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El vestido azul, de Michèle Desbordes

El vestido azul

El vestido azul es una extraña novela y lo es no porque explore vidas de personajes reales o porque se sumerja en la mente de alguien a quien las convenciones sociales tuvieron por loca, tampoco porque describa las dificultades de mantener equilibrio al andar sobre la línea roja que separa el arte de la locura, lo es por su mirada, por su capacidad para ver sin juzgar, para describir con una suerte de frialdad cálida que llega al lector allá donde las moralinas, los efectismos y las apelaciones primarias habituales no llegan.
Me encanta algo que dice el texto de contraportada que resume a la perfección lo que es este libro: “nos cuenta la tragedia «tranquila» de habitar los límites de uno mismo”. Tragedia que sin duda lo es, tranquila solo cuando uno se derrota o le derrotan. Es el caso de la anciana protagonista, la escultora Camille Claudel, quien a su innegable talento artístico suma la relación tempestuosa que le unió al escultor Rodin, cuyo desborde sentimental acabó dando con ella en el manicomio por muchos años. Su extravagancia y la voluntad de su familia, que tal vez habría tolerado mejor su condición de “mujer con gatos” si no se hubiesen unido a ella su notoriedad artística, su carácter indómito y su tendencia al escándalo. Mi sensación es que en aquella época la diferencia entre la genialidad y el manicomio no era otra que el género. Si Camille Claudel hubiera sido hombre habría pasado a la posteridad como un genio extravagante, en lugar de vivir décadas en el manicomio en el que, finalmente, murió olvidada.
El vestido azul no sólo repasa su vida, también pasea con Camille por los senderos del manicomio, nos muestra cómo coge una silla y sale con ella a esperar a su hermano, las muy escasas visitas de su hermano al que le une una relación tan contradictoria como intensa. Nos acompaña en su esplendor, en su amor, en su reclusión, en su rendición. La imagen de esa anciana con un vestido raído, sentada es una silla mirando a la entrada y esperando tiene una gran potencia literaria, y la forma de afrontarla de la autora, sin efectismos (y mira que los tenía a mano) intensifica sin duda las emociones del lector. Toda una lección de literatura.

Cuando él llegaba la encontraba allí, medio adormilada de tanto esperar, con aquellas ropas tan holgadas y la cabeza hundida sobre el pecho; entonces la miraba, permanecía de pie delante de ella un momento, contemplando aquel rostro demacrado y fatigado, aquellos párpados pesados y tan transparentes que podían verse las venitas, el pulso sanguíneo a flor de piel; ella, Camille, con su viejo vestido, su viejo abrigo y aquellas zapatillas de fieltro verde que no se quitaba nunca; y cuando abría los ojos, él estaba delante de ella, hablando en voz baja y diciendo que había llegado, que el camino había sido largo y que había tardado más de lo que habría querido; ella se sobresaltaba, recomponía su peinado o la tela arrugada sobre las rodillas, luego le tiraba de un brazo para que se sentara un momento en la otra silla, se quedaban allí un rato y después marchaban por los senderos, cada vez menos lejos, cada vez menos tiempo, decían que ahora se cansaban más, y al volver al pabellón, bebían en aquella pequeña habitación el té que él había traído de China, o el que le había regalado Jessie Lipscomb cuando estuvo allí de visita, miraban las fotografías; uno al lado del otro, en aquella cama pequeña, la tela de la colcha sobre la que ella colocaba las fotografías que arrancaba de la pared, quitándoles las chinchetas que las fijaban y, tomando una foto detrás de otra, se inclinaban sobre el papel aun brillante cuyos negros y grises se degradaban hasta convertirse en ese pálido color sepia en el que los rostros, las miradas parecían querer desvanecerse y recuperar su misterio, su insondable lejanía, y levantándose a veces para acercarse a la ventana y poder ver mejor, recordaban el día y el año y a aquellos que estaban allí son ellos; ella decía que no olvidaba, que no hacía otra cosa que recordar, y él respondía con aquella voz siempre fuerte y ruda, a pesar de la dulzura. De la ternura que intentaba emplear en aquellos días.

Camille anota las visitas de su hermano, un registro con tantas ausencias que debía ser el cuaderno más triste del mundo, pero ella siente la necesidad de anotarlo todo. Probablemente fuera su asidero, su clavo ardiendo. Aunque demostrase la infrecuencia de las visitas, también ponía negro sobre blanco que eran reales. Ella escribía y esperaba, y nosotros podemos, como dice Patrick Kéchichian en Le Monde “escuchar admirablemente la vibración de un tiempo detenido”. Eso es lo que tuvo que vivir Camille, un tiempo detenido en sus ausencias, en su derrota.
El vestido azul es la crónica tranquila de una vida intensa y libre, mientras fue vida, y de un triste compás de espera mientras fue ausencia y reclusión. Y es verdaderamente notable que Michèle Desbordes haya encontrado suficiente belleza en ambas como para construir esta delicada, elegante y muy recomendable novela.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Manual de exilio, de Velibor Čolić

Manual de exilio

Manual de exilio“No te metas con los bajitos”, este es uno de los consejos que le dan al protagonista cuando acaba en la calle.  Porque los bajitos llevan toda la vida peleando duro para que no los destrocen aquellos que son más grandes que ellos y están más acostumbrados a devolver los golpes. En cambio, los altos nunca han tenido que meterse en una pelea. Solo con su tamaño han logrado evitar la mayoría de enfrentamientos. El protagonista de la novela mide cerca de dos metros. Con esta metáfora, Velibor Čolić, autor y al mismo tiempo protagonista del texto, define a su personaje y a sí mismo.

Bosnia, 1992. Velibor es escritor, ha ganado premios literarios y lleva un programa de radio. No es soldado. No quiere ser soldado. Pero eso al ejército le importa poco. Por eso, va a la guerra y tras un tiempo en el frente, deserta del ejército bosnio. Con 28 años y apenas tres palabras de francés (Jean, Paul y Sartre), recorre media Europa y se planta en Rennes pidiendo asilo político. Se convierte en un refugiado. Sí, como esos que están muriendo a miles en el Mediterráneo. Pero él consigue llegar a su destino, Francia le acepta, le dan ayudas.

¿Y ahora qué?

Manual de exilio trata sobre ese “ahora qué”, sobre cómo vives cuando lo has perdido todo y tu nuevo país te tolera (es decir, no te mete en un CIE) pero te da la espalda (chaval, apáñatelas). El libro nos deja ver, por unas horas, la vida de esas personas que nos cruzamos por la calle y de las que huimos, porque nos dan miedo. Nos deja desnudos con nuestros privilegios y nuestros prejuicios. Y Velibor Čolić se las apaña para que, por encima de todo esto, te rías con él. Solo con el subtítulo “Cómo aprobar su exilio en treinta y cinco lecciones” ya nos dice por dónde van los tiros.

Esta novela, autobiográfica, de autoficción, cómo queramos llamarla, no es Los bosnios, la obra, también publicada por Periférica, en la que Čolić describió, punto por punto, con un estilo seco y sin humor ni ironía (¿cómo iba a tenerlo?) el horror que vio durante la guerra. Manual de exilio habla de lo que pasa cuando te quedas solo, después de salvar el pellejo, y empiezas a pensar (o evitar pensar a toda costa) en lo que has visto.

También trata sobre la pérdida de todo referente social o personal. Sobre la pregunta: ¿y ahora quién soy? Sobre la obsesión con la literatura como único referente compartido con el país de acogida. Sobre el abandono institucional. Sobre  la depresión. Sin adjetivos. Sobre la nostalgia. El desasosiego. La pérdida. La soledad. Pero también sobre la belleza. Tiene momentos de una belleza fulgurante encuadrados en escenas cotidianas, como descripción de los gestos de una cajera de supermercado o del piso destrozado de su vecino en Budapest.

La narración empieza en 1992, con el personaje llegando a Rennes una mañana lluviosa*, y termina en Estrasburgo en 1999, pero estos siete años pasan como un suspiro para el lector. Porque apenas sucede nada y pasan muchas, muchísimas, cosas. El protagonista escribe de manera frenética tres o cuatro novelas (muchas de ellas publicadas más tarde), aprende francés a marchas forzadas, hace el ridículo, busca imposibles en los cuerpos de algunas mujeres, se emborracha, le publican, cena con Toni Morrison y Salman Rushdie, trabaja como mozo de almacén (durante dos horas), vive en Milán, en Budapest, cita a Verlaine en plena cogorza, se cree Borges, desprecia sus textos, recorre kilómetros y lee miles de páginas, se ve incapaz de salir de la cama… Y al terminar la novela, te quedas con la sensación incómoda de que la historia no ha acabado, pero ¿cómo terminar una historia así? ¿Qué final hollywoodiense esperábamos?

Lo que más me ha gustado de esta novela es su estilo, cómo está escrita. La lengua, las metáforas, las imágenes y el juego que hace Velibor Čolić con su lengua de adopción, el francés, pese a pasarse la mitad de la novela repitiéndose que no lo domina. Manual de exilio es uno de esos textos raros que el editor no necesita explicar para que el lector se interese por él. Con mucho acierto, Periférica ha usado las primeras líneas de la novela como texto promocional. En cuanto las leí, sabía que tenía que leer este libro. Os las dejo aquí. Y, sí, es todo así, no baja el nivel en ningún momento:

Tengo veintiocho años y llego a Rennes con tres palabras de francés por todo equipaje: Jean, Paul y Sartre. También llevo mi cartilla militar, cincuenta Deutsche Mark, un boli y una gran bolsa de deporte desgastada, color verde aceituna, de marca yugoslava. Su contenido es escaso: un manuscrito, algunos calcetines, un jabón deforme (parece una rana muerta), una foto de Emily Dickinson, una camisa y media (para mí, una camisa de manga corta sólo cuenta como media camisa), un rosario, dos postales de Zagreb (sin usar) y un cepillo de dientes. Estamos a finales del verano de 1992, pero voy vestido como para una expedición polar: dos chaquetas pasadas de moda, una bufanda larga, y en los pies las botas de ante, dadas de sí, tras sufrir diez mil mordiscos de la lluvia y el viento. Soy un caballero liviano, un viajero de rostro marcado por un frío metafísico, el último grado de la soledad, del cansancio y de la tristeza. Sin emociones, sin miedo ni vergüenza. Murmuro una queja estúpida e infantil, a sabiendas de que las palabras no pueden borrar nada, de que mi lengua ya no significa nada, de que estoy lejos, y de que ese “lejos” se ha convertido en mi patria y mi destino.

 Laura Gomara @lauraromea

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Leer, de André Kertész

Leer

LeerTodavía no he conseguido saber si el hecho de encontrarme repetidamente con una misma imagen, situación o escena viene dado por tener en la mente o el subconsciente la voluntad de encontrarme con ello o es, simple y llanamente, el azar quien lo pone allí. No sé por qué es y tampoco sé si quiero saberlo. La cuestión es que muchas veces me encuentro parado, de lejos, mirando a alguien que lee y me veo metiendo la mano en el bolsillo para sacar el teléfono y guardar la estampa en una fotografía. Y lo extraño – de ahí vienen mis dudas – es la cantidad de veces que me encuentro con imágenes de ese tipo en mi día a día. No entiendo por qué entro en la universidad y se me llenan los oídos de voces catedráticas que se quejan de que ya nadie lee y luego salgo de ella y me encuentro siempre con alguien leyendo. O salgo de casa, paseo y veo a gente leer. Luego, cuando miro las fotografías, me pregunto por qué estaban o quién los puso o qué les hizo estar allí.

En una de esas veces en las que me lo preguntaba, llegó a mí – los libros siempre llegan en el momento preciso – el libro Sobre la lectura, de Steve McCurry. En él, decenas de fotografías de gente de alrededor del mundo leyendo me hicieron ver que lo mío no era extraño, me hicieron ver lo que suelen hacer ver los libros: que antes que tú alguien ya ha pensado en eso. Ese libro, impreso en papel fotográfico, de gran tamaño, te hace bañarte en la mirada más inocente que hay: la de una persona en un libro.

Pues bien, de eso han pasado ya varios meses y, como si la Literatura quisiera seguir mandándome tablas de salvación – es lo que mejor hace -, ahora tengo en mis manos Leer, de André Kertész, publicado por Periférica y Errata Naturae. Podría daros diferencias entre uno y otro – la autoría, la editorial, el tamaño del libro, la encuadernación, el tipo de edición, etc. – pero todas serían más formales que de contenido. Porque el contenido es el mismo y no lo es. André Kertész, como hace Steve McCurry, recopila en su obra las fotografías hechas a lo largo de más de cincuenta años (1915-1970) a gente leyendo. Niños en la escuela, en la calle, en la iglesia, solos o en compañía; adultos con prensa, con libros, en terrazas, azoteas, transporte público, casas; ancianos en sus despachos, en bibliotecas o en bancos. En definitiva, libros siendo leídos.

Y que libros tan metaliterarios como este se publiquen me hacen ver que hay más gente como yo, que hay más gente a la que ver a otros leyendo le provoca esa sensación de alegría, de comprensión, de hermandad con el desconocido que siento yo al verles. Tengo que confesar que me tranquiliza. No sé si te pasa a ti, que ahora estás leyendo esta reseña. Pero si es así, no te sientas mal. Y si mis palabras no te sirven – algo que consideraría lógico – y las dudas te corroen, ves corriendo a una librería, coge Leer de André Kertész y ábrelo por la página que tú quieras. ¿Lo has hecho ya? ¿Qué has sentido?

 

 

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Despedida que no cesa, de Wolfgang Hermann

Despedida que no cesa

Despedida que no cesaLejos de lo que nos puedan contar, no existe un orden natural para que algunas cosas sucedan. No hay fechas, ni puntos finales, ni si quiera comas, que marquen el ritmo de los acontecimientos. A veces sucede que es solo una frase que acaba de empezar. Unas palabras que no alcanzan a ser un todo y se interrumpen. Sin complementos ni verbos. No hubo tiempo para la acción. Como un sendero de letras inconcluso e irracional que desemboca irremediablemente en el abismo, casi en el sinsentido, de una página en blanco, y de la que solo queda un sujeto.

En Despedida que no cesa, traducida al español por Richard Gross y publicada ahora por Periférica, Wolfgang Hermann trata de completar esa oración, ese absurdo grotesco y absoluto que supone en su vida la muerte repentina de Fabius, su hijo adolescente, y que lo ocupa todo por completo. Después, lo que queda es el tiempo. “Una vez rota –escribe el autor–, la luz del verano no volvía”. O, más adelante: “Solo la nieve iluminaba los días, pero le quitaba todo el espacio”.

Hermann que, después de este trágico acontecimiento, funde su existencia con la naturaleza y el paso de los meses, se convierte en alguien incorpóreo, un ser sin piel, abandonado, que observa mientras todo lo demás le atraviesa. Su transformación en narrador es casi absoluta. Apenas hay lugar en su texto para la persona ni para su presente. Allí, incluso en el futuro, todo es pasado. Su prosa, aunque trágica, es una letra sosegada y poética, contemplativa, que se desliza delicadamente como el transcurso de unas estaciones a otras, mientras se enreda con los recuerdos de su difunto hijo, su relación con él y el eco de la historia de amor de la que fue fruto. De fondo, resuena la voz de los momentos vividos, el pasado feliz, algún remordimiento, los reproches y los instantes que le pesan.

Sin embargo, su dolor, eclipsado por el paso del tiempo, no es el de la herida abierta, sino más bien el de la cicatriz. Un pesar más difuminado, contenido y encerrado en sí mismo que, aludiendo al título, no cesa por mucho que lo atraviese el tiempo. No en vano, el escritor austríaco tuvo que esperar toda una década antes de poder escribir sobre esa gravedad, tan “hueca por dentro”, que no tiene palabras. En esto, me recuerda un poco a David Vann. Al menos, como Hermann, también el estadounidense necesitó más de diez años para terminar su primera novela, Sukkwan Island. Su escritura era su duelo, el lugar donde volver para poner orden al suicidio de su padre.

Es así como, en cierto modo, los dos escritores investigan a partir de la naturaleza y el entorno que les rodea sobre la muerte, el dolor y el peso de algunas ausencias en la existencia de los demás. Son las dos caras de una misma moneda. Hijo y padre. Pero, probablemente también porque las circunstancias de ambos difieren y así lo piden, mientras Despedida que no cesa es extremadamente lírica y sosegada y centra su mirada en una reflexión real sobre su propia existencia y la de su hijo, Sukkwan Island es una visión violenta y oscura que se abre paso a través del relato ficticio.

Con todo, lo cierto es que el texto de Wolfgang Hermann se aleja de la oscuridad del invierno y abre su cielo gris a la luz del verano, aunque sea pasajera, donde por haber hay espacio hasta para el cantar de los mirlos, mientras busca la manera de recomponerse al dolor. Su lenguaje es el del amor más profundo y respetuoso hacia el hijo perdido. De ahí que exista una belleza desgarradora y una elegancia intencionada entre sus líneas. Hasta la pena y las heridas resultan hermosas gracias a la voz poética de quien escribe. Como si por encima del duelo y la tristeza quedara la necesidad de mantener esa luz, aunque sea la del recuerdo, que, como la nieve, también ocupa todo el espacio.

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El testamento de un bromista, de Jules Vallès

El testamento de un bromista

El testamento de un bromistaCuando recibes el libro de un autor que no conoces tienes dos opciones: o investigar sobre él – aunque solo sea leer la solapa del libro con sus datos biográficos – y saber quién es o dónde ubicarlo; o, por otro lado, olvidarte de todo ello y empezar a leer, con el menor número de prejuicios posible. Iba a decir sin prejuicios, pero creo que eso es inevitable.

Algo parecido me ha pasado con Jules Vallès y El testamento de un bromista. He empezado a saber de él al terminar la lectura y gracias a ello he entendido por qué me sabía tanto a Naturalismo y a Revolución Francesa. Nació en 1832 y, tras pasar una dura infancia, dedicó sus años de juventud y adultez a la causa revolucionaria, lo que le complicó su andadura vital hasta el punto de acabar exiliado y falleciendo a los 52 años de edad. Ha sido estrechamente relacionado con autores como Zola, Lautréamont o Rimbaud y su obra se ha convertido en referente para escritores de renombre como Michel Tournier o Javier Cercas.

En El testamento de un bromista (Editorial Periférica), un primer narrador autor nos informa de la noticia de que el conocido como «el bromista» se ha suicidado. Para él, no le parece que aquello sea algo sorprendente pero sí la reproducción del testamento de este. Por esa misma razón, y tras unas primeras páginas en las que el narrador nos cuenta que las que tendremos delante «son páginas curiosas, como todas las páginas memorialísticas donde el hombre anota los minutos decisivos de su vida: minutos felices, minutos tristes; momentos solemnes, momentos extraños», se nos sumerge en el testamento en cuestión, que no es más que una especie de diario de infancia.

A partir de ese momento, nos ponemos en la piel de Ernest Pitou, un niño maltratado por sus padres y falto de amor doméstico que ve la vida desde unos ojos de cristales rotos. Todo para el pequeño Pitou es sinónimo o causa de tragedia. Todo acaba mal y esa es la proyección de su vida. A través de las palabras traducidas por Luis Eduardo Rivera, Vallès nos relata algo que para muchos es un reflejo de la infancia del escritor francés. Desde su paso por el colegio a la independencia en una ciudad de París extraña para un niño de provincias que lo único que espera es la sorpresa de unos brazos abiertos sin hambre de golpes. Con el trasero siempre escocido por el golpeo diario de su madre, Pitou ofrece un retrato de cuánto puede doler una infancia y de la pobreza que azota tanto el exterior de su vida como el interior. Ernest Pitou ve pobreza y la siente, se sabe un pobre rodeado de la más alta pobreza, en todas sus acepciones posibles.

Lanzando fuertes puyas a la educación y al sistema escolar, Vallès se pone en la piel de alguien que bien pudo ser él años atrás para proyectar el sentimiento de vacío original en alguien que no ha conocido lo que es tener un verdadero padre o una verdadera madre. Como bien podemos leer llegando al final del libro: «¡Dios mío, me acuerdo de todo!, y a medida que crezco, crece también la herida en mi pecho: sangro por dentro»; o, unas páginas más adelante: «todos estos recuerdos de niño empapan mi vida de adulto».

Y es que El testamento de un bromista es eso: la herencia de un dolor incurable que ha quedado marcado a fuego desde la infancia de un niño golpeado, un niño que bien pudo ser y todo indica que así fue, el propio Jules Vallès.

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Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff

Tú no eres como otras madres

Tú no eres como otras madresTú no eres como otras madres. Yo tampoco. Ni tú. Ni tu madre, tu hermana o tu mujer. No existe eso de “otras madres”. Todas somos distintas. La maternidad es una experiencia diferente para todos. Y, sin embargo, la maternidad es uno de los conceptos más plagados de lugares comunes que existen. No por usar el lenguaje perezosamente (pérfida envidia, fe inquebrantable o de rabiosa actualidad). Ni tampoco creo que sea porque la maternidad sea un sentimiento tan intenso y complicado que resulta indescriptible. El amor también lo es y aunque a veces sentimos mariposas en el estómago y a veces se nos rompe el corazón, existen muchas representaciones originales que nos permiten comprender mejor las particularidades de esta emoción en la literatura (como Piezas en fuga, de Anne Michaels o Como amigos de Forrest Gander) y en el cine (por ejemplo, El marido de la peluquera, de Patrice Laconte, o Buffalo 66, de Vicent Gallo). La maternidad además de ser una emoción compleja como pocas y por tanto difícil de definir, es una experiencia con tantas implicaciones en la población que parece socialmente interesante que lo que sienta una madre y cómo se comporta con sus hijos sea una respuesta innata, estereotipada y global que se extiende a lo largo de toda su vida. Ni mucho menos quiero con esto desestimar el papel que, obviamente, tienen las hormonas en los mamíferos. Que es esencial, predecible, sí y, por supuesto, evolutivamente interesante. Me refiero a que las expectativas sobre la maternidad están establecidas en la sociedad como algo estático, invariable y generalizado. Se desechan las singularidades, se trivializan los efectos de las motivaciones, la formación o la historia de cada madre. Pues incluso dicho esto, la protagonista de Tú no eres como otras madres, se gana el título del libro a pulso. Estamos a principios del siglo pasado, cuando el margen de respuestas esperables de una madre era muy reducido.

La protagonista, Else, es la madre de la autora. Así que este libro es sobre todo una mirada llena de amor, admiración, curiosidad, asombro y a veces un poco de rencor, de una hija a su madre. Else es una judía burguesa del siglo pasado, una mujer inteligente, sensual y llena de inquietudes, que tiene la valentía de rebelarse ante el futuro que le están preparando sus padres, que incluye un matrimonio por conveniencia con un amigo de la familia. Pero en vez de responder a lo que se espera de ella, desobedece a sus padres y opta por elegir autónomamente y por amor, al que será su primer marido. Esta decisión es solo la primera de las muchas elecciones personales que hace Else a lo largo de la novela. Y no le importa hacer mucho ruido, sorprender o decepcionar a los demás.

La primera parte de la novela se llena de maridos (casi tres), de hijos (uno por marido), de conversaciones sobre arte, música y literatura, de cenas en lujosas mansiones y de salidas por el Berlín dinámico y culto del periodo de entreguerras. En este tiempo Else explora sus deseos que no son siempre convencionales y vive intensamente cada segundo sin sensación de pecado o de peligro. No tiene sensación de pecado porque asume sus anhelos como lícitos y porque se siente avalada por un grupo de seguidores que están atrapados por su magnetismo. No tiene sensación de peligro porque el dinero no es un problema y su vida es solo lo inestable que ella desea.

Pero peligro sí existía y tardó poco en llegar. Cuando Hitler llega al poder e inicia una serie de reformas que le garanticen el poder absoluto, Else y su círculo observan este nuevo orden con preocupación, pero considerándolo poco más que un insulto intelectual y provinciano y no las primeras notas de la obra sombría y terrible que llegaría a ser poco después. Leyendo el libro desde nuestra distancia sorprende que no vieran lo que se les venía encima, porque aquí y ahora vemos que desde el principio había señales claras de que el monstruo crecía. Sin embargo, ellos desprecian la importancia de los cambios que se avecinan y siguen ajenos a lo que se está gestando. Viven en lo que se podría llamar su pasado feliz, dando manotazos en el aire para apartar las moscas molestas pero irrelevantes, tratando de evitar las muestras del espanto que estaba invadiendo todos los aspectos de la vida de los judíos. ¿Cómo no leyeron los indicios con más claridad? Cuesta entenderlo desde lo que ya sabemos que sucedió, cuesta pensar que personas por otro lado inteligentes y sofisticadas, no anticipasen el mal. Pero solo tiene sentido a la luz de lo que sabemos que finalmente ocurrió. Era imposible imaginar tal horror.

Cuando ya no puede ignorar más el alcance de lo que está sucediendo, Else se exilia a Sofía con sus hijas. Estamos en la segunda parte del libro, la segunda y radicalmente diferente parte de su vida. Los años de búsqueda de identidad y de desarrollo intelectual no tienen cabida en Sofía. Se acabaron la seguridad, el lujo, las garantías y las decisiones personales no convencionales. Son tiempos de supervivencia, temor y tristeza. El cambio salvaje de la realidad exige adaptaciones y reinterpretaciones de la misma. Incluyendo la relación de Else con sus hijos, cuyas vidas, aún por hacer, están en peligro (de ser mutiladas, condenadas o incluso, de terminar) y pasan a representar la mayor preocupación de Else, que los sitúa ahora como prioridad casi única.

Tú no eres como otras madres es un libro tan maravilloso como brutal. Conmueve, atrapa, entretiene, enseña, recuerda, estimula, solivianta y permanece. Desde el principio se habla de él en todos los medios y se le compara con los clásicos. No está muy claro qué ingredientes tiene que tener un libro para convertirse en clásico. De las varias definiciones de clásicos que han hecho distintos autores, me gusta especialmente una de las que propone Italo Calvino en Por qué leer a los clásicos: “Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.” Si pienso en qué tienen de común “mis” clásicos, creo que la mayoría han sido capaces de transportarme al mundo que ha creado su autor de una manera tan intensa que no solo recuerdo el contexto, la trama o la atmósfera, sino que, sobre todo, el autor me ha hecho partícipe de la evolución de los personajes, cuáles eran sus representaciones mentales de partida, cómo han vivido los conflictos con los que se encuentran y en qué se han convertido cuando ya ha pasado todo. Con Tú no eres como otras madres estoy segura de haber leído un nuevo clásico.

Errata Naturae y Periférica, dos editoriales con catálogos muy escogidos, se han unido puntualmente para recuperar esta historia real escrita originalmente en 1992, cuando Else Schrobsdorff llevaba ya varias décadas muerta. A cuatro meses de su publicación lleva ya seis ediciones. Y esta respuesta de los lectores no es pasajera. Se va a convertir en un libro muy leído y muy regalado, ya que cuando lo has acabado tienes necesidad de compartirlo y, además, sabes que no vas a fallar. Se podría decir que el impacto de este libro está garantizado.

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Una cena en casa de los Timmins, de William M. Thackeray

Una cena en casa de los Timmins

Una cena en casa de los TimminsEl humor, siempre que sea inteligente y empleado con astucia, es uno de los mejores alicientes que tiene un libro para que permanezca entre sus páginas. Una cena en casa de los Timmins es, por resumirlo en esta introducción, ese humor que a mí tanto me gusta y que, aunque sea en pequeñas dosis, me hace disfrutar de un libro. Pocas son las veces que yo puedo decir esto porque, en la actualidad, tendemos a acercarnos más al chiste fácil que a un humor mucho más intricado y con más fondo del que parece. William M. Thackeray nos traslada con esta nouvelle a la casa de un matrimonio que intenta mantenerse en el estatus de siempre, pero donde las apariencias marcarán los pasos para que esa cena a la que alude el título se convierta en un fracaso absoluto. Y puede que yo haya establecido aquí los principales puntos del argumento, que haya recreado aquí la historia completa del libro, pero eso sólo es en la superficie ya que, lo importante de esta obra, no es llegar al final, sino disfrutar sin concesiones de todo lo que hay en su desarrollo y que nos dirige a través de un humor negro y sarcástico por los entresijos pueriles y absurdos de la clase alta, de sus instintos, de su lenguaje e incluso de sus excentricidades. Porque hay que tener talento para hilar fino, y no sólo eso, hay que tener verdadero talento para que el humor llegue al hueco que tiene que llegar.

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Mãn, de Kim Thuy

Mãn

MãnNo se precisa un gran esfuerzo de sinceridad para reconocer que no es uno experto es literatura vietnamita, pero sí puedo decirles que si el nivel general es el que muestra Kim Thuy en esta pequeña maravilla llamada Mãn no conocerla es una verdadera lástima. Esta es una obra cargada de lirismo, aferrada a sus raíces como sólo puede agarrarse quien lo hace desde la distancia (la autora, como la protagonista, vive en Canadá). Un país vivido en los recuerdos, en las tradiciones, en la familia y sobre todo en la gastronomía.

Las madres enseñaban a las hijas a cocinar en voz baja, entre murmullos, no fuera a ser que las vecinas les robaran las recetas y así pudiesen seducir a sus maridos con los mismos platos. Las tradiciones culinarias se transmitían en secreto, como trucos de magia que pasasen de maestro a aprendiz, un gesto por vez, según el ritmo cotidiano. El orden natural era que las niñas aprendiesen a medir la cantidad de agua para el arroz con la primera falange del dedo índice, después a picar los “pimientos perversos” (ót hiêm) con la punta del cuchillo para transformarlos en flores inofensivas, después a pelar los mangos desde la base para no llevarle la contraria a las fibras… Sigue leyendo Mãn, de Kim Thuy

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Hermana Muerte

Hermana muerte

Hermana Muerte, de Thomas Wolfe

Hermana muerteEs Hermana Muerte un pequeño libro para leer lento y reflexionar más lento aún. La vida de Thomas Wolfe también lo fue. Tenía treinta y pocos años cuando escribió esta historia, larga para ser solo un relato. Al autor americano, como en sus libros, le costaba hallar los límites. Y como si su existencia tan solo se tratara de uno de sus cuentos, a la edad de treinta y ocho años, demasiado poco para hablar de toda una vida, esta hermana, orgullosa y digna, le visitó por última vez. Antes, le había dejado un dolor en forma de novela que enterró bajo el epitafio de El niño perdido. Se trataba de la muerte de su hermano.

De la corta vida de Wolfe nos quedó, no obstante, su maravilloso legado, como esta Hermana Muerte, que recupera y publica por primera vez en España la editorial Periférica. Pequeña, pero infinita. Y por ahí van las cosas. Por una inmensa Nueva York que arrastra y devora al individuo. En la gran manzana todo es vida. El ruido, las luces, las ventanas de los rascacielos, los grandes almacenes, los coches, los taxis, los puestos ambulantes, la gente, en singular, que se mueve en masa, hacia un lado y hacia al otro, con prisas, con bolsas o con las manos en los bolsillos. Son apenas los años treinta, pero la ciudad de la que Wolfe nos habla es también la que, de algún modo, conocemos hoy. Y entre sus calles cuatro muertes que suceden en circunstancias y momentos diferentes y que marcarán a su narrador, testigo de todas ellas, que volverá ahora a evocarlas. Sigue leyendo Hermana Muerte

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La librería encantada

la librería encantada

La librería encantada, de Christopher Morley

la librería encantadaTítulo: La librería encantada
Autor: Christopher Morley
Traducción: Juan Sebastián Cárdenas
Editorial: Periférica
Páginas: 320
ISBN 9788492865703

Al formar parte del Jurado de Selección del Concurso de Reseñas del año pasado de LibrosyLiteratura, tuve la ocasión de leer estupendas reseñas sobre un libro titulado “La librería ambulante”, me quedé con el título y con el nombre del autor, Christopher Morley.  Pero son muchas las lecturas que siempre hay sobre mi mesa y por un motivo o por otro, y aun cuando el título quedó en mi memoria, he de confesar que luego ni me he hecho con un ejemplar, ni hubiese dispuesto del tiempo suficiente para leerlo. O quizá sí.

Pero… (Porque todo en esta vida tiene un pero), llegó mi amigo el farmacéutico, del que tantas veces les he hablado, puso en mis manos un ejemplar de La librería encantada, y me di cuenta enseguida que uno y otro estaban relacionados ¡Claro, el autor,  Christopher Morley, es el mismo!

Como les decía, no he leído el anterior, pero les puedo garantizar que podrán leerlos de forma independiente, de hecho, estoy segura de que yo leeré el anterior un poco más adelante.

De alguna manera será como profundizar en la vida de mis nuevos y entrañables amigos, Roger y Helen Mifflin, pues sé que un día se dedicaron a recorrer las zonas rurales de Estados Unidos con su librería ambulante, pero de lo que aquí se habla es ya de su asentamiento e instalación en Brooklyn. Y, desde luego, hablar de este barrio de Nueva York, es hablar de librerías y de literatura, pero sin olvidar que este libro está escrito en 1919. Imposible que el Sr. Mifflin, pudiese conocer a nuestro querido Auster…

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El camino al lago Desierto

El camino al lago Desierto

El camino al lago Desierto, de Franz Kain

El camino al lago DesiertoDicen que las grandes cosas de la vida siempre vienen en frascos pequeños. En la literatura no me lo creí hasta que conocí las novelas de Stefan Zweig, o las colecciones de cuentos de Roberto Bolaño. Y es que, ignorante de mí, siempre pensé que en 50-60 páginas es imposible hacer florecer las sensaciones y sentimientos que te regala una buena novela. Craso error, y con Franz Kain y “El camino al lago Desierto” se vuelve a ir al traste mi antigua teoría.

Es “El camino al lago Desierto” un relato sobre Ernst Kaltenbrunner, un alto mando de las SS en la II Guerra Mundial, y su huída a los Alpes austriacos poco antes de finalizar el conflicto. Con el Tercer Reich cercano a una clara derrota, muchos de sus gerifaltes optaron por “tomar las de Villadiego”, internándose en la región del Salzkammergut buscando librarse de una más que probable condena. Sigue leyendo El camino al lago Desierto

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Cuando acabe el invierno

Cuando acabe el invierno, de Mary Ann Clark Bremer

Y en las palabras de los hombres que ames,
encuéntrate a ti misma, no los busques a ellos.

Mary Ann Clark Bremer se reconstruye a partir de su dolor, que es mucho, y para hacerlo vive, se equivoca, disfruta, padece, llora y ríe, todo ello con la inestimable ayuda de Virginia Wolf, para emerger, cuando acaba el invierno, como una mujer nueva, como una mujer fuerte que en realidad es la misma de antes recuperada la capacidad de amar. A veces se reinventa entre libros y música, a menudo entre amigas y en ocasiones contra si misma, y su reconstrucción transcurre en paralelo al nacimiento y desarrollo de su sobrina, como si ambas, naciendo del dolor, fuesen hermanas en su búsqueda de la felicidad.

Puse mi pena en observación, como al enfermo más grave, y pensé en mí como si fuera otra persona, alguien distinto al de mis fotografías, al de los retratos pasajeros dibujados en cualquier parte por el Mago Saul. Aprendí a convivir con mi nuevo yo, más anciano, más triste, pero no más indefenso.

No es un relato lineal, o tal vez sí lo sea cronológicamente hablando pero desde luego no en el texto quien también, como Mary Ann Clark Bremen, vive y busca cómo hacerlo de una forma diferente en cada escena. Cada pequeño texto dice tanto centrándose en un detalle que el conjunto no puede ser más homogéneo o menos complejo de lo que fue la personalidad de quien los escribió o de quien los lee.

Clausurar el duelo inventando un nuevo amor. Mi tío Marcel habría dicho, suavemente y con afecto: “Es algo más que una torpeza”. Pero la vida, habría respondido yo, se aprende con la vida. Con el dolor y con la vida. Con la pena y con la vida. “¡Ay de las risas que son máscara de la muerte!”, ha dicho Shakespeare. Con las risas y con la vida,

Reímos y reímos y reímos.

Cuando acabe el invierno no está escrito en el fragor de la batalla, es un texto concebido desde la distancia, la elegancia y la sabiduría de la edad, el dolor que aparece en el libro se mantiene vivo y fuerte, pero quien nos lo cuenta ha aprendido a vivir con él, lo ha transformado en parte de su vida y lo mira a los ojos.

Mi casa, mi hogar al aire libre. Doce pasos por veintitrés. Pasos de viuda.

Muchas personas consideran la muerte de sus seres queridos una traición, un abandono, y quienes como Mary Ann Clark Bremer perdieron a su amor en una guerra probablemente lo sientan así doblemente porque éstos antepusieron otros ideales, proyectos o luchas a su amor y por eso su pérdida es, si cabe, más incomprensible. Pero en Cuando acabe el invierno la autora aprende a vivir con ello, y lo hace redescubriendo su propia fortaleza de las muchas y variadas formas que nos cuenta en este hermoso libro tan pleno de lirismo como de vida.

Andrés Barrero
andres@librosyliteratura.es

 

Título: Cuando acabe el invierno
Título original: Notebooks I. At the end of the winter…
Autora: Mary Ann Clark Bremer
Traducción: Hugo Bachelli
Editorial: Periférica
Páginas: 80
Fecha primera edición: febrero 2013
ISBN: 978-84-92865-71-0