
Tengo que reconocerles una cosa antes de empezar a hablar de este magnífico libro: me acerqué a él no por sí mismo sino por el interés que siento Marina Tsvietáieva, porque hace tiempo que tengo entre mis proyectos sus memorias, que he leído intermitentemente varias veces y que me resultan tan interesantes y brillantes como difíciles. Como corresponde al personaje. Desde hace meses, cuando tengo un espacio sin lecturas de las que debo reseñar, aprovecho para avanzar un poco con ellas, lo que la disponibilidad o mi propia resistencia me permitan. Y me pareció que acercarme a Marina de la mano de su hermana seguramente sería más asequible, más llevadero. Y lo que me he encontrado es eso, desde luego, pero sobre todo un personaje sumamente interesante por sí mismo, y no sólo una aproximación diferente a la gran poeta. De hecho la Marina de Anastasia es completamente diferente de la Marina de la propia Marina. Sin esconder sus complicaciones, Anastasia la humaniza, nos acerca a la persona y lo hace desde un ángulo que Marina no muestra. Y no por falta de sinceridad, que de eso anda más que sobrada, sino por calidez y cariño. Anastasia y Marina, Asia y Musia, estas cerca de 1200 páginas son un recorrido ameno y emocionante por la vida de ambas y la historia de la Rusia que les tocó vivir.
La propia Anastasia en sus memorias explica lo que yo, torpemente, he tratado de exponer en el párrafo introductorio de esta reseña:
Quienes leen ahora los versos de la Marina Tsietáieva madura sacan de sus páginas la imagen trágica de una poeta y de una mujer que no encontró la felicidad en su vida. Y nadie, excepto yo, su medio gemela, recuerda los años de su vida que lo rebaten. Pero yo los recuerdo. Y digo: Marina fue feliz con su sorprendente marido, con su maravillosa hija pequeña, en esos años antes de la guerra. Marina fue feliz.
Y ustedes dirán que claro que fue feliz, de un modo u otro todo el mundo lo es en algún momento de su vida, pero si es así en su caso, desde luego no lo reflejó así en sus diarios. Desde luego también ayuda que las memorias de Asia abarcan un lapso temporal mucho mayor, comienzan en la propia infancia y las escribió ochenta años después. No sé si la Marina de Anastasia será más real que la que habitualmente se nos muestra a través de sus escritos, seguro que ninguna lo es y cada cual por sus propias razones, lo que tengo claro es que a las memorias de Anastasia Tsvietáieva se acerca uno de una forma más relajada. Más natural.
Allá por la página 800 comienzan a confluir ambos libros, es cuando se narra el primero de los hechos que recuerdo, la muerte de la pequeña de las hijas de Marina. Un episodio digno de ser leído, quienes sepan de qué hablo entenderán hasta qué punto es una historia que puede marcar una vida. Hasta ese momento hay referencias de otras lecturas en las que uno se encuentra e incluso se sorprende, la hermana menor (Anastasia) dice no reconocer a su madre en Mi madre y la música, la magnífica obra de la hermana mayor (Marina). El retrato de la familia, no obstante lo dicho, es extraordinario, nos asomamos a la intimidad de una familia poco convencional, con un amor y una dedicación a la cultura extraordinarias, el padre con el que aparenta ser su hijo más querido, su museo (sus museos porque cuando le separaron del Rumiantsev fundó otro) y la madre a la música, la medicina, la pintura, los idiomas, en fin, lo más parecido a una familia renacentista que se pudo dar en aquella Rusia del ocaso de los zares y el principio de la revolución.
La revolución, aunque desde el principio y a su manera la miraban con buenos ojos, no les fue especialmente propicia. El saldo de desgracias es demasiado elevado para cualquier ser humano, tanto en fatalidades personales como el hambre como en lo que se refiere a la muerte de seres queridos. La experiencia narrada es ciertamente dramática, pero no habla la autora desde la desesperación o la venganza. Estas memorias son luminosas incluso en los malos momentos, y son muy malos, pero no son un ajuste de cuentas. No con la vida, no con Marina, no con Rusia, no con la revolución, pero tal vez sí con Mur, el hijo de Marina, que no sale especialmente bien parado. Estas últimas páginas dedicadas a la muerte de Marina son especialmente desgarradoras, y lo son no tanto por la muerte en sí, que también, sino precisamente por el papel que en la misma jugó su hijo.
Es sorprendente que una persona con la independencia intelectual y la fuerza de Marina Tsvietáieva, fuese sin embargo tan débil y complaciente, casi hasta servil, con su hijo. Sorprende que le soportara el trato degradante que a menudo le procuraba éste. Es conocido que ella se suicidó no porque él se lo pidiera, que de alguna manera lo hizo, sino porque se convenció de que le estorbaba. Anastasia reconoce el papel de su sobrino en el fatal desenlace de la vida de su hermana, y se lo afea. Sin embargo y pese a lo unidas que ambas estaban, son páginas hermosas.
Anatasia y Marina, Asia y Musia, son sin duda dos mujeres excepcionales, muy diferentes aunque a menudo leyeran poemas con una sola voz. Al interés histórico y literario de estas memorias se suma uno muy humano, el de la emoción. Porque son unas memorias emocionadas y como tales se leen. Se cierran tras unas 1200 páginas y saben a poco, realmente uno quisiera saber más, atar cabos sueltos, pero sospecho que, pasado un tiempo, cuando la lectura repose y arraigue, se dará cuenta el lector de que no son los cabos ni los nudos lo que importa, sino lo vivido junto a ellas y esa sensación de hermanamiento que sólo unas memorias escritas con sensibilidad y talento puede provocar.
Andrés Barrero
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@abarreror

Leer hoy día obras como La ley de la violencia y la ley del amor en las que el Tolstói maduro plasmó su pensamiento pacifista, su doctrina de amor y no violencia, resulta tan deslumbrante como doloroso. Deslumbrante porque la prosa de Tolstói lo es, porque consigue darle sentido a la bondad y explicar la utopía no cómo un sueño inalcanzable sino como un horizonte no sólo lógico, sino inevitable. Doloroso porque fue escrito porque son el testamento vital e intelectual de un hombre clarividente que quiso cambiar el mundo mediante el amor y cuyo éxito fue claramente descriptible. Basta con mirar el periódico. Doloroso porque describe el mundo que pudo haber sido y lo leemos en el mundo que es. Cierto que la realidad hace que estos textos envejezcan de la forma que menos hubiera deseado su autor, probablemente hoy muchos se acerquen a ellos por su valor literario o como curiosidades de valor historiográfico, sin embargo son otra cosa, son el mapa de la bondad humana, la esencia de lo que a lo largo de la humanidad los hombres han soñado que les definía, en lugar de sus actos.
Una de mis novelas preferidas es El gran Gatsby. Ya os hablé en 
Leer la primera novela de un autor consagrado (después de haber leído gran parte del resto, quiero decir) suele ser una experiencia interesante que, cuando el autor además es muy querido por el lector, se convierte en un acontecimiento emocionante. No exento de riesgos, claro, pero infundados en este caso. Porque el Kurt Vonnegut de La pianola es el Kurt Vonnegut que conocemos, todo él está ya en esas páginas de 1952, su sentido del humor, su clarividencia, su fantasía y, cómo no, esa tristeza tan intensa, a ratos entrañable, que por más que se traduzca en un humor muy característico no deja de impregnar la obra con un sabor tan intensamente humano que hace imposible no encariñarse con el texto, con los personajes, con el autor y, por extensión, con la humanidad y la literatura.

Nosotros pasa por ser una de las novelas fundadoras del género de la distopía pero tampoco se lo tomen demasiado en cuenta: ésta es de las buenas, de las que se sirven de la ficción para analizar la realidad y poner en pie una crítica feroz que no habrían podido publicar de otra manera. Publicar es un decir, claro, porque las autoridades soviéticas (la obra es de 1921) la prohibieron y vio la luz por primera vez en el Reino Unido en 1924. El bueno de Evgueni Zamiatin tampoco tiene la culpa de las atrocidades cometidas después en el nombre del género.
No me hace falta ser Sandro Rey para saber que no has oído hablar de Emmanuel Bove. No te avergüences: formas parte del 99% de la población, entre la que me incluyo (porcentaje no verificado por el INE). Fallecido en 1945, a los 47 años de edad, sus textos permanecieron en el olvido hasta la década de los ochenta, cuando algunos de sus admiradores consiguieron que sus obras volvieran a reeditarse en Francia, con un notable éxito. Hermida Editores ha decidido publicar una pequeña colección de sus relatos en castellano, bajo el título del primero de ellos, Henri Duchemin y sus sombras.