
Aquí yacen dragones, de Fernando León de Aranoa
En un momento determinado, te golpea la realidad. Suave o duramente. El caso es que te golpea. Con una caricia o con un tortazo fuera de lo común. Se muestra en un implacable momento en el que no estabas preparado para conocerla. En tus sueños o en la vigilia. Te envía al abismo de los que conocen la verdad, la verdad más absoluta, y el golpe es mucho más fuerte que la caída, porque es el que te ha llevado a esa situación. Con sutileza o con insultos. La realidad se presenta en dibujos negros y blancos, de diferentes colores, pero con tal ímpetu que es imposible salir indemne de conocer aquellos lugares que habían permanecido ocultos, casi en las sombras de los callejones que nunca frecuentamos, y que ahora viven en ti de una forma tan bruta, tan exenta de disfraces, que lo que conocías ya no es igual, ya nunca lo será, porque en el fondo tú también eres totalmente diferente.
Pequeñas píldoras de realidad, de sueños que conviven en las aceras de las calles. Encuentros con una verdad pura, dura por lo sincera, que hacen que nos planteemos que aquello que vivimos, aquello que sentimos, por fin, tiene un nombre.











