
Los dieciocho no es la mejor edad para tomar las decisiones de las que dependerá el resto de nuestra vida, pero es justo cuando nos toca decidir qué carrera queremos hacer. A los que nos gustan los libros nos dicen que la única formación en literatura que hay es Filología, y que eso solo sirve para ser profesor; así que si no nos llama la docencia, al final elegimos una carrera universitaria un poco al tuntún. «Esta, que me han dicho que tiene muchas salidas…». «Esta, que las asignaturas parecen interesantes…». «Esta, porque me lo han dicho mis padres y a mí ya me da igual…». Después vienen las sorpresas. Algunos de los que se meten en una cualquiera por hacer algo se entusiasman con lo que se encuentran, y otros tantos, que incluso eligieron a conciencia, se decepcionan al comprobar que esa carrera no es cómo imaginaban.
Al dar nuestros primeros pasos en el mundo laboral, empezamos a tener claro qué queremos hacer y qué no. Cuando nos vemos metidos ocho horas al día en un bufete de abogados o en la cola del paro, tirando currículums a trabajos que no nos motivan en absoluto y sin saber hacia dónde tirar, nos preguntamos qué estamos haciendo con nuestra vida. Entonces, los sueños vuelven a tocar a la puerta; esa vocación que amordazamos durante largo tiempo porque nadie se la tomaba en serio. «¡Yo quiero vivir entre libros! Seleccionar manuscritos, escribirlos, reseñarlos, contagiar a otros mi pasión por la literatura. Pero ¿cómo trabajar en el mundo literario? ¿Qué hay que estudiar para eso?».
Tanto si hemos estudiado una carrera de humanidades como alguna que no tiene nada que ver, aún estamos a tiempo de obtener la formación en literatura que necesitamos para entrar en ese sector. En el ámbito universitario existen másteres para especializarnos en literatura española e hispanoamericana. Es el complemento ideal para los filólogos que quieren abrir sus miras más allá de la docencia, pero también para los que buscamos comprender las creaciones artísticas escritas en español desde una perspectiva histórica, ideológica, filosófica y estética. Quienes de verdad sentimos pasión por los libros encontraremos en esta formación los conocimientos y competencias clave para encauzar nuestro futuro profesional hacia el mundo literario, ya sea para trabajar en una de las áreas del sector editorial (evaluador de manuscritos, crítico literario, reseñador, técnico editorial y de documentación, etc.) como en instituciones culturales o en medios de comunicación. Además, este tipo de másteres también son de gran utilidad para aquellos que quieren escribir, pues el análisis comparativo de obras, escritores y períodos aporta una sólida base teórica sobre las distintas corrientes literarias y sus recursos; la forma perfecta de conocer en profundidad el terreno en el que quieren desarrollarse.
La literatura no tiene por qué ser solo un pasatiempo, puede convertirse en nuestra profesión. Y las únicas opciones de trabajo no son ser editor o profesor; la formación en literatura que obtendremos a través de estos másteres nos hará descubrir un amplio abanico de posibilidades al que dedicarnos.
Tal vez a los dieciocho no tengamos clara nuestra verdadera vocación o todavía no nos atrevamos a apostar por ella, pero nunca es tarde para probar nuevos caminos en los que de verdad sentirnos realizados.








La verdad es que es un acierto el título de esta nueva publicación de Nórdica Libros. Y es que El libro de los libros es realmente el gran libro de todos los libros. Parece que me estuviera inventando un trabalenguas, pero no. El libro de los libros no es un título para nada pretencioso. ¿Cómo iba a serlo un libro que reúne a cuarenta y seis de los mejores escritores entre sus páginas? Es una auténtica maravilla, palabrita.
De un tiempo a esa parte, no sé si es por la edad, me suele gustar revisitar algunos clásicos. Hay veces que merece la pena más que otras y generalmente eso depende del estado de ánimo pero este volumen de 



















Diez años después de la publicación de La catedral del mar (
Salimos a la calle para subir por el Raval mientras Lucía Conte nos habla de que ese lugar fue enclave de inmigrantes y esclavos anhelantes de libertad, que luchaban para un día poder pagársela y comenzar una vida nueva en Barcelona. Nos cuenta todo esto situándonos varios siglos atrás mientras nosotros – no sé si todos – vemos que por esas calles sigue habiendo gente luchando por un futuro mejor, o por un futuro simplemente, sea cual sea la raza; que no hace falta retrotraernos tanto. Escuchamos historias con eco antiguo pero vemos las mismas con color actual. Queremos decirle algo a Lucía pero la tenemos demasiado lejos.
lugar escogido para la presentación oficial del libro. Fuera, mientras esperamos a entrar, oímos a nuestro lado que hablan del talento de Falcones para enganchar al lector capítulo tras capítulo mediante hechos históricos. Hablan de
esclavos en la Barcelona medieval van hilvanándose para acabar hablando del mundo del vino, del que Falcones se declara gran amante y conocedor de su historia. También le escuchamos hablar de su idea a la hora de crear y es que para él una escena, una imagen o un pequeño párrafo de un libro olvidado, puede ser el chispazo de toda una novela. Ya le sucedió en La catedral del mar cuando le sobrevino la imagen de un joven cargando una piedra desde la montaña de Montjuic a la Catedral del Mar; y lo mismo le ha sucedido ahora cuando, leyendo, tuvo la idea de ese niño que se dedicaba a cargar las pesadas bolas sujetas a las cadenas de los esclavos para que estos se pudieran mover con mayor facilidad.
Y es así, sin preguntas y levantándonos al unísono, nos dirigimos cual niños de excursión escolar al Palacio Requesens, donde Penguin Random House tiene reservada la última sorpresa para todos nosotros: una comida medieval maridada por los vinos escogidos por el sommelier Juan Muñoz Ramos. Copa de cava en mano, las lenguas comienzan a destensarse y a olvidar la sequedad de más de dos horas de ruta y empiezan los saludos que han tenido que esperar todo ese rato. Nuevos contactos, tarjetas nominales pasando a manos ajenas, brindis, comentarios en alto sobre tal y cual sabor del plato, del vino, del ambiente. Pasan las horas, Ildefonso Falcones se dispone a firmar libros con su inseparable copa de hidromiel mientras avanza la sobremesa en el resto de mesas. La gente comienza a irse con su ejemplar firmado bajo un brazo y el obsequio de una botella de vino Fra Guerau en el otro. Empieza a vaciarse el salón, nosotros nos quedamos sentados inconscientemente y algo anestesiados, dudando de cuál es el verdadero motivo de todo lo que ha sucedido esa mañana. Y por qué hay tanta prensa. Tenemos a pocos metros la mesa presidencial con todos los altos cargos de Penguin Random House. Dudamos si levantarnos heroicamente y preguntarles sobre ello.
