
La vida cuando era nuestra, de Marian Izaguirre
La vida se teje desordenada, como un ovillo perdido en el cajón de los recuerdos, que al sacarlo es una masa desorganizada por el polvo del tiempo y la realidad. Abrimos ese cajón con la esperanza de encontrarnos a nosotros mismos en el color de esos hilos que, más tarde, se convertirán en la ropa que nos cobijará del frío, de nuestros miedos, de nosotros mismos. Y caminamos por las aceras de una ciudad en guerra, con el poder de una mirada en el horizonte, con la savia de las historias que nos contamos a nosotros mismos, sin parones, sin puntos finales, recorriendo frases que nunca terminan, que siempre encuentran una puntuación que nos haga seguir caminando. Estas palabras, estos caracteres que escribo nacen de un libro, de “La vida cuando era nuestra” que en realidad es mucho más que la vida, porque que una historia haga brotar de mis manos estas palabras, sólo puede significar una cosa, un instante, un momento, y es la grandeza que provoca en nosotros la literatura. Una vida que, sin las palabras, no sería vida, no tendría momentos, ni siquiera tendría motivos para existir.
La vida de dos mujeres, Lola y Alice, que se encuentran gracias a un libro de memorias, que nos transportará a principios del siglo XX, que nos mostrará las injusticias de una posguerra que envileció los corazones, pero que nos hará darnos cuenta que las ganas de vivir son el camino adecuado para ser felices.



