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Muerte de un forense, de P.D. James

Si se tienen unos buenos personajes, uno puede darse el lujo de escribir lo que quiera, dice otra máxima apócrifa del oficio. Y P.D. James no sólo ilustra maravillosamente ese aforismo, sino que hace un más difícil todavía: su personaje principal, el protagonista de toda una serie de novelas detectivescas, el héroe que desface los entuertos es, en realidad, un no-detective, un tipo gris, físicamente atractivo -de una forma refinada, eso sí- pero sin encanto ni aureola especiales de ninguna otra clase; no se le conocen vicios -aparte de su hábito de escribir poesía que, además, es publicada regularmente- ni costumbres o compañías poco recomendables que lo hicieran desmerecer a ojos de subalternos, colegas u otros iguales en sociedad; para colmo, aun habiendo perdido a su mujer y a su hijo recién nacido de forma trágica, no se ha hundido ostensiblemente en ninguna depresión que lo inhabilite para el ejercicio de su labor profesional, ni ha renunciado a sus ganas de vivir. En suma, se trata de un tipo bastante normal, que no sobresale a ojos del lector por nada en particular (se nos proporcionan muy escasas muestras de sus dotes como poeta, y aun éstas son tachadas por el propio autor como opúsculos menores, así que esta faceta, que podría considerarse diferente y embellecedora, queda eliminada a efectos prácticos por James, que probablemente no quería complicarse teniendo que crear poemas además de toda una trama policíaca de encaje absolutamente intachable).

Pero es que con Adam Dalgliesh, que así se llama el detective fetiche de P.D. James, todavía pasa algo más, algo que ya lo sitúa totalmente fuera de todas las posibilidades previstas y ya cultivadas en cuanto a sabuesos de ficción se refiere: a la autora le importa muy poco cómo soluciona él sus casos y, en casi todas las ocasiones, por no decir en todas ellas, en cada novela protagonizada por Dalgliesh, éste llega a saber la verdad porque sí, por una intuición o iluminación repentina, sin que jamás el lector pueda seguir el hilo que lo ha llevado hasta aquélla. Sí; James nos detalla con meticulosidad todos los interrogatorios que lleva a cabo, todos sus movimientos, las órdenes que da a su segundo al mando de turno, sus inspecciones de la escena del crimen y lugares aledaños, incluso los ataques que sufre, sus recuperaciones de éstos, sus opiniones privadas sobre los sospechosos… pero de repente, todo eso queda zanjado y lo siguiente que sabemos es que Adam Dalgliesh sabe ahora quién es el asesino, así como su móvil y modus operandi. Lo sabe todo porque así lo quiere P.D. James. Y también porque todo lo que acabamos de leer no ha sido más que una enorme y muy bien pergeñada excusa para que la autora nos contara la historia que verdaderamente ardía en deseos de contar: la historia del muerto y de quienes vivían o trabajaban con él, de cómo eran sus relaciones, de cómo era cada uno de ellos, de qué había sucedido antes del crimen, de lo que sentía y pensaba cada personaje, de las muchas mentiras y alguna que otra verdad de las que se había rodeado cada uno de ellos para seguir viviendo. De sus errores, de sus imperfecciones graves y de las veniales, de sus noblezas y de sus egoísmos. Al final, el asesino resulta ser uno en concreto; pero, al escamotearnos el discurso racional por el cual Dalgliesh llega a la conclusión inequívoca de que es ése y no otro el culpable, lo que P.D. James nos quiere decir es que, en realidad, no importa que haya sido éste, porque podía haber sido otro cualquiera; motivos les sobraban a todos los sospechosos, y ninguno era demasiado bueno para no ensuciarse las manos con la sangre de su prójimo, ¿acaso no lo hemos visto?

P.D. James tuvo sus altos y sus bajos; naturalmente, no todas sus novelas son de igual calidad. Pero todas ellas participan de la desconfianza absoluta en la raza humana y del cinismo de quien tiene bien tomada la medida al ser humano medio. No, una lectura de sus novelas no es exactamente la Feria de Abril; pero es justo decir que resulta, paradójicamente, una lectura refrescante, por cuanto llama al pan, pan y al vino, vino, y si bien es cierto que Dalgliesh es un poco gris, también es verdad que constituye un acabado modelo de estoicismo, de buena salud mental y de madurez emocional en todos los sentidos, algo que, en estos tiempos, resulta del todo terapéutico. Dalgliesh tiene los pies bien plantados en la tierra y no se deja llevar por excesos de ningún tipo, ni cuando apresa villanos y es el niño mimado de Scotland Yard, ni cuando mira a la muerte de frente.

En este sentido (como en muchos otros), Muerte de un forense es una novela típicamente jamesiana, y, aunque medio escalón por debajo de La torre negra, está de todas formas en el podio de obras de esta autora (incluyendo las que escribió con Cordelia Gray como protagonista). Y está al mismo nivel de La torre negra en cuanto a profundización en la psique y en los secretos más recónditos del alma humana y en la posterior exhibición de las conclusiones, que son, a su vez, nuevas preguntas cuya respuesta puede y debe proponer el lector; preguntas que, en Muerte de un forense, resultan ser más provocadoras que en ninguna otra novela, ya que es en esta obra donde P.D. James se muestra más cerca del sufriente, más sabia sobre las flaquezas humanas, más observadora sobre los detalles -que son donde habita el diablo, según asegura, probablemente con razón, la sabiduría popular-, y menos agria y cruel que en otras novelas. Y, por ello mismo, podríamos pensar que es donde más ambivalente se muestra, menos contundente a la hora de condenar moralmente, menos radical en los juicios sobre crimen y criminal. Es ésta la novela de P.D. James que más que ninguna otra nos recuerda la frase de Concepción Arenal que nos insta a odiar el delito y compadecernos del delincuente, toda vez que aquí el delito tiene como víctima a un personaje especialmente odioso, que no parece adornado por casi ninguna cualidad positiva, y aparecen actos varios normalmente condenables de la mano de personajes, y en el marco de situaciones que sugieren o invitan a una disculpa. P.D. James se muestra menos clara que nunca sobre su postura ante este dilema que verbalizaba la autora y pensadora gallega.

Como comentario social, Muerte de un forense tampoco tiene desperdicio ninguno. Se trata de un rico mosaico de situaciones, cambios sociales y morales, actitudes y mentalidades en una sociedad -cierta parte de la sociedad británica, de tipo rural, de la década de los 70 del siglo pasado- que aún está a caballo entre su tradición, sus normas heredadas del pasado, su amor y respeto por su pequeña historia, sus ritos, sus creencias, su forma de vivir y de encarar la vida, por un lado, y nuevos usos y concepciones, por otro, que podemos identificar como predominantes o al menos ampliamente aceptados y normalizados hoy en día.

Muerte de un forense está poblado por personajes variopintos que lidian con sus circunstancias vitales de la mejor manera que saben, que no siempre es la que hoy consideraríamos más válida o práctica, pero es en esta faceta de análisis social donde P.D. James se muestra más comprensiva, respetuosa y, seguramente, adelantada a su tiempo o en sintonía con los aires más modernos.

Muerte de un forense es una novela que disecciona de forma tan eficaz el crimen entendido como suceso abrupto que no sólo destruye una vida, sino que actúa como un explosivo de enorme onda expansiva, como la comunidad en la que aquél sucede, que es tanto receptora como, indirectamente, causante y testigo del crimen.

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La torre negra, de P.D. James

la-torre-negraA veces pasa que, cuando leemos un libro que no es necesariamente ni muy conocido, ni muy elogiado por quienes lo conocen, nosotros vemos claramente lo que es: una obra maestra. Entonces nos llevamos las manos a la cabeza: ¿cómo es que casi nadie más se ha dado cuenta, o casi nadie lo considera así? (Digo “casi” porque una búsqueda en Internet me tranquilizó, confirmándome que sí ha habido críticos que han dicho que La torre negra es lo que a mí me parece que es: un monumento literario, una obra adelantada a su tiempo, seguramente aún incomprendida, inmerecidamente arrinconada en la vasta categoría de libros menores, ni muy buenos ni malos, del montón, libros que se dejan leer, o, a lo peor, libros que están bien pero que pueden resultar aburridos y que, por tanto, están indicados sólo para unos pocos). Y por eso, La torre negra, que es en realidad la obra cumbre de P.D. James, quien es a su vez una de las autoras supremas de la novela de misterio, de todas las épocas, todas las lenguas y todos los subgéneros, no es ni tan conocida ni tan celebrada como, a mi juicio, debería ser. Quizá algún día lo sea.

Y sí, es la pura verdad: La torre negra no es ni será plato para todos los gustos. Ni siquiera, o muy especialmente, tal vez, del gusto de muchos amantes de la literatura de misterio. Porque La torre negra trasciende todos los géneros. Es, sencillamente, algo tan difícil de encontrar, un placer tan raro, como lo es un libro magnífico, maravilloso, un libro cumbre; cuando algo es así de bueno, poco o nada importan las etiquetas que se le quieran poner; su excelencia supera todas ellas y las muestra como lo que son, esfuerzos para limitar, reducir y clasificar lo irreductible e inclasificable. Es una muestra acendrada de un don, el de la literatura, que va más allá del mero talento, el cual, con ser valioso, es un ente más fácilmente explicable. El don, la genialidad, la libertad que ejerce un escritor cuando escribe lo que sabe y como sabe, a despecho de las normas no escritas de un género cualquiera, es algo que sólo cabe ser disfrutado.

Sin embargo, sí, La torre negra se adscribe al género de misterio, más concretamente a la tipología de novela-problema, en la cual han destacado, por alguna razón, los autores ingleses. P.D. James vuelve a recurrir a su protagonista más asiduo y más popular, el superintendente de Scotland Yard Adam Dalgliesh, policía-poeta, culto, refinado, muy británico, lánguido, frío como un pez pero entrañable, a su particular manera. De entrada, al lector le espera un preludio que marca el tono del resto de la novela: Dalgliesh acaba de recibir el diagnóstico de que no está enfermo de leucemia y de que su muerte no se espera a corto plazo, lo cual, como no es sorprendente tratándose de Dalgliesh, lo sume en una equívoca depresión. Además, ha dejado la policía y ya no quiere dedicarse a resolver asesinatos. Está aún convaleciente cuando decide que va a atender la llamada por carta -estamos en 1974- de un viejo amigo, el padre Baddeley, que vive en una pequeña y cerrada comunidad médico-religiosa de la costa de Dorset, cuyas necesidades espirituales atiende. La carta no desvela el motivo de la llamada del pastor, quien, como era de esperar, resulta haber muerto para cuando Dalgliesh llega a su destino.

La historia está ambientada en una comunidad muy cerrada, aislada del resto del mundo, tanto física como psicológicamente, y está poblada por personajes a cual más singular; casi todos son minusválidos postrados en sillas de ruedas, agrupados alrededor de una figura de líder carismático, el benefactor y fundador de la comunidad; también son personajes destacados el personal sanitario que los atiende y un par más de residentes. James deja muy claro en los compases iniciales que ni a los personajes, incluido el propio Dalgliesh, ni al lector le será posible abandonar Toynton Grange, que así se llama la residencia, y sus inmediaciones hasta que a la autora le parezca conveniente; la comunidad es como un círculo o un poblado maldito cuyos habitantes están condenados a no poder rebasar sus fronteras. Pacientes, trabajadores y residentes sanos forman una especie de clan cuyos miembros están fuertemente unidos entre sí por lazos de amor, odio, rivalidad, enemistad, alianzas prácticas y desprecios. No hay ni un solo personaje que a P.D. James le caiga en gracia, y esa misantropía -signo distintivo de la autora, por otro lado, famosa por el desdén y la crueldad con los que trata a sus criaturas de ficción- provocará que la novela participe de un más que llamativo feísmo; más que en ningún otro libro de P.D. James, desfilarán ante nuestros ojos personajes retratados como bajo un potente foco de luz fluorescente, observados con lupa todos sus defectos o simples particularidades físicas; recordaremos de esta novela personajes casi caricaturescos, con poros dilatados como cráteres, vello facial como cerdas de jabalí, vestidos y pintarrajeados como monigotes, de dientes descoloridos, frentes abombadas, piernas torcidas. El talento de la autora para la descripción le permite regodearse en tan crueles retratos. Sin embargo, justo es apuntar que esas caricaturas no son sino un reflejo fiel de la deformidad y las taras mentales, psicológicas y afectivas que sufren los personajes o que infligen a los demás. En efecto, se trata de personajes que es imposible querer, por los cuales ya es difícil sentir compasión alguna; de cada uno de ellos nos mostrará la autora breves pero elocuentes retazos de vida, con todas sus miserias, depresiones, complejos, traumas, sentimientos difíciles de expresar e imposibles de justificar. Son personajes perdidos, anulados, de sexualidades reprimidas o neurotizadas, incapaces de relacionarse normalmente con ninguna otra persona. Y Adam Dalgliesh, pese a ser un personaje prácticamente carente de desarrollo -lo que sabemos de él lo sabemos porque él accede a compartirlo con el lector, no porque la autora nos permita conocerlo como hombre ni como policía-, es por eso el único que sale indemne de su paso por estas páginas.

Se ha afirmado que el gran don de P.D. James, su personal aportación a la literatura de misterio, es que escribía novelas de misterio como si fueran simplemente novelas, y estoy completamente de acuerdo. Es cierto que en La torre negra hay asesinatos, luego hay un misterio que desentrañar, pero no es menos cierto que esos asesinatos no se presentan como bombas de enorme poder destructivo en medio de una sociedad o comunidad por demás ordenada y correcta, sino como sucesos que afectan al resto de personajes de formas tan imposibles de prever como reveladoras en sí mismas y desencadenantes de dramas humanos de magnitud incalculable que, estos sí, juntos y en cadena, cambiarán irremediablemente y para siempre aquella sociedad en la que han ocurrido. Los crímenes de P.D. James – y La torre negra es una perfecta muestra de ello- son, en el fondo, colosales McGuffins que hacen el papel de motor de un cambio que ya estaba en ciernes antes de ese crimen, y que éste no hace sino acelerar inexorablemente. Por eso, Dalgliesh no compartirá en ningún momento la cadena lógica o deductiva que lo ha llevado a descubrir la solución del enigma; esta simplemente nace en él y Dalgliesh es un mero activador de esa solución.

A pesar de ese escamoteo de información, P.D. James es una autora bastante justa para con el lector, y resulta admirable su intuición a la hora de administrar los datos, las pistas verdaderas cuidadosamente dosificadas y envueltas en banalidades o perdidas en escenas cargadas de todo tipo de información jugosa y colorida, pero por lo demás insustancial. Todo ello ocupa su lugar en la resolución final, y cada pista es debidamente rastreada, recuperada y explicada. Si Agatha Christie es la maestra de las soluciones sorpresa, P.D. James lo es de la colocación de las pistas.

El desenlace configura una secuencia memorable, a caballo entre lo tormentoso y terrorífico y lo onírico y surrealista. Y una parte nada desdeñable del protagonismo lo adquiere esa siniestra torre negra -inspirada, al parecer, en una edificación real, concretamente en la Torre Clavell (si buscan la imagen en Google, prepárense para tener pesadillas esta noche)- que parece tener vida propia pero que es, paradójicamente, símbolo de la muerte que preside toda la acción.

Hay que advertir de dos cosas sobre esta lectura. La primera: es lenta, muy lenta. Quienes busquen aquí una lectura de misterio con fines de evasión probablemente encontrarán irritante la morosidad de James, que describe ampliamente lugares -muy importantes en la narrativa de la autora-, personas, situaciones, escenas, detalles; incluso varias veces a lo largo del libro. La segunda: puede llegar a ser deprimente. No sólo el carácter desesperanzado de una comunidad formada por enfermos incurables sumidos en la melancolía, la amargura y la soledad, sino también el bache personal que está atravesando Dalgliesh contribuyen a ello; también el aislamiento algo irreal en el que viven todos los miembros de la comunidad. No hay en La torre negra apenas sitio ni tiempo para bellos sentimientos, con excepciones, que las hay; predomina el comentario social por parte de la autora, que pone al desnudo y hace irrisión de vicios morales y sociales tan extendidos en aquella época como en ésta; el postureo místico, los líderes de pacotilla aupados en realidad sobre los hombros de una irreprimible egolatría, la codicia sin límites, la malicia embozada en una apariencia de inocencia, el miedo a la libertad, la maledicencia… todo ello es claramente denunciado por una autora que jamás hizo dejación de su papel de crítica social, utilizando para ello un microcosmos ficticio creado a imagen y semejanza del mundo real.

Al final de todo, en La torre negra tenemos, además, una ingeniosa trama criminal, que sigue siendo perfectamente válida a día de hoy, con una solución y un misterio soterrado muy bien pensados y capaces de agradar al lector de misterio más exigente.

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Hijos de hombres

Hijos de hombres, de P.D. James

hijos-de-hombres¿Cómo se imaginan el fin de la humanidad? ¿A lo grande, con bombo y platillo y banda de pífanos, como por ejemplo, aniquilados por una invasión de zombis, o por explosión de la Tierra o impacto de ésta con un meteorito gigante? Ésta parece la fantasía preferida por los libros, el cine y los videojuegos, pero no parece la opción más verosímil. Mucho más lo es el escenario distópico ideado por P.D. James: un día, los hombres y mujeres se dan cuenta de que ya no pueden reproducirse, de que ya no nacen más bebés. El sueño de muchas personas -poder practicar sexo sin temor a un embarazo- se ha cumplido, pero ha devenido pesadilla. Los seres humanos ya saben cuántas generaciones quedan hasta la que será la última, y se preparan, cada uno a su manera, para la despedida final.

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De Cine y Literatura 104

Queen of the Damned

De Cine y Literatura 104: La reina de los condenados

Queen of the damnedreina de los condenadosTítulo: La reina de los condenados

Autor: Anne Rice

Editorial: Zeta

Páginas: 688

ISBN: 9788496546059

Titulo: La reina de los condenados (Título original: Queen of the Damned)

Año: 2002

País: EE.UU

Reparto: Stuart Townsend, Aaliyah, Marguerite Moreau, Vicent Pérez, Lena Olin (et. al)

Duración: 104 min.

La industria cinematográfica parece tener una obsesión por adaptar novelas a diestro y siniestro. ¿No hay historias lo suficientemente originales para que sean llevadas a la gran pantalla? Parece ser que este tipo de películas venden porque los espectadores queremos ver a nuestros personajes favoritos moviéndose, les queremos ver transformados en personas de carne y hueso. Y es cierto, nosotros tenemos, en parte, la culpa. Pero lo que no es de recibo es que, ciertas historias, se adapten de la forma en la que se hacen. Para muestra, La reina de los condenados.

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De Cine y Literatura 73

De Cine y Literatura 73: Los puentes de Madison

Los puentes de Madisonlos puentes de madison countyTítulo: Los puentes de Madison County

Autor: Robert James Waller

Editorial: Zeta Bolsillo

Páginas: 208

ISBN: 9788498722505

 

Película: Los puentes de Madison (título original: The Bridges of Madison County)

Año: 1995

País: EE.UU.

Reparto: Meryl Streep, Clint Eastwood, Annie Corly, Jim Haynie, Victor Slezak, Debra Monk, Michelle Benes (et. al)

Duración: 135 min

 

Hubo una vez una novela, hace mucho tiempo que me descubrió una historia de amor. Y es curioso que venga hoy a hablar de ella porque hacía mucho tiempo que no me acordaba de ella. Supongo que, por aquel entonces, era yo demasiado joven como para entenderla en toda su magnitud, pero el caso es que tiempo después, cuando la película ya había calado demasiado en mí, era poco lo que recordaba del libro y mucho de la película, porque esos dos actores no han sido nunca de este mundo, nunca lo han sido, y a mí todavía se me encoge el corazón cuando lo pienso.

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De Cine y Literatura 51

De Cine y Literatura 51: Matar a un ruiseñor

Matar a un ruiseñorMatar_a_un_ruisenorTítulo: Matar a un ruiseñor

Autor: Harper Lee

Editorial: Zeta Bolsillo

Páginas: 416

ISBN: 9788496778283

Película: Matar a un ruiseñor (original: To Kill a Mockingbird)

Año: 1962

País: EE.UU

Reparto: Gregory Peck, Mary Badham, Brock Peters, Phillip Alford, John Megna (et. al)

Duración: 119 min

Hoy, desde el blog, volvemos a echar la vista atrás para hablar de adaptaciones cinematográficas, cuando el cine vivía su edad de Oro, y cuando de verdad merecía la pena ver una buena historia en la pantalla. Muchas veces, en mi casa, se hace un ciclo de cine clásico, donde algunas de las historias más conocidas de la industria del cine, son visionadas para el disfrute del que suscribe, porque suponen un contrapunto necesario ante la avalancha de cine en tres dimensiones que nos bombardea ahora. Tengo alma de clásico, qué le voy a hacer. Así que, pensando de qué podría en esta sección, se me ocurrió que no habíamos recordado Matar a un ruiseñor y a eso voy ahora mismo.

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De cine y literatura 14

Entrevista-libro

De cine y literatura 14

Entrevista con el vampiro

Entrevista-libroENTREVISTA_CON_EL_VAMPIRO
La adaptación: Entrevista con el vampiro, de Neil Jordan

Año: 1994
País: Estados Unidos
Reparto: Brad Pitt, Tom Cruise, Christian Slater, Antonio Banderas, Kirsten Dunst
Duración: 122 minutos

Por Sergio Sancor

Si un libro instauró, y a la vez su adaptación al cine, la moda por los vampiros, sin duda fue “Entrevista por el vampiro”. Salvando las distancias con el clásico Drácula, esta historia de vampiros que vivían entre nosotros, de vampiros que se sentían incomprendidos, nos hizo ver todo un mundo de posibilidades en cuanto a historias fantásticas se refiere. Y es que, hace años, cuando yo devoraba en mi cuarto los libros de Anne Rice no creía posible que hubiera una película que pudiera reflejar con exactitud lo que acontecía en el libro. Pero en cuestión de minutos, cuando vi aparecer los créditos que daban pie a la película dirigida por Neil Jordan supe que, en todo momento, conocería las caras de algunos de los personajes que me han acompañado siempre.

Recuerdo “Entrevista con el vampiro” en su adaptación cinematográfica como si fuera ayer. Y eso que ya ha pasado un tiempo. La exquisitez de los decorados y la ambientación, el papel de un Louis atormentado por todos los crímenes cometidos, el salvaje Lestat en uno de los mejores papeles de Tom Cruise hasta la fecha, Claudia, esa niña vampiro que dejó en mis retinas una imagen rodeada con una pequeña frase: quiero más. En fin, una cantidad de detalles que hacen de esta película única en su género, y que no pierde fuerza con el tiempo. Bien es cierto que cabe achacarle algunos cambios sobre la novela, o algunos giros de guión un tanto bruscos, la adaptación al cine de la obra de Anne Rice sirve como extraordinario ejemplo de qué es hacer cine, y cine del bueno.

Pero si hay algo que me indignó en su momento, fue el trato que le dieron a la continuación de esta obra. No estoy aquí para hablar de eso, es cierto. Debería centrarme en “Entrevista con el vampiro”, pero sí creo que, como pequeño apunte final, con el paso del tiempo esta película no ha sido todo lo valorada que requería ser. Pero a pesar de todo, disculpadme, voy a por unas palomitas, y a ver por vigésimo sexta vez este baile sin máscaras de mis amigos, los vampiros.

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Freakonomics

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Freakonomics, de Steven Levitt y Stephen Dubner

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Siempre es difícil reseñar un libro con éxito mundial porque tengo la impresión de que, como en un sueño surrealista,  una horda de lectores de todas partes del mundo vendrán a  buscarme y  a gritarme para darme sus opiniones y objetar la mía. Horror. Aunque por otra parte, lo bueno de los éxitos es que reúne tantos detractores como fanáticos y despierta diferentes debates por lo que siento que, en el fondo,  puedo hablar de esto de manera libre. Uy, que alivio.

Freak es una palabra muy utilizada en estos tiempos como frase entre adolescentes o mayorcitos para denominar algo extraño, fuera de serie. F-R-E-A-K, sólo cinco letras que forman una palabra poderosa, tanto, que hasta unificada puede convertirse en el título de un libro y en el motor de esta reseña.

F, futuro. Freakonomics es un  libro que repasa la economía y el devenir del mundo desde un punto de vista poco ortodoxo.Relaciona cuestiones como luchadores de sumo con maestros de escuela y les encuentra un punto de conexión certero (si, los luchadores de sumo que usted ve en la tele y la maestra de preescolar de su hijo). Además, plantea preguntas como “¿Dónde fueron todos los criminales?” y logra, de manera exitosa, encontrarle una respuesta poco esperada, a través de causas desconocidas. La mirada poco ortodoxa pretende que, a partir de la lectura del libro, el lector pueda replantearse la economía y verla a futuro de una manera mucho más reflexiva.

 

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Libros para Halloween 2010

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Libros para Halloween 2010

Hoy para muchos es un día especial. Nuestro alrededor se viste de negro y naranja, y nuestros ojos quieren ver brujas, fantasmas y calabazas iluminadas, a la vez que la mente busca recrearse en el miedo, si es que eso es posible. Con el tiempo, Halloween se ha convertido en el día, o más bien en la noche, alegórica al terror. Y por ello, en su honor, buscamos pasarlo entre disfraces de seres que espanten, galletas con forma de murciélagos y también películas y libros que no nos dejen dormir. Así que si estáis buscando la mejor literatura para esta noche, aquí os dejamos algunas recomendaciones… ¡para que lo paséis de miedo!

¡Feliz Halloween!

 

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Iván recomienda…

“El gato negro” de Edgar Allan Poe

Solo los puros de corazón pueden leer a Poe sin sentir terror. Los demás, nos veremos atenazados por los únicos fantasmas que realmente existen: Esos que están en nuestro interior. Da igual si se manifiestan en un gato negro, en un cuervo o en nuestro álter ego que nos persigue para destruirnos… Poe sabe, mejor que nadie, que el miedo nace dentro de cada uno, y que no hay nada que nos dé más pánico que obtener el castigo que nos merecemos por nuestras malas acciones. Si tienes remordimientos, no leas a Poe.

Francisco recomienda…

Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer

Buscaba un libro de poesías. Revolví entre libros hasta un roñoso ejemplar de Rimas y Leyendas. Olía a tierra mojada, y las hojas amarillas. Era apenas un adolescente; buscaba una poesía y pasando las crujientes páginas llegué a historias que nadie me había contado jamás. “La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas;…” Era el comienzo de la leyenda de El Monte de las Ánimas. A partir de aquí Bécquer fue humano. Pasó para siempre de mis libros de texto a mi memoria, entre tenebrosas y oscuras historias. Leyendas para rodearse en noches cerradas de almas negras y apariciones en busca de paz eterna.
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César recomienda…

Miseryde Stephen King

De los grandes libros de Stephen King, esta es la obra que más me impactó. La enfermera Annie Wilkes es un personaje de lo más tétrico. Con su obsesión, crea en el libro un ambiente de tensión y angustia, dándole a la historia un plus de calidad. El autor, ahonda en la psicología de una fanática y de un escritor, que tendrá que dar a su “admiradora” todo lo que quiere para conservar su vida.

Susana recomienda…

El excorcista de Wilian Peter Blatty

Esta obra se inspiró en un caso real ocurrido a un joven de 14 años en 1949. La novela fue número uno en ventas tras el éxito de la película del director Friedkin y ha superado con nota el paso del tiempo. Nada importa haber visto la adaptación cinematográfica para que el libro nos atrape, haciéndonos sentir parte de la historia. La mezcla de su lectura con la visión del film, ha sido durante toda mi vida LA PEOR DE MIS PESADILLAS.
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Judit recomienda…

La piel fría de Albert Sánchez Piñol

Oscuro. Así recuerdo este libro. Oscuro y helado. Dos hombres desesperados que luchan por sobrevivir. El escenario: una isla en mitad de la nada, inexistente para todos. Y también un faro, cuya única utilidad es la de proteger a los humanos de los seres submarinos que dominan la zona; espeluznantes, violentos y, para más complicación, provistos de una inteligencia arrolladora. Breve novela de terror, misterio y ciencia ficción que nos hace revalorar la condición humana. Una obra magistral, sin duda. Ideal además para devorarla en un día como hoy.

Rosario recomienda…

Una noche en la torre del terror de R. L. Stine

Una fórmula excelente para enganchar a cualquier niño en la lectura. Devoraba los libros de R.L.Stine y algunos, debo reconocer, no me producían miedo. Pero “Una noche en la torre del Terror” me sigue produciendo miedo con tan sólo mirar la portada. Por algo se empieza y gracias a estos libros, mi amor por la lectura creció.
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Un árbol de la noche

Georgina recomienda…

Miriam“, relato incluído en “Un árbol en la noche de Truman Capote.

Un cuento de suspenso escrito por un maestro del suspenso. Eso es Miriam, un relato corto que está  incluido entre otros tantos que conforman Un árbol de la noche de Truman Capote. Los zombies y los cementerios no siempre significan miedo y terror. Miriam es el cuento de una niña misteriosa que aparece de incógnito en la vida de una mujer con una vida apacible. Será por la presencia inquietante de esa nena o por el hecho de que aparece en todas partes, que es posible comenzar a verla como una amenaza entre la imaginación y la realidad.

Javier recomienda…

Otra vuelta de tuerca de Henry James

Una joven e inexperta institutriz se hace cargo de la educación de un niño y una niña, contratada por su tutor, un atractivo caballero que le otorga plenos poderes sobre los pequeños y sobre la casona familiar perdida en el campo, con toda la servidumbre incluida, a condición de que nunca, bajo ningún concepto, se le importune con noticias de los niños o de la casa.  Desde el primer momento la institutriz siente una presencia en la casa y muy pronto deberá enfrentar la aparición de dos fantasmas que rondan a los niños.  A partir de ese momento, armándose de valor, la protagonista tratará de tomar las riendas de la situación mientras los hechos se precipitan hacia un final tan imprevisible como inevitable.

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Sergio recomienda…

Frankenstein de Mary Shelley

Todos tenemos en nuestro imaginario figuras que asociamos al terror: las momias, los trolls, las brujas, los lunes por la mañana,… Pero, tras haber leído la célebre novela de Mary Shelley, me pregunto cómo es posible que Frankenstein haya quedado fijada como una de las figuras de terror más recurrentes para los niños de mi generación: como un recién nacido encerrado en un cuerpo de adulto, la criatura del doctor Frankenstein lo único que quiere y pide es cariño. No duden en acercarse a este clásico, no le tengan miedo, es terroríficamente entretenido y les aseguro que les dejará huella.

Squallido recomienda…

La llamada de Cthulhu y otros cuentos” de H. P. Lovecraft

Lovecraft revolucionó la literatura fantástica combinando los elementos propios de las historias de terror con su particular visión de la ciencia ficción, hasta crear una mitología propia. En sus cuentos la realidad cotidiana oculta un universo de horror cósmico poblado por seres abominables, fuerzas ocultas y terrores antiguos nunca superados por el hombre.

cthulhu

 

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El juego de Ender

El juego de Ender

El juego de Ender, de Orson Scott Card

Creo que es importante destacar que no suelo leer libros de ciencia ficción, pero mi novia, que fue quien me recomendó leer este libro, detesta el género, así que si a ella le gustó, valía la pena arriesgarse a probar. Fue todo un acierto.

El juego de Ender, de Orson Scott Card

 

 

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