
En menos de tres meses, he vuelto a caer en un libro de Roberto Bolaño. La culpa la tiene la editorial Alfaguara, que no deja de colocar sus obras en la sección de novedades. Pero no me quejaré, porque a mí me sirve para profundizar en este peculiar escritor, que siempre me había provocado curiosidad. Así que he pasado de El gaucho insufrible, la colección de siete relatos de la que ya os hablé, a esta novela corta, Nocturno de Chile, para ver si me decido a unirme a su legión de admiradores o no.
Nocturno de Chile es el monólogo interior de Sebastián Urrutia Lacroix, un sacerdote chileno vinculado al Opus Deis, crítico literario y poeta ignorado, durante su última noche en este mundo. Después de una vida entera mudo —y, por eso mismo, en paz— ante todo lo que sucedía a su alrededor y en su propio interior, la cercanía de la muerte le hace replantearse sus equívocos. Es su intento de justificarse ante ese joven envejecido que lo ha estado difamando durante años y del que no sabremos la verdadera identidad hasta el final de la novela.
En este monólogo de ciento cuarenta y un páginas, en el que no hay ni un solo punto y aparte, la literatura y Chile son las piedras angulares de los recuerdos de Sebastián Urrutia Lacroix. En ellos aparecen personas tan dispares como Neruda o Pinochet, con los que vivió episodios de lo más rocambolescos años atrás. Precisamente, la parte dedicada a las clases sobre comunismo que el sacerdote imparte al dictador chileno y a otros miembros destacados de su gobierno, como el general Leigh, el almirante Merino y el general Mendoza, es de lo mejor de la novela, ya que en ella Roberto Bolaño desata su sentido del humor —hasta entonces, más comedido— sin dejar de lado su crítica soslayada a la aciaga situación de su país y de América en general en aquel momento.
A pesar de ese torrente de recuerdos, hay silencios obstinados que Sebastián Urrutia Lacroix no llega a romper del todo. Y es en esos silencios donde está la clave del relato de su vida. Porque una cosa son la sucesión de anécdotas que nos cuenta y otra muy distinta lo que realmente quiere confesar. Será el lector el que tendrá que rellenar los huecos que deja por el camino, reordenar algunos episodios y reinterpretar algunos otros. Bolaño en estado puro, diría yo, que ya lo voy conociendo.
Reconozco que el primer tramo de Nocturno de Chile me cautivó por completo. Sin embargo, en algunas partes, la narración sin (aparente) rumbo se me hizo cuesta arriba. Y eso, a una novela tan corta, le resta muchos puntos. Así que sigo sin saber si me uno al club de fans de Roberto Bolaño. Tendré que esperar a ver qué otras obras reedita Alfaguara o probar con alguna de las que ya han recomendado mis compañeros . Algo me dice que el libro que me hará rendirme a los pies de Bolaño me está esperando. Y yo estoy deseando dar con él.

Roberto Bolaño es uno de mis escritores preferidos. No solo por sus libros, que también. Lo que me pasa con Bolaño es que me produce una empatía tremenda. Me cae bien, tan bien que me tomaría con él una copa en una charla infinita. Algo que, por desgracia, ya es imposible. Pero es uno de esos escritores de los que es difícil separar persona de escritor, no sé si me entendéis. Hay algunos libros que me fascinan, pero la persona que se esconde tras él ya no tanto. Aun así, como ya sabéis, no se puede juzgar un libro solo por su escritor y sería estúpido que un libro no te gustara porque quien lo ha escrito no te caiga demasiado bien. La imparcialidad es muy necesaria en el ejercicio literario. En fin, todo esto para deciros que Bolaño me parece uno de los personajes más interesantes de la literatura.
Los que han leído a 
Recuerdo leer la contraportada del libro con ese «el mejor 
Seguro que muchos estáis de acuerdo conmigo si os digo que se hace extraño el ver la publicación de un libro inédito hasta el momento de algún escritor de renombre fallecido hace ya unos años. Y se hace extraño porque esto nos deja dos hipótesis: o la editorial está buscando aprovechar el tirón que tiene ese escritor o el libro no tiene la calidad suficiente como para haber sido publicado anteriormente – obviando, claro está, los libros que el autor en cuestión pueda haber dejado acabados a propósito tras su muerte –. A mí se me hizo extraño ver que 


