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El guardián de los objetos perdidos, de Ruth Hogan

El guardián de los objetos perdidos

El guardián de los objetos perdidosSeguro que aún te acuerdas de aquello que perdiste un día, sin saber cómo ni dónde, y te dio mucha rabia. Y no me refiero a ese teléfono móvil que te había costado una pasta, ni a cuando te desapareció la cartera y te tocó anular las tarjetas y sacarte otra vez el DNI, no. Estoy hablando de aquella vez que perdiste ese objeto que para ti era irremplazable por su valor sentimental. ¿Te imaginas que lo recuperaras muchos años después? ¿A que el corazón te daría un vuelco de la alegría? Pues de esa idea nace la novela El guardián de los objetos perdidos, de Ruth Hogan.

Por un lado, tenemos a Anthony Peardew, un escritor que vive en una mansión de Padua y custodia los objetos perdidos que se ha encontrado a lo largo de los años (un guiño directo a san Antonio de Padua, patrón de los objetos perdidos), siguiendo el legado que le dejó Therese, su gran amor. Esos fragmentos de vidas ajenas que ha ido atesorando en su hogar le han servido de inspiración para crear sus cuentos (que vamos leyendo a lo largo de la novela); al principio, con finales felices, después, cada vez más sombríos. Pero a Anthony se le acaba el tiempo y contrata a la persona adecuada para cumplir la misión que le encomendó Therese: devolver cada objeto extraviado a su respectivo dueño. Así es como Laura, divorciada y en plena crisis existencial, hereda la mansión de Padua repleta de objetos de todo tipo (una pieza de puzle, un coletero, una pulsera de la amistad, un paraguas de corazones rojos, una caja de galletas llena de cenizas humanas…); con Freddy, el jardinero atractivo, y Sunshine, la vecina adolescente con un don muy especial, incluidos en el paquete que da un giro a su vida.

Por otro lado, conocemos a Bomber, editor, y Eunice, su ayudante, que aunque no son pareja, están hechos el uno para el otro. Y no me puedo olvidar de la impertinente Portia, la hermana de Bomber, que no para de plagiar descaradamente clásicos de la literatura universal  para intentar que su hermano le publique un libro; personaje que le sirve a la autora para colar una sátira del mundo editorial y de la literatura de consumo rápido.

Con todos estos elementos, Ruth Hogan escribe una historia de amor y pérdida, de vida y muerte y, sobre todo, de redención. Destaca el sentido del humor que destila cada escena, incluso las dramáticas, y la construcción de los personajes, que saben qué teclas tocar en el lector para conectar y resultar entrañables.

No sé si es muy aventurado por mi parte catalogar este libro como chick lit, ya que no soy asidua al género romántico ni a sus derivados, por lo que desconozco sus entresijos; pero lo que sí puedo asegurar es que El guardián de los objetos perdidos es de esas novelas que te sacan una sonrisa en cada página y que desde el principio sabes que va a acabar bien, porque esos adorables personajes no se merecen otra cosa. Una lectura perfecta para meter en la maleta y desconectar en verano. Y, por qué no, para soñar que en algún lugar existe de verdad ese guardián de objetos perdidos y que un día nos hará reencontrarnos con aquello que perdimos y que recordamos con tanto cariño.

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Un asunto sucio, de Marco Vichi

un asunto sucio

un asunto sucioExisten novelas en las que la historia, por su impacto emocional, por la aventura contada a un ritmo frenético, o de forma contenida para mantener el misterio, o por los giros argumentales que quitan el sueño, soporta todo el peso de la narración para captar el interés del lector y robarle las horas necesarias para que éste alcance el final de la obra. Misión cumplida. Otras, en cambio, ponen a tirar del carro a los personajes. Empáticos, rudos, interesantes, de vidas atormentadas, duros como la piedra, fríos como el hielo, cabronazos irresistibles o buenazos odiosos. Pueden tener una sola de la cualidades mencionadas, o por mencionar, para hacer al personaje atractivo; o varias para convertirlo en alguien a quién querrías conocer o incluso adoptar. Sí, claro, luego están esas novelas con infinidad de aristas y sinuosidades en las que se conjugan ambas cosas. Si queréis saber de qué tipo es Un asunto sucio de Marco Vichi tendréis que acompañarme un ratito.

Un asunto sucio es la segunda novela protagonizada por el comisario Bordelli, de las seis que por el momento componen la colección, además de algunas historias cortas y hasta un cómic. No, no es necesario haber leído la primera para lanzarse con este caso del comisario, pero si lo habéis hecho, en vez de conocer a un nuevo personaje de ficción os estaréis reencontrando con un viejo y huraño amigo.

En la novela Un asunto sucio de Marco Vichi, publicada por Duomo, el comisario Bordelli abandona su lugar de trabajo cuando su amigo Casimirio entra como una exhalación en la comisaria alertando a los allí presentes de que ha descubierto el cadáver de un hombre. Cuando llegan al lugar de los hechos éste ha desaparecido sin dejar ni rastro. ¿Está Casimiro mintiendo? ¿Está loco? Parece poco probable, así que Bordelli decide investigar el caso. Por si esto fuera poco, una niña aparece asesinada con las marcas de una mordedura humana en el vientre. A los pocos días le sigue otra niña. ¿Un asesino en serie ronda por Florencia? Bordelli ahora tiene dos casos, y a cual más peliagudo. Dos casos que le quitarán el sueño y le obligarán a desgastar las suelas de sus zapatos pateándose la calles junto a su joven compañero Piras para arrancar alguna pista. Y mientras Bordelli recorre las calles de una Florencia de los años 60, nosotros, lectores, fisgones y, sí, quizá también un poco voyeurs, seguiremos sus pasos para ser testigos de un Bordelli implacable con los malos, que fuma como un carretero, que pasa las noches en vela cuando tiene un caso complicado entre manos y que se codea con gente de baja estofa pero de honesta condición.

Un asunto sucio es una novela que discurre entre recuerdos (ya sean amargos o nublados por la nostalgia), entre las luces y las sombras de una ciudad mediterránea como es Florencia y entre las historias de personajes secundarios que gozan de gran calado emocional; personajes cargados de defectos, que han madurado a base de los golpes que les ha dado la vida y que cargan con un bagaje de vivencias que los hace tan sumamente humanos como verosímiles. Personajes como Casimiro: el enano dicharachero que vive casi en la indigencia. O como Rosa: prostituta retirada que mantiene una relación afectuosa con Bordelli y que consigue aplacar sus demonios. Totó y Botta son otros dos de esos secundarios que redondean la amalgama de caracteres humanos. El primero es cocinero en la trattoria Da Cesare. Sus platos, aunque impresos en tinta y cocinados en la imaginación del autor y la vuestra, consiguen que Bordelli no sea el único en chuparse los dedos. Preparaos para que vuestro estómago ruja con los espaguetis con mejillones, el conejo en salsa o los filetes del Botta. ¡Deliciosa la receta del Botta! Y eso que el Botta en cambio es un delincuente (sumamente íntegro eso sí), pero se le da también de maravilla trastear entre los fogones debido, irónicamente, a su vida de delincuencia.

Un asunto sucio es sin duda una novela negra en la que priman los personajes, sus historias y la forma en como éstas, en ocasiones, se entrelazan con el caso principal. Y mientras el caso avanza, lento pero sin pausa, sin inesperados giros argumentales, con entusiasmo contenido, asistimos a los recuerdos de Bordelli. Esos que tienen que ver con La Segunda Guerra Mundial, con la Italia ocupada por los nazis y con el papel que él desempeñó, y que, en algunos tramos, resulta mucho más interesante que la trama principal.

Un asunto sucio es una novela negra de aire costumbrista con un caso mil veces visto, pero no por ello menos interesante. Con todo, la novela basa toda su fuerza de atracción en unos personajes que a priori parecen personas corrientes, y que en cierto modo, a pesar de sus matices, lo son, dando así gran verosimilitud a una historia que se mueve entre nazis, entre las rencillas, sembradas por la guerra, que una Florencia (magníficamente descrita) de los años 60 intenta deshacerse, y entre platos típicos de la cocina Florentina acompañados de vino, coñac y mucho tabaco.

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A través de mis pequeños ojos, de Emilio Ortiz

a traves de mis pequeños ojos

 a traves de mis pequeños ojosTodos sabemos que los gatos quieren dominar el mundo, pero son los perros los que tienen el poder. Este no es otro de esos libros de perros que son animales de poder y se enfrentan a fuerzas del mal ni de perros desalmados que juegan con los ahorros de las personas decentes en Wall Street. Ni siquiera es de esos en los que se narra el auge y caída o caída y auge del perro de clase obrera que triunfa en un reality show y hace anuncios de cacahuetes garrapiñados. No. Si buscáis eso en este libro, ya os podéis ir con viento fresco.

“Nada más nacer te marcaron un destino, un destino aún no prefijado del todo, pero marcado: fuiste elegido para ser un perro guía; más tarde te robaron la sexualidad, el derecho a poder disfrutar de tu natural sexualidad; después te clasificaron para mí, para que fueras mío y estuvieras a mi servicio, a mis órdenes. Nadie te preguntó si querías hacerlo, nadie te preguntó nunca nada.
Entrenaste duro, muy duro, cuando todavía no me conocías. No fue nada fácil, tú eras un cachorro y querías jugar. Tú siempre quisiste jugar, pese a todo te obligaron a aprender. Nadie te preguntó nada. Fue duro, muy duro.”

Este es un extracto de una de las cartas que Mario escribe a Cross, su perro guía durante diez o doce años. Y es a la vez un resumen de la vida de tantos y tantos animales puestos a servicio de los seres humanos para fines tanto prácticos como inútiles.

De eso va A través de mis pequeños ojos. De lo que ve, piensa y siente un golden retriever que ha sido elegido para ser los ojos de un invidente. Un perro que, como dice el extracto anterior, solo piensa en jugar. De hecho, es el más revoltoso de los perros guía del grupo en el que Mario, su dueño, y el propio Cross “aprenden” a trabajar juntos.

El libro comienza en EE.UU. en un centro de adiestramiento para humanos invidentes y perros guía. Cross nos hablará de sus impresiones, de lo raras que le parecen algunas costumbres de los “humanoides”, de los olores que le gustan, de la injusticia de comer solo una vez al día mientras los seres de dos patas comen más veces, y de cómo poco a poco va fraguando entre persona y animal el cariño, la amistad y el amor.
A medida que pasa el tiempo Cross aprende cómo guiar a Mario, e incluso sabe sin que él se lo diga, por una especie de “energía telepática” a dónde quiere ir. Se convertirá en un gran perro guía, aunque eso no quiere decir que de vez en cuando no haga alguna trastada.

En el libro también somos testigos de la evolución de Mario. Tras sacarse la carrera su sueño es tener su propio negocio. Sacarlo adelante por sus medios, sin contar con la ayuda económica de sus padres. No lo tendrá fácil al pedir un préstamo. La idea es buena, pero los prejuicios de que al frente de una empresa, y más de la que quiere montar Mario, esté un invidente son un gran obstáculo.

Los días, los meses, los años… se suceden con rapidez y el lazo perro/humano se hace más fuerte, hay más compenetración, lealtad y fidelidad. Llegan a ser un todo en el que no se entiende al uno sin el otro. Si esto les pasa a todos aquellos que quieren a sus mascotas, más fuerte aún es este vínculo cuando la persona es invidente. Porque ellos lo saben. Saben que su dueño es ciego y están pendientes de ellos.

El final es triste pero sin caer en el melodrama, bien armado y bien rematado. Y os voy a hacer un espoiler, ¡qué demonios! Lo típico en esta clase de libros es que el perro muera al final. Podéis estar tranquilos porque en A través de mis pequeños ojos no sucede eso.

Un libro divertido, conmovedor, entrañable, fácil y rápido de leer que gustará a cualquiera con independencia de que tenga o no perros, pero que sobre todo hará las delicias de los amantes de los peludos.

Un libro que homenajea merecidamente el sacrificado trabajo de todos los perros guías del mundo.

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Me Llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout y Flora Casas Vaca

me llamo lucy barton

me llamo lucy bartonVivimos al fondo de unos ojos. Una mirada que son un reflejo nuestro. Que a veces nos dan significado, otras en cambio nos lo quita, pero que siempre nos dicen algo aunque nosotros lo único que queramos es ese silencio que se agolpa en la garganta y que deja todo en suspenso. La mirada, esos ojos de una madre, el cuerpo que nos ha dado la vida, que nos acompaña en momentos que no hubiéramos creído nunca posibles, pero también hacedoras de tragedias y dramas, de palabras que no se entienden o incluso de amores destinados al fracaso. La relación madre – hija, en la literatura, siempre ha tenido un peso específico, ha sido motivo para escribir grande y no tan grandes novelas, uno de esos temas tan universales que, como el amor, casi todo el mundo ha vivido en sus carnes. Me llamo Lucy Barton es, por tanto, la historia de la protagonista de esta novela, pero también lo es de la relación que dos cuerpos conservan durante cinco días y cinco noches y de todos aquellos silencios que permanecieron entre las sábanas de una casa llena de ruido y que ahora se transforma en un sonido hueco, como si la respiración se cortara, cuando es el miedo y la desconfianza la que ha ganado la batalla al cariño. Vivimos, decía, al fondo de unos ojos. Que nos miran, nos juzgan, nos reconocen y nos dan una integridad dentro del caos que gobierna la realidad. Unos ojos que ya no serán lo que fueron, pero que seguirán allá donde vayamos.

Uno nunca sabe las razones que hacen que un libro le guste. A veces es el autor, otras la temática, otras la confianza ciega en la editorial, o quizás sea simplemente un momento vital, una palabra que, leída en la sinopsis, hace que un resorte salte y ese libro le diga algo que esperaba encontrar desde hace mucho tiempo. Me llamo Lucy Barton habla de la vida, así en general y sin ser nada específicos, porque al fin y al cabo las relaciones que mantenemos con lo que nos rodea es siempre un motivo suficiente para mostrarse en un argumento. Pero también es la historia de dos silencios que se mantuvieron durante demasiado tiempo. Cierto es que lo que nos cuenta Elizabeth Strout en esta novela es el encuentro entre dos personas, pero será en sus conversaciones – y en los pensamientos que se entrecruzan en sus diálogos – donde residirá la importancia de verse y reflejarse en un cuerpo que hace mucho tiempo nos dio la vida. Y por extensión, y que es uno de esos elementos que a mí más me ha gustado en la obra, la reconstrucción de toda una época, de una ciudad, de un contexto social como es el del sida, el de la caída de las Torres Gemelas, la de las calles que hervían con los gritos de la gente, con la necesidad de hacer valer unos derechos, como si fuera un paseo por nuestra verdad y nuestra mentira. No hay que olvidar que la sociedad se ha regido siempre por esa mezcla entre falacia y verdad para poder sobrevivir.

Pero si de algo se alimenta a la perfección Me llamo Lucy Barton es de navegar entre las aguas de la desconfianza y del apego, del cariño y la desesperación, de la introversión y la locura, mientras Elizabeth Strout nos presenta un cuadro, pequeño en sus dimensiones pero con mucho más análisis del que pueda parecer a simple vista, en el que nos perdemos casi sin darnos cuenta. ¿Una humilde opinión? Quizás esperaba un poco más de drama, de menos contención en sus formas, aunque es sobre todo en su parte final donde la autora consigue recoger aquellos fragmentos que habían quedado desperdigados por el suelo para intentar recomponer lo que ya llevaba roto tantos años. Porque no hay que olvidar que las relaciones, la familia, los engranajes que hacen que la misma sangre se una y se aleje como si fueran polos opuestos e iguales a la vez, son tan complicadas que sería imposible explicarlas en toda su esencia. Se escribirán muchas más historias sobre el mismo tema. Sin embargo, me quedo con aquello que es un ejemplo de lo que nos vamos a encontrar en este libro y que resume a la perfección lo que no nos decimos a nosotros mismos, ni a los demás:

¡Te quiero, mami!, grité (…) No hubo respuesta, ni ningún ruido. Me digo una y otra vez que me oyó. Me digo, me he dicho lo mismo muchas veces.

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El atlas de las nubes, de David Mitchell

el atlas de las nubes

el atlas de las nubes¿Te has parado a pensar en que todo lo que haces, todas esas acciones que llevas a cabo de forma casi inconsciente, como un acto reflejo, repercuten en la vida de los demás de tal forma que es posible que sean esa minúscula chispa que con el paso de los años pueda llegar a crecer e inflamar conciencias hasta incluso llegar a cambiar el curso de la historia? Unas palabras de ánimo para aquel que su día amaneció gris. Un reproche injustificado. Un inesperado y cálido abrazo. Una sonrisa sincera. Unas palabras que rezuman bilis sin venir a cuento. Tender una mano al necesitado. Una sugerente pieza musical ejecutada con habilidad. Responder con el más flagrante desprecio al que busca refugio. La lectura de un libro inspirador en el momento adecuado. Un acto de amor o un arrebato de odio. “Todo está conectado” ¿Y si nuestra mera existencia solo fuera un insignificante pero valioso grano de arena que forma parte de una duna y esta a su vez es la pequeña porción de un inimaginable y gigantesco desierto? ¿Podría esta reseña, con este preámbulo de tintes New Age, llegar a ser el texto principal de unos panfletos propagandísticos que sembraran la semilla de una revolución? Pésima hipérbole a modo de ejemplo pero, a decir verdad, cosas más raras se han visto.

Y hablando de rarezas: ¿es raro que el Sant Jordi pasado, y sobretodo porque me atrajo la portada (¡oh sí, podéis tildarme de superficial!), me comprara Relojes de Hueso y tras terminarlo me pareciera uno de los mejores libros que he leído en mucho tiempo y por ello decidiera que, por todo los medios, aunque fuera de forma desordenada, tenía que leer todas las obras de aquel autor británico capaz de atrapar al lector con su metamórfica prosa? Debo confesar, querido lector, que con literatura de por medio mi obsesión compulsiva parece hasta beneficiosa; o como dice el refrán: sarna con gusto no pica. Sarnoso perdido. Pero sí que hay algo que me pica, y es la curiosidad de saber si David Mitchell padece algún tipo de desorden de personalidad múltiple. No logro encontrar otra explicación satisfactoria a esa capacidad sobrehumana que le lleva a escribir y a imaginar como si de seis personas diferentes se tratara. Porque El atlas de las nubes, la obra de la que hoy quiero hablarte querido lector, son seis libros diferentes que se entrecruzan. Seis géneros literarios. Seis viajes que te cambian. “No hay viaje que no te cambie un poco”. Seis protagonistas, separados por el tiempo, que descubrirán que sus vidas, que los gestos que llevan a cabo, son consecuencia de lo que previamente hicieron otros y que los suyos propios, y sin que ellos si quiera lleguen a sospecharlo, marcarán de alguna forma transcendental las siguientes generaciones.

¿No es magnífico pues, pagar por un libro y llevarse seis? Una historia de historias. ¡El vademécum de la ficción! No me odiéis por mi emoción algo sobreactuada, pero, y repito por si no ha quedado claro: en estos tiempos de crisis indefinida, ¿no es magnífico pagar por un libro y llevarse seis? Seis existencias que se cruzan sutilmente, pero fácil de percibir cuando llega el momento, a lo largo de eones y que comienzan con las prometedoras aventuras, en formato diario, de un notario a bordo de un navío en el siglo XIX. Seguidamente David Mitchell nos sumerge en la dura, bella y emotivamente desgarradora vida, narrada en epístolas, de un joven compositor arruinado. ¡Música maestro! Este tramo no se lee, se escucha con deleite. De aquí saltaremos a los años setenta y a un electrizante thriller político de ritmo vertiginoso, y antes de que podamos recobrar el aliento estaremos llenando el silencio de carcajadas con la divertida (humor inteligente y corrosivo) parte en la que un editor de libros, de nombre Timothy Cavendish, se las tiene que ver con un puñado de gente bastante indeseable. ¡Pero aún hay más lector! Faltan las dos historias de ciencia ficción: la que habla de un mundo distópico al más puro estilo Un mundo feliz de Aldous Huxley y la que finalmente nos lleva a un lugar post apocalíptico en el que primitivas microsociedades intentan evitar el esclavismo al que otros congéneres les quieren abocar. Y luego salto hacia atrás con tirabuzón y vuelta a empezar.

Y es que David Mitchell (¡qué envidia, qué forma magistral de narrar! No es peloteo, es admiración, ¡carajo!) lleva las seis historias de El atlas de las nubes al punto álgido, al cliffhanger que deja sin aliento, que obliga a roer uñas y que magnifica la curiosidad del lector. Luego, como una montaña rusa que ha ascendido seis cuestas a la vez, se lanza a descenderlas a toda pastilla, haciendo un estudiadísimo cambio de vías en pleno descenso, para saltar así a otra historia y dejarte asombrado y sin aliento. Y todo este recurso narrativo “condensado” en casi 700 páginas sirve para mostrarnos que la tiranía de aquel que ejerce el poder siempre pervivirá. Pero de igual forma lo hacen el amor, el coraje y la amistad, además de la insaciable búsqueda de la verdad y la sed de conocimiento, ascuas imposibles de extinguir que son el germen de las rebeliones que buscan un mundo justo, libre e igualitario.

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El campeón ha vuelto, de J. R. Moehringer

el campeon ha vuelto

el campeon ha vueltoEl periodismo ha muerto. O eso parece en los últimos tiempos. Pocos son los nombres que se asocian a un periodismo serio, riguroso, y alejado de los intereses de los medios de comunicación que los contratan. ¿Libertad? ¿Qué significa? Quizá por eso, sin saber exactamente de lo que trataba este libro, empecé a leer El campeón ha vuelto. Aclararé que de J. R. Moehringer no he leído su anterior libro, el que todo el mundo encumbró a lo más alto, que se llevó tanta buena crítica y que era El bar de las grandes esperanzas. No me interesaba, no hay otra razón. Pero nada más leer el prólogo que aparece en este último libro suyo uno entiende lo que nos quiere decir desde el primer momento y, como alegato en favor del periodismo y sobre la escritura, me parece de alabar. ¿Hubiera sido yo un poco más incisivo? Quizás. Pero es que yo a veces soy muy destructor cuando no debo serlo. En cualquier caso, uno lee esta introducción de lo que está a punto de descubrir en el libro y poco importa que no nos interese el boxeo, poco importa que no conozcamos la historia que hay detrás del mundo del boxeo. Nos anima a leer, a interesarnos, a poner más de un sentido en la lectura y dejar todo lo que estemos haciendo para ponernos manos a la obra. Casi como estoy haciendo yo en esta reseña que, realmente, empieza ahora.

“Todo hombre es un misterio. ¿Cuándo desvelar el misterio de otro hombre y cuándo respetarlo?”. Esto es lo que aparece en la portada de El campeón ha vuelto. Y es que en el reportaje que estamos a punto de descubrir, observaremos que detrás de una de las figuras del boxeo más conocidas puede encontrarse una historia que nadie se hubiera imaginado. Jamás.

Hay lecciones que se aprenden una vez en la vida y hay otras, más duras, que no se aprenden nunca por mucho que lo intentemos. El periodismo, entendido como una profesión respetable, vive sus horas bajas. No lo digo yo, lo dice – aunque no sea con estas palabras – J. R. Moehringer en el prólogo de este libro. Si esa es la base sobre la que se sustenta la idea principal, a mí ya me ha ganado. Porque lo que se lee a continuación en El campeón ha vuelto es una lección sobre todo lo contrario: lo que realmente debe ser el periodismo. Por ponernos en situación: lo que el autor escribe es un reportaje sobre un boxeador legendario que, en esos momentos, vive en la calle como indigente. Lo que en un principio iba a ser una historia que no tenía demasiado importancia, se convierte en algo mucho mayor – que no desvelaré aquí – y que pone al entrevistador en la cuerda floja entre lo que hacer o no hacer. Y es que a veces la realidad supera a la ficción más absoluta. Pero aunque la profesionalidad de J. R. Moehringer en este libro no sea discutible – el libro – reportaje me parece que está muy bien escrito – creo que lo más importante son las reflexiones sobre la escritura y el debate entre lo que el periodismo, la investigación y la profesión en general, puede hacer con las historias. Ahí radica la verdadera importancia de este libro que poco tiene que ver con las novelas, como he leído en alguna que otra crítica por ahí, y sí mucho con el periodismo y con la esencia que se perdió en algún punto del camino.

Boxeo, vidas truncadas, la realidad que golpea, aprendizaje, profesión y honestidad. Son algunos de los elementos que hacen de El campeón ha vuelto una buena lectura que llevarse al gaznate lector. ¿Es el mejor libro sobre periodismo que se ha escrito hasta la fecha? No, no lo creo. ¿Es, sin embargo, un libro que se disfruta? La respuesta, sin condiciones, es un sí rotundo. No sólo por la historia que hay detrás del protagonista de esta historia, sino por el relato que J. R. Moehringer construye a lo largo de toda la narración, convirtiendo al periodista en personaje y evidencia de que escribir, de que el periodismo, de que vivir las historias, no debiera haberse perdido nunca por intereses más allá de la verdad. Lamentablemente, es muy posible que no vivamos más una época dorada como la de aquel tiempo donde todo, absolutamente todo, era posible.

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Mozart mola y Bach todavía más, de Mateo Rampin y Leonora Armellini

Mozart mola y Bach todavia masHablemos de música clásica. Bueno, de música. Voy a empezar otra vez que me estoy liando. Yo venía a hablar de Mozart mola y Bach todavía más. Sí, lo sé. Parece un título que no invita a la participación. De hecho diré, de primeras, que el título cuando llegó a mis manos no me hizo mucha gracia. Un prejuicio como otro cualquiera, supongo. Tendemos a pensar, además, que aquellos libros que nos hablan de música van a ser tediosos, repletos de datos y biografías de intérpretes que acaban convirtiendo la lectura en una pesada carga. ¿Veis?, otro prejuicio. En esto de la lectura siempre tenemos ideas que, a veces, terminan por destruirse o que se afianzan con los años. Pero más allá de mi experiencia personal y de mis prejuicios, yo he venido a hablar de música, de compositores, de anécdotas, de todo aquello que gira en torno a un arte – porque lo es – y que no nos habíamos parado a pensar. Eso es lo que nos proponen Matteo Rampin y Leonora Armellini en este libro. Un paseo – divertido, que conste – por el mundo de las notas, pentagramas, escalas musicales, e incluso sobre la fuerza de la gravedad. Porque al fin y al cabo la música forma parte de nuestra vida de una forma casi imprescindible. Creamos bandas sonoras que se unen a nuestros recuerdos, tarareamos canciones que no se van de nuestra cabeza, y compartimos con los que nos rodean un nuevo descubrimiento musical. ¿Por qué no hacer lo mismo, por tanto, con un libro que nos depara tantas sorpresas como un buen rato de entretenimiento? La lectura, lectores, también es un arte, ¿no?

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Venganza de sangre, de Wilbur Smith

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venganza-de-sangreAventura. Dícese, según la RAE, de aquellas novelas que centra su atención en los episodios sucesivos de una acción tensa y emocionante. Dicho así, con toda la pomposidad que tienden a aparecer en los significados de la academia, uno tiende a pensar en algo aburrido, en algo que siguiendo unas pautas fijas, que no deja absolutamente nada a la imaginación al lector, y que de lo único que se preocupa es de mantener una historia coherente sin tener muy en cuenta al que sostiene sus páginas. Eso es lo que a mí me hace imaginarme esta definición. Afortunadamente, Wilbur Smith sigue las pautas necesarias en toda novela de aventuras, pero tiene en cuenta al lector para que, mientras uno va leyendo, pueda integrarse a la perfección en la historia y contemple, de improviso, aquello que se nos está contando como si tuviéramos la oportunidad de trasladarnos – imaginariamente, ojalá fuera posible el teletransporte – a los destinos por los que nos lleva el autor. Venganza de sangre es una obra de entretenimiento, y como tal hay que tratarla. Porque tan negativo no saber dónde encuadrar una historia, como denostarla por el simple hecho de hacernos pasar un buen rato. Y eso, lectores, es algo que pocos pueden conseguir cuando se lo proponen.

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El cazador de la oscuridad

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“El cazador de la oscuridad” de Donato Carrisi

el-cazador-de-la-oscuridadEl pasado como losa. El otro tiempo que termina por encontrarnos, por enfrentarnos con nosotros mismos, por hacer que aquello por lo que tuvimos que escapar consiga alcanzarnos. No hay pasado que sea benigno, aquí no. Porque serán esos recuerdos, esa historia que todos llevamos a cuestas, la que considere oportuno que haya llegado el momento de estrangularnos. Y en ese forcejeo en el que el aire empieza a abandonarnos, es donde Donato Carrisi nos cuenta la historia contenida en El cazador de la oscuridad. Matar. Un verbo que ya todos conocemos, que se ha convertido en una  constante en las librerías. El crimen, el motivo, la historia que se encierra tras los muros de una vida, ese pasado del que hablaba al principio. Leemos sobre ello, disfrutamos con una buena historia donde el crimen es el protagonista, donde lo que rodea a ese acto es una poderosa droga que nos calma y excita a la vez. Ver, escuchar, sentir, cómo la vida se va apagando, cómo el cazador es cazado, cómo los héroes dejan de serlo para convertirse en víctimas. Y en todo este mundo rojo y negro, historias que se cuentan y que permanecen, por un momento, en la retina de los que al leerlos han sentido cómo la vida se escapa sin poder volver a recuperarla. ¿Es posible que esto lo provoque una novela? Lo es, y de qué manera.

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Elizabeth ha desaparecido

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Elizabeth ha desaparecido, de Emma Healey

elizabeth ha desaparecido

“Elizabeth ha desparecido” no solo es el título de este libro. Es también el mantra que Maud se repite a sí misma, la frase que apunta en papelitos que va dejando por su casa (y en otros que también mete en su bolso y caen de él cuando rebusca en su interior), pero  que no recuerda haber escrito a pesar de reconocer su letra. En el bolso también tiene papeles con recetas, listas de la compra y demás… y la casa la tiene plagada de notas del tipo “nada de cocinar”, “ni siquiera huevos”, “no comprar más latas de melocotón”… Su vida es el post it del post it del post it…

“¿Cómo resuelves un misterio cuando no recuerdas las pistas?” es la frase que aparece en portada, la que te vende el libro, te inyecta el gusanillo de la intriga y también, junto a la foto de una silla vacía mirando a una ventana abierta, te aclara algo por donde pueden ir los tiros de esta novela. Y es que…¿cómo no va a querer leer una novela así un aficionado a la novela negra? ¡De cabeza!

A decir verdad la ¿desaparición? de Elizabeth no será el único misterio que Maud, de ochenta y dos años (no setenta como figura en la contraportada) tendrá que desvelar ya que a medida que vamos avanzando en la lectura somos testigos de cómo su alzheimer hace lo propio.

Olvidarse de que acabas de desayunar y volver a hacerte unas tostadas y un té, no poder seguir una conversación porque olvidas de que estabas hablando, tener la sensación de que tienes recordar algo sumamente importante y no poder hacerlo, caminar por la calle sin saber cómo has llegado hasta ahí, olvidar los nombres de las cosas… Para ella todo son, poco a poco, más y más misterios. Como para ponerse a hacer de detective…Son tantas y tantas las escenas cotidianas en las que usamos la memoria sin darnos cuenta y que nos parecen tan normales. Si a todo esto le sumamos que a Maud el tema de Elizabeth le obsesiona y que hay detalles que la retrotraen a setenta años atrás, en el Londres de después de la Segunda Guerra Mundial –cuando tiene lugar otra desaparición en su vida, la de su hermana– y que a veces confunde pasado y presente, tenemos un cacao impresionante en la cabeza de la pobre Maud.

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Open

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Open, de Andre Agassi

openAbro los ojos y no sé dónde estoy, ni quién soy. Pudiera pensarse que, estas palabras, pronunciadas en una novela normal y corriente, pudieran haber sido dichas por un personaje con amnesia, alguien que se despierta una buena mañana sin tener ninguna noción de lo que le rodea ni, y esto me parece más importante, de lo que le ha rodeado hasta el día de hoy. Pero si, siguiendo las líneas que se trazan en este libro, uno descubre que las primeras palabras que pronuncia Andre Agassi para empezar a contar su historia son éstas y no otras, renunciaremos a pensar que lo que nos vamos a encontrar es una vida llena de lujos y ostentaciones y sí una existencia donde el dolor y la falta de una identidad propia. La fama – entendida por algo conseguido por méritos propios, no lo que hoy en día se entiende como tal – puede convertirse en una camino lleno de espinas desde el principio. Puede que yo, sin ser un seguidor de ningún deporte, haya elegido esta lectura por varios motivos: a) venía precedida por críticas alabando el gusto del protagonista, b) la dureza era una parte de ella y el silencio o la censura ante momentos vitales no aparecía por ningún lado y c) siempre me han interesado las vidas que se esconden tras los focos y tras las imágenes que, en la televisión, nos intentan mostrar una vida de lujo tan apartada de la realidad. Si uno intentara descifrar algunos de los elementos que llevaron a uno de los grandes jugadores de este mundo a ser lo que es hoy, no lo conseguiría, a no ser que leyera Open, probablemente una de las biografías más duras que he leído en mucho tiempo, exenta de aquel comportamiento – como me dijeron una vez – masturbatorio del que adolecen algunos personajes.

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El hombre que plantaba árboles

el hombre que plantaba árboles

El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono

el hombre que plantaba árbolesLo sencillo. Eso que olvidamos, pero que está ahí. Lo que espera a que nos demos cuenta. Una palabra, una historia, un cuento convertido en realidad. Lo sencillo. Que se pega a nuestro cuerpo y no nos abandona. Pero a lo que no hacemos caso. Miramos para otro lado, nos complicamos la existencia, nos absorben las preocupaciones. Y nos quejamos, nos preocupamos, es decir, nos ocupamos antes de tiempo, antes de que haya sucedido nada, como si nos importara más el mañana que el hoy. Lo sencillo. Que avanza a paso lento, pero que avanza. A lo que no echamos una pequeña mirada, al detalle más nimio, a lo que de verdad cuenta. Un simple color, un sonido apenas audible, una letra que unida a otras forman un cuento. El hombre que plantaba árboles es lo sencillo, construido de tal forma que se convierte en algo delicioso, en un manjar que se saborea, que termina rápido, pero que en realidad permanece mucho, quizá todo, durante tanto tiempo que es de visita obligada una segunda, puede que una tercera, y también una cuarta vez. Es lo sencillo, eso que importa, lo que recuerda a viajes pasados, lo que nos descubre que no hacen falta grandes aspavientos para convertir algo en enorme, en vivo, en respiración entre tanta contaminación, en lo claro que aparece después de la oscuridad. Es lo simple, lo que se encuentra agazapado, lo que devuelve la sonrisa, quizá la esperanza perdida, ese camino que nos lleva a un final que saludamos con una sonrisa, con media sonrisa, con la sonrisa pícara de un niño que ha disfrutado con el juego, que ha sabido pasárselo bien. Es lo sencillo, lo que importa, lo que de verdad se queda. Es así, esto es así, como la vida que cuelga, que se balancea, pero que no se disipa nunca, agarrándose a nosotros como si no hubiera nada más importante.

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