer algo con muchos personajes, o muy denso con una cabeza que aún no ha cerrado el día. Imposible. Empiezas la misma página una y otra vez.

Pues en este estado he leído yo el libro de Cuentos de Hadas de Angela Carter y no solo no me he dormido leyéndolo, sino que, desde la primera frase, ya estaba dentro. Al rato de empezarlo me he hecho con trecientas de las seiscientas cuarenta páginas que tiene. Un buen libro siempre te recompensa, pero mientras que con algunos tienes que poner de tu parte para que se abra, otros te allanan el camino. Y no porque el autor sea ligero y la temática simplona. No. También porque nuestro cerebro está muy entrenado para dejarse invadir por cierta forma de narrativa. Déjenme presentarles un poco mejor el libro antes de defender esta hipótesis.
Cuentos de Hadas, es una recopilación que ha hecho la escritora inglesa Angela Carter de cuentos de hadas protagonizados por mujeres, de todos los tiempos y lugares. Aunque este libro podría estar escrito a mano en papel sucio y sus palabras seguirían atrapándote, Impedimenta, como siempre, nos los presenta en una edición preciosa que incluye ilustraciones maravillosas de Corinna Sargood.
En realidad, hadas hadas no hay muchas; se podrían llamar también cuentos maravillosos o lo que nosotros conocemos como cuentos infantiles, aunque su público destino no lo es. Estos Cuentos de Hadas contienen todo lo que esperamos: castillos, madrastras, doncellas hermosas, brujas, príncipes y reyes de lejanos, prósperos reinos y también mucha gente normal y corriente que no tiene con qué llenar la barriga. Pero como también incluye cuentos de otros pueblos de los que conocemos poco, como los Inuit, nos encontramos con muchas sorpresas, como abuelas que se enamoran de sus nueras y que, en ausencia de sus hijos, se fabrican un pene con un hueso rodeado de piel de foca con el que sustituyen a sus hijos. Pero vengan de la cultura que vengan, son relatos herederos de una tradición narrativa humana, que compartimos en todos los lugares de la tierra. Cuentos que son raíces de la literatura, basados muchos en la transmisión oral, que nos permiten entender la naturaleza humana del momento y el ambiente que nos rodea. Angela Carter, muy interesada siempre por el cuento fantástico, recogió cuentos de distintos culturas (armenia, hindú, china, inuit, inglesa, alemana, rusa…) que estuviesen publicados y traducidos al inglés. A pesar de que muchos de ellos se mantienen vivos por objetivos nacionalistas, (tenemos que proteger nuestro folclore antes de que los vecinos nos uniformen y dejemos de ser este hermoso y diferente pueblo), a veces el mismo cuento aparece varias veces en el libro narrado con pequeñas modificaciones desde la mirada de distintos pueblos. Esta sintonía cultural que se produce con cuentos como el de Cenicienta que incluso comparte detalles como el del zapato salvador, se explica por los movimientos humanos que incluían en sus maletas la tradición oral. Los conflictos bélicos mezclaban culturas mediante la captura de enemigos, o la creación de parejas mixtas de vencedores y vencidos. La misma semilla plantada en suelos distintos.
Angela Carter confiesa en la introducción que también ella está actuando en este libro como nacionalista cuyo país es la mujer, recordando su presencia en el pasado para garantizar su posición en el futuro. Mujeres con envidias de sus hijas, mujeres que se enamoran de sus suegras, mujeres valientes, listas, egoístas, vanidosas, ingeniosas, generosas, traviesas, agresivas… no hay uniformidad, ni cultural ni genérica.

Volvamos ahora a la hipótesis inicial: la conexión con este tipo de estructura narrativa es inmediata porque nuestros cerebros están muy familiarizados con ella. Cuentos de Hadas me ha atrapado casi con la rapidez con la que lo hace la música. Un par de notas y ya no hay tareas pendientes, cerramos una puerta y transitamos a otro sitio más personal. Abrimos este libro, leemos érase una vez y ya estamos listos para que los personajes se conviertan en gansos. Nuestros cerebros conocen esos caminos, llevan siglos recorriéndolos. Estamos modelados tanto para temer a las serpientes (aunque ahora ya no tenga mucho sentido) como para entender estas narraciones. Aquellos que reaccionaban con temor al ver a una serpiente tendrían más probabilidades de sobrevivir. Los que entendían su cultura y sus relaciones sociales, también.
Yuval Noah Harari en su libro Sapiens. De animales a dioses plantea una hipótesis preciosa que va un poco más allá de esto. Nuestra especie dio un salto cualitativo gracias a nuestra capacidad de imaginar de forma conjunta. Imaginar colectivamente. Ya sea la existencia de un Dios que cuida de nuestras cosechas, la existencia del dinero, o la democracia. Volvemos a hablar de literatura ¿no?, imaginación más transmisión oral. Me gusta pensar que la literatura puede haber tenido un papel tan importante en nuestro progreso como especie. Es una propuesta original y muy interesante. El efecto de los cuentos sobre el individuo lo sabíamos ya: si entiendes el comportamiento humano sabrás mejor cómo moverte entre los tuyos y sobrevivir. Así que no solo estamos frente a un libro precioso y entretenido, además es muy útil. Por ejemplo, si tu madre es muy bella, ¡ay!, cuídate de no serlo tanto porque su envidia te puede costar la vida (siempre que la luna esté de su parte, ojo).

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La historia del arte, de E.H. Gombrich

La historia del arte
La historia del arteHay varias vías por las que descubrimos un libro. A veces te lo recomienda un amigo; otras, lees una reseña en LyL que te gusta; puede ser que lo presenten en la radio o que incluso algún programa de televisión utilice sus pocos minutos de emisión cultural para hablar de un libro con el que podría ser que conectaras. Y por último, si eres muy lector, es muy frecuente que sean los mismos libros los que te llevan a otros libros.
Llegué a La historia del arte de Gombrich a través del libro Éxito de Trama Editorial. Un libro muy divertido sobre el encuentro de autores y sus manuscritos con las editoriales: errores garrafales cometidos por las editoriales, cartas de rechazo ingeniosas, autores poco críticos que se sienten incomprendidos y proyectos que, con buen olfato por parte del editor, se convierten en libros que venden más de ocho millones de copias. Este último es el caso del libro de Ernst Gombrich: una aproximación muy personal a la historia del arte, nada más y nada menos.
Textos sobre la historia del arte hay muchos, pero este de Gombrich publicado por primera vez en 1950, es el mejor que se ha escrito jamás. ¿Qué lo hace tan especial? Sin ninguna duda el autor, Gombrich, que lo escribe desde una perspectiva llena de sabiduría y de ternura.
En este libro no podemos cometer el error de pasar directamente al capítulo primero saltándonos la introducción y los prefacios a las sucesivas ediciones. Gombrich nos explica sus normas para escribirlo en las primeras páginas. La primera es que el lenguaje no puede ser excesivamente académico para no desencantar al que era su público objetivo: jóvenes que se enfrentaban por primera vez al tema. Eso no significa utilizar su jerga, ni minimizar los objetivos, ni reducir los conceptos que quiere transmitir. Significa que el lenguaje va a ser un instrumento preciso y hermoso que va a servir a su función principal, significa no asustar con cientifismos innecesarios y producir el efecto contrario al deseado, significa analizar las ideas que se pretenden transmitir y presentarlas de una manera sencilla que esté siempre al servicio del conocimiento. Como el mismo Gombrich dice, no es descender hasta los jóvenes, más bien lo contrario, ya que en el fondo ellos son los más difíciles de engañar con el lenguaje opaco que acompaña a la mayoría de las disciplinas. Esta norma no implica simplificar los conceptos o tratarlos superficialmente. Implica ir a lo esencial y no distraer. El resultado de su primera norma es un libro limpio y honesto que interesa a jóvenes y adultos, que cautiva a profesionales y a curiosos. Una ascensión hasta los jóvenes de la que todos nos beneficiamos ya que sus palabras casi 70 años después son sinceras y producto de exprimir lo fundamental.
Sus otras dos reglas tienen que ver con la selección de obras que va a presentar: tienen que ser obras de arte verdaderas y apoyadas por una mayoría. Quiere dejar de lado tanto las obras discutidas o que fueron apoyadas por sus coetáneos pero que no pasaron el cribado del tiempo, como sus preferencias personales. No quiere perder de vista el objetivo: mostrar que el arte es lo mejor de nosotros mismos y que la historia del arte nos ayuda a entenderlo. Necesariamente se van a quedar fuera obras y artistas significativos, pero esta renuncia es esencial para conseguir hacer un tratado inmejorable y que no sea demasiado extenso. Incluso cree que escoger una selección tan exquisita podría hacer aburrido el libro, ya que como él dice, los elogios son más insípidos que la censura (así que mi reseña va a ser aburridísima).
Una presentación que es toda una declaración de intenciones y que impacta por lo poco acostumbrados que estamos a que se hable del arte en términos sencillos y manejables. Te está diciendo que su pasión es contextualizar el arte en su tiempo, sí, pero que su objetivo ahora eres tú, lector. Nada hay más importante que conseguir hacerte fácil y atractivo el camino. Como un buen profesor, conocedor riguroso y enamorado de su campo de estudio, pero comprometido con el estudiante. No para contarle detalles superfluos que se le olvidarán o perderlos en marañas de tecnicismos innecesarios. Su misión es rastrear la verdad y manejarla para que su audiencia perciba su forma.
El fotógrafo Henri Cartier-Bresson dijo del libro: “Ecuación: conocimiento + contemplación; solución: Gombrich”. Mi ecuación incluiría más términos:
Conocimiento + amor + respeto + humildad + objetivo = La historia del arte, de Gombrich. Conocimiento extenso y profundo, amor por el arte, respeto por los artistas y los lectores, humildad para olvidarse de sí mismo y perseguir su objetivo: que los lectores (profanos o no, ojo, este es un libro muy querido también por artistas de todos los campos) podamos darle algo de sentido al arte utilizando el tiempo como guía.
Y es maravilloso que Gombrich sea humano (tan humano) para hacernos entender desde su mirada los vaivenes de artistas y obras a través de la historia, y nos gustaría que en algunos aspectos lo fuera menos, que fuera inmortal para que su estudio nos devolviera su visión sobre el arte que ha aparecido después de su muerte. Señor Gombrich, ¿qué motivaciones diría usted que llevan a Okalpa a pintar esos cuadros llenos de números?, ¿a qué se enfrentan los artistas en las décadas en las que ya no estaba usted para contextualizarlos en la historia y comprender sus objetivos? Que sepa que le echamos de menos.
La función principal de un libro de historia del arte es contextualizar el arte, darle sentido dentro de su particular época, es entender cuáles eran sus motivaciones, con qué herramientas se podía trabajar, qué temáticas eran las más frecuentes, qué problemas técnicos resolvieron y cuáles crearon, con qué obstáculos políticos, sociales, culturales e incluso científicos se encontraban los artistas. Dice Gombrich: “Es tarea del historiador hacer inteligible lo sucedido. Es tarea del crítico criticar lo que sucede.” Y, sin embargo, La historia del arte, no solo describe y nos ayuda a conocer, también nos ayuda a comprender.
Tratar de entender el arte es rodearse de dudas. ¿Es universal? ¿Es asequible para todo el mundo o solo para las élites que viven en él? ¿El artista siempre tiene una intención? ¿Cuál es el papel del observador en la percepción de una obra? ¿Es la técnica necesaria y/o suficiente? ¿Cómo detectar el fraude si es que lo hay? El historiador no es un crítico de arte, pero al recoger lo que ha sucedido, reflexiona sobre estas preguntas en el pasado. “…No podemos olvidar que el arte es cosa muy distinta de la ciencia. Los propósitos del artista, sus recursos técnicos, pueden desarrollarse, evolucionar, pero el arte en sí apenas puede decirse que progrese, en el sentido en que progresa la ciencia. Cada descubrimiento en una dirección crea una nueva dificultad en otra
La edición de lujo, recién publicada, es un libro de otro planeta. Una encuadernación en tela con estuche, una maquetación elegante y sobria, anexos con bibliografía detallada, tablas cronológicas y mapas de los lugares mencionados. 688 páginas y 413 maravillosas ilustraciones (en papel mate eso sí) que, algunas, se han grabado en mi memoria y que conviven codo con codo con otras imágenes impresionantes (por ejemplo, las sinapsis que establecen las neuronas con el músculo en minúsculas larvas de insectos).  Me gustaría creer que lo bello que vemos (oímos, leemos) pasa a formar parte de nuestro catálogo de vida, arraigándose en nuestras conexiones y creando un paisaje interior que nos enriquece. La última cena de Leonardo Da Vinci, el soldado muerto de La batalla de San Romano de Ucello con su fascinación por la perspectiva, la luz en El sueño de Constantino, de Piero de la Francesca, la angustia en el niño agonizante de Pobreza, de Käthe Kollwitz…   Lo bello, el encuentro, la comprensión. Este libro es, en sí mismo, aquello de lo que habla: una obra de arte. No es mi opinión, o no solo, lo dice la historia.
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Cuentos, de Roald Dahl

Cuentos

CuentosRoald Dahl es sobre todo un contador de historias. Historias ingeniosas, divertidas, crueles, inmorales, siniestras o hermosas, pero siempre historias impactantes con finales sorprendentes, inesperados y extraordinarios.  La marca de la casa es dejar al lector con la cabeza del revés.
Encontrar una buena historia es difícil, pero tantas como las que él escribió es rarísimo. No es de extrañar que necesitara un cuaderno para recoger todo lo que producía su fábrica de ideas. Estamos frente a una persona enormemente creativa, con una cabeza que debía estar siempre bullendo mientras devoraba todo lo que pasaba a su alrededor. Atento a cualquier chispazo que se produjera en sus circuitos para apuntarlo en su cuaderno y más tarde, convertirlo en una narración. El cuento La subida al cielo procede de una macabra vuelta de tuerca a la idea de ascensor. Solo escribió esa palabra en su cuaderno y para darle forma, produjo una historia con una idea mucho más potente aún (y que no debo contar para no destripar el final).

Es una suerte empezar con Dahl cuando eres niño. Matilda, Charlie y la fábrica de chocolate, Las brujas, o Danny Campeón del mundo son mundos más variados y plurales que los que, incluso de niño, eres capaz de imaginar. Leer a Dahl cuando eres niño es un anzuelo para futuros lectores. Y cuando de adulto descubres que también escribe para este nuevo y menos ingenuo tú y vas a ver qué se cuece, te encuentras con un Roald Dahl que reconoces por imaginativo y macabro, pero que tiene un toque más gamberro e inmoral. Es verdad que cuida a los desvalidos, niños y animales particularmente, pero lo hace sin sentimentalismos. Nada de ñoñeces, mano dura con los timadores y los estafadores a los que, por astutos que sean, todo les sale mal. Mano dura también con los matrimonios torcidos, con las esposas desleales, con los maridos que gozan martirizando a sus mujeres (quizás con nimiedades, pero sistematizadas). Los rencores acumulados de años se resuelven con la venganza, las opresiones de toda una vida acaban encontrando su castigo.

Alfaguara había publicado un volumen de Cuentos Completos de Dahl. Esta nueva selección de Cuentos, de la colección Compendium de Anagrama, se publica un día después de cumplirse el centenario de su nacimiento. Contiene los relatos recogidos en Historias extraordinarias, Relatos de lo inesperado, El gran cambiazo y Dos fábulas. Niños que son acosados por abusones, mujeres soportando a maridos crueles, maridos engañados, utilizados y acobardados por sus mujeres, amantes que no soportan el rechazo, tramposos que pagan con su vida, ladrones oportunos, paranoias sobre traumas de la infancia, sexo con mujeres poco recomendables, padres que se defienden de sus hijas, niños que adoran los animales o incluso que se convierten en ellos. Este libro de Cuentos tiene mucho de lo mejor de Dahl. Dos fábulas, con sus inquietantes ilustraciones, es la primera vez que cae en mis manos. El resto los había leído hace tiempo y al releerlos ahora, me he dado cuenta de que me acordaba de todos los finales, pero de muchos había olvidado la puesta en escena. Y me ha sorprendido que el desarrollo fuera tan bueno: la tensión que se siente con los retrasos del malvado marido de La subida al cielo, el humor negro de La patrona (¡qué maravilla!), o la descripción del labio de abajo y sus implicaciones según las formas de El gran cambiazo.

Roald Dahl domina la narración y te sitúa en la acción ágilmente, usa los recursos apropiados para que el aterrizaje sea rápido y una vez allí, cierra el relato con una bomba que él sabe que va a seguir escuchándose en tu cabeza mucho tiempo. Un cuentacuentos alrededor de una hoguera en una noche de acampada, un publicista, un guionista. Este es uno de los motivos por el que sus obras se han utilizado muchas veces en el cine. En principio sería un cine basado en el guion, en el que el lenguaje está al servicio de la historia, mucho más Billy Wilder que Malick. Pero, sin embargo, sobre todo es Hitchcock, uno de los maestros en el uso del lenguaje cinematográfico. Hitchcock y Dahl comparten la importancia que le dan al poder de una buena historia, y además gastan el mismo humor (“-No voy a retirar mi oferta, amigo mío. Lo que pasa es que usted no tiene una hija para sustituir a la mía, en caso de que pierda, y aunque la tuviera, yo no me casaría con ella. -Me alegro de oírte decir eso, querido- intervino su esposa.” Gastrónomos). Pero no es solo por sus eficaces historias por lo que Dahl es muy cinematográfico, es también porque muchos de sus cuentos describen escenas muy visuales, párrafos que con trazos precisos dibujan imágenes muy poderosas (el gato y las llamas en Edward el conquistador, Lady Turton encajada en la escultura de Henry Moore, Mary fumándole al cerebro de su marido William, en William y Mary).

Un contador de historias gigante con sentido del humor. Y un aventurero culto, interesado por la ciencia, el arte y la música. Me lo imagino siempre activo, con hambre de novedades, eternamente estimulado, exprimiendo cada experiencia que vivía y luego encerrándose en su despacho para dar forma a lo mucho que pasaba por su cabeza. No siempre combinan bien esas ganas de vivir con la escritura. Tuvimos suerte de que entre toda esa vida también le apeteciese escribir.

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Mi familia y otros animales, de Gerald Durrell

Mi familia y otros animales

Mi familia y otros animalesHace algunos años leí en un periódico un reportaje en el que varios escritores famosos compartían con los lectores un listado de diez libros que les habían cambiado la vida. La mayoría de las selecciones incluían En busca del tiempo perdido, Don Quijote de la Mancha, o Ulises, libros que, indudablemente, han debido cambiar muchas vidas. Pero quizás el objetivo del reportaje no era recopilar las obras maestras de la literatura universal, sino más bien conocer un poco mejor a esos escritores a través de una lista más personal. En ella esperaríamos encontrar libros de aventuras que les iniciaron en la lectura, libros que supusieron una revelación para entender aspectos esenciales de su identidad, libros que compartieron con algún enamorado, libros que sustentaron sus ideas políticas, o incluso libros que les ayudaron a elegir su profesión.
Hacer listas es siempre difícil, pero algunas más que otras. Me costaría mucho tratar de hacer un listado jerarquizado de los diez mejores libros de la historia, incluso de mi historia, pero encontrar diez títulos que hayan cambiado mi vida me parece más sencillo.  Entiendo que no tienen que ser joyas de la literatura sino libros cuya lectura haya supuesto un punto de inflexión en mi trayectoria. Mi familia y otros animales sería uno de esos diez libros ya que fue el culpable de que decidiese estudiar Biología. Y por lo que he sabido después a través de compañeros que también lo leyeron, las aventuras de Gerald Durrell y su familia en la isla griega de Corfú son responsables de crear un buen puñado de biólogos.

Mi familia y otros animales, es la versión adulta de Gerald Durrell del tiempo pasado en Corfú. Los muy británicos Durrell deciden dejar atrás los fríos inviernos londinenses y volar hacia otros parajes más cálidos y apropiados para sus respectivos desarrollos personales. Mamá Durrell explora la jardinería y la gastronomía en la villa color fresa, en la villa color narciso, y en la villa blanca; su hermano mayor Larry, el futuro escritor de El cuarteto de Alejandría, llena baúles de libros, se calza la máquina de escribir y consagra su tiempo a la creación de obras inmortales de la literatura; Leslie, el hermano mediano dedica su tiempo a la caza de tórtolas y a ejercitar su cuerpo; Margo, su hermana, muy atenta a su aspecto externo, se especializa en citas y enamoramientos con distintos personajes de la isla; y por último, nuestro narrador Gerald Durrell, entonces Gerry, recorre la isla con un hambre voraz de naturaleza, acompañado de su perro Robert, igual de atraído que su dueño (aunque por distintos motivos) por la fauna de la isla.
En Mi familia y otros animales Gerald Durrell disecciona con espíritu observador, divertido y cariñoso el comportamiento de los animales de su casa y de la isla.  Es difícil no reírse a carcajadas con las alocadas historietas del día a día de esta familia integrándose en el universo hospitalario y ruidoso de Corfú y sus gentes (con Spiro, taxista y auto-proclamado protector de la familia, a la cabeza de secundarios inolvidables).
Pero además de disfrutar con la ironía pulida y constante del narrador para con los animales humanos de su libro, hay capítulos preciosos que transmiten la belleza natural de la isla y de sus bichos. Nidos de arañas perfectamente diseñados para atrapar incautos de la manera más eficiente; tortugas que establecen lazos emocionales con sus dueños y los siguen como si fueran perros; palomos orgullosos y viriles que, para sorpresa de todos, acaban poniendo huevos; peleas a vida o muerte entre Gerónimo (salamanquesa llamada así en honor a su homónimo apache, por las astutas estrategias que desarrollaba contra sus presas) y una gigantesca mantis; Urracas que, adorables en su infancia, se convierten en auténticos vándalos que atacan, como no, el cuarto de Larry (“Esos buitres tiñosos me asaltan esto como un par de críticos, me destrozan y empuercan el manuscrito cuando ni siquiera estaba aún terminado, ¿y te parece que estoy disgustado?”).

Creo que es la mezcla de los dos mundos, su familia y la fauna de Corfú, la que consigue que este libro sea un generador de vocaciones naturalistas. Por un lado, Gerald Durrell nos desvela rutinas fascinantes de los animales que normalmente quedan escondidas. La naturaleza a pesar de ser una fuente infinita de agradables sorpresas, no concede tan fácilmente sus grandes momentos, se necesita mucho tiempo de observación y un poco de suerte. Gerry los tiene y luego Gerald selecciona los momentos estelares, les pone un lazo rojo y nos los regala, como si se tratara de un buen documental de David Attemborough. Llena de contenido los nombres carraleja, cetonias, mígalas, cíclopes. Y con ello conecta con nuestra inquietud por nombrar y aprehender lo que nos rodea. Basta con conocer sus nombres para que el paisaje verde y natural de un simple paseo se pueble de robles, de eucaliptos, de dedaleras, de ombligos de venus, de calas, de dalias, de gardenias, de agallas, de erizos de castaña.
Además, la forma en la que Gerald Durrell nos retrata a su familia también potencia el interés por los naturalistas, ya que desmitifica una imagen que está muy extendida en el imaginario global y nos propone otra más atractiva. Me explico. Una imagen muy frecuente de los naturalistas es la de un señor con cazamariposas, pantalones cortos y una mochila llena de tarros en los que guarda cada ejemplar que se encuentra a su paso. Nos parece que debe tener una alta capacidad de concentración y de observación sobre temas concretos (los seres vivos) que, sin embargo, puede interferir con su atención sobre el resto de la realidad: es decir, de tan concentrados que están con su objeto de interés, no se enteran de lo demás y se pierden lo que pasa fuera. En este libro Gerald Durrell nos sugiere lo contrario, la capacidad afilada de observación hacia la naturaleza se puede aplicar a cualquier motivo. La mirada del naturalista es igual de lúcida para comprender el mecanismo de reproducción de los escorpiones como para entender las reacciones de su familia. El naturalista no solo está en el mundo, sino que tiene herramientas muy útiles para vivir en él. Gerald Durrell parece sugerir que, si optas por estudiar o investigar sobre la naturaleza no vas a vivir de espaldas al mundo en tu pequeño baldosín. Además de pasártelo muy bien con tu objeto de estudio, no vas a ser un bicho raro que no se entera de nada más.

Por último, este libro conecta con otro de nuestros deseos más recurrentes, las vacaciones infinitas. Vivir en un clima cálido, escaparnos a una isla con nuestros seres queridos, una isla llena de variaciones de azules y amarillos, de gente sencilla que echa siestas sin culpabilidad y de todo el tiempo del mundo para dedicárselo a lo que de verdad nos interesa: los bichos, los libros, las armas, la jardinería o a terminar la lista de los diez libros que te hayan cambiado la vida.

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De oficio, Lector. Respuestas a Pierre Nora, de Bernard Pivot

De oficio, Lector. Respuestas a Pierre Nora

De oficio, Lector. Respuestas a Pierre NoraEste verano he estado reorganizando mis libros. Hacía siglos que no lo hacía y ya casi no sabía qué había comprado, dónde, o quién me lo había recomendado. Los libros, además de amontonados en las estanterías, estaban tirados por el suelo o en columnas retorcidas y mal cimentadas (“Los libros son unos invasores implacables. Como quien no quiere la cosa, haciendo gala de una paciencia infinita y en número siempre creciente, se adueñan del lugar.” Bernard Pivot, De oficio, Lector).

Después de organizar la ficción alfabéticamente, la no-ficción por temática y de dejar los huecos apropiados en cada balda para los que estén por llegar (esto es muy importante, por ejemplo, las baldas que tienen los autores que empiezan por la letra G y por la letra M hay que dejarlas bien aireadas, o rápidamente el suelo empieza a llenarse de libros otra vez), mi biblioteca ha quedado ordenada y funcional. Y al poner orden no solo he acabado con el caos de mi habitación, sino que además me he dado cuenta de dos cosas muy importantes.

La primera es que mi biblioteca no me refleja. Está llena de libros que no he leído aún o de libros que he leído y me han gustado moderadamente, digamos libros tibios. Y este carácter casi aséptico de lo que pensaba que sería mi mejor patrimonio, creo que tiene que ver con que tengo unas costumbres post-lecturas impulsivas y quizás, un poco exageradas: Me deshago de los libros que no me han gustado nada y también de los que me han gustado mucho. Hasta hace muy poco, los libros-afrenta iban a parar, sin dolor, a la primera papelera que veía, me sentía perfectamente legitimada haciendo desaparecer libros malísimos. Tampoco se me ocurría pasárselos a nadie, ya que me parecía de mal gusto regalar algo que yo despreciaba. Últimamente soy un poco más sabia y entiendo que no sirvo como rasero universal y que los libros que no me gustan no son necesariamente malos y les pueden gustar a otras personas, a veces incluso muy afines a mí (“Entre los autores y los lectores se establecen relaciones que van más allá de la afinidad: complicidades, ansias voraces…” Bernard Pivot, De oficio, Lector). Así que ahora, a los libros que en mi opinión son horrorosos, les doy una segunda vida en bibliotecas o en casas de amigos. No los destruyo, pero no los mantengo.

Y los libros que me han gustado mucho, mis libros-fetiche, tampoco. En este caso es porque los presto o los regalo a amigos, con el fin de extender la buena noticia. Y como todos sabemos, muchos de los libros prestados nunca vuelven y los regalados no me acuerdo de sustituirlos. Como resultado, me estoy quedando con una biblioteca que no tengo muy claro que me defina. “Mi biblioteca se basa, probablemente igual que la suya, en el doble registro: “lo he leído y me ha gustado – lo releeré”, “me ha enseñado – lo necesitaré”, “lo he anotado y subrayado – aprovecharé el trabajo hecho”. Nostalgia y promesas. Placer y eficacia”, Bernard Pivot, De oficio, Lector. No Sr. Pivot, la mía no. La mía está llena de insipideces y de dudas.

La segunda sorpresa que me he llevado al poner orden, ha sido darme cuenta de cuantos libros tengo sobre literatura: crítica literaria, editoriales, librerías, el proceso de escribir o selecciones de lecturas hechas por escritores. Es decir, me he dado cuenta que cada vez me interesa más leer sobre leer. Y creo que esto es compartido por muchos lectores compulsivos.

De oficio, Lector recoge las respuestas que escribe Bernard Pivot, presentador televisivo francés del programa literario “Apostrophes” a las preguntas de Pierre Nora, un editor de alta cuna. A mí no me gusta juntar las palabras “libros” y “televisión” (si no va acompañada de “series de”) en la misma frase. Pero hice muy bien en fiarme del título (muy atractivo para los de nuestra especie) y de la elegancia y el buen criterio de la Editorial Trama, porque De oficio, Lector, es un libro brillante y muy entretenido, con el que he disfrutado mucho.

Bernard Pivot es un personaje muy carismático que lideró el ambiente literario televisivo francés durante más de quince años y que, por medio de sus entrevistas a grandes autores (Marguerite Yourcenar, Nabokov, Bukowski, Albert Cohen, Le Clézio, John Le Carré…) consiguió que un programa de contenido literario, fuera el más visto en su franja horaria. Consecuentemente, “Apostrophes” fue un gran promotor de la lectura. Era muy frecuente que los libros que salían en su programa se convirtieran en superventas. Democratizó la lectura, motivó e incentivó al público general, recordándoles el valor de la lectura. Algo que nunca ha sido fácil hacer. El éxito no se debía a la estructura del programa ni a cómo estaba producido, ya que existían otros programas literarios similares que no tuvieron tanto tirón. El éxito se debía, sobre todo, a la figura de Bernard Pivot que, aparte de ser una persona mediática que dominaba el medio televisivo, era un monje de la lectura. De oficio, Lector, se emitía los viernes. Y Bernard Pivot ese día no leía, pero todos los demás días, fines de semana incluidos, leía entre 5 y 15 horas al día. Un lector concienzudo y muy profesional que casi cada día leía, tomaba notas y preparaba las preguntas que haría el viernes a sus invitados. Si no le gustaba el libro, el autor se encontraría con preguntas difíciles y momentos tensos. Y si le gustaba mucho, le piropearía sin pudor. Tenía fama de incorruptible, de no casarse con autores o editoriales y de no utilizar su fama para hacer dinero con otro tipo de publicidad. Se caracterizaba por tener un estilo directo y sencillo sin alardes académicos (es muy interesante ver cómo la academia francesa, a pesar de que siempre sintió curiosidad por él, lo veía demasiado popular). Utilizaba un enfoque periodístico y personal que, según él, nada tenía que ver con la crítica literaria “Ser crítico literario implica tener una memoria considerable para los libros, una cultura todoterreno, el espíritu de un descubridor, una capacidad analítica sobresaliente y verdadero talento para escribir”. Aquí no puedo estar de acuerdo con él: sí tiene talento para escribir, sí tiene espíritu descubridor y sí que analiza cuidadosamente tanto los libros que leía como lo que significaron esos años de trabajo. Es muy interesante curiosear sobre cómo leía, qué son los libros para él, cómo los seleccionaba o cómo enfrentaba lo leído con la realidad. Y es admirable su visión sobre la responsabilidad de la televisión en la promoción de la lectura y su análisis sobre los mecanismos de producción que utilizó y que tan bien funcionaron.
Consiguió democratizar la literatura sin banalizarla. Nada fácil. Y lo logró porque era un apasionado de la literatura, un gran profesional de la comunicación y además estaba plenamente comprometido con su misión. “Apostrophes” con Bernad Pivot es la prueba de que se pueden hacer programas literarios serios y entretenidos en televisión.

Una maravilla de libro. Me temo que, en breve, va a desaparecer de mi librería.

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Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff

Tú no eres como otras madres

Tú no eres como otras madresTú no eres como otras madres. Yo tampoco. Ni tú. Ni tu madre, tu hermana o tu mujer. No existe eso de “otras madres”. Todas somos distintas. La maternidad es una experiencia diferente para todos. Y, sin embargo, la maternidad es uno de los conceptos más plagados de lugares comunes que existen. No por usar el lenguaje perezosamente (pérfida envidia, fe inquebrantable o de rabiosa actualidad). Ni tampoco creo que sea porque la maternidad sea un sentimiento tan intenso y complicado que resulta indescriptible. El amor también lo es y aunque a veces sentimos mariposas en el estómago y a veces se nos rompe el corazón, existen muchas representaciones originales que nos permiten comprender mejor las particularidades de esta emoción en la literatura (como Piezas en fuga, de Anne Michaels o Como amigos de Forrest Gander) y en el cine (por ejemplo, El marido de la peluquera, de Patrice Laconte, o Buffalo 66, de Vicent Gallo). La maternidad además de ser una emoción compleja como pocas y por tanto difícil de definir, es una experiencia con tantas implicaciones en la población que parece socialmente interesante que lo que sienta una madre y cómo se comporta con sus hijos sea una respuesta innata, estereotipada y global que se extiende a lo largo de toda su vida. Ni mucho menos quiero con esto desestimar el papel que, obviamente, tienen las hormonas en los mamíferos. Que es esencial, predecible, sí y, por supuesto, evolutivamente interesante. Me refiero a que las expectativas sobre la maternidad están establecidas en la sociedad como algo estático, invariable y generalizado. Se desechan las singularidades, se trivializan los efectos de las motivaciones, la formación o la historia de cada madre. Pues incluso dicho esto, la protagonista de Tú no eres como otras madres, se gana el título del libro a pulso. Estamos a principios del siglo pasado, cuando el margen de respuestas esperables de una madre era muy reducido.

La protagonista, Else, es la madre de la autora. Así que este libro es sobre todo una mirada llena de amor, admiración, curiosidad, asombro y a veces un poco de rencor, de una hija a su madre. Else es una judía burguesa del siglo pasado, una mujer inteligente, sensual y llena de inquietudes, que tiene la valentía de rebelarse ante el futuro que le están preparando sus padres, que incluye un matrimonio por conveniencia con un amigo de la familia. Pero en vez de responder a lo que se espera de ella, desobedece a sus padres y opta por elegir autónomamente y por amor, al que será su primer marido. Esta decisión es solo la primera de las muchas elecciones personales que hace Else a lo largo de la novela. Y no le importa hacer mucho ruido, sorprender o decepcionar a los demás.

La primera parte de la novela se llena de maridos (casi tres), de hijos (uno por marido), de conversaciones sobre arte, música y literatura, de cenas en lujosas mansiones y de salidas por el Berlín dinámico y culto del periodo de entreguerras. En este tiempo Else explora sus deseos que no son siempre convencionales y vive intensamente cada segundo sin sensación de pecado o de peligro. No tiene sensación de pecado porque asume sus anhelos como lícitos y porque se siente avalada por un grupo de seguidores que están atrapados por su magnetismo. No tiene sensación de peligro porque el dinero no es un problema y su vida es solo lo inestable que ella desea.

Pero peligro sí existía y tardó poco en llegar. Cuando Hitler llega al poder e inicia una serie de reformas que le garanticen el poder absoluto, Else y su círculo observan este nuevo orden con preocupación, pero considerándolo poco más que un insulto intelectual y provinciano y no las primeras notas de la obra sombría y terrible que llegaría a ser poco después. Leyendo el libro desde nuestra distancia sorprende que no vieran lo que se les venía encima, porque aquí y ahora vemos que desde el principio había señales claras de que el monstruo crecía. Sin embargo, ellos desprecian la importancia de los cambios que se avecinan y siguen ajenos a lo que se está gestando. Viven en lo que se podría llamar su pasado feliz, dando manotazos en el aire para apartar las moscas molestas pero irrelevantes, tratando de evitar las muestras del espanto que estaba invadiendo todos los aspectos de la vida de los judíos. ¿Cómo no leyeron los indicios con más claridad? Cuesta entenderlo desde lo que ya sabemos que sucedió, cuesta pensar que personas por otro lado inteligentes y sofisticadas, no anticipasen el mal. Pero solo tiene sentido a la luz de lo que sabemos que finalmente ocurrió. Era imposible imaginar tal horror.

Cuando ya no puede ignorar más el alcance de lo que está sucediendo, Else se exilia a Sofía con sus hijas. Estamos en la segunda parte del libro, la segunda y radicalmente diferente parte de su vida. Los años de búsqueda de identidad y de desarrollo intelectual no tienen cabida en Sofía. Se acabaron la seguridad, el lujo, las garantías y las decisiones personales no convencionales. Son tiempos de supervivencia, temor y tristeza. El cambio salvaje de la realidad exige adaptaciones y reinterpretaciones de la misma. Incluyendo la relación de Else con sus hijos, cuyas vidas, aún por hacer, están en peligro (de ser mutiladas, condenadas o incluso, de terminar) y pasan a representar la mayor preocupación de Else, que los sitúa ahora como prioridad casi única.

Tú no eres como otras madres es un libro tan maravilloso como brutal. Conmueve, atrapa, entretiene, enseña, recuerda, estimula, solivianta y permanece. Desde el principio se habla de él en todos los medios y se le compara con los clásicos. No está muy claro qué ingredientes tiene que tener un libro para convertirse en clásico. De las varias definiciones de clásicos que han hecho distintos autores, me gusta especialmente una de las que propone Italo Calvino en Por qué leer a los clásicos: “Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.” Si pienso en qué tienen de común “mis” clásicos, creo que la mayoría han sido capaces de transportarme al mundo que ha creado su autor de una manera tan intensa que no solo recuerdo el contexto, la trama o la atmósfera, sino que, sobre todo, el autor me ha hecho partícipe de la evolución de los personajes, cuáles eran sus representaciones mentales de partida, cómo han vivido los conflictos con los que se encuentran y en qué se han convertido cuando ya ha pasado todo. Con Tú no eres como otras madres estoy segura de haber leído un nuevo clásico.

Errata Naturae y Periférica, dos editoriales con catálogos muy escogidos, se han unido puntualmente para recuperar esta historia real escrita originalmente en 1992, cuando Else Schrobsdorff llevaba ya varias décadas muerta. A cuatro meses de su publicación lleva ya seis ediciones. Y esta respuesta de los lectores no es pasajera. Se va a convertir en un libro muy leído y muy regalado, ya que cuando lo has acabado tienes necesidad de compartirlo y, además, sabes que no vas a fallar. Se podría decir que el impacto de este libro está garantizado.

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La flor púrpura, de Chimamanda Ngozi Adichie

La flor púrpura

La flor púrpuraLa personalidad y el comportamiento del ser humano están determinados por sus genes y por el ambiente en el que vive. Nature and nurture, naturaleza y crianza, o lo que es lo mismo, herencia y entorno. Nacemos con una herencia genética fija que nos predispone a ser tímidos, adictos a las drogas o propensos a sufrir una depresión. Este saco de genes regalado por nuestros padres interacciona con el entorno que nos ha tocado vivir, con los amigos que nos encontramos o nos encuentran, con el brillante profesor de matemáticas del instituto que descubre algo en ti que nadie más había visto, con la natación del jueves y con el ballet de los martes. Pero también y por encima de todo, nuestra estructura genética choca con sus donantes originales, con cómo son, cómo viven y cómo nos educan nuestros padres. Tras un tira y afloja de varios años entre estos dos grandes mecanismos reguladores, se genera un adulto más o menos inteligente, motivado, extrovertido, neurótico, atrevido, voluntarioso, optimista y empático (por mencionar solo algunos de los muchos aspectos que configuran la personalidad).

Los genes son bastante invariables (de momento, de momento), así que lo único que se puede controlar para generar un adulto sano es evitar que la influencia del ambiente sea muy negativa. La infancia debería ser una etapa sagrada ya que en ella se forman la gran mayoría de los esquemas mentales que nos van a permitir luego enfrentarnos con cierta soltura en un mundo complejo. La infamia es que en muchos casos no es así. Muchos adultos se encontrarán con que están más o menos incapacitados para tratar con lo que les rodea, precisamente por haber encajado en un mundo peligroso o terrible en su niñez.

La Flor Púrpura es un libro que nos habla del final de la infancia de dos hermanos, Kambili y Jaja, que viven en un ambiente muy particular creado, principalmente, por su padre. La atmósfera en la que viven se sale de lo corriente. A mí me ha recordado al mundo tan extraño en el que viven los hijos en la película Canino. En esta extraordinaria película de Yorgos Lanthimos, se podría decir que los padres han secuestrado a los hijos del mundo real, obligándolos a vivir dentro de casa sin que entre ni una pizca del mundo exterior en sus vidas. Este encierro induce en sus hijos una ingenuidad y una pureza no habituales en niños “corriente y molientes” (si es que existe tal cosa). Sin embargo, la consecuencia atroz de este experimento es que, si alguna vez fuesen más allá de los muros de su casa, estos niños, ya adultos, serían completamente incapaces de entender nada de lo que les rodea. Los personajes de Canino son ficticios, pero existen casos reales equiparables, como el descrito en el documental Wolfpack (2015) de Crystal Moselle, que cuenta cómo los hermanos Angulo pasaron encerrados catorce años en su casa porque su padre tenía miedo de que Nueva York los “contaminase”.

Kambili y Jaja, viven una situación singular, no tan extrema como la de los niños de Canino o los del documental Wolfpack, y desgraciadamente mucho más habitual. A otra escala, la educación restrictiva de Eugene, el padre de Kambili y Jaja, transporta a los niños a un espacio cuyas únicas referencias son las que el padre permite. El factor externo “educación” choca con la carga genética de Kambili y le produce miedo, confusión y silencia su voz, mientras que el mismo factor provoca en Jaja frustración, culpa y finalmente determinación. En la historia que cuenta La Flor Púrpura, el entorno es una bomba que determinará las personalidades de Kambili y Jaja para siempre, a no ser que algo lo impida. A no ser que se les exponga a otro mundo lleno de risas, de flores de otros colores, de comidas más baratas pero más sabrosas. A un mundo de relaciones flexibles y naturales en el que conviven con armonía la tradición y la modernidad, la rebeldía y la supervivencia. Un mundo como el de la Tía Ifeona, la hermana de su padre.

Hasta ahora no he dicho que La Flor Púrpura se desarrolla en Nigeria y que todos los personajes del libro, a excepción de algún sacerdote europeo, son africanos. Y no lo he hecho a propósito. Precisamente para no incidir en lo que Chimamanda Ngozi Adichie llama el “peligro de la historia única” en su lúcida charla TED. Si tenemos muy poca información sobre una persona, un país, un continente, lo poco que sabemos los define de manera exclusiva.“La historia única” nos limita, fomenta los estereotipos y transmite la sensación de que somos muy diferentes de aquello que no conocemos. “La historia única” es la que hace que muchos europeos y americanos hablemos de África como si fuese un país en vez de un continente; un país además pobre, enfermo, analfabeto y violento. Solo eso. Chimamanda Ngozi se queja y nos recuerda que sus habitantes también son ambiciosos en sus trabajos, quieren conocer a la pareja de su vida o se preocupan por la rebeldía de sus hijos en su adolescencia. Todos somos muy parecidos en lo esencial y “la historia única” fomenta las diferencias y la oposición del “yo” frente al “otro”. Chimamanda Ngozi propone luchar contra la generación de esquemas tan pobres, sumando historias que nos permitan ver con más claridad. Y la materia de la que está hecha La Flor Púrpura, su primera novela, se podía extrapolar a Francia, Canadá o China. Es verdad que el clima político que ella describe es inseguro y peligroso y, obviamente, esta realidad como parte del entorno que los moldea tiene un gran impacto en sus vidas.

Pero la vida está en muchas otras plazas. En la contradicción emocional en la que vive Kambili con respecto a su padre, que parece ser un héroe y un monstruo a la vez; en la lucha por la democracia y la libertad de los medios de comunicación en la que lidian Eugene y Ade Coker; en el papel de la religión, tanto la de los dioses Igbos con sus exóticos rituales como la de la religión católica mostrada a través del antagonismo de Eugene y del padre Amadi; incluso en las preparaciones de comidas dónde se pela, se trocea y se cuecen verduras, tubérculos, frutos y se mezclan, si se puede, con algo de carne (el okpa, las hojas de orah… palabras hermosas no traducidas, probablemente directas del Igbo).

Chimamanda Ngozi, con su prosa limpia y bien estructurada, lucha contra la historia única no solo mediante un cuento sobre Nigeria que se suma a lo que conocemos, sino que predica con el ejemplo y puebla su historia con personajes complejos y contradictorios, que percibimos que están hechos de lo mismo que nosotros. Después ha escrito obras mejores como Medio Sol Amarillo o Americanah, pero su primera novela contiene ya los ingredientes y el buen hacer que le hicieron recibir el premio “Commonwealth Writer´s” al “Best First Book”.

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La hermandad de la Uva, de John Fante

La hermandad de la uva

La hermandad de la uvaLa hermandad de la Uva es un libro ideal para momentos de baja concentración. Cuando andas nervioso o agitado y sabes que necesitas algo fuerte que desde el principio se haga contigo y te deje sin posibilidad de decidir si seguir o no con el libro. Un libro que consiga que te pierdas en él, que en el fondo es lo que quieres, aunque no pares de dar vueltas por la casa o de mirar el móvil.
Y eso el libro lo hace desde el primer momento. En cuanto abres La hermandad de la Uva, los personajes se incorporan del libro, primero en 2D, miran a su alrededor a ver si van a ser bien recibidos y después pasan a 3D y colonizan todo tu espacio. Están vivos y los vas a escuchar.
Los Molise son una familia de origen italiano que vive en Estados Unidos. Cuando Nick y María Molise se instalaron en San Elmo se llevaron Italia a vivir con ellos. Criaron a sus cuatro hijos al calor del catolicismo, la mozzarella y de una estructura patriarcal perfectamente establecida y jerarquizada. Sus hijos, aunque han estado expuestos al estilo de vida americano en la calle y en la escuela, en casa han mamado perlas más y menos dulces de la cultura italiana. Ya en su cincuentena tienen que hacer convivir la imagen que tienen los americanos de la familia (más desdibujada) con la que les han trasmitido sus padres durante años. Sigue leyendo La hermandad de la Uva, de John Fante

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Librerías, de Jorge Carrión

Librerías

LibreríasSiempre me han gustado las librerías. Desde que era muy pequeña me gustaba entrar en librerías y tener la sensación de que todas las estanterías estaban llenas de promesas de ratos especiales, de historias entretenidas, interesantes, divertidas o útiles que me harían conocer otros mundos que, de otra manera, ni imaginaría [como otra sucursal de “El universo (que otros llaman la Biblioteca)” que dice Borges].
Tengo recuerdos borrosos de las librerías infantiles, recuerdo las caras sonrientes de los libreros, recuerdo colores brillantes, recuerdo un cuadro en una pared en el que dos parejas de abuelos estaban tumbadas frente a frente en una cama, viendo cómo su nieto abría una chocolatina de Willie Wonka, recuerdo un niño estirándose hasta la caja registradora con un libro que en la portada mostraba a un niño, Konrad, saliendo de una lata de conservas.
Según he ido haciéndome mayor, eligiendo libros y pasando por distintas etapas lectoras, las librerías se fueron convirtiendo en templos sagrados (perdón por el lugar común) cuyas promesas eran aún más excitantes. Todas las librerías me ofrecían propuestas llamativas, daba igual que fueran cadenas gigantescas en las que encontrabas de todo, que librerías pequeñas con el sello propio del librero. Las inmensas, las titánicas, me daban sorpresas agradables (por ejemplo, hace muchos años en una estantería de un Barnes&Noble de Columbus, Ohio, encontré nada más y nada menos que Dioses y héroes de la antigua Grecia de Gustav Schwab) pero a veces, también profundas decepciones (en la misma librería no tenían y, lo que es peor, no conocían a Simone de Beauvoir. Esto no pretende ser una generalización, muchos de los dependientes de grandes cadenas son grandes lectores). Sigue leyendo Librerías, de Jorge Carrión

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