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Un violín con las venas cortadas, de Carlos Salem

Un violín con las venas cortadas

Un violín con las venas cortadas Una muchacha calva hace equilibrio sobre un pie en el centro del puente de Notre-Dame, con un baúl de madera atado a su cuello.

Cerca de ella, muy cerca, el mejor violinista de todos los tiempos toca su violín sin cuerdas.

Un asesino a sueldo, a punto de quedarse ciego, vigila la escena desde una de las azoteas, mientras los apunta con su arma.

Un veterano policía y su nuevo compañero merodean por la zona.

Los curiosos se van aglutinando cerca del puente de Notre-Damme.

Una joven periodista quiere saber la verdad de esa muchacha calva y de ese virtuoso violinista.

Un presentador de televisión se muere por conseguir la exclusiva.

A un mafioso al que le persigue la buena suerte le preocupa que ese hecho insólito eche por tierra su gran apuesta anual.

El alcalde de París se pregunta cómo recuperar a su mujer.

Los servicios secretos investigan qué demonios pretende la muchacha calva.

Los líderes políticos reunidos en París temen a ese grupo, cada vez mayor, de gente silenciosa y sonriente.

Las redes sociales echan humo.

Y el mundo entero contiene el aliento, porque saben que después de ese día nada volverá a ser igual.

Todos estos personajes y muchos más conforman la bella y divertidísima historia de Un violín con las venas cortadas, de Carlos Salem. Y me ha gustado tanto tanto tanto, que siento que nada de lo que diga podrá hacerle justicia.

¿Sabéis lo que es leer con una sonrisa un libro entero? Pues así he leído yo Un violín con las venas cortadas. Disfruté de cada uno de los personajes, desde los contradictorios, entrañables y enigmáticos hasta los terriblemente superficiales; y, por supuesto, de las situaciones que tal vez parecían exageradas, pero que a mí me resultaban la mar de creíbles. Y es que sucumbí por completo a la poesía y al sentido del humor de Carlos Salem.

Un violín con las venas cortadas es una historia de amor y traición «de esas que, para contarlas bien, hay que contarlas como un cuento». Y eso es lo que hace Carlos Salem, contagiando su pasión por París, por la música y por la vida a todo aquel que se asome a sus páginas.

¿Quién es esa muchacha calva? ¿Por qué ese violinista cortó las cuerdas a su violín veinte años atrás, en ese mismo puente, en esa misma fecha? Esas incógnitas nos arrastran de una página a la siguiente, pero sobre todo lo hace esa dulzura que lo impregna todo y, cómo no, ese toque de ironía que convierte a esta historia en un loca aunque muy lúcida descripción del mundo en que vivimos.

Carlos Salem nos advierte en las primeras páginas que «cualquier similitud entre los hechos narrados y la realidad sería maravillosa», y yo estoy absolutamente de acuerdo. Tras leer esta novela, me encantaría cruzarme con una chica calva haciendo equilibrio en un puente y con un violinista tocando su violín sin cuerdas. Pero no entenderéis por qué hasta que no la leáis vosotros también. Y quizá, cuando lo hagáis, os convirtáis en parte de esa multitud silenciosa que se une a ellos o, incluso, en la muchacha calva. Entonces podremos decir que el mundo es tan grandioso como nos lo muestra Carlos Salem en Un violín con las venas cortadas.

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El último magnate, de Francis Scott Fitzgerald

El último magnate

“Me preguntó cuándo se precipitó todo. Hay momentos en los que parece que nada vaya a suceder, y otros en los que te das cuenta de que todo se precipita y nada en el mundo podría impedir que ocurriera.”

El último magnateEs difícil describir las obras de Fitzgerald, ya que siempre te embargan de un sentimiento positivo y negativo a la vez. Sus novelas son de esas que revelan lo mejor, pero también lo peor del ser humano. De esas que te dejan con una sensación de desesperanza y desesperación por esas personas atormentadas que sufren y aman y que se dejan llevar por sus más grandes pasiones (que puedes ser tú en algún momento de tu vida). Y creo que por eso me gustan tanto, porque a pesar de ser escritas a principios del siglo XX son emociones brutalmente humanas que todos hemos experimentado en nuestra propia piel o en personas que se encuentran en nuestros círculos más cercanos.

Pero vayamos a la obra que nos ocupa en esta ocasión: El último magnate. Y es que creo que no había leído mejor obra del autor desde El gran Gatsby, uno de los libros que más me han marcado en toda mi vida y que es uno de mis libros favoritos. Estamos quizás ante la obra, aunque inacabada, más madura de Fitzgerald. El protagonista ya no es un joven atormentado, que busca el amor y el dinero a toda costa y que necesita ver cumplidos todos sus deseos. Ya no es el personaje prototipo del autor, quizás por ser esta su último libro… Aunque en cierto modo sí que lo es… ¿Acaso no lo somos todos en algún momento de nuestras vidas? Stahr es un productor de cine que ama su trabajo, con el que está obsesionado, y del que están enamorados decenas de compañeros, que o bien le admiran o bien le odian, y cientos de mujeres, que sueñan con estar a su lado. Pero él es incapaz de pensar en los demás, porque solo puede pensar en una persona: Minna Davis.

Aunque esta parezca una premisa sencilla, de ahí parte toda la trama de la novela y nos encontramos ante un personaje con una coraza durísima, bajo la que esconde miles de sentimientos. Dolor, incapacidad de afrontar la pérdida, el amor insatisfecho y el fracaso en una faceta de su vida que le ha obligado a dedicarse por completo a su trabajo y a obsesionarse con él. Un personaje muy complejo que Fitzgerald desarrolla bastante bien a lo largo de las apenas páginas que contiene El último magnate, y que complementa junto a otros personajes y otros elementos que la convierte en una maravilla pese a estar inacabada… Una historia tremendamente humana sobre lo peor y lo mejor del ser humano y que hace tanto disfrutar, como reflexionar y sufrir junto a sus protagonistas. En especial, junto a Stahr, a quien yo al menos, he llegado a comprender y empatizar con él a medida que avanzaba los capítulos.

Y además de ser una historia sobre la pérdida y nuestra incapacidad de superarla, es una historia sobre Hollywood y su gran poder de absorción en los años 20 y 30. Es increíble cómo retrata sus más oscuros secretos y sus curiosidades desde muy dentro. Y esto me ha resultado muy curioso, porque siempre he amado el cine y cómo Hollywood es capaz de fascinar a todo el mundo a través de una máscara, ya que muy pocas personas conocen todo lo que se encuentra detrás de tanta majestuosidad: un mundo lleno de intereses, dinero de por medio y mucha, mucha infelicidad de aquellos que (al menos, un siglo atrás) trabajan y se dejan en la vida en él.

Estamos ante una obra muy, muy interesante, que me ha mantenido pegada a sus páginas desde el principio y que engancha por su historia, sus personajes y los temas trascendentales que trata. Una novela que no es muy densa y que condensa en muy pocas páginas demasiados sentimientos, tanto positivos como negativos. Así que, os puedo decir, que esta es una maravillosa elección para sentir de verdad con una lectura. Y también recomiendo su serie de televisión, con potencial a pesar de haber sido cancelada tras su primera temporada (quizás por no haber sido promocionado como debería o no ser demasiado comercial…). Merece realmente la pena y a mí me ha enamorado, aunque no podría decir que supera a El gran Gatsby. Porque esta es insuperable.

 

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El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

El corazón de las tinieblas

El corazón de las tinieblasVoy a contar algo: empecé a tener vértigo cuando fui por primera vez a Nueva York. Fue mirar hacia arriba paseando por sus calles y sentirlo. Me sentí muy pequeño. Desde ese día no he podido superar el vértigo. Lo extraño es que en realidad sí lo había sentido alguna otra vez antes, pero nunca paseando y muchos menos mirando hacia arriba. Lo había sentido, como lo he sentido estos días, con libros firmados por figuras que me hacen sentir pequeño. Joseph Conrad es una de ellas. Y yo pienso: ¿quién soy yo para hablar de esto? Hoy toca El corazón de las tinieblas, publicado por Navona en su colección Ineludibles y traducido por Juan Gabriel Vásquez.

Creo que esto ya lo he contado alguna vez pero viene muy al caso: un día leí una extraña novela en la que al protagonista, que también es el narrador, se le caen los ojos al suelo y se los vuelve a colocar. Pero – ¡vaya! – se los pone al revés y sin darse cuenta, en vez de narrar lo que hay fuera empieza a narrar lo que hay dentro. Y tengo la sensación de que eso es lo que ocurre en este libro. Joseph Conrad nos sube a un barco de esos que tanto le gustaban y nos hace sentarnos frente a Charlie Marlow para escuchar su historia. Este nos cuenta su aventura en el África colonial como capitán de un vapor belga. Pero esa historia es en realidad una bajada al inframundo humano. Nos topamos con la bajeza, la mediocridad que todos tenemos dentro, el rasgo salvaje que a todos nos marca. En ese viaje en barco al cuadrado, vivimos la diferencia entre el colonizador y el colonizado contada a través de los ojos del ganador. Ganador en principio, porque lo ontológico no puede combatir nunca en una batalla física.

Marlow va en busca de Kurtz, un agente colonial inmerso en la selva que se ha convertido en dios de los nativos. Esa búsqueda «en medio de la desmoralización de aquella tierra» golpea la mente de Marlow, al igual que ha golpeado la de los demás. Nadie sale victorioso de allí, aunque se esté formando parte del lado vencedor. Subido al vapor, que por momentos es su único amigo, Marlow va al encuentro de una figura misteriosa que por alguna razón le atrae impulsiva e incontroladamente. Y la encontrará. Ese viaje hacia las tinieblas, tanto externas como internas, producirá un cambio en él, una transformación. Cualquier viaje curte, hace callo.

El corazón de las tinieblas es eso, un viaje, y por suerte para nosotros, literario. Los libros son avisos de lo que nos podemos encontrar y este es un espejo que refleja la parte que no queremos ver de nosotros mismos. Todos contamos con nuestra dosis de crueldad, todos mataríamos por nosotros, todos seríamos todo si tuviéramos que serlo, si no hubiera alternativa. Pero la hay, y consigue que nos pongamos en situación solo con el libro abierto, en cuanto lo cierres ya todo seguirá igual. Sí, la hay: es leer.

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La ciudad de cristal, de Paul Auster, adaptada por Paul Karasik y David Mazzucchelli

La ciudad de cristal

La ciudad de cristalYo estaba enfadada con Paul Auster y ahora no recuerdo por qué. Podría parecer el comienzo de una de sus novelas, pero es pura realidad. ¿Vosotros no os enfadáis con personas que ni siquiera conocéis? Pues yo sí. Sé que me enfadé con él porque mucha gente me recomendó leer sus novelas, pero cuando lo leí me decepcionó. No sé qué novela era, pero sé que le eché un poco la cruz y hasta ahora no he podido reconciliarme con él.

Esta adaptación a novela gráfica de uno de los libros de su trilogía más famosa me pareció una buena oportunidad para entrar en el universo Auster de otra forma. Ya que lo había intentado por las buenas y no había cuajado la cosa, creí que esta adaptación iba a conseguir que hiciésemos las paces. Y así ha sido, pero eso mejor os lo cuento después.

La ciudad de cristal es la primera novela de La trilogía de Nueva York, compuesta por tres libros cuya trama se desarrolla en dicha ciudad: Ciudad de cristal (1985), Fantasmas (1986) y La habitación cerrada (1986). Todas pertenecen al género detectivesco o novela negra.

Art Spiegelman, encargado del prólogo del libro, ya explica en la introducción que adaptar este libro a novela gráfica no era una tarea fácil. E imagino que no debe serlo casi con ningún libro y mucho menos con uno de Auster, a quien habré leído poco, pero me consta que un poco espeso escribiendo sí que es. Además como explica Spiegelman, “Ciudad de cristal es una novela muy poco visual, una compleja maraña de palabras e ideas abstractas expuestas con estilos narrativos que su autor se divierte en cambiar”. Aun así, bajo esa difícil premisa, consiguió que David Mazzucchelli (dibujante, por ejemplo, de Batman: Year one de Frank Miller) y Paul Karasik, antiguo ex alumno suyo, se involucrasen en el proyecto. El mismo Paul Auster incluso colaboró con ellos estudiando el boceto y ofreciendo algunas sugerencias. El resultado de todo ello lo tengo en mis manos y puedo decir que estéticamente es bastante chulo.

En La ciudad de cristal, Quinn, un escritor de novelas policíacas, recibe un día una llamada telefónica que le cambiará el devenir. Quien le llama pidiéndole ayuda le confunde con el detective Paul Auster. Quinn, decide entonces hacerse pasar por Paul Auster y acude a la llamada de socorro de un poeta con un pasado un tanto complicado. Su padre, un loco de las religiones le encerró durante nueve años. El niño fue rescatado y el padre internado. Pero está a punto de salir y el hijo teme por su vida, por ello solicita los servicios del detective Auster, ahora interpretado por Quinn. Como veis, un lío de narices en el que se mete este escritor. Una situación que le llevará al límite, tanto física como psicológicamente.

Si ya la adaptación me ha parecido compleja en cuanto a la trama, no quiero imaginar cómo debe ser la novela. Por eso creo que  La ciudad de cristal, en esta adaptación, es una auténtica maravilla. Por el riesgo que supone adaptar una novela así y por los extraordinarios resultados obtenidos.

Ahora que ya he hecho las paces con Paul Auster gracias a este libro creo que voy a darle otra oportunidad. Es lo que tienen los buenos libros y las geniales adaptaciones.

 

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La palabra mágica, de Augusto Monterroso

La palabra mágica

La palabra mágica«Vivir es común y corriente y monótono. Todos pensamos y sentimos lo mismo: solo la forma de contarlo diferencia a los buenos escritores de los malos.»

La importancia de la mirada, el saber de los contrarios con los que está compuesta la realidad, la comodidad – o la poca incomodidad – en terrenos adversos es lo que hacen a alguien escritor. Me da miedo decir que un escritor es bueno y que otro es malo porque me da miedo pensar que algún día pueda diferenciar esas cosas. Yo lo único que consigo ver es si un escritor me gusta o no. ¿Eso significa que sea bueno el que me gusta y malo el que no lo haga? Yo no me atrevo a decir eso. Pero sí me atrevo a decir que acabo de descubrir a Augusto Monterroso y me atrevo a decir que me gusta.

En La palabra mágica, compendio de breves artículos multitema que la Editorial Navona vuelve a traer a las librerías dentro de su colección ‘Los ineludibles’, el escritor hondureño y nacionalizado guatemalteco ofrece una amplia – pero reducida en forma – visión de las cosas. Digo las cosas y me gustaría no tener que hacerlo pero no puedo acotar más. Estamos leyendo cómo un libro se hace famoso o cómo es el trabajo del traductor y pasamos de repente a conocer la trágica vida de Horacio Quiroga. Todo separado brevemente, dividido, algo así como lo que algunos han llamado fragmentarismo ontológico. Pero hay algo en común en estos veinte ensayos: por un lado, que Monterroso siempre está presente, como si quisiera controlar que nunca nos perderemos en ningún laberinto de ficción porque él, como Ariadna, está al otro lado manteniendo el hilo de lo real; y por otro, que todo parte de una vida, sea la del propio autor o la de otro.

Conoceremos datos curiosos de la vida de Shakespeare, Borges, Ernesto Cardenal o Góngora; su opinión con respecto al género de la autobiografía o viviremos su “encuentro” con Kafka. Y todo ello bañado de una ironía que a cada libro que leemos se erige más como la mejor vía de escape a la tragedia de la vida. Reírse, reírse de la Historia en mayúsculas, de los estigmas sociales, de las convenciones, de lo impuesto, creído y defendido siempre. Reírse de los otros partiendo de uno mismo, reírse de la vida porque se sabe que esto es lo que hace ella con nosotros. Reírse de aquellos que se lanzan a escribir en libros sus vidas íntegras cuando, por supuesto, estas todavía no han terminado; reírse de que se tradujera a La importancia de llamarse Ernesto lo que debería haber sido La importancia de ser honrado (The Importance of Being Earnest); reírse de todo para convertirlo en nada y desde ese punto empezar a disfrutarlo.

Sé que hay mucha gente, y no sé por qué, que desprecia el refranero popular cuando este nos ha dado cosas tan grandes como por ejemplo Sancho Panza. Dicen que quien bien te quiere te hará llorar. ¿Y si se refieren a la risa? ¿Y si La palabra mágica fuera la que provoca la risa? Descubrid a Monterroso, nunca es tarde para hacerlo. Os lo dice alguien que se equivocó – como tantas otras veces – pensando lo contrario.

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Tonto de remate, de Richard Russo

Tonto de remate

Tonto de remateNo sé cómo me las apaño, pero aquí estoy, hablando sobre un libro que es la continuación de otro que ni siquiera he leído. Ya me vale, ¿verdad? Lo cierto es que estas cosas me ponen bastante nerviosa. Ya os he comentado alguna vez que soy desordenada, pero que con el tema papeles y libros es cuando más organizada soy, así que no creáis que me emociona leer la segunda parte de un libro sin haber leído el primero. Pero, ¿sabéis por qué lo he hecho? Porque me han asegurado que Tonto de remate, la continuación de Ni un pelo de tonto puede leerse independientemente del primero. Así que respiré aliviada y me propuse disfrutar del libro.

Obviamente, el título llama mucho la atención, y entre eso y las críticas que leí sobre él que hablaban sobre un libro tremendamente divertido, revoltoso y repleto de una esperanza humana irrefrenable mis ganas de leerlo aumentaron.

Como os he dicho, Tonto de remate es la continuación de Ni un pelo de tonto, novela publicada en 1993. Richard Russo, el autor, es un escritor norteamericano con varios libros publicados y un premio Pullitzer bajo el brazo que recibió en 2002 por su novela Empire Falls.

En esta ocasión, el autor vuelve a traer a sus personajes a North Bath, un pueblo ficticio en el norte de Nueva York. Donald Sullivan, o simplemente Sully, es nuestro protagonista. En la taberna White Horse (que también fuera escenario de la primera parte), se fragua la vida del pueblo y de sus personajes. Un pueblo donde la vida transcurre de manera monótona y previsible y donde, a simple vista, no ocurre nada. Pero como sabéis, lectores, la tranquilidad y la monotonía siempre esconden algo y esa calma aparente agita la vida de sus vecinos. En esta ocasión, Sully es un hombre rico, pero una dolencia cardiaca diagnosticada le augura un corto porvenir: apenas dos años más de vida. Junto a Sully, encontramos a otro protagonista indiscutible. Se trata de Douglas Raymer, jefe de policía de North Bath. La tarea de Raymer en esta entrega está bastante clara: averiguar a qué garaje pertenece el mando a distancia que encontró tras la accidental muerte de su esposa. Para ello no durará en ir probando en todos los garajes que encuentre hasta descubrir la identidad del que fuera amante de su esposa. Un trabajo personal bastante inquietante, la verdad.

El resto de personajes, bien elaborados, incluye a Ruth, una mujer casada con la que Sully mantiene un romance; el insistente Rub Squeers, empeñado en convertirse en el mejor amigo de Sully o Gus Moynihan, alcalde del pueblo. Lo cierto es que es inevitable coger cariño a todos los personajes que desfilan por las líneas de esta novela. Richard Russo tiene el don de dotar con alma a los personajes que crea y eso es algo que el lector capta enseguida.

Por cierto, me he enterado de que existe una adaptación cinematográfica de Ni un pelo de tonto dirigida por Robert Benton y con Paul Newman en el papel de Sully. Habiéndome gustado tanto Tonto de remate y gustándome tanto como me gusta el señor Paul Newman me planteo hacer trampa y ver esta película antes de leer la primera parte. No sé, ya os contaré (o tendréis noticias en forma de reseña, tal vez).

Richard Russo me parece un muy buen escritor. Sabe bien cómo hacer y qué hacer con sus personajes. Sabe plasmar la otra cara de Estados Unidos, ese lado amable, popular y único de los pueblos. Una novela repleta de humor y sentimientos tan contradictorios como los personajes que Russo crea. Sin duda un gran descubrimiento la prosa de Russo y su magnífica imaginación.

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Textos críticos, de Thomas Mann

Textos críticos

Textos críticosTodo el que me conoce o sigue mis lecturas sabe que uno de mis libros favoritos es La muerte en Venecia, un libro que he leído en varias ocasiones y que además he trabajado en profundidad tanto con mi club de lectura como con otros grupos de trabajo literario; por él llegué al autor y por el autor llegué a La montaña mágica. Más que los autores me gustan los libros en particular, pero he de reconocer que cuando se habla de Thomas Mann, hablamos de un autor completo, un autor de esos que no escandalizaría que se le diera el de Nobel de literatura en su día.

Está claro que cuando aparecen en España estos Textos críticos de la mano de Navona no puedo dejarlos pasar por alto, debo y quiero leerlos, y anticipando que no ha sido una lectura sencilla de entrada, cosa que desde luego ya imaginaba, si les tengo que decir que me ha dejado maravillada. Por cómo escribe, pero sobre todo por lo que escribe, por la pasión que pone en lo literario, por su esfuerzo para comprender el sentido de la vida, por su inmensa formación cultural y humana, y naturalmente, por la capacidad para transmitir todo ese saber dando en particular a cada lector lo que puede asimilar en su lectura.

Así pues, si conocía algo de la biografía del autor y había leído algunos de sus libros, no podía ni imaginar lo que iba a encontrar entre estos textos seleccionados entre los más importantes ensayos del alemán que escribió a lo largo de su vida. De ser y existir hoy, no duden que no habría mejor crítico literario.

Textos en los que se adentra en los mundos que más le fascinan y mejor conoce: la filosofía, la política y la literatura. Y es por ello que encontraremos un análisis en profundidad de uno de los personajes que más marcó la formación del autor, y será por ello que la editorial inicia estos textos con un ensayo íntegro sobre Schopenhauer que leí con auténtica pasión y no precisamente porque sea una seguidora del filósofo, sino por la propia reflexión que de sus teorías hace Mann.

“La verdad y la belleza deben remitirse la una a la otra; tomadas por separado y sin el soporte que cada una encuentra en la otra se quedan en valores muy inestables…”

Tampoco falta en esta obra su maestro, Friedrich Nietzsche, y ahora sé un poco más de él y es posible que incluso lo entienda un poco mejor.

El prologo a una novela de Joseph Conrad me ha parecido de lo más interesante y literariamente intenso. Pero siendo yo reseñista no puedo pasar por alto el especial cariño que he puesto en la lectura de sus críticas o reseñas sobre los libros de Knut Hamsun.

Y he de reconocer que me ha sorprendido muy gratamente, el libro es el protagonista pero el pensamiento de Mann y su propio sentir tras la lectura de su adorado Hamsum es lo que prevalece. Nada le incomoda hablar de él con el extremado cariño que le profesa, desde el amor que siente por él por haber sido quien le hiciera amar la literatura… ¿Se puede ser más sincero y honesto al mismo tiempo que se conserva la objetividad? Se puede, lo sé, porque sería como cuando yo misma hablo de Mann, nada de lo que les diga será nunca comparable a lo que realmente merece que se diga de él.

Dejo para el final la conferencia en la que habla sobre La montaña mágica, porque en ella habla de él, de su vida, de su familia, de sus pensamientos, sobre lo que creyó que iba a ser y lo que realmente fue… Así, como la vida y la literatura, una sorpresa, una guerra de por medio, y el escritor que crece como hombre, como ser humano que siente y piensa. Dice Mann que la cultura, la intelectualidad, no puede ser apolítica; que la mente y la política van de la mano, así lo creo yo y así debe ser.

Sé que a los amantes del autor ya los tengo convencidos ¿Y a usted?

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La piedra lunar, de Wilkie Collins

la piedra lunar

la piedra lunarDe un tiempo a esa parte, no sé si es por la edad, me suele gustar revisitar algunos clásicos. Hay veces que merece la pena más que otras y generalmente eso depende del estado de ánimo pero este volumen de La piedra lunar de Wilkie Collins tiene algo especial. El mérito, en este caso, es de Navona Editorial. La nueva traducción a cargo de Jose Luis Piquero y la edición elegida para su colección de obras ineludibles hacen del libro una pequeña joya que guardar en tu biblioteca.

La piedra lunar se sale de todo análisis. Es una de esas obras que te sobrepasan, la cojas por donde la cojas. No puede reseñarse desde una perspectiva racional si no lo hacemos desde un punto de vista filológico. Como ese no es el objeto de este texto, creo que me voy a limitar a contar porqué esta novela es una de las grandes obras de la literatura de misterio.

La piedra lunar es un precioso diamante de gran valor procedente de la India que atesora un gran significado religioso. John Herncastle, corrupto militar inglés, se apropia de la joya y tras robarla de la frente a una deidad hindú, se la lega a su sobrina, Raquel Verinder, el mismo día que cumple dieciocho años. La noche de dicho cumpleaños la piedra desaparece y, a partir de aquí, comienza el periplo para encontrarla.

La piedra lunar es considerada generalmente como la primera novela policial o detectivesca de Inglaterra. Puede recordar por momentos a las narraciones de Doyle y su Holmes pero si hacemos un poco de memoria, vemos que La piedra lunar es pionera.

El nacimiento de Sherlock Holmes tiene lugar en 1887 en Estudio en escarlata mientras que el sargento Cuff de La piedra lunar aparece en 1868. Así que ya sólo por esta razón esta novela es mucho más valiosa de lo que pensamos. No cabe duda de que Arthur Conan Doyle la había tenido en mente a la hora de crear a su genial detective.

No sólo es en este aspecto en el que innova Collins. La maestría del autor radica en mostrarnos la verdadera personalidad de sus personajes a través de sus actos, que la mayoría de las veces se contradicen con sus palabras. La narración está vertebrada a través del testimonio en primera persona de varios personajes de distinta categoría, con diferentes implicaciones en la historia. Cada uno realiza un aporte fragmentado a la trama, que va encajando como un preciso engranaje conforme avanza la exposición. De las primeras trescientas páginas se ocupa Gabriel Betteredge, el mayordomo al servicio de la familia, que es un personaje construido a partir de ideas conservadoras. Complementado con figuras como la de Miss Clack, una prima del difunto militar, y que representa una pariente pobre y amargada cuyo discurso rezuma un profundo resentimiento. Estos dos maravillosos personajes son sólo la punta del iceberg hundido en las páginas de la novela.

La piedra lunar además cuenta con un aspecto fuertemente costumbrista al retratar con bastante exactitud la sociedad de la época victoriana. Una sociedad encorsetada y determinada por sus propias costumbres, la obra incide en la supremacía de la clase alta, en la hipocresía y en el papel secundario al que se relega a la mujer.
Por último comentar como curiosidad que el mismo Collins confesó que fue una excelente terapia para él escribir La piedra lunar para soportar el ataque de gota del que adolecía y que combatía con láudano. Curiosamente uno de los personajes de la narración también consume opio y nos ofrece explicaciones muy concretas sobre esta adicción que, seguramente, estén basadas en su propia experiencia.

Hay quien piensa que Wilkie Collins tuvo el talento suficiente como para cambiar el curso de la historia de la literatura. Que Collins fue en su género lo que Kafka o Faulkner fueron en los propios. No seré yo quien lo contradiga. Lo único que diré es que La piedra lunar es de los mejores libros que he leído en mi vida. Que sin duda está en mi “top ten” de libros de misterio. Que hay que tenerlo y que hay que leerlo.
Es conocido que ésta era una de las obras favoritas de Borges. El autor argentino llamaba a Collins “maestro de las vicisitudes de la trama”, y no dudaba en alabarla, quedándonos la duda de si influyó en su propia obra. Mi opinión al respecto, os la diré cuando la leáis.

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Doctor Rat, de William Kotzwinkle

Doctor Rat

Doctor RatNo he leído El nadador en el mar secreto, libro por el que William Kotzwinkle recibió elogiosas críticas, pero sí la reseña que le dedicó mi compañero Diego, y puedo asegurar que, tras leer Doctor Rat, me he quedado con la misma sensación que tuvo él: reseñarlo va a ser difícil porque la trama es dura, muy dura. Y eso que esta novela puede considerarse, en muchos aspectos, de humor.

La culpa de todo la tiene Doctor Rat, una rata de laboratorio que se ha puesto del lado de esos investigadores que amputan, inoculan tumores o hierven a las de su especie o a cualquier otro animal, en nombre de la ciencia. Doctor Rat es un ser carente de empatía, que se cree superior a sus iguales: modelos básicos, sin sentimientos ni alma, que merecen la tortura a la que son sometidos para saciar la curiosidad humana. Cuando, de repente, algunos de ellos reclaman su derecho a la libertad, Doctor Rat se erige como salvador de la ciencia. Este doctor chiflado tiene paralelismos más que evidentes con Hitler a lo largo de toda la novela y, aun así, su retorcida personalidad provoca escenas hilarantes, lo que lo convierte en un personaje difícil de digerir y de olvidar.

El equilibrio entre los extremos demuestra la maestría del William Kotzwinkle. Es capaz de recrearse en las atrocidades que se llevan a cabo en los laboratorios, granjas y mataderos y en la impasibilidad con la que los humanos contemplan la desesperación y el sufrimiento animal, con un tono sarcástico e incluso surrealista que aligera la carga y nos provoca la risa. Y, encima, intercalar momentos conmovedores, escritos con un extraordinario lirismo, como aquellos en los que se adentra en la conciencia de los animales que viven en libertad; águilas, tortugas, perros, elefantes, ballenas o perezosos que conocen el verdadero sentido de la vida, los pequeños placeres que hacen que todo merezca la pena, y que se niegan a que los humanos les hagan sentirse inferiores y vacíos. La desazón, la risa y la esperanza confluyen constantemente en esta novela, por eso, su lectura es una experiencia incomparable a la de cualquier otra.

Doctor Rat asquea, incomoda, divierte y conmueve, todo al mismo tiempo. La rata protagonista es una lunática despreciable y deseamos que fracase ante los animales rebeldes. Pero se parece demasiado a nosotros, los humanos, y eso es lo que más perturba: nosotros somos el enemigo y nos merecemos ser batidos.

Doctor Rat es un alegato contra la tortura animal y sus vacuas justificaciones. Una novela animalista, dirán algunos, ahora que está tan extendido el término. Y es cierto que es un libro muy oportuno, aunque William Kotzwinkle lo escribió hace cuarenta años y ya fue premiado entonces con el World Fantasy Award. Ahora que el debate sobre la inmoralidad del maltrato animal está sobre la mesa, Doctor Rat es una lectura necesaria e ineludible, que removerá la conciencia hasta de los lectores más reacios a esta cuestión. Pero repito que es una historia dura, muy dura, no apta para aquellos humanos especialmente sensibles al sufrimiento ajeno; de esos que aún quedan, aunque ninguno de ellos aparezca entre las páginas de esta novela.

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Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda

Veinte poemas de amor y una canción desesperada

Veinte poemas de amor y una canción desesperadaVeinte poemas de amor y una canción de desesperada es ese libro que algunos defienden como el más popular y recordado de Neruda y otros como el más ligero, el de menos trascendencia. Adjetivos, por otro lado, que no se excluyen entre ellos. Sí, es posible que sea el libro de Neruda más leído, y también puede que no sean sus mejores poemas. Pero no lo olvidemos, es un poemario escrito con tan solo diecinueve años y que para muchos forma parte hoy en día de su canon poético.

Neruda, empapado de toda la corriente nueva del arte del momento con acento francés, aparece en una tierra lejana para demostrar la universalidad del lenguaje. Desde Latinoamérica, surge su voz con ganas de seguir la estela surrealista que ya ha empezado en Europa. Eso sí, sin que nunca se pudiera afirmar – ni todavía en nuestros días – que él hubiese formado parte de ello. Con el uso magistral de los adjetivos – recuerdo una frase de la época, no sé si de Neruda, que afirmaba algo así como «el adjetivo, cuando no da vida, mata» -, el chileno ofrece veinte poemas de amor más uno final, el único con título: Canción desesperada. No podemos hablar aquí de manera global de la forma poética que caracterizará a Neruda, ni tampoco de la sacudida personal que sufrirá tras vivir las guerras – sobre todo la Guerra Civil Española –, o de las experiencias tan impactantes que serán para él sus explosivas relaciones sentimentales. Neruda es aquí todavía un niño pero ya con importantes destellos de grandeza.

En esta edición, a cargo de Navona y enmarcado en su colección Los ineludibles, nos ponemos delante de una cubierta amarilla con letras en color verde y unas páginas que desprenden un olor inevitable; todo ello encabezado por el prólogo del escritor colombiano William Ospina. Los poemas, sin título, van precedidos por una página en verde con el primer verso en letras grandes. Y ya metidos en el libro, nos encontramos con la investigación que hace Neruda de su amor, de sus sentimientos, de su experiencia pasional. Ya desde sus inicios vemos sobrevolar esa nube negra que siempre acompaña a sus poemas – recomiendo, si no lo habéis leído todavía, el poema Walking around, uno de mis poemas favoritos – y que provocará aquellas famosas «lentas lágrimas sucias». Todo eso ya está aquí pero pintado con el amor de un joven prendido por la que sería el prototipo de su musa ideal, Albertina Azócar. Neruda prende en este poemario la mecha del intenso camino amoroso que será su vida. En sus poemas no vemos el amor como algo que llega, se establece y queda. En Neruda, el amor es lucha y nunca calma, es una batalla sin final en la que el amante está obligado a luchar. Con heridas que son lágrimas enquistadas y con la mirada triste de quien se sabe triste se nos muestra el Neruda que busca hacer sentir más que contar, que nos demuestra la afirmación de Ospina en el prólogo cuando dice que «la sed, el ansia, la indecisión, que parecen los obstáculos que le impiden vivir, son en realidad la materia que está hecho».

Dice también Ospina que «solo un poema de amor es capaz de hacernos sentir que no hay soledad más sola que la del que ama». Y quizás por eso es posible decir que este es el libro más leído y más popular de Neruda, porque al fin y al cabo ¿quién no ama en esta vida? O mejor todavía, y como canta Carlos Goñi en El peligro: «¿Pero aquí quién no es cobarde por amor?»

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El viajero involuntario, de Minh Tran Huy

El viajero involuntario

El viajero involuntarioTodos conocemos el significado de viajar. Para cada uno de nosotros la palabra adquiere un sentido y unos motivos diferentes, claro, pero la idea básica es la de desplazarse de un lugar a otro. Y además, se supone que cuando se viaja la voluntariedad va implícita. Entonces, ¿qué es un viajero involuntario? A lo mejor sois más listos que yo y se os ocurren muchos ejemplos, pero en el momento en que leí el título del libro no se me ocurría nada y pensaba por qué y quién sería ese viajero involuntario.

Esta emotiva novela, escrita por Minh Tran Huy, novelista francesa de origen vietnamita, nos da las respuestas. Existen muchas clases de viajeros y, efectivamente, me equivocaba. No todos los viajes son voluntarios.

El libro en sí es una suerte de viaje, pues la narradora va hilando trayectorias y distintos personajes a lo largo de la novela. El viajero involuntario entrelaza historias, aunque la principal es la de la protagonista del libro, Line, una joven de origen vietnamita que descubre en un museo la historia de Albert Dadas, el primer caso de viajero involuntario o “turismo patológico” en el siglo XIX. Sorprendida por la historia, Line comienza a indagar más sobre Albert Dadas y su patología. Este hombre francés tiene una condición extraña: es incapaz de permanecer en lugar durante mucho tiempo, necesita viajar. Viajar sin rumbo, viajar en cuanto oye el nombre de una ciudad que no conoce, viajar aunque tenga que dejar su vida atrás. Estaréis de acuerdo conmigo que como patología es rara de narices. Parece divertida a simple vista, pero cuando esa necesidad es compulsiva, cuando no puedes decir que no y debes viajar aunque dejes atrás tu vida y ésta se rompa, una y otra vez, en pedazos debe de ser algo realmente traumático. El caso de este hombre fue estudiado durante más de veinte años por un doctor que logró dar con su patología y trató de ayudarlo.

Éste es un ejemplo de viajero involuntario, pero a medida que Line indaga empiezan a venirle a la memoria más tipos de viajes involuntarios. Recuerda a la atleta somalí Samia Yusuf Omar, quien participó en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 y que conmovió a todo el mundo por su deportividad, a pesar de llegar última en la prueba. Samia no pudo participar en los siguientes Juegos Olímpicos porque murió en una patera cuando intentaba alcanzar Italia para poder continuar con su sueño de ser una gran atleta. Nadie quiere escapar así de su país, nadie quiere perder la vida en una patera, intentando logar lo que más le gusta. Es, digamos, otra forma de viaje involuntario. Un viaje que alguien  no  busca, pero que tiene que hacer.

Pero sobre todo, el hilo argumental de esta novela se centra en la propia familia de Line y principalmente, en la vida de su padre, un vietnamita que irremediablemente se convierte en un viajero involuntario. La guerra de Vietnam, la idea de un futuro mejor fuera de ese país, llevan a su padre hasta Francia, donde acude a estudiar y donde, finalmente, acabará por construir su vida.

En El viajero involuntario se entrelazan la voz de la protagonista con la voz del padre, quien va narrando su propia historia y la historia de su familia, también viajeros involuntarios. Personas que sin buscarlo (o al menos desearlo) se han visto forzadas a emigrar.

El libro es hermoso y emotivo. La narración se desarrolla lentamente, con un ritmo dulce, casi como si nosotros también estuviéramos viajando a lo largo de la historia. Es un excelente homenaje a todos esos viajeros involuntarios, viajeros que tuvieron que emigrar, algunos con mejor suerte que otros.

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Sonetos, de William Shakespeare

Sonetos

SonetosWilliam Shakespeare. La reseña podría limitarse a esas dos palabras porque, en realidad, ninguno de nosotros necesita nada más para releer los Sonetos del bardo inglés. William Shakespeare. Pero como ante los clásicos sufro de una especial verborrea, me explayaré algunos párrafos más con mis impresiones sobre uno de los mejores poemarios que se han escrito.

En la introducción a esta edición de los Sonetos, dice William Ospina, su taductor, que el libro cuenta una historia de amor, desde la fascinación del inicio hasta los reproches finales. Y así es, con versos como los que siguen el poeta nos habla de su admiración, real o imaginaria, eso qué importa, por el ser amado: “mientras respire el hombre, y el ojo abarque y mida / vivirán estos versos, y te darán la vida”. Más tarde llega la dicha, podemos suponer que el amado le corresponde: “feliz por tanto yo, que amo y soy amado / por quien no ha de cambiarme ni puede ser cambiado”. Luego, como no, la felicidad da paso a las dudas, peleas y rupturas: “te tuve, como un sueño decidido a adularme, / y fui rey en mis sueños, y nada al despertarme”. A las reconciliaciones: “que ahora mismo tu ofensa en deuda se concluya / y si la mía te absuelve, que me absuelva la tuya”. Y, finalmente, a los reproches: “mientras por ti vigilo, tú estás en algún lado, / lejos de mí, y de otros muy cerca, demasiado”.

Como cualquier historia de amor clásica (y literaria), la primera parte del libro de Sonetos de William Shakespeare responde al patrón establecido de enamoramiento-dicha-traición-reconciliación(es)-traición(es)-ruptura. Un modelo no demasiado sano para establecer en nuestras relaciones personales, pero que leído queda muy pero que muy bien. Y, sí, ya sé lo que todos os estáis preguntando. Shakespeare (o su yo poético) se enamora pero, ¿de quién?

Al parecer los Sonetos están dirigidos a tres personajes, el Fair Youth o el joven de los primeros poemas con el que la voz lírica va fraguando una relación cada vez más estrecha; la Dark Lady, que presenta un amor físico y apasionado, totalmente opuesta a las mujeres angelicales y los amores platónicos de la poesía de la época; y el Rival Poet, o el poeta rival al que Shakespeare se enfrenta en algunos de los sonetos centrales.

La primera parte, y más extensa, está dirigida al joven, con el que se entiende que la voz poética tiene una relación platónica. O no tan platónica, en el soneto 20 le dice directamente: “y para mujer fuiste tú creado; / mas la naturaleza vino con sus desmanes / y con sus adiciones en ti me ha defraudado / añadiendo una cosa que no sirve a mis planes”.

La segunda parte la conforman unos treinta poemas dirigidos a la Dark Lady, una figura peligrosa, terrenal y fiera que trae de cabeza a la voz poética. Precisamente uno de mi poemas preferidos de los recogidos en los Sonetos va dirigido a ella y es una parodia, punto por punto, de los sonetos, todos iguales, con los que en la época se alababa a la dama. Como todos recordaréis, en esos poemas la dama tenía el cabello como el oro, la piel era nieve, los labios coral. Pues la dama de Shakespeare no cumple con ninguno de esos requisitos. Y sea juego poético o realidad, la descripción de esta figura tan diferente a las demás siempre me hace sonreír. Os dejo aquí los primeros versos:

Los ojos de mi amada al sol no se parecen,
El coral es más rojo que sus labios maduros:
Son negros esos hilos que en su cabeza crecen,
Y si la nieve es blanca, sus senos son oscuros.

Quiero hablaros de dos cosas más antes de cerrar la reseña. La primera es la traducción. Porque todas estas citas que acabáis de leer no las escribió Shakespeare, sino William Ospina, que ha adaptado las palabras del poeta inglés a nuestra lengua en esta versión sencilla, directa y clara. A mi parecer, es una versión perfecta para leer despacio, disfrutando de la edición bilingüe de Navona y saltando del original a la traducción con facilidad y sin trabas. Traducir poesía, y además con estructuras tan fijas como el soneto, me parece uno de los retos más difíciles que se le puede presentar a un escritor. Y William Ospina lo borda.

Y la segunda es la editorial, Navona. No puedo irme sin hablaros de la edición del libro como objeto, del lujo que es tener estos Sonetos en la mano e ir pasando páginas antes de acostarte. Cubierta de tela de un intenso color granate, marca páginas interior de raso, pliegues cosidos y no encolados. Es un libro hecho para durar, para leer y releer, para consultar un verso y acabar leyendo quince sonetos, para olvidar que existe y redescubrirlo un día en la estantería. Y también, como no, para regalar.

William Shakespeare. Como decía arriba, es mi argumento más poderoso para recomendaros este libro. El poeta se vende solo. Y, si además viene con una traducción y edición como la que presenta Navona, releer los Sonetos es un auténtico lujo.

 

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