
Hace unos meses, dos amigos y yo decidimos crear un club de lectura propio. Pequeñito, sí, pero con calidad. Mucha calidad. Cada mes, uno de nosotros escoge el libro que vamos a leer con una sola condición: no se puede elegir un escritor de la misma nacionalidad que otro que ya hayamos leído. Nuestro objetivo es conocer horizontes nuevos, descubrir obras que quizás de otro modo no nos hubiéramos ni planteado leer. Este mes le tocaba el turno a Jota, que se decantó por la nacionalidad rusa. Propuso tres libros de tres escritores rusos y votamos. Así que aquí estoy, reseñando Almas muertas. No os voy a mentir, otra de las opciones era Anna Karenina, opción que me gustaba más, pero al final el pueblo habló y he pasado los últimos días junto a Nikolái Gógol.
Para mí, la literatura rusa era una gran desconocida. He de decir que solo he leído a Nabokov y, aunque de origen ruso, su literatura es más cercana a la estadounidense de aquella época, por lo que tengo entendido. Así que afronté con un poco de miedo esta obra. No sé por qué, los rusos me han dado siempre muchísimo respeto. Siempre he leído que son unos grandes literatos y que no cualquiera puede adentrarse en sus páginas, así que me alegro de haber empezado con Almas muertas, porque es una obra bastante ligera, entendible y amena.
Cuenta la historia de Chíchikov que, junto a su criado y su cochero se dedica a recorrer varios pueblos con un solo objetivo: comprar almas de personas fallecidas. Así, tal cual. La intención de este personaje (“nuestro héroe” como lo llaman en la edición de Cátedra) es comprarlos para poder después hipotecarlos y hacer fortuna. Lo de las almas tiene su explicación histórica. Resulta que a mediados del siglo XIX, una persona podía poseer siervos como una propiedad. Estos eran considerados como bienes muebles. Pues bien, estos siervos podían venderse, enajenarse o incluso hipotecarse, aumentando así el patrimonio del propietario. A estos siervos se les denominaba comúnmente “almas”. Así, Gógol toma este término para elaborar toda su obra, solo que en vez de comprar almas vivas —siervos vivos—, compraba almas muertas, de siervos que ya habían fallecido.
Nikolái Gógol no quiso más que hacer una sátira, una burla de la sociedad en la que vivía, de ahí esa paradoja de las almas muertas y las vivas. Esto se ve muy claramente en los personajes que Chíchikov se va encontrando a través de los capítulos. En cada pueblo, tendrá que lidiar con un personaje con un carácter fuertemente marcado, respondiendo a los más exagerados estereotipos. Son personajes muy exagerados, llevando su caracterización al extremo. Como si de una comedia se tratara.
Mi edición no la traía, pero este libro tiene segunda parte. Gógol decidió continuar las andanzas de Chíchikov pero, poco antes de morir, el escritor decidió que era mejor quemar el manuscrito para que jamás se publicara. A pesar de ello, se consiguió recopilar la suficiente información como para poder editar esta parte a título póstumo, así que, dependiendo de la edición, se puede encontrar esta segunda parte o no.
En la edición de Cátedra no está incluida, pero en su lugar trae un prólogo bastante extenso (unas ochenta páginas) donde nos ponen en situación con una contextualización muy exhaustiva y con capítulos extras en la parte final que bien podrían servir de aclaración de muchos aspectos que durante el libro se quedan un poco en el aire. Por supuesto, también están las notas a pie de página, que para mí son imprescindibles. Sobre todo al principio, porque te explican la forma que tenían los rusos de llamar a las personas y así no te haces un lío, porque hay personajes que les llaman hasta de tres formas diferentes.
En resumen, ha sido una lectura que he disfrutado muchísimo, a pesar de que iba con miedo al principio. No sé de dónde viene este temor, la verdad, pero siempre he pensado que hay que haber leído mucho para poder entender la literatura rusa. Y bueno, no ha sido tan terrible. Siendo sinceros, es un libro que hay que leer con detenimiento y que no es una lectura en la que podamos sumergirnos toda una tarde sin apartar los ojos de sus páginas —al menos en mi opinión—, pero es un libro que al final es muy amable, ya que en muchas ocasiones llega a hacernos reír y el personaje de Chíchikov se convierte en un viejo conocido. Me ha gustado mucho este mes, sin duda. Ahora, me toca elegir a mí la próxima lectura y ya que Anna Karenina no lo podemos leer por haber agotado la nacionalidad rusa… no sé por qué me voy a decantar. Pero desde luego necesito algo que esté a la altura de Nikolái Gógol y sus Almas muertas.



Esta es mi primera lectura de Manuel Vázquez Montalbán. Aparte de ser el creador del detective Pepe Carvalho, no sabía nada más de este autor y, tras haber leído El pianista, me da hasta vergüenza confesarlo. Porque ahora tengo claro que es un intelectual indispensable para entender la sociedad española del último siglo.
Año 1920. España. Hombre flaco, gallego, de extravagante porte. Capa sobre sus hombros, larga melena cubierta por un sombrero —uno de copa—, quevedos y barba de chivo. Y manco, que eso también hay que saber lucirlo. ¿Su nombre real? Ramón Valle Peña. Él mismo decidió cambiárselo por el más sonoro y molón Ramón María del Valle-Inclán. Mucho mejor.
Hoy os hablo de un libro de ensayo no demasiado largo, pero de gran alcance en nuestra historia de la filosofía y de la teoría feminista. Se trata de Los excesos del género, concepto, imagen y desnudez, escrito por la francesa Geneviève Fraisse. Esta autora es una historiadora y filósofa pionera en el campo de los estudios de género. Ha sido también delegada interministerial por los derechos de las mujeres y diputada al Parlamento Europeo como miembro independiente de la izquierda unitaria europea. Una mujer que ha dedicado toda su vida a los estudios filosóficos en el ámbito del género y del feminismo y que ha escrito más de una decena de libros y ensayos. Una mujer realmente interesante.
A mí me pasa, y pienso que a muchos de los que leáis esto también. Es leer El Quijote o 
Llamadme ignorante, pero no conocía a Philip Larkin. Cuando vi que Cátedra publicaba una antología suya me pregunté por qué no había oído nunca hablar de él. ¿Qué si he encontrado la respuesta? Bueno, al menos he hallado un motivo para justificar mi ignorancia. Resulta que aunque la primera edición publicada en España de Philip Larkin fue en 1986, no fue hasta 2014, cuando se publicó Poesía reunida, que el autor vendió numerosos ejemplares, llegando incluso a alcanzar una tercera edición. Elogiado por autores de la talla de Antonio Colinas o Enrique Vilá-Matas, el libro obtuvo uno de esos boom literarios tan extraños que no se sabe bien cómo ni por qué se producen. Me diréis que de eso han pasado ya dos años, tiempo suficiente para haber descubierto al autor. Tenéis razón. La única justificación que puedo daros es que, aunque me encante la poesía, no tengo por qué conocer a todos los autores. No seáis tan exigentes. Además, la sensación de descubrir a un nuevo escritor también tiene su encanto.
¿Por qué nos autoengañamos? Si alguna vez te has hecho esta pregunta, si has pensado en qué ha debido pasar en tu mente para padecer tu propio engaño, si intentas conocerte un poco más cada día que pasa, para ti es la filosofía, o en un ámbito más reducido, para ti es este libro.


En la obra de 


Cualquier obra capaz de abarcar lo inabarcable merece reconocimiento y elogio y Trescientos poemas de la dinastía Tang es sin duda uno de los escasos ejemplos que podría citar. Es inabarcable no sólo por la dimensión del objeto de estudio de la obra, tan inmensa que reconozco que hasta leer el magnífico prólogo del profesor Guojian Chen, responsable de esta edición, no me resultaba ni tan siquiera imaginable. Dicen que los chinos han escrito tanta poesía, probablemente más, que el resto de la humanidad junta. Tras leer este libro uno se lo cree.