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La historia del arte, de E.H. Gombrich

La historia del arte
La historia del arteHay varias vías por las que descubrimos un libro. A veces te lo recomienda un amigo; otras, lees una reseña en LyL que te gusta; puede ser que lo presenten en la radio o que incluso algún programa de televisión utilice sus pocos minutos de emisión cultural para hablar de un libro con el que podría ser que conectaras. Y por último, si eres muy lector, es muy frecuente que sean los mismos libros los que te llevan a otros libros.
Llegué a La historia del arte de Gombrich a través del libro Éxito de Trama Editorial. Un libro muy divertido sobre el encuentro de autores y sus manuscritos con las editoriales: errores garrafales cometidos por las editoriales, cartas de rechazo ingeniosas, autores poco críticos que se sienten incomprendidos y proyectos que, con buen olfato por parte del editor, se convierten en libros que venden más de ocho millones de copias. Este último es el caso del libro de Ernst Gombrich: una aproximación muy personal a la historia del arte, nada más y nada menos.
Textos sobre la historia del arte hay muchos, pero este de Gombrich publicado por primera vez en 1950, es el mejor que se ha escrito jamás. ¿Qué lo hace tan especial? Sin ninguna duda el autor, Gombrich, que lo escribe desde una perspectiva llena de sabiduría y de ternura.
En este libro no podemos cometer el error de pasar directamente al capítulo primero saltándonos la introducción y los prefacios a las sucesivas ediciones. Gombrich nos explica sus normas para escribirlo en las primeras páginas. La primera es que el lenguaje no puede ser excesivamente académico para no desencantar al que era su público objetivo: jóvenes que se enfrentaban por primera vez al tema. Eso no significa utilizar su jerga, ni minimizar los objetivos, ni reducir los conceptos que quiere transmitir. Significa que el lenguaje va a ser un instrumento preciso y hermoso que va a servir a su función principal, significa no asustar con cientifismos innecesarios y producir el efecto contrario al deseado, significa analizar las ideas que se pretenden transmitir y presentarlas de una manera sencilla que esté siempre al servicio del conocimiento. Como el mismo Gombrich dice, no es descender hasta los jóvenes, más bien lo contrario, ya que en el fondo ellos son los más difíciles de engañar con el lenguaje opaco que acompaña a la mayoría de las disciplinas. Esta norma no implica simplificar los conceptos o tratarlos superficialmente. Implica ir a lo esencial y no distraer. El resultado de su primera norma es un libro limpio y honesto que interesa a jóvenes y adultos, que cautiva a profesionales y a curiosos. Una ascensión hasta los jóvenes de la que todos nos beneficiamos ya que sus palabras casi 70 años después son sinceras y producto de exprimir lo fundamental.
Sus otras dos reglas tienen que ver con la selección de obras que va a presentar: tienen que ser obras de arte verdaderas y apoyadas por una mayoría. Quiere dejar de lado tanto las obras discutidas o que fueron apoyadas por sus coetáneos pero que no pasaron el cribado del tiempo, como sus preferencias personales. No quiere perder de vista el objetivo: mostrar que el arte es lo mejor de nosotros mismos y que la historia del arte nos ayuda a entenderlo. Necesariamente se van a quedar fuera obras y artistas significativos, pero esta renuncia es esencial para conseguir hacer un tratado inmejorable y que no sea demasiado extenso. Incluso cree que escoger una selección tan exquisita podría hacer aburrido el libro, ya que como él dice, los elogios son más insípidos que la censura (así que mi reseña va a ser aburridísima).
Una presentación que es toda una declaración de intenciones y que impacta por lo poco acostumbrados que estamos a que se hable del arte en términos sencillos y manejables. Te está diciendo que su pasión es contextualizar el arte en su tiempo, sí, pero que su objetivo ahora eres tú, lector. Nada hay más importante que conseguir hacerte fácil y atractivo el camino. Como un buen profesor, conocedor riguroso y enamorado de su campo de estudio, pero comprometido con el estudiante. No para contarle detalles superfluos que se le olvidarán o perderlos en marañas de tecnicismos innecesarios. Su misión es rastrear la verdad y manejarla para que su audiencia perciba su forma.
El fotógrafo Henri Cartier-Bresson dijo del libro: “Ecuación: conocimiento + contemplación; solución: Gombrich”. Mi ecuación incluiría más términos:
Conocimiento + amor + respeto + humildad + objetivo = La historia del arte, de Gombrich. Conocimiento extenso y profundo, amor por el arte, respeto por los artistas y los lectores, humildad para olvidarse de sí mismo y perseguir su objetivo: que los lectores (profanos o no, ojo, este es un libro muy querido también por artistas de todos los campos) podamos darle algo de sentido al arte utilizando el tiempo como guía.
Y es maravilloso que Gombrich sea humano (tan humano) para hacernos entender desde su mirada los vaivenes de artistas y obras a través de la historia, y nos gustaría que en algunos aspectos lo fuera menos, que fuera inmortal para que su estudio nos devolviera su visión sobre el arte que ha aparecido después de su muerte. Señor Gombrich, ¿qué motivaciones diría usted que llevan a Okalpa a pintar esos cuadros llenos de números?, ¿a qué se enfrentan los artistas en las décadas en las que ya no estaba usted para contextualizarlos en la historia y comprender sus objetivos? Que sepa que le echamos de menos.
La función principal de un libro de historia del arte es contextualizar el arte, darle sentido dentro de su particular época, es entender cuáles eran sus motivaciones, con qué herramientas se podía trabajar, qué temáticas eran las más frecuentes, qué problemas técnicos resolvieron y cuáles crearon, con qué obstáculos políticos, sociales, culturales e incluso científicos se encontraban los artistas. Dice Gombrich: “Es tarea del historiador hacer inteligible lo sucedido. Es tarea del crítico criticar lo que sucede.” Y, sin embargo, La historia del arte, no solo describe y nos ayuda a conocer, también nos ayuda a comprender.
Tratar de entender el arte es rodearse de dudas. ¿Es universal? ¿Es asequible para todo el mundo o solo para las élites que viven en él? ¿El artista siempre tiene una intención? ¿Cuál es el papel del observador en la percepción de una obra? ¿Es la técnica necesaria y/o suficiente? ¿Cómo detectar el fraude si es que lo hay? El historiador no es un crítico de arte, pero al recoger lo que ha sucedido, reflexiona sobre estas preguntas en el pasado. “…No podemos olvidar que el arte es cosa muy distinta de la ciencia. Los propósitos del artista, sus recursos técnicos, pueden desarrollarse, evolucionar, pero el arte en sí apenas puede decirse que progrese, en el sentido en que progresa la ciencia. Cada descubrimiento en una dirección crea una nueva dificultad en otra
La edición de lujo, recién publicada, es un libro de otro planeta. Una encuadernación en tela con estuche, una maquetación elegante y sobria, anexos con bibliografía detallada, tablas cronológicas y mapas de los lugares mencionados. 688 páginas y 413 maravillosas ilustraciones (en papel mate eso sí) que, algunas, se han grabado en mi memoria y que conviven codo con codo con otras imágenes impresionantes (por ejemplo, las sinapsis que establecen las neuronas con el músculo en minúsculas larvas de insectos).  Me gustaría creer que lo bello que vemos (oímos, leemos) pasa a formar parte de nuestro catálogo de vida, arraigándose en nuestras conexiones y creando un paisaje interior que nos enriquece. La última cena de Leonardo Da Vinci, el soldado muerto de La batalla de San Romano de Ucello con su fascinación por la perspectiva, la luz en El sueño de Constantino, de Piero de la Francesca, la angustia en el niño agonizante de Pobreza, de Käthe Kollwitz…   Lo bello, el encuentro, la comprensión. Este libro es, en sí mismo, aquello de lo que habla: una obra de arte. No es mi opinión, o no solo, lo dice la historia.
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