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Memorias. Mi vida con Marina, de Anastasia Tsvietáieva

Memorias. Mi vida con Marina

Memorias. Mi vida con MarinaTengo que reconocerles una cosa antes de empezar a hablar de este magnífico libro: me acerqué a él no por sí mismo sino por el interés que siento Marina Tsvietáieva, porque hace tiempo que tengo entre mis proyectos sus memorias, que he leído intermitentemente varias veces y que me resultan tan interesantes y brillantes como difíciles. Como corresponde al personaje. Desde hace meses, cuando tengo un espacio sin lecturas de las que debo reseñar, aprovecho para avanzar un poco con ellas, lo que la disponibilidad o mi propia resistencia me permitan. Y me pareció que acercarme a Marina de la mano de su hermana seguramente sería más asequible, más llevadero. Y lo que me he encontrado es eso, desde luego, pero sobre todo un personaje sumamente interesante por sí mismo, y no sólo una aproximación diferente a la gran poeta. De hecho la Marina de Anastasia es completamente diferente de la Marina de la propia Marina. Sin esconder sus complicaciones, Anastasia la humaniza, nos acerca a la persona y lo hace desde un ángulo que Marina no muestra. Y no por falta de sinceridad, que de eso anda más que sobrada, sino por calidez y cariño. Anastasia y Marina, Asia y Musia, estas cerca de 1200 páginas son un recorrido ameno y emocionante por la vida de ambas y la historia de la Rusia que les tocó vivir.
La propia Anastasia en sus memorias explica lo que yo, torpemente, he tratado de exponer en el párrafo introductorio de esta reseña:

Quienes leen ahora los versos de la Marina Tsietáieva madura sacan de sus páginas la imagen trágica de una poeta y de una mujer que no encontró la felicidad en su vida. Y nadie, excepto yo, su medio gemela, recuerda los años de su vida que lo rebaten. Pero yo los recuerdo. Y digo: Marina fue feliz con su sorprendente marido, con su maravillosa hija pequeña, en esos años antes de la guerra. Marina fue feliz.

Y ustedes dirán que claro que fue feliz, de un modo u otro todo el mundo lo es en algún momento de su vida, pero si es así en su caso, desde luego no lo reflejó así en sus diarios. Desde luego también ayuda que las memorias de Asia abarcan un lapso temporal mucho mayor, comienzan en la propia infancia y las escribió ochenta años después. No sé si la Marina de Anastasia será más real que la que habitualmente se nos muestra a través de sus escritos, seguro que ninguna lo es y cada cual por sus propias razones, lo que tengo claro es que a las memorias de Anastasia Tsvietáieva se acerca uno de una forma más relajada. Más natural.
Allá por la página 800 comienzan a confluir ambos libros, es cuando se narra el primero de los hechos que recuerdo, la muerte de la pequeña de las hijas de Marina. Un episodio digno de ser leído, quienes sepan de qué hablo entenderán hasta qué punto es una historia que puede marcar una vida. Hasta ese momento hay referencias de otras lecturas en las que uno se encuentra e incluso se sorprende, la hermana menor (Anastasia) dice no reconocer a su madre en Mi madre y la música, la magnífica obra de la hermana mayor (Marina). El retrato de la familia, no obstante lo dicho, es extraordinario, nos asomamos a la intimidad de una familia poco convencional, con un amor y una dedicación a la cultura extraordinarias, el padre con el que aparenta ser su hijo más querido, su museo (sus museos porque cuando le separaron del Rumiantsev fundó otro) y la madre a la música, la medicina, la pintura, los idiomas, en fin, lo más parecido a una familia renacentista que se pudo dar en aquella Rusia del ocaso de los zares y el principio de la revolución.
La revolución, aunque desde el principio y a su manera la miraban con buenos ojos, no les fue especialmente propicia. El saldo de desgracias es demasiado elevado para cualquier ser humano, tanto en fatalidades personales como el hambre como en lo que se refiere a la muerte de seres queridos. La experiencia narrada es ciertamente dramática, pero no habla la autora desde la desesperación o la venganza. Estas memorias son luminosas incluso en los malos momentos, y son muy malos, pero no son un ajuste de cuentas. No con la vida, no con Marina, no con Rusia, no con la revolución, pero tal vez sí con Mur, el hijo de Marina, que no sale especialmente bien parado. Estas últimas páginas dedicadas a la muerte de Marina son especialmente desgarradoras, y lo son no tanto por la muerte en sí, que también, sino precisamente por el papel que en la misma jugó su hijo.
Es sorprendente que una persona con la independencia intelectual y la fuerza de Marina Tsvietáieva, fuese sin embargo tan débil y complaciente, casi hasta servil, con su hijo. Sorprende que le soportara el trato degradante que a menudo le procuraba éste. Es conocido que ella se suicidó no porque él se lo pidiera, que de alguna manera lo hizo, sino porque se convenció de que le estorbaba. Anastasia reconoce el papel de su sobrino en el fatal desenlace de la vida de su hermana, y se lo afea. Sin embargo y pese a lo unidas que ambas estaban, son páginas hermosas.
Anatasia y Marina, Asia y Musia, son sin duda dos mujeres excepcionales, muy diferentes aunque a menudo leyeran poemas con una sola voz. Al interés histórico y literario de estas memorias se suma uno muy humano, el de la emoción. Porque son unas memorias emocionadas y como tales se leen. Se cierran tras unas 1200 páginas y saben a poco, realmente uno quisiera saber más, atar cabos sueltos, pero sospecho que, pasado un tiempo, cuando la lectura repose y arraigue, se dará cuenta el lector de que no son los cabos ni los nudos lo que importa, sino lo vivido junto a ellas y esa sensación de hermanamiento que sólo unas memorias escritas con sensibilidad y talento puede provocar.

Andrés Barrero
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La ley de la violencia y la ley del amor, de Lev Tolstói

La ley de la violencia y la ley del amor

La ley de la violencia y la ley del amorLeer hoy día obras como La ley de la violencia y la ley del amor en las que el Tolstói maduro plasmó su pensamiento pacifista, su doctrina de amor y no violencia, resulta tan deslumbrante como doloroso. Deslumbrante porque la prosa de Tolstói lo es, porque consigue darle sentido a la bondad y explicar la utopía no cómo un sueño inalcanzable sino como un horizonte no sólo lógico, sino inevitable. Doloroso porque fue escrito porque son el testamento vital e intelectual de un hombre clarividente que quiso cambiar el mundo mediante el amor y cuyo éxito fue claramente descriptible. Basta con mirar el periódico. Doloroso porque describe el mundo que pudo haber sido y lo leemos en el mundo que es. Cierto que la realidad hace que estos textos envejezcan de la forma que menos hubiera deseado su autor, probablemente hoy muchos se acerquen a ellos por su valor literario o como curiosidades de valor historiográfico, sin embargo son otra cosa, son el mapa de la bondad humana, la esencia de lo que a lo largo de la humanidad los hombres han soñado que les definía, en lugar de sus actos.
La ley de la violencia y la ley del amor también tienen una enseñanza política, cada vez menos utópica, qué quieren que les diga, porque su mensaje contra la violencia organizada y la opresión de los estados está lejos de caducar.
Llegados a este punto, tal vez sea mejor que le ceda la palabra:
La liberación del mal que atormenta ay corrompe a los hombres se alcanzará no mediante el fortalecimiento o sostenimiento del régimen existente -monarquía, república o el que fuere-, no mediante su destrucción y la instauración de uno mejor -socialista o comunista-, ni tampoco mediante la implementación violenta de un determinado orden social que algunos hombres consideran mejor, sino sólo gracias a que cada hombre (la mayoría de ellos), sin pensar en las consecuencias que sus actos tienen para sí mismo y para los demás, y sin preocuparse por ellas, guiará su conducta no por tal o cual orden social, sino de la observancia de la ley que considera suprema, la ley del amor, que no admite la violencia bajo ninguna circunstancia.
Yo leo un párrafo como este con cierta amargura, tal vez porque la clave, ese “la mayoría de ellos” que se encierra entre paréntesis, deja claro que si el desarrollo de nuestra sociedad occidental no ha evolucionado en clave de no violencia no ha sido por una imposibilidad metafísica o una circunstancia sobrevenida e inevitable, sino porque no ha habido una mayoría de personas que así lo hayamos decidido.
Yo detesto los panfletos, me molesta que traten de adoctrinarme de ninguna manera, sin embargo disfruto con la exposición brillante de las ideas, sean las que fueran, y La ley de la violencia y la ley del amor la he disfrutado, porque aunque es cierto que Tolstói trata de convencer al lector de sus tesis, no es menos cierto que lo hace desde el respeto, que sea él quien llegue a las conclusiones que le parezcan oportunas. Aunque el camino de los razonamientos de Tolstói no desemboca en muchas conclusiones diferentes de las suyas.
En lo que sí que la obra es esclava de su tiempo es en el enfoque religioso que le da a su pensamiento. Esa bondad, esa confesión de no violencia en aquella época parece claro que tenía raíces cristianas, pero hoy día bien podría ser diferente. Sospecho que a Tolstói no le disgustaría que sus posiciones morales surgiesen no de una matriz espiritual sino de la propia conciencia, que a fin de cuentas es algo muy parecido al Dios de Tolstói.
La edición es pródiga en citas y en argumentaciones, leerla es verdaderamente placentero y les recomiendo que lo hagan aunque sea para discutirla. Las ideas de Tolstói pueden no haber triunfado en el plano de la realidad social, pero son indiscutibles desde un punto de vista moral, y siempre queda algo de su lectura. Será mucho o será poco, pero, como él, será bueno.

Andrés Barrero
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Suave es la noche, de F. Scott Fitzgerald

Suave es la noche

Suave es la nocheUna de mis novelas preferidas es El gran Gatsby. Ya os hablé en esta reseña sobre su adaptación al cómic y mi pequeña manía con las líneas finales de la novela. Y aunque, quitando algún cuento suelto, sólo había leído este libro del autor, Fitzgerald estaba también en mi lista de escritores favoritos. Ahora, después de haber leído Suave es la noche, debo decir que Fitzgerald está, sin duda, en mi particular top five de escritores. Lo suya es una literatura desgarradora, brillante y totalmente embaucadora. A mí, al menos, me atrapa como pocos escritores consiguen hacer.

Suave es la noche está en la línea de El gran Gastby. Si no habéis leído el libro (cosa que no os perdono), podéis haceros una idea con esta reseña. Aun así, os pongo en situación con sólo unas palabras: años veinte, opulencia, excesos, romances y descenso a los infiernos. Algo parecido a lo que pudimos leer en El gran Gatsby, pero contado desde otro prisma mucho más personal, más genuino e hiriente, si cabe.

Publicada por primera vez en 1934 en la Scribner’s Magazine en cuatro entregas, esta desesperada novela es la más autobiográfica del autor. Durante los ocho años que tardó en escribirla, el propio Fitzgerald experimentó muchas de las sensaciones que recrea en Suave es la noche. Desde el internamiento de Zelda, su mujer, en un sanatorio hasta su propio declive. El libro no tuvo muy buena acogida, tampoco por su ya ex-mujer, que vio reflejada su propia historia en la novela.

Los Diver son el matrimonio reflejo de los Fitzgerald en Suave es la noche. Un matrimonio brillante formado por Nick Diver, un lúcido psicoanalista y su mujer, Nicole, una adinerada y hermosa joven. Los dos conforman una de las parejas más influyentes y encantadoras de la Riviera francesa, lugar donde el glamour de aquellos locos años alcanza gran esplendor. Parejas acomodadas que ocupan sus vidas en viajar por la Europa de postguerra, en asistir a cenas y eventos lujosos, en ser simplemente encantadoras. Personas que lo tienen todo y que, aparentemente, no tiene que preocuparse por nada. Pero claro, lectores, ya sabemos que las apariencias engañan. Es algo que Fitzgerald también nos mostró con Gatsby y es algo que vuelve a salir a relucir entre estos personajes tan atrayentes.

Nick Diver, el joven doctor capaz de enamorar a todos, de hacer lo que esté en su mano por mantener a todo el mundo atrapado en su telaraña de encantos y lisonjas, es quien más fuerte experimenta ese declive del que os hablaba. Él es quien ve derrumbarse su idílico mundo ante su enferma mujer, su fugaz y eterna amante Rosemary y todo el círculo de extravagantes e influyentes personas que le rodean. Todo dejará de tener sentido, las apariencias, la cordialidad y la magia van dando paso a sus propios excesos, su intento por mantener la cordura en un mundo que él  mismo ha creado, hecho a su imagen y semejanza. Sólo el tiempo nos pone en nuestro lugar, sólo él es capaz de acabar revelando  nuestra propia naturaleza, ese vital destello que Nick sabe bien, o sabía, cómo modular a su antojo.

Suave es la noche es la novela perfecta, porque en ella cabe todo. No sólo la magnífica prosa de Fitzgerald y su manera de crear geniales personajes que nos atrapan. No es sólo la forma de narrar la magia y los sueños rotos. Con Fitzgerald me ocurre que cuando leo sus novelas, quiero quedarme atrapada en ellas, vivir en sus libros. Y eso es algo que pocas veces me ocurre. Brillante Fitzgerald, escritor grande entre los grandes.

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La pianola, de Kurt Vonnegut

La pianola

La pianolaLeer la primera novela de un autor consagrado (después de haber leído gran parte del resto, quiero decir) suele ser una experiencia interesante que, cuando el autor además es muy querido por el lector, se convierte en un acontecimiento emocionante. No exento de riesgos, claro, pero infundados en este caso. Porque el Kurt Vonnegut de La pianola es el Kurt Vonnegut que conocemos, todo él está ya en esas páginas de 1952, su sentido del humor, su clarividencia, su fantasía y, cómo no, esa tristeza tan intensa, a ratos entrañable, que por más que se traduzca en un humor muy característico no deja de impregnar la obra con un sabor tan intensamente humano que hace imposible no encariñarse con el texto, con los personajes, con el autor y, por extensión, con la humanidad y la literatura.
La mirada tierna al tiempo que crítica que dirige Kurt Vonnegut a la sociedad en La pianola parece advertirnos de un futuro que, si bien leído ahora nos resulta de una estética un tanto steampunk, tiene una vigencia plena, probablemente casi más que entonces. Si además de la literatura es usted un seguidor de series de televisión, me comprenderá si le digo que La pianola bien podría haber inspirado un guión de Black Mirror.
Trata la obra de la transformación del doctor Paul Proteo de personaje que personaliza el éxito en un mundo dominado por ingenieros y doctores, un mundo mecanizado en el que el papel del hombre queda limitado a operador de las máquinas, en el mejor de los casos, a convencido adalid de la rebelión frente a ese modelo alienante que probablemente parecía más delirante en el momento de su publicación que hoy en día. Pero es la suya una evolución muy particular, más por desencanto o aburrimiento que por convicción de forma que al final el autor parece ponernos sobre aviso tanto del modelo que critica como del contrario.
Uno de los personajes secundarios es despedido porque inventa una máquina capaz de hacer su trabajo mejor que él así que no sólo pierde el trabajo sino que su categoría laboral al completo deja de ser necesaria y muchos trabajadores se quedan en la calle. Tengo para mí que ese personaje es una metáfora perfecta del libro porque sufre constantemente las consecuencias de seguir ciegamente sus convicciones y al tiempo hace sufrir a los demás. Las tribulaciones de este personaje me parece que son una extensión de la mirada escéptica de un autor que hizo de su incapacidad para comprender el mundo violento e inhumano que le toco vivir un arte gracias al cual probablemente terminó por comprenderlo mejor que nadie.
¿Quieren que les explique por qué La pianola me ha resultado un libro tan entrañable? Pues la explicación está en el texto, en cada una de sus palabras y en cada uno de sus personajes así que les recomendaría que lo leyeran y en el caso de que no coincidieran conmigo me explicaran ustedes el motivo. Ya les adelanto que no lo iba a entender.

Andrés Barrero
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Los sauces, de Algernon Blackwood

los-saucesCuando se habla de un canon de autores de literatura de terror, casi siempre sale a colación el ensayo que escribió H.P. Lovecraft El horror sobrenatural en la literatura. En sus páginas tenemos algunas de las más acertadas críticas a los autores del género desde la Antigüedad hasta los contemporáneos de su propio autor. En el caso del londinense Algernon Blackwood, el soñador de Providence escribía que en su obra “pueden encontrarse algunos ejemplos de la mejor literatura espectral de ésta o de cualquier época”. El caso de Blackwood supuso para Lovecraft todo un descubrimiento. Para él, “nunca nadie se ha acercado siquiera a la habilidad, seriedad y minuciosa fidelidad con las que él registra las insinuaciones de anormalidad de ciertos objetos”. Efectivamente, en Blackwood confluye el paganismo de Arthur Machen con el toque de horror cósmico y antihumano que tanto estaba buscando Lovecraft. Los sauces, relato que por primera vez y de manos de Hermida Editores, se publica en solitario, es quizá donde mejor puede verse esto.

En Los sauces, nos encontramos dos excursionistas que bajan por el cauce del Danubio en lo que iba a ser un viaje de placer. A una determinada altura del río donde se forma una isla artificial deciden acampar y pasar la noche para no adentrarse más en una zona especialmente complicada. La estancia en la isleta se hace cada vez más opresiva; en esa zona donde los sauces dominan el horizonte, ambos sienten una presencia terrible y no humana que amenaza su cordura y quizá algo más.

Blackwood apuesta por una naturaleza inhóspita, salvaje, que va más allá de lo puramente animista. Los personajes intuyen en su entorno una fuerza que va más allá de su comprensión, que se han adentrado en un territorio que no les pertenece, que desdibuja la frontera entre lo humano y lo inhumano. Como cita Llopis en su Historia natural en los cuentos de miedo, “El meollo de toda la obra de ficción de Blackwood es la confrontación del hombre moderno de la época postracionalista con aterradoras fuerzas naturales o sobrenaturales”.

Los sauces es un relato corto (apenas unas setenta páginas) en las que encontramos las cotas más altas de Blackwood. Sin apenas usar el diálogo, el narrador interno del relato nos va introduciendo poco a poco en ese ambiente que se va enrareciendo alrededor de los dos personajes. Blackwood es un maestro a la hora de que un escenario aparentemente tan idílico como la campiña centroeuropea se convierta paulatinamente en un lugar ajeno a cualquier noción humana. Los personajes son bamboleados por esta incertidumbre, y por la malignidad de esa presencia que tan sólo intuyen.

La edición de Hermida es excelente. No sólo por la excelente traducción de Óscar Mariscal, que también redacta una breve noticia sobre el autor, sino por los textos, la mayor parte de ellos inéditos en español, que se incluyen de H.P. Lovecraft, extraídos de su correspondencia, que permanece todavía, inexplicablemente, sin traducción a nuestro idioma. Los sauces es, quizá, la mejor oportunidad de conocer a este autor formidable que habría de tener una importancia capital en la literatura de género posterior.

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Nosotros, de Evgueni Zamiatin

Nosotros

NosotrosNosotros pasa por ser una de las novelas fundadoras del género de la distopía pero tampoco se lo tomen demasiado en cuenta: ésta es de las buenas, de las que se sirven de la ficción para analizar la realidad y poner en pie una crítica feroz que no habrían podido publicar de otra manera. Publicar es un decir, claro, porque las autoridades soviéticas (la obra es de 1921) la prohibieron y vio la luz por primera vez en el Reino Unido en 1924. El bueno de Evgueni Zamiatin tampoco tiene la culpa de las atrocidades cometidas después en el nombre del género.

Zamiatin no se limita a construir un futuro diferente, disfuncional a nuestros ojos para advertirnos de la deriva del presente, hace algo más. Nosotros describe el futuro, presenta para los protagonistas, quienes constantemente lo confrontan al pasado, presente para nosotros (para los lectores contemporáneos al autor, quiero decir) poniendo de relieve las diferencias. El narrador, D-503, ecribe breves notas en las que reflexiona sobre su vida y contrapone las bondades del sistema en el que vive cuya principal regla es la ausencia de libertad, algo de lo que se sienten orgullosos, con ese estado anárquico y semisalvaje que es la vida que conocemos vista a través de sus ojos. Salvo una hora diaria todas las actividades humanas, desde la alimentación (a base de un derivado del petróleo) hasta el sexo,  están reguiladas por unas tablas y supervisadas por una figura paternal, el Gran Bienhechor, que con mano de hierro guía sus existencias.

Pero algo le pasa a D-503, destacado ciudadano, matemático y fiel al sistema, que empieza a desviarse del camino trazado y deja testimonio de su deriva en las notas que va escribiendo y que constituyen el texto de Nosotros. Algo en principio ridículo, inconcebible, pero potencialmente letal no para él, sino para el sistema mismo. Y no es el único afectado. Nosotros, los salvajes primitivos que creíamos que la libertad podía ser algo positivo, inmediatamente reconocemos el mal que le acecha: se enamora. Sin embargo los sabios doctores del futuro lo describen de otro modo tal vez errado pero incluso más poético, sin duda a su pesar: a D-503 le infecta un crecimiento descontrolado en su interior, un proceso aparentemente cancerígeno pero que ellos, conocedores de grandes verdades que nos son inalcanzables, describen de un modo mucha más certero: le está creciendo un alma.

La comparación entre ambos mundos, el relato de cómo se llegó a ese remanso de paz y ausencia de sentimientos que garantizaba una paz perpetua a sus habitantes y sobre todo, la aguda inteligencia de Zamiatin hacen de Nosotros una obra extraordinariamente interesante. Además su ritmo es fluido y los personajes están tan bien construidos que al tiempo que desgranan sus contradicciones hacen lo propio con las nuestras. Y nos reconcilian con nuestro imperfecto mundo a un precio bien razonable: mantenernos alerta frente a los totalitarismos.

Se disfruta mucho con este libro, créanme, pero no sólo al modo tradicional (como siempre ocurre frente a una obra brillante y bien escrita) sino que de alguna manera se cierra con una sensación de agradecimiento. Y de frustración, claro, porque las enseñanzas de Evgueni Zamiatin, pese a su preclara anticipación de los hechos, sirvieron de bien poco en el devenir de la historia. Somos como somos, incapaces de aprender del talento lo que necesariamente acabamos por deducir del dolor.

Andrés Barrero
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Henri Duchemin y sus sombras, de Emmanuel Bove

Henri Duchemin y sus sombras

Henri Duchemin y sus sombrasNo me hace falta ser Sandro Rey para saber que no has oído hablar de Emmanuel Bove. No te avergüences: formas parte del 99% de la población, entre la que me incluyo (porcentaje no verificado por el INE). Fallecido en 1945, a los 47 años de edad, sus textos permanecieron en el olvido hasta la década de los ochenta, cuando algunos de sus admiradores consiguieron que sus obras volvieran a reeditarse en Francia, con un notable éxito. Hermida Editores ha decidido publicar una pequeña colección de sus relatos en castellano, bajo el título del primero de ellos, Henri Duchemin y sus sombras.

No soy una persona demasiado habituada a la lectura de relatos, pero he de reconocer que son una de las mejores (y más rápidas) formas de conocer a un escritor y de saber si su estilo concuerda o no con tus gustos. A través de sus historias cortas descubrí a Charles Bukowski o a Raymond Carver, dos de mis autores favoritos. En el caso de Bove, la lectura de sus relatos breves me ha permitido explorar un estilo muy personal con unos rasgos marcados, como la fijación en los pequeños detalles o los diálogos insólitos entre personajes desconocidos.

Uno de los aspectos que más me han llamado la atención de este libro ha sido la forma en la que Bove introduce grandes reflexiones existenciales en mitad de sus relatos. Estas cavilaciones se presentan en muchos casos en el transcurso de un suceso importante o de una narración de un hecho sorprendente, con lo que el autor consigue crear una expectación enorme. Me atrevería a decir que el escritor parisino disfruta torturando al lector, alejándole de la trama cuando más interesante está la historia. También hay mucho de surrealismo en este libro, tanto en las tramas como en los diálogos y las reflexiones de los personajes, aunque Bove consigue mantener sus historias en el límite de la verosimilitud.

Pero si en algo destacan estos relatos, como he comentado antes, es en la fijación por el detalle, que abarca desde las descripciones de los espacios y de los personajes hasta los propios comentarios y pensamientos de los protagonistas. Sus personajes son individuos que desde un principio padecen fuertes problemas existenciales y se ven superados por ellos. Los celos, la locura, la avaricia, la melancolía…todos piden auxilio por una u otra razón, en ocasiones interpelando directamente al lector de forma agresiva, como en La historia de un loco. Este es un aspecto que me ha parecido sumamente original y más teniendo en cuenta la época en la que estos relatos se escribieron.

Original y surrealista, seguramente adelantado a su tiempo. Esa es la opinión general que me ha dejado Bove al terminar de leer Henri Duchemin y sus sombras. No quiero cerrar esta reseña sin recomendar el último de los relatos, ¿Será mentira? Es el único que tiene un final más o menos cerrado y el que peor cuerpo deja al terminarlo. Soberbio de principio a fin.

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Cuando se vacían las playas

Cuando se vacían las playas

Cuando se vacían las playas, de Eduardo Iglesias

Cuando se vacían las playas
Cuando me dirijo a la sala de estar de mi casa, mi escritorio (o lo que un día fue un escritorio) siempre está sepultado bajo tres tipos de libros apilados. Los primeros, los que yo considero VIP, son los libros de mis autores favoritos (Auster, Vargas, Saramago, Nesbo…), los que sé que si no los he leído aún, no tardaré en hacerlo.  Los segundos son los que corresponden a mi vicio de comprar y comprar libros porque sí. De este montón tienen la culpa muchos periódicos, muchos coleccionables y muchas ferias del libro antiguo que me permiten tener en mi casa libros muy baratos, pero comprados casi con la absoluta certeza que no serán leídos, al menos a corto plazo. Por último, y no por ello peor, están los libros que llegaron a mis manos siendo unos completos desconocidos, y que se han ganado por méritos propios su espacio en mi recuerdo, y porque no, en mi desordenada “librería-escritorio”.
De este último tipo es el libro que hoy os traemos en “Libros y Literatura”, que llegó a mis manos gracias a Hermida Editores. Nada sabía sobre el libro, pero viendo las primeras frases de su sinopsis, no me pude contener y quise tener “Cuando se vacían las playas” en mis manos:
“Año 2036. Una ciudad amurallada, un estado policial, y J Solo, un detective con una misión: encontrar a la desaparecida Lara Márquez”
¿Sentís la misma curiosidad que tuve yo en su momento?

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