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Suave es la noche, de F. Scott Fitzgerald

Suave es la noche

Suave es la nocheUna de mis novelas preferidas es El gran Gatsby. Ya os hablé en esta reseña sobre su adaptación al cómic y mi pequeña manía con las líneas finales de la novela. Y aunque, quitando algún cuento suelto, sólo había leído este libro del autor, Fitzgerald estaba también en mi lista de escritores favoritos. Ahora, después de haber leído Suave es la noche, debo decir que Fitzgerald está, sin duda, en mi particular top five de escritores. Lo suya es una literatura desgarradora, brillante y totalmente embaucadora. A mí, al menos, me atrapa como pocos escritores consiguen hacer.

Suave es la noche está en la línea de El gran Gastby. Si no habéis leído el libro (cosa que no os perdono), podéis haceros una idea con esta reseña. Aun así, os pongo en situación con sólo unas palabras: años veinte, opulencia, excesos, romances y descenso a los infiernos. Algo parecido a lo que pudimos leer en El gran Gatsby, pero contado desde otro prisma mucho más personal, más genuino e hiriente, si cabe.

Publicada por primera vez en 1934 en la Scribner’s Magazine en cuatro entregas, esta desesperada novela es la más autobiográfica del autor. Durante los ocho años que tardó en escribirla, el propio Fitzgerald experimentó muchas de las sensaciones que recrea en Suave es la noche. Desde el internamiento de Zelda, su mujer, en un sanatorio hasta su propio declive. El libro no tuvo muy buena acogida, tampoco por su ya ex-mujer, que vio reflejada su propia historia en la novela.

Los Diver son el matrimonio reflejo de los Fitzgerald en Suave es la noche. Un matrimonio brillante formado por Nick Diver, un lúcido psicoanalista y su mujer, Nicole, una adinerada y hermosa joven. Los dos conforman una de las parejas más influyentes y encantadoras de la Riviera francesa, lugar donde el glamour de aquellos locos años alcanza gran esplendor. Parejas acomodadas que ocupan sus vidas en viajar por la Europa de postguerra, en asistir a cenas y eventos lujosos, en ser simplemente encantadoras. Personas que lo tienen todo y que, aparentemente, no tiene que preocuparse por nada. Pero claro, lectores, ya sabemos que las apariencias engañan. Es algo que Fitzgerald también nos mostró con Gatsby y es algo que vuelve a salir a relucir entre estos personajes tan atrayentes.

Nick Diver, el joven doctor capaz de enamorar a todos, de hacer lo que esté en su mano por mantener a todo el mundo atrapado en su telaraña de encantos y lisonjas, es quien más fuerte experimenta ese declive del que os hablaba. Él es quien ve derrumbarse su idílico mundo ante su enferma mujer, su fugaz y eterna amante Rosemary y todo el círculo de extravagantes e influyentes personas que le rodean. Todo dejará de tener sentido, las apariencias, la cordialidad y la magia van dando paso a sus propios excesos, su intento por mantener la cordura en un mundo que él  mismo ha creado, hecho a su imagen y semejanza. Sólo el tiempo nos pone en nuestro lugar, sólo él es capaz de acabar revelando  nuestra propia naturaleza, ese vital destello que Nick sabe bien, o sabía, cómo modular a su antojo.

Suave es la noche es la novela perfecta, porque en ella cabe todo. No sólo la magnífica prosa de Fitzgerald y su manera de crear geniales personajes que nos atrapan. No es sólo la forma de narrar la magia y los sueños rotos. Con Fitzgerald me ocurre que cuando leo sus novelas, quiero quedarme atrapada en ellas, vivir en sus libros. Y eso es algo que pocas veces me ocurre. Brillante Fitzgerald, escritor grande entre los grandes.

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