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Almas muertas, de Nikolái Gógol

Almas muertas

Almas muertasHace unos meses, dos amigos y yo decidimos crear un club de lectura propio. Pequeñito, sí, pero con calidad. Mucha calidad. Cada mes, uno de nosotros escoge el libro que vamos a leer con una sola condición: no se puede elegir un escritor de la misma nacionalidad que otro que ya hayamos leído. Nuestro objetivo es conocer horizontes nuevos, descubrir obras que quizás de otro modo no nos hubiéramos ni planteado leer. Este mes le tocaba el turno a Jota, que se decantó por la nacionalidad rusa. Propuso tres libros de tres escritores rusos y votamos. Así que aquí estoy, reseñando Almas muertas. No os voy a mentir, otra de las opciones era Anna Karenina, opción que me gustaba más, pero al final el pueblo habló y he pasado los últimos días junto a Nikolái Gógol.

Para mí, la literatura rusa era una gran desconocida. He de decir que solo he leído a Nabokov y, aunque de origen ruso, su literatura es más cercana a la estadounidense de aquella época, por lo que tengo entendido. Así que afronté con un poco de miedo esta obra. No sé por qué, los rusos me han dado siempre muchísimo respeto. Siempre he leído que son unos grandes literatos y que no cualquiera puede adentrarse en sus páginas, así que me alegro de haber empezado con Almas muertas, porque es una obra bastante ligera, entendible y amena.

Cuenta la historia de Chíchikov que, junto a su criado y su cochero se dedica a recorrer varios pueblos con un solo objetivo: comprar almas de personas fallecidas. Así, tal cual. La intención de este personaje (“nuestro héroe” como lo llaman en la edición de Cátedra) es comprarlos para poder después hipotecarlos y hacer fortuna. Lo de las almas tiene su explicación histórica. Resulta que a mediados del siglo XIX, una persona podía poseer siervos como una propiedad. Estos eran considerados como bienes muebles. Pues bien, estos siervos podían venderse, enajenarse o incluso hipotecarse, aumentando así el patrimonio del propietario. A estos siervos se les denominaba comúnmente “almas”. Así, Gógol toma este término para elaborar toda su obra, solo que en vez de comprar almas vivas —siervos vivos—, compraba almas muertas, de siervos que ya habían fallecido.

Nikolái Gógol no quiso más que hacer una sátira, una burla de la sociedad en la que vivía, de ahí esa paradoja de las almas muertas y las vivas. Esto se ve muy claramente en los personajes que Chíchikov se va encontrando a través de los capítulos. En cada pueblo, tendrá que lidiar con un personaje con un carácter fuertemente marcado, respondiendo a los más exagerados estereotipos. Son personajes muy exagerados, llevando su caracterización al extremo. Como si de una comedia se tratara.

Mi edición no la traía, pero este libro tiene segunda parte. Gógol decidió continuar las andanzas de Chíchikov pero, poco antes de morir, el escritor decidió que era mejor quemar el manuscrito para que jamás se publicara. A pesar de ello, se consiguió recopilar la suficiente información como para poder editar esta parte a título póstumo, así que, dependiendo de la edición, se puede encontrar esta segunda parte o no.

En la edición de Cátedra no está incluida, pero en su lugar trae un prólogo bastante extenso (unas ochenta páginas) donde nos ponen en situación con una contextualización muy exhaustiva y con capítulos extras en la parte final que bien podrían servir de aclaración de muchos aspectos que durante el libro se quedan un poco en el aire. Por supuesto, también están las notas a pie de página, que para mí son imprescindibles. Sobre todo al principio, porque te explican la forma que tenían los rusos de llamar a las personas y así no te haces un lío, porque hay personajes que les llaman hasta de tres formas diferentes.

En resumen, ha sido una lectura que he disfrutado muchísimo, a pesar de que iba con miedo al principio. No sé de dónde viene este temor, la verdad, pero siempre he pensado que hay que haber leído mucho para poder entender la literatura rusa. Y bueno, no ha sido tan terrible. Siendo sinceros, es un libro que hay que leer con detenimiento y que no es una lectura en la que podamos sumergirnos toda una tarde sin apartar los ojos de  sus páginas —al menos en mi opinión—, pero es un libro que al final es muy amable, ya que en muchas ocasiones llega a hacernos reír y el personaje de Chíchikov se convierte en un viejo conocido. Me ha gustado mucho este mes, sin duda. Ahora, me toca elegir a mí la próxima lectura y ya que Anna Karenina no lo podemos leer por haber agotado la nacionalidad rusa… no sé por qué me voy a decantar. Pero desde luego necesito algo que esté a la altura de Nikolái Gógol y sus Almas muertas.

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Diario de un poeta reciencasado (1916), de Juan Ramón Jiménez

Diario de un poeta reciencasado

Diario de un poeta reciencasado

Diario de un poeta reciencasado es una obra de importancia capital en la historia de la literatura española. El magnífico prólogo, como es costumbre en Cátedra, es extraordinariamente esclarecedor acerca de su relevancia histórica y además da muchas claves que permiten entender la obra en su conjunto y muchos poemas individualmente, sin embargo para los no excesivamente iniciados, como es mi caso, hay una posibilidad de lectura menos trascendente, sin duda, pero igualmente satisfactoria: disfrutar de la belleza y la extraordinaria sensibilidad de la obra.

La terrible amenaza es ésta:

«Se caerá, sin abrir, la primavera.»

―¡Y no tendrá la culpa

ella!―

Se trata de una crónica del cambio vital que le supuso al poeta su matrimonio, salir de su mundo familiar y cambiar ese afecto por un amor adulto, salir del cascarón. Algo que es un rito de paso habitual y necesario que en el mundo poético de Juan Ramón se convierte, gracias a su gran sensibilidad, en una obra poética imprescindible.

REMORDIMIENTO

¿Y habrás de conformarte,

Alma, con olvidar en la mañana?

 

¡Si cuatro largos clavos bien clavados

alma hasta tus entrañas,

abrieran cuatro grandes rosas puras

de aquellas cuatro lívidas palabras

que en su corazón bueno

él tendrá, desde entonces, enclavadas!

 

¿Y habrás de conformarte solamente,

Con ser feliz del todo, alma?

El Diario de un poeta reciencasado también funciona como cuaderno de viaje por partida doble, el viaje en barco a Nueva York y el viaje vital del poeta. El primero es interesante, se puede intuir el estado de la mar, la inclemencias meteorológicas o por el contrario el mar en calma (con un gran sentido del humor titula un poema de calma chicha “Argamasilla del mar”). Resulta sorprendente comprobar hasta qué punto le afecta cualquier circunstancia y de qué modo es capaz de convertirla en poema. O el impacto que supone para él llegar a la Nueva York de 1916 desde el Moguer de 1916, un viaje en el tiempo pese a que vistos los números la fecha es la misma.

La copa del árbol frondoso que cobija este banco en el que, cara al cielo, me abandono, no es de hojas, sino de pájaros. Es el canto tupido el que da sombra…

Y finalmente es un privilegio compartir el efecto de la primavera en Juan Ramón, su renacimiento vital y poético, su alegría y la luz de su mirada. Es realmente sorprendente comprobar hasta qué punto la vida se transforma en palabras al pasar por Juan Ramón.

La luna blanca quita al mar

el mar, y le da el mar. Con su belleza,

en un tranquilo y puro vencimiento,

hace que la verdad ya no lo sea,

y que sea verdad eterna y sola

lo que no lo era.

                              Sí.

                                 ¡Sencillez divina

que derrotas lo cierto y pones alma

nueva a lo verdadero!

¡Rosa no presentida, que quitara

a la rosa la rosa, que le diera

a la rosa la rosa!

Sea una lectura académica, sacándole todo el jugo al prólogo y las notas al pie, sea una más sencilla, lo que es seguro es que Diario de un poeta reciencasado es una obra magnífica, primordial, con la que sin duda disfrutará y que le hará sentir la primavera que tan luminosamente florecía en el gran poeta de Huelva.

 

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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El pianista, de Manuel Vázquez Montalbán

El pianista

El pianistaEsta es mi primera lectura de Manuel Vázquez Montalbán. Aparte de ser el creador del detective Pepe Carvalho, no sabía nada más de este autor y, tras haber leído El pianista, me da hasta vergüenza confesarlo. Porque ahora tengo claro que es un intelectual indispensable para entender la sociedad española del último siglo.

El pianista, publicada por primera vez en los años ochenta, es la primera de la trilogía que Vázquez Montalbán denominó «ética de la resistencia», que se completa con las obras Galíndez (1990) y Autobiografía del general Franco (1992), y que gira en torno a la memoria y el olvido, tanto en el ámbito individual como en el colectivo, mucho antes de que este tema cobrara protagonismo en las esferas públicas y políticas.

Vázquez Montalbán pasa de la historia de unos jóvenes desencantados en los primeros tiempos de la transición española a la de unos vecinos que tratan de sobrevivir a las carencias de los años cuarenta, para hablarnos de aquellos que fueron vencidos y callados por la historia. Estas dos primeras partes transcurren en el barrio del Raval, en Barcelona, en el que el propio autor se crió, mientras que la tercera parte sucede en el París de 1936, el paraíso prometido de la vanguardia española. Todas ellas tienen una potente carga autobiográfica y son el homenaje que Vázquez Montalbán hace a la generación de sus padres, republicanos de izquierdas que defendieron sus valores por encima del beneficio personal. Pero El pianista es mucho más que unas historias de tres épocas distintas unidas por el personaje de Rosell, cuya profesión da nombre a la novela; es el retrato del vínculo existente entre esas tres etapas, ya que el presente siempre nace de un pasado que se rememora o se intenta olvidar, y fantasea con un futuro, a veces con el deseo de que sea mejor y, otras veces, ni siquiera con esa esperanza.

«Cada barrio debería tener un poeta y un cronista, al menos, para que dentro de muchos años, en unos museos especiales, las gentes pudieran revivir por medio de la memoria». Esta es mi frase favorita de la novela y su esencia misma, pues El pianista es un collage de personajes de diferentes clases sociales y aspiraciones; anécdotas reales confundidas entre las ficticias; canciones populares, tanto de España como de Francia; párrafos de artículos de revistas, anuncios y periódicos; reflexiones sociales, políticas e históricas; conformismos y luchas interiores. No cabe duda de que el calificativo de «escritor enciclopedista», con el que se denomina a Vázquez Montalbán en el extenso prólogo de la edición de Cátedra, es más que adecuado.

En definitiva, tres momentos de nuestra historia contados desde la perspectiva de aquellos que nunca pudieron hablar o a los que nunca se les escuchó. Vázquez Montalbán es el cronista que merecía el Raval y tantos otros barrios olvidados, y El pianista es una mirada certera y crítica de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seremos, gracias a la memoria y a pesar del olvido.

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Luces de bohemia, de Ramón del Valle-Inclán

Luces de bohemia

Luces de bohemiaAño 1920. España. Hombre flaco, gallego, de extravagante porte. Capa sobre sus hombros, larga melena cubierta por un sombrero —uno de copa—, quevedos y barba de chivo. Y manco, que eso también hay que saber lucirlo. ¿Su nombre real? Ramón Valle Peña. Él mismo decidió cambiárselo por el más sonoro y molón Ramón María del Valle-Inclán. Mucho mejor.

Este hombre, que gustaba de codearse y reflexionar sobre filosofías irracionalistas en el seno de hombres graves y concentrados como Unamuno, Azorín o Baroja, resultaba siempre la nota discordante por sus excéntricas y bohemias costumbres. Fíjate hasta qué punto llegaban sus ideas que decidió abandonar los estudios de Derecho e irse a vivir a México porque, según él: «México se escribe con x». Y se quedó tan ancho. ¿Y cómo llegó a quedarse manco? Ese es otro capítulo de su esperpéntica —¡oh, fabuloso calificativo!— vida. Resulta que, tras su experiencia mexicana, todo con muchas x, y regresar a Madrid, su vehemencia le llevó a zurrarse con un amigo a bastonazo limpio. Decían los habituales del Café de la Montaña que Valle-Inclán era asiduo a acalorarse en debates y recurrir al duelo con sus homólogos. ¡Qué tiempos, oiga! En una discusión que no iba con él sobre la relación entre españoles y portugueses, Manuel Bueno dijo algo que no resultó del agrado de Valle-Inclán. Ni corto ni perezoso le espetó: «¡Qué quieres decir con eso, majadero?». Y Manuel Bueno, que no era muy dado al diálogo, le asestó un bastonazo en el brazo cuyo resultado fue la amputación por la lesión. Pero todo dentro del sentido más puramente bohemio, por supuesto. Nada de chocarrería castiza de borrachines literatos, que nuestro Valle-Inclán era mucho Valle-Inclán. No era ningún cualquiera.

En el año 1920 el autor perteneciente a la Generación del 98 revolucionó el teatro español publicando Luces de bohemia y un subgénero que él mismo creó, el esperpento. Se acuñó el término del esperpento a una mordaz visión de la sociedad española, una deformación caricaturizada del habla y de sus gentes de un modo grotesco. En la obra encuentras esta teoría en la escena XII en la que el protagonista, que en seguida hablo de él, toma la palabra y dice:

«La tragedia nuestra no es una tragedia […]. El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada. España es una deformación grotesca de la civilización europea».

La técnica de la deformación esperpéntica se produce de la transformación que sufren los rostros en los espejos cóncavos que decoraban los escaparates del callejón del Gato en Madrid. Esa visión deformada, junto con las imágenes grotescas de los cuadros de Goya (según el protagonista: «El esperpentismo lo ha inventado Goya») inspiró a nuestro Valle, que era un cachondo, no lo olvides, a desarrollar ese género.

Luces de bohemia trata sobre un escritor ciego, Max Estrella, un soñador perdido en Madrid y hambriento que, sin dinero, se deja guiar por un lazarillo, don Latino de Híspalis, a través de los callejones sombríos y tabernas del Madrid de la época. En su paseo nocturno se producen una serie de sucesos de lo más triviales donde, paradójicamente, es el ciego quien ve la verdad que rodea la sociedad; lo grotesco. En una taberna comparte charla con su buen amigo Rubén Darío, se cruza en su camino con unas prostitutas, coincide con un grupo de amigos cuyos cánticos revolucionarios le llevarán preso al calabozo… En fin, lo que suele dar de sí una noche madrileña. No me digas que no te sientes identificado con el pobre Max. Un pasaje de escenarios múltiples de técnica muy cinematográfica (y de compleja representación en teatros de la época) le llevará a un funesto desenlace que pone la guinda a este goyesco cuadro esperpéntico.

Luces de bohemia fue en mi instituto lectura obligada. Y la disfruté. Mucho. Años después, vuelvo a encontrarme con una edición de esas que da gusto tener por sus comentarios de texto, esta vez a cargo de Francisco Caudet, y la soberbia documentación y profesionalidad con la que analizan la obra. Leer un libro en las cuidadas ediciones de Cátedra es una apuesta ganadora segura. Tiene todos los detalles necesarios para la comprensión de la lectura, la trayectoria del autor, el contexto espacio-temporal y un análisis crítico en profundidad y de gran rigor para aprender con cada página. De mis años de estudio en Literatura Española, y que ahora he vuelto a retomar, Bécquer y Valle-Inclán siempre fueron mis favoritos; con quienes más disfrutaba leyendo sus obras, de quienes más me fascinaban sus biografías. Ya solo me queda tener la oportunidad de ver representada esta genial obra de teatro.

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Los excesos del género, de Geneviève Fraisse

Los excesos del género

Los excesos del géneroHoy os hablo de un libro de ensayo no demasiado largo, pero de gran alcance en nuestra historia de la filosofía y de la teoría feminista. Se trata de Los excesos del género, concepto, imagen y desnudez, escrito por la francesa Geneviève Fraisse. Esta autora es una historiadora y filósofa pionera en el campo de los estudios de género. Ha sido también delegada interministerial por los derechos de las mujeres y diputada al Parlamento Europeo como miembro independiente de la izquierda unitaria europea. Una mujer que ha dedicado toda su vida a los estudios filosóficos en el ámbito del género y del feminismo y que ha escrito más de una decena de libros y ensayos. Una mujer realmente interesante.

Los excesos del género ha sido publicado por la editorial Cátedra dentro de su colección de libros de filosofía y de teoría feminista. El título de este ensayo nos desvela, en cierto modo, sobre qué trata el libro. La introducción, escrita por Isabel Morant, es ciertamente esclarecedora. En ella, Isabel nos introduce el concepto que Geneviève Fraisse nos expone en su libro, así como las principales ideas relacionadas con su teoría.

¿De qué trata este libro?, ¿Qué intenta explicar la autora en él? Este ensayo trata, principalmente, sobre la polémica que suscitan las palabras sexo y género, además de una crítica a los estereotipos y a la desnudez en la política. Geneviéve defiende la sexuación del mundo en el ejercicio del pensamiento. Es decir, la autora cree que una nueva mirada sobre el mundo puede permitir el reconocimiento, y la representación, de que los sexos hacen la historia, y que la historia es sexuada. Debemos aceptar, pues, que el género no anula el sexo, aunque esta última palabra adquiera en el lenguaje y en la vida académica una descalificación y una reducción a lo sexual. Sin embargo, la palabra sexo es excesiva en amplios conceptos y por ello la autora cree que persistirá en el lenguaje. De ahí la importancia en utilizar la palabra sexo en el léxico de la investigación, pues sexo es mucho más que la sexualidad.

Es curioso que el creador de la palabra feminismo fuera un médico que en el siglo XIX la utilizó para calificar a un joven cuyo desarrollo, femenino, se había detenido. El lenguaje político, en cambio, pasó a utilizar el término para designar a la mujer que lucha por sus derechos de virago. Cien años más tarde, será el leguaje médico el que formalice el término género para referirse a los seres que no encajan en la clasificación mujer y hombre: los intersexuales y transexuales.

Se estudia también en el siguiente ensayo la imagen del cuerpo desnudo como lenguaje de la emancipación y es que el cuerpo puede ser portador de un lenguaje político. Por ejemplo, el grupo de activistas feministas Femen usa sus cuerpos desnudos, escribiendo sobre ellos mensajes sexuales, políticos e incluso guerreros. El cuerpo es aquí un lenguaje y ya que puede usarse para el lenguaje político, la autora opina que debe ser considerado con más detenimiento. Mujer-desvelamiento-verdad, una ecuación que establece un vínculo entre la verdad asociada a la desnudez de un cuerpo femenino y la verdad social y política oculta.

El feminismo es en sí mismo excesivo por dos motivos: habla de las sexualidades  y combate las desigualdades. Dos grandes tabúes a los que este movimiento se enfrenta.

Los excesos del género es un libro para aprender, para conocer nuestra historia y comportamiento, para esclarecer el debate entre las palabras sexo y género. Iba a decir una tontería. Pensaba escribir que quizá no sea un libro para todos los públicos, por aquello de que se trata de un ensayo filosófico bastante específico. Pero realmente es una gilipollez. Si hay alguien que no sea capaz de leer este libro, es porque realmente no está interesado en este tema. Y eso es una pena. Así que, ya sea ensayo, filosofía o debate, tanto el tema que trata el libro como las reflexiones de la autora son totalmente recomendables.

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Relatar lo ocurrido como invención, de Manuel García-Carpintero

Relatar lo ocurrido como invención

Relatar lo ocurrido como invenciónA mí me pasa, y pienso que a muchos de los que leáis esto también. Es leer El Quijote o Alicia en el País de las Maravillas o incluso ver un capítulo de Los Simpson, por poner algún ejemplo, y darte cuenta de que detrás de la primera capa de ficción hay una verdad importante – o más de una – que se queda en forma de poso en tu mente como el rastro de color rojizo que deja en los labios un vino viejo. Pero, ¿cuántas veces nos preguntamos acerca de esa verdad que emana de la ficción? Pocas, seguro. Pero para eso están los libros, para hacernos pensar en cosas en las que sin ellos no lo haríamos, en hacernos ver cosas que sin ellos serían imposibles de ver. Este es uno, y nos hace pensar, y mucho, en la ficción y todo lo que la rodea: Relatar lo ocurrido como invención, de Manuel García-Carpintero, publicado por Cátedra en su colección Teorema.

Al igual que el último libro que reseñé de esta misma colección – El autoengaño desenmascarado, de Alfred R. Mele – aquí el autor busca comprometerse con su materia de estudio sin dejar de lado el uso de referencias y el aporte de teorías ajenas. Como comentaba, aquí se trata pura y profundamente el tema de la ficción. ¿Qué es lo que nos hace saber, dentro de nuestra mente, que Cide Hamete Benengeli no es el verdadero autor de El Qujote? ¿Cómo llegamos a diferenciar la verdad de la mentira dentro de la ficción? Temas como estos son los que busca explicar a los lectores García-Carpintero siempre intentando suavizar la teoría filosófica o lingüística con ejemplos sacados de obras tanto contemporáneas como clásicas. Con un recorrido previo por las teorías del lenguaje que se centran en los actos de habla – Grice, Austin, Williamson, etc. –, seguido por la relación entre estos y el discurso de la ficción, para ya adentrarse de lleno en el mundo ficticio; Relatar lo ocurrido como invención es el manual con el que dar el primer paso a la reflexión acerca de la ficción: de su verdad, su mentira, sus mecanismos de creación, sus facetas dentro de la narración, etc. Solemos asumir que nuestra mente sabrá caminar inconscientemente por la ficción y que será ella la que de forma involuntaria por nuestra parte nos avise de los peligros que tiene lo que estamos leyendo. O que gracias a ella caminaremos seguros sabiendo que lo que tenemos delante no es creíble, o sí, o que no puede ser verdadero o que sí. Pero asumir esto puede ser peligroso.

Hay veces incluso en que la ficción narra algo que no es ficticio, o que lo que no es ficción narra hechos ficticios. Dilemas como estos son algunas de las propuestas de un libro que intenta indagar más allá de lo que habitualmente se indaga, y esa es una de las gracias o de las claves de la filosofía. Y es que no debemos olvidar que este libro se presenta como «Una introducción a la filosofía de la ficción contemporánea». Muchos escritores han hablado de la vida “real” como metáfora, como la idea de otro, como un doble o incluso se ha dicho de ella que es una hipérbole de la nada. Es inevitable que todo esto nos genere incertidumbre para con la realidad, que nos haga dudar acerca de lo que leemos e incluso de lo que vemos; pero ¿qué gracia tendría si no fuera así? ¿Qué gracia tiene leer si la lectura no provoca que nos despeinemos?

Si te gusta pensar, si crees que siempre hay más por conocer que conocido, si dudas hasta de ti mismo, para ti son las preguntas, para ti es la filosofía y para ti son libros como este: Relatar lo ocurrido como invención, de Manuel García-Carpintero.

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Antología poética, de Philip Larkin

Antología poética

Antología poéticaLlamadme ignorante, pero no conocía a Philip Larkin. Cuando vi que Cátedra publicaba una antología suya me pregunté por qué no había oído nunca hablar de él. ¿Qué si he encontrado la respuesta? Bueno, al menos he hallado un motivo para justificar mi ignorancia. Resulta que aunque la primera edición publicada en España de Philip Larkin fue en 1986, no fue hasta 2014, cuando se publicó Poesía reunida, que el autor vendió numerosos ejemplares, llegando incluso a alcanzar una tercera edición. Elogiado por autores de la talla de Antonio Colinas o Enrique Vilá-Matas, el libro obtuvo uno de esos boom literarios tan extraños que no se sabe bien cómo ni por qué se producen. Me diréis que de eso han pasado ya dos años, tiempo suficiente para haber descubierto al autor. Tenéis razón. La única justificación que puedo daros es que, aunque me encante la poesía, no tengo por qué conocer a todos los autores. No seáis tan exigentes. Además, la sensación de descubrir a un nuevo escritor también tiene su encanto.

Antología poética reúne la poesía más esencial y algunos poemas inéditos (que no se encuentran en aquella edición que os he mencionado antes). El libro del que os hablo es un trabajo de Damià Alou. El prólogo de esta antología es bastante extenso (unas cien páginas), pero aunque pueda pareceros demasiado largo para un libro de poemas (sí, a mí también me parecen infumables algunos prólogos), éste es realmente interesante. En él, Damià Alou, realiza un breve esbozo biográfico del autor, así como un intenso análisis de su obra. Obviamente, es un gran entendido de la obra de Larkin y esto se nota en la pasión que pone en las líneas de esta introducción. Además, como no sabía nada del autor, estas páginas me han venido de perlas para aprender sobre él.

Vamos a hacer algo, a partir de ahora, os diré en mis reseñas cuándo un prólogo es infumable y cuándo interesante. No, no tenéis que darme las gracias, para eso estamos.

Volviendo a Larkin, puedo deciros que este autor inglés nacido en 1922, publicó su primera novela en 1943. Algunos datos curiosos sobre el escritor: se libró de ir a la guerra (Segunda Guerra Mundial) a causa de su miopía, fue el encargado de las bibliotecas de varias universidades, alcohólico y un auténtico mujeriego (he buscado fotos suyas en google y no lo entiendo). Todo esto lo sé gracias a las palabras de Damià Alou, que es mucho mejor que la Wikipedia.

Sobre su poesía he descubierto que en sus inicios pertenecía al grupo poético denominado The movement. Se trata de una poesía sincera y en ocasiones amarga, como este poema:

Muchos se dicen más sabios en la vejez:

a mí eso me parece una memez.

En mi segundo cuarto de siglo he perdido

todo lo que en la universidad habría aprendido.

Y en lo que pasó después, mi mente ni piensa.

Ya no conozco a los que salen en la prensa

y la gente se ofende porque olvido sus caras

y  juro que nunca he estado en sus casas.

Habrá valido la pena si logro eliminar

lo que sea que me empiece a perjudicar.

Y al final ya no sabré nada.

mi mente se replegará, como un campo, una nevada.

También descubrimos en Antología poética a un Larkin que se atreve a utilizar el humor en temas “tan serios” como el amor:

Lo que más cuesta del amor

es ese egoísmo impulsor,

esa ciega persistencia

para alterar una existencia.

Solo porque te da la gana.

Mira que hay que tener cara.

Y luego está abnegación:

¿cómo vas a encontrar satisfacción

poniendo a otro por delante

y llevándote tú la peor parte?

Mi vida es mía, ¿verdad?

Lo contrario es como ignorar la gravedad.

Pero, vicioso o virtuoso,

el amor se adapta a todos nosotros.

Solo el idiota de la opinión

que es egoísta esta contradicción

es rechazado al cien por cien,

y, por mí, que le den.

No me digáis que para un autor de aquella época no es un poema genial. Por mí también, Larkin, que le den.

Me ha gustado descubrir a Larkin, su franqueza y su sutil humor. Un poeta capaz de escribir al fracaso o la vejez. Un poeta que nos habla de su propia vida a través de los poemas. Un buen poeta y, sin duda, una buena antología.

 

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El autoengaño desenmascarado, de Alfred R. Mele

El autoengañodesenmascarado

El autoengañodesenmascarado¿Por qué nos autoengañamos? Si alguna vez te has hecho esta pregunta, si has pensado en qué ha debido pasar en tu mente para padecer tu propio engaño, si intentas conocerte un poco más cada día que pasa, para ti es la filosofía, o en un ámbito más reducido, para ti es este libro.

Alfred R. Mele, filósofo americano autor de diez libros y más de dos cientos artículos, es un experto en lo que se ha etiquetado como filosofía de la mente. Con estos términos se intenta calificar el estudio de todo aquello que transcurre en nuestra mente y que por tanto, nosotros sufrimos. En este caso en concreto, Mele intenta tratar el tema del autoengaño, esclarecer sus causas y sus consecuencias o, como propone el propio título: desenmascararlo. En El autoengaño desenmascarado se nos muestra algo que a veces olvidamos, aunque parezca mentira; y es que somos de vital importancia en el proceso de nuestro propio engaño. Sin ser conscientes de ello, somos nosotros mismos los que antes de hacerlo medimos los costes y los beneficios – para con nosotros mismos – de autoengañarnos. Si queremos creer que nuestra pareja no nos engaña, aunque todo indique que sí y sea algo evidente para todo el mundo, lo creeremos, básicamente porque el coste de creerlo – sufrir – es mucho mayor que el de no hacerlo – seguir igual, hacer oídos sordos –.

De esta forma, e intentando azucarar las partes más técnicas con ejemplos cotidianos, Mele busca abrir la mente humana y plasmarla sobre un papel para que los lectores puedan conocerse más y mejor a sí mismos a través de la lectura. Dicen que vemos en el otro aquello de lo que carecemos, dicen que leer no es más que mirarse en un espejo, pues no hay mejor ejemplo que este libro. Y es que en El autoengaño desenmascarado todos nos vemos reflejados, en gran parte gracias a los casos que Mele pone como ejemplo entre sus teorías. Podemos sentirnos más o menos representados, pero creo que muy pocos – o nadie – podrá decir que no se ve en ninguno de los casos propuestos.

Es posible que en algunos puntos el libro pueda parecer un poco arduo, costoso de leer – para leerlo hay que entrar en él bien dispuesto, exige un lector muy activo –, por eso se agradecen tanto esas planicies en forma de ejemplos en las que descansar de tan duro repecho. Como verá el lector que se decida a entrar en este estudio, El autoengaño desenmascarado es un intento por parte de Mele de glosar, de rebatir, de comentar el trabajo de muchos de sus colegas de profesión que a lo largo de los años han intentado arrojar luz sobre este tema. Dejando puntos inconclusos a conciencia y siempre con la predisposición de comentar su trabajo con cualquier lector poseedor de nuevas ideas, Mele consigue condensar en un libro de poco más de cien páginas un elaborado trabajo acerca del engranaje que moviliza al autoengaño en nuestra mente.

La lectura de El autoengaño desenmascarado es también, aparte de todo lo dicho, un ejercicio – muy sano y a la vez necesario – de autocrítica, de autoestudio, de autoconocimiento. Es una lectura complicada, un manual de filosofía que pide trabajo y esfuerzo por parte del lector, pero que es capaz de entrar dentro de algo que para la mayoría de nosotros nunca se nos hubiera presentado como objeto de estudio. Y si lo hubiera hecho, probablemente nos hubiéramos autoengañado convenciéndonos de que eso no es de nuestra incumbencia, de que no tenemos tiempo para ello, o de que eso no va con nosotros. Ahora todas estas excusas tienen una razón y van de la mano de Cátedra en su colección Teorema Serie Mayor.

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La época de las catedrales (Arte y sociedad, 980-1420), de Georges Duby

La época de las catedrales

La época de las catedrales

Quien piense que la sucesión de acontecimientos de los que se compone la historia, pudiera haber sido provocada por el azar, o por hechos que rompen la lógica del sistema causa-efecto, no tienen más que leer libros como este de Georges Duby para comprender que nada está creado por la casualidad; ver que un comportamiento, una construcción, una razón, una guerra, una decisión real, un acontecimiento dado, siempre tiene una causa última concreta, definida, que, en este ensayo, Duby nos muestra separándola de la multitud de probables y de las erróneas.

Pero más allá de un libro sobre arte, política, religión, sociedad o demografía, es un recorrido por las mentes de las personas que habitaron aquellos tiempos y aquellas tierras (Francia e Italia especialmente). Más allá de que el libro aporte fechas o cite acontecimientos y nombres, en realidad es un análisis de la sucesión de ideas y hechos que hicieron que la Edad Media evolucionara, que aquellos tiempos y comportamientos  fueran como fueron.

Duby habla en sus textos sobre casi toda Europa, desde el norte y centro, hasta el sur español o las islas británicas, pero sobre todo tiene dos centros concretos a estudiar, ambos capitales para el movimiento cultural, económico y de las ideas de la época. Uno será Francia -entendido con la amplitud del imperio carolingio- y el otro la península itálica. En el primero, Francia, describe todo el movimiento político, social, religioso y artístico que apareció desde la Alta Edad Media, en las que el Imperio de Carlomagno, y sus sucesores, se apoyaron en un poder dirigido desde la distancia, en el que los duques y los obispos eran la representación territorial de su autoridad. Todo lo que le ocurre posteriormente se sucede con una lógica aplastante: la caída de la influencia real del Imperio Carolingio -Capetos- provoca en sus ducados la aparición de los feudos, pequeños reinos en manos de nobleza local. Con ellos comenzará la disminución del poder del episcopado en favor de las órdenes monacales, en especial la Orden de Cluny y más tarde la del Cister. A través de ambas nacerán y crecerán el Románico y el Gótico. Entrada la Baja Edad Media, debido al crecimiento económico, el poder volverá a la ciudades, y es en ellas donde se alzarán las catedrales. La expansión demográfica, generada por ese desarrollo, provocará un exceso de población, y con él las hambrunas y la peste que harán retroceder la demografía y la economía. Por ese motivo se eliminará el impulso de crecimiento y se convertirá en un movimiento, como mucho, pausado hasta bien entrado el siglo XVI. En Italia -denominándola así para encuadrarla  geográficamente en la actualidad- la historia estará regida por otros condicionantes: el poder papal, el del Emperador germano y la influencia del imperio Bizantino. Todo esto crea una región muy compartimentada políticamente y en la que la evolución es diferente a la Franca. Por este motivo, generará movimientos sociales, políticos y artísticos, propios, y desembocará en el poder de las ciudades-estado de origen comercial, como Venecia, Pisa o Florencia. Roma será, en cambio, centro de luchas, anhelos, guerras y actividades destinadas a, por un lado, retener o recordar el poder del Imperio Romano, y, por otro lado, defender y expandir el Trono de Pedro y su influencia en el mundo Cristiano.

Todo ese marco político, demográfico o económico, es apenas una parte del camino que recorremos buscando la génesis de las catedrales como expresión no sólo de la espiritualidad de aquel momento y tiempo, sino como enseñas del avance económico, cultural, artístico, científico y religioso de cada época. Ellas eran exaltaciones del poder divino que comenzó en el Románico como una representación del Cristo – del Patoncrátor,- como Juez, como Príncipe que decide en el Fin del Mundo; para pasar en el Gótico a la imagen de Cristo como expresión del maestro que enseña y muestra el camino al mundo, y que lo rige con su sabiduría; y acaba en los siglos finales de la Edad Media, como el Cristo que ha bajado a la tierra, y que se movió junto a sus seguidores por este mundo, y así siguió siendo un Dios humano. No será esta evolución un reflejo inútil y sin importancia de un hecho residual, no. Es el reflejo de la trasformación y el crecimiento del pensamiento no solo religioso, sino también de las propias ideas; de la filosofía, de la ciencia, de las creencias que, incluso deja su legado en la actualidad.

Es imposible describir todo lo que aparece en “La época de las catedrales”, es imposible unir en pocas palabras los términos cruzados, los hechos paralelos, los ejemplos que confluyen, las circunstancias que atañen a cada momento, que en este libro aparecen para crear una autentica y fascinante historia sobre un pueblo que trabajaba y moría en la mismo sitio -y en pocos años-; esa porción mayoritaria de las sociedad que aportaba beneficio y riqueza a la nobleza y a la Iglesia, que la gastaba en lujos, la invertía en arte, liturgia o mecenazgo; o la empleaba en diezmos, limosnas o en gastos suntuarios. Aparecerá una burguesía, de la que pronto se distinguirán y se separarán grandes comerciantes o banqueros prestamistas, al servicio de aquella riqueza nacida de la multitud de campesinos pobres. Dinero que también permitirá el surgimiento de pensadores,  de arquitectos, de escultores, de literatos, de teólogos o de filósofos  ( Tomás de Aquino, Ockam. Scoto..); así como el crecimiento de toda una clase de Caballeros que pululan por la campiña y la vida de aquellos tiempos.

Resulta claro, siguiendo los escritos de Duby, seguir todos los atajos o rodeos que hicieron de la cultura y la religión lo que fueron, y así encontrar las cosas que las unieron, la razón por la que se acompañaron durante siglos, deudoras una de la otra. Resulta hermoso ir viendo la visión que aparece en el libro de las necesidades religiosas que provocaron la aparición de los hechos artísticos, como el de la propias catedrales. Duby muestra el origen inmaterial de alguna de las formas que adoptaron las catedrales, persiguiendo el vano, o las alturas o la luz, en busca no de un resultado arquitectónico o una razón únicamente bella, sino que en la expresión de un significado teológico o litúrgico en las formas y en las edificaciones. Resulta claro, también, descubrir a través de estos escritos, la evolución de la figura de la Virgen como modelo cristiano a seguir, y compararlo con el progreso de la presencia de la mujer en la sociedad de aquella época -en lo cultural, en lo social o en el reflejo de la vida diaria-. Esa trasformación aparece, distinta, en la perdida de poder de la Iglesia -en parte por la aparición de herejías, en parte por el surgimiento de nuevas formas de expresión religiosa, como la de San Francisco, o los mendicantes- que conlleva el florecimiento de nuevas formas sociales, o artísticas alejadas de la religión, o, como mucho, paralelas a ella, puesto que aún habiendo nacido dentro de las representaciones de la Fe, se van desligando para crear temas y estilos profanos, sea en el teatro, la literatura, la pintura o en la escultura.

Todas estas personas, ideas, construcciones, guerras, herejías, basamentos, teologías, libros, esculturas… se van cosiendo entre ellas a través de las letras de Duby, que crea algo similar a un entramado de canales que se unen, se separan, se parasitan, se alimentan, se desaguan, se pierden en la nada, y que al final, la suma de todos esos elementos, crean un río único; resultado inseparable de lo que sucedido en su recorrido. La descripción de ese itinerario, con palabras y hecho exactos, es lo que da valor a este libro.

La época de las catedrales” es un texto para lectores apasionados por la historia, por el arte, la evolución del pensamiento y de la religión de la época medieval . Por lo tanto es un libro para el cual debes de tener conocimientos, aunque sea básicos, de esos temas. Y que no solo profundiza en ellos, sino que lo hace con una discurso ameno, distintivo y docto como pocos.

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Los hijos muertos, de Ana María Matute

Los hijos muertos

Los hijos muertosEn la obra de Ana María Matute coexisten dos almas, una fantástica, de fabuladora impenitente, y una muy pegada a la realidad. En ambas hay un importante componente de asombro y desesperanza pero las obras en las que predomina la segunda de las almas de la autora, de las cuales Los hijos muertos es sin duda una excelente representante, son más duras, más oscuras y ciertamente, aunque su lectura es un placer inmenso para cualquier amante de la gran literatura, uno las cierra contagiado por ese ambiente lúgubre del que el alma triste de sus protagonistas es surtidor inagotable. Al acabar Los hijos muertos me pregunté si habitaba en sus páginas algún personaje relevante que fuera feliz o cuando menos que viviera una existencia moderadamente apacible y tuve que contestarme que no, que curiosamente ni los perros son felices en esta novela. Extraordinaria en todos los aspectos, por otro lado.

Podría pensarse que es la guerra el motivo de tanta tristeza, porque la guerra vive en Los hijos muertos y su asfixiante presencia oscurece el ambiente, pero sin embargo no creo que sea así. Los personajes protagonistas de esta historia, los habitantes de Hegroz, son perfectamente capaces de revestir de infelicidad y amargura sus vidas, sea por desamor, por avaricia, por tristeza, por miseria o por cualquier otra de las circunstancias que les caracterizan tanto en la guerra como en la paz, tanto en los grandes momentos como en los pequeños instantes cotidianos que son herramientas de infelicidad más eficientes que las bombas cuando se vive una vida que no precisa de Dante para adquirir un billete al infierno. Ana María Matute es mucho más ella describiendo infiernos domésticos que colectivos.

Ana María Matute, que en algunas de sus obras y, por poner un ejemplo que tenemos relativamente fresco en la memoria, en su discurso de aceptación del Cervantes, se reivindico a sí misma y a su oficio de fabuladora como el propio de los adultos que no pierden su mirada infantil es sin embargo capaz de construir como nadie niños tristes cuya infelicidad nace probablemente de la obligación de mirar el mundo con ojos de adulto. En Los hijos muertos la autora se rebela contra la guerra, sí, pero sólo como una más de las facetas de la desigualdad y la injusticia. Dibuja un mundo en el que el bien no triunfa ni tiene una expectativa razonable de hacerlo y sin embargo consigue que miremos a sus poco edificantes protagonistas no con empatía, sino con cierta comprensión. Son seres tristes, deben serlo, es su oficio, pero son increíblemente humanos.

Y luego tenemos el lenguaje, la herramienta gracias a la que Ana María Matute bucea en las almas de sus personajes y nos guía por ese mundo en el que no sirven los mapas. Es apabullante. La precisión, la belleza y la capacidad para excitar sentimientos de la que la autora hace gala en Los hijos muertos es inigualable o al menos inigualada.

La presente edición incluye en prólogo de José Mas y María teresa Mateu que probablemente merecería una reseña independientemente, pero permítanme que me limite a expresar mi asombro por la profundidad y brillantez del análisis de la obra y consecuentemente mi agradecimiento a ambos y a la editorial por intensificar el placer que supone la lectura de esta obra y ayudar a comprenderla en aquellos detalles que, lógicamente, pudieran escaparse sin su concurso.

El escenario principal es Hegroz, escenario oscuro y rural con destino literario: acabar bajo las aguas de un pantano. No es un detalle trivial, es algo muy importante para la autora, pero uno se pregunta si las aguas no serán incluso necesarias no para redimir a los personajes, sino para enterrar su mezquindad bajo una suerte de castigo divino. Pero no es el único, Los hijos muertos mueren también en Barcelona, en París, en los bosques y en fin, allí donde unos personajes que llevan consigo la muerte y la tristeza desembalsaman cada día sin la esperanza de que sea mejor que el anterior pero con la de olvidarlo gracias al orujo, al dinero o, vayan a saber, tal vez incluso al amor. Porque incluso en Los hijos muertos hay momentos en los que pareciera que el amor no fuera a ser una desgracia, aunque a la larga lo sea.

Los hijos muertos es una obra larga, intensa y si no fuera porque no leerla es lo único más terrible que leerla que se me ocurre les diría que probablemente no sea lo que convenimos como lectura veraniega. Pero qué quieren que les diga, no dejamos de ser humanos en verano y esta novela va de eso, de explorar el alma humana. Como si Ana María Matute fuese rusa del XIX, una suerte de Tolstói pesimista pero luminoso incluso en esa profunda caverna. No hay momento malo para un libro como este, créanme.

 

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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El idiota, de Fiódor M. Dostoievski

El idiota

El idiotaUna vez oí a un profesor universitario decir que a don Quijote le llamaban loco porque anteponía siempre el bienestar de los demás al suyo. Ha sido inevitable que recordara esa frase porque algo parecido le pasa al príncipe Myshkin, al que todos toman por idiota. Y no es baladí la comparación entre ambos personajes, ya que en El idiota de Fiódor M. Dostoievski se hace más de una alusión al célebre Caballero de la Triste Figura. Ni don Quijote ni el príncipe Myshkin son simples protagonistas abocados por su propia locura o idiotez a una sucesión de acontecimientos de los que no salen bien parados, sino que sus historias son el reflejo de una época, una sociedad, unos ideales y, a fin de cuentas, una explicación universal de la condición humana. De ahí que tanto la obra de Cervantes como la de Dostoievski se hayan erigido como clásicos de la Literatura.

El idiota es como un pequeño teatro. Unos pocos escenarios y numerosos personajes yendo y viniendo, enredándose en interminables diálogos o soltando largos monólogos. También hay una trama, principalmente amorosa, pero lo importante en esta historia son los pensamientos y actitudes de sus extravagantes personajes. Aunque de distinta condición y procedencia, la mayoría tienen en común la falta de objetivos vitales más allá del enriquecimiento material, viven sumidos en intrigas, dando y pidiendo explicaciones en todo momento y reivindicando derechos y libertades, a pesar de no aportar nada a los demás. Gente vacía, mediocre, incapaz de enfrentarse a su pasado ni a sus conflictos interiores, corrupta y hasta perversa; una muestra de la decadencia política, social y espiritual que Dostoievski percibía en la Rusia de 1860, a raíz de los cambios provocados por la industrialización.

La llegada del príncipe Myshkin a sus vidas, un hombre empobrecido, solitario y ensimismado en sus reflexiones, es la nota discordante en esa sociedad en declive. Sufre una dolencia nerviosa similar a la epilepsia, es ingenuo como un niño, habla sin filtros de cualquier tema y expone sus sentimientos sin reparo, provocando la burla o la vergüenza ajena en el resto de personajes de la novela. Un ser puro que, a pesar de los insultos que recibe, permanece en ese círculo tóxico, con la esperanza de ayudar a esos hombres y mujeres, que de tanto confiar en la razón y el dinero para alcanzar la felicidad, se han olvidado del bien.

Una y otra vez aguanta que lo llamen idiota: por ser siempre sincero, por dar lo que tiene sin pedir explicación, por disculpar las humillaciones, por seguir confiando en ellos aun sabiendo que le engañan. Lo llaman idiota incluso cuando es él el único que percibe sus verdaderos sentimientos, esos que tan desesperadamente tratan de ocultar ante los demás y ante sí mismos, o cuando habla de la vida y de la muerte con tal perspicacia que los deja desarmados. Lo llaman idiota porque es un hombre diferente y son ellos quienes no lo entienden.

El idiota puede leerse como el infructuoso regreso a Rusia del príncipe Myshkin, tras años de estancia en Suiza tratándose su enfermedad, y la sucesión de intrigas amorosas en las que se ve envuelto, o puede verse como una reflexión filosófica sobre el destino incierto de Rusia y sobre el ser humano, cada vez más alejado de la moral. Se opte por una lectura u otra, o por ambas a la vez, no resultará tarea sencilla, pues la literatura rusa no suele serlo. No obstante, quien se aventure a leer, con tiempo y ganas, estas casi 900 páginas, sufrirá un fuerte revés en su conciencia. «¿Sería yo uno de los idiotas que llamaría idiota al idiota?», se preguntará de repente. Y, quizá, no le guste la respuesta. Pero nada está perdido si sigue leyendo, dispuesto a aprender algo de ese entrañable idiota.

Y es que, en la literatura y en la vida, faltan más Myshkins y Quijotes y sobran, sobre todo, demasiados idiotas que se niegan a escucharlos.

 

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Trescientos poemas de la dinastía Tang, de Literato solitario del estanque fragante

Trescientos poemas de la dinastía Tang

Trescientos poemas de la dinastía TangCualquier obra capaz de abarcar lo inabarcable merece reconocimiento y elogio y Trescientos poemas de la dinastía Tang es sin duda uno de los escasos ejemplos que podría citar. Es inabarcable no sólo por la dimensión del objeto de estudio de la obra, tan inmensa que reconozco que hasta leer el magnífico prólogo del profesor Guojian Chen, responsable de esta edición, no me resultaba ni tan siquiera imaginable. Dicen que los chinos han escrito tanta poesía, probablemente más, que el resto de la humanidad junta. Tras leer este libro uno se lo cree.

La dinastía Tang abarca los años comprendidos entre el 618 y el 907, lo que se calcula que incluye a unos 7.850 autores y unos 208.386 poemas (la exactitud de la cifra me hace pensar que estos son los registrados, aquellos de los que aún tenemos constancia, que siempre son menos de los escritos) y la recopilación original, que corrió a cargo de Literato solitario del estanque fragante, trató de resumir esa época dorada en trescientos poemas a los que el profesor Chen ha añadido unos cuantos más cuya inclusión era, a su juicio y al parecer del de la comunidad de expertos, necesaria. Algunos de los poetas más destacados que el lector encontrará en las páginas de Trescientos poemas de la dinastía Tang son Li Bai, Du Fu, Wang Wei y Bau Juyi, que representan la cumbre de la poesía tradicional china. Sigue leyendo Trescientos poemas de la dinastía Tang, de Literato solitario del estanque fragante

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