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El paseo, de Robert Walser

El paseo

El paseo¿No es la misma vida un paseo? Caminas a lo largo de varios años, ves cosas que siempre te llegan a través de tu percepción sin saber si esta te engaña o no, conoces gente que se acaba yendo, y siempre vas contigo, hasta el último momento. Quizás por eso llaman tanto a las personas los paseos, porque es el momento en que más cerca estás de vivir tu vida en plenitud. O quizás no y es solo lo que yo pienso. Pero por lo menos hoy me acompaña alguien, otro amante del paseo: Robert Walser.

Nada más empezar el prólogo de El paseo (Siruela), obra de Menchu Gutiérrez, y saber de la pasión e incluso de la necesidad que Walser tenía para con el paseo, me han venido a la cabeza dos personajes – bueno, en realidad tres, pero el tercero no tiene importancia -. Estos dos son Friedrich Nietzsche y José Ortega y Gasset. Los dos usaban, al igual que Walser, el paseo como mecanismo de engranaje del pensamiento. Del primero me viene a la cabeza cómo lo cuenta su íntimo amigo Franz Overbeck en La vida arrebatada de Friedrich Nietzschey del segundo, su libro Meditaciones del Quijote, con el que nos lleva de paseo por un bosque que enciende su pensamiento.

Walser igual. Es ponerse a caminar y llenarse de materia prima su cabeza de escritor. A lo largo de un día entero vamos con él de la mano por un paseo en el que conocemos a sus amistades, a sus conocidos, le acompañamos a las obligaciones y quehaceres diarios y disfrutamos del frescor mental que produce el contacto con la naturaleza. Todo lo narra Walser a través de la percepción de unos sentidos que él reconoce como dudosos pero también como única vía de expresión para todo aquello que nos quiere contar. Asume esa narración tan poco fiable a la que se agarraba Borges para relatarnos lo vivido en un día de paseo.

El paseo es el título del libro y también es el contenido. El paseo gobierna la obra y se erige como proclama de la observación andante. Poco hay mejor que perderse sin rumbo solo dejándose conectar con vibraciones naturales. Poco hay mejor que dejar pasear a cuerpo y mente, sin barreras, obstáculos ni fronteras. Pero cuando ello no se puede, por cualquier causa ajena o no a nuestra voluntad, hay otra opción de paseo: los libros. Leer es también pasear, por mentes ajenas y también por la tuya al convertirte en un segundo autor, en un traductor de la propio obra. Leer es pasear igual que pasear es leer. Y a mí me encantan ambos. Yo soy ese tercer personaje.

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Los hermanos Tanner

Los hermanos Tanner

Los hermanos Tanner, de Robert Walser

Los hermanos Tanner

Una novela placentera e intensa como una larga caminata por el bosque.

Me gusta caminar.  Reconozco que muy pocas veces lo hago, que con las prisas y las obligaciones diarias, siempre termino yendo a todas partes en coche, pero siempre me ha gustado.  No me refiero a pasear, o a aprovechar que tengo que ir de un lugar a otro para hacer algo de ejercicio; lo que realmente me gusta es deambular por la ciudad, apartarme de la ruta más razonable entre el origen y el destino y volver a encontrarla casi por casualidad, recorrer, a buen paso pero sin prisa por llegar, calles desconocidas.

Algo parecido me sucede con los libros: cuando durante una lectura se menciona un título o un autor, se abre ante mí una nueva calle por la que no puedo dejar de transitar, un camino hacia quién sabe qué nuevos barrios literarios.  A fin de cuentas, ¿quién puede dejar de leer El coronel Chabert después de las páginas que le dedica Javier Marías en Los enamoramientos? ¿Quién es capaz sustraerse a la curiosidad de disfrutar de la fascinante prosa de Sir Thomas Browne al cerrar las páginas de Los anillos de Saturno de Sebald —otro gran caminante, por cierto—?

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Jakob von Gunten

jakob von gunten

Jakob von Gunten, de Robert Walser

jakob von gunten

¿Y si no existiese aspiración más digna y loable en la vida que no ser nadie?

Precaución:  Si en estos momentos usted trata de alcanzar alguna meta, si se esfuerza por ser alguien en esta vida o si, simplemente, aún no ha renunciado a todos los buenos propósitos con los que inauguró el año, no lea este libro.

Al menos yo no me hago responsable si, tras leer Jakob von Gunten, se deja enredar por su simpático y parlanchín protagonista y se convence, como él, de que no hay nada más conveniente y deseable que dedicarse, con todo su empeño, a ser un “encantador cero a la izquierda, redondo como una bola”.

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