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Muerte de un forense, de P.D. James

Si se tienen unos buenos personajes, uno puede darse el lujo de escribir lo que quiera, dice otra máxima apócrifa del oficio. Y P.D. James no sólo ilustra maravillosamente ese aforismo, sino que hace un más difícil todavía: su personaje principal, el protagonista de toda una serie de novelas detectivescas, el héroe que desface los entuertos es, en realidad, un no-detective, un tipo gris, físicamente atractivo -de una forma refinada, eso sí- pero sin encanto ni aureola especiales de ninguna otra clase; no se le conocen vicios -aparte de su hábito de escribir poesía que, además, es publicada regularmente- ni costumbres o compañías poco recomendables que lo hicieran desmerecer a ojos de subalternos, colegas u otros iguales en sociedad; para colmo, aun habiendo perdido a su mujer y a su hijo recién nacido de forma trágica, no se ha hundido ostensiblemente en ninguna depresión que lo inhabilite para el ejercicio de su labor profesional, ni ha renunciado a sus ganas de vivir. En suma, se trata de un tipo bastante normal, que no sobresale a ojos del lector por nada en particular (se nos proporcionan muy escasas muestras de sus dotes como poeta, y aun éstas son tachadas por el propio autor como opúsculos menores, así que esta faceta, que podría considerarse diferente y embellecedora, queda eliminada a efectos prácticos por James, que probablemente no quería complicarse teniendo que crear poemas además de toda una trama policíaca de encaje absolutamente intachable).

Pero es que con Adam Dalgliesh, que así se llama el detective fetiche de P.D. James, todavía pasa algo más, algo que ya lo sitúa totalmente fuera de todas las posibilidades previstas y ya cultivadas en cuanto a sabuesos de ficción se refiere: a la autora le importa muy poco cómo soluciona él sus casos y, en casi todas las ocasiones, por no decir en todas ellas, en cada novela protagonizada por Dalgliesh, éste llega a saber la verdad porque sí, por una intuición o iluminación repentina, sin que jamás el lector pueda seguir el hilo que lo ha llevado hasta aquélla. Sí; James nos detalla con meticulosidad todos los interrogatorios que lleva a cabo, todos sus movimientos, las órdenes que da a su segundo al mando de turno, sus inspecciones de la escena del crimen y lugares aledaños, incluso los ataques que sufre, sus recuperaciones de éstos, sus opiniones privadas sobre los sospechosos… pero de repente, todo eso queda zanjado y lo siguiente que sabemos es que Adam Dalgliesh sabe ahora quién es el asesino, así como su móvil y modus operandi. Lo sabe todo porque así lo quiere P.D. James. Y también porque todo lo que acabamos de leer no ha sido más que una enorme y muy bien pergeñada excusa para que la autora nos contara la historia que verdaderamente ardía en deseos de contar: la historia del muerto y de quienes vivían o trabajaban con él, de cómo eran sus relaciones, de cómo era cada uno de ellos, de qué había sucedido antes del crimen, de lo que sentía y pensaba cada personaje, de las muchas mentiras y alguna que otra verdad de las que se había rodeado cada uno de ellos para seguir viviendo. De sus errores, de sus imperfecciones graves y de las veniales, de sus noblezas y de sus egoísmos. Al final, el asesino resulta ser uno en concreto; pero, al escamotearnos el discurso racional por el cual Dalgliesh llega a la conclusión inequívoca de que es ése y no otro el culpable, lo que P.D. James nos quiere decir es que, en realidad, no importa que haya sido éste, porque podía haber sido otro cualquiera; motivos les sobraban a todos los sospechosos, y ninguno era demasiado bueno para no ensuciarse las manos con la sangre de su prójimo, ¿acaso no lo hemos visto?

P.D. James tuvo sus altos y sus bajos; naturalmente, no todas sus novelas son de igual calidad. Pero todas ellas participan de la desconfianza absoluta en la raza humana y del cinismo de quien tiene bien tomada la medida al ser humano medio. No, una lectura de sus novelas no es exactamente la Feria de Abril; pero es justo decir que resulta, paradójicamente, una lectura refrescante, por cuanto llama al pan, pan y al vino, vino, y si bien es cierto que Dalgliesh es un poco gris, también es verdad que constituye un acabado modelo de estoicismo, de buena salud mental y de madurez emocional en todos los sentidos, algo que, en estos tiempos, resulta del todo terapéutico. Dalgliesh tiene los pies bien plantados en la tierra y no se deja llevar por excesos de ningún tipo, ni cuando apresa villanos y es el niño mimado de Scotland Yard, ni cuando mira a la muerte de frente.

En este sentido (como en muchos otros), Muerte de un forense es una novela típicamente jamesiana, y, aunque medio escalón por debajo de La torre negra, está de todas formas en el podio de obras de esta autora (incluyendo las que escribió con Cordelia Gray como protagonista). Y está al mismo nivel de La torre negra en cuanto a profundización en la psique y en los secretos más recónditos del alma humana y en la posterior exhibición de las conclusiones, que son, a su vez, nuevas preguntas cuya respuesta puede y debe proponer el lector; preguntas que, en Muerte de un forense, resultan ser más provocadoras que en ninguna otra novela, ya que es en esta obra donde P.D. James se muestra más cerca del sufriente, más sabia sobre las flaquezas humanas, más observadora sobre los detalles -que son donde habita el diablo, según asegura, probablemente con razón, la sabiduría popular-, y menos agria y cruel que en otras novelas. Y, por ello mismo, podríamos pensar que es donde más ambivalente se muestra, menos contundente a la hora de condenar moralmente, menos radical en los juicios sobre crimen y criminal. Es ésta la novela de P.D. James que más que ninguna otra nos recuerda la frase de Concepción Arenal que nos insta a odiar el delito y compadecernos del delincuente, toda vez que aquí el delito tiene como víctima a un personaje especialmente odioso, que no parece adornado por casi ninguna cualidad positiva, y aparecen actos varios normalmente condenables de la mano de personajes, y en el marco de situaciones que sugieren o invitan a una disculpa. P.D. James se muestra menos clara que nunca sobre su postura ante este dilema que verbalizaba la autora y pensadora gallega.

Como comentario social, Muerte de un forense tampoco tiene desperdicio ninguno. Se trata de un rico mosaico de situaciones, cambios sociales y morales, actitudes y mentalidades en una sociedad -cierta parte de la sociedad británica, de tipo rural, de la década de los 70 del siglo pasado- que aún está a caballo entre su tradición, sus normas heredadas del pasado, su amor y respeto por su pequeña historia, sus ritos, sus creencias, su forma de vivir y de encarar la vida, por un lado, y nuevos usos y concepciones, por otro, que podemos identificar como predominantes o al menos ampliamente aceptados y normalizados hoy en día.

Muerte de un forense está poblado por personajes variopintos que lidian con sus circunstancias vitales de la mejor manera que saben, que no siempre es la que hoy consideraríamos más válida o práctica, pero es en esta faceta de análisis social donde P.D. James se muestra más comprensiva, respetuosa y, seguramente, adelantada a su tiempo o en sintonía con los aires más modernos.

Muerte de un forense es una novela que disecciona de forma tan eficaz el crimen entendido como suceso abrupto que no sólo destruye una vida, sino que actúa como un explosivo de enorme onda expansiva, como la comunidad en la que aquél sucede, que es tanto receptora como, indirectamente, causante y testigo del crimen.

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La torre negra, de P.D. James

la-torre-negraA veces pasa que, cuando leemos un libro que no es necesariamente ni muy conocido, ni muy elogiado por quienes lo conocen, nosotros vemos claramente lo que es: una obra maestra. Entonces nos llevamos las manos a la cabeza: ¿cómo es que casi nadie más se ha dado cuenta, o casi nadie lo considera así? (Digo “casi” porque una búsqueda en Internet me tranquilizó, confirmándome que sí ha habido críticos que han dicho que La torre negra es lo que a mí me parece que es: un monumento literario, una obra adelantada a su tiempo, seguramente aún incomprendida, inmerecidamente arrinconada en la vasta categoría de libros menores, ni muy buenos ni malos, del montón, libros que se dejan leer, o, a lo peor, libros que están bien pero que pueden resultar aburridos y que, por tanto, están indicados sólo para unos pocos). Y por eso, La torre negra, que es en realidad la obra cumbre de P.D. James, quien es a su vez una de las autoras supremas de la novela de misterio, de todas las épocas, todas las lenguas y todos los subgéneros, no es ni tan conocida ni tan celebrada como, a mi juicio, debería ser. Quizá algún día lo sea.

Y sí, es la pura verdad: La torre negra no es ni será plato para todos los gustos. Ni siquiera, o muy especialmente, tal vez, del gusto de muchos amantes de la literatura de misterio. Porque La torre negra trasciende todos los géneros. Es, sencillamente, algo tan difícil de encontrar, un placer tan raro, como lo es un libro magnífico, maravilloso, un libro cumbre; cuando algo es así de bueno, poco o nada importan las etiquetas que se le quieran poner; su excelencia supera todas ellas y las muestra como lo que son, esfuerzos para limitar, reducir y clasificar lo irreductible e inclasificable. Es una muestra acendrada de un don, el de la literatura, que va más allá del mero talento, el cual, con ser valioso, es un ente más fácilmente explicable. El don, la genialidad, la libertad que ejerce un escritor cuando escribe lo que sabe y como sabe, a despecho de las normas no escritas de un género cualquiera, es algo que sólo cabe ser disfrutado.

Sin embargo, sí, La torre negra se adscribe al género de misterio, más concretamente a la tipología de novela-problema, en la cual han destacado, por alguna razón, los autores ingleses. P.D. James vuelve a recurrir a su protagonista más asiduo y más popular, el superintendente de Scotland Yard Adam Dalgliesh, policía-poeta, culto, refinado, muy británico, lánguido, frío como un pez pero entrañable, a su particular manera. De entrada, al lector le espera un preludio que marca el tono del resto de la novela: Dalgliesh acaba de recibir el diagnóstico de que no está enfermo de leucemia y de que su muerte no se espera a corto plazo, lo cual, como no es sorprendente tratándose de Dalgliesh, lo sume en una equívoca depresión. Además, ha dejado la policía y ya no quiere dedicarse a resolver asesinatos. Está aún convaleciente cuando decide que va a atender la llamada por carta -estamos en 1974- de un viejo amigo, el padre Baddeley, que vive en una pequeña y cerrada comunidad médico-religiosa de la costa de Dorset, cuyas necesidades espirituales atiende. La carta no desvela el motivo de la llamada del pastor, quien, como era de esperar, resulta haber muerto para cuando Dalgliesh llega a su destino.

La historia está ambientada en una comunidad muy cerrada, aislada del resto del mundo, tanto física como psicológicamente, y está poblada por personajes a cual más singular; casi todos son minusválidos postrados en sillas de ruedas, agrupados alrededor de una figura de líder carismático, el benefactor y fundador de la comunidad; también son personajes destacados el personal sanitario que los atiende y un par más de residentes. James deja muy claro en los compases iniciales que ni a los personajes, incluido el propio Dalgliesh, ni al lector le será posible abandonar Toynton Grange, que así se llama la residencia, y sus inmediaciones hasta que a la autora le parezca conveniente; la comunidad es como un círculo o un poblado maldito cuyos habitantes están condenados a no poder rebasar sus fronteras. Pacientes, trabajadores y residentes sanos forman una especie de clan cuyos miembros están fuertemente unidos entre sí por lazos de amor, odio, rivalidad, enemistad, alianzas prácticas y desprecios. No hay ni un solo personaje que a P.D. James le caiga en gracia, y esa misantropía -signo distintivo de la autora, por otro lado, famosa por el desdén y la crueldad con los que trata a sus criaturas de ficción- provocará que la novela participe de un más que llamativo feísmo; más que en ningún otro libro de P.D. James, desfilarán ante nuestros ojos personajes retratados como bajo un potente foco de luz fluorescente, observados con lupa todos sus defectos o simples particularidades físicas; recordaremos de esta novela personajes casi caricaturescos, con poros dilatados como cráteres, vello facial como cerdas de jabalí, vestidos y pintarrajeados como monigotes, de dientes descoloridos, frentes abombadas, piernas torcidas. El talento de la autora para la descripción le permite regodearse en tan crueles retratos. Sin embargo, justo es apuntar que esas caricaturas no son sino un reflejo fiel de la deformidad y las taras mentales, psicológicas y afectivas que sufren los personajes o que infligen a los demás. En efecto, se trata de personajes que es imposible querer, por los cuales ya es difícil sentir compasión alguna; de cada uno de ellos nos mostrará la autora breves pero elocuentes retazos de vida, con todas sus miserias, depresiones, complejos, traumas, sentimientos difíciles de expresar e imposibles de justificar. Son personajes perdidos, anulados, de sexualidades reprimidas o neurotizadas, incapaces de relacionarse normalmente con ninguna otra persona. Y Adam Dalgliesh, pese a ser un personaje prácticamente carente de desarrollo -lo que sabemos de él lo sabemos porque él accede a compartirlo con el lector, no porque la autora nos permita conocerlo como hombre ni como policía-, es por eso el único que sale indemne de su paso por estas páginas.

Se ha afirmado que el gran don de P.D. James, su personal aportación a la literatura de misterio, es que escribía novelas de misterio como si fueran simplemente novelas, y estoy completamente de acuerdo. Es cierto que en La torre negra hay asesinatos, luego hay un misterio que desentrañar, pero no es menos cierto que esos asesinatos no se presentan como bombas de enorme poder destructivo en medio de una sociedad o comunidad por demás ordenada y correcta, sino como sucesos que afectan al resto de personajes de formas tan imposibles de prever como reveladoras en sí mismas y desencadenantes de dramas humanos de magnitud incalculable que, estos sí, juntos y en cadena, cambiarán irremediablemente y para siempre aquella sociedad en la que han ocurrido. Los crímenes de P.D. James – y La torre negra es una perfecta muestra de ello- son, en el fondo, colosales McGuffins que hacen el papel de motor de un cambio que ya estaba en ciernes antes de ese crimen, y que éste no hace sino acelerar inexorablemente. Por eso, Dalgliesh no compartirá en ningún momento la cadena lógica o deductiva que lo ha llevado a descubrir la solución del enigma; esta simplemente nace en él y Dalgliesh es un mero activador de esa solución.

A pesar de ese escamoteo de información, P.D. James es una autora bastante justa para con el lector, y resulta admirable su intuición a la hora de administrar los datos, las pistas verdaderas cuidadosamente dosificadas y envueltas en banalidades o perdidas en escenas cargadas de todo tipo de información jugosa y colorida, pero por lo demás insustancial. Todo ello ocupa su lugar en la resolución final, y cada pista es debidamente rastreada, recuperada y explicada. Si Agatha Christie es la maestra de las soluciones sorpresa, P.D. James lo es de la colocación de las pistas.

El desenlace configura una secuencia memorable, a caballo entre lo tormentoso y terrorífico y lo onírico y surrealista. Y una parte nada desdeñable del protagonismo lo adquiere esa siniestra torre negra -inspirada, al parecer, en una edificación real, concretamente en la Torre Clavell (si buscan la imagen en Google, prepárense para tener pesadillas esta noche)- que parece tener vida propia pero que es, paradójicamente, símbolo de la muerte que preside toda la acción.

Hay que advertir de dos cosas sobre esta lectura. La primera: es lenta, muy lenta. Quienes busquen aquí una lectura de misterio con fines de evasión probablemente encontrarán irritante la morosidad de James, que describe ampliamente lugares -muy importantes en la narrativa de la autora-, personas, situaciones, escenas, detalles; incluso varias veces a lo largo del libro. La segunda: puede llegar a ser deprimente. No sólo el carácter desesperanzado de una comunidad formada por enfermos incurables sumidos en la melancolía, la amargura y la soledad, sino también el bache personal que está atravesando Dalgliesh contribuyen a ello; también el aislamiento algo irreal en el que viven todos los miembros de la comunidad. No hay en La torre negra apenas sitio ni tiempo para bellos sentimientos, con excepciones, que las hay; predomina el comentario social por parte de la autora, que pone al desnudo y hace irrisión de vicios morales y sociales tan extendidos en aquella época como en ésta; el postureo místico, los líderes de pacotilla aupados en realidad sobre los hombros de una irreprimible egolatría, la codicia sin límites, la malicia embozada en una apariencia de inocencia, el miedo a la libertad, la maledicencia… todo ello es claramente denunciado por una autora que jamás hizo dejación de su papel de crítica social, utilizando para ello un microcosmos ficticio creado a imagen y semejanza del mundo real.

Al final de todo, en La torre negra tenemos, además, una ingeniosa trama criminal, que sigue siendo perfectamente válida a día de hoy, con una solución y un misterio soterrado muy bien pensados y capaces de agradar al lector de misterio más exigente.

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Mortaja para un ruiseñor, de P.D. James

Mortaja para un ruiseñorEl fenómeno -no sé si general o fruto de una percepción personal- se da, con preferencia, en novelas de misterio, sobre todo en novelas de misterio escritas por autoras de lengua inglesa: el misterio puede haber sido más o menos previsible, carente de sorpresas fuera de lo esperable, con un investigador eficaz dotado de métodos propios que tenía que desenmascarar a su asesino de entre una cohorte bien surtida de personajes secundarios; el asesinato ha tenido lugar en un entorno cerrado con reglas propias, a veces sin nada que envidiar a las de regímenes políticos represivos; y tal asesinato ha actuado como elemento catalizador en una atmósfera que era como una olla a presión de bajas pasiones, odios encendidos pero secretos, enigmas personales, ocultaciones y solapamientos que nadie habría podido adivinar hasta el detonante del crimen. Y bien, termina la lectura, y nada de lo leído, en apariencia, aunque sumamente entretenido y hasta objetivamente bien escrito, supera la marca de otras muchas lecturas similares.

Sobre el papel, podría pensarse que es así; sin embargo, en la realidad, no lo es; la novela recién leída ha dejado su impronta en la mente; los personajes no son inmediatamente barridos de la memoria; las escenas aledañas al crimen tienen un peso determinado, significan algo por sí mismas; los ambientes, habríamos podido jurarlo, no nos han sido totalmente ajenos. Son novelas que tienen un peso, una autenticidad, una gravitas; que participan de la vida verdadera -si bien de la parte siniestra de la misma, aunque no es menos verdadera que la parte visible y banal de la que fingimos no extralimitarnos en ningún momento-, que exhiben unos personajes que son personas de verdad, en las que podemos identificar, tal vez, personas de carne y hueso que hemos conocido alguna vez. Estas novelas no son meros relatos, sino algo más, porciones ínfimas pero gravosas de la vida de los seres humanos y de sus pasiones. Al acabar la lectura, nos es imposible pasar a una nueva; necesitamos respirar en la estela de intensidad que ha creado esa inmersión en el mundo sólo en parte ficticio creado por el autor; y, pasado un tiempo, seguimos recordando a los personajes, las impresiones de afecto o de terror que han suscitado en nosotros, y quizás, también, de cierta incredulidad por lo veraces que son.

Esta capacidad para crear gravitas y transmitirla al lector no tiene siempre que ver con la calidad estrictamente literaria del autor, ni tampoco con nuestra preferencia o no por él o ella. Nos puede gustar un autor por otras cualidades; ésta es una más, si bien -para quien esto escribe- importante. Agatha Christie tenía esa capacidad; Dorothy L. Sayers, no. Sue Grafton la tiene; Gillian, Flynn, no; Dennis Lehane, sí; Don Winslow, no; James Ellroy, si; Michael Connelly, no.

Se dio la circunstancia de que dos de las reinas de la literatura ‘criminal’, ambas en posesión de esta misteriosa cualidad que comentamos, fallecieron recientemente y a menos de un año la una de la otra: P.D. James, el 27 de noviembre de 2014, y su amiga Ruth Rendell, el 2 de mayo de 2015. Con su desaparición, se nos priva de dos de las damas -o baronesas, que lo eran- inglesas del crimen que más han contribuido a modernizar su género, y cuyas novelas conjugaban, cada una en su estilo, intríngulis policiaco con calidad literaria para lectores exigentes. A pesar de que las dos vieron el cénit de sus carreras en los años 70 y 80, su escritura no envejece jamás, porque, al margen de detalles contextuales propios de la época, la naturaleza humana queda perfectamente retratada en cada una de sus novelas, configurando retratos permanentes que siempre resultan misteriosos y adictivos.

Quizás por eso, Ediciones B ha relanzado varias novelas, entre ellas algunas que han adquirido ya el estatus de clásicos modernos de su género, de P.D. James en edición de bolsillo de tapa dura. La que hoy comentamos está a la venta al muy asequible precio de 7,95 euros. Se trata de Mortaja para un ruiseñor, cuarta novela protagonizada por el superintendente Adam Dalgliesh, que P.D. James fue construyendo y enriqueciendo a lo largo de 14 entregas. Curiosamente, la ambientación, que sí acusa el paso del tiempo -es una novela ambientada en un colegio para enfermeras, quienes estudian procedimientos que hoy en día han quedado anticuados, con metodologías que aún parecen más anticuadas, y viven en una sociedad con códigos morales, roles de sexo y convenciones que hoy están ampliamente superados, al menos en los usos sociales y en lo comúnmente aceptado-, contribuye a acentuar lo siniestro y amenazador de la historia; ¿se puede uno imaginar lugar más tétrico que un colegio de enfermeras totalmente aislado de la civilización, con historia de fantasmas incluida, donde se vive sin un ápice de intimidad, y se observan normas académicas y de comportamiento que ya entonces eran pasadas de moda? Es en ese lugar donde se producen dos muertes sospechosas, que reclaman la intervención del superintentende Dalgliesh. P.D. James nos lo mostrará en cada paso de su investigación; nos describe cada interrogatorio, cada acción y decisión de Dalgliesh, sus pensamientos, sus valoraciones; y también las de los sospechosos y otros personajes que pueblan la Casa Nightingale, el colegio en cuestión. Metódicamente, Dalgliesh avanzará hasta descubrir la verdad.

Mortaja para un ruiseñor, como el resto de las novelas de misterio que salieron de la imaginación de P.D. James, es una novela con un ritmo pausado, en ocasiones hasta muy pausado. No es una novela al gusto de las modas actuales, donde prima la velocidad, los flashes, lo visual, las impresiones en lugar de las descripciones, lo superficial y lo impactante en lugar de lo profundo y espeso. Sin embargo, P.D. James es una maestra en el género, y no sólo en el género, también en el retrato humano que es en realidad la base sobre la que debe descansar cualquier novela que se precie de buena e incorruptible al paso del tiempo. En realidad, a James no le gustaban las personas, no le gustaba la raza humana, y no lo oculta; en cada descripción de cada personaje deja entrever su desprecio por la parte malvada, rastrera, hipócrita, embaucadora y mentirosa de hombres y mujeres. Sin embargo, su mirada no resulta prepotente ni ofensiva, sino realista y apenada; pues, al final, James siempre se preocupa por hacer valer la verdad, el bien y la derrota del mal, venga éste de quien venga. El malvado puede exhibir cualidades aparentemente redentoras, pero James siempre hace prevalecer el verdadero bien, la extracción de la verdad oculta bajo capas de subterfugios, mentiras y crímenes. No premia al valedor del bien ni lo reviste de un valor moral superior ni sobrehumano (el pobre Dalgliesh no está revestido, de ningún modo, por un aura heroica ni mítica; es un policía cansado y desengañado, que sólo desea volver a su piso sobre el Támesis y escribir sus poemas), pero condena sin paliativos al asesino.

Hay autoras, como Louise Penny, que también participan de esta cualidad introspectiva y auténtica que hemos comentado, pero que ven -o eligen ver- el sol, la amabilidad última, la redención, la capacidad de perdonar y ser perdonados, el arrepentimiento, el regreso a una guarida cálida y familiar que nos proteja del frío y del peligro; y hay otras, como P.D. James o Ruth Rendell, que se centran en la tiniebla, el mal que puede no ser espectacular, sino sólo estúpido y cotidiano, pero innegable; y que, sin embargo, no aminoran el deseo de seguir leyendo sus novelas sino que lo acrecientan. Mortaja para un ruiseñor es sólo una pequeña muestra del enorme talento de P.D. James, y merece la pena conservar esta pequeña joya y releerla después de un tiempo.

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Un asesinato muy corriente y otros relatos, de P. D. James

un asesinato muy corriente

un asesinato muy corriente¡Tengo, tengo, tengo que leer más de P. D. James! Vaya que sí. ¿Cómo no lo he hecho antes? ¿En qué estaba pensando? Con lo que me gustan los libros de Agatha Christie, —sobre todo los protagonizados por Hércules Poirot, ese belga (no, francés) emperifollado y de bigote tieso y militar a quien una mota de polvo, como dice Hastings (su particular Watson) le haría más daño que una bala—, y la novela negra en general, y tengo ante mí todo un descubrimiento.

Y pensar que antes de Un asesinato muy corriente y otros relatos estaba convencido de que P. D. James era un hombre… Craso error…

En fin. Está más que claro que P. D. James domina este género. Lo hace totalmente suyo. Ya antes de escribir leía con entusiasmo las novelas de detectives y llegó a escribir una, según dicen fascinante, monografía de título Todo lo que sé sobre novela negra, (Ediciones B).

En vida escribió siempre novela pero lo que nos ocupa aquí ahora es un conjunto de cuatro relatos cortos, con la dificultad que eso conlleva ya que, en palabras de la autora:

“Aunque yo misma me he dedicado sobre todo a la novela, he disfrutado mucho con el desafío que plantea el cuento: el de conseguir mucho con pocos medios”.

“… escribir un buen relato es difícil, pero en estos tiempos ajetreados puede proporcionarnos una de las experiencias de lectura más satisfactorias.”

Y le doy la razón. Condensar toda una trama, con su ambientación, la definición de los perfiles de los personajes, y un argumento no muy complejo y que mantenga la atención del lector, y que todo eso esté encaminado a un desenlace sorpresivo, no es fácil, pero leerlo es tan satisfactorio…

Por eso puedo afirmar que he disfrutado tanto, pero tanto de estos cuatro relatos, que me han recordado a mis lecturas adolescentes de la Christie. Puede que sea por la ambientación, siempre en las típicas mansiones o casonas inglesas, con unos sospechosos bebiendo su copa de brandy en una biblioteca de madera, con unas rencillas familiares latentes y oscuros pasados que iremos conociendo poco a poco… Los elementos de siempre, que no falten, por favor, aunque luego cada autor resuelva el crimen a su modo.

La lectura es fácil, atrapa desde el principio, la letra es grande (se agradece), y personajes y trama entran en ti casi sin darte cuenta. Es una de esas lecturas en las que disfrutas, eres consciente además de que disfrutas y no quieres que acabe.

El primero de los relatos, El misterio del muérdago, se inicia como si fuera un caso real vivido por la propia autora que ahora, después de tanto tiempo soportando la pregunta de “¿alguna vez ha estado implicada en la investigación de un asesinato real?” puede responder pues es la última superviviente de un caso ocurrido en 1940.

Le sigue Un asesinato de lo más corriente. Aquí P. D. va a jugar con nosotros, os aviso. El testigo de un crimen se debate entre ir a la policía o no porque si lo hace tendría que explicar que fue testigo por culpa de su afición a la pornografía.

El siguiente caso, La herencia de la familia Boxdale es otro brillante ejemplo de trama genial. Un canónigo se niega a aceptar una herencia con la que resolvería sus problemas económicos, porque procede de una mujer que fue acusada y absuelta de envenenar a su marido. Aquí aparece Dalgliesh, el detective que creó la James para sus obras, y deberá rebuscar en el pasado pruebas que se inclinen en un sentido o en otro.

Las doce pistas de Navidad cierran el conjunto. Un relato que, según se afirma en la última línea, es Agatha Christie en estado puro. (Y sí, lo es).

Ninguno de ellos es en esencia un whodunit, pero no importa, no hace falta que lo sea para poder divertirse con esta lectura.

Cuatro relatos que han sido una delicia y a la vez el descubrimiento de una gran autora, muy dotada para este género, y a la que pienso volver en la primera ocasión que tenga, y esta vez ya con novela. O puede que me decida por la monografía anteriormente mencionada.

Recomiendo también leer prólogo y prefacio. Yo no suelo hacerlo, pero esta vez es cortito y tiene datos muy interesantes sobre la James y sobre la novela negra. No perderéis el tiempo, y ganaréis en sabiduría; hacedme caso.

Un asesinato muy corriente y otros relatos se disfruta de principio a final y es ideal para una tarde fría de invierno, de sofá, manta y taza de té o café.

Un libro criminalmente de-li-cio-so.

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Hijos de hombres

Hijos de hombres, de P.D. James

hijos-de-hombres¿Cómo se imaginan el fin de la humanidad? ¿A lo grande, con bombo y platillo y banda de pífanos, como por ejemplo, aniquilados por una invasión de zombis, o por explosión de la Tierra o impacto de ésta con un meteorito gigante? Ésta parece la fantasía preferida por los libros, el cine y los videojuegos, pero no parece la opción más verosímil. Mucho más lo es el escenario distópico ideado por P.D. James: un día, los hombres y mujeres se dan cuenta de que ya no pueden reproducirse, de que ya no nacen más bebés. El sueño de muchas personas -poder practicar sexo sin temor a un embarazo- se ha cumplido, pero ha devenido pesadilla. Los seres humanos ya saben cuántas generaciones quedan hasta la que será la última, y se preparan, cada uno a su manera, para la despedida final.

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