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Los perros duros no bailan, de Arturo Pérez-Reverte

los perros

los perrosDos tardes, y eso porque no pude dedicarle una entera, me ha llevado leerme lo nuevo de Pérez-Reverte. Suelo leer todos los libros del académico (a pesar de habérseme atragantado Cabo Trafalgar y El tango de la guardia vieja –para más inri, este último incluso firmado por él)  y este nuevo libro, uniendo a perros con novela negra, no iba a ser una excepción.

Lo cierto es que en un principio, meses antes de la publicación, al anunciarse el libro y un breve extracto del mismo, se hacía raro. ¿Pérez-Reverte escribiendo diálogos y reflexiones para un protagonista perruno? ¿Una historia en la que los personajes son perros? Es bien sabido el amor que el autor profesa a los perros. ¡Pardiez, si incluso se han recopilado algunos de sus artículos de temática canina que ha escrito para una publicación dominical en el libro Perros e hijos de perra! (Aunque también es cierto que choca mucho ese amor hacia los perros pero que no vea mal las corridas de toros. Pero bueno, cada uno tiene sus “cadaunadas” y lo que tenemos que tratar aquí son los libros). El caso es que no lo veía claro, pero había curiosidad. Mucha.

Y una vez saciada la curiosidad puedo decir que Los perros duros no bailan es una lectura agradable y que se reconoce el estilo del autor pero, desde luego, no es ni de lejos lo mejor que ha parido. Es un cuento sencillo, a veces parece una fábula para adultos, sin mayores pretensiones y muy fácil de leer, cuyo personaje es el de un tipo duro, por más que en esta ocasión se trate de un perro, que arrastra un pasado oscuro y violento del que, dada su edad, comienza a olvidar algunos detalles o bien estos le asaltan de buenas a primeras sin él quererlo. Un tipo, como tantos otros antes en la bibliografía perezrevertiana, con un fuerte sentido del honor, de la amistad, del deber y, cómo no, yendo esto de perros, de lealtad y fidelidad.

¿Pero de qué va, de qué va?  Pues va de que Teo, el mejor amigo del Negro, y Boris el Guapo han desaparecido. No se sabe nada de ellos y por eso el Negro decide investigar, igualito que un detective privado, pero sin fumar ni beber güisqui. Preguntando irá de aquí para allá, siguiendo el rastro, sorteando peligros y metiéndose en algún que otro jaleo, con perros neonazis incluidos y… y poco más puedo decir sin destripar la trama.

Y así, a medida que la investigación va avanzando, pasaremos de un inicio de novela policiaca a un nudo y desenlace de novela negra mientras somos testigos de un mundo y una vida de perros adaptado del nuestro, con su propio Rodolfo Perrostino,  con refranes o dichos populares, con los perro-corridos de Los Chuchos del Norte, con los equivalentes en perro de humanos famosos como, por ejemplo, Charlize Theron o Brad Pitt y con los oficios o roles que cada personaje ha asumido (Agilulfo es filósofo, Margot regenta un abrevadero, Fido es perro policía, Susa la lumi…)

Aprovecha también Pérez-Reverte, el pistolero más rápido de Twitter (y posiblemente el escritor español más presente en dicha red), para criticar, con toda la razón, el trato que esta sociedad de animales humanos da a los perros. Tratados por muchos como cosas que se regalan en Navidad y son abandonadas en verano, cuando la “cosa” ha crecido y ya no es tan mona o graciosa como cuando cachorra, y, sobre todo, arremete contra las peleas de perros, contra los desalmados hijos de puta que se deshacen de los galgos cuando ya no les son útiles, contra la pasividad de la justicia y contra lo barato que sale el maltrato en este país.

Habrá lectores amantes de los perros a los que alguna escena tal vez le revuelva el estómago, y eso, sinceramente, es buena señal.

“…por un momento pensé en todos los que ladraban. En aquellos compañeros de infortunio sentenciados a un final infame: perros que, como había dicho el dogo, tal vez un día fueron cachorrillos mimados, felices, arrancados de su sueño confortable por la estupidez y la crueldad humanas, y que ahora, en aquellas sucias jaulas, esperaban su destino…”

En resumen, Los perros duros no bailan es un libro menor del autor. De fácil lectura, entretenido y con un ritmo ágil, que no se para en chorraditas innecesarias y va al meollo. Un libro para todo fan de Pérez-Reverte, (y yo me considero uno más, aunque repito, no es de lo mejor de su obra), para completistas y para todos los que saben lo que es tener o haber tenido a un perro como compañero.

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Eva, de Arturo Pérez-Reverte

Eva

EvaEn las primeras diez páginas de la novela, Lorenzo Falcó se las apaña para matar a un espía republicano, dejar K.O. a otro y acostarse con una vedette portuguesa. A eso se le llama no andarse con chiquitas y abrir una novela sacando la artillería pesada. Y la cosa no queda ahí, porque este es el ritmo que lleva Eva, la segunda aventura de la serie del hijo de puta de Falcó, escrita por Arturo Pérez-Reverte.

Sí, han leído bien. El mismo Pérez-Reverte admite que Falcó es un hijo de puta y que quiso hacerlo así. Incluso hay un momento en esta entrega en la que el Almirante (lo admito, mi personaje preferido de las dos novelas de la serie) le llama “psicópata”. Y sí, para el lector, al menos para el de hoy en día, está claro que el tipo tiene un problema: lo vemos cuando mata y cuando está a punto de morir por pura diversión, lo vemos cuando viola, simplemente porque tiene la oportunidad, cuando caza y cuando se debate, cuando están a punto de partirle los dientes y cuando es él quien los parte.

Ya lo hemos dicho (y lo dejé claro en la anterior reseña), Falcó es un hijo de puta, pero, y aquí llega el matiz, un hijo de puta con clase. Es un tipo al que desprecias en muchos momentos, pero con quien te ríes. Porque, cuando quiere, tiene mucho, mucho encanto. Lo dice el tópico: cuando un escritor se lo pasa bien escribiendo, el lector se lo pasa bien leyendo. Y esto es justo lo que pasa con muchos de los diálogos de Falcó. Casi puedes oír a Pérez-Reverte partiéndose de risa delante del ordenador y, entonces, se te olvida lo que el personaje ha hecho hace dos escenas y te ríes con él. Y precisamente eso es lo que el autor quiere que pase. Jugar contigo, con tu sistema moral.

Pero, al mismo tiempo, y esto también lo ha tenido en cuenta el autor, Lorenzo Falcó da bastante pena. En seguida ves que es un yonqui de la adrenalina, que siempre quiere ir un paso más allá, le encanta su trabajo, el peligro mucho más que el glamour, y al mismo tiempo se le nota cierto hastío por todo. Tienes la sensación de que está interpretando un papel incluso para sí mismo, de que es un caballero o un asesino de cara al patio de butacas, pero que, en realidad, todo le importa un carajo. Hay momentos en los que lo ves tan vacío que deseas que el autor tenga compasión y lo mate pronto, que no le deje hacerse viejo como hizo, por ejemplo, con Max.

No sé si os acordáis de Max, el protagonista de El tango de la guardia vieja. En esa novela vemos a Max joven y también lo vemos pasados los sesenta, veteado de canas y con el cuerpo cansado, pero llevando su fracaso (un fracaso mayúsculo, vital) con cierta dignidad. En cambio, el lector intuye, casi desea, que Lorenzo Falcó muera relativamente joven. No debe sobrevivir a la guerra porque, como dice el Almirante, es un personaje útil en esos tiempos, pero un auténtico monstruo en tiempos de paz. Y el problema no es lo que pueda hacer a los demás, no, para nada, el problema es él mismo. Le deseas una muerte temprana porque como sesentón no mantendría ese encanto que hace que, pese a su hijoputismo, te rías con él. Solo sobreviviría el monstruo. En ese sentido es como el Pijoaparte de Marsé, al que es duro ver envejecer (y no en Teresa, sino mucho más tarde, pero lo vemos). También, como Corto Maltés o Lord Jim es un personaje que pertenece a una época muy concreta, al mundo de ayer o justamente al momento en el que el mundo de ayer está cayendo como un castillo de naipes y, de entre sus escombros, aparecen tipos como Falcó, el Dimitrios de Ambler o el Harry Lime de Greene.

Pero vamos a la novela porque sé que en esta reseña os estoy hinchando la cabeza con mis opiniones en vez de hablaros de lo que realmente queréis oír: de Eva (y para los que habéis leído la novela anterior, Falcó: de Eva).

En esta nueva entrega de la serie, tras un par de aventurillas –nada, rajar cuellos, explotar coches, estar con un par de señoras–, Lorenzo Falcó es enviado a Tánger con la misión de robar (o recuperar, depende del bando en el que estés) el cargamento de un mercante de la República: nada más y nada menos que varias toneladas de oro que van derechitas a una Rusia entorno a la cual Stalin está cerrando las zarpas.

La aventura de Eva se centra en los días en los que Falcó está en la ciudad y en sus maniobras para hacerse con el oro, algunas muy burocráticas y otras bastante menos. En Tánger, como os podéis imaginar por el título de la novela, se reencontrará con Eva Neretva, espía rusa a la que, y perdonad el spoiler si no habéis leído la anterior, salvó la vida al final de la primera entrega de la serie. Y ya os podéis imaginar lo que pasa cuando dos monstruos letales y enemigos se enamoran, o eso creen. Vuelan más navajazos, balas y hostias que besos, pero de eso también hay. Un poco, al menos.

Eva es una novela plagada de escenas de acción muy bien manejadas, realistas y crudas, brutales, con unas descripciones de Tánger que logran hacer que te sientas allí, aunque nunca hayas puesto un pie en la ciudad, y que, en sus 400 páginas, cuenta varias historias (no tengo espacio aquí para hablaros de los dos capitanes, pero no tiene pérdida) y tiene diversas lecturas. Es una novela hecha de gestos –dos dedos en la gorra, ofrecer un cigarrillo, servirse o no un dedo de whiskey…– de ritos y códigos. También es una novela visual, leyéndola sientes que estás viendo una película de los años 30 o 40 (con más sexo y violencia, pero ese es el espíritu de nuestros tiempos), rápida, con espíritu de folletín, que al mismo tiempo habla de más cosas de las que me da tiempo a apuntar aquí.

Antes de irme, quería hablaros de Eva, pero no puedo hacerlo sin spoilers. Así que solo os diré que me recuerda mucho a la Tánger Soto de La carta esférica, mi novela preferida del autor. Si estáis de acuerdo conmigo, cuando salga la siguiente, hablamos.

Laura Gomara

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El capitán Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte, Carlos Giménez y Joan Mundet

el capitan alatriste

Hay frases iniciales de libros que se nos graban a fuego: “En un lugar de la  Mancha…”, “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta”, “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo…”,… Cada uno tendrá sus favoritas, como tiene favoritos de todo en la vida. Una de las mías es esta: “No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”.

 el capitan alatristeA falta de leerme Falcó (¡vive Dios que no doy abasto con las lecturas, pardiez!) y a la espera de una nueva entrega de las aventuras del capitán Alatriste, bien valdrá, como creo, (un vaso de bon vino) un reencuentro con el origen del famoso espadachín, aunque sea en versión gráfica. ¿Imaginaba Pérez-Reverte (puto amo) el éxito que iba a tener este personaje cuándo se documentaba para escribir sus hazañas? ¿O que el mismísimo Viggo Mortensen, otrora Aragorn, se metería en la piel del soldado español en una película bastante desafortunada que mezclaría el argumento de los dos primeros libros? Lo dudo. (Por cierto, yo a Alatriste lo veo cada vez que Nacho Fresneda hace de Alonso de Entrerríos en la serie de televisión El ministerio del tiempo).

Pero mucho ha llovido desde aquella primera novela, unos veinte años, y otras cuantas novelas ha publicado el escritor cuando cae en mis manos esta adaptación al cómic. Una adaptación que me ha parecido bastante fiel al original y en la que se narra la vida de un soldado veterano de los tercios de Flandes que sobrevive como espadachín a sueldo en el Madrid del siglo XVII, tan corrupto (o menos) como el de ahora.

La saga del capitán es narrada por el joven Íñigo de Balboa, paje de Alatriste e hijo de un amigo de éste y soldado también, al que Alatriste prometió cuidar cuando se hiciera mozo.

En este tomo inicial se cuenta el trabajo que se encarga al capitán y a otro desconocido para que den un susto a dos viajeros ingleses, de los que no diré la identidad. Naturalmente esos dos ingleses no resultan ser unos mindundis y el encargo se complicará pues Alatriste es pobre pero honrado y además, “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”.

Da gusto rememorar libros de los que guardas tan buen recuerdo por lo bien escrito que estaban, lo bien ambientados, el argumento hipnótico, y los personajes. Estos y la ambientación son quizás lo más importante. Saludar de nuevo a Quevedo, que tanto favorece como perjudica sin querer a sus amigos, con sus constantes lances y sus “no queda sino batirnos”; La Taberna del Turco de Caridad La Lebrijana y sus pechos opulentos que tanto fascinan al joven Íñigo de Balboa; el dómine Pérez; Angélica de Alquézar (también conocida como el mal encarnado), Emilio Bocanegra, presidente del Tribunal de la Inquisición y, por supuesto, el eterno enemigo de Alatriste, el italiano Gualterio Malatesta y su “tiruri ta-ta”… Y otros cuantos más.

Aquí sí tengo una sugerencia que haría mucho más entretenida y enriquecedora la experiencia lectora, ya que se mezclan en el cómic personajes tanto reales como ficticios y sería bueno que hubiera notas al pie o un apéndice al final en el que se aclarara si tal o cual personaje existió realmente o no y los méritos por los que se le conoce. Por ejemplo: aparece el Conde-Duque de Olivares, Álvaro de la Marca, Quevedo, Felipe IV… No digo que se incluya una biografía extensa sino unas breves notas del tipo: “Quevedo: destacado escritor del Siglo de Oro, enemistado con Góngora por tal y tal…” o algo así, breve, que te deje claras las cosas.

Por lo demás el cómic es delicioso porque también lo es su novela. Fiel al libro, repito, y con unos dibujos de Joan Mundet, el ilustrador habitual de la saga, con el aroma a clasicismo necesario en este tipo de obra. Un blanco y negro sobrio, con líneas firmes y precisas, un dibujo realista y agradable.

El capitán Alatriste fue un libro que se convirtió en lectura obligada en los colegios, que ha dado origen a obras de teatro, series, tesis doctorales, una película de la que ya he hablado e incluso un juego de rol.

Su versión al cómic no desmerece en absoluto. Es diversión a la vieja usanza, es nuestro Los tres mosqueteros, es entretenimiento puro, es arte, cultura y también conocimiento de unos tiempos en los que el honor aún significaba algo para algunos. En los que España aún era una potencia en el mundo, aunque la avaricia y corrupción de los de arriba pronto provocarían el declive…

O libro o cómic, debería ser de obligada lectura para todos los españoles, al menos una vez en la vida.

Lo dicho, en El capitán Alatriste Pérez-Reverte se consagró como puto amo.

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Falcó, Arturo Pérez-Reverte

Falcó

FalcóArturo Pérez-Reverte se ha marcado una novela de espías. Falcó se sitúa en la España de 1936, en los primeros meses de la Guerra Civil y, como ya ha dicho su propio autor, será una saga.

Parece ser que Pérez-Reverte ha encontrado un nuevo personaje con el que se lo pasa tan bien escribiendo que incluso ha interrumpido otra novela –una sobre ajedrez– para dedicarle su plena atención. En una entrevista dijo que el personaje de Lorenzo Falcó surgió de una frase de Gloria Swanson en la película de 1931 Esta noche o nunca. Después de pasar la noche –estamos en el Hollywood anterior a la censura– con Melvyn Douglas, Swanson le dice a una amiga que el señor en cuestión “es un caballero, pero no es un caballero”. Y en la mente del padre de Alatriste prendió la mecha. ¿Por qué no crear a ese personaje?

Lorenzo Falcó es un jerezano de buena familia que se desvió del camino que habían marcado para él y, tras ser expulsado de la Academia Naval, empezó una vida errante que le llevó a convertirse en contrabandista de armas y, finalmente, en espía.

Tengo que adelantaros que Falcó no está hecho para caer bien. Hablando en plata, es un h…. Y, de hecho, eso es algo que le dice un personaje de la novela y a lo que él responde dándole la razón. Al menos en ese sentido es honesto. Falcó es un tipo al que solo le importa él mismo y pasa por encima de quien haga falta para conseguir lo que quiere. Es un oportunista, un torturador, un canalla, un hombre sin escrúpulos. Y, sí, semejante joya es el protagonista de la novela. Me sorprendió que, en un momento en el que lo está pasando bastante mal, llegué a pensar “mira, chaval, te lo mereces y, si la palmas, casi mejor”. Aunque eso dice más de mí que del personaje, por supuesto.

Pero, si Lorenzo Falcó fuera totalmente negativo, no tendría gracia. El mundo está lleno de malas personas sin carisma, solo tenemos que levantar la vista para comprobarlo. Por eso también hay momentos en los que Falcó sabe ser encantador. Consigue que te olvides de que vendería a su madre si se le presentara la oportunidad y que te rías con él, incluso que le desees una muerte rápida. Pero son solo momentos. Lee un par de páginas más y verás que el tipo se encarga de demostrarte que se merece lo que le toque y que, quien las da, las toma.  Esa contradicción es, en gran parte, la gracia de la novela, y del personaje de Falcó.

Falcó me ha recordado a La máscara de Dimitrios de Eric Ambler. En esta novela de 1939, el escritor Charles Latimer conoce en Estambul la historia de Dimitrios Makropoulos, un contrabandista, criminal y espía internacional, cuando encuentran su cadáver flotando en el puerto. Latimer siente una curiosidad, fascinación, diría yo, por Dimitrios que le lleva a investigar su pasado y las causas de su muerte. Así descubre que el personaje es incluso peor de lo que esperaba, pero al mismo tiempo no puede sustraerse de la atracción que le provoca su mundo. La máscara de Dimitrios es una novela que he releído varias veces y en muchas ocasiones me he preguntado, ¿qué pasaría si viéramos la historia desde la perspectiva de Dimitrios? Pues que tendríamos algo similar a Falcó. Y nos libraríamos de Latimer, que a ojos del lector actual es un poco mojigato.

La trama de la primera entrega de esta saga es aparentemente sencilla. Lorenzo Falcó trabaja para el SNIO, el Servicio Nacional de Información y Operaciones, uno de los muchos servicios de inteligencia de la España de la época. Estos se han pasado a los golpistas y el Almirante, su jefe directo, le encarga una misión de suma importancia: liberar a un preso de la cárcel en la que lo tienen retenido, en la parte republicana. Y Falcó, sin despeinarse, se dispone a hacer su trabajo. A partir de ahí, como podéis imaginar, las cosas se tuercen, surgen imprevistos, intereses cruzados, aparecen mujeres con secretos, ejecuciones, asaltos nocturnos, bombardeos, masacres, torturas, persecuciones… Vamos, la cosa se anima.

No quería irme sin deciros que lo que más me ha gustado de esta novela han sido los diálogos. Muchos de ellos son como los de las películas antiguas, esas en las que Orson Welles se marca un discurso sobre los relojes de cuco o Lauren Bacall le pregunta a Humphrey Bogart si sabe silbar. Diálogos que, por supuesto, no suceden en la vida real, y por eso tenemos que recurrir a las novelas y al cine para vivirlos.

En otra entrevista, Pérez-Reverte dijo que ha creado a Falcó con la idea de que los hombres quieran irse de copas con él y las mujeres llevárselo a la cama. Después de ver al tipo en acción, puedo aseguraros que acostarme con Lorenzo Falcó es lo último que se me pasaría por la cabeza. Pero tal vez una copa, apuntándole con una Luger por debajo del abrigo, me la tomaría.

Laura Gomara @lauraromea

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La guerra civil contada a los jóvenes

la guerra civil contada a los jovenes

“La guerra civil contada a los jóvenes”, de Arturo Pérez-Reverte

la guerra civil contada a los jovenes

 

Suelo leer todo los libros que escribe Pérez-Reverte. O, al menos, los empiezo (no repetiré lo de siempre con el caso de Cabo Trafalgar o El tango de la guardia vieja…) Este año ya leí y reseñé el magnífico Hombres buenos, uno de mis favoritos de este año, y no pensaba que tuviera la suerte de leer otro libro del autor, pero cuando me enteré de que en noviembre se publicaba este La guerra civil contada a los jóvenes, rápidamente hice hueco para su lectura.

Sé que mucha gente dice: “¿otro libro/película de la guerra civil? ¿Pero es que no saben hablar de otros temas? ¡Qué cansinos!” De hecho yo mismo dudaba antes de decidir si leía o no el libro. Evidentemente, ganó el sí por dos motivos:

-Era de Pérez-Reverte.

-Era sobre la guerra civil.

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Hombres buenos

“Hombres buenos”, de Arturo Pérez-Reverte

hombres buenos

Ya he dicho en alguna ocasión que Pérez-Reverte es santo de mi devoción. A pesar de algunos encontronazos (no pude llegar a la mitad de El Tango de la Guardia Vieja, y eso que le di dos oportunidades y que lo tenía dedicado) siempre espero con ilusión un nuevo libro del académico, pues son muchos los momentos de placer literario que me ha brindado.

Y eso es lo que he tenido en Hombres buenos. Deleite mientras leía, o más bien devoraba, las 592 páginas de las que se compone este nuevo libro de aventuras. Y sí, digo bien, de aventuras, porque a pesar de que los protagonistas sean dos miembros de la Real Academia Española, don Hermógenes Molina y don Pedro Zárate (a quién por cierto, no podía poner otra cara que no fuera la de Alonso Entrerríos, de la serie El Ministerio del Tiempo), con la misión de traerse a nuestro país un ejemplar de la prohibida (tanto en Francia como en España) Enciclopedia de D’Alembert y Diderot, el viaje de Madrid a París en aquellos tiempos de carruajes, caminos no asfaltados, bandoleros y posadas, era ya de por sí toda una odisea que podía durar semanas o meses. Si a esto añadimos una conspiración para que la misión de los dos protagonistas fracase la aventura es completa.

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Especial Libros para regalar en San Valentín

El libro de la Selva

Libros que enamoran

Se acerca San Valentín 2013, y desde Libros y Literatura os lo queremos poner fácil a aquellos que queráis demostrarle vuestro afecto a alguien especial regalando un libro. Las editoriales nos han ayudado con las sugerencias literarias que os proponemos a continuación. Como veis, se trata de un abanico de propuestas muy interesante.

El libro de la SelvaWestwoodAqui yacen dragonesHace cuarenta años
El libro de la Selva
Westwood
Aquí yacen dragones
Hace cuarenta años

Ochenta melodías de pasión en amarilloUna tienda en París
Romance en París
La casa del silencio
Ochenta melodías de pasión en amarillo
Una tienda en París

No sonrías, que me enamoro
Un año ajetreado
El tango de la guardia vieja
Mañana lo dejo

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El pintor de batallas

el pintor de batallas

El pintor de batallas, de Arturo Pérez-Reverte

el pintor de batallas

Dos ojos de color esmeralda abiertos en una expresión que recorrió el mundo. El retrato de la mujer afgana fotografiada por Steve McCurry, en la muestra, impacta como lo hizo por primera vez en la revista National Geographic. Esa portada se repetiría décadas más tarde, cuando el fotógrafo encontró a la mujer, ya adulta y con signos de desgaste propios de una vida golpeada por la guerra. McCurry, como tantos otros, se dedica al fotoperiodismo. Y pensé en él mientras leía El pintor de batallas de Arturo Pérez-Reverte.

Faulques es un ex fotógrafo de guerra que ahora se dedica a pintar un mural en los confines de su torre que se localiza en una zona privilegiada junto al mar que permite ser observador en primera fila de las salidas y puestas del sol. Pero esa belleza que parece tocar los primeros párrafos de esta novela, se va cayendo a pedazos mientras el lector va y viene entre el pasado y el presente de este pintor.

Su mural es un conjunto de experiencias del pasado, de batallas presenciadas y personas desgarradas que parecen vivir en la conciencia de Faulques. Simulando indiferencia, coloca cada línea, cada tonalidad como si nada de lo que estuviese ahí hubiese sido parte de su vida. Un hombre del pasado, alguien que lo ha buscado durante años, se encargará de provocar la reconstrucción de toda esa historia que el pintor ha dejado guardada, evitando, bajo la alfombra.

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Un día de cólera

Un día de cólera

Un día de cólera, de Arturo Pérez-Reverte

Un día de cólera

La cabra tira al monte y yo tiro a Pérez-Reverte.
Son ya muchos años leyendo y aprendiendo con su escritura. He visto su evolución en temática y en fuerza. En ritmo y en profundidad. Con una constante: escritura limpia como el agua clara. No hay frases equívocas, fallos de edición ni de redacción. Conjunción perfecta entre el autor, el revisor y el editor. Aquí no hay error. Es el castellano llevado a la perfección de las formas simples. Eso sí, dotando al argumento y a la estructura de los artificios necesarios para dar agilidad y emoción constante a sus escritos. Así escribe Pérez-Reverte, y así es Un día de cólera.Reverte lo pone todo de su parte para dotar de un ritmo frenético al relato del levantamiento del 2 de mayo de 1808, contándolo como nadie hasta la fecha lo había contado. Pero no nos equivoquemos, como bien dice en su primera página, esto no es una novela histórica. Ni es un ensayo histórico. Es Historia pura, grabada como un documental y luego transcrita por palabras.Arturo vuelve a vestirse de reportero de guerra, coge su mochila y su bloc de notas, y se traslada al Madrid de 1808. Corre de calle en calle para contarnos desde la puerta del Sol el combate que se entabla contra la escuadra de feroces mamelucos. Allí observa cómo el albañil Antonio Meléndez Álvarez rebana el cuello con su cachicuerna a Mustafá, legendario héroe de Austerliz. Y corre también como alma que lleva el diablo junto con un grupo de paisanos hacia el cerrillo del Rastro, huyendo de los coraceros que les pisan los talones con sangre en sus sables y ansia de venganza tras ver caer, cosidos a navajazos, a muchos de sus compañeros.
Existe mucha documentación de la época, conservada en forma de relatos, compendios históricos, artículos. Todo eso, junto con un profundo estudio de las tácticas y los usos militares lo mezcla Reverte para crear un relato feroz, contado casi minuto a minuto, imparcial en sus apreciaciones de uno y otro bando. Porque lo hecho, hecho está. Y lo que pasó, ya es Historia para lo bueno y para lo malo.

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