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Mortaja para un ruiseñor, de P.D. James

Mortaja para un ruiseñorEl fenómeno -no sé si general o fruto de una percepción personal- se da, con preferencia, en novelas de misterio, sobre todo en novelas de misterio escritas por autoras de lengua inglesa: el misterio puede haber sido más o menos previsible, carente de sorpresas fuera de lo esperable, con un investigador eficaz dotado de métodos propios que tenía que desenmascarar a su asesino de entre una cohorte bien surtida de personajes secundarios; el asesinato ha tenido lugar en un entorno cerrado con reglas propias, a veces sin nada que envidiar a las de regímenes políticos represivos; y tal asesinato ha actuado como elemento catalizador en una atmósfera que era como una olla a presión de bajas pasiones, odios encendidos pero secretos, enigmas personales, ocultaciones y solapamientos que nadie habría podido adivinar hasta el detonante del crimen. Y bien, termina la lectura, y nada de lo leído, en apariencia, aunque sumamente entretenido y hasta objetivamente bien escrito, supera la marca de otras muchas lecturas similares.

Sobre el papel, podría pensarse que es así; sin embargo, en la realidad, no lo es; la novela recién leída ha dejado su impronta en la mente; los personajes no son inmediatamente barridos de la memoria; las escenas aledañas al crimen tienen un peso determinado, significan algo por sí mismas; los ambientes, habríamos podido jurarlo, no nos han sido totalmente ajenos. Son novelas que tienen un peso, una autenticidad, una gravitas; que participan de la vida verdadera -si bien de la parte siniestra de la misma, aunque no es menos verdadera que la parte visible y banal de la que fingimos no extralimitarnos en ningún momento-, que exhiben unos personajes que son personas de verdad, en las que podemos identificar, tal vez, personas de carne y hueso que hemos conocido alguna vez. Estas novelas no son meros relatos, sino algo más, porciones ínfimas pero gravosas de la vida de los seres humanos y de sus pasiones. Al acabar la lectura, nos es imposible pasar a una nueva; necesitamos respirar en la estela de intensidad que ha creado esa inmersión en el mundo sólo en parte ficticio creado por el autor; y, pasado un tiempo, seguimos recordando a los personajes, las impresiones de afecto o de terror que han suscitado en nosotros, y quizás, también, de cierta incredulidad por lo veraces que son.

Esta capacidad para crear gravitas y transmitirla al lector no tiene siempre que ver con la calidad estrictamente literaria del autor, ni tampoco con nuestra preferencia o no por él o ella. Nos puede gustar un autor por otras cualidades; ésta es una más, si bien -para quien esto escribe- importante. Agatha Christie tenía esa capacidad; Dorothy L. Sayers, no. Sue Grafton la tiene; Gillian, Flynn, no; Dennis Lehane, sí; Don Winslow, no; James Ellroy, si; Michael Connelly, no.

Se dio la circunstancia de que dos de las reinas de la literatura ‘criminal’, ambas en posesión de esta misteriosa cualidad que comentamos, fallecieron recientemente y a menos de un año la una de la otra: P.D. James, el 27 de noviembre de 2014, y su amiga Ruth Rendell, el 2 de mayo de 2015. Con su desaparición, se nos priva de dos de las damas -o baronesas, que lo eran- inglesas del crimen que más han contribuido a modernizar su género, y cuyas novelas conjugaban, cada una en su estilo, intríngulis policiaco con calidad literaria para lectores exigentes. A pesar de que las dos vieron el cénit de sus carreras en los años 70 y 80, su escritura no envejece jamás, porque, al margen de detalles contextuales propios de la época, la naturaleza humana queda perfectamente retratada en cada una de sus novelas, configurando retratos permanentes que siempre resultan misteriosos y adictivos.

Quizás por eso, Ediciones B ha relanzado varias novelas, entre ellas algunas que han adquirido ya el estatus de clásicos modernos de su género, de P.D. James en edición de bolsillo de tapa dura. La que hoy comentamos está a la venta al muy asequible precio de 7,95 euros. Se trata de Mortaja para un ruiseñor, cuarta novela protagonizada por el superintendente Adam Dalgliesh, que P.D. James fue construyendo y enriqueciendo a lo largo de 14 entregas. Curiosamente, la ambientación, que sí acusa el paso del tiempo -es una novela ambientada en un colegio para enfermeras, quienes estudian procedimientos que hoy en día han quedado anticuados, con metodologías que aún parecen más anticuadas, y viven en una sociedad con códigos morales, roles de sexo y convenciones que hoy están ampliamente superados, al menos en los usos sociales y en lo comúnmente aceptado-, contribuye a acentuar lo siniestro y amenazador de la historia; ¿se puede uno imaginar lugar más tétrico que un colegio de enfermeras totalmente aislado de la civilización, con historia de fantasmas incluida, donde se vive sin un ápice de intimidad, y se observan normas académicas y de comportamiento que ya entonces eran pasadas de moda? Es en ese lugar donde se producen dos muertes sospechosas, que reclaman la intervención del superintentende Dalgliesh. P.D. James nos lo mostrará en cada paso de su investigación; nos describe cada interrogatorio, cada acción y decisión de Dalgliesh, sus pensamientos, sus valoraciones; y también las de los sospechosos y otros personajes que pueblan la Casa Nightingale, el colegio en cuestión. Metódicamente, Dalgliesh avanzará hasta descubrir la verdad.

Mortaja para un ruiseñor, como el resto de las novelas de misterio que salieron de la imaginación de P.D. James, es una novela con un ritmo pausado, en ocasiones hasta muy pausado. No es una novela al gusto de las modas actuales, donde prima la velocidad, los flashes, lo visual, las impresiones en lugar de las descripciones, lo superficial y lo impactante en lugar de lo profundo y espeso. Sin embargo, P.D. James es una maestra en el género, y no sólo en el género, también en el retrato humano que es en realidad la base sobre la que debe descansar cualquier novela que se precie de buena e incorruptible al paso del tiempo. En realidad, a James no le gustaban las personas, no le gustaba la raza humana, y no lo oculta; en cada descripción de cada personaje deja entrever su desprecio por la parte malvada, rastrera, hipócrita, embaucadora y mentirosa de hombres y mujeres. Sin embargo, su mirada no resulta prepotente ni ofensiva, sino realista y apenada; pues, al final, James siempre se preocupa por hacer valer la verdad, el bien y la derrota del mal, venga éste de quien venga. El malvado puede exhibir cualidades aparentemente redentoras, pero James siempre hace prevalecer el verdadero bien, la extracción de la verdad oculta bajo capas de subterfugios, mentiras y crímenes. No premia al valedor del bien ni lo reviste de un valor moral superior ni sobrehumano (el pobre Dalgliesh no está revestido, de ningún modo, por un aura heroica ni mítica; es un policía cansado y desengañado, que sólo desea volver a su piso sobre el Támesis y escribir sus poemas), pero condena sin paliativos al asesino.

Hay autoras, como Louise Penny, que también participan de esta cualidad introspectiva y auténtica que hemos comentado, pero que ven -o eligen ver- el sol, la amabilidad última, la redención, la capacidad de perdonar y ser perdonados, el arrepentimiento, el regreso a una guarida cálida y familiar que nos proteja del frío y del peligro; y hay otras, como P.D. James o Ruth Rendell, que se centran en la tiniebla, el mal que puede no ser espectacular, sino sólo estúpido y cotidiano, pero innegable; y que, sin embargo, no aminoran el deseo de seguir leyendo sus novelas sino que lo acrecientan. Mortaja para un ruiseñor es sólo una pequeña muestra del enorme talento de P.D. James, y merece la pena conservar esta pequeña joya y releerla después de un tiempo.

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