
Le he dado muchas vueltas a esta reseña. No sabía cómo empezarla. Si ir al grano y hablar directamente del libro, o contar mi relación de amor-odio con Dan Brown. Me he dicho a mí misma: “venga, Ana, al lío. Habla de lo que tengas que hablar, sube la reseña y se acabó”. Pero al mismo tiempo… no. No sé qué será lo correcto, pero yo voy a hacer lo que me pide el cuerpo, que es explicar por qué esta relación con Dan Brown (al que no le interese esta historia y quiera pasar directamente al resumen del libro, este está en el párrafo cuarto). Antes de empezar, voy a decir que sus historias me gustan, me parecen muy originales y sabe darle al público lo que quiere. Así que la cosa no va con sus libros, sino con él. Resulta que yo leí El código Da Vinci cuando tenía diecisiete años. Por aquel entonces yo daba Historia del Arte en el instituto y podía presumir de ser una apasionada del arte y de tener un profesor que era un gran entendido, ya no solo en arte, sino en historia en general. El caso es que él también se leyó el libro y vino indignadísimo a clase. ¿Por qué? Muy sencillo, porque encontró decenas de errores históricos dentro de la novela. Y diréis… es que ES una novela, por lo tanto el rigor no es necesario, ya que no es un libro didáctico. Hasta ahí, bien. El problema viene porque los libros de Dan Brown se venden precisamente por el morbo que produce crear una historia sobre datos reales. Que, por lo que decía mi profesor, no lo eran. Así que yo me enfadé mucho muchísimo, ya que a mí El código Da Vinci me había gustado porque me había dado un montón de datos históricos y a partir de ahí había compuesto una historia ficticia muy interesante y entretenida. El caso es que empecé a cogerle mucha tirria a este escritor y me negaba a leer nada más de él. Cuando escuchaba a la gente hablar de lo genial que era, me indignaba. ¿Es que nadie se daba cuenta de todos los errores que incluye en sus libros haciéndonos creer que son verdaderos?
Hasta que leí Inferno. Ahí tuve que coger todas mis palabras, hacerlas una bola (gigante) y tragármela sin agua y sin nada. Porque Inferno me encantó. Mi madre se lo compró y, al no encontrar nada más interesante que leer, decidí darle una oportunidad. Y empecé. Una página tras otra, sin poder parar de leer. Y lo terminé en dos días y me dio mucha pena no poder continuar la historia. Y me dio igual que los datos históricos contuvieran errores (esto no lo estoy afirmando, ya que no tengo ni idea de si es cierto o no, ya que no tengo cerca un entendido en historia que pueda iluminarme sobre este libro). El caso es que disfruté enormemente de su lectura, olvidándome de quién la había escrito y de todo lo que pudiera interrumpir esas horas de felicidad.
Yo creo que fue porque ya no tenía diecisiete años y no necesitaba estar en contra de todo lo que a la gente le gustaba. Con diecisiete años buscaba no ser como los demás, por regla. Y entonces estaba muy de moda Dan Brown… así que me dieron la excusa perfecta para odiar sus libros. Pero al leer Inferno me di cuenta de lo equivocada que estaba. Quiero decir, a cada uno que le guste lo que le tenga que gustar, pero no por norma.
Y así es como llegué a Origen. Perdonad mi parrafada anterior, pero es que necesitaba contar esto porque es en lo que he estado pensando mientras leía lo nuevo de Dan Brown. Este verano me enteré de que lo estrenaban y no pude hacer otra cosa que reservarlo. ¡Con meses de antelación! Si me viera mi yo de diecisiete años me daría una colleja. Pero yo estaba que no cabía en mí misma y cuando llegó a casa… ay, qué emoción. Y más con la edición tan bonita que ha hecho Planeta. Esta vez todo ocurre en España. El profesor de simbología religiosa Robert Langdon es invitado a Bilbao, al museo Guggenheim en concreto, para participar en una charla que dará Edmond Kirsch, un multimillonario cuya pasión es la tecnología. En esa charla, que verán millones de personas en directo vía Internet, promete dar a conocer la respuesta a la pregunta ¿de dónde venimos? Asegura que con su respuesta destrozará las bases de todas las religiones que conocemos y cambiará nuestro modo de ver la ciencia para siempre. Pero un trágico suceso ocurre en esa charla que impide que el multimillonario dé esa ansiada respuesta. Así que Robert Langdon, con ayuda de Ambra Vidal —prometida del príncipe heredero de España—, emprenderá una carrera contrarreloj para poder descifrar el gran misterio.
Como siempre, la acción tiene lugar en un plazo de veinticuatro horas, aunque los cortos capítulos se intercalan con sucesos pasados que nos ponen en situación. Y, como siempre, Robert Langdon se convierte en el héroe improvisado de nuestra historia, condición que él no ha pedido en ningún momento pero a la que empieza a acostumbrarse. Como siempre, una chica aleatoria (o no tanto) será su cómplice en la búsqueda de la verdad, teniendo un papel imprescindible en la historia. Y, como siempre, todas las claves que debe encontrar para resolver el misterio las tendrá que buscar en famosas obras de arte.
Entonces, ¿qué nos ofrece Origen que no hayamos leído antes? Bueno… la verdad es que Dan Brown no arriesga mucho en este aspecto y sigue dándonos lo que nos ha dado en todas las novelas. La diferencia es la ambientación, tan distinta en cada una de sus obras. Esta vez trascurre en España —concretamente en Bilbao, Barcelona, Madrid y Sevilla— y es muy curioso leer sobre una sociedad que conocemos tan bien pintada desde el punto de vista de este escritor.
El ritmo es un poco más lento de lo que me gustaría. Sí es cierto que cuando se llega al tercio final las páginas vuelan a una velocidad tremenda, pero me hubiera gustado que esa emoción se viera desde el principio. En esta ocasión, Dan Brown se detiene mucho más en las descripciones y no tanto en la acción. Una pena, la verdad. Porque en Inferno mantiene esa tensión constante y es una maravilla. Pero tampoco es justo comparar esta obra con la anterior, porque me da a mí (opinión personal) que es insuperable. Aun así, nos trae una obra de más de seiscientas páginas que se lee perfectamente y que no nos debe asustar por su gran volumen.
En fin amigos. No sé si Dan Brown me habrá enseñado mucha historia o no, lo que sí me ha enseñado es a disfrutar de las cosas con independencia de lo que digan los demás. Con diecisiete años decidí no leer jamás un best seller. Ahora leo lo que me da la gana. Si luego resulta ser una bazofia, mala suerte. Pero así he descubierto libros maravillosos —ya no solo Inferno, sino también La ladrona de libros, por ejemplo, que es una de mis novelas favoritas— que de otra manera no hubiera leído. Así que, leed lo que queráis, sin perjuicios, sin idioteces. Y, sobre todo, disfrutad de ello.
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