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Si yo fuera un hombre

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Si yo fuera un hombre, de Charlotte Perkins Gilman

 

si yo fuera un hombre

He de reconocer que el relato que sirve de arranque y da título al conjunto me pareció algo flojo. Nada más empezar a leerlo me pareció uno de esos típicos relatos ñoños de mujercitas feministas que vivió en su época a la sombra tanto de sus maridos como de la fuerza incalculable de Virginia Woolf, a la que nunca podrían igualar en calidad literaria. Tentado estuve de abandonar el resto, pero como me pareció que se podía leer de una sentada, decidí continuar. A ver hacia dónde me lleva la señorita Perkins, me dije.


Y bueno, por sorpresa, me topé con un segundo cuento
(Un vuelco) que me pareció absolutamente deslumbrante y con un eje que nada tenía que ver con el primero (algo manido). La historia es la de toda la vida: un matrimonio acaudalado acoge a una criada joven y el marido engaña a su mujer con la criada. Tras estas primeras pinceladas, el arranque del cuento es cautivador: ambas mujeres (ama y criada) tumbadas en sus respectivas camas en amargo llanto (me encanta una frase que se hace en referencia a la criada: “No intentaba controlarse. Lloraba por dos”). La evolución del cuento, la presentación de ambas, el viaje alargado del marido, la sutileza con que no se explicitan todos los detalles, lo convierten en un cuento exquisito. Y más exquisito es si cabe el modo en que el ama descubre el engaño de su marido: éste confunde las cartas dirigidas a ama y criada cuando las envía desde el extranjero, metiéndolas en sobres equivocados. Así, el ama, al recibir su carta, destapa el asunto y hace leer en voz alta, cuando la criada vuelve a casa de un recado, la carta que ésta ha recibido y que supuestamente iba dirigida a ella. 

El tercer cuento (La casita de campo) es dulce y con un tonito algo moral, con un mensaje que sería algo así como “no todos los hombres se conquistan por el estómago”, pero tiene un final feliz que invita a la sonrisa. 

El siguiente cuento (El poder de la viuda) emplea el típico escenario en el que los hijos de un hombre de buena posición que acaba de morir se reúnen para repartirse su herencia. Será la viuda, correctamente ataviada tras un velo, la que aparezca al final de la escena y ponga el perfecto broche final. 

De aquí en adelante el resto de cuentos se caracterizan por emplear una figura femenina como intermediaria para resolver una situación, ya para sea restablecer la pasión de un matrimonio o para algo tan simple como hacer que un niño deje de llorar, por poner un par de ejemplos.

El eje es pues común a todos los cuentos: figuras femeninas que se resisten a ser encorsetadas y pugnan por salir del rol que los demás han reservado para ellas.

Tras terminar el compendio e informarme un poco del resto de obras feministas que tiene esta autora, tengo ganas de leer El empapelado amarillo, al parecer su obra más emblemática. 

En resumen: una buena lectura para pasar una tarde de domingo.

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