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Equatoria, de Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero

Equatoria

Equatoria“Corto me enseñó a soñar con una existencia febril e incierta”, del prólogo de François Busnel

Siempre vuelvo a Corto Maltés, como a Harry Potter, los libros de Roald Dahl o las películas de Billy Wilder. Perdonadme aquellos no que compartáis mis referencias, son una extraña mezcla generacional, lo sé.

Pero volvamos a Corto. Una o dos veces al año, cojo uno de sus álbumes al azar y empiezo a leer. Normalmente empiezo de pie, delante de la estantería, y acabo sentada en el suelo, en la alfombra, o en el primer sitio que encuentre. He leído los álbumes de Hugo Pratt decenas de veces, pero no me los sé de memoria. Creo que en eso tiene algo que ver el característico caos artístico de Pratt, que empezaba a dibujar sin saber hacia dónde iban sus historias. Y, al menos en su caso, demuestra que a veces saber el final es lo de menos.

Por todo esto que os cuento, me hace tan feliz que Norma haya decidido, ya hace unos años, continuar la obra de Pratt de la mano de unos pesos pesados como son Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero. Así puedo ir sumando álbumes y tengo la ilusión de poder leer historias nuevas.

Hoy vengo a hablaros del último álbum de Corto Maltés que han creado Díaz Canales y Pellejero: Equatoria.

Esta nueva aventura se sitúa en la África colonial de 1910 y empieza con el marino en Venecia, con intención de regresar a Malta en busca del espejo del Preste Juan, un objeto del que se dice que tiene poderes mágicos. Pero el barco en el que viaja Corto no puede detenerse en la isla debido a una epidemia de cólera y sigue hasta Alejandría, donde la comunidad griega, a través de su amigo Cavafis, el poeta, le dará pistas sobre el lugar en el que se encuentra el espejo.

Por el camino, se cruza con la reportera Aïda (basada en Ida Treat), con la que tiene una escena memorable jugando a las cartas, y con Ferida Schnitzer, hija de un famoso explorador alemán que vuelve a África en busca de su padre desaparecido. Estos personajes femeninos, junto a la monja Lise, una antigua esclava africana de quien no sabemos el nombre hasta las últimas viñetas e incluso la isla de Malta, personificada como una silueta de mujer, llevan las riendas de la historia. Incluso llegan a arrebatarle el protagonismo a Corto, como hicieran, por otro lado, Pandora Groovesnore o Venexiana Stevenson en otros álbumes. La misteriosa africana, a la que encuentran en medio del mar (¿os suena?), es el personaje que me ha parecido más fascinante.

En Equatoria, como en todos los álbumes de Corto Maltés, viajamos. Nos trasladamos a Alejandría, Zanzíbar, el lago Victoria y el sur de Sudán, que perteneció, con el nombre de Equatoria, al Imperio Otomano. De ahí el nombre de álbum.

Antes de irme, querría hablaros del dibujo. En las entrevistas, Pellejero dice que ha creado su propio Corto, que no podía limitarse a imitar el dibujo de Pratt. Y no sabe cuánto me alegro de que haya sido así. Porque con sus lápices ha logrado crear una sensación de continuidad que siempre me sorprende. Cuando pones uno junto a otro La balada del mar salado, y Equatoria, ves que el personaje ha ido cambiando, ha evolucionado mucho a lo largo de sus cuarenta años de historia. Y no podía ser de otro modo. Corto sigue siendo Corto porque el marino ya es un personaje mítico, un amigo. Y, como ya os dije de Bajo el sol de medianoche, la capacidad que tienen Díaz Canales y Pellejero de continuar la línea de Pratt, tanto narrativa como gráficamente, sin renunciar a su estilo personal me parece alucinante.

Cuando, a lo largo de este año, coja alguno de los álbumes de Corto, recordaré con cariño mi lectura de Equatoria e incluso puede que desvíe un poco la mano del azar para acabar leyendo de nuevo esta última aventura del marinero maltés.

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Microterrores, de Diego Palacios Marxuach

Microterrores

MicroterroresEscribir un microrrelato es muy difícil. Siempre se lo digo a mis alumnos de cuento, que me miran ojipláticos y me dicen “¡pero si es corto!”. Ya, por eso. Justamente por eso, porque la literatura no va a peso ni a número de palabras, por eso es difícil escribir un micro. Aquí la máxima de “menos es más” funciona y debes resolver toda una historia en el mínimo espacio posible. Los microrrelatos, además, son muy peligrosos porque, como se han puesto de moda y la gente los escribe como churros, nos pueden hacer quedar como paletos. “Oh, ¿tú también escribes microcuento?” puede decirnos ese señor raro de Twitter que cree que escribe micros pero que en realidad inventa chistes (malos) y frases medio ingeniosas.

Por eso cuando hace unos meses Diego Palacios me dijo que estaba trabajando en un libro de microcuentos me puse en guardia. ¿Sería otro libro de microcuentos? ¿Una recopilación de pseudotuits-chistes-malos? ¿O sería de verdad un libro de micros? Pues, amigos, mis reticencias eran injustificadas. Microterrores es un buen libro de microrrelatos, que destaca sobre el ruido que nos rodea. Y os contaré porqué.

Para empezar, el título: Microterrores. Es un título transparente porque Palacios ha venido a jugar con nuestro inconsciente colectivo y nuestras referencias culturales para crear un libro inquietante, con un regusto a las películas de terror que veíamos cuando éramos adolescentes (y no tan adolescentes). El proyecto de la bruja de Blair, La matanza de Texas, La noche de los muertos vivientes, pero también Entrevista con el vampiro o El resplandor… Hay relatos en Microterrores que te llevan a todas esas referencias y muchas, muchísimas más que seguro que se me han pasado por alto.

En ese sentido, Palacios tiene un universo propio en la cabeza y nos sumerge de lleno en él, relato a relato, línea a línea. Psiquiátricos, bosques, brujas, vampiros, innombrables criaturas de ojos rojos, psicópatas que te susurran al oído, zombis, gánsteres dignos de Sin City o simplemente el silencio antes del golpe. Todo eso está en el libro, en relatos de menos de media página construidos entorno a lo no dicho, como todo buen micro, y que nos hacen mirar por encima del hombro o ponernos tensos cuando oímos un ruido en la escalera.

Por otro lado, Microterrores es un libro que se lee en apenas una tarde, pero que lees varias veces, marcando los cuentos que más te gustan. También, por supuesto, puedes leer un cuento por aquí y otro por allá, en el metro o antes de dormir. Aunque esta última no es una opción muy recomendable, porque os puedo asegurar que, una vez lees un cuento, se produce el efecto Pringles y vas enlazando con el siguiente hasta que te das cuenta de que te has leído la mitad del libro y te has pasado de parada. Y eso, señores y señoras, también es muy difícil de hacer.

Antes de cerrar esta reseña que ha acabado siendo más larga que la mayoría de los relatos del libro, quería hacer dos últimos comentarios.

El primero es que lo único que puedo echarle en cara al autor es que veo un potencial no aprovechado en muchos de los cuentos, que podrían haberse limado hasta convertirlos en auténticas joyas. Una frase menos por aquí, un adjetivo que sobra por allá, un orden más meditado… Pero he de confesar que aquí es la profesora quien habla. Leyendo Microterrores, mi yo-profe se ha frotado las manos pensando en lo que podría haber sacado de ese material.

El segundo es sobre la edición. Quiero felicitar al editor por la cubierta, que plasma muy bien la sensación que dejan los relatos del libro. También por el libro en sí, trabajado y profesional. Estoy segura de que 2018 será un buen año para todos nosotros, en Libros y Literatura.

Así que nada más. Leed Microterrores y veréis que Palacios tiene algo más difícil de encontrar de lo que se cree: un estilo propio y buenas historias que contar. Espero poder leer muchas más.

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Atlas de las constelaciones, de Susanna Hislop y Hannah Waldron

Altas de las constelaciones

Altas de las constelacionesEste otoño Errata naturae ha publicado dos libros que me encantan: una nueva traducción de las meditaciones de Marco Aurelio, que hace unos días le regalé por su cumpleaños a mi mejor amiga, y el Atlas de las constelaciones del que os quiero hablar hoy.

Como yo era una niña de ciudad, las figuras que se dibujan en el cielo siempre me han parecido inaccesibles, casi ficción. Desde mi ventana, se veía la luna, a veces Venus y, como mucho, alguna estrella. Esto, unido a mi nulo conocimiento sobre astronomía, ha hecho que el cielo nocturno me sea desconocido y, precisamente por esa razón, me despierte muchísima curiosidad. Pero, cuando empiezo a buscar información sobre el tema, acabo abrumada de palabros, datos y timos raros de astrología…

Así que cuando oí hablar del libro de estas dos autoras británicas, una escritora y una ilustradora, y leí que se subtitulaba “Las historias que nos cuentan las estrellas”, pensé que, por fin, podría comprender la cartografía del cielo. Y así ha sido.

Porque Atlas de las constelaciones cuenta, con gracia y elegancia, las historias, sean mitológicas, históricas, científicas o personales de las ochenta y ocho constelaciones que hay sobre nosotros, fijadas por los astrónomos en el siglo XX. Y también las ilustra y las sitúa para que, en una noche clara, lejos de las luces de la ciudad, puedas jugar a situarlas. Para hacerlo, la ilustradora Hannah Waldron marca las estrellas con una escala de magnitud para que tengas una buena referencia con la que buscarlas en el cielo, perfila el contorno uniendo las estrellas entre sí, y luego dibuja la figura imaginada, sea un águila, un héroe, una doncella, una monstruo marino, un perro, un microscopio, un lince, un triángulo o un caballo alado. Me hizo reír que, en los agradecimientos, Waldron le diera las gracias a un tal Hugh por su disposición a adoptar todo tipo de poses heroicas para servirle de modelo. La situación me sonaba un poco… Desde aquí mi agradecimiento a todas aquellas personas que vivís con artistas y os toca aguantarnos hablar de nuestras historias o, como a Hugh, haceros posar para dibujar héroes.

En los textos, además de repasar gran cantidad de mitos clásicos, la escritora Susanna Hislop cuenta anécdotas que son curiosas o ayudan a comprender la historia de la astronomía. Por ejemplo, cuenta que hubo un intento de cristianizar el cielo (es decir, de sustituir las paganas por santos) en el siglo XIX o habla del origen de la brújula y su uso, junto a las estrellas, claro, en la navegación (y acaba relacionándolo con la materia oscura de Philip Pullman, unos libros que marcaron mi adolescencia). También cuenta que se reinterpretaron todas las constelaciones siguiendo el texto de Alicia en el país de las maravillas (y que encajaban a la perfección) o te explica qué es un sextante celeste y para qué servía. Siempre de manera amena y didáctica, con un estilo sencillo.

No quiero acabar esta reseña sin tratar uno de los puntos más impresionantes de este Atlas de las constelaciones, que es el libro como objeto. Es una preciosidad: tapa dura con las estrellas tachonadas en naranja, lomo de tela, cosido, a tres tintas y con una maquetación cuidadísima. Es una auténtica joya, un regalo, un libro entretenido, bonito para contárselo a los niños o para llevar de vacaciones si alquiláis una casa en la montaña (habla la niña de ciudad), con un telescopio, y podéis dedicar las noches a explorar el cielo.

Laura Gomara

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Lento, de Andrés Barrero

Lento

LentoHay libros que te llaman solo por el título. Este ha sido el caso de Lento, de nuestro compañero Andrés Barrero. Hace unas semanas, cuando nos lo anunció, me mordió la curiosidad. “Lento”, pensé, qué buen título. Y, lo confesaré, también pensé que ojalá se me hubiera ocurrido a mí.

Y, claro, tras el título llega el tema, o los temas, que no le van a la zaga. Porque Lento habla de muchas cosas, de la relación de un hijo con su padre, de la inseguridad de uno y de la sabiduría campechana del otro, pero también de los niños robados, de esas familias a las que les han arrancado algo tan surrealista como un niño, y también de la familia, no como algo conflictivo, sino como un refugio, como aquel lugar en el que, como dice Barrero al final de la novela, “los problemas aún existen, pero dejan de importar”.

He disfrutado leyendo Lento porque es una novela amena, divertida, con ritmo y que te hace sentir bien. Por eso creo que es una novela feelgood. ¡O tal vez es que ahora lo veo todo feelgood! Este es un término en el que me ha iniciado hace poco la escritora Mónica Gutiérrez y que define esas novelas amables, que se leen con una sonrisa en los labios, hacen que nos olvidemos de nuestras preocupaciones y en las que el protagonista supera algún tipo de miedo o conflicto consigo mismo, pero en las que no suele haber problemas muy graves (muertes, enfermedades…) y sí bastante buen rollo. Y sí, Lento cumple con todo eso. En esta historia, el prota, que, por cierto, no tiene nombre, aprende de su padre, pero también ayuda al otro en un problema que, con lo que os he explicado ya podemos intuirlo, es el núcleo de la trama: la sospecha de que hubo un hermano robado.

Para mí, Lento no es exactamente una novela, sino que encaja dentro del género de la nouvelle o relato largo porque tiene una única trama. Además, su estructura es singular y eso tiene relación con algo de lo que todavía no os he hablado pero que es central para la historia, y sobre todo para la relación entre padre e hijo: la cocina. Porque la novela es también un libro de recetas y, leyéndolo, me he dado cuenta de que no tengo ni idea de cocina española (es que yo aprendí a cocinar fuera de casa, y claro…). Tollos con tomate, marmitako, arroz caldoso a la marinera, guiso de papas… Vamos, que la novela da hambre. Pero a lo que iba, Lento se divide en tres partes, la primera, Ingredientes, es una serie de conversaciones, domingo tras domingo, que tienen padre e hijo en la cocina y donde los dos, como quien no quiere la cosa, se van confesando sus problemas y preocupaciones. En la segunda, Preparación, el hijo y su mujer aprovechan una ausencia de los padres de él para investigar el asunto de los niños robados. Y la tercera, Emplatado, es el final, pero de esta no os voy a contar nada para no haceros spoilers.

Lo que más me ha gustado de Lento han sido los diálogos entre el hijo y el padre, las pullas, deliciosas, pero a veces supurando mala leche, el cariño, el humor y el amor por las pequeñas cosas de la vida que destila, sobre todo, el personaje del padre. Su sabiduría casera, culinaria. Creo que solo por eso, por leer frases como esta “la cocina es como vivir, por mucha ayuda que busques y por útil que esta sea, tus decisiones la tienes que tomar tú mismo” la novela ya vale la pena.

Aunque, por otro lado, si tenemos que retraerle algo a Barrero es que los diálogos entre el protagonista y María, su mujer, que monopolizan la parte central de la historia, no les llegan a las suelas de los zapatos a los del prota con su padre. Pero es que, claro, los otros son muy buenos.

En resumen, para los que leéis solo el final de las reseñas: Lento es una novela corta, entrañable y tierna, que trata a veces temas duros con sensibilidad y mucho humor, y que cuenta la historia de un hijo que, con su inseguridad, sabotea su propia felicidad y de un padre paciente, sabio y pullero que, a fuerza de buena comida y metáforas culinarias, le abre los ojos. Es una novela con la que te vas a reír y de la que vas a aprender un par de cosas que ya sabías (como que todo tiene su tiempo) pero de las que te habías olvidado.

Ah, y aprovecho para colar aquí un mensaje para su autor, que seguro que nos lee. Ya sé que en los agradecimientos dices que no es él, pero, Andrés, si el personaje de padre está, ni que sea remotamente, basado en el tuyo, quiero conocerlo.

Laura Gomara

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Eva, de Arturo Pérez-Reverte

Eva

EvaEn las primeras diez páginas de la novela, Lorenzo Falcó se las apaña para matar a un espía republicano, dejar K.O. a otro y acostarse con una vedette portuguesa. A eso se le llama no andarse con chiquitas y abrir una novela sacando la artillería pesada. Y la cosa no queda ahí, porque este es el ritmo que lleva Eva, la segunda aventura de la serie del hijo de puta de Falcó, escrita por Arturo Pérez-Reverte.

Sí, han leído bien. El mismo Pérez-Reverte admite que Falcó es un hijo de puta y que quiso hacerlo así. Incluso hay un momento en esta entrega en la que el Almirante (lo admito, mi personaje preferido de las dos novelas de la serie) le llama “psicópata”. Y sí, para el lector, al menos para el de hoy en día, está claro que el tipo tiene un problema: lo vemos cuando mata y cuando está a punto de morir por pura diversión, lo vemos cuando viola, simplemente porque tiene la oportunidad, cuando caza y cuando se debate, cuando están a punto de partirle los dientes y cuando es él quien los parte.

Ya lo hemos dicho (y lo dejé claro en la anterior reseña), Falcó es un hijo de puta, pero, y aquí llega el matiz, un hijo de puta con clase. Es un tipo al que desprecias en muchos momentos, pero con quien te ríes. Porque, cuando quiere, tiene mucho, mucho encanto. Lo dice el tópico: cuando un escritor se lo pasa bien escribiendo, el lector se lo pasa bien leyendo. Y esto es justo lo que pasa con muchos de los diálogos de Falcó. Casi puedes oír a Pérez-Reverte partiéndose de risa delante del ordenador y, entonces, se te olvida lo que el personaje ha hecho hace dos escenas y te ríes con él. Y precisamente eso es lo que el autor quiere que pase. Jugar contigo, con tu sistema moral.

Pero, al mismo tiempo, y esto también lo ha tenido en cuenta el autor, Lorenzo Falcó da bastante pena. En seguida ves que es un yonqui de la adrenalina, que siempre quiere ir un paso más allá, le encanta su trabajo, el peligro mucho más que el glamour, y al mismo tiempo se le nota cierto hastío por todo. Tienes la sensación de que está interpretando un papel incluso para sí mismo, de que es un caballero o un asesino de cara al patio de butacas, pero que, en realidad, todo le importa un carajo. Hay momentos en los que lo ves tan vacío que deseas que el autor tenga compasión y lo mate pronto, que no le deje hacerse viejo como hizo, por ejemplo, con Max.

No sé si os acordáis de Max, el protagonista de El tango de la guardia vieja. En esa novela vemos a Max joven y también lo vemos pasados los sesenta, veteado de canas y con el cuerpo cansado, pero llevando su fracaso (un fracaso mayúsculo, vital) con cierta dignidad. En cambio, el lector intuye, casi desea, que Lorenzo Falcó muera relativamente joven. No debe sobrevivir a la guerra porque, como dice el Almirante, es un personaje útil en esos tiempos, pero un auténtico monstruo en tiempos de paz. Y el problema no es lo que pueda hacer a los demás, no, para nada, el problema es él mismo. Le deseas una muerte temprana porque como sesentón no mantendría ese encanto que hace que, pese a su hijoputismo, te rías con él. Solo sobreviviría el monstruo. En ese sentido es como el Pijoaparte de Marsé, al que es duro ver envejecer (y no en Teresa, sino mucho más tarde, pero lo vemos). También, como Corto Maltés o Lord Jim es un personaje que pertenece a una época muy concreta, al mundo de ayer o justamente al momento en el que el mundo de ayer está cayendo como un castillo de naipes y, de entre sus escombros, aparecen tipos como Falcó, el Dimitrios de Ambler o el Harry Lime de Greene.

Pero vamos a la novela porque sé que en esta reseña os estoy hinchando la cabeza con mis opiniones en vez de hablaros de lo que realmente queréis oír: de Eva (y para los que habéis leído la novela anterior, Falcó: de Eva).

En esta nueva entrega de la serie, tras un par de aventurillas –nada, rajar cuellos, explotar coches, estar con un par de señoras–, Lorenzo Falcó es enviado a Tánger con la misión de robar (o recuperar, depende del bando en el que estés) el cargamento de un mercante de la República: nada más y nada menos que varias toneladas de oro que van derechitas a una Rusia entorno a la cual Stalin está cerrando las zarpas.

La aventura de Eva se centra en los días en los que Falcó está en la ciudad y en sus maniobras para hacerse con el oro, algunas muy burocráticas y otras bastante menos. En Tánger, como os podéis imaginar por el título de la novela, se reencontrará con Eva Neretva, espía rusa a la que, y perdonad el spoiler si no habéis leído la anterior, salvó la vida al final de la primera entrega de la serie. Y ya os podéis imaginar lo que pasa cuando dos monstruos letales y enemigos se enamoran, o eso creen. Vuelan más navajazos, balas y hostias que besos, pero de eso también hay. Un poco, al menos.

Eva es una novela plagada de escenas de acción muy bien manejadas, realistas y crudas, brutales, con unas descripciones de Tánger que logran hacer que te sientas allí, aunque nunca hayas puesto un pie en la ciudad, y que, en sus 400 páginas, cuenta varias historias (no tengo espacio aquí para hablaros de los dos capitanes, pero no tiene pérdida) y tiene diversas lecturas. Es una novela hecha de gestos –dos dedos en la gorra, ofrecer un cigarrillo, servirse o no un dedo de whiskey…– de ritos y códigos. También es una novela visual, leyéndola sientes que estás viendo una película de los años 30 o 40 (con más sexo y violencia, pero ese es el espíritu de nuestros tiempos), rápida, con espíritu de folletín, que al mismo tiempo habla de más cosas de las que me da tiempo a apuntar aquí.

Antes de irme, quería hablaros de Eva, pero no puedo hacerlo sin spoilers. Así que solo os diré que me recuerda mucho a la Tánger Soto de La carta esférica, mi novela preferida del autor. Si estáis de acuerdo conmigo, cuando salga la siguiente, hablamos.

Laura Gomara

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Las tres muertes de Fermín Salvochea, de Jesús Cañadas

Las tres muertes de Fermin Salvochea

Las tres muertes de Fermin SalvocheaAntes de ir a la presentación que hizo Jesús Cañadas este octubre en Barcelona yo ya había leído Pronto será de noche (para mí siempre será “el libro del toro en la portada”) y, en realidad, fue por eso por lo que acabé yendo a la librería Gigamesh, pese a que aquel día se estuviera cayendo el cielo a trocitos sobre Barcelona.

Tenía buen recuerdo de la novela anterior, de esos recuerdos que son emociones (emociones chungas porque es un libro de terror) y, en el momento de llegar a la presentación de Las tres muertes de Fermín Salvochea, solo tenía una idea sobre el autor: me gustaba cómo escribía. Su estilo. Así se lo dije al mismo Cañadas, pero el tío me soltó: “pues esta no tiene nada que ver”. Y cuánta razón tenía.

No he leído la primera novela de Cañadas (en realidad, la segunda pero la primera dice que ni se nos ocurra cogerla, que se muere de la vergüenza), pero con las dos últimas ya me ha quedado claro que este es un autor que no va a escribir dos veces lo mismo ni de la misma manera. Si el estilo de Pronto será de noche (la del toro, vamos) era seco, opresivo, crudo, el de Las tres muertes de Fermín Salvochea es muchas veces lírico, al mismo tiempo que cercano y repleto de humor, porque en esta novela Cañadas recupera la lengua de su infancia en Cádiz.

Y me diréis, sí, sí, pero ya te estás enrollando como en la reseña anterior. ¿De qué va la novela? Eso es algo difícil de contar sin mataros a spoilers. Podría decir, “de aventuras”,  “de vampiros”, pero no es eso exactamente. Alguien la ha definido como una mezcla entre Penny Dreadful y los Goonies y, para mí, en la parte de Penny Dreadful tiene toda la razón. Las tres muertes de Fermín Salvochea empieza como una novela costumbrista, cuatro niños pobres por aquí, un padre borracho por allá, un hospicio, el funeral de un señor –un tal Bigotes, el exalcalde Fermín Salvochea–, un circo de los horrores liderado por un fulano al que llaman Edgardo Poe… Y entonces, ZASCA. Empiezan a pasar cosas raras. Pero muy raras. Empieza con una señora que tiene cuatro brazos, aunque enseguida lo entiendes, de acuerdo, son siamesas. Pero cuando sale el hombre pez y los vampiros del agua… Bueno, entonces no queda mucho espacio para la duda.

O sí. Porque todos esos bichos no salen propiamente en la historia principal, sino en las historias que le cuenta su padre a Sebastián, el chaval de trece años protagonista de la novela. Y, claro, su padre, Juaíco, es un borracho y un mentiroso, así que el lector duda siempre de lo que está contando. Duda como lo hacen los cuatro niños protagonistas de la novela –Sebastián, el Pani, Candela y Julieta–, que se pasan páginas y páginas recorriendo la Cádiz pobre e industrial de principios del siglo XX en busca de torres voladoras y cuevas de contrabandistas. Ellos quieren que todo lo que cuenta Juaíco sea verdad porque si no, como dice Candela: “yo no soy más que una huérfana coja, los niños del Hospicio se han muerto porque la comida está podrida, y […] no quiero que sea así, Sebastián. No quiero”. El lector tampoco. El lector quiere que todas esas leyendas gaditanas –el circo romano, la Bella Escondida, las cuevas de María Moco– que Cañadas ha devuelto a la vida en su novela sean ciertas. En la ficción, se entiende, porque no me veo cazando vampiros.

Y ha sido la tensión entre mundo real y mundo fantástico, entre costumbrismo y barcos voladores hasta arriba de piratas una de las cosas que más me ha gustado de Las tres muertes de Fermín Salvochea. También los homenajes a las novelas de aventuras que hay por todas partes y, sobre todo, el tono. Esto del “tono” parece muy técnico, muy serio, pero es bien fácil. Convertir una ciudad como Cádiz, que todos pensamos luminosa, blanca, en un lugar sombrío y lleno de monstruos sin que nos olvidemos ni por un momento de donde sucede la acción tiene mucho, mucho mérito. Y lograr que los personajes hablen como gente de la calle, de su condición social y de su época (eso del costumbrismo), pese a estar abriéndole la caja torácica a un vampiro, también. Por ejemplo, que un hombre pez en una caverna llena de contrabandistas diga, señalando al prota, “y a este me lo matáis” y que eso quede bien y te haga reír, mola mucho. Y justo eso es el tono de la novela, que un narrador te diga que “Candela les veía venir de lejos” (y no por la calle precisamente) y en otro momento te describa una voz que “enhebraba recuerdos de mujeres corsario y ron de caña”. Eso es estilo, y Cañadas lo tiene. Aunque lo más flipante no es que lo tenga, es que pueda cambiarlo en cada novela porque le da la gana (y porque puede).

Las tres muertes de Fermín Salvochea es una novela que me ha hecho leer como cuando tenía diez años y me ha dejado las mismas sensaciones que La princesa prometida o El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Os la recomiendo si os gustan las historias de aventuras, de vampiros y monstruos (de los de verdad, que los otros ya no se llevan), en las que, por otro lado, pasan cosas muy jodidas (que no tienen por qué estar relacionadas con los bichos) y no todo siempre es bonito para el prota y sus compañeros.

Laura Gomara

 

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Los hijos de Atenea, de Nicole Loraux

Los hijos de AteneaCuando le comenté a un amigo que iba a reseñar este libro, me dijo: “tú sabrás dónde te metes”. Y tenía razón, hasta cierto punto. Como otros de los libros que he reseñado aquí, este no es un ensayo para leer justo antes de dormir, cuando estamos agotados y queremos algo que nos relaje y aleje de los problemas del día (algunas lecturas geniales para ese momento aquí, aquí y aquí). No, Los hijos de Atenea, el primer ensayo publicado en los años 80 por la genial Nicole Loraux, es una lectura de mañanas, con luz, con la mente despejada, y todos los sentidos puestos en el libro.

Y a mí leer así me encanta.

Conocí la obra de Loraux a través de otro de sus libros, Las experiencias de Tiresias, también editado por Acantilado. Para que os hagáis una idea, fue un libro que cogí de la biblioteca y a los dos días tuve que devolverlo y comprarlo porque el ejemplar de la universidad estaba en serio peligro de ser anotado y subrayado hasta la muerte. ¿Por qué me gusta tanto Loraux? Porque una de las razones por las que estudié Filología Clásica fue para comprender y poder profundizar en libros como los suyos, que analizan el mito griego desde una perspectiva antropológica y política y nos ayudan a ver mucho más allá de la narración, del cuento. Los libros de Loraux, como también los de Vernant o Detienne, nos acercan al mundo antiguo, a sus relaciones sociales y de poder, sin caer en anacronismos ni prescindir de una parte tan importante de la sociedad antigua como el mito.

Y sí, Los hijos de Atenea hace exactamente eso. Este ensayo que, por cierto, ha sido traducido por la Dra. Montserrat Jufresa, quien fue profesora mía en la Universitat de Barcelona, habla de los mitos de autoctonía y fundación de Atenas y de las contradicciones que presentan y resuelven para la ciudad.

¿A quién no le suena el mito en el que Atenea y Poseidón se disputan el patronazgo de Atenas y acaban casi casi llegando a las manos? Sí, ese en el que la diosa entrega a los atenienses el olivo y Poseidón hace brotar una fuente de agua salada. Si visitáis la Acrópolis, todavía podréis ver el lugar en el que se dice que el dios clavó su tridente para hacer surgir la fuente, y también os hablaran de dónde nació el primer olivo, el regalo de Atenea. En Los hijos de Atenea, Loraux analiza este y otros mitos fundacionales para hablar de cómo funcionaba la ciudad, no en el terreno de las instituciones o de las leyes, sino en uno más profundo, en el del pensamiento y en la manera de entender el mundo de sus habitantes.

Y estos mitos le llevan a hablar de temas muy diversos. Como, por ejemplo, la relación entre los sexos y la exclusión de las mujeres como parte de la ciudadanía en Atenas. Loraux no nos descubre nada nuevo cuando nos cuenta que la ciudadana ateniense no existe, que en Atenas las palabras “ciudadano” y “mujer” son casi una contradicción, pero lo que sí que hace la autora es intentar explicarnos cómo el mito procesa y justifica esa exclusión política femenina, como las historias que cuenta un pueblo hablan de su realidad.

También habla de la contradicción entre las divinidades femeninas y la situación de la mujer en la ciudad. Por ejemplo, gracias a Mary Beard todos tenemos en mente ese fragmento de la Odisea en el que Telémaco, apenas adolescente, hace callar a Penélope, su madre, argumentando que es solo una mujer y no tiene derecho a hablar en público. Esta imagen de mujeres sin voz, más cercana a la realidad, contrasta con divinidades como Atenea, Afrodita o Hera, diosas con una mala uva equivalente a la de sus congéneres masculinos. Loraux, en Los hijos de Atenea, intenta aclararnos esta contradicción.

Habla larga y tendido también de otro mito de autoctonía ateniense, ese que cuenta que la “raza de hombres” (solo hombres) de los atenienses, surgió de la tierra. Pero entonces, se preguntará el lector, ¿de dónde salen las mujeres? Pues para resolver ese pequeño problema, el mito introduce a la “raza de las mujeres”, representada por Pandora, cuya historia también tiene mucha relación con Atenea.

Porque, por supuesto, Loraux habla, y mucho, de Atenea, diosa mujer, pero virgen, sin madre, que rechaza el matrimonio y la maternidad. Diosa que rechaza las funciones de las mujeres en la Atenas antigua, pero que mantiene el orden en la ciudad y protege el matrimonio (de las demás, claro). Diosa mujer, pero de los hombres, que acompaña a los héroes (a Ulises, por nombrar al más representativo), que protege a la polis y al ciudadano. La autora dedica capítulos a analizar esta figura y su contraste con otras, por ejemplo Ártemis, diosa también virgen, pero de las mujeres, que protege en los partos.

De estos temas y de muchos otros habla Loraux en Los hijos de Atenea. Siempre hilvanando su discurso de manera clara y eficiente, sin caer en tópicos (perdonadme en los que haya caído yo en esta reseña) y transmitiendo una pasión por la Grecia antigua y el mito que hace que leerla sea como leer una novela, algo densa, sí, pero absorbente y apasionante.

Recomiendo este libro a todos los que queráis alejaros de los topicazos de la Grecia antigua que se estudian en el instituto (que sí, que sí, por falta de tiempo) y que vemos en algunas novelas y películas (soy fan de 300 pero, por los dioses, cada vez que me cruzo con alguien que cree que Esparta era eso, me entran ganas de mandarle al abismo de una patada en… ya me entendéis). Lo recomiendo también a los que os guste la mitología y queráis verla desde una perspectiva diferente. Y a los que, cuando leéis una tragedia, siempre pensáis, pero, ¿por qué el prota hace eso? Loraux aquí, y en todos sus ensayos, intenta darnos respuesta a estas preguntas, acercar nuestro pensamiento al pensamiento antiguo. Y lo consigue.

Laura Gomara

@lauraromea

 

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El problema de las mujeres, de Jacky Fleming

El problema de las mujeres

El problema de las mujeresImaginad que estáis en una exposición sobre ciencia con vuestros hijos y la guía os dice: “citadme, así, rápidamente, diez genios de la ciencia o del arte”. Venga, os ayudo: Einstein, Leonardo Da Vinci, Pascal, Newton, Darwin, Pitágoras, Edison, Stephen Hawking, Galileo, Tesla… Por decir diez. ¿Os suenan? Seguro que algunos más y otros menos pero todos los nombres nos suenan y de la mayoría podríamos decir tres o cuatro cosas.

Pero, ¿no falla algo?

A Jacky Fleming, la autora de El problema de las mujeres, le parece que sí: todos son hombres. Nuestras “listas de genios” o de gente mínimamente célebre en las artes y las ciencias es históricamente masculina. ¿Por qué? Pues de eso trata este cómic: es un repaso ilustrado a la invisibilidad femenina a lo largo de la historia. Como dice Darwin en una de las últimas páginas del libro: “si comparas una lista de hombres eminentes con otra de mujeres, salta a la vista que los hombres son mejores en todo”. Obvio, ¿no?

Pero busquemos algunas respuestas. Porque el ejemplo con el que he iniciado la reseña nos muestra que las cosas no han cambiando tanto desde Darwin. ¿Será que no hay genios mujeres? ¿Será que la falta de oportunidades ha impedido que ninguna mujer descubriera o creara nada digno de mención antes del siglo XXI? Os propongo otra prueba. Buscad nombres de mujeres en los libros de texto de vuestros hijos o sobrinos. Buscad, buscad… Exacto, no hay ninguno y, cuando los hay, son consortes, esposas, musas. O Marie Curie. La única mujer que ha hecho algo por la ciencia en la historia, claro. Y, sí, de esto también habla Jacky Fleming en El problema de las mujeres.

A lo largo de más de 100 páginas la autora repasa, haciendo gala de una finísima ironía, los prejuicios, ideas falsas y mecanismos de exclusión que intentaron mantener a las mujeres dentro de la esfera doméstica durante los últimos siglos y nos cuenta cómo, pese a todo, lograban salir de ella. Desde que el cerebro de las mujeres es más pequeño y que, por lo tanto, son menos inteligentes, hasta que los pantalones las hacen lesbianas o estudiar les provoca esterilidad, pasando porque son biológicamente inferiores (esa idea sigue dando vueltas por ahí, hoy en día) o conceptos como la histeria. Todos esos bulos, y algunos más surrealistas que no os quiero spoilear, rodean a las mujeres que ilustra Jacky Fleming mientras se emperran en estudiar, pintar, descubrir estrellas, inventar lenguajes de programación o revolucionar las matemáticas.

El problema de las mujeres es un libro que despierta sonrisas y pone los de punta a partes iguales. Es pequeño, casi de tamaño bolsillo, y a una tinta, pero en rústica y bien editado. Yo ya tengo en mente a un par de persona a quien regalárselo, porque es un cómic ligero y divertido pero que al mismo tiempo nos hace recordar que el hecho de que las mujeres no estén presentes en nuestra educación no significa que no existieran, sino que las que se salieron de la norma acabaron en el basurero de la historia y nos necesitan para salir de él y ser reconocidas.

Por cierto, por si sentís curiosidad, os dejo aquí una lista de diez mujeres genio, así, al azar: Ada Lovelace, Artemisia Gentilleschi, Émilie du Châtelet, Grace Hopper, Rosalind Franklin, Katherine Johnson, Marie Curie, Caroline Herschel, Hedy Lamarr, Sophie Germain. Por si os interesa buscarlas en Google.

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Charlas TED, de Chris Anderson

Charlas TED

Charlas TEDDesde que vi la primera, hará algo así como ocho años, en la universidad, he sido seguidora de las charlas del TED. Confieso que veo dos o tres a la semana, sobre temas como feminismo, tecnología o ciencia. Y, sean de 5, 15 o 25 minutos, siempre me he preguntado por qué nos dejan pegados a la pantalla del portátil, o del móvil, por qué acabas de ver esas charlas con una sensación brutal de descubrimiento.

Desde el principio tuve claro que no era tan solo por lo que me estaban contando porque muchas veces, en temas que domino, no decían nada que no hubiera oído o leído en otra parte. Entonces pensaba: “si lo que te deja con esa sensación abrumadora no es el conocimiento que te están transmitiendo, ¿qué es?” Exacto, es cómo lo están contando. Y esa es la razón por la que quería leer el libro de Chris Anderson, director de TED, sobre cómo hablar en público.

Charlas TED, el libro del que hablo, es una guía muy práctica, con trucos y esquemas, que desmenuza el arte de la palabra. Es, por qué no decirlo, un curso de oratoria.

Se divide en cinco partes: una pequeña introducción llamada “Fundamentos” que se centra en qué queremos contar y cómo encontrar el tema; una segunda de “Herramientas” en la que explica conceptos como persuasión, storytelling y estructura; una tercera en la que habla del proceso físico de la preparación (¿tengo que ensayar, memorizo o no, preparo diapositivas?); una cuarta que se centra en el momento de la charla (voz, presencia, gestos, preparación mental…); y una quinta en la que, a modo de conclusión, el autor reflexiona sobra la importancia de saber hablar en público y compartir lo que sabemos con los demás.

Como decía arriba, Charlas TED es un curso de oratoria exprés y lo recomiendo a todos aquellos que tengáis que dar una conferencia, defender un trabajo en público o presentar un informe, pero también a los que os haya tocado hablar en una boda o queráis expresar vuestra opinión en la junta escolar. Y, sí, también a todos los que alguna vez en la vida habéis dicho eso de “es que yo no sé hablar”.

Porque lo entiendo. Yo también he dicho un millón de veces “es que yo no sé hablar”. Pero, aunque no seas tú el que hable, saber cómo se organiza un discurso nos hace más libres. Para empezar, porque permite, a los que no pondríais un pie en un estrado en la vida, ver cuando alguien os la está intentando colar. Muchas veces un discurso, una idea, en la tele o donde sea, no nos convence del todo pero al mismo tiempo está tan bien expuesta que la damos por buena. Conocer los fundamentos de la retórica nos ayuda a ver qué está haciendo el orador para que esa idea nos parezca válida, incluso atractiva, aunque no estemos de acuerdo con ella. Y, por lo tanto, nos ayuda a ser más críticos y a rechazar discursos con los que en el fondo no estamos de acuerdo.

Por otro lado, saber (y atrevernos a) hablar en público nos hace literalmente más libres, porque, aunque creas que no, habrá algún momento en la vida en el que lo vas a necesitar, sea en una reunión de vecinos para defender tus derechos como propietario, sea en una celebración familiar para expresar tus sentimientos, sea delante de un público amplio para compartir algo valioso en lo que estás trabajando. No saber hablar o no atrevernos a hacerlo en público nos aísla de los demás y nos hace dejar de hacer cosas que querríamos hacer.

Por todo esto, si os gusta el estilo de las charlas del TED, echadle un ojo a este libro. Aunque no sea la lectura del verano, a nadie le viene mal aprender un poco de oratoria 😉

Laura Gomara @lauraromea

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El cuento de la criada, de Margaret Atwood

El cuento de la criada

El cuento de la criada“Espero. Me compongo. Mi persona es una cosa que debo componer, como se compone una frase. Debo presentar algo que ha sido hecho, no que ha nacido.”

Pág. 106

Leí este libro hace años, de la biblioteca, y llevo queriéndolo comprar desde entonces. Quería tener mi ejemplar para marcarlo, subrayarlo, poder comentar al margen… esas cosas que teóricamente no se puede hacer con los libros, pero que yo siempre hago con los que me gustan mucho. Pero no podía comprarlo porque estaba descatalogado y, por internet, llegaron a pedir casi 200 euros por un ejemplar. Una locura.

Por eso me parece una suerte que Salamandra reedite El cuento de la criada, una novela que la inmensa Margaret Atwood escribió tras un viaje al otro lado del telón de acero en los años ochenta. Sí, ochenta. Y os estaréis preguntando, ¿por qué la reeditan ahora? Y, sobre todo, ¿qué tiene que decirnos una novela de los ochenta?

La primera pregunta es fácil de responder. El año pasado HBO anunció que esta primavera emitiría una serie basada en la novela de Atwood. Así que, para qué negarlo, es un buen momento para recuperar El cuento de la criada porque muchas de las personas que vean la serie querrán recurrir al texto original.

Pero, aparte de por la serie, ¿por qué va a interesarnos precisamente ahora? La misma autora responde a esta pregunta en el prólogo que acompaña a la nueva edición. El cuento de la criada es rabiosamente actual. Cada vez más gente le pregunta si la novela es una predicción. Y Atwood responde que no, porque predecir el futuro no es posible, pero que sí que, cuando la escribió, había una intención de antipredicción en ella, es decir, de evitar un futuro como el que vive Defred, la protagonista de la novela.

Y tiene razón. A diferencia de otras obras de ciencia ficción, El cuento de la criada ha envejecido my bien y es incluso más verosímil hoy en día que en 1984, cuando fue escrita. Recuerdo que la primera vez que la leí, hará un par de años, busqué la fecha de publicación y me sorprendí porque estaba leyendo sobre cosas que están pasando ahora en EEUU, sobre cosas que podrían pasar en un texto escrito hace más de treinta años. En ese sentido, parece que Atwood haya viajado al año 2017 para ver algunos detalles, algunas tendencias, que explota en la novela.

Precisamente creo que es esa verosimilitud lo que hace que sea una de las novelas más aterradoras que he leído. Porque la autora logra crear la sensación de que te habla directamente a ti, durante la lectura de la novela tú eres Defred, o podrías serlo.

Recuerdo la primera vez que viví ese grado de identificación en una historia de terror. Tenía unos siete años y vi la primera adaptación de It, la novela de Stephen King. Yo estaba acostumbrada a ver películas de miedo, no me afectaban para nada (era fan de Expediente X) pero It me destrozó y pasé meses con pesadillas. Cuando mi madre me preguntaba por qué, siempre le daba una explicación muy clara: se come a los niños, solo a los niños. Y yo era una niña.

Esa misma sensación he tenido con Defred. Ella es una mujer que por edad, condición, etc. podría ser yo, que ha tenido un pasado como se augura mi futuro. Y todo se rompe de una manera tan brutal y al mismo tiempo tan contenida, tan, una vez más, verosímil, que produce terror. Junto a esa capacidad de identificación están la sensación de aislamiento, de paranoia, el miedo al otro, a hacer cualquier movimiento que Atwood crea con maestría y mantiene durante toda la novela. Por otro lado, no tiene la necesidad de recurrir a la violencia explícita para hacerte ver el horror. El clímax de la novela es mucho menos violento que cinco minutos de Juego de tronos, pero logra hacerte sentir más incómodo y angustiado de todas las temporadas de Walking Dead juntas. Y, para mí, es en esa contención del terror, en la capacidad de hacer que el gesto más nimio te haga temer por la protagonista sin perder ni un segundo el sentido de la realidad, donde se encuentra la genialidad de El cuento de la criada.

Para todos los que os asustéis con las novelas largas o “complicadas”, quiero deciros que Atwood tiene el don de crear metáforas impresionantes con lenguaje muy sencillo y que, pese a ser una historia asfixiante, se lee casi de un tirón. Me guardo en la manga los spoilers (no todo es lo que parece y la historia da unos vuelcos que madre mía), las referencias literarias (a Orwell, a Bradbury, a Le Guin…) que los fans del género veréis sin duda, mis especulaciones sobre el título y muchas de las sensaciones que me provoca esta novela. Leedla, lleváosla a la playa, a la piscina, comentadla porque es un texto actual e incómodo que se presta a compartir y debatir con los demás.

Y una última recomendación. Si leéis la nueva edición de Salamandra, dejaos el prólogo de Atwood para el final. Hacedme caso, primero leed la novela, porque la autora no se quita de hacer spoilers y, aunque, como no, la perdonemos, revienta hasta el último punto de giro de la trama.

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Escuela Cursiva

Escuela Cursiva

Escuela CursivaPara muchos a los que nos gusta leer y escribir, el mundo editorial es ese sector a la vez atrayente y desconocido para el que querríamos trabajar. Como lectores, fantaseamos con dedicarnos al proceso de edición de un libro: seleccionarlo, corregirlo, editarlo, traducirlo, llevarlo hasta el lector… Y, como escritores, ¡para qué negarlo!, soñamos con ser profesionales de la escritura, dar lo mejor de nosotros mismos con nuestros textos y llegar a los lectores.

Pero apenas hay talleres, cursos o estudios superiores realmente profesionales que nos ayuden en estos dos caminos. Hasta que, hace apenas un año, uno de los mayores grupos editoriales del planeta se dio cuenta de este vacío y decidió llenarlo. Penguin Random House Grupo Editorial creó la escuela de escritura y edición Escuela Cursiva, donde su equipo de profesionales se convierte en docente y nos enseña los entresijos del mundo editorial.

Seguro que muchos de vosotros ya conocéis a Penguin Random House pero, para aquellos a los que no os suene, solo deciros que es el grupo que integra editoriales del calibre de Alfaguara, Lumen, Plaza & Janés o Grijalbo y no por más especializados van a ser menos importantes otros de sus sellos, como Montena y Nube de tinta, que publican juvenil, Debate, que edita ensayo, o Fantascy, de fantasía o ciencia ficción. Son los editores de Javier Marías, Gabriel García Márquez o Rosa Montero, y también de Albert Espinosa y Elísabet Benavent, por dar ejemplos de varios tipos de libros.

En un grupo de tal magnitud trabaja muchísima gente y precisamente por eso tiene la capacidad de especializarse en cada una de las tareas propias del sector. ¿Quieres ser lector? ¿Te gustaría trabajar de editor? ¿Escribes novela? En Escuela Cursiva seguro que tienen a la persona indicada para ayudarte en tu camino. En otras palabras, no existe mejor lugar para entender lo que los futuros escritores o profesionales del mundo editorial necesitan.

Porque el sector del libro es mucho más grande y complejo de lo que pensamos. Coge cualquier libro de la estantería y hojéalo. Para que lo puedas tener hoy entre tus manos, se ha necesitado una constelación de profesionales dedicada a defender y divulgar ese libro. ¿Te imaginas cuánta gente, horas de trabajo, esfuerzo y decisiones hay detrás? Y no me refiero tan solo al trabajo del autor, sino a todo lo que viene después de que, por ejemplo, Arturo Pérez-Reverte envíe el manuscrito a su editor. ¿Lo imaginas? Seguramente es difícil, y esa es otra de las razones por las que Penguin Random House ha puesto en marcha Escuela Cursiva, para convertir su experiencia profesional en materia formativa, al alcance de todos, y enseñarnos cómo funciona el sector a todos los lectores y escritores que queremos formar parte de él. Por supuesto la Escuela para ellos también es una inversión, porque gracias a los cursos de escritura puede entrar a trabajar en la empresa gente mucho más preparada.

¿Qué tipos de cursos puedes hacer? Escuela Cursiva ofrece gran cantidad de cursos, tanto en formato presencial, en su sede de Barcelona, como en formato online, que puedes hacer desde cualquier parte del mundo y donde, además, tú marcas el horario. Si le echas un vistazo a su web, encontrarás cursos de edición y de escritura, cursos anuales y cursos de bolsillo en los que por 15 o 30 euros puedes recibir lecciones de novela del mismísimo Toni Hill o de géneros literarios por Félix de Azúa.

Para los que estéis más interesados en formaros para trabajar en el sector editorial, ¿qué decir? No hay mejor lugar que una editorial para aprender y todo el profesorado de Escuela Cursiva se dedica a la labor que te está enseñando, te habla de su oficio y de su día a día. Ellos te ayudan a conseguir tu objetivo de convertirte en lector profesional, en corrector tipográfico o en editor.

Y, para los que queráis llevar un paso más allá vuestra pasión de escribir, Penguin Random House pone a disposición de sus alumnos cursos con autores de la talla de Rosa Montero o Toni Hill. Además, sea cuál sea tu estilo o tu género literario, en Cursiva tienen en plantilla a uno de tus referentes. Por ejemplo, Lena Valentí enseña cómo escribir romántica, May R Ayamonte cómo ser Booktuber y el periodista Matías Néspolo, crítica literaria. Ya ves que para cursos, colores. Escribas lo que escribas o sea cual sea el perfil en el que quieras especializarte, en Cursiva tienen a alguien que encaja contigo.

Además, en todos los casos, te ofrece un método didáctico propio basado en la práctica y los ejemplos reales y, si apruebas el curso, te dan un certificado que puedes poner la mayoría de webs de empleo, como LindkeIn.

En definitiva, Escuela Cursiva es una muy buena opción para todos aquellos que queramos dedicarnos al sector editorial, sea como escritores o en cualquiera los oficios de la edición. Te ofrecen aprender de los mejores, una formación rigurosa y certificada, consejos prácticos y tal vez una vía de futuro. Como ellos mismos dicen, ¿qué mejor lugar que una editorial para aprender el oficio?

 

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¿Por qué necesitas un curso de escritura creativa?

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escritura creativaSi escribir no es nada más que inspiración, sentarse frente al ordenador y dejar que las palabras fluyan, ¿por qué necesitas un curso de escritura creativa? Porque el mito de la inspiración es de los primeros que derrocaremos en el Curso de Escritura Creativa de Libros y Literatura. Prácticamente ninguno de los escritores que ves reseñados en nuestro blog (alguno habrá que sí, siempre  hay gente rara) creen en él.

¿Sentarse y esperar que todo fluya, sin haber recreado antes la historia en tu cabeza, ni un poquito? ¿Sin haberte leído hasta el agua de los jarrones? ¿Sin, en resumen, gran parte de la diversión? Sentarse ante la página en blanco y esperar a que nos visite el hada mágica es la mejor manera de buscarse un buen bloqueo.

Por eso, la mayoría coincidimos en que la escritura es trabajo duro, muchas horas, imaginación, lecturas, un buen pellizco de técnica y sí, mucha diversión. Pero entonces, si no va a enseñarte a inspirarte, ¿qué puede ofrecerte nuestro Curso de Escritura?

1. Ayudarte a comprometerte contigo mismo

En el curso queremos ayudarte a crear una serie de rutinas que te permitan escribir de la manera más regular posible. Sabemos que no podrás dedicarte a escribir a tiempo por completo, por eso a lo largo del mes y medio que dura el curso queremos asentar contigo el hueco semanal en la agenda que dedicarás, durante y después de finalizar el curso, a escribir.

2. Enseñarte las técnicas necesarias para una buena narrativa

Puedes poner mucho de tu parte y escribir páginas y páginas, pero si siempre estás repitiendo el mismocurso escritura creativa error, es difícil que puedas avanzar. Por eso el cuerpo de nuestro curso se centra en enseñarte las técnicas básicas para que puedas crear una buena narrativa: ¿Qué necesita un personaje para parecer de carne y hueso? ¿Cómo estructurar historias que atrapen a los lectores? ¿Desde los ojos de qué personaje funciona mejor tu novela? ¿Dónde sucede todo y cómo hacer que el lector se sienta allí sin aburrirle? ¿Cómo hilvanar un hilo argumental?

En el Curso de Escritura te ayudamos a articular tu novela para que después puedas disfrutar de escribirla.

3. Para que un profesional te guíe en tu trabajo

Y así ahorrarte miles de horas de ensayo y error. Desde el primer día y durante las seis semanas del curso tendrás a un profesional que resolverá todas tus dudas sobre narrativa o mundo editorial y que corregirá tus avances pasa a paso. En cada unidad del curso se te pedirán prácticas que tengan relación con el proyecto personal. Tus prácticas serán corregidas y comentadas de manera personalizada por la profesora, que estará siempre ahí para ayudarte a acabar de afilar la forma de tu historia.

El Curso de Escritura Creativa de Libros y Literatura se hará durante los meses de junio y julio de 2017 y las inscripciones están abiertas durante todo el mes de mayo.

Si este verano quieres escribir tu novela, lánzate a la aventura con nosotros.

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