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Nicotina, de Gregor Hens

Nicotina

NicotinaAviso: este no es un libro de autoayuda o un manual de cómo dejar de fumar. Lo digo por si a alguien se le ocurre leerlo o regalarlo con la intención de que pueda ayudar en esa difícil tarea. Puede ser inspirador, eso sí, pero si estás metido en el humo, no sé si esto te podría animar a dejarlo, o al revés.

El protagonista, que es el escritor, ha intentado dejar de fumar otras veces, y decidió hacer un estudio profundo, obsesivo, sobre las causas de su adicción al tabaco. Desde antes de nacer, ya estaba rodeado de humo y nicotina, por lo que su destino era fumar, sí o sí. Siempre lo consideraron un niño enfermo, cuando lo que estaba era intoxicado. Nos cuenta como fue creciendo pegado al cigarro y cómo evolucionó su relación con el tabaco a lo largo de su vida. En Nicotina se explican los efectos del tabaco y el tabaquismo, que son demoledores. Pero lo que más le duele o le pesa al escritor es la dependencia a la sustancia. Cómo puede algo externo manejar los hilos de nuestra vida hasta hacernos parecer marionetas. También nos explica el placer que le han proporcionado muchos de esos cigarrillos que se fumó, un placer efímero pero muy intenso. En la actualidad lleva casi un año sin fumar, pero tiene que convencerse todos los días de que está haciendo lo correcto, de que él puede con ello. Anda buscando los halos de humo que dejan otros para consolarse. Le ayuda en la superación de la adicción, el deporte, que practica con asiduidad y que le recuerda que en sus etapas de fumador no podía disfrutar porque no le daban los bronquios para las dos cosas.

Es una reflexión sobre el tabaco y su adicción. Está contado con bastante sentido del humor, es entretenido y tiene ese punto de obsesivo de alguien con el mono: rápido, repetitivo, de darle vueltas a cosas que ya están habladas, analizando, destripando, volviendo a componer. Es fácil de leer, aunque sea un ensayo y tiene alguna fotografía que aligera todavía más la lectura.

Yo he fumado en algunas etapas de mi vida, hace mucho tiempo que no lo hago. Nunca me he considerado muy dependiente del tabaco, pero esa es una idea que tienen todos los fumadores. No lo echo de menos, pero reconozco que tengo asociado con el tabaco buenos momentos de mi juventud. Pero, como al escritor, lo que más me gusta de no fumar, es el que yo he podido con el tabaco, la idea de superación, de que yo manejo la situación, de ser libre para decidir si fumo o no. El tabaquismo te hace esclavo y dependiente y eso es espantoso. Yo me crié pegado a un fumador compulsivo, que afortunadamente pudo superar su adicción. Pero viví durante los primeros años de mi vida oliendo a tabaco. La salita en la que veíamos la tele, tiene como unos doce metros cuadrados y allí estábamos toda la familia apiñada en el sofá metidos en una nube espesa de humo. Se fumaba una cajetilla de Habanos, que eran como los Ducados pero más fuertes, en una sesión de tarde-noche. Y mi hermano y yo allí pegados a la nicotina. Hoy lo pienso y me parece un crimen. Lo que no sé es como no tenemos más secuelas de las que tenemos. Efectivamente, los dos hemos sido fumadores y los dos lo hemos dejado.

Casi todos tenemos dependencia a alguna cosa. Algunas son más llamativas, como la de las drogas, pero hay mucha dependencia a pastillas con receta, que es igual de malo. La del alcohol, que está socialmente aceptada hasta que la cosa se desmadra. Algunos trastornos alimenticios también tienen que ver con adicción. Hay gente que está enganchada al deporte y lo practica obsesivamente, aunque se lesione. Las redes sociales, el estar conectado constantemente, es otra adicción. Otros se enganchan a personas o al sexo y así podría estar durante un buen rato, enumerando adicciones. Algunas son más peligrosas que otras para nuestra salud o nuestra integridad, pero todas tienen ese enganche que a mí, personalmente, es lo que más me molesta: el no poder elegir libremente por culpa de la dependencia.

El libro nos deja un epílogo muy esperanzador, en el que nos habla de lo maleable que es el cerebro y de que cualquier hábito, por arraigado que esté, es modificable. Así que a liberarse, que sí hay remedio y está dentro de uno mismo

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Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff

Tú no eres como otras madres

Tú no eres como otras madresTú no eres como otras madres. Yo tampoco. Ni tú. Ni tu madre, tu hermana o tu mujer. No existe eso de “otras madres”. Todas somos distintas. La maternidad es una experiencia diferente para todos. Y, sin embargo, la maternidad es uno de los conceptos más plagados de lugares comunes que existen. No por usar el lenguaje perezosamente (pérfida envidia, fe inquebrantable o de rabiosa actualidad). Ni tampoco creo que sea porque la maternidad sea un sentimiento tan intenso y complicado que resulta indescriptible. El amor también lo es y aunque a veces sentimos mariposas en el estómago y a veces se nos rompe el corazón, existen muchas representaciones originales que nos permiten comprender mejor las particularidades de esta emoción en la literatura (como Piezas en fuga, de Anne Michaels o Como amigos de Forrest Gander) y en el cine (por ejemplo, El marido de la peluquera, de Patrice Laconte, o Buffalo 66, de Vicent Gallo). La maternidad además de ser una emoción compleja como pocas y por tanto difícil de definir, es una experiencia con tantas implicaciones en la población que parece socialmente interesante que lo que sienta una madre y cómo se comporta con sus hijos sea una respuesta innata, estereotipada y global que se extiende a lo largo de toda su vida. Ni mucho menos quiero con esto desestimar el papel que, obviamente, tienen las hormonas en los mamíferos. Que es esencial, predecible, sí y, por supuesto, evolutivamente interesante. Me refiero a que las expectativas sobre la maternidad están establecidas en la sociedad como algo estático, invariable y generalizado. Se desechan las singularidades, se trivializan los efectos de las motivaciones, la formación o la historia de cada madre. Pues incluso dicho esto, la protagonista de Tú no eres como otras madres, se gana el título del libro a pulso. Estamos a principios del siglo pasado, cuando el margen de respuestas esperables de una madre era muy reducido.

La protagonista, Else, es la madre de la autora. Así que este libro es sobre todo una mirada llena de amor, admiración, curiosidad, asombro y a veces un poco de rencor, de una hija a su madre. Else es una judía burguesa del siglo pasado, una mujer inteligente, sensual y llena de inquietudes, que tiene la valentía de rebelarse ante el futuro que le están preparando sus padres, que incluye un matrimonio por conveniencia con un amigo de la familia. Pero en vez de responder a lo que se espera de ella, desobedece a sus padres y opta por elegir autónomamente y por amor, al que será su primer marido. Esta decisión es solo la primera de las muchas elecciones personales que hace Else a lo largo de la novela. Y no le importa hacer mucho ruido, sorprender o decepcionar a los demás.

La primera parte de la novela se llena de maridos (casi tres), de hijos (uno por marido), de conversaciones sobre arte, música y literatura, de cenas en lujosas mansiones y de salidas por el Berlín dinámico y culto del periodo de entreguerras. En este tiempo Else explora sus deseos que no son siempre convencionales y vive intensamente cada segundo sin sensación de pecado o de peligro. No tiene sensación de pecado porque asume sus anhelos como lícitos y porque se siente avalada por un grupo de seguidores que están atrapados por su magnetismo. No tiene sensación de peligro porque el dinero no es un problema y su vida es solo lo inestable que ella desea.

Pero peligro sí existía y tardó poco en llegar. Cuando Hitler llega al poder e inicia una serie de reformas que le garanticen el poder absoluto, Else y su círculo observan este nuevo orden con preocupación, pero considerándolo poco más que un insulto intelectual y provinciano y no las primeras notas de la obra sombría y terrible que llegaría a ser poco después. Leyendo el libro desde nuestra distancia sorprende que no vieran lo que se les venía encima, porque aquí y ahora vemos que desde el principio había señales claras de que el monstruo crecía. Sin embargo, ellos desprecian la importancia de los cambios que se avecinan y siguen ajenos a lo que se está gestando. Viven en lo que se podría llamar su pasado feliz, dando manotazos en el aire para apartar las moscas molestas pero irrelevantes, tratando de evitar las muestras del espanto que estaba invadiendo todos los aspectos de la vida de los judíos. ¿Cómo no leyeron los indicios con más claridad? Cuesta entenderlo desde lo que ya sabemos que sucedió, cuesta pensar que personas por otro lado inteligentes y sofisticadas, no anticipasen el mal. Pero solo tiene sentido a la luz de lo que sabemos que finalmente ocurrió. Era imposible imaginar tal horror.

Cuando ya no puede ignorar más el alcance de lo que está sucediendo, Else se exilia a Sofía con sus hijas. Estamos en la segunda parte del libro, la segunda y radicalmente diferente parte de su vida. Los años de búsqueda de identidad y de desarrollo intelectual no tienen cabida en Sofía. Se acabaron la seguridad, el lujo, las garantías y las decisiones personales no convencionales. Son tiempos de supervivencia, temor y tristeza. El cambio salvaje de la realidad exige adaptaciones y reinterpretaciones de la misma. Incluyendo la relación de Else con sus hijos, cuyas vidas, aún por hacer, están en peligro (de ser mutiladas, condenadas o incluso, de terminar) y pasan a representar la mayor preocupación de Else, que los sitúa ahora como prioridad casi única.

Tú no eres como otras madres es un libro tan maravilloso como brutal. Conmueve, atrapa, entretiene, enseña, recuerda, estimula, solivianta y permanece. Desde el principio se habla de él en todos los medios y se le compara con los clásicos. No está muy claro qué ingredientes tiene que tener un libro para convertirse en clásico. De las varias definiciones de clásicos que han hecho distintos autores, me gusta especialmente una de las que propone Italo Calvino en Por qué leer a los clásicos: “Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.” Si pienso en qué tienen de común “mis” clásicos, creo que la mayoría han sido capaces de transportarme al mundo que ha creado su autor de una manera tan intensa que no solo recuerdo el contexto, la trama o la atmósfera, sino que, sobre todo, el autor me ha hecho partícipe de la evolución de los personajes, cuáles eran sus representaciones mentales de partida, cómo han vivido los conflictos con los que se encuentran y en qué se han convertido cuando ya ha pasado todo. Con Tú no eres como otras madres estoy segura de haber leído un nuevo clásico.

Errata Naturae y Periférica, dos editoriales con catálogos muy escogidos, se han unido puntualmente para recuperar esta historia real escrita originalmente en 1992, cuando Else Schrobsdorff llevaba ya varias décadas muerta. A cuatro meses de su publicación lleva ya seis ediciones. Y esta respuesta de los lectores no es pasajera. Se va a convertir en un libro muy leído y muy regalado, ya que cuando lo has acabado tienes necesidad de compartirlo y, además, sabes que no vas a fallar. Se podría decir que el impacto de este libro está garantizado.

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La transformación, de Franz Kafka

La transformación

La transformaciónEl relato sobre la inquietante mutación sufrida por Gregor Samsa es, para mí, el mejor comienzo de una historia que he leído jamás. Una visión de pesadilla que el escritor narra perfectamente para que sientas, como lector, la angustia de verte transformado en un monstruoso bicho. El día que leí la historia por vez primera hace ya algunos años, sentí que el cuerpo se me descomponía, me sentí raro, con pesar, horrorizado y a la vez, maravillado por la soberbia historia que Franz Kafka escribió. No he encontrado lectura, ni aún dentro del género de terror, que dé más pavor que La Transformación.

Mi primera lectura la realicé en una vieja edición argentina traducida por el inmenso escritor Jorge Luis Borges (el nombre de Gregor fue españolizado a Gregorio y eso me encantó) de quién, a día de hoy, considero la traducción que más me gusta. Nota que no digo la mejor, solo la que más me gusta. En seguida trato el tema de la traducción actual. Para mí, aquella edición de páginas ajadas amarillentas que casi daba miedo pasar por si se desprendía de la pobre cubierta de papel, me puso el cuerpo del revés. Ya no solo el impactante comienzo sino toda la historia que le sigue. De lo mejorcito que he leído en mucho tiempo y uno de esos libros al que cada año le dedico una tarde. Si se me pasa un año, el siguiente lo leo dos veces.

Convirtiéndose en un clásico de la literatura alemana del siglo XX, la historia narra un hecho que podría ser parte de un mal sueño pero que nada tiene de irreal; Gregor Samsa despierta en su cama convertido en un horrible insecto. De una forma magistral, muy rica en detalles descriptivos, el autor nos sumerge en los pensamientos y pesares del protagonista que intenta habituarse a su nuevo aspecto dentro de su propia habitación y cómo sufre progresivamente el rechazo y aislamiento de sus familiares.

Tras una edición conmemorativa en tapa dura con la ilustración de la portada original en la sobrecubierta, la editorial DeBolsillo edita ahora la edición definitiva en rústica con nueva ilustración impresa para la portada y con la traducción revisada de José Luis del Solar y prólogo y comentario de notas muy interesante de Jordi Llovet. Para muchos, yo el primero acostumbrado a mi vieja edición argentina de La metamorfosis, puede llegar a chocar la interpretación del título elegido. En las notas de Llovet queda muy bien aclarado el motivo. El nombre original de la obra en alemán Die Verwandlung, traducido de cualquier diccionario alemán, la voz Verwandlung significa cambio, transformación, mutación y solo refiere a la metamorfosis cuando se le da una interpretación mitológica. Dada la temática del relato, bien podría tener parte de peso mitológico pero Kafka en ningún momento quiso atribuirle a su historia una carga de mitología, de ahí que la traducción más aceptada sea La transformación.

Juan José del Solar hace un trabajo estupendo traduciendo el relato. Yo no sé alemán pero por notas aclaratorias, sí sé que Kafka escribió su historia con un léxico muy culto y elevado y del Solar desempeña un trabajo muy correcto transcribiendo la historia con un lenguaje directo, sencillo y que no pierde encanto con las intenciones del escrito original. Y la parte que más destaco de esta nueva edición es, sin duda, las notas de Jordi Llovet. En ellas, además de aclaraciones a expresiones concretas dentro del relato para la total comprensión de su lectura, o de las indicaciones que Kafka obligó a que se llevaran a cabo sobre la ilustración de la portada original en la que en palabras suyas, el insecto mismo no debía ser dibujado, ni tan solo debía ser mostrado desde lejos, también incluye fragmentos de las cartas que el escritor alemán escribía a su amada, Felice Bauer, narrando casi a modo de diario, sus emociones y pesares desde la génesis de su relato hasta la culminación del mismo:

“[…] tengo que escribir un cuento que me ha venido a la mente en la cama, en plena aflicción, y que me asedia desde lo más hondo de mí mismo.”

A medida que avanzaba con la historia, las cartas describían la sensación de terror que le producía a su propio autor según la escribía, él mismo iba padeciendo una transformación, y aumentaba su ansia de narrársela cogiendo su mano.

Una edición en la que si ya has leído la historia, nunca está de más conocer, gracias a sus excelentes comentarios de texto, al hombre que se escondía tras esa inquietante historia que a mí, más de una vez, me ha hecho retorcerme en la cama sintiendo escalofríos de despertar una mañana, tras un sueño intranquilo, convertido en un horrible insecto.

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Viento mortal, de Cay Rademacher

Viento mortal

Viento mortal

Hay libros que te marcan y otros que simplemente te entretienen y te hacen pasar gran rato sin más pretensiones. Viento mortal, de Cay Rademacher, se encuentra en el segundo grupo, pero no obstante, es una lectura que realmente merece la pena y que se ajusta muy bien a la época estival en la que nos encontramos.

Se trata de una novela de misterio en la que el protagonista, el capitán Roger Blanc, es trasladado a a una pequeña localidad en la Provenza como castigo por investigar e incomodar a altos cargos de la capital francesa. Por si eso fuera poco, su mujer se niega a acompañarlo aduciendo a la aventura que desde hace tiempo tiene con otro hombre. Así las cosas, Blanc, empieza de cero en una vieja casa heredada de un tío y en una comisaria donde no es del todo bien recibido. Por eso, nada más llegar le asignan un caso que, en principio, parece carecer de importancia, pero que irá ganando magnitud y que tendrá que investigar con dos de sus nuevos colegas: un hombre vago y nada respetado por sus compañeros y una especialista informática que es todo lo contrario. Además tendrá que lidiar con el matrimonio formado por el Secretario de Estado culpable de su traslado y la jueza de instrucción de su nuevo destino, que estará pendiente de todos sus pasos desde el primer momento.

Es un libro de misterio al uso que no aporta nada nuevo al género pero que, no obstante, sí tiene algunos rasgos distintivos que lo hacen más atractivo y mejor que la media de libros del género. Para empezar, su ambientación. Como decía, la historia se desarrolla en la Provenza francesa, un paisaje bucólico y tranquilo en el que nadie se espera que sucedan cosas terribles y, por eso, cuando suceden, el avispero se agita ineludiblemente. Tras la cansina moda de novelas negras ambientadas en los fríos y ya monótonos paisajes nórdicos, es de agradecer este cambio de tercio a una panorámica cálida y colorista que se advierte y experimenta nada más ver la portada (y sus magníficas solapas), además de desde la primera página. He de añadir, hablando de primeras páginas, que me gustan mucho las novelas que, a lo Agatha Christie, comienzan con un listado de personajes a modo de presentación para que sepamos desde el principio quién es quién.

Además del cambio de ambiente, Cay Rademacher, también introduce unos personajes algo diferentes, especialmente el protagonista que, a pesar de la difícil situación personal y profesional que atraviesa, no ahoga sus penas en alcohol ni saca a relucir un carácter agrio y antipático como la mayoría de los protagonistas de la novela negra hoy en día. Blanc se trata de un hombre normal que, como todos, tiene luces y sombras y que en el momento del libro se encuentra en una mala racha, pero en vez de arrastrase por el suelo y autocompadecerse, empieza de cero y trata de rehacer su vida en todos los ámbitos a la vez que es fiel así mismo. Hago hincapié en esto porque últimamente estábamos acostumbrados a policías atormentados que reniegan de todo y vuelcan su frustración y tormento en litros de alcohol. El protagonista de este libro no es así y es algo que valoro enormemente como lectora asidua de novelas negras o de misterio.

Al margen de los dos puntos claves y distintivos que he comentado, Viento mortal es un libro que se lee fácil y cómodamente. Está bien escrito, con su justa medida de descripciones y diálogos y con un argumento bien hilado y presentado, que se centra en cómo afecta el crimen a los habitantes de la localidad –en la nota de prensa que presenta el libro se habla de género slow crime–. Por eso, no esperéis generosas dosis de tensión ni grandes giros, porque no es el caso de esta novela. Esto no quiere decir que el libro no enganche, que no haya misterio o que sea excesivamente lento o previsible, ni mucho menos; pero no son sus rasgos más destacados.

En resumidas cuentas, es un libro recomendable para los amantes del género de misterio que estén un poco cansados de la última corriente escandinava que puebla las librerías hasta la saciedad; y para los lectores que busquen un libro correctamente escrito y de ambiente y tono plácido, para leer en las mañanas y/o tardes de playa o piscina.

 

@EvaLColmenero

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El cielo sobre Berlín, de Sebastiano y Lorenzo Toma

El cielo sobre Berlín

El cielo sobre Berlín

Todos sabemos que los ángeles de la guarda son dulce compañía, y no nos desamparan ni de noche ni de día. El amparo que ofrecen , sin embargo, acostumbra a ser menor del que de verdad necesitamos, lo cual, unido al hecho de que sólo los niños son capaces de verlos, hace de los ángeles unos grandes incomprendidos.

Ese gran desconocimiento de los ángeles ha tenido a menudo consecuencias indeseadas en en determinadas expresiones artísticas, donde con frecuencia se les ha retratado con intolerable ñoñería. No, los ángeles no son como los pintaba Murillo, ni se parecen al Michael Landon de Autopista hacia el cielo. Quizá Frank Capra se acercó algo más a la esencia angélica con el personaje de Clarence en ¡Qué bello es vivir!, pero todos ellos se equivocaban en sus expectativas.

Hace casi treinta años, Wim Wenders deslumbró al mundo con su película El cielo sobre Berlín, una sorprendente historia en la que nos presentaba a Damiel y Cassiel, dos de los muchos ángeles que, en su eterno deambular, pululan por Berlín, observando y escuchando a sus felices, aburridos o atribulados habitantes. Hoy Sebastiano Toma y su hijo Lorenzo retoman y actualizan la obra de Wenders, y nos regalan una versión magistral y bellísima de esta historia poética, profunda y universal.

En El cielo sobre Berlín ha desaparecido el muro, y nuestra vida ha sido colonizada por la tecnología, pero mortales e inmortales, humanos y ángeles, siguen igual que al principio de los tiempos. Los segundos, en su existencia eterna, recuerdan en sus charlas cómo vieron nacer la primera mañana, el día en que el río encontró su lecho, una pelea entre dos ciervos, la aparición de los homínidos, o cómo hace cuarenta años un caza soviético se estrelló cerca de Spandau. Los mortales, aislados dentro de incontables muros, se hablan a sí mismos, se preguntan qué pueden hacer para cenar o qué va a ser de sus hijos, lamentan su absoluta soledad o el atasco que les va a hacer llegar tarde al trabajo. Sólo los ángeles pueden oír sus lamentos, pero ¡ay!, no pueden intervenir, pues el amparo que nos dan no va más allá de la comprensión ante nuestras cuitas y el consuelo en nuestra hora final.

Tras visitar un edificio en el que detecta “un concierto de penas de amor en tono menor”, Daniel explica a su alado compañero que su eterna existencia espiritual le resulta excesiva, y que anhela tener fiebre, ensuciarse los dedos con el periódico, entusiasmarse “con una comida, con el contorno de una nuca, con una oreja, mentir como un bellaco, sentir que el esqueleto se mueve al caminar”, y, sobre todo, “intuir, por fin, en lugar de siempre saberlo todo”. En definitiva, Daniel quiere ser mortal, deseo que se acentúa cuando conoce a Marion, una trapecista a punto de quedarse sin trabajo.

Toda recreación de obra de arte que se precie debe aportar algo nuevo a la original. En ese sentido, El cielo sobre Berlín no es una simple adaptación literaria de la película de Wenders. Antes al contrario, Sebastiano y Lorenzo Toma han creado, con sus impresionantes ilustraciones, una obra de arte única y, paradójicamente, tan original como la película en la que se basa. Los retratos de los personajes, realizados a partir de fotografías, se sitúan en unos escenarios que nos llevan por todo Berlín, desde la puerta de Brandemburgo hasta el Monumento al Holocausto, pasando por un autobús o un cruce de calles donde las prostitutas ofrecen sus servicios. La creatividad de los autores al combinar personajes y lugares, las perspectivas, los juegos de sombras, la variedad de trazos, y los cuatro colores empleados (negro, blanco, gris y ocre), hacen de este libro una joya de la ilustración. De hecho, al escribir estas líneas, no dejo de pasar las páginas adelante y atrás, recreándome en detalles como el de las cámaras del metro captando por primera vez el cuerpo de Daniel, o en la tristísima despedida del motorista accidentado.

Hay ángeles que quieren ser mortales, y hay hombres, como ese Homero que deambula por Berlín, que a través de la poesía alcanzan la inmortalidad. Este precioso libro nos demuestra que la misión de unos y otros es la misma:

Nómbrame a los hombres y mujeres y niños que me buscarán a mí, a su narrador, a su cantor y corifeo, porque me necesitan más que nada en el mundo.

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En pleno verano, de Zsuzsa Bánk

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Hay libros que te exigen rapidez, no prestar atención a los detalles, ir al grano y sumergirte en una buena historia. Que te metas de lleno, que te creas todo lo que te dice sin dudar, que devores sus páginas porque estás atrapado en ellas y seguir el único camino que tienes, que no es sino seguir leyendo para averiguar cómo va a acabar el drama.

Y después hay otros para leer con calma, con paz y tranquilidad, parándote en cada palabra, sabiendo que tanto autor como traductor han dedicado tiempo a escoger esa palabra, esa precisamente y no otra para encajarla ahí. Libros para degustar en tu sillón favorito, con tu té y tus galletitas o con tus ocho cajas de donuts de chocolate untados en nocilla y acompañados de un sabroso y caliente chocolate a la taza. Libros para disfrutar solo, sin nada que te distraiga, sin ninguna prisa. Que el mundo pare para que puedas paladear cada frase.

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La musa oscura, de Armin Öhri

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Uno no puede creer que un libro como este se haya escrito en la actualidad. No por temática sino porque está escrito de una forma y además trata un tema que recuerdan a los libros que leíamos de pequeños, cuando nos iniciábamos en esto del leer “por nuestra cuenta”. Libros antiguos de historias que ocurrían hace uno, dos, tres siglos, y éramos conscientes de ello y a la vez era eso parte de su encanto, al descubrir en sus páginas la manera en la que la gente “antigua” vivía sin electricidad, sin coches, móviles, frigoríficos y cámaras de fotos.

Además, en esas tempranas lecturas (aunque los títulos no lo eran) también abundaban, en mi caso, aquellos en los que la trama contaba la ansiada consecución del crimen perfecto. Siempre había un malvado, acomodado en la mayoría de los casos que (al no haber televisión, playstation, internet o móviles y haberse leído todos los libros, la burguesía y la nobleza caían en el tedio más soporífero, cosa que había que evitar a toda costa no fueran a coger un mal de humores), se esforzaba en ejecutar el famoso hito de la perfección criminal.

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Estimado señor M., de Herman Koch

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¿Puede la literatura convertirse en un arma? Debe hacerlo. ¿Puede la literatura convertirse en venganza? En ocasiones, es la única solución posible. ¿Se esconden los escritores en sus libros para poder disparar a aquello que no se atreven en la vida real? No son pocas las veces que nos hemos encontrado frases, ideas, párrafos, argumentos, que tras la etiqueta de “ficción” dejan claro que los autores buscan cercenar alguna que otra cabeza. Herman Koch fue descubierto hace algunos años ya por su novela La cena que ponía al lector en una posición comprometida y reflexiva sobre qué habría hecho en las circunstancias en las que se desarrollaba la historia. Siguiendo esa estela, y con muchas más ganas de meter el dedo en la llaga, su Casa de verano con piscina fue un ejercicio mucho más polémico por lo real. ¿Nos volvemos a enfrentar a una posibilidad de leer algo que nos desarme por dentro? Sí y no, y en breve entenderéis por qué. Lo que sí tengo claro es que las novelas deben proporcionar al lector un espacio donde sus filias y fobias aparezcan representadas y ahí, en ese intervalo entre que leemos y nuestro cerebro termina por enfrentarse a lo leído, es donde un libro, una novela, un ensayo, cualquiera que sea el género, se la juega sin red sobre la que caer en su vuelo. Porque no nos olvidemos que, las novelas que recordamos, son las que han hecho que algo, sea lo que sea, haga saltar un resorte que creíamos dormido desde hacía mucho tiempo.

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La dama de los muertos, de Bernhard Aichner

La dama de los muertos

La dama de los muertosA pesar de tener una pila de libros que nunca disminuye, uno siempre va en busca y captura de nuevos libros bien porque los de la pila ya están “seguros”, bien porque ese  no es “su” momento.

Y así, sin siquiera buscar una lectura en concreto, me dejo engatusar por una portada simple como lo es una rosa y más atraido aún por el título, La dama de los muertos. Semejante elección de palabras para titular un libro me lleva a pensar automáticamente en vampiros, en La Reina de los condenados o incluso en el personaje Muerte, creado por Gaiman para su Sandman. Pero nada más lejos. Semejante distinción no se refiere a ninguna criatura de la noche ni a la figura de la guadaña sino a Brunilda Blum, la dueña de una funeraria.

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El alumno Gerber, de Friedrich Torberg

 

el-alumno-gerberEste es un libro terrible, y lo es por las mismas razones que lo convierten en un libro magnífico. Un viaje claustrofóbico a la mente de un adolescente desde un estado plácido, feliz, basado en la seguridad en sí mismo de una alumno brillante, aunque indisciplinado y rebelde, incluso un poco arrogante hasta la más absoluta desorientación, la incapacidad para mirar de frente a la vida por no hablar de afrontarla. Los responsables son dos: la escuela (o mejor dicho, la voluntad de un profesor cuyo principal objetivo académico no es enseñarle sino doblegarlo) y el amor, tan puro e intenso como dañino si no se tiene la madurez suficiente para disfrutarlo o padecerlo. La segunda puede que sea más universal, sin embargo a mi entender funciona mucho mejor el primero de los escenarios, no sólo por la brillante recreación de un ambiente escolar que por usar una referencia reconocible remite a esa escuela y a ese profesor que Gerald Scarfe diseñó para The Wall.

El profesor, El Dios Kupfer, es afortunadamente un representante de una especie hoy extinta o en vías de serlo, Friedrich Torberg hace de él un retrato despiadado y en absoluto neutral o indiferente. Alguien que sólo en las aulas se siente relevante porque sólo lo es en ese escenario en el que goza de un poder absoluto y lo usa de la forma más arbitraria y mezquina que se puede imaginar. No porque sea duro, sino porque es malo. Con todo, el mayor valor de El alumno Gerber es su brillante retrato de la mente del alumno, el mismo al que el profesor trata deliberadamente de destruir. La confusión, el miedo, la inseguridad que poco a poco se van abriendo camino en su antaño bien amueblada cabeza no sólo es interesante en tanto que aviso y recuerdo de la fragilidad que la caracteriza, sino que es contagiosa y lleva al lector a revivir las angustias de esa época dura y entrañable en proporción variable dependiendo de cada caso. Sigue leyendo El alumno Gerber, de Friedrich Torberg

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Aún queda mucho por decir

Aún queda mucho por decir, de Rose Aüslander

Aún-queda-mucho-por-decirNo es lo habitual, pero voy a contarles parte de la intrahistoria de esta reseña, creo que es lo suficientemente descriptivo como para que les resulte relevante. Tengo una libreta para anotar cosas relacionadas con las cosas que leo o escribo, lo cual es muy práctico si en un momento dado quiero recordar alguna frase que me llamó especialmente la atención, para incluirla en la reseña por ejemplo, ya que mi memoria es de las que pasarían desapercibidas en una piscifactoría. Cuando comencé a leer Aún queda mucho por decir, comencé a anotar versos, a veces poemas enteros, y a hacerlo francamente emocionado, porque ése de Rose Aüslander no es un libro que se lea sin consecuencias, pero pronto me di cuenta de que de continuar así más que leerlo iba a transcribirlo, así que decidí dejar de anotar como lo estaba haciendo y dejar constancia en el cuaderno únicamente de los número de página en los que había algo destacable. Pero finalmente me di cuenta de que si todo es destacable en realidad no destaca, de forma que era más apropiado sencillamente disfrutar de la lectura y, en caso de necesidad, volver a la obra completa, que es emocionante toda ella, más aun si se le suma la visión de conjunto. Y oigan, que los Moleskines tampoco son baratos y hay muchas lecturas que necesitan su espacio. Así que relajadamente y con el corazón bien abierto, me decidí a leerlo centrado únicamente en disfrutar de la experiencia, y les recomiendo que hagan ustedes lo mismo desde el principio. Si yo no consigo convencerles de la idoneidad de esta idea lo hará Rose Aüslander con sus textos, así que permítanme que les ahorre algo de tiempo. Fin de la metareseña. Sigue leyendo Aún queda mucho por decir

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Pedro Melenas y compañía

Pedro Melenas y compañía, de Heinrich Hoffman

pedro-melenas-y-compañíaPedro Melenas fue creado a finales del siglo XIX como un personaje aleccionador, un protagonista de literatura infantil que advertía a los niños (concretamente al hijo de Heinrich Hoffman, el autor) de los peligros de desobedecer a sus padres. Es decir, Pedro Melenas y compañía eran un libro infantil. ¿Eran? Pues sí, eran, porque hoy día es difícil que alguien le dé a leer a sus hijos un cuento en el que un sastre loco le corta los pulgares a un niño con unas tijeras de podar por morderse las uñas. Lo interesante sería saber si esto es así porque Disney ha hecho mucho daño, como me dijeron hablando sobre esto, o porque los cuentos son realmente inapropiados. Porque puede que el Dr. Hoffman no fuese un prodigio de mesura y comedimiento, pero lo cierto es que los personajes tienen un encanto enorme, las ilustraciones son hermosas y los cuentos son terriblemente divertidos. De modo que este sufrido reseñista se propuso hacer trabajo de campo y le contó a su hijo de seis años los cuentos al mismo tiempo que los leía. Y el resultado no sé si decir que fue sorprendente, porque no me sorprendió en absoluto, pero desde luego sí gratificante. A él le encantaron los cuentos, no se asustó en absoluto y lo cierto es que lo pasamos muy bien. Al día siguiente, al levantarse, me pidió más. Sigue leyendo Pedro Melenas y compañía