
El niño perdido, de Thomas Wolfe

Thomas Wolfe trata de recuperar, en esta novela breve pero imprescindible, la memoria de su hermano muerto treinta años atrás.
Recuerdo que, cuando era un chaval, en el colegio nos hacían leer obras como las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique o Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca. Sin duda eran lecturas magníficas pero a esa edad lo más probable era que nos inculcaran el pánico a la muerte y la aversión por la literatura a partes iguales. Como soy poco sensible a las influencias externas salí más o menos indemne del programa escolar, aunque me temo que me quedó una cierta aprensión ante los dramas personales: me produce un poco de reparo convertirme en espectador del dolor ajeno.
Más tarde he leído otros libros cuya temática gira en torno a la muerte de alguien cercano, como La invención de la soledad, de Paul Auster o más recientemente Un matrimonio feliz, de Rafael Yglesias o Epígrafe, de Gordon Lish y he llegado al convencimiento de que algunas de las obras más hermosas e intensas de la literatura nacen del dolor, como si el sufrimiento fuese el terreno abonado donde con mayor facilidad brota la inspiración. Y si el dolor puede engendrar la belleza (aunque se trate de la belleza más triste posible), no existe dolor más insoportable que la pérdida de un ser querido.

