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Un regalo de Navidad

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Un regalo de Navidad, de Robert Louis Stevenson

Ilustrado por Tyto Alba

un-regalo-de-navidadLa obsesión tiene diferentes compañeros de viaje: ideas mezquinas que se clavan en nuestro cerebro, palabras que nos recuerdan qué hemos hecho mal, que alguno de nuestros pecados saldrán a la luz en algún momento, y sentimientos de desasosiego, de actividad desenfrenada, de no saber bien qué acabamos de hacer y qué tenemos que hacer a continuación. La obsesión es una sensación cercana a la locura, esa en la que todos podemos caer por numerosas razones, y de la que nadie está a salvo. ¿Quién es el cuerdo? ¿Quién el loco? ¿Acaso pueden ser los dos una misma persona? Porque en una vida podemos ser muchas cosas a la vez, sólo nos queda elegir qué camino queremos tomar. Y esa puede ser la peor elección de nuestra vida, aunque no sólo de la nuestra, sino también de todo aquel que nos rodea.

Dos relatos sombríos, oscuros, pero bellos en su interior, que reflejan con una perfección exquisita la obsesión que recorrer nuestras fibras, nuestros nudos capilares, nuestro interior, cuando lo que tenemos en frente no es otra cosa que la vida de otra persona en nuestras manos.

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El niño perdido

El niño perdido

El niño perdido, de Thomas Wolfe

El niño perdido

Thomas Wolfe trata de recuperar, en esta novela breve pero imprescindible, la memoria de su hermano muerto treinta años atrás.

…Los años cayeron como las hojas de un árbol

 

y su rostro volvió a mi mente.

 

Recuerdo que, cuando era un chaval, en el colegio nos hacían leer obras como las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique o Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca.  Sin duda eran lecturas magníficas pero a esa edad lo más probable era que nos inculcaran el pánico a la muerte y la aversión por la literatura a partes iguales.  Como soy poco sensible a las influencias externas salí más o menos indemne del programa escolar, aunque me temo que me quedó una cierta aprensión ante los dramas personales: me produce un poco de reparo convertirme en espectador del dolor ajeno.

Más tarde he leído otros libros cuya temática gira en torno a la muerte de alguien cercano, como La invención de la soledad, de Paul Auster o más recientemente Un matrimonio feliz, de Rafael Yglesias o Epígrafe, de Gordon Lish y he llegado al convencimiento de que algunas de las obras más hermosas e intensas de la literatura nacen del dolor, como si el sufrimiento fuese el terreno abonado donde con mayor facilidad brota la inspiración.  Y si el dolor puede engendrar la belleza (aunque se trate de la belleza más triste posible), no existe dolor más insoportable que la pérdida de un ser querido.

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Epígrafe

Epígrafe

Epígrafe, de Gordon Lish

Epígrafe

A través de las cartas enviadas a quienes le ayudaron durante la enfermedad de su mujer el lector es testigo del desmoronamiento de un hombre vencido por el dolor y la culpa.

La señora Lish ha fallecido después de una larga y penosa enfermedad que la ha tenido postrada durante años, incapaz ni tan siquiera de comunicarse.  Durante ese tiempo su marido, Gordon Lish, recibió la ayuda desinteresada de una serie de damas —Personas Misericordiosas, las llama él— de las congregaciones de San Fermo y San Eustacio.

Ahora, cuando todo ha pasado, el señor Lish se sienta en el lecho de muerte de su esposa Barbara (un artilugio reclinable que le proporcionaron los miembros de las congregaciones religiosas a las que ella pertenecía) y comienza a escribir cartas de agradecimiento a todas aquellas personas que tanto hicieron por ayudarles a él y a su esposa en tan duro trance.

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En Grand Central Station me senté y lloré

En Grand Central Station me senté y lloré

En Grand Central Station me senté y lloré, de Elizabeth Smart

En Grand Central Station me senté y lloré

Un libro, situado a medio camino entre la novela y la poesía, que narra a través de imágenes de gran intensidad y belleza una historia de amor poco convencional.

Con sólo leerlo sobre la portada, el título de En Grand Central Station me senté y lloré comenzó a sugerirme una historia.  Quizá fuera por el poder evocador de las estaciones de tren, el caso es que imaginé a una persona que, sentada en un banco tras despedir a alguien, o tras esperar largamente a quien nunca llegó, deja correr sus lágrimas incapaz de contener la emoción. Más que imaginar esa historia, la vi.  Y eso es lo que contiene este libro, situado a medio camino entre la poesía y la novela; imágenes de una intensidad y una belleza fuera de lo común.

Se suele decir que una imagen vale más que mil palabras, y quizá la única manera de expresar sentimientos tan profundos y apasionados como los que vivió y reflejó en este libro Elizabeth Smart sea emplear imágenes, aunque sean imágenes formadas por palabras.

Cada una de las diez partes en que se divide En Grand Central Station me senté y lloré es como una imagen aislada; diez instantáneas tomadas en distintos momentos de la relación de Elizabeth Smart con el poeta George Barker.  Y aunque estas imágenes, casi abstractas en ocasiones, transmiten con viveza los sentimientos de su autora, el relato de su relación con Barker apenas se puede seguir en el texto.  Así que, si no les importa, convertiré por un tiempo esta reseña en una revista del corazón y se la contaré.

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Formas del amor

formas del amor - david garnett

Formas del amor, de David Garnett

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Una ligera y encantadora historia que, evitando al mismo tiempo los lugares comunes del drama y de la novela romántica, hace honor a su título.

No suelo planificar mis lecturas; no soy tan organizado y, además, cada momento y cada estado de ánimo tienen su libro y no es nada fácil acertar con antelación.  Sin embargo, ante la cantidad de libros sin leer que se van acumulando, decidí intentarlo y preparé una lista de unos diez libros con la intención de irlos leyendo a lo largo de la primera mitad del año.  Llegué hasta el tercero.

Y lo peor es que cuando lo terminé, hace unos días, me encontré con que no sabía qué leer a continuación; la lista estaba descartada, aunque sólo fuera por rebeldía, y sentía una vaga necesidad de leer algo “diferente”, aunque no sabría decir de qué debía diferenciarse.  De modo que escogí cuatro o cinco libros que aún no había leído y que me parecían atractivos, entre los que se encontraba Formas del amor, de David Garnett, un título que compré meses atrás sin saber muy bien por qué, siguiendo una especie de intuición, a pesar de que apenas sabía nada ni del autor, uno de los miembros menos conocidos del grupo de Bloomsbury, ni de su obra.

Como aún no era capaz de decantarme por ninguno de los libros que había seleccionado, decidí leer las primeras líneas de cada uno, a ver si alguno de ellos me enganchaba.  Abrí el primero y leí un par de páginas: demasiados personajes hablando todos a la vez.  Hice lo mismo con el segundo: muy poco diálogo.  Entonces le tocó el turno a Formas del amor.  Cuando lo cerré había leído más de cien páginas.

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