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Los hijos de Atenea, de Nicole Loraux

Los hijos de AteneaCuando le comenté a un amigo que iba a reseñar este libro, me dijo: “tú sabrás dónde te metes”. Y tenía razón, hasta cierto punto. Como otros de los libros que he reseñado aquí, este no es un ensayo para leer justo antes de dormir, cuando estamos agotados y queremos algo que nos relaje y aleje de los problemas del día (algunas lecturas geniales para ese momento aquí, aquí y aquí). No, Los hijos de Atenea, el primer ensayo publicado en los años 80 por la genial Nicole Loraux, es una lectura de mañanas, con luz, con la mente despejada, y todos los sentidos puestos en el libro.

Y a mí leer así me encanta.

Conocí la obra de Loraux a través de otro de sus libros, Las experiencias de Tiresias, también editado por Acantilado. Para que os hagáis una idea, fue un libro que cogí de la biblioteca y a los dos días tuve que devolverlo y comprarlo porque el ejemplar de la universidad estaba en serio peligro de ser anotado y subrayado hasta la muerte. ¿Por qué me gusta tanto Loraux? Porque una de las razones por las que estudié Filología Clásica fue para comprender y poder profundizar en libros como los suyos, que analizan el mito griego desde una perspectiva antropológica y política y nos ayudan a ver mucho más allá de la narración, del cuento. Los libros de Loraux, como también los de Vernant o Detienne, nos acercan al mundo antiguo, a sus relaciones sociales y de poder, sin caer en anacronismos ni prescindir de una parte tan importante de la sociedad antigua como el mito.

Y sí, Los hijos de Atenea hace exactamente eso. Este ensayo que, por cierto, ha sido traducido por la Dra. Montserrat Jufresa, quien fue profesora mía en la Universitat de Barcelona, habla de los mitos de autoctonía y fundación de Atenas y de las contradicciones que presentan y resuelven para la ciudad.

¿A quién no le suena el mito en el que Atenea y Poseidón se disputan el patronazgo de Atenas y acaban casi casi llegando a las manos? Sí, ese en el que la diosa entrega a los atenienses el olivo y Poseidón hace brotar una fuente de agua salada. Si visitáis la Acrópolis, todavía podréis ver el lugar en el que se dice que el dios clavó su tridente para hacer surgir la fuente, y también os hablaran de dónde nació el primer olivo, el regalo de Atenea. En Los hijos de Atenea, Loraux analiza este y otros mitos fundacionales para hablar de cómo funcionaba la ciudad, no en el terreno de las instituciones o de las leyes, sino en uno más profundo, en el del pensamiento y en la manera de entender el mundo de sus habitantes.

Y estos mitos le llevan a hablar de temas muy diversos. Como, por ejemplo, la relación entre los sexos y la exclusión de las mujeres como parte de la ciudadanía en Atenas. Loraux no nos descubre nada nuevo cuando nos cuenta que la ciudadana ateniense no existe, que en Atenas las palabras “ciudadano” y “mujer” son casi una contradicción, pero lo que sí que hace la autora es intentar explicarnos cómo el mito procesa y justifica esa exclusión política femenina, como las historias que cuenta un pueblo hablan de su realidad.

También habla de la contradicción entre las divinidades femeninas y la situación de la mujer en la ciudad. Por ejemplo, gracias a Mary Beard todos tenemos en mente ese fragmento de la Odisea en el que Telémaco, apenas adolescente, hace callar a Penélope, su madre, argumentando que es solo una mujer y no tiene derecho a hablar en público. Esta imagen de mujeres sin voz, más cercana a la realidad, contrasta con divinidades como Atenea, Afrodita o Hera, diosas con una mala uva equivalente a la de sus congéneres masculinos. Loraux, en Los hijos de Atenea, intenta aclararnos esta contradicción.

Habla larga y tendido también de otro mito de autoctonía ateniense, ese que cuenta que la “raza de hombres” (solo hombres) de los atenienses, surgió de la tierra. Pero entonces, se preguntará el lector, ¿de dónde salen las mujeres? Pues para resolver ese pequeño problema, el mito introduce a la “raza de las mujeres”, representada por Pandora, cuya historia también tiene mucha relación con Atenea.

Porque, por supuesto, Loraux habla, y mucho, de Atenea, diosa mujer, pero virgen, sin madre, que rechaza el matrimonio y la maternidad. Diosa que rechaza las funciones de las mujeres en la Atenas antigua, pero que mantiene el orden en la ciudad y protege el matrimonio (de las demás, claro). Diosa mujer, pero de los hombres, que acompaña a los héroes (a Ulises, por nombrar al más representativo), que protege a la polis y al ciudadano. La autora dedica capítulos a analizar esta figura y su contraste con otras, por ejemplo Ártemis, diosa también virgen, pero de las mujeres, que protege en los partos.

De estos temas y de muchos otros habla Loraux en Los hijos de Atenea. Siempre hilvanando su discurso de manera clara y eficiente, sin caer en tópicos (perdonadme en los que haya caído yo en esta reseña) y transmitiendo una pasión por la Grecia antigua y el mito que hace que leerla sea como leer una novela, algo densa, sí, pero absorbente y apasionante.

Recomiendo este libro a todos los que queráis alejaros de los topicazos de la Grecia antigua que se estudian en el instituto (que sí, que sí, por falta de tiempo) y que vemos en algunas novelas y películas (soy fan de 300 pero, por los dioses, cada vez que me cruzo con alguien que cree que Esparta era eso, me entran ganas de mandarle al abismo de una patada en… ya me entendéis). Lo recomiendo también a los que os guste la mitología y queráis verla desde una perspectiva diferente. Y a los que, cuando leéis una tragedia, siempre pensáis, pero, ¿por qué el prota hace eso? Loraux aquí, y en todos sus ensayos, intenta darnos respuesta a estas preguntas, acercar nuestro pensamiento al pensamiento antiguo. Y lo consigue.

Laura Gomara

@lauraromea

 

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