
Niebla, de Miguel de Unamuno







Empezó un poco como un experimento, la verdad: ¿por qué no releer Rayuela, cada noche un capítulo, como el que se deleita tomando un pequeño dulce a la hora del té? Sin prisa pero sin pausa, saboreando cada día uno, evitando la tentación de ser goloso y agarrar el siguiente. Y así, con esta idea, saqué Rayuela del estante otra vez e, intercalándolo con otras lecturas diurnas, el señor Cortázar comenzó a ser el amo y señor de las horas más intempestivas como lo fue hace tiempo, invadiendo mi mesilla de noche.




A veces me pasa que al sumergirme de lleno en una historia donde la caracterización de los personajes me atrapa, me acabo olvidando de las ciudades o el entorno donde habitan dichos personajes. Por ejemplo, después de haber leído la mayoría de las novelas de Kundera, poco podría decir de la Praga del 68 que suele situar como escenario habitual de sus historias. Sin embargo, no me sería difícil recordar los eternos celos de Teresa o los sueños de Tomás con las mujeres en La insoportable levedad del ser. Igual me pasaría con el Londres de Virginia Woolf.
En otras ocasiones, no obstante, la ciudad o el entorno donde la historia se sitúa acaba adquiriendo para mí tal entidad que la convierto automáticamente en un personaje más y el resto acaba diluyéndose.
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He de reconocer que el relato que sirve de arranque y da título al conjunto me pareció algo flojo. Nada más empezar a leerlo me pareció uno de esos típicos relatos ñoños de mujercitas feministas que vivió en su época a la sombra tanto de sus maridos como de la fuerza incalculable de Virginia Woolf, a la que nunca podrían igualar en calidad literaria. Tentado estuve de abandonar el resto, pero como me pareció que se podía leer de una sentada, decidí continuar. A ver hacia dónde me lleva la señorita Perkins, me dije.
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Lenore es un cómic divertido pero uno no se da cuenta de esto más que cuando llega al final.
El primero de los tomos, donde se nos presenta a Lenore, la tétrica niñita que regresa del mundo de los muertos, es algo soso y los gags se quedan a veces en situaciones algo ridículas donde uno no puede encontrar la gracia por más que la busque (no creo que sea un problema de traducción). Tras terminarlo, pronto estuve tentado de dejarlo y no empezar con el segundo tomo.


A comienzos de año, como parte de mis rutinarios propósitos de año nuevo que en febrero acaban desinflándose, me propuse seriamente abordar otros géneros literarios y no quedarme estancado en la novela, de la cual he sido siempre un firme partidario. Con esto pretendía sumergirme en otros ámbitos como el de la poesía, el cómic y el ensayo.


Cuando uno va a emprender la lectura de un libro normalmente siempre echa un vistazo a la contraportada para hacerse una idea del universo en el que va a entrar. Así puede intuir más o menos si la historia será de su agrado o si, en cambio, prefiere devolver la novela al estante y pasar a la siguiente, pero ¿qué ocurre cuando el libro no trae siquiera una sinopsis y nos adentramos en sus páginas como quien emprende una auténtica aventura, sin saber nada del tema o del estilo del autor?
Paladear además a un autor con una trayectoria reconocida a sus espaldas también es toda una aventura: cada nuevo párrafo es un paisaje y avanzar por él es como adentrarse en rincones desconocidos en los que otros ya dejaron huella y que ahora recorreremos nosotros con nuestras pisadas.
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Recuerdo aquellas tardes en su casa cuando subía a su piso y hablábamos de tantas cosas. Casi siempre acababa saliendo con alguna película bajo el brazo para verla después en casa. Otras tardes, cuando ella estaba de viaje y me prestaba las llaves de su piso y el gran privilegio de acceder libremente a su biblioteca y a su colección de películas, todo se convertía en una especie de ritual extático: abría excitado la puerta de su casa, me acercaba veloz a las varias cajoneras que tenían dentro cientos de ejemplares de películas e inmediatamente ya estaba tumbado en el suelo de su comedor, leyendo una por una las contraportadas de sus películas. Me encantaba elegirlas al azar sólo por la trama o por algún director que sabía que me gustaría. Sabía que todas eran buenas, que Lorraine no me defraudaría y que probablemente la mayoría de las que había allí ella ya las había visto un par de veces.
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Algo habrá tenido que ver, digo yo, el haber probado a Barnes recientemente en las distancias cortas y que sus cuentos me hayan parecido absolutamente brillantes para que los cuentos de Ford me parezcan ahora una absoluta mediocridad.
Es la ley de la causa y el efecto, tendré que explicarle resignado al amigo que me prestó estos cuentos cuando se los devuelva. Él me mirará, reirá seguidamente el comentario y pasaremos a otro tema, restándole importancia. Ambos sabremos en el fondo que será difícil que me vuelva a prestar nada más o que, cuando lo haga, se lo pensará dos veces.
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