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La vida cuando era nuestra

La vida cuando era nuestra, de Marian Izaguirre

la vida cuando era nuestraLa vida se teje desordenada, como un ovillo perdido en el cajón de los recuerdos, que al sacarlo es una masa desorganizada por el polvo del tiempo y la realidad. Abrimos ese cajón con la esperanza de encontrarnos a nosotros mismos en el color de esos hilos que, más tarde, se convertirán en la ropa que nos cobijará del frío, de nuestros miedos, de nosotros mismos. Y caminamos por las aceras de una ciudad en guerra, con el poder de una mirada en el horizonte, con la savia de las historias que nos contamos a nosotros mismos, sin parones, sin puntos finales, recorriendo frases que nunca terminan, que siempre encuentran una puntuación que nos haga seguir caminando. Estas palabras, estos caracteres que escribo nacen de un libro, de “La vida cuando era nuestra” que en realidad es mucho más que la vida, porque que una historia haga brotar de mis manos estas palabras, sólo puede significar una cosa, un instante, un momento, y es la grandeza que provoca en nosotros la literatura. Una vida que, sin las palabras, no sería vida, no tendría momentos, ni siquiera tendría motivos para existir.

La vida de dos mujeres, Lola y Alice, que se encuentran gracias a un libro de memorias, que nos transportará a principios del siglo XX, que nos mostrará las injusticias de una posguerra que envileció los corazones, pero que nos hará darnos cuenta que las ganas de vivir son el camino adecuado para ser felices.

 

Unas palabras de introducción: gracias, Marian Izaguirre, por la vida, por la lectura, por escribir, por hacerlo posible. No conozco personalmente a la autora, pero hay algo que une al lector y al escrito como sólo lo puede hacer un libro. Es esa conexión la que hace que tiemblen los dedos al pasar las páginas, al recorrer suavemente o con verdadera fruición las letras, navegando por la vida de los protagonistas. Esta historia de vidas cruzadas, de secretos que se leen pero permanecen en silencio, de vidas truncadas que salen adelante, de miedos y pesares, de alegrías necesarias y paseos por el horizonte de los sueños, ha sido uno de esos descubrimientos, uno de esos portazos que, en ocasiones, hacen que nuestra mente se escape, se avada, deseando mundos mejores que los que tenemos al alcance de la vista. “La vida cuando era nuestra” es compañía, es un amigo con el que ir de la mano hacia un destino incierto, es la sombra que nos acompaña allá donde vayamos, que nos dirige a un futuro blanco, nunca negro, y que nos devuelve lo importante de la bondad, de la humildad que se pierde por avatares de la fortuna, de la puñetera fortuna que a veces sólo acaricia y no toca con sus manos. Es, con toda probabilidad, sin margen de error, un paisaje con música, con un piano que suena de fondo y que, mientras escuchas, te regala recuerdos que no son tuyos.

Ahí fuera, en la vida que nos toca vivir, muchas veces hay momentos en los que la desesperanza ataca como si fuera un perro que intenta morder a su presa. Es inevitable. Inevitable e incomprensible. Pero la vida, sin estar hecha sólo para las personas justas, se toma la revancha para ponernos delante el horror más insondable. ¿Por qué escribo esto? Porque Marian Izaguirre nos enseña que, por mucho que el terror se acomode en nuestros huesos como un virus que intenta carcomerlos, siempre habrá, más allá de toda duda, un oasis en el que ser felices, en el que avanzar, en el que comprendernos y comprender al otro, por encima de ideologías, por encima de las palabras, y todo ello amando la literatura, los libros, reconociendo el valor que la cultura tienen en nuestras vidas. Es la única que no pide préstamos, que sólo da, nunca pide. Somos hijos de la literatura, por eso hacemos lo que hacemos aquí, pero más allá de eso, somos hijos de nuestros propios pensamientos, de introducir en ellos esa chispa de vida que “La vida cuando era nuestra” insufla en los cuerpos abatidos por el tirón de un brazo, por el empujón del aire que intenta desestabilizarnos. Es, como me gusta decir, un grito de amor, un grito de amor a todo lo que nos conecta, a todo lo que nos distancia, que es mucho y poco a la vez, y, parafraseando a una de las protagonistas, es una declaración de amor al tiempo, al presente, a lo que vivimos hoy, a lo que sentimos hoy, a lo que somos capaces de crear hoy porque, nunca tenéis que olvidar esto: hay muchos “más tarde” que no llegan nunca.

2 respuestas a «La vida cuando era nuestra»

Por favor quién merece a quién: el libro a la portada o la portada al libro, esa conjunción me estremeció, la portada me retrotrajo a muchos lustros atrás y tu reseña del libro no hizo menos.
Gracias.

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