
Una muchacha calva hace equilibrio sobre un pie en el centro del puente de Notre-Dame, con un baúl de madera atado a su cuello.
Cerca de ella, muy cerca, el mejor violinista de todos los tiempos toca su violín sin cuerdas.
Un asesino a sueldo, a punto de quedarse ciego, vigila la escena desde una de las azoteas, mientras los apunta con su arma.
Un veterano policía y su nuevo compañero merodean por la zona.
Los curiosos se van aglutinando cerca del puente de Notre-Damme.
Una joven periodista quiere saber la verdad de esa muchacha calva y de ese virtuoso violinista.
Un presentador de televisión se muere por conseguir la exclusiva.
A un mafioso al que le persigue la buena suerte le preocupa que ese hecho insólito eche por tierra su gran apuesta anual.
El alcalde de París se pregunta cómo recuperar a su mujer.
Los servicios secretos investigan qué demonios pretende la muchacha calva.
Los líderes políticos reunidos en París temen a ese grupo, cada vez mayor, de gente silenciosa y sonriente.
Las redes sociales echan humo.
Y el mundo entero contiene el aliento, porque saben que después de ese día nada volverá a ser igual.
Todos estos personajes y muchos más conforman la bella y divertidísima historia de Un violín con las venas cortadas, de Carlos Salem. Y me ha gustado tanto tanto tanto, que siento que nada de lo que diga podrá hacerle justicia.
¿Sabéis lo que es leer con una sonrisa un libro entero? Pues así he leído yo Un violín con las venas cortadas. Disfruté de cada uno de los personajes, desde los contradictorios, entrañables y enigmáticos hasta los terriblemente superficiales; y, por supuesto, de las situaciones que tal vez parecían exageradas, pero que a mí me resultaban la mar de creíbles. Y es que sucumbí por completo a la poesía y al sentido del humor de Carlos Salem.
Un violín con las venas cortadas es una historia de amor y traición «de esas que, para contarlas bien, hay que contarlas como un cuento». Y eso es lo que hace Carlos Salem, contagiando su pasión por París, por la música y por la vida a todo aquel que se asome a sus páginas.
¿Quién es esa muchacha calva? ¿Por qué ese violinista cortó las cuerdas a su violín veinte años atrás, en ese mismo puente, en esa misma fecha? Esas incógnitas nos arrastran de una página a la siguiente, pero sobre todo lo hace esa dulzura que lo impregna todo y, cómo no, ese toque de ironía que convierte a esta historia en un loca aunque muy lúcida descripción del mundo en que vivimos.
Carlos Salem nos advierte en las primeras páginas que «cualquier similitud entre los hechos narrados y la realidad sería maravillosa», y yo estoy absolutamente de acuerdo. Tras leer esta novela, me encantaría cruzarme con una chica calva haciendo equilibrio en un puente y con un violinista tocando su violín sin cuerdas. Pero no entenderéis por qué hasta que no la leáis vosotros también. Y quizá, cuando lo hagáis, os convirtáis en parte de esa multitud silenciosa que se une a ellos o, incluso, en la muchacha calva. Entonces podremos decir que el mundo es tan grandioso como nos lo muestra Carlos Salem en Un violín con las venas cortadas.

Es difícil describir las obras de 
Voy a contar algo: empecé a tener vértigo cuando fui por primera vez a Nueva York. Fue mirar hacia arriba paseando por sus calles y sentirlo. Me sentí muy pequeño. Desde ese día no he podido superar el vértigo. Lo extraño es que en realidad sí lo había sentido alguna otra vez antes, pero nunca paseando y muchos menos mirando hacia arriba. Lo había sentido, como lo he sentido estos días, con libros firmados por figuras que me hacen sentir pequeño. 
Yo estaba enfadada con Paul Auster y ahora no recuerdo por qué. Podría parecer el comienzo de una de sus novelas, pero es pura realidad. ¿Vosotros no os enfadáis con personas que ni siquiera conocéis? Pues yo sí. Sé que me enfadé con él porque mucha gente me recomendó leer sus novelas, pero cuando lo leí me decepcionó. No sé qué novela era, pero sé que le eché un poco la cruz y hasta ahora no he podido reconciliarme con él.
«Vivir es común y corriente y monótono. Todos pensamos y sentimos lo mismo: solo la forma de contarlo diferencia a los buenos escritores de los malos.»
No sé cómo me las apaño, pero aquí estoy, hablando sobre un libro que es la continuación de otro que ni siquiera he leído. Ya me vale, ¿verdad? Lo cierto es que estas cosas me ponen bastante nerviosa. Ya os he comentado alguna vez que soy desordenada, pero que con el tema papeles y libros es cuando más organizada soy, así que no creáis que me emociona leer la segunda parte de un libro sin haber leído el primero. Pero, ¿sabéis por qué lo he hecho? Porque me han asegurado que Tonto de remate, la continuación de Ni un pelo de tonto puede leerse independientemente del primero. Así que respiré aliviada y me propuse disfrutar del libro.


De un tiempo a esa parte, no sé si es por la edad, me suele gustar revisitar algunos clásicos. Hay veces que merece la pena más que otras y generalmente eso depende del estado de ánimo pero este volumen de 
No he leído 
Veinte poemas de amor y una canción de desesperada es ese libro que algunos defienden como el más popular y recordado de Neruda y otros como el más ligero, el de menos trascendencia. Adjetivos, por otro lado, que no se excluyen entre ellos. Sí, es posible que sea el libro de Neruda más leído, y también puede que no sean sus mejores poemas. Pero no lo olvidemos, es un poemario escrito con tan solo diecinueve años y que para muchos forma parte hoy en día de su canon poético.

