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El camino del tabaco, de Erskine Caldwell

El camino del tabacoDe acuerdo: Caldwell no es ni mucho menos Faulkner, vamos a empezar por ahí. Pero Caldwell, contemporáneo de aquel, bien podría ser su primo carnal. Y es que El Camino del Tabaco es una de las mejores novelas que usted leerá jamás sobre ese sur tan mágico y decadente de los años treinta que tanto nos gusta recordar.

Sin embargo, quieto ahí. En esta, al igual que ocurre con la mayoría de las novelas del primo, no se encontrará usted con hombres tristes y derrotados pero siempre rectos y bien peinados y con gabán. Ni saldrá Escarlata O’Hara jurando que nunca más pasará hambre mientras el sol nos ofrece una imagen romanticona de Tara. Aquí, el hambre es real y es tan insoportable que convierte todo en algo grotesco y vil y depravado. El hambre y la desesperación y los bajos instintos lo cubren todo y le perseguirá a usted desde la primera hasta la última página. De hecho, el hambre podría ser, sin ningún problema, el protagonista principal de esta novela.

No obstante, el protagonista principal (único, fantástico e inolvidable personaje, por otro lado) es Jeeter Lester, un blanco e indigente campesino, un golfo bien bruto y más vago aún, padre de diecisiete hijos, que se muere desde hace semanas por llevarse un trozo de nabo a la boca. Jeeter pudo prosperar tiempo atrás pues heredó el patrimonio de su abuelo, pero su avaricia, su ignorancia, su testarudez, su abulia y su ciega y absurda confianza en la providencia, le han ido convirtiendo con el paso de los años en una especie de anacrónico ser vivo que ve los días pasar en mitad de la nada, esperando que dios provea, o que alguien le fie unos granos para poder plantar alguna cosa que pueda llevarse a la boca o incluso vender. Pero nadie queda ya por allí salvo Jeeter y sus fantasmas. El sur, el gran derrotado de la Guerra de Secesión, abatido de nuevo por la Gran Depresión del 29 y rematado por el Dust Bowl (un fenómeno atmosférico de tormentas de arena que devastó los campos norteamericanos en los años treinta), está totalmente hundido, y sus gentes buscan dar esquinazo a la miseria empleándose por cuatro peniques en las fábricas de las ciudades prósperas de la Costa Oeste; lo más lejos posible de allí.

Pero Jeeter no. Jeeter es un imbécil. Él se debe a la tierra que le vio nacer y por eso, decidió hace años quedarse allí y resistir. Quedarse y, por lo tanto, malvivir en esa choza semiderruida y en mitad de los inhóspitos campos de algodón de Georgia. Junto a él, completan la grotesca y sucia foto de familia, su mujer Ada, que mata el hambre mascando tabaco sin parar, la abuela y madre de Jeeter, que apenas habla y se arrastra por el suelo como una alimaña en busca de ramas para encender el fuego y dos de los hijos de Jeeter, los únicos que han permanecido a su lado y no han decidido salir de aquel infierno echando leches: Ellie May, una joven que es vista y tratada como un bicho raro por su labio leporino y Dude, el último de los chicos, al que algún indeseable definiría como “un chaval con pocas luces”. La guinda la pone, desde que entra en escena, la señorita Bessie, la frívola y embustera predicadora.

Con estos protagonistas tan prometedores, Caldwell arma una novela inolvidable, clásica en su estructura, con unos diálogos tremendamente teatrales (y que rozan lo absurdo), pero, sobre todo, plagada de simbolismo y de hambre y maldad. ¿Qué haría usted por llevarse un simple nabo a la boca cuando ya no quedan más que ramas secas? ¿Entregar a sus hijos a cambio, por ejemplo? Pues sí, precisamente eso y mucho más es lo que nos demuestran los malditos y desesperados Lester con su patriarca a la cabeza, a quien usted acabará odiando sin remedio unas veces, y compadeciendo otras, hasta terminar con sus egoísmos más primitivos, sus ideas lascivas, sus maquinaciones inmorales, sus miedos y fantasías y, por supuesto también, sus anhelos y esperanzas, bien metidos entre pecho y espalda.

Jeeter le llevarán a usted de la mano a un final apoteósico, digno de una historia como esta y pleno de significado. Entonces me dará la razón cuando le digo que El camino del tabaco es una puta obra maestra, un clásico sin discusión.

Le contaré que hace tiempo perseguí esta novela hasta el aburrimiento, pero no conseguía dar con ella. Descatalogada, me decían. Ignorada. Desconocida, la mayoría de las veces. Y así estuve durante dos o tres años. En 2019, Navona la reeditó y entonces dejé de patalear y ahora les pongo un par de velas por cuidar tan bien de mis hábitos lectores. Hace unos meses, además, descubrí por ese mundo de las redes que Caldwell tiene otra novela (La parcela de dios) que algunos definen como superior a esta.

¡Habrase visto semejante osadía! No obstante, ya le contaré…

Mientras tanto, si usted se anima a recorrer este terrible camino del tabaco (el nombre viene del camino que crearon los esclavos negros día tras día haciendo rodar los barriles llenos de tabaco que provenían de las plantaciones del abuelo de Jeeter y que transportaban veinticinco kilómetros más allá hasta las zonas del río), si usted se atreve, decía, hágalo con los machos bien apretados y con las alforjas bien vacías si no quiere que esta novela, tan cabrona como los Lester, le arranque de cuajo el nabo (con perdón) y después, por supuesto, el alma y el corazón.

2 respuestas a «El camino del tabaco, de Erskine Caldwell»

La descripción de este libro me recordó mucho al estilo que emplea Conrad en sus novelas, aún no lo leo, pero la similitud se debe por la descripción que hace el autor del artículo. Excelente aporte, saludos.
-Gustavo Woltmann.

Hola Gustavo,
Espero que disfrutes del libro. Es una maravilla. Respecto a lo que dices, personalmente creo que Conrad es “mucho más escritor” y tanto sus novelas como su estilo, son mucho más profundas. No obstante, si en algo creo que se parecen es en la forma tan magistral de construir personajes inolvidables. Gracias por la aportación y ya me contarás qué tal si te animas con esta novela

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