
En Grand Central Station me senté y lloré, de Elizabeth Smart

Un libro, situado a medio camino entre la novela y la poesía, que narra a través de imágenes de gran intensidad y belleza una historia de amor poco convencional.
Con sólo leerlo sobre la portada, el título de En Grand Central Station me senté y lloré comenzó a sugerirme una historia. Quizá fuera por el poder evocador de las estaciones de tren, el caso es que imaginé a una persona que, sentada en un banco tras despedir a alguien, o tras esperar largamente a quien nunca llegó, deja correr sus lágrimas incapaz de contener la emoción. Más que imaginar esa historia, la vi. Y eso es lo que contiene este libro, situado a medio camino entre la poesía y la novela; imágenes de una intensidad y una belleza fuera de lo común.
Se suele decir que una imagen vale más que mil palabras, y quizá la única manera de expresar sentimientos tan profundos y apasionados como los que vivió y reflejó en este libro Elizabeth Smart sea emplear imágenes, aunque sean imágenes formadas por palabras.
Cada una de las diez partes en que se divide En Grand Central Station me senté y lloré es como una imagen aislada; diez instantáneas tomadas en distintos momentos de la relación de Elizabeth Smart con el poeta George Barker. Y aunque estas imágenes, casi abstractas en ocasiones, transmiten con viveza los sentimientos de su autora, el relato de su relación con Barker apenas se puede seguir en el texto. Así que, si no les importa, convertiré por un tiempo esta reseña en una revista del corazón y se la contaré.
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