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Chica, chico, chica. Cómo me convertí en J.T Leroy, de Savannah Knoop

Chica, chico, chica. Cómo me convertí en J.T Leroy

Chica, chico, chica. Cómo me convertí en J.T LeroyHay libros que tienen detrás una historia alucinante, de esas en que la realidad supera con creces la ficción. Este es sin duda uno de ellos. Tengo que admitir que yo no conocía la historia. No sé si porque en España no resultó demasiado conocida o simplemente por ignorancia mía. El caso es que cuando leí la sinopsis de Chica, chico, chica quedé enganchada a la historia y tuve que leerme el libro. Lo verdad es que ha sido todo un acierto, lo he disfrutado muchísimo.

Para los que no conozcáis la historia, os la explico. Resulta que a finales de la década de los noventa, un escritor nuevo comenzó a causar furor en la escena literaria norteamericana. Nadie sabía quién era exactamente, pero empezó a ser considerado como el nuevo J.D Salinger, todo un referente para las nuevas generaciones de escritores y lectores. Tanto es así, que numerosas celebrities se dedicaron a mostrar su apoyo haciendo lecturas de sus libros y acogiendo a J.T Leroy, el misterioso autor. Famosos como Carrie Fisher, Courtney Love, Gus van Sant, Bono y, sobre todo, Asia Argento.

La historia de J.T Leroy no es nada fácil. Criado por una madre prostituta y drogadicta en un apeadero de caminos en el sur de Estados Unidos, el inquietante escritor relata sus experiencias en las novelas autobiográficas Sarah y El corazón es mentiroso. (que por cierto, necesito leer). Entre sus vivencias, se incluye un cambio de sexo. Una vida de lo más particular, digna de un escritor maldito. Como podéis leer, la historia de J.T Leroy tenía todos los ingredientes para estar en el centro de los focos. Y eso es precisamente lo que ocurrió durante algunos años, hasta que, más tarde, la verdad salió a la luz: todo había sido un engaño. J.T Leroy nunca había existido. Durante seis años, Savannah Knoop acudió a festivales literarios y se codeó con las celebrities haciéndose pasar por J.T Leroy. No me digáis que toda esta historia no da para un libro, una película y miles de titulares. De hecho, a finales de este año se estrena la película JT Leroy, con Kristen Stewart como protagonista.

Pero no os he contado todo, aún hay más. Savannah Knoop se hizo pasar por el atormentado escritor J.T Leroy porque su cuñada en aquel momento, Laura Albert, se lo pidió. ¿Y quién era ella? Pues la autora de las novelas ni más ni menos. Menuda historia.

Chica, chico, chica es el relato de la propia Savannah Knoop en el que narra las vivencias e historias que le sucedieron haciéndose pasar por J.T Leroy casi a tiempo completo durante años. Debe de ser duro dejar tu vida de lado para dedicarte a interpretar a otra persona, alguien que es admirado, al que muchas personas adoran y que en realidad no existe. No sé cómo Savannah no se volvió loca del todo, como no experimentó una crisis de identidad brutal. Lo que sí puedo deciros es que el libro es ácido, entretenido y algo adictivo. No he podido soltarlo desde que lo empecé y esta excéntrica historia me ha tenido totalmente enganchada.

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Japón perdido, de Alex Kerr

Japón perdido

Japón perdido

Me acerqué a este libro pensando que sería un elogio al respeto a la tradición y la historia del pueblo japonés, algo en lo que uno, en su ignorancia, creía que era un país modélico. Me refiero, claro, al Japón rural. Sin embargo Japón perdido está lejos de retratar a un pueblo respetuoso con su pasado y su entorno natural, otra de las características que siempre le atribuí, más bien es una crónica de la decadencia, un mapa del camino a la desaparición de la naturaleza, la arquitectura, las antigüedades y el paisaje japoneses tradicionales, y que si embargo sólo hace aumentar el interés por ese país, tan extraño como atractivo a nuestros ojos. Tal vez sea porque está escrito con infinita pasión o tal vez porque lo que cuenta es objetivamente interesante, pero lo cierto es que es un libro imprescindible para cualquiera que se interese en la cultura japonesa en particular y oriental en general.

Se trata de una reedición de un libro de 1991 y por tanto es necesario un prólogo que actualice el panorama, que explique si el camino sigue su cuesta abajo o se ha revertido, si el hormigón y el neón siguen comiéndole el terreno a los techos de paja y la sombra y la mala noticia es que el autor considera que su análisis se mantiene vigente y, si acaso se ha modificado, ha sido a peor. El autor considera que conoció Japón en un momento de privilegio, cuando el pasado aún estaba presente en el día a día, fuera de los museos, Alex Kerr llegó a conocer aquello que amaba y en Japón perdido lo comparte con nosotros, afortunados lectores por verlo a través de sus ojos, aunque afortunados en diferido. El subtítulo del libro es “el último destello de un Japón precioso”, y es una descripción hermosa y certera de su contenido.

Todo empieza con un niño que quería vivir en un castillo y que lo encontró en Japón, en el Japón remoto del valle de Iya, en una casa tradicional abandonada de las que entonces abundaban y que él restauró y bautizó Chiiori. Esa casa ejerce sobre el lector un atractivo magnético, es el centro del viaje sentimental, porque aunque sea cultural, artístico y en ocasiones de negocio es sentimental, de Alex Kerr en el Japón que convirtió en su hogar.

Las etapas de este camino son Chiiori, el teatro Kabuki, la caligrafía, China, Kioto, Osaka, Nara, los literatos o el Tenmangu, pero sobre todo son esos destellos de un Japón que se resiste a desaparecer, y todas son una alerta frente a esa concepción del desarrollo opuesta a la tradición cultural de los pueblos.

No es del todo exacto que el Japón actual no respete la tradición, lo que no trata con cariño son los objetos, las antigüedades, las casas, pero sí que siente devoción por tradiciones como la ceremonia del té, por aquellas están relacionadas con las personas, con protocolos o costumbres. Es para mí un enigma indescifrable un pueblo que no siente el menor remordimiento en derruir casas tradicionales y monumentos, en desecar ríos y cubrir montañas de hormigón, inundar de luz artificial aquello que en su tiempo fue el paraíso elegante de la sombra, de la penumbra, pero sin embargo dedica tanto esfuerzo a servir el té de una manera determinada, igual que siglos atrás.

También hay un retrato sociológico de la sociedad japonesa en tanto que pueblo obediente y disciplinado y también desde el punto de vista de los negocios, ya que Japón perdido incluye una crónica de cuando su autor fue representante una empresa estadounidense, y es un retrato, una vez más, sorprendente, porque es presa de una serie de servidumbres y opacidades que no hace que se la pueda mirar con optimismo.

En resumen, Japón perdido es un libro fantástico, el fruto de una mirada a la vez enamorada y objetiva, un ensayo brillante e indispensable para conocer Japón más allá de la faceta superficial que nos llega.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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El odio a la poesía, de Ben Lerner

El odio a la poesía

El odio a la poesíaUn título contundente el de este libro que enseguida llamó mi atención. A mí, que me encanta la poesía, que la uso para poder escribir y ordenarme, que me parece indispensable, necesaria e intrínseca al ser humano, ¿qué me puede contar este ensayo sobre odiarla? Es más, ¿por qué si quiera debería existir esa posibilidad? Ah, amigos, pero existe y más de una vez me he sorprendido y sentido identificada leyendo este libro. Más de una vez le he tenido que dar la razón al autor. Ahora os explico por qué, pero dejadme que os hable primero de Ben Lerner.

Este norteamericano, nacido en 1979, autor de varias novelas, profesor de lengua inglesa y autor de tres colecciones de poesía me ha sorprendido muy gratamente. Su estilo a la hora de escribir es impecable, sugerente y directo. Tanto es así que he leído el ensayo de una sentada, porque en cierto modo, me tenía atrapada y no podía parar. He descubierto en él a una persona muy inteligente, que sabe bien de lo que habla y que tiene una vasta cultura que, sin alardes, usa a su favor en este ensayo. Y eso que los ensayos no es que sean mi género favorito, pero no podía pasar de largo esta lectura.

En El odio a la poesía, Ben Lerner dilucida sobre ese dualismo que despierta la poesía, un género que al mismo tiempo que se ha ganado su prestigio, también ha despertado indiferencia e incluso odio. “A mí también me desagrada”, partiendo de estas palabras de la poeta Marianne Moore, Lerner elabora un ensayo mediante el cual trata de averiguar ese recelo y desdén que provoca la poesía y al mismo tiempo, encontrarle un sentido y una función en la actualidad. Como veis no es una tarea fácil la que se propone.

Hay reflexiones muy lúcidas en este ensayo. De hecho, creo que he subrayado medio libro mientras lo leía, pero ya os he dicho que me he sentido muy identificada con determinadas reflexiones.

Según Lerner, “hay mucho más consenso en el odio a la poesía que la propia definición de lo que realmente es la poesía”. Y eso que realmente, siendo la poesía la forma de expresar mediante el lenguaje nuestra individualidad, todos somos, ciertamente, poetas. “Eres un poeta, lo sepas o no, porque ser parte de una comunidad lingüística -ser invocado como un tú- equivale a ser investido de capacidad poética”. Lo que ocurre es que, a medida que maduramos, nos vamos alejando de esa capacidad, la vamos dejando de lado porque, ¿cómo vamos a ser todavía poetas? y, lo que es peor, esa pregunta maldita: “¿no podrías encontrar un trabajo de verdad y dejar atrás tus costumbres infantiles? Y yo soy la primera que más de una vez he preferido decir que escribo a que soy poeta, porque es cierto que en ocasiones la gente te mira con recelo. Claro, que para la gente todo cambia cuando les dices que eres poeta y que te han publicado. Porque, como dice Lerner, “Todo el mundo puede escribir un poema, pero, ¿ha sido tu poesía considerada auténtica e inteligible por los demás? (…) Esto explica la persistente asociación entre poesía y fama – de otro modo desconcertante, ya que no hay poetas famosos entre la población general.”

Y siempre está ahí esa cuestión de si la poesía es realmente un trabajo o placer. Mucho se ha escrito sobre este asunto. Se supone que “uno de los problemas de los poetas es su fracaso en alcanzar la universalidad, en hablar por y para todo el mundo”. Pero me quedo con esta reflexión del autor: “el poema que puede abarcar a todo el mundo es una imposibilidad en un mundo caracterizado por las diferencias y la violencia”. No existe el poema perfecto, el poema universal. ¿Cómo va a existir en algo tan subjetivo? Esto es lo que despierta el odio a la poesía en los no-poetas (e incluso en los poetas).

He disfrutado muchísimo leyendo este ensayo que recomiendo tanto a poetas como a aquellos haters de la poesía. El ejercicio que ha realizado Ben Lerner en El odio a la poesía es brillante, complejo y muy esclarecedor.

Y voy a terminar la reseña otra vez citando textualmente al autor, porque creo que yo no podría expresarlo mejor:

“Todo lo que le pido a los que la odian – y yo también soy uno de ellos- es que se esfuercen por perfeccionar el desdén que sienten, que incluso consideren la posibilidad de aplicarlo a los poemas mismos, porque allí, lejos de disiparse, ganará en profundidad y, porque allí, al crear un espacio para lo posible, un lugar donde la ausencia se transforma en presencia (como la irrupción de una melodía que jamás ha sido escuchada por nadie), esto de lo que hablamos podría llegar a parecerse al amor”.

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El teatro de la memoria, de Simon Critchley

El teatro de la memoria

El teatro de la memoriaCon este libro me la jugué mucho, no voy a negarlo. Sabía de antemano que iba a suponer un reto. No soy demasiado aficionado a las lecturas fáciles —sólo hay que revisar mi historial reciente para comprobarlo— pero en esta ocasión era consciente de que me lanzaba a un territorio que apenas había explorado desde aquellos locos años de bachillerato, no tan lejanos por otra parte. Filosofía era una de mis asignaturas preferidas; quizás no a la hora de estudiarla, pues claramente era mucho más sencillo memorizar los cabos de España o las fases de la I Guerra Mundial que el método cartesiano, pero descubrir nuevas formas de reflexionar acerca del sentido de la vida y de las grandes preguntas que sobrevuelan nuestra existencia me pareció tan revolucionario como necesario. Tanto es así que no pude evitar decepcionarme al conocer la noticia de que una de las últimas reformas educativas en nuestro país buscaba reducir su importancia en las aulas. Una forma, tan sutil como perversa, de reducir las libertades de los estudiantes, al no incentivarles a descubrir a los grandes pensadores de la historia.

El teatro de la memoria, pues, ha supuesto mi reencuentro con la filosofía y este ha tenido su parte agradable y su parte dramática. Empezando por lo malo, esta lectura me hizo sentir, desde casi el primer momento, que me venía grande; ironías de la vida, dado su pequeño tamaño. Y es que uno no puede evitar sentirse sobrepasado y hasta, por qué no decirlo, ignorante, frente a un libro como este. No en vano, las referencias a autores y trabajos filosóficos son constantes. Lo positivo es que Simon Critchley demuestra ser un gran divulgador, al utilizar un lenguaje sumamente sencillo y una trama atrayente para conseguir que no desistas a las primeras de cambio.

El argumento, que más bien es un contexto sobre el que el filósofo británico posa su reflexión, es bastante curioso. El protagonista —que no es otro que el propio autor— recibe una serie de cajas con diversos documentos, todos ellos de tipo filosófico, que habían pertenecido a Michel Haar, un filósofo francés fallecido unos días antes. Entre los documentos Critchley encuentra un ensayo que le llama poderosamente la atención y que habla sobre el arte de la memoria y sobre la recurrente voluntad a lo largo de la historia, por parte de numerosos pensadores, de construir un edificio capaz de contener todo el pensamiento humano. Esta idea, junto a otro importante hallazgo que encuentra en una de las cajas, le llevan a obsesionarse profundamente, hasta el punto de decidir dedicar el resto de su vida a la construcción del teatro de la memoria.

Como ya he comentado, pese a que el lenguaje y la narración es asequible, no ocurre así con la mayor parte de las ideas y reflexiones que uno se encuentra cada pocas líneas. No recuerdo ningún libro —al menos no de esta extensión— que me haya obligado a hacer tantos recesos y a tener que releer tantas veces. Aún así, creo que el autor construye un híbrido eficaz, a caballo entre el ensayo filosófico y la novela (con más de lo primero que de lo segundo, eso sí) que es capaz de enganchar incluso a los que nos cuesta recordar de qué iba aquello de “el mito de la caverna”.

¿Qué he sacado en claro de El teatro de la memoria? Mentiría si dijera que mucho, aunque me aventuraré a lanzar una hipótesis. Para mí, el propósito de Critchley con este proyecto es el de jugar a elaborar su propio teatro de la memoria, un inventario de su propia vida, sus recuerdos, sus conocimientos y sus motivaciones para que éstas queden a salvo para cuando él ya no esté. Y es que qué es un libro sino un teatro de la memoria.

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Nicotina, de Gregor Hens

Nicotina

NicotinaAviso: este no es un libro de autoayuda o un manual de cómo dejar de fumar. Lo digo por si a alguien se le ocurre leerlo o regalarlo con la intención de que pueda ayudar en esa difícil tarea. Puede ser inspirador, eso sí, pero si estás metido en el humo, no sé si esto te podría animar a dejarlo, o al revés.

El protagonista, que es el escritor, ha intentado dejar de fumar otras veces, y decidió hacer un estudio profundo, obsesivo, sobre las causas de su adicción al tabaco. Desde antes de nacer, ya estaba rodeado de humo y nicotina, por lo que su destino era fumar, sí o sí. Siempre lo consideraron un niño enfermo, cuando lo que estaba era intoxicado. Nos cuenta como fue creciendo pegado al cigarro y cómo evolucionó su relación con el tabaco a lo largo de su vida. En Nicotina se explican los efectos del tabaco y el tabaquismo, que son demoledores. Pero lo que más le duele o le pesa al escritor es la dependencia a la sustancia. Cómo puede algo externo manejar los hilos de nuestra vida hasta hacernos parecer marionetas. También nos explica el placer que le han proporcionado muchos de esos cigarrillos que se fumó, un placer efímero pero muy intenso. En la actualidad lleva casi un año sin fumar, pero tiene que convencerse todos los días de que está haciendo lo correcto, de que él puede con ello. Anda buscando los halos de humo que dejan otros para consolarse. Le ayuda en la superación de la adicción, el deporte, que practica con asiduidad y que le recuerda que en sus etapas de fumador no podía disfrutar porque no le daban los bronquios para las dos cosas.

Es una reflexión sobre el tabaco y su adicción. Está contado con bastante sentido del humor, es entretenido y tiene ese punto de obsesivo de alguien con el mono: rápido, repetitivo, de darle vueltas a cosas que ya están habladas, analizando, destripando, volviendo a componer. Es fácil de leer, aunque sea un ensayo y tiene alguna fotografía que aligera todavía más la lectura.

Yo he fumado en algunas etapas de mi vida, hace mucho tiempo que no lo hago. Nunca me he considerado muy dependiente del tabaco, pero esa es una idea que tienen todos los fumadores. No lo echo de menos, pero reconozco que tengo asociado con el tabaco buenos momentos de mi juventud. Pero, como al escritor, lo que más me gusta de no fumar, es el que yo he podido con el tabaco, la idea de superación, de que yo manejo la situación, de ser libre para decidir si fumo o no. El tabaquismo te hace esclavo y dependiente y eso es espantoso. Yo me crié pegado a un fumador compulsivo, que afortunadamente pudo superar su adicción. Pero viví durante los primeros años de mi vida oliendo a tabaco. La salita en la que veíamos la tele, tiene como unos doce metros cuadrados y allí estábamos toda la familia apiñada en el sofá metidos en una nube espesa de humo. Se fumaba una cajetilla de Habanos, que eran como los Ducados pero más fuertes, en una sesión de tarde-noche. Y mi hermano y yo allí pegados a la nicotina. Hoy lo pienso y me parece un crimen. Lo que no sé es como no tenemos más secuelas de las que tenemos. Efectivamente, los dos hemos sido fumadores y los dos lo hemos dejado.

Casi todos tenemos dependencia a alguna cosa. Algunas son más llamativas, como la de las drogas, pero hay mucha dependencia a pastillas con receta, que es igual de malo. La del alcohol, que está socialmente aceptada hasta que la cosa se desmadra. Algunos trastornos alimenticios también tienen que ver con adicción. Hay gente que está enganchada al deporte y lo practica obsesivamente, aunque se lesione. Las redes sociales, el estar conectado constantemente, es otra adicción. Otros se enganchan a personas o al sexo y así podría estar durante un buen rato, enumerando adicciones. Algunas son más peligrosas que otras para nuestra salud o nuestra integridad, pero todas tienen ese enganche que a mí, personalmente, es lo que más me molesta: el no poder elegir libremente por culpa de la dependencia.

El libro nos deja un epílogo muy esperanzador, en el que nos habla de lo maleable que es el cerebro y de que cualquier hábito, por arraigado que esté, es modificable. Así que a liberarse, que sí hay remedio y está dentro de uno mismo

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Ritual

Ritual, de David Pinner

RitualQue una obra -en este caso, un libro- sea objeto de culto quiere decir que tiene una serie de partidarios o seguidores muy fieles. También quiere decir que es un producto minoritario. Es la cara y la cruz que tiene el hecho de hacer gala de una gran excentricidad o, si lo prefieren, de un marcadísimo estilo propio a la hora de escribir. Ritual, novela de David Pinner, se ajusta perfectamente a esa definición.

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La espada de los cincuenta años

La espada de los cincuenta años

La espada de los cincuenta años, de Mark Z. Danielewski

La espada de los cincuenta añosDesde que leí La casa de hojas tengo a Mark Z. Danielewski en cuarentena, entiéndaseme bien: digamos que tengo en suspenso mi particular juicio literario sobre este autor porque siendo como es la citada obra una novela bastante buena (de hecho el compañero que la reseñó, cuyo criterio probablemente sea más de fiar que el mío propio, la considera una obra maestra), tengo mis dudas sobre si el verdadero talento del autor lo es para la narración o para el artificio y el marketing literario. Quise leer La espada de los cincuenta años para llegar a una conclusión al respecto, y ya les adelanto que no lo he logrado. Lo cual, en justicia, debe considerarse mérito suyo, porque lo es.

Si no logro entender a Mark Z. Danielewski no es porque sea un autor especialmente complicado, no creo que lo sea en absoluto, sino porque me resulta incomprensible que se decante por utilizar recursos que no sólo no aportan gran cosa a la buena historia que cuenta, sino que distrae al lector de lo esencial e incluso le irrita si es especialmente maniático, como es mi caso. Entiendo que él mismo se impide sacarle todo el partido que podría a su propio talento. Sigue leyendo La espada de los cincuenta años

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Robar en American Apparel

robar en american apparel

Robar en American Apparel, de Tao Lin

robar en american apparelCrecer en una generación, vamos a llamarla perdida, tiene sus ventajas aunque yo todavía no he sabido muy bien cuáles son. Si algún día las descubren, llámenme y me lo comentan. El verdadero milagro de esta, nuestra generación, nacida al arrimo de las nuevas tecnologías, es no haberse pegado un tiro mucho antes de lo que parece que viene a ser la realidad más absoluta. Uno se para a ver – y yo lo hago demasiado – lo que el mundo te ofrece y parece como si nadie de los que, siendo hijos y crecidos en una nueva era, esa que se suponía que iban a ser todo facilidades, hayan podido encontrar su sitio o al menos hayan creado para ellos un mundo mucho mejor de la mierda con la que se encontraron allá por los años noventa, cuando todo estaba creciendo, pero en realidad lo único que hacía era crearse más y más porquería. Robar en American Apparel bebe, en cierta forma, de esas fuentes en las que el nihilismo, la apatía y la abulia más exacerbada hizo acto de presencia cuando vimos que todo lo que nos habían vendido no servía para nada. Será que yo, hijo de padres trabajadores y que se tienen que levantar a altas horas de la madrugada para poder llegar a fin de mes, lo veo todo demasiado negro, pero el caso es que la novela de Tao Lin convierte el escenario tan oscuro de la juventud en una novela propia de los tiempos que corren, en una especie de camino empedrado donde las ilusiones no lo son tanto, pero a la vez, el grito que se aloja en la garganta es posible que salga, en un momento determinado, para empezar a abarcarlo todo.

Sam es detenido por robar en American Apparel. Pero esa no es su vida, porque lo que realmente le rodea son un grupo de jóvenes como él que, por desgracia, no encuentran su sitio en ninguna parte.

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La casa de hojas

la casa de hojas

La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski

la casa de hojasEsto es la arquitectura del mal en estado puro

Cuando un libro entra en escena hay dos formas de que yo me interese por él. La primera, es una visita a las librerías y que me sienta tentado de hacerme con él. La segunda, es la recomendación o mención de algunos de mis libreros de confianza. Entre ellos se encuentra Antonio Torrubia que al pronunciar una palabra, o al sacar una simple fotografía de algún libro, ya sé que me tengo que hacer con él. Sucedió eso con La casa de hojas del que desconocía la historia de su construcción y con la que me he visto obsesionado desde que leí la primera frase. Todavía tengo pesadillas. Ahí, en esas tres palabras, está introducido todo el grueso de una obra tan grande como inclasificable que ramifica al lector en tantos frentes abiertos que es imposible no verse atrapado por la tela de araña que construye el autor. Uno descubre a Mark Z. Danielewski con la mezcla justa entre miedo y admiración porque uno se plantea el nivel de oscuridad que debe guardar dentro un escritor cuando construye una metáfora tan intrincada de lo que supone el interior del ser humano cosificado en una casa que esconde un terror que no tiene forma, o que si la tiene, es de interpretación libre. Pero lo importante de esta obra no es la globalidad, sino los detalles, esas minúsculas canicas que no son migas de pan que nos llevan a la salida, sino que son un juego macabro que nos lleva al mismo centro de la oscuridad, y nosotros volvemos a la vida de otra forma, como si tuviéramos que guardar un gran secreto, con la oscuridad ya dentro de nosotros, sin posibilidad de lograr la redención por mucho que nos intentemos limpiar. El miedo, que nos acompañará cada vez que pasemos una página e intentemos saber más de su historia.

Will Navidson se muda a Ash Tree Lane en un intento por salvar su matrimonio. Pronto verá que el interior de la casa guarda un secreto que quiere averiguar mientras intenta poner a salvo a su familia. Johnny Truant, a su vez, es un joven tatuador que mata las noches entre sexo y bebida. Las vidas de los dos personajes se verán entrelazadas por un hallazgo que cambiará la vida de todos los personajes.

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Libros y Novedades 167

Ritual

Boletín de novedades. Diciembre 2013 – 48

RitualLas mujeresEl monoculo melancolico
Ritual,
de David Pinner
Las mujeres,
de T. C. Boyle
El monóculo melancólico,
de Guido Ceronetti

Desde Libros y Literatura tenemos el placer de presentaros, una semana más, una selección de las novedades editoriales que van llegando o que llegarán en breve a nuestras librerías. Como siempre, hemos intentado hacer una selección variada para tratar de que alguno de estos títulos despierte vuestro apetito lector.

En esta ocasión, os dejamos un adelanto de Ritual, novela que inspiró la película de terror de culto The Wicker Man; Las mujeres, donde T.C. Boyle relata de forma apasionante las aventuras amorosas del arquitecto Frank Lloyd Wright, y el ensayo filosófico El monóculo melancólico.

¡Feliz semana y felices lecturas!

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