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¡Absalón, Absalón!, de William Faulkner

¡Absalón, Absalón!Ya le conté en otra reseña anterior como conocí a Faulkner. Lo de los azotes en el culo y todo eso. Bien, pues vamos a decir que El Jefe y yo empezamos nuestro idilio muy poco a poco, como me habían recomendado. “Éntrale por Santuario. Con el tiempo prueba El Villorrio, Luz de agosto o Mientras agonizo y cuando le tengas en el bote ataca El Ruido y la Furia. Luego, dale aire. Pero NUNCA, ¡NUNCA!, bajo ningún concepto, te atrevas antes de tiempo con ¡Absalón, Absalón!

Y así lo hice. Y tenían razón. Porque esta novela, para mí, es el Everest de Faulkner, aunque algunos digan que no. De hecho, para ser más concreto, diría que esta novela es el puto Everest y se acabó. Porque usted puede intentar abordarla como una novela más, sin oxígeno ni preparación, pero al final abandonará sin remedio. Puede que incluso muera de desconcierto (eso que los escaladores llaman mal de altura). Por supuesto, debe esforzarse al máximo, dar lo mejor de usted. Casi siempre, más de lo que podría ser lógico tratándose de un libro (aunque lo cierto es, justamente, lo contrario). Imprescindible, también, si se pone a ello, esto otro: escoger bien los sherpas. Hágase con un buen guía en forma de traducción, que sea lo más fidedigna posible a los particulares senderos expresivos de la prosa de Faulkner (esto Cátedra, sin duda, lo tiene claro y hay que agradecérselo). Porque en el Everest de WF, si escala sin sherpa, enseguida se perderá en el frío hielo de sus laderas, en esos interminables párrafos plagados de bosques adjetivados o de reflexiones profundas, a veces tan líricas, siempre intensas, sobre algo muy concreto que ocurrirá cien páginas después. O le confundirán sus diálogos, que también se cortan o reaparecer, justo de golpe, en medio de un torrente de estilo único y embriagador. Porque todo en Faulkner es estilo. Todo en Faulkner es magistralmente narrativo. La literatura, pura, como un volcán en erupción, escupiendo belleza y grandeza a borbotones y desde la primera página.

Pero al final, cuando logre enderezar el rumbo, podrá conseguir leer a Faulkner de otra forma: disfrutando de la experiencia de su prosa como tal y de unas historias que nos trascienden a todos. Entonces llegará a la cima y una vez allí, seguramente se diga: “¿Y ahora qué? No se puede llegar más alto”. Entonces, es posible que cuando baje haga usted como hice yo estos últimos días, que se ponga a mirar series en Neftlix sin parar, que ya no quiera leer nada. Que desprecie todo aquello que no sea Faulkner y solo Faulkner. Se llama faulknerdependencia y, de momento, tampoco tiene vacuna.

Faulkner escribe ¡Absalón, Absalón! con tan sólo 38 años, pero antes ya había publicado entre otras novelas o poemarios, algunas de sus mejores obras. Títulos como El ruido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930), Santuario (1931) o Luz de agosto (1932), aparecieron antes que esta, todas ellas interconectadas a través de uno de sus temas principales, sino el principal de todos, el Sur, esa parte del mundo, de su mundo real, transmutado en “el condado ficticio” Yoknapatawpha, cuya capital ficticia es la ciudad de Jefferson. Un mapa geográfico de fabricación propia donde Faulkner puso a vivir y a penar a la mayoría de sus inolvidables personajes, y por donde van apareciendo (a veces como actores principales, otras veces como meros observadores) en todas estas novelas, poniendo de relieve el grandioso talento de este escritor, maestro de maestros, que fue Premio Nobel de Literatura en 1949.

Para introducir el argumento de la novela, Faulkner se apoya en una historia bíblica. Es la historia de los hermanos Absalón y Tamar, hijos ambos del Rey David. Igualmente está Ammón, también hijo de David, pero hermanastro de Absalón y Tamar, pues él nació de otra relación distinta que tuvo David, al que, como se sabe, le gustaba mucho “el soplen y marchen”. Ammón se enamora de su hermanastra Tamar y como no obtiene sus atenciones, decide violarla. Finalmente, Absalón mata a su hermanastro como venganza por la afrenta hacia Tamar y luego muere enfrentado a su padre. Se trata de un punto de partida terrible que Faulkner utiliza para contarnos la historia del surgimiento, apogeo y destrucción del linaje del malvado Thomas Sutpen. Una historia familiar también terrible y tenebrosa (como suele ser habitual en sus textos) plagada de egoísmo, ambición, mentiras, secretos, pasiones, sexo incestuoso y varios crímenes y actos salvajes, pero donde también se nos detalla con precisión un período de la historia muy concreto y objetivo, el de la Guerra de Secesión norteamericana, la famosa contienda que tuvo lugar de 1861 a 1865 entre los estados del Sur (Confederados) y los Estados del Norte (La Unión). La guerra dejó un país desolado y una maldición sobre los Estados del Sur, los grandes derrotados, de la que todavía hoy siguen adoleciendo, pero sirvió a Faulkner para crear su particular universo literario y contarnos, como sureño que fue, su visión y la experiencia de sus antepasados en todo aquello.

Entre los innumerables temas que aparecen en la novela, uno de los más importante es, sin duda, el de la lucha racial, las relaciones de dominación que en esa época se establecieron en el Sur de Estados Unidos. Un día, siendo todavía un niño, Thomas Sutpen acude a la casa de un terrateniente y un sirviente negro le obliga a pasar por otra puerta, pues Sutpen aún es pobre y no puede pasar por la puerta principal. A partir de esa situación, humillante para él, se jura a sí mismo que conseguirá establecer su propia dinastía, un ducado próspero basado en el cultivo de algodón con mano de obra esclava con el que alcanzará poder, prestigio y riqueza durante generaciones. Un linaje que será su orgullo y también su perdición. Para contarnos la historia épica de esta familia, Faulkner utiliza innumerables recursos narrativos propios cuyo análisis ha dado para escribir libros y libros enteros de técnica literaria faulkneriana, porque en Absalón, está todo. (Recuerde: Absalón, es el Everest).

Uno de los más novedosos pero asequibles, (dentro de la complejidad que supone controlarlo), es el de la voz narrativa. Faulkner se vale de cuatro narradores muy diferentes y entremezclados a lo largo de los nueve capítulos, que van poniendo sobre la mesa lo que saben de la historia de los Sutpen, bien porque vivieron con ellos (este es el caso de Rosa Caudfield, cuñada de Thomas Sutpen, o el abuelo de Quentin Compson, el General Compson, amigo personal de Thomas), lo que les contaron otros (a Quentin Compson sobre todo se lo cuenta Rosa o su propio padre, el señor Compson), lo que les contaron que a su vez les había contado un tercero (al señor Compson, le contó muchas cosas su padre, el general Compson, amigo de Thomas y abuelo de Quentin) o lo que imaginan que pudo ocurrir (este es el caso de Shreve, amigo de la Universidad de Quentin Compson, que va recreando la historia junto a él durante toda la novela, tumbados en su habitación de Oxford). Fácil, ¿no?

Pues sí, esta forma única de contar y de hacernos dudar de lo que pasó realmente y por qué, añade a la historia una nebulosa que la transforma en algo casi mitológico. Faulkner nos dice que la verdad no es siempre solo una, aunque sea así en la realidad. Que los recuerdos lo pueden modificar todo e incluso podemos inventarlos a necesidad nuestra. Que el estado de ánimo con el que volvemos la vista atrás también puede cegarnos, y que a veces, que te lo cuenten, nos puede ayudar a recordar aquello que se olvidó. Y es ahí, en las manos de estos cuatro narradores, donde se despliega todo el universo narrativo de Faulkner y que hacen de esta novela algo único e inmortal, quizá la mejor novela del siglo XX (y del XXI, me atrevería a vaticinar, viendo la que está cayendo).

Aunque esto último a mí ya me da un poco igual. Yo ya me salvé. Y soy un ultra, lo reconozco. Solo le digo que si usted lee a Faulkner seguro que lo entenderá enseguida y se hará de los nuestros también. Si lee a Faulkner, ya no leerá nada más, pero si no lo lee, no habrá usted leído nada de nada y vivirá en la oscuridad. Porque la luz es Faulkner. Porque Faulkner es Dios y punto. Y Amén.

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