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Videorreseña: Vivir bien la vida, de J.K. Rowling

 

J.K. Rowling me enseñó a amar la lectura y ahora me ha enseñado a amar (todavía más)  mi vida.

He estado dándole vueltas a esto. Quería escoger una frase que resumiera a la perfección el libro del que vengo a hablaros, Vivir bien la vida en este nuevo vídeo que podéis encontrar en el canal. Y, sin duda, esa es la mejor frase que se me ha ocurrido; y la verdad es que no podría resumir mejor lo que este libro me ha hecho sentir.

En su interior podemos encontrar un discurso que J.K. Rowling dio años atrás en el que habla de su propia experiencia. Cuenta lo difícil que fue su vida, lo complicado que fue formar parte de su familia, lo duro que fue toparse con un maltratador por el camino, lo inagotable que era que las editoriales rechazaran una y otra vez a su pequeño Harry Potter.

Pero ella resistió. Siguió adelante, teniendo fe en sí misma y sabiendo que iba por el buen camino. Si los demás no lo veían, era culpa de ellos. Así que la tenacidad y la perseverancia empezaron a formar parte de su vida y eso la llevó exactamente al lugar donde está ahora mismo.

Os cuento todas mis impresiones de Vivir bien la vida (que para mí ya es un libro imprescindible de mesilla) en el nuevo vídeo del canal. ¡Allí te espero!

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Vivir bien la vida, de J.K. Rowling

Vivir bien la vida

Vivir bien la vida¿Cómo no iba a estar yo hoy, aquí, hablándoos del nuevo libro de J.K Rowling? ¿CÓMO? Por nada del mundo me perdería algo de lo que esta mujer tiene para ofrecerme, así que cuando supe que la editorial Salamandra iba a publicar un nuevo libro de la autora británica, tuve que hacerme con él.

Lo mío con Rowling viene de largo. Ella, en gran parte, fue la culpable de que hoy no pueda vivir sin la lectura; y eso es algo por lo que estaré agradecida eternamente.

Esta vez me encuentro con ella de nuevo, pero no en el mundo de Harry Potter, sino en su propio mundo. Me he topado con la Rowling de verdad, la persona que está detrás de todas esas historias que tanto me hicieron soñar y que hoy en día siguen emocionándome. Se ha presentado ante mí sin tapujos, sin máscaras, solo con su verdad por delante y con unos consejos que espero que jamás se me olviden.

Por si no lo sabéis, la vida de la escritora no fue nada fácil. Ella siempre quiso dedicarse a la literatura pero sus padres querían para ella algo más (¿cómo decirlo?) útil. Querían que estudiara una carrera productiva para que no pasara por las penurias que ellos habían pasado. Y ser escritora no es algo que te dé de comer así por las buenas. Luego su madre sufrió una enfermedad muy grave y, tras su muerte, Rowling se mudó a Portugal, para intentar empezar de cero. Allí conoció al que sería el padre de su hija y quien la maltrataría hasta el punto de tener que volver a Inglaterra con una mano delante y otra detrás. Y, mientras tanto, la historia de Harry volaba por su cabeza y se quedaba plasmada en papeles que luego guardaba en una caja. Un día esos papeles se juntaron y viajaron por todas las editoriales inglesas. Todas rechazaron el manuscrito. Nadie entendió absolutamente nada. Hasta que un día, una chica que trabajaba en una editorial convenció a su jefe de que tenía que leer ese libro. Ella había descubierto la esencia, eso que revolucionaría la manera en que los niños veían los libros. Y así, Rowling se convirtió en la persona que es hoy en día.

Su historia es importantísima para entender Vivir bien la vida, el libro del que vengo a hablaros, ya que en él se recoge un discurso que dio años atrás en la universidad de Harvard. Este discurso se sostiene sobre dos máximas imprescindibles: saber convertir los fracasos en éxitos y no perder jamás la imaginación.

Y, qué queréis que os diga, esta mujer, de fracasos e imaginación, sabe mucho.

Dice que el haber fracasado tanto y tan estrepitosamente fue lo que le enseñó a seguir adelante y a luchar por sus sueños. Y, en cuanto a la imaginación, dice que esta fue la que le enseñó a ponerse en el lugar de los demás, lo que le enseñó a ser empática. Y eso, la empatía, es algo de lo que siempre ha estado muy orgullosa.

Vivir bien la vida no es un libro de autoayuda, aunque pueda parecerlo. Es más bien un mensaje motivador y que contiene valores que jamás deberíamos olvidar. De un tiempo a esta parte, he aprendido a darle prioridad a lo que verdaderamente me gusta, arriesgándome y luchando por lo que de verdad quiero en esta vida, a pesar de que los demás piensen que estoy loca o que soy una ilusa. He aprendido a no escuchar lo que no quiero oír y a hacer caso a lo que realmente siento. Por eso me ha gustado mucho leer estas palabras de Rowling, como si me estuviera diciendo “sigue así, vas por el buen camino”.

Juro que cuando llegó a mi casa me dije que el libro tenía que durarme al menos tres días, para poder disfrutarlo poquito a poquito. Pero no me ha sido posible. Lo abrí y, veinte minutos después, lo cerraba con la sensación de haber invertido maravillosamente mi tiempo. Además, las ilustraciones que acompañan todo el libro (todas en color rojo, negro y blanco) hicieron que me sumergiera todavía más en el discurso.

Y, ¿cómo no iba a compartir con vosotros esta lectura, que tanto me ha gustado? ¿Cómo no os iba a decir que estoy enamorada de esta mujer, de su mente y de todo lo que tiene que compartir con nosotros? Es inexplicable. Por eso, sin más, dejo ya esta reseña con la sensación de sentir que estoy haciendo las cosas bien y que, si todavía puedo emocionarme con lo que Rowling escribe, es porque algo marcha muy bien dentro de mí.

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Un bello misterio, de Louise Penny

Hay un rasgo de las novelas de Louise Penny –y, supongo, de la propia Louise Penny– que me las hace especialmente queridas y atractivas, y es su total y absoluta ausencia de humor y, yendo más allá, la tendencia de la narradora –y, supongo, de la autora y de la persona– a hacer eso que en inglés, elocuentemente, se llama overthinking. Sobrepensar, ultraanalizar y, en suma, ejercer eso que yo denomino introspección brutal.

Del primer rasgo, la ausencia de tintes jocosos que, de un tiempo a esta parte, se han tornado una moda cada vez más mayoritaria en el género de intriga y misterio, sólo tengo que decir que disfruto de ello porque me gustan mis historias de misterio así, consideradas y contadas como las tragedias que son, no sólo porque giran en torno a una muerte violenta, sino porque la tragedia se extiende a todos los personajes comparecientes, abarcándolos e impregnándolos en mayor o menor medida; el misterio, o el crimen que está en el centro del misterio, entendido como metáfora de la gran transformación, antesala o eco terrenal de la transformación y el misterio supremos de la muerte.

Dicho rasgo es una constante en la producción de Louise Penny, y es parte de la voz de la autora, de su visión como escritora y, seguramente, de su cosmovisión; es igualmente profunda y sentenciosa no sólo cuando se refiere a la investigación del crimen propiamente dicha, sino también al narrar diálogos menos trascendentes entre el inspector jefe Armand Gamache, protagonista de sus novelas, y su inseparable e incondicional segundo al mando, Jean-Guy Beauvoir. Su estilo es profundo y grave lo mismo al describir el pensamiento de sus personajes cuando están enfrascados y absortos en la resolución del misterio como cuando refiere escenas cotidianas o domésticas de sus personajes. Es así. Esto hace que, justo al contrario de lo que sucede con muchos escritores, que usan el humor para restar seriedad a lo que se supone es un asunto serio y grave, por no decir trascendente, Louise Penny añade seriedad y trascendencia –pero también serenidad y sosiego, y una constante invitación al lector para acompañarla en el viaje a lo oculto, a lo poco visible y a lo inaprehensible que puede ocultarse en los recovecos de la realidad más banal– a la descripción de la realidad más insustancial. Una implicación de esto, a la par que consecuencia, es que nada es exactamente insustancial en los relatos de Louise Penny. Todo adquiere un significado, que puede permanecer sumido en los territorios de lo sutil o de lo vago hasta que la propia autora nos revela el sentido que ella quiso darle o ver en ello. Y esa voz y esa sensibilidad especiales hacen posible que los misterios que nos narra Louise Penny con su estilo profundo y perceptivo sean eso, misterios, no historias dramáticas pero banales, ni narraciones de intriga mediocres y sin ningún interés. Louise Penny ve algo digno de mención en todos los personajes, situaciones, momentos y objetos que cruzan sus páginas; usualmente, algo revelador desde el punto de vista psicológico.

Destacar todo esto tiene más razón de ser al hablar de Un bello misterio, incluso, que de otras novelas de la serie protagonizada por Armand Gamache, precisamente porque en esta novela se ahonda aún más en lo sutil, en lo levemente perceptible, como detalle que diferencia lo normal de lo extraordinario. Se puede entender la última palabra que pronuncia un hombre moribundo de una manera o de otra muy diferente, y en ello puede residir la clave de un misterio. Se puede ver en un objeto que nos acompaña cada día algo sin importancia o algo único en todo el mundo. Una edificación puede aparentar ser sólo un montón de ladrillos –bien que magistralmente apilados– pero en realidad ser algo mucho más trascendente que una simple obra bella. Un gesto, un fruncir de labios, una caída de párpados, puede desencadenar un drama psicológico. Y el paso del amor al odio puede ser muy pequeño; tanto, que se puede llegar a dar ese paso en cualquier momento. Y de ahí al asesinato puede mediar una distancia milimétrica. Ese juego de infinita riqueza es el que plantea Louise Penny en Un bello misterio, con mayor dedicación e intención que en cualquier otra novela anterior de Gamache. Y es que ningún escenario podría ser más propicio para la enorme capacidad de sugerencia y de penetración psicológica de Louise Penny que este monasterio perdido en lo más salvaje de Canadá, allí donde ni los lobos osan poner sus patas. Un monasterio perdido, tanto que mucha gente incluso desconoce su existencia, y también la de la orden que la habita, la misteriosa orden monacal de los gilbertinos. Una comunidad de estricta clausura y voto de silencio que se ve empujada a la crisis por causa del asesinato de uno de los hermanos. O, tal vez obviamente, quizás el asesinato es fruto de la crisis y no su desencadenante.

Armand Gamache y, sobre todo, su inseparable Jean-Guy Beauvoir se encuentran desubicados y desarraigados en ese remoto monasterio. Gamache pronto hallará un gran consuelo en los cantos gregorianos en los que los hermanos gilbertinos son maestros; pero Beauvoir, descreído, cínico y aún librando una dura batalla interior (y exterior -en este caso, contra los analgésicos a los que se hizo adicto), verá resucitar algunos fantasmas y ello hará que su papel en esta novela sea mayor de lo que nos tiene acostumbrados.

Louise Penny consigue que cada monje de Saint Gilbert tenga personalidad propia y sea perfectamente distinguible de los demás. Cada monje es un personaje completo, a despecho de la sotana que pretende igualarlos a todos. Gamache verá muy pronto que el monasterio es una pequeña sociedad formada por individuos, por personas, con sus propias idiosincrasias, opiniones –en ocasiones, muy fuertes–, comportamientos, afinidades y aversiones. Una sociedad, en este caso, profundamente afectada por conflictos internos que saldrán a la luz a lo largo de la investigación. Pero también encontrará una sociedad con miembros que tienen algo muy importante en común, algo que todos ellos aman por encima de (casi) todo: la música. Si bien es siempre imposible describir la música por medio de la literatura, por bella y entregada que ésta sea –y la de Louise Penny lo es–, la autora se esfuerza por transmitirnos, si no el sonido de la música interpretada por los monjes, al menos sí las emociones que ésta puede inspirar. La música, en Un bello misterio, no es solamente un arte, sino también un instrumento que acerca a los monjes gilbertinos –y también a muchas otras personas seglares– a la divinidad, a un estado de paz y de contemplación muy parecido al éxtasis.

Un bello misterio es destacable también por el juego entre opuestos que Louise Penny nos propone, utilizando para ello diversos pares de motivos, personajes, situaciones, sentimientos, etc., donde cada uno es el opuesto del otro. Saint Gilbert queda así retratado como un lugar donde de forma persistente se presenta a cada personaje una elección entre dos caminos contrarios, lejos de la imagen dogmática, impositiva y autoritaria que uno pueda tener de la religión institucionalizada. Los monjes de Saint Gilbert –y también Gamache, Beauvoir y cualquier otro personaje no religioso de la novela– tienen continuamente libertad para elegir entre dos opciones contrapuestas. Dios no les castigará si optan por lo erróneo,pero sin duda hallarán un castigo en cualquiera de las infinitas formas que los castigos suelen adoptar en la vida terrenal. El asesinato se nos presenta entonces como error supremo,que debe hallar su castigo, aunque éste no sea el que comúnmente podamos atribuir a este crimen.

Un bello misterio es una obra singular dentro de la serie protagonizada por Gamache, con mayor profundidad psicológica, más matices, y más riqueza y capacidad simbólica en personajes, tramas e historias.

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Alias Grace, de Margaret Atwood

Alias Grace

Alias GraceDecir que este 2017 ha sido el año de Margaret Atwood no es pecar de exagerado. El éxito de la serie de televisión The Handmaid’s Tale ha traspasado la pantalla y ha llenado de éxitos también a su libro homónimo, que se ha visto beneficiado y ya es uno de los libros del año (incluso Amazon lo cataloga como el ebook más vendido y leído del año). La autora canadiense, a sus 78 años, ha sido la gran favorita al Premio Nobel de Literatura que finalmente recayó en Kazuo Ishiguro. Reconocimientos aparte, de lo que no hay duda es que el talento de Margaret, apreciado y venerado en el mundo anglosajón, ha desembarcado fuerte en nuestro país, pues pese a ser galardonada en 2008 con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, pocos lectores (yo el primero) éramos conscientes de la magnitud de su literatura.

Ese tirón literario y televisivo se ha reforzado en los últimos meses con otra nueva adaptación televisiva de una de las novelas de Margaret, Alias Grace, cuyo estreno en Netflix coincide con la publicación en papel por parte de Salamandra, momento que he aprovechado para leer por fin algo de la escritora canadiense. Pese a compartir temáticamente el mundo de las sirvientas, en esta ocasión no estamos ante una distopía, como sí ocurre con El cuento de la criada. Alias Grace está basada en la vida de Grace Marks, una de las figuras femeninas más importantes del Siglo XIX en Canadá. Con 16 años, Grace se hace famosa al ser declarada cómplice del asesinato de su señor, Thomas Kinnear, y del ama de llaves (y amante de este) Nancy Montgomery. La sociedad de la época se divide entre los que ven en la criada un alma cándida sin maldad y los que creen que alberga el mismísimo diablo en sus entrañas. Gracias a una exhaustiva documentación y con publicaciones de la época, Margaret Atwood, escribe este viaje a la mente de una (supuesta) asesina para descubrir los motivos que la llevaron a la locura. Para eso se vale del personaje del doctor Simon Jordan, que años después de los asesinatos visita diariamente a Grace para que le cuente la historia de su vida y poder con ello desvelar la pregunta eterna que acompaña a la presa. ¿Habita la maldad dentro de Grace, o es cierto que las lagunas que tiene en su mente el día de los asesinatos la convierten en inocente?

No estamos ante un libro que engancha de primeras, ni es fácil de leer, pero sí que estamos ante un libro que enamora una vez que te sumerges en la historia. Alias Grace es un libro de ritmo lento. Una narración pausada y tranquila, la mejor manera para dejarse envolver con la prosa de Margaret, hecha para ser degustada con calma. La autora va contando poco, y lo hace de forma serena y constante, metiendo a uno en una historia contada a dos voces, la de Grace Marks y la del doctor Simon Jordan. En la novela encontramos una crítica furibunda al papel de la mujer en la época. Grace arremete contra el machismo imperante en una sociedad donde cualquier mujer lo tenía difícil, y más aún una mera criada que todavía no asomaba por la veintena. También cobra especial importancia en el relato la obsesión, como la que sufre el doctor Jordan al ir descubriendo que la verdad no tiene un único camino, y que llegar a ella puede ser tortuoso.

Mientras la ¿cándida? Grace va tejiendo parsimoniosamente su quilt, el rompecabezas que forma la novela Alias Grace empieza a coger forma. El lector no sabe si Grace cuenta la verdad o su verdad, y ese pequeño detalle es el que aprovecha Margaret Atwood para demostrar su enorme capacidad de componer una gran historia. Quizá el lector mientras disfruta de Alias Grace empiece también a obsesionarse. Puede que piense que Grace es inocente, víctima de una cruel sociedad machista. O por el contrario crea que la pose angelical de Marks no es más que eso, una simple pose. Y mientras nuestra mente se debate entre la inocencia y la culpabilidad, Atwood nos va regalando 528 páginas de alta literatura. La escritora canadiense solo es culpable de coger una historia pasada y plasmarla en el papel. El lector deberá ser el que saque sus propias conclusiones.

César Malagón @malagonc

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Animales fantásticos y dónde encontrarlos (ilustrado), de J. K. Rowling

Animales fantásticos y dónde encontrarlos (ilustrado)

Animales fantásticos y dónde encontrarlos (ilustrado)El otro día hablaba de todo un poco con una chica de once años con la que coincido mucho. Ella, con una imaginación desbordante, no paraba de hablarme de Pokémon. Me explicó todas las evoluciones nuevas y yo por un momento pensé que me estaba hablando en chino. A ver, que yo jugué a Pokémon mucho. Muchísimo. Y no hace tanto tiempo. Lo que pasa es que yo me quedé en las primeras ediciones y, claro, la vida avanza. Y parece ser que los Pokémon también. Me me quedé alucinada, porque yo jugaba a los tazos de estos personajes cuando tenía seis años. Lo que supone que han pasado de esto… diecinueve años. Y todavía sigue renovándose y renovándose y ofreciendo a nuevas generaciones lo mismo que me ofrecieron a mí cuando tenía su edad. Y entonces sonreí. Me gustó poder hablar con ella de eso y explicarle cuáles eran mis favoritos y a qué evoluciones jamás pude llegar. Y así, hablando, salió el tema de Harry Potter. Esta chica, Priscila, me dijo que ella no lo había leído. Es más, que no acostumbraba a leer porque no había encontrado nada que le llamara la atención y, sobre todo, que no le aburriera. Os podéis imaginar mi reacción. Me faltó ir a mi casa corriendo para coger toda la colección de libros que tengo y dejársela y quedarme mirándola fijamente esperando ver su reacción cuando leyera las primeras páginas.

Seré una exagerada. Puede ser. Pero para mí estos libros marcaron un antes y un después. Y poco a poco voy comprobando que la mayor parte de mi generación a la que le gusta leer hoy en día, ha conseguido esa pasión gracias a J. K. Rowling. Y eso es un logro que merece ser gritado a los cuatro vientos.

Empecé a contarle a Pris, que es como la llamamos, todo lo que yo siento cada vez que leo algo de Harry Potter y ella se me quedaba mirando sin saber qué decir. Yo le estaba hablando con la misma pasión que ella ponía hacía unos instantes al hablarme de Pokémon. Así que se convenció y me dijo que estaba dispuesta a coger Harry Potter y la piedra filosofal para darle una oportunidad. Estoy segura de que dentro de poco os podré confirmar que esta saga tiene una fan más.

Y cómo no va a salirle fans de debajo de las piedras, si hace ya casi veinte años que esta saga vio la luz y cada día se va renovando más y más. A finales del año pasado se estrenó Harry Potter y el legado maldito, libro que los fans ansiamos durante mucho tiempo. La historia continuaba, en el futuro, con los hijos de Harry como protagonista. No contenta con esto, J. K. Rowling decidió darnos más. A principios de año llegaba a las librerías Animales fantásticos y dónde encontrarlos, guion original de la película, que recogía los diálogos originales del largometraje que se había estrenado unos meses atrás. Ese pequeño libro sería la antesala para una nueva saga, protagonizada por el magizoólogo Newt Scamander y que tendría lugar bastantes años antes de que Harry naciera. Gracias a esta nueva saga podremos conocer más a fondo la vida de Dumbledore, personaje imprescindible en los libros y cuya vida promete ser interesantísima. Cuando hablo de saga aquí me estoy refiriendo a las películas, porque no sé hasta qué punto se editarán en libro ni en qué formato, si se seguirá haciendo como guiones o si J. K Rowling se animará a darnos unas novelas en condiciones teniendo como protagonista a Newt Scamander.

En esta ocasión, la autora inglesa nos ha regalado el libro del que vengo a hablar hoy, Animales fantásticos y dónde encontrarlos (ilustrado). De verdad, que las palabras se quedan cortas para describir esta maravilla. Se trata de una guía ilustrada por Olivia Lomenech Gill en la que podemos encontrar las descripciones de casi todas las criaturas mágicas que habitan en los libros de Harry Potter. Como ya viene siendo habitual, este libro está “escrito” por Newt Scamander, que decidió, a principios de los años veinte, hacer una compilación de los seres fantásticos que todo el mundo debía conocer. Y todo con un sencillo objetivo: que la comunidad mágica comprendiera a estos animales para que no les tuviera miedo sin razón, ya que hay criaturas que son extraordinarias y es una pena no conocer.

De verdad, qué libro más bonito. Las ilustraciones están cuidadas con extremo esmero, así como las notas a pie de página que hace el propio Scamander. Animales fantásticos y dónde encontrarlos (ilustrado) es muy gracioso, porque, además, se ha establecido una clasificación en la que el autor dice qué grado de peligrosidad tiene cada animal, empezando por “aburrido” y acabando con “reputación de asesinar magos/imposible de entrenar o domesticar”. No me digáis que no es una idea genial.

Estoy deseando terminar esta reseña para poder colocar ya esta maravilla junto con toda la colección de libros que tengo de Harry Potter. No os engaño cuando digo que tengo una balda de mi librería dedicada única y exclusivamente a él —incluso está decorada con cervezas de mantequilla y un horrocrux—. Lo voy a dejar ahí esperando a Pris. Estoy segura de que se leerá la saga en nada y me pedirá más y más. Así que será un placer presentarle al extraordinario Newt Scamander como hoy estoy haciendo con vosotros.

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Toda una vida, de Robert Seethaler

Toda una vida

Toda una vida¿Cabe una vida entera en ciento cuarenta páginas? La de Andreas Egger sí, al menos tal y como la escribe Robert Seethaler. ¿Cabe una vida interesante? Por supuesto. Y cabe una buenísima novela que, de puro simple, es casi revolucionaria.
Toda una vida desovilla la existencia de Egger, una madeja del tamaño de un puño que transcurre entre las primeras y las últimas décadas del siglo XX, casi siempre con el mismo decorado de fondo: el valle recóndito de los Alpes donde crece y termina muriendo. Andreas llega a él tras perder a su madre y quedar al cargo del granjero Kranzstocker, quien lo convierte en un mulo de carga y lo castiga con frecuencia, hasta el punto de dejarlo cojo tras una de sus palizas. El abandono, el maltrato y la cojera no impedirán que más adelante recorra los valles cercanos enrolado en la compañía que construye el teleférico, ni que años después sea llamado a filas durante la Segunda Guerra Mundial. Pero sí marcarán el carácter de Andreas, convertido en un adulto sobrio, reservado y tranquilo que encuentra menos consuelo en sus semejantes que en la belleza casi dolorosa de la montaña, incluso cuando la propia naturaleza le arrebate su bien más preciado.
En la narración, Egger, casi analfabeto y poco dado a la verborrea, es suplantado por un narrador omnisciente. Elegante, profunda pero no rebuscada, la prosa de Robert Seethaler dota de sentido a un personaje que, como cantaba Nacho Vegas, no tiene mayor plan que sobrevivir. Porque mientras las cosas mutan alrededor según avanzan las páginas de la novela, Andreas permanece, siempre en primer plano, casi inalterable.
Desde el punto de vista formal, Toda una vida no contiene ningún secreto. Unos pocos flashbacks y un puñado de diálogos salpican sus líneas casi sin lograr desviar la narración cronológica de la existencia del protagonista. No hay tramas secundarias, apenas existen perfiles aparte del de Andreas y el de Marie, su gran amor, y para colmo se puede afirmar que el protagonista no cambia, no evoluciona, no parece ir a hacer nada distinto al final de la novela que lo que habríamos pensado al principio, nada más conocerlo.
Sin embargo hay algo en esta obra que impulsa a no abandonar su lectura, que imanta y reconforta, que hace que cuando se cierra la última página nos quede la sensación de vacío que solo dejan las buenas historias. Así que tiren a la papelera todas las enseñanzas de sus talleres de escritura creativa, olviden a los críticos y a los maestros. Muchas de las cosas que todos hemos dicho que hacen falta para construir una gran novela aquí, simplemente, no están. Y no se echan en falta. La lectura pausada pero constante de la prosa de Seethaler, dulce pero no empalagosa, tierna sin caer en sentimentalismos, nos devuelve un placer familiar, a veces perdido. La tranquilidad de un par de horas de silencio después de una semana envuelta en ruidos, el sonido amortiguado de nuestros propios pasos en la madrugada, después de consumar el asesinato de la electricidad. La sensación que debió de tener el ficticio Andreas en cualquiera de sus amaneceres en el valle.
En resumen, Toda una vida es un libro elegante al que regresar cada invierno, un descubrimiento inesperado y delicioso que no debería quedar sepultado bajo el alud de la próxima remesa de novedades.

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Años de sequía, de Jane Harper

Al empezar a leer Años de sequía (que, por cortesía de Salamandra, he tenido el privilegio de tener entre mis manos antes de su publicación, en forma de galeradas), decidí aprovechar la circunstancia del total anonimato que proporcionaban su encuadernación no definitiva y el hecho de tratarse de una autora novel, para hacer algo que normalmente no puedo evitar hacer, que es leer todo lo que puedo acerca del libro, el autor, opiniones al respecto, etc. Cierto, es una oportunidad que hasta hace muy poco era impensable a la escala actual –como mucho, se podía consultar alguna reseña publicada en prensa o confiar en opiniones de conocidos y amigos que hubieran leído el libro antes–, pero que, para qué negarlo, en muchas ocasiones estropea parte del gozo de ir descubriendo el misterio de un libro. La información, pasado cierto punto, es contraproducente y roba la inocencia que se necesita para gozar plenamente de cualquier cosa. Así pues, Años de sequía ha sido un total descubrimiento, y desde estas líneas invito a los amables lectores a elegir esta novela.

En realidad, Años de sequía es una novela sencilla y bien escrita, algo que no es tan habitual encontrar y que debe de ser muy poco fácil de producir. Es el debut de la autora australiana Jane Harper, pero no parece una primera novela, y lo digo en un sentido elogioso, porque no cae en el defecto, muy común entre autores noveles, de querer mostrar todo lo que uno sabe, y de querer condensar en una novela todas las novelas e historias que uno lleva dentro. Jane Harper se ha limitado a escribir una historia de crímenes y de misterio, la cual, a su vez, se desdobla en dos historias, dos sucesos de la vida de unos mismos personajes en dos etapas distintas de sus vidas ­­­–adolescencia y edad adulta–, pero que comparten muchas características: el misterio, la pérdida, la tragedia, la sensación de culpa, el impulso de huida y el contrario a éste, el impulso de enfrentarse a la realidad, por luctuosa y terrible que sea, y de tratar de encontrar respuestas que no podrán cambiar lo que ha pasado, pero sí, quizá, encontrar a los culpables y castigarlos, restituir el orden allí donde ha brotado el caos, y proporcionar algo de consuelo a quienes sufren. Por todos estos estados emocionales y estos retos pasan los protagonistas de Años de sequía, Aaron Falk, principalmente, y un par de amigos y aliados que encontrará en su camino, algunos de ellos amistades del pasado del que huye, y otros, nuevos amigos en los que deberá aprender a confiar.

A través del periplo de Falk, el protagonista, y su enfrentamiento al mal y al crimen, Jane Harper nos muestra también una historia a la cual aquélla está superpuesta, y que es tan interesante, si no más, puesto que, si bien muy pocos debemos encarar crímenes y violencia desatada, en cambio todos hemos de encararnos a nuestros fantasmas, sean cuales sean. En el caso de Falk, vemos a un hombre que huyó del pequeño pueblo donde nació, un enclave física y socialmente cerrado, muy lejos de las grandes ciudades y donde todavía imperan leyes que nada tienen que ver con lo convencional, lo establecido y las autoridades oficiales, y al que ahora debe regresar, y donde el mismo odio reconcentrado y sañudo que lo hizo huir no sólo no se ha disipado, sino que lo ha estado esperando.  Un odio alimentado por prejuicios, mentiras, creencias ciegas que se adoptan porque llegan de boca de vecinos y conocidos y porque uno intuye que es mejor estar del lado de los fuertes y de los numerosos, aunque no tengan razón. Falk se verá  amenazado por las fuerzas de un mal imparable y brutal, pero también, quizá de forma más aterradora, por un tipo de mal más sutil, menos físico, pero más difícil de combatir porque contra él nada pueden hacer la lógica, la deducción, las pruebas y los testimonios fidedignos: el mal sustentado y alimentado por la mentira, la arbitrariedad y la ley del más fuerte.

A Jane Harper no le ha temblado el pulso a la hora de dibujarnos con heladora fidelidad un cuadro antropológico, social y simbólico donde la fuerza arrasadora de la sequía histórica que asola Australia es reflejo fiel de los códigos férreos, agostadores, irrompibles y recalcitrantes que regulan la vida y las relaciones de las comunidades humanas completamente cerradas al exterior. Pero, precisamente por la cerrazón y la hostilidad del lugar y de la sociedad donde se desenvuelve, destaca más aún el coraje de Aaron Falk y su infatigable búsqueda de la verdad, que, por dolorosa que sea, siempre demuestra ser el único antídoto contra el mal.

Años de sequía es una novela en la cual se entrelazan en perfecta simbiosis anécdota y simbología, configurando una obra que es a la par una lectura muy entretenida, de ritmo impecable y recursos narrativos muy bien usados –destaca el uso narrativo del flashback, que, lejos de ser un guiño caprichoso de la autora, forma parte del andamiaje de la trama y del desvelamiento gradual de la verdad, o verdades, presentes y pasadas– y un alegato en contra de la sinrazón, los prejuicios y las creencias infundadas, y a favor de la posibilidad de los nuevos comienzos y de la capacidad del ser humano de reinventarse a sí mismo.

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El juego de la luz, de Louise Penny

El juego de la luzEl juego de la luz es la séptima novela de la serie protagonizada por Armand Gamache, el inspector jefe de la Sûreté de Quebec, y por los pintorescos personajes que pueblan el idílico microcosmos de Three Pines, esa pequeña localidad que viene a ser la representación y condensación de todos los prodigios paisajísticos, naturales y antropológicos que la imaginería contemporánea atribuye a Canadá. En realidad, a mí me parece más bien un trasunto literario de Cicely, aquella localidad de los prodigios donde todo era posible, desde lo humano a lo divino, pasando por lo mágico; todo, incluso descubrirse, conocerse y amarse a uno mismo. Las aventuras de Gamache y del pequeño universo de Three Pines no son tan bienhumoradas, desde luego, pero algo de ese misticismo muy humano hay también aquí; en realidad, ¿de qué otra cosa trata una novela, cualquiera que ésta sea, si no de la lucha del hombre por reconciliarse consigo mismo y con la vida? Presidiendo este proceso de transformación interna está una maga de la literatura, Louise Penny, que, al igual que unos pocos escritores más, nos demuestra que un literato de verdad puede permitirse cultivar cualquier género, hasta los más menospreciados y considerados de menor categoría, porque el resultado no será una novela de género, sino una novela a secas.

Louise Penny es una escritora singular. Me recuerda mucho a otra autora que estoy releyendo estos días, P.D. James. Ambas son como las dos caras de una moneda: totalmente opuestas en su visión de la vida y de las personas, pero siamesas en estilo, preocupaciones, cuidado por el detalle, inteligencia y sensibilidad. Donde P.D. James veía motivos para la desesperanza, Louise Penny ve motivos para la compasión y el perdón, para las segundas oportunidades. James no daba tregua a sus personajes y no sólo los retrataba cruelmente, sino que cercenaba poco a poco todas sus posibilidades de triunfar en la vida, contagiándonos gradualmente a los lectores ese sentir tan desilusionado y misantrópico. Penny, por el contrario, quiere ostensiblemente a sus creaciones, incluso a aquellas más carentes de valores y cualidades positivas que las hagan entrañables a ojos de los demás, ni que decir tiene que a los del lector, que no suele ser juez misericorde con aquello que lee. En el caso de El juego de la luz, hay muchos personajes que necesitan esa compasión, pues la historia que en la novela se nos narra es una historia de pecados, de rencores, de odios enconados, de asesinato. Pero también es una historia de perdón, de cómo es posible perdonarse a uno mismo y a aquellos que nos han hecho daño hasta el punto de trastocar el curso de nuestra vida, de decidir nuestro destino o de diezmar nuestra confianza y nuestra capacidad de amar a los demás y a nosotros mismos.

Por estas páginas veremos pasar personajes -muchos de ellos viejos conocidos, si hemos leído anteriores entregas de la saga de Gamache: el matrimonio Morrow, unido y separado por el arte; Olivier y Gabi, regentando el bistrot donde se reúnen los vecinos y amigos de Three Pines; la genial y malhumorada poeta Ruth; Myrna, la psicóloga urbanita reconvertida en librera rural; y también la familia y compañeros de trabajo de Gamache, con especial protagonismo para su segundo y hombre de confianza, Jean-Guy Beauvoir-, una investigación que llevará a Gamache y su tropa desde Three Pines hasta la ciudad, desde el jardín de Clara Morrow hasta galerías de arte y reuniones semisecretas; también veremos y observaremos los estragos que causan los traumas, los sentimientos reprimidos, la impotencia, el no saber; y comprobaremos una vez más, como ya sabíamos, que el perdón no equivale al olvido, ni viceversa, y que el pasado tiene una sombra muy alargada. El crimen que origina el misterio que Gamache habrá de resolver -ha aparecido un cadáver en el jardín de los Morrow justo en el día en que Clara celebra su puesta de largo como pintora, algo que, por otra parte, ya le tiene revuelto el hogar, ya que su marido, también pintor, se sabe secretamente no tan bueno como ella; he ahí otro caso que se desarrolla en la novela, aunque nuestro buen policía no tiene parte en él- saca a la palestra una serie de emociones, recuerdos y verdades que han permanecido relegados a un rincón, pero no olvidados, y que ahora desvelan ser como una telaraña que une a los personajes unos con otros en relaciones que no son complicadas, es más, son muy sencillas, pero han permanecido ocultas durante mucho tiempo, con el resultado de una persona muerta violentamente.

Louise Penny transmite serenidad tanto en sus fotos como en las reflexiones y sucesos cotidianos que comparte con sus seguidores en sus redes sociales; y esa misma serenidad preside su obra, muy especialmente ésta. El juego de la luz nos presenta un misterio de menor vuelo que aquella magnífica obra titulada Una revelación brutal; pero es un misterio con elementos con los que es más fácil que el lector se identifique. Puede decirse que es seguro que se identificará, porque es una materia completamente terrenal. Todo el mundo sabe de primera mano lo que es la enemistad, la traición, la ruptura de la confianza en otro, sentirse víctima cuando se ha sido, en efecto, inequívocamente víctima de otro. El odio que inflama los corazones agraviados en El juego de la luz es tan grande, que se diría que la autora guarda un recelo reverencial a desvelar su verdad. Porque es un odio muy humano, muy comprensible. El odio puede generarnos rechazo, y sin embargo hay un tipo de odio que cualquier persona ha sentido probablemente al menos una vez en toda su vida.

Y hay numerosos conflictos de menor gravedad que se nos describen con una sensibilidad de poeta. El más llamativo de ellos es el shock que sacude el matrimonio, por lo demás modélico, de los Morrow. Y su origen es perfectamente común: los celos de Peter hacia su mujer, Clara, que se ha revelado como una artista sublime. La intriga por saber si esos celos son más fuertes que el amor de la pareja no es nada desdeñable, y ello se debe enteramente a que la pluma de Louise Penny sabe con exactitud cómo dibujar las escenas de los pequeños enfrentamientos, los gestos inhabituales que delatan un sentimiento inconfesable, los desencuentros entre dos personas que han compartido toda una vida y que ahora se ven como extraños. Una materia prima tan común se convierte en oro de la mano de Louise Penny.

Como en el resto de novelas que conforman la serie de Gamache, el lugar adquiere una importancia crucial. El microcosmos de Three Pines es a la vez santuario y pequeño infierno; es ambas cosas de forma no alternativa, sino simultánea; es retiro dorado y es agujero demencial; es paraíso y es averno. Las fuerzas purificadoras de la naturaleza y la energía regeneradora de la amistad verdadera, la buena vecindad y el compañerismo aparecen en pugna una vez más.

El juego de la luz es una novela altamente recomendable tanto para lectores que busquen entretenimiento y suspense veraniegos como para aquellos que estén dispuestos a sumergirse a mayor profundidad.

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Si decido quedarme, de Gayle Forman

Si decido quedarme

Si decido quedarmeMia pensaba que el chelo era un instrumento solitario. Pensaba que la vida que había elegido era el motivo irremediable de que se apartara de toda la gente de su edad. Sus padres habían demostrado siempre ser unos rockeros de pura cepa. Su hermano adoraba a Iggy Pop. Y ella solo era capaz de escuchar a Beethoven o a Schubert. Era como la oveja negra de la familia, pero al revés. Aunque al fin y al cabo, el resultado es el mismo: no encajaba. Ni en su familia, ni en su clase, ni siquiera en su generación.

Un día, Mia conoció a Adam, un chico que iba a su instituto y que a su corta edad ya sabía lo que era ser una estrella del rock. Y él se fijó en ella. No podía apartar la mirada cuando pasaba por delante del aula de música y la veía ensayando con el chelo. Esa forma de sujetar el arco, esa manera de cerrar los ojos mientras sentía la música, esa pasión y a la vez delicadeza que emanaba de cada movimiento.

La vida son momentos. Hoy te estás preocupando porque a ti te gusta la música clásica y a tus padres el género rock. O estás tan pendiente de recibir una carta de un conservatorio donde hiciste una audición y que podría cambiar tu vida que se te olvida hasta desayunar. Y mañana, estás tirada en la cuneta de una carretera, mientras tus padres y tu hermano agonizan a tu lado.

Si decido quedarme es el mejor título que le han podido dar a esta novela. En ella, Mia, después de sufrir un gravísimo accidente de coche junto con su familia, se debate entre la vida y la muerte. Su vida pende de un hilo y la única que puede hacer algo para quedarse en este mundo es ella.

Gayle Forman nos trae una novela corta de la que muchos ya habíamos oído hablar. Personalmente la conocí cuando vi el trailer de la película protagonizada por Cloe Moretz. Por supuesto, solo fui capaz de ver la película una vez leído el libro, así que ha estado en mi lista de pendientes durante una buena temporada. Me pondría a hacer una comparativa entre el largometraje y la historia original, pero esto se me acabaría yendo de las manos, así que seguiré centrándome en lo que me tengo que centrar.

Si decido quedarme es un libro que te hace recapitular. Es decir, Mia tiene una vida normal, con sus preocupaciones y sus alegrías. Como cualquier adolescente. Va a clase, tiene una pasión, una mejor amiga, una familia envidiable y un novio que la adora. Y, de repente, todo se acaba. La vida que había llegado a conocer, desaparece. Sus sueños, ilusiones, esperanzas… ya no valen para nada. Su vida depende literalmente de sus ganas de vivir, pero ¿qué pasa si estas ya no existen? ¿no sería mejor dejarlo todo y descansar en paz?

Por lo que he visto en las redes sociales, este libro ha atrapado sobre todo a la gente joven. Gente que se ve reflejada en Mia, que se identifica con la historia y que sabe que una cosa así nos puede pasar a cualquier en cualquier momento. Ese jugar con la muerte y la vida que nos ofrece Gayle Forman, hace que hasta los más enemigos de la filosofía se pregunten qué sentido tiene la vida o qué pasa si uno ya no quiere vivir en el mundo que le ha tocado.

 Es una novela que se lee en un suspiro y que te deja un sabor de boca más agrio que dulce. Porque es una historia que nadie jamás querría vivir en su propia piel. Pero realmente es agria por esa misma razón: porque aunque nadie quisiera ser la protagonista de ella, todos sabemos que esto puede pasar perfectamente. Puede que hoy esté aquí, tirada en el sofá de mi habitación, escribiendo esta reseña y pensando en el libro que voy a abrir en cuanto termine y puede que mañana esté en una camilla debatiéndome entre la vida y la muerte. Así que no, no voy a hacer como Mia. No me voy a autocompadecer, no voy a pensar que mi vida es una desgracia aunque sea perfecta, no voy a darle más importancia a las cosas de la que se merecen. Y sobre todo, voy a disfrutar en cada momento de lo que hago.

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El cuento de la criada, de Margaret Atwood

El cuento de la criada

El cuento de la criada“Espero. Me compongo. Mi persona es una cosa que debo componer, como se compone una frase. Debo presentar algo que ha sido hecho, no que ha nacido.”

Pág. 106

Leí este libro hace años, de la biblioteca, y llevo queriéndolo comprar desde entonces. Quería tener mi ejemplar para marcarlo, subrayarlo, poder comentar al margen… esas cosas que teóricamente no se puede hacer con los libros, pero que yo siempre hago con los que me gustan mucho. Pero no podía comprarlo porque estaba descatalogado y, por internet, llegaron a pedir casi 200 euros por un ejemplar. Una locura.

Por eso me parece una suerte que Salamandra reedite El cuento de la criada, una novela que la inmensa Margaret Atwood escribió tras un viaje al otro lado del telón de acero en los años ochenta. Sí, ochenta. Y os estaréis preguntando, ¿por qué la reeditan ahora? Y, sobre todo, ¿qué tiene que decirnos una novela de los ochenta?

La primera pregunta es fácil de responder. El año pasado HBO anunció que esta primavera emitiría una serie basada en la novela de Atwood. Así que, para qué negarlo, es un buen momento para recuperar El cuento de la criada porque muchas de las personas que vean la serie querrán recurrir al texto original.

Pero, aparte de por la serie, ¿por qué va a interesarnos precisamente ahora? La misma autora responde a esta pregunta en el prólogo que acompaña a la nueva edición. El cuento de la criada es rabiosamente actual. Cada vez más gente le pregunta si la novela es una predicción. Y Atwood responde que no, porque predecir el futuro no es posible, pero que sí que, cuando la escribió, había una intención de antipredicción en ella, es decir, de evitar un futuro como el que vive Defred, la protagonista de la novela.

Y tiene razón. A diferencia de otras obras de ciencia ficción, El cuento de la criada ha envejecido my bien y es incluso más verosímil hoy en día que en 1984, cuando fue escrita. Recuerdo que la primera vez que la leí, hará un par de años, busqué la fecha de publicación y me sorprendí porque estaba leyendo sobre cosas que están pasando ahora en EEUU, sobre cosas que podrían pasar en un texto escrito hace más de treinta años. En ese sentido, parece que Atwood haya viajado al año 2017 para ver algunos detalles, algunas tendencias, que explota en la novela.

Precisamente creo que es esa verosimilitud lo que hace que sea una de las novelas más aterradoras que he leído. Porque la autora logra crear la sensación de que te habla directamente a ti, durante la lectura de la novela tú eres Defred, o podrías serlo.

Recuerdo la primera vez que viví ese grado de identificación en una historia de terror. Tenía unos siete años y vi la primera adaptación de It, la novela de Stephen King. Yo estaba acostumbrada a ver películas de miedo, no me afectaban para nada (era fan de Expediente X) pero It me destrozó y pasé meses con pesadillas. Cuando mi madre me preguntaba por qué, siempre le daba una explicación muy clara: se come a los niños, solo a los niños. Y yo era una niña.

Esa misma sensación he tenido con Defred. Ella es una mujer que por edad, condición, etc. podría ser yo, que ha tenido un pasado como se augura mi futuro. Y todo se rompe de una manera tan brutal y al mismo tiempo tan contenida, tan, una vez más, verosímil, que produce terror. Junto a esa capacidad de identificación están la sensación de aislamiento, de paranoia, el miedo al otro, a hacer cualquier movimiento que Atwood crea con maestría y mantiene durante toda la novela. Por otro lado, no tiene la necesidad de recurrir a la violencia explícita para hacerte ver el horror. El clímax de la novela es mucho menos violento que cinco minutos de Juego de tronos, pero logra hacerte sentir más incómodo y angustiado de todas las temporadas de Walking Dead juntas. Y, para mí, es en esa contención del terror, en la capacidad de hacer que el gesto más nimio te haga temer por la protagonista sin perder ni un segundo el sentido de la realidad, donde se encuentra la genialidad de El cuento de la criada.

Para todos los que os asustéis con las novelas largas o “complicadas”, quiero deciros que Atwood tiene el don de crear metáforas impresionantes con lenguaje muy sencillo y que, pese a ser una historia asfixiante, se lee casi de un tirón. Me guardo en la manga los spoilers (no todo es lo que parece y la historia da unos vuelcos que madre mía), las referencias literarias (a Orwell, a Bradbury, a Le Guin…) que los fans del género veréis sin duda, mis especulaciones sobre el título y muchas de las sensaciones que me provoca esta novela. Leedla, lleváosla a la playa, a la piscina, comentadla porque es un texto actual e incómodo que se presta a compartir y debatir con los demás.

Y una última recomendación. Si leéis la nueva edición de Salamandra, dejaos el prólogo de Atwood para el final. Hacedme caso, primero leed la novela, porque la autora no se quita de hacer spoilers y, aunque, como no, la perdonemos, revienta hasta el último punto de giro de la trama.

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Sol de mayo, de Antonio Manzini

Sol de mayoDisfruté como cualquiera de la trilogía de Stieg Larsson, de las interminables cuitas doméstico-criminales de las novelas de Camilla Läckberg, de las novelas-protesta de aquel dúo seminal que formaron Maj Sjöwall y Per Wahlöo y, sobre todo, de la mala leche y el espíritu destroyer de mi favorito, el señor de los señores de las letras criminales escandinavas, Leif GW Persson. Dicho esto, todo tiene un límite, hasta el gusto por algo que nos agrada sobremanera; en este caso, por la novela policíaca del norte de Europa. Ya son años desde que llegaron los primeros aires de esa moda, y la saturación de lectores y editoriales no es algo nuevo. Venía haciendo falta un cambio de clima y de ambiente, un nuevo estilo de hacer las cosas. Y, cuando se busca algo nuevo, lo mejor –pues, en efecto, todo está inventado, y desde hace mucho- es recuperar lo antiguo. En este caso, el thriller de factura mediterránea, alejado de la melancolía y del trauma escandinavo, aún no superado (eso dicen los que saben), del magnicidio de Olof Palme, que (vuelven a decir) es el verdadero origen de tamaña marea de títulos de género negro.

Volviendo los ojos a países cercanos y amigos, como Italia, nos encontramos con una nueva primavera de autores, algunos de los cuales no son precisamente unos recién llegados (véase al maestro Camilleri, superadas ya las noventa primaveras y con muchas cosas que decir y ganas de decirlas todavía) y que tienen soltura y desparpajo más que suficientes para atraer a los lectores sedientos de cosas nuevas (o cosas viejas con un barniz nuevo). Entre los autores jóvenes destaca, entre otros, Antonio Manzini, cuya novela Sol de mayo es la primera que leo de él, pero que seguro no será la última, a juzgar por la buena impresión que me ha dejado. El protagonista y enorme hallazgo de sus novelas es el subinspector Rocco Schiavone, un auténtico cascarrabias, faltón e iracundo, aunque en el fondo muy justiciero, ahora establecido en Aosta, pero todavía con muchas conexiones en Roma y una relación de amor-odio con su ciudad. En muchos momentos, me parecía estar leyendo las andanzas de un doppelgänger territorialmente cercano de Salvo Montalbano, quizás algo más amargado que aquél (motivos no le faltan), más asilvestrado, más ambiguo en su definición hacia la ley, la justicia y la misión de hacer el bien, pero igualmente capaz de medirse con el criminal más desalmado sin ningún tipo de temor ni reparo.

Rocco Schiavone es un personaje curioso. Me parece interesante y original, para variar, su desmarque del tópico de policía protagonista presa de la depresión clínica y crónica y sin deseo alguno de salir de ella. Schiavone también se deprime, pasa por baches (bien profundos, al parecer, por lo que vemos al principio de Sol de mayo), pero ello no le impide pasar a la acción y comprometerse una vez más con su placa y su misión para con la sociedad, a pesar de que sea ésta una sociedad que, al menos en cierta medida, no se merece ese compromiso. Schiavone es un tipo encallecido pero con un fondo tierno que todavía sufre por la corrupción y el desencanto de la sociedad en la que vive, a la que juzga incorregible pero por la cual, pese a todo, sigue luchando, aportando su granito de arena para seguir desfaciendo entuertos. En otras palabras: se trata de un héroe (o antihéroe, como prefieran) cuyo estado de ánimo no contamina su visión, ni tampoco las páginas de toda la novela, sino que actúa como revulsivo para sacarse a sí mismo de su postración y darse un buen chute del antídoto que mejor conoce: su indignación vocinglera por todo aquello –y es mucho- que marcha mal o que simplemente le supone, en sus propias palabras, una “tocada de cojones” (sí, es así de malhablado).

El personaje de Schiavone es uno de los mejores alegatos a favor de Sol de mayo. Pero hay más razones para elegir esta novela. Por ejemplo, la trama criminal, que nos pondrá ante un auténtico desfile de bestias, pero también, a ratos, con personajes verdaderamente nobles y sorprendentes en su nobleza, por ser ésta aparentemente carente de motivo; la historia secundaria, también de tipo policíaco, y que contiene a su vez una historia de amor y otra triste historia de auténtico fracaso existencial; y, sobre todo, los pasajes humorísticos, ora de tipo satírico, ora de puro sarcasmo algo acrimonioso, ora llenos de ternura y humor más o menos inocente; todo lo inocente que puede ser un humor ambientado en una comisaría que ha de lidiar con mafiosos irredentos que compran su salida temprana de la cárcel, ladrones de alto standing y asesinos que venden su mano de obra al mejor postor.

Sol de mayo es la cuarta entrega de las aventuras protagonizadas por Rocco Schiavone, un personaje que, como suele ser habitual en este tipo de sagas, nos va desvelando su propio pasado y compartiendo con los lectores su propios quebraderos de cabeza, derivados de su común condición humana, lo cual constituye otro gancho más para esperar con curiosidad la siguiente entrega.

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Ese mundo desaparecido, de Dennis Lehane

Ese mundo desaparecido_135X220No soy fan de Dennis Lehane; en eso, como en muchas otras cosas, me diferencio de Stephen King, que recomienda calurosamente todas y cada una de las novelas de Lehane; al menos, así lo aseguran las campañas de lanzamiento de cada nueva obra del de Boston. Hubo una novela de la cual el de Maine aseguraba que le había ayudado a salir del pozo de la depresión, o algo así. Para decir eso de una novela y de un escritor, tienen que significar mucho y ser muy queridos para uno, eso está claro.

En mí, la primera obra que leí de Lehane tuvo un efecto muy diferente: me indignó. No lo bastante para abjurar para siempre de un autor tan laureado, pero sí para enfadarme con él. No podía creerme que una novela por lo demás tan bien tejida, tan emocionante, tan interesante psicológicamente, acabara tan en falso, de una forma tan cruel, tan gratuita, tan estúpida, tan miserable. Sin embargo, le di más oportunidades a Lehane y leí dos o tres más de él. No me parecieron maravillosas novelas, ni inolvidables por ningún motivo, ni siquiera por un desenlace tan profundamente fallido, tan inmoral, tan poco humano como el de aquella primera novela que leí. Me parecieron lecturas entretenidas, eso sí; quizás seguía disgustándome un poco la afición –o la facilidad, no lo sé- del autor por la crueldad, y digo crueldad por parte de sus personajes y crueldad hacia sus personajes (quizá sea la misma cosa, si es que hablamos de novelistas); pero seguramente ése sea problema mío como lectora, no de él como autor, ya que, diré que lamentablemente, las novedades editoriales abundan en temas y escenas escabrosos.

Ahora, he aprovechado la oportunidad de leer Ese mundo desaparecido, y debo decir que esta novela sí me ha parecido lo que las anteriores no. En efecto, es una novela perfectamente armada, muy bien escrita, entendiendo por escribir no sólo la plasmación y composición de frases que conforman una historia, sino la buena dosificación de información; los giros argumentales bien medidos y administrados y colocados con admirable tino y sentido de la oportunidad; la maravillosa alternancia de historias, subhistorias, puntos de vista, ambientes y humores; y, sobre todo, la magia que hace que algunos personajes e historias no sólo parezcan, sino sean de verdad reales y otros, tan bien o incluso mejor escritos, no. Es la misma magia que desprende la pluma del rendido admirador de Lehane, Stephen King, aunque no sea el escritor con mayor sentido de la poesía ni el de vocabulario más extenso ni el de variaciones argumentales más ricas y sorprendentes. Sencillamente, esta vez sí, esta vez Dennis Lehane me ha atrapado, y no he podido abandonar la lectura hasta saber cómo terminaba el libro.

Y no es que lo ignorara cuando empecé a leer. Porque ésa es otra de las virtudes de escritor que deja bien patente Dennis Lehane en Ese mundo desaparecido: sabe marcar el tono. Hay autores que lo saben hacer muy bien. Al leer las dos primeras páginas, uno piensa: ya sé cómo va a terminar el libro. Lo sabe, porque Lehane se lo hace saber en los primeros compases. Ya: estamos a punto de leer una auténtica tragedia griega ambientada en el mundo del hampa de alto standing de los años 40 en EEUU. Y sabemos cómo va a acabar, casi con exactitud. Nada de ello va en detrimento del interés que suscita la historia, más bien al contrario: precisamente porque sabemos cómo va a terminar este sórdido asunto, queremos seguir leyendo, para ver cómo se van confirmando una a una nuestras sospechas, y porque, a veces, no hay espectáculo más hermoso que ver al gran héroe griego cumplir su pathos. Es quizá por ello por lo que puedo arriesgarme a decir que, seguramente, esta novela no es en absoluto inferior a sus dos predecesoras en la trilogía: Cualquier otro día y Vivir de noche.

Ese aire trágico que permea toda la novela es un enorme valor añadido y forma parte de su poder de atracción. Lo embellece todo, hasta las acciones más retorcidas, mezquinas, arrastradas e indignas de los personajes que pueblan Ese mundo desaparecido. Son, y ellos lo saben, dioses con pies de barro que han erigido su imperio subiéndose a lomos de cientos de cadáveres de hombres, mujeres y niños asesinados en nombre de la codicia y del afán de poder; son menos que hombres, son seres infrahumanos capaces de cualquier cosa con tal de retener un día más el control sobre sus pequeños territorios, cerrados a sangre y fuego en torno a sus tronos de corruptos reyezuelos. Hombres que sólo viven para sí mismos y para la alimentación de sus inflados egos y que llaman a lo que ellos hacen heroísmo, vivir al margen de la ley, tener honor, respetar a la familia y ser leales hasta la muerte; pero que, llegado el momento de la verdad, son capaces de vender a sus mejores amigos, a aquellos a quienes llaman hermanos y con quienes antaño forjaron pactos de sangre.

Dennis Lehane dibuja el mundo del hampa de los años 40 como lo que fue, un auténtico baño de sangre, un juego de tronos en el que todo el mundo acabó perdiendo, empezando por los más débiles. Un mundo de hombres que mataban a sangre fría y morían llamando a gritos a su madre e imploraban un segundo más de vida al congénere que les estaba apuntando con su arma. Un mundo de muerte y pérdida, pero eso sí, revestido de hermosas palabras: orgullo, honor, linaje, familia, lealtad, hombría, coraje. Todo mentira, como nos lo demuestra el protagonista, Joe Coughlin, antaño rey de la mafia de Florida y actualmente duque de la misma y mano derecha del jefe de los jefes, Dion Bartolo, y bien conectado con todo el mundo; un tipo listísimo, capaz de hacer ganar dinero a espuertas a todo aquel que estaba colocado justo por encima, de modo que a todo el mundo le conviene que siga vivo y bien de salud. O eso cree Joe, hasta que llega a sus oídos que alguien planea matarlo el Miércoles de Ceniza. Porque, eso sí, todos los gángsters de esta novela, o casi todos, son hombres de fiesta de guardar, misa de domingos y cruz de ceniza en la frente.

La galería de personajes de este cuento de corrupción sin límites es maravillosa. Cada personaje tiene su propia historia,  que no hace falta oír desde el principio para saber de qué trata; la magia de Dennis Lehane hace posible ese conocimiento por ósmosis. Vemos a los personajes, sabemos de qué son capaces y podemos predecir sus siguientes pasos, porque el autor nos los da a conocer perfectamente, porque nos expone sus almas corrompidas y grises y con eso nos basta. Y el personaje más asombroso y más atrapante de todos es el propio Joe Coughlin, el príncipe de los gángsters venido a menos, un hombre que ha sido responsable de la muerte de muchos otros, incluso de niños, y que tiembla de miedo ante la posibilidad increíble de morir antes de cumplir los cuarenta; un hombre que ha mutilado familias pero cuya sangre hierve de indignación ante la idea de que alguien pretenda dejar huérfano a su hijo, el mestizo Tomas. Un tipo que ha cometido los peores crímenes pero que tiembla de ira justiciera ante demostraciones de racismo. El mejor de los malos o el peor de los buenos, no se sabe bien.

Es difícil, o imposible, congraciarse con casi cualquier personaje de Ese mundo desaparecido, con la excepción del pequeño Tomas Coughlin, el único verdaderamente noble, el único llamado a ser un hombre de verdad. Su nobleza brilla con la autenticidad de un diamante enterrado en estiércol.  Nos preguntamos si Lehane va a retomar a este personaje y despejar nuestras dudas: ¿acaso Coughlin padre era así de inocente, de bueno, de noble cuando era pequeño y se corrompió en contacto con el mundo, o todavía podemos tener algo de fe en que los corazones buenos aguantan carros y carretas sin teñirse de negro?

Ese mundo desaparecido constituye una mirada desengañada pero sincera sobre el mal, que, en muchas ocasiones, es tan perfectamente banal que no es digno de la literatura, pero del cual Lehane hace muy buena literatura. Que el mundo no es blanco ni negro sino de una gran variedad de grises ya lo sabíamos, pero nunca la ambigüedad del mal estuvo mejor retratada que en Ese mundo desaparecido, una novela que hace de la corrupción moral un material de primer nivel literario, con una potencia y un magnetismo que no había encontrado desde aquel El poder del perro que aun hoy me cuesta olvidar, con una clara ventaja sobre aquél: un desenlace hermosísimo, sí, hermosísimo.

 

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