
Seguro que aún te acuerdas de aquello que perdiste un día, sin saber cómo ni dónde, y te dio mucha rabia. Y no me refiero a ese teléfono móvil que te había costado una pasta, ni a cuando te desapareció la cartera y te tocó anular las tarjetas y sacarte otra vez el DNI, no. Estoy hablando de aquella vez que perdiste ese objeto que para ti era irremplazable por su valor sentimental. ¿Te imaginas que lo recuperaras muchos años después? ¿A que el corazón te daría un vuelco de la alegría? Pues de esa idea nace la novela El guardián de los objetos perdidos, de Ruth Hogan.
Por un lado, tenemos a Anthony Peardew, un escritor que vive en una mansión de Padua y custodia los objetos perdidos que se ha encontrado a lo largo de los años (un guiño directo a san Antonio de Padua, patrón de los objetos perdidos), siguiendo el legado que le dejó Therese, su gran amor. Esos fragmentos de vidas ajenas que ha ido atesorando en su hogar le han servido de inspiración para crear sus cuentos (que vamos leyendo a lo largo de la novela); al principio, con finales felices, después, cada vez más sombríos. Pero a Anthony se le acaba el tiempo y contrata a la persona adecuada para cumplir la misión que le encomendó Therese: devolver cada objeto extraviado a su respectivo dueño. Así es como Laura, divorciada y en plena crisis existencial, hereda la mansión de Padua repleta de objetos de todo tipo (una pieza de puzle, un coletero, una pulsera de la amistad, un paraguas de corazones rojos, una caja de galletas llena de cenizas humanas…); con Freddy, el jardinero atractivo, y Sunshine, la vecina adolescente con un don muy especial, incluidos en el paquete que da un giro a su vida.
Por otro lado, conocemos a Bomber, editor, y Eunice, su ayudante, que aunque no son pareja, están hechos el uno para el otro. Y no me puedo olvidar de la impertinente Portia, la hermana de Bomber, que no para de plagiar descaradamente clásicos de la literatura universal para intentar que su hermano le publique un libro; personaje que le sirve a la autora para colar una sátira del mundo editorial y de la literatura de consumo rápido.
Con todos estos elementos, Ruth Hogan escribe una historia de amor y pérdida, de vida y muerte y, sobre todo, de redención. Destaca el sentido del humor que destila cada escena, incluso las dramáticas, y la construcción de los personajes, que saben qué teclas tocar en el lector para conectar y resultar entrañables.
No sé si es muy aventurado por mi parte catalogar este libro como chick lit, ya que no soy asidua al género romántico ni a sus derivados, por lo que desconozco sus entresijos; pero lo que sí puedo asegurar es que El guardián de los objetos perdidos es de esas novelas que te sacan una sonrisa en cada página y que desde el principio sabes que va a acabar bien, porque esos adorables personajes no se merecen otra cosa. Una lectura perfecta para meter en la maleta y desconectar en verano. Y, por qué no, para soñar que en algún lugar existe de verdad ese guardián de objetos perdidos y que un día nos hará reencontrarnos con aquello que perdimos y que recordamos con tanto cariño.

Existen novelas en las que la historia, por su impacto emocional, por la aventura contada a un ritmo frenético, o de forma contenida para mantener el misterio, o por los giros argumentales que quitan el sueño, soporta todo el peso de la narración para captar el interés del lector y robarle las horas necesarias para que éste alcance el final de la obra. Misión cumplida. Otras, en cambio, ponen a tirar del carro a los personajes. Empáticos, rudos, interesantes, de vidas atormentadas, duros como la piedra, fríos como el hielo, cabronazos irresistibles o buenazos odiosos. Pueden tener una sola de la cualidades mencionadas, o por mencionar, para hacer al personaje atractivo; o varias para convertirlo en alguien a quién querrías conocer o incluso adoptar. Sí, claro, luego están esas novelas con infinidad de aristas y sinuosidades en las que se conjugan ambas cosas. Si queréis saber de qué tipo es Un asunto sucio de Marco Vichi tendréis que acompañarme un ratito.
Todos sabemos que los gatos quieren dominar el mundo, pero son los 
Vivimos al fondo de unos ojos. Una mirada que son un reflejo nuestro. Que a veces nos dan significado, otras en cambio nos lo quita, pero que siempre nos dicen algo aunque nosotros lo único que queramos es ese silencio que se agolpa en la garganta y que deja todo en suspenso. La mirada, esos ojos de una madre, el cuerpo que nos ha dado la vida, que nos acompaña en momentos que no hubiéramos creído nunca posibles, pero también hacedoras de tragedias y dramas, de palabras que no se entienden o incluso de amores destinados al fracaso. La relación madre – hija, en la literatura, siempre ha tenido un peso específico, ha sido motivo para escribir grande y no tan grandes novelas, uno de esos temas tan universales que, como el amor, casi todo el mundo ha vivido en sus carnes. Me llamo Lucy Barton es, por tanto, la historia de la protagonista de esta novela, pero también lo es de la relación que dos cuerpos conservan durante cinco días y cinco noches y de todos aquellos silencios que permanecieron entre las sábanas de una casa llena de ruido y que ahora se transforma en un sonido hueco, como si la respiración se cortara, cuando es el miedo y la desconfianza la que ha ganado la batalla al cariño. Vivimos, decía, al fondo de unos ojos. Que nos miran, nos juzgan, nos reconocen y nos dan una integridad dentro del caos que gobierna la realidad. Unos ojos que ya no serán lo que fueron, pero que seguirán allá donde vayamos.
¿Te has parado a pensar en que todo lo que haces, todas esas acciones que llevas a cabo de forma casi inconsciente, como un acto reflejo, repercuten en la vida de los demás de tal forma que es posible que sean esa minúscula chispa que con el paso de los años pueda llegar a crecer e inflamar conciencias hasta incluso llegar a cambiar el curso de la historia? Unas palabras de ánimo para aquel que su día amaneció gris. Un reproche injustificado. Un inesperado y cálido abrazo. Una sonrisa sincera. Unas palabras que rezuman bilis sin venir a cuento. Tender una mano al necesitado. Una sugerente pieza musical ejecutada con habilidad. Responder con el más flagrante desprecio al que busca refugio. La lectura de un libro inspirador en el momento adecuado. Un acto de amor o un arrebato de odio. “Todo está conectado” ¿Y si nuestra mera existencia solo fuera un insignificante pero valioso grano de arena que forma parte de una duna y esta a su vez es la pequeña porción de un inimaginable y gigantesco desierto? ¿Podría esta reseña, con este preámbulo de tintes New Age, llegar a ser el texto principal de unos panfletos propagandísticos que sembraran la semilla de una revolución? Pésima hipérbole a modo de ejemplo pero, a decir verdad, cosas más raras se han visto.
El periodismo ha muerto. O eso parece en los últimos tiempos. Pocos son los nombres que se asocian a un periodismo serio, riguroso, y alejado de los intereses de los medios de comunicación que los contratan. ¿Libertad? ¿Qué significa? Quizá por eso, sin saber exactamente de lo que trataba este libro, empecé a leer El campeón ha vuelto. Aclararé que de J. R. Moehringer no he leído su anterior libro, el que todo el mundo encumbró a lo más alto, que se llevó tanta buena crítica y que era El bar de las grandes esperanzas. No me interesaba, no hay otra razón. Pero nada más leer el prólogo que aparece en este último libro suyo uno entiende lo que nos quiere decir desde el primer momento y, como alegato en favor del periodismo y sobre la escritura, me parece de alabar. ¿Hubiera sido yo un poco más incisivo? Quizás. Pero es que yo a veces soy muy destructor cuando no debo serlo. En cualquier caso, uno lee esta introducción de lo que está a punto de descubrir en el libro y poco importa que no nos interese el boxeo, poco importa que no conozcamos la historia que hay detrás del mundo del boxeo. Nos anima a leer, a interesarnos, a poner más de un sentido en la lectura y dejar todo lo que estemos haciendo para ponernos manos a la obra. Casi como estoy haciendo yo en esta reseña que, realmente, empieza ahora.









