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Días entre estaciones, de Steve Erickson

Días entre estaciones

Días entre estacionesNada de lo que he leído se parece a Steve Erickson, no hay nada en su forma de construir ambientes, lugares, momentos, sensaciones, personajes, relaciones de amor o de amistad, que pueda, aunque intente echarme atrás en las décadas de lectura que tengo, compararse. Pudiera pensar alguien que esto no sea algo positivo, que sea el extraño texto o el insólito tema que un escritor haya ideado para sorprender en en vacío. Pero no. No. “Días entre estaciones” no es un libro deshilachado, no son un conjunto de retales de colores diversos, no es una novela enigmática, no es un texto para iniciados. Es un relato sorprendente, es una viaje por un mundo casi en destrucción, que parece derrumbarse desde la nada y hacia la nada, en los que las personas viven y sobreviven aceptando esa decadencia casi diaria que los lleva por los mundos más extraños, por las situaciones más peligrosas: desde las tormentas de arena que asolan y destrozan Los Ángeles, hasta el frío extremo en París que hace que el Sena se congele y las calles sean un desierto helado; o la inusitada desaparición de las costas naturales por la retirada del mar. En ese ambiente que pareciendo apocalíptico no lo es, se crea una situación que podría alguien llamar surrealista en el planteamiento de la situaciones vitales, porque surgen de los momentos, e imágenes, más oníricos, donde las cosas van y vuelven, donde surge y explosiona lo ilógico o lo que está en la frontera de lo real y lo irreal; los sueños se repiten y expresan, y vuelven al presente; las cosas se extravían pero siempre vuelven como una vida en círculo. Así, parece, que los sueños se van convirtiendo en realidad y la realidad en sueños. Pero ¿qué ocurre en este ambiente y decorado casi apocalíptico?…

En algún momento de mediados del siglo XX en Estados Unidos nace Lauren. Años después se casa con Jason, un ciclista profesional, que continuamente desaparece de su vida durante meses para correr carreras por todo el mundo… Desaparece totalmente, se esfuma, se encoge entre cartas sin responder, carreras y relaciones con otras mujeres. Huye o se desvanece hasta cuando Lauren tiene un hijo, que él no desea, que no parece reconocer, que no comprende. A pesar de todo, a pesar de las otras mujeres, de las desapariciones, de los momentos de rabia, a pesar de los desprecios; Lauren ama a Jason, y por ello soporta sus perdidas, sus viajes, su egoísmo, sus olvidos…todo, hasta que conoce a Michel; un vecino que ha olvidado todo sobre su propia vida. Y en ese descubrimiento de los meandros donde se ha escondido el origen de sus existencias y la reconstrucción del presente de Lauren, que no olvida, y la del pasado  olvidado y hasta remoto de Michel, y de la relación carnal, amorosa y vital entre los dos; se compone y recrea la novela.

La investigación, o el descubrimiento, sobre la vida de Michel llega hasta sus lejanos antepasados en Francia. En ella parecen redescubrirse los motivos olvidados de las cosas, la raíces de su mundo; y todo, toda esa maraña de personajes y sentimientos nace allá en los primeros años del siglo XX, surge desde un prostíbulo de París. Ahí parece estar el mundo originario. Un big bang nacido de un río y dos niños abandonados pero un solo Moisés, salvado por prostitutas y no por faraones. Así es el impulso seminal y primigenio de Michel: y que se manifiesta desde un mundo donde se mezcla el amor casi infantil por una bastarda nacida en el burdel, con un intento de asesinato, combinado y sumado con una película, casi más leyenda que realidad, que nació del amor de Adolphe. el antepasado de Michel, por el cine y su admiración por D.W. Griffith… Seguir y desentrañar madejas de existencias y rollos de películas no será tanto función de Michel como de otro personaje que sale de entre los entresijos de la novela, para saludar como imprescindible, amable y deslumbrante personaje de su reparto. Uno entre la legión de personajes que componen esas historias pasadas de familia y de sus alrededores, y que no son parte de un cuadro estático sino de una película de personajes principales y secundarios, donde se describe el pasado, el presente y el futuro de todo, y que acompañan a Lauren, a Jason y a Michel. Todos tan extraños como imprescindibles, tan surrealistas como evidentes, tan reales como soñados.

La vida de Lauren se desentraña más por sus miradas, por su actos, por lo que parece estar pensando o no estar haciéndolo, que por lo que Erickson cuenta directamente de ella. Es Lauren, la mágica mujer que habla con los gatos, la que parece vivir siempre en el mismo sitio aunque cambie de ciudades; Lauren la mujer bendita y sensual… sensual y sexual; la mujer que perdona en los ojos pero no olvida en su mente; la que acepta todo lo que le pasa pero no sabe la razón por lo que lo hace; Lauren, la que pensaba amar para siempre a Jason, hasta que ve el mundo de otra manera, ve a Michel, la persona que parece surgir de una imagen de su pasado, o, acaso, de la nada, o de los rumores olvidados, o del futuro… Lauren, la mujer que vive entre sueños y realidades, en ese lugar en la que parece confundirse todo lo que ha existido en el mundo y el presente y el posible futuro parecen encontrarse en algún momento, de nuevo o por primera vez, en la tierra; y en este caso en los ojos y cerebro de ella. La existencia cruza por nuestro lugar en el mundo, aprovecharla es solo una opción, lo estático o lo atónito o el movimiento tienen las mismas posibilidades para ella, las utilizará siempre con su lógica extraña y apabullante.

Días entre estaciones” habla del amor, de todos los amores: el filial, el sensual, el sexual, el oficial, el equívoco, el traicionado, el olvidado,……Pero lo hace sin aspavientos, lo hace mirando  sus desastres y caídas, sus victorias y decisiones erróneas, removiendo sus recovecos. Y como todo libro que habla de sentimientos, también habla de pérdidas: la perdida es consustancial al amor y al odio, al suspiro y la lágrima. Esa visión Erickson la crea sin frases ampulosas, ni románticas, nada más lejos de este libro; no, él lo hace desde lo explícito de la mirada, lo hace desde un fugaz susurro, de una mueca de rabia o de desdén, de un gesto que expresa más que una legión de palabras o un grito desorbitado. Así, el mundo que nos aparece se sostiene en bases sin raíces, porque puede que lo que te cuenta sea un sueño, o sea, solo, sensación de huida, de escapada, pero que siempre vuelve; todas las cosas están presas a una especie de Eterno Retorno, todo parece estar predestinado a verse de nuevo, a repetirse; hasta los sueños más improbables, parecen repetirse en la realidad. Así el mundo parece caerse y solo se puede sostener en un pequeño espacio que parece hecho de hierro, amor y sexo que es la relación de Lauren y Michel.

Días entre estaciones” es un libro magnífico sobre el amor, sí, pero también sobre la comprensión y el olvido -el imposible olvido-, sobre el perdón, sobre la casualidad y los sueños, sobre la investigación y el descifrado del pasado, sobre el azar de la vida y la predestinación, sobre la muerte y la pasión, sobre la fantasía y los fantasmas, sobre la nada y sobre todo lo que puede existir en el mundo…en los mundos…En ese universo que es la novela brota y deslumbra toda una generación de personajes surgidos de lugares recónditos de la literatura -ya dije más arriba que nada parece parecerse a Erickson, pero yo no conozco, por fortuna, toda la literatura-. Y lo cierto es que de los paisajes más austeros o más barrocos salen personajes incluso por las esquinas dobladas del libro, por los lomos del ejemplar, por el anverso de las hojas, y salen ideas extrañas, mundos casi paralelos, momentos casi mágicos donde parecen ser puro ejercicio sobre la belleza de un momento de la novela -lo bello en lo extraño, en lo derruido, en lo construido, en lo fascinante, en lo distinto-; y todo se une con los personajes y las historias, en principio casi inconexas pero que van casándose, fundiéndose en una sola vía: la de Lauren y Michel. Como un Adan y una Eva que no son inocentes porque no pueden ni saben serlo, pero que no tienen el pecado original porque son tan puros como pueden serlo los que no conocen qué es una serpiente ni qué es un dios, están más allá.

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Montañas: Traspasando los límites, de Stefan Dech, Reinhold Messner y Nils Sparwasser

Montañas, traspasando los límites

Montañas, traspasando los límitesEs difícil describir con palabras un libro en el que una parte, grande, de su belleza se encuentra en las fotografías que en él aparecen: fotos cenitales, fotos de satélites, fotos a pie de montaña, fotos que muestran desde los más pequeños detalles, hasta los panoramas más espectaculares de valles, cordilleras, aristas, picos, collados, caras, pilares o cumbres… Cumbres porque este libro habla de escalada, de alta montaña, de nieve y cuerdas, de sujeciones y esfuerzo. Es un libro, sí, sobre las montañas más altas o más difíciles o más bellas que el hombre ha escalado o ha querido escalar. Y habla, más que de aventuras, de la lucha del alpinista por subirlas, por vencerlas, y de la lucha de las montañas por evitarlo. Y en la lucha aparecen parte de los momentos que hicieron y hacen del alpinismo una epopeya, un marco donde viven las leyendas y los mitos, donde reconoces nombres de personas y pasos entre aristas o paredes, porque son parte de la épica del mundo; de esa que, vencidas la mayoría de las fronteras del mundo, vencido cualquier afán de conquista o de descubrimiento; el ser humano ha visto en la victoria sobre esas grandes paredes una forma de retarse, de buscar límites, de saber si puede combatir, y destacar, en un elemento que no es fácil para él. De forma que se buscan nuevas retos y rutas en las montañas: más difíciles, más duras, más arriesgadas; para poder decir que luché con la montaña, y pude perder o ganar, pero lo hice limpiamente, cara a cara. Este libro es una ayuda para entender la magnitud tanto de las cordilleras y montañas que en él aparecen, como la de su belleza extrema; así como una manera de entender a los hombres y mujeres que en ellas han forjado su vida y su leyenda.

Este libro es parte del proyecto del Centro Aeroespacial Alemán que creó toda una red de análisis de las grandes cordilleras del mundo con fotografías y estudios tridimensionales; primero pensadas para colaborar en el ascenso al K2 de una de la más importantes alpinistas vivas: Gerlinde Kaltenbrunner: y luego extendida a otras cordilleras y otros picos. De los cuales hay un minucioso estudio fotográfico de los pasos, de las laderas, de las vías de ataque a la cumbre; también descubres desiertos helados de los que nacen los techos del mundo, páramos helados donde parece nacer todo lo que busca el hombre en la naturaleza y la batalla contra los límites. Todas esas cosas, toda esa cascada de imágenes y casi sensaciones, es lo que conforma esta detallada cartografía de las cordilleras y las cimas. Por ello, y para ello, nació: “Montañas: Traspasando límites”.

Las montañas que en ella se miran, se examinan, fueron elegidas no solo por su valor alpinista sino por su interés intrínseco; por la importancia de más cosas que lo difícil o no de escalarlas -belleza, religiosa, tradición-, por el que es considerado sin lugar a dudas el más importante alpinista de la historia: Reinhold Messner. De modo que él no busca solo montañas de epopeya, sino que busca sitios que importan, lugares donde nació el alpinismo, lugares que deben aparecer cuando hablas de Montañas. Así que descubrimos:

Ochomiles como :

Everest,

K2,

Nanga Parbat,

Dhaulagiri,

Annapurna

Siete miles de paredes imposibles como:

Maherbrum

Montañas alpinas clásicas como:

Cervino

Mont Blanc

Montañas sagradas como:

Kailash

Nanda Devi

Los más altos de subcontinentes como:

Aconcagua

Denali

Montañas de extraña belleza del Cáucaso como:

Ushba

Todos esas montañas elegidas por Reinhold Messner para “Montañas: Traspasando límites”, lo son por motivos, como he dicho, que para él trascienden el puro interés alpinista, para alcanzar uno superior, sea por su historia o sea por sus belleza o tradición. Cada capítulo en el que se describe de manera sistemática esas montañas, está prologado por un texto del propio Messner en el que descubre la razón por la que ha sido elegida, o la historia o los viejos mitos o tradiciones que la acompañan. Dicho texto enriquece el libro mostrando una mirada casi anexa, casi paralela, al propio texto descriptivo o analítico o puramente fotográfico. Así, también, en cada capitulo hay una historia, contada sobre esa montaña por afamados escaladores que han luchado con ella, y a veces la vencieron y otras no, como: Walter Bonatti, Robert Paragot, Adolf Schultze, Stephen Venables, Sandy Allan, Yannick Graziani, Gerlinde Kaltenbrunner, Tomaz Humar, Pierre Mazeaud, o Rick Allen… No solo son, pues, relatos de victorias, sino que también de derrotas, de desgracias, de primeros intentos, de experiencias vitales…Todas ellas conforman un tejido de sensaciones, de imágenes y de experiencias que, a veces, dolorosamente, otras veces de manera inspiradora, crean el universo de la montaña, del alpinismo, del tipo de vida que cada uno de los que aquí escriben han elegido vivir y  han vivido. La vida y la muerte, la belleza y lo terrible, son partes de la misma moneda que ellos saben que llevan en el bolsillo, porque esa es su opción,  y lo aceptan.

Cada capitulo, por lo tanto, es en parte texto en el que se describe la montaña, o se relata una experiencia allí vivida, y también es el reflejo fotográfico de su situación-desde el satélite, desde el campo base, desde el valle, desde sus laderas- y de la forma de sus paredes, de sus vías, de sus espolones… Todo ello reúne el microcosmos completo que parece describir, siquiera un instante, cómo es el sitio, cómo ha sido tratado, cómo se ha mirado -a través de él, y con él-, conformando un texto con imágenes bellísimo.

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Lección de alemán, de Siegfried Lenz

Lección de alemán

Lección de alemán

Es la segunda vez que leo “Lección de alemán” y lo cierto es que he descubierto muchas cosas que no había encontrado en la anterior lectura, pero sobre todo me ha sorprendido el volver a hallar, imponente, la belleza de este texto. Que no es una belleza cualquiera, no es una de esas de palabras fáciles e imágenes rotundas y amables; no, no es ese tipo. Mientras la leía yo sentía, por momentos, que me elevaba y descendía como solo lo haces oyendo una sinfonía de Mahler, cuando el sonido te va recorriendo el cerebro y los centros de sensibilidad; y te sientes como si flotaras en una barca; subes y bajas con la marea de sonidos, como si estuviera, también, afectada por los influjos de la luna, suave y terca. Otras veces me parecía sentirme como cuando miras un río furioso y queda atrapada tu mente y tu mirada en el flujo y reflujo hipnótico del agua en el torrente. Esa sensación de que las palabras, las frases, se mueven bajo la doble sensación del control como la de una partitura y el descontrol furioso pero encauzado del río la he encontrado en contados libros. En contraposición a ese rumbo de las palabras, las ideas tiene una derrotero fijo: el deber, el poder, la exigencia por encima de la lógica, el ciego cumplimiento de las normas, la derrota… Todos esos caminos se abren y discurren por la novela, y son los contrafuertes que la sostienen.

Lección de alemán” es el relato en primera persona en el que Siggi Jepsen cuenta que cuenta cómo es su vida en un reformatorio para jóvenes delincuentes, situado en una isla en mitad del río Elba, junto a Hamburgo. Escribe sobre la redacción, que primero no quiso escribir y que luego se convirtió en castigo, donde debía hablar sobre las “alegrías del deber”. Pero él ve ese deber como expresión de cosas que le llegan del pasado, y los ve como  única forma de vida, un modo de afrontar el presente y el futuro. El  deber como decepción y como comportamiento, como moral y como ética personal antepuesta, incluso, a la general, a la de la mayoría. Las “alegrías del deber” solo tenían una representación para Siggi, y era la de su padre, pero, aunque no lo quisiera reconocer, él mismo se aturulla subordinándose a una obligación extraña, que llega ahora en el reformatorio, o antes en su niñez, entre fuegos y afecciones. Sin embargo, es su padre, policía de un pequeño pueblo del norte de Alemania durante los estertores de la segunda guerra mundial, el que al recibir el encargo de prohibir dibujar al pintor Max Ludwig Nansen, y hacer cumplir dicho mandato, el que se obcecará en seguir las ordenes hasta las últimas consecuencias. Así, esa prohibición llevará a Siggi por las imposiciones paternas para que espíe a Nansen, y llevará, también,  al mismo pintor a tomar al niño como aliado en su intento de salvar los cuadros, el arte y su forma de vida de la furia destructiva y obsesiva del policía. El deber que este sentía era poderoso, airado, presuntuoso, sobrepasaba sentimiento y poder, excedía el debido a su puesto policial para incluir a la familia, al pueblo, al comportamiento de la gente. En la batalla que discurrirá paralela al final del nazismo, aparecerán más actores que cubrirán los espacios que Siggi necesita para hablar de su familia, de su mundo, de sus compañeros de clase, de sus profesores, de huidos, de muertos, de la guerra… del arte.

Pero el lugar más alto por el que discurre la novela aparece en el momento que se plasman las ideas, las formas, las palabras, los recuerdos de vida y los sueños del que escribe en frases e imágenes, y hacen del libro algo especial. Las palabras cuentan historias de gentes que salen de la imaginación de Siggi o de la realidad; sus historias son momentos que quiere dominar, dar rapidez o pausa, sentido y dominio, y por ello hace que estén bajo el dominio de su pluma. De modo que sus personajes están vivos en cuanto él los describe, así que los malea, los hace moverse y avanzar o retroceder, los hace mirarlo, hace que los personajes de los cuadros estén vivos y salgan de ellos para contarle cosas. Y las miradas no serán únicas, variarán según sea la de Siggi ya adulto encerrado en su habitación del reformatorio y que está escribiendo la historia, o sean la del Siggi niño el que habla. Ambos, recuerdo y realidad, se confunde, hacen que se muevan las olas, adelante y atrás como la marea de aquella luna. Las miradas, otras veces, son como si fueran hechas por una cámara de cine, recia y vieja, que filma lo que ocurre en el momento como si se saltará todos los pasos y orgullos del escritor, nada se interpone, parece, entre el escritor y la escena descrita, todo es absoluta verdad, sin afeites. Esa misma mirada que, aunque no siempre sea cruda como la de una cámara que atrapa nubes, que persigue soldados que huyen, que percibe al movimiento de un pincel o a los aviones que ametrallan, que levanta cien mil gaviotas sobre el cielo; es la mirada que da importancia a lo menos grandioso, a lo menos exagerado, a esos pequeños gestos, guiños, palabras o pasos que parecen que se nos van a pasar por alto, pero que son los que explican el mundo, que atañen a ese pequeño espacio con el que explica la realidad por encima de los grandes gestos y de las palabras más seductoras. El libro es en parte, sí, memoria pero también confesión al lector, al profesor de alemán, al director del reformatorio, a sí mismo, al lector potencial, al mundo, a sus padres, a sus hermanos, a la nada… de culpas y odios, de recelos y contagios, de perdidas y descubrimientos.

Lección de alemán” es, también, un encendido escrito de pintura, de arte. Es un elogio al acto de pintar y a los propios cuadros; pero también a la libertad personal y a la artística, sobre todo la del pintor,…y la del observador. La visión que aparece de la pintura, nos lleva por un elogio sobre el estudio del color y la luz, Siggi sabe escudriñar las pequeñas diferencias de los tonos, de los contrastes, sabe admirar la discusión, práctica, del pintor consigo mismo para alcanzar a expresar el mundo lleno de brujas y fantasmas, de seres salidos de lo profundo del paisaje y de las mentes de aquel pueblo, de aquella Alemania. Así de los cuadros salen escalofríos, y sale miedo, y sale angustia, y salen personajes que nunca son heroicos, no so vencedores, solo sufren, hace sufrir, escapan, o sienten que no era su sitio. Todos parecen del recuadro del lienzo para entrar en el mundo de Siggi, infantil pero codicioso de saber y de sentir. De esta manera, de los pinceles nacen cosas que nunca estarán muertas porque viven aún ocultas en lugares improbables, siguen vivas y, quizás, a salvo de los necios del deber ofuscado.

Y en “Lección de alemán” la sensación de orden, intransigencia y desdén, que parece mostrarnos un mundo oscuro, cerrado, nublado, cuadrado: contrasta con la libertad de los cuadros que pinta Nansen y describe Siggi, en los que el color y la imaginación, en los que las brujas y los fantasmas, los seres de otro lado, enseñan un mundo irreal, no pegado a la tierra y a las nubes bajas. Y nos muestra el reformatorio lleno de mentiras y verdades, del que aunque te dejen en libertad, no se puede escapar; él no puede escapar de aquel centro que es su lugar de castigo, perdón y refugio.

Pensé otra cosa cuando acabé este libro por segunda vez: lo agradable que era volver a él, para redescubrir la definición de lo hermoso en la literatura.

Lo volveré a leer. Seguro.

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Puerca tierra, de John Berger

Puerca tierra

Puerca tierra

No hacen falta raíces para que la tierra sujete tus pies anclados a la tierra como pequeños árboles nacidos de un útero de arcilla, como niños paridos cuando se ha partido el fruto del nogal, como niñas alimentadas de las ubres de las vacas, como vacas alimentadas, cada mañana a la misma hora en el mismo minuto, por todas las manos de hombres y mujeres que habitan sobre la tierra, con sus ojos legañosos llenos del polvo de la hierba seca recogida en verano, o llenos de barro de las botas que salpican el rocío matinal de los pastos donde se alimentaron todas las ovejas y todos los campesinos, todas las vaqueras y todos los bueyes que en el mundo han existido; y no hacen falta aquellas raíces que amarren tus pies, porque la tierra te atrapa, y no te suelta, con historias, con el recuerdo de todos los pasados y antepasados de cada una de las familias que han existido en las tierras de labranza, en las tierras de pasto, entre montañas de piedra y bancales, o entre llanuras de cereal y frutas; no te suelta de todo aquello que quedó enganchado como en telarañas de recuerdos que se aparecen en todos los rincones de los caminos, en cada cruce, en las piedras, en cada herida, en los muertos, en cada viaje, en los sucesos, en las alegrías, en las tristezas, en cada campana que toca a muerto o a fuego, o a inundación, en las manzana con sabor a sidra, en cada sidra con sabor a manzanas y a manos llenas de cieno y cielo. “Puerca tierra” son las historias de un estrecho pedazo de mundo, cerrado y cercado de montañas, pasados los años 50 del siglo XX en una Francia rural y campesina. Son personas y animales, sucesos y aspiraciones, ruegos y pérdidas, ganancias y maldiciones atrapadas entre esas montañas y pastos, entre esas casas colgadas del precipicio, y agarradas a las faldas de las montañas, entre aquellas hierbas y piedras llenas de musgo, llenas de los fantasmas de generaciones que pasaron por allí pisando las mismas rocas, saltando por los mismos atajos, viviendo en las mismas casas. Son las historias de un instante de sus viajes por la vida, pero que no pueden haber sucedido, ni sucederán, en aquellas tierras sin el recuerdo y la mirada olvidada de todos los antepasados que habitaron entre esos aires con olor de hierba cortada, estiércol y nieve.

Puerca tierra” son relatos sobre gentes que habitan un paisaje entre montañas, un pequeño universo en el que sufren, sudan, pelan, gritan, soportan duramente…y lo hacen porque es el suyo; fuera de él solo sabrán vivir las nuevas generaciones que no han sido absorbidas por la tierra, por sus querencias y por sus deseos de preñada con antojos; jóvenes que se fueron, y pocos volvieron. Así van apareciendo unos relatos sobre la realidad de personas, presentes y pasadas, que viven, y vivieron, de la agricultura y el pastoreo; y todos aparecen y se adivinan presos a las tradiciones, a las miradas exigentes de sus antepasados, a esas tierras propias, a los muros de los “chalets” en los que viven. Sus costumbres, sus apegos, sus odios, sus amores, sus recias personalidades están pegadas, y plegadas, a la dureza de las piedras, a su acerbo de generaciones que no quieren cambiar, que no quieren descubrir que debe haber algo nuevo, y hoy todo parece llevarlos hacia un fin lánguido, como la muerte dulce en la cama caliente, o en la bañera del agua cargada de vapores; muerte desde la que caerán los muros de sus casas, de sus bancales, de sus frutales, porque nadie seguirá cuidándolos; las generaciones pasadas acabarán junto a ellos, y lejos de sus hijos allá en la ciudad, allá en París,.

John Berger, cuenta, e interpreta, las historias que le contaron durante una época en la que vivía en la montaña francesa, y lo hace sobre las cosas que por allí habían sucedido, o suceden, pero también las impresiones que le deja todo aquel material humano, aquella tierra llena de heridas, sangre, sudor y estiércol; todo aquel aire impregnado de palabras cortas y frenéticas que sirven para parar el tiempo o para llamar a los animales o al buen tiempo desde las cumbres de las montañas; o sirve para mostrar recios odios y alabanzas, y para anunciar que la vida es ayuda y lucha, y para hablar de  viejas historias de las guerras mundiales, o para recordar a padres o madres que enseñaron cómo debe ser al vida, pero no enseñaron a vivirla, solo a trabajar; trabajar y sudar desde que se va la luna hasta que aparece de nuevo, cuando ya comienza a salir la escarcha. Pero Berger no solo habla de lo que sabe y le contaron, -y habla con su voz o con las del viajero que ha vuelto y encuentra el pueblo otra vez, o del niño ya viejo con recuerdos inolvidables o … -; también habla de sus sensaciones, de esa impronta que solo pueden aparecer desde la poesía. Con ella muestra el lado oculto de la personalidad del pueblo, esa que solo puede explicarse con los silencios entre las estrofas, y los gritos en los versos

Y los relatos que cuenta son sobre una pequeña mujer que tiene tres vidas y que parece pelear con el mundo desde su pequeña estatura; y hablan de vacas y de perdidas y de cerdos y matanzas y  de viajes a la nada; y hablan de padres  e hijos que no se comprenden; y de pelear por subir todos los días una cuesta con la fuerza de sus brazos y un viejo caballo; y hablan de campesinos que solo quieren defender lo justo, su justicia propia, su saber de siglos que no es el que rige ahora el mundo; y hablan de la ayuda entre todo el pueblo para la matanza del cerdo, o para construir casas, o para cavar en la nieve en búsqueda de cualquier cosa: tuberías, topos, comidas, tesón, fuerza…todo eso que une y todo lo que dispersa. Todas las historias de las que habla el libro son sobre campesinos que aman más su forma de vida que a la propia tierra: y la aman porque saben de ella, saben como será, saben que nada debe o puede cambiar para que intenten sobrevivir, saben que tras las lluvias siempre escampa, que las nieves traen silencio y prosperidad, saben que deben seguir los pasos de sus padres, y de los padres de sus padres, y la de los padres de estos, porque ellos supieron vivir y asentarse en aquellas tierras, y con aquellos animales, que no siendo los mismos, son las crías de las crías de las crías que aquellas que acompañaron y alimentaron  a su vieja familia, y así deberá seguir siendo. Los relatos y poemas que hablan de la vida en esas tierras duras y fecundas, son relatos de vida y de muerte, de crecimiento y caída, de lo viejo que se quiere y lo nuevo a lo que se deben acostumbrar, son relatos de nacimientos y de pensamientos de huida pocas veces cumplidos, porque la tierra se agarra a su piel.

La última historia que cuenta John Berger, que no lo es, es un ensayo sobre la vida del campesinado a lo largo del tiempo, es posible, que con los cambios que se han introducido desde que escribió este libro , haya cosa que no encajen, pero sin duda es un análisis lúcido sobre un mundo que comenzaba a cambiar, pero que seguía siendo tan feroz y tan difícil como la de hacía cien o mil años.

Es un libro bello en sus pensamientos, bello en su lenguaje, triste en sus palabras profundas, profundo en sus palabras tristes; es un libro para sentarse y mirar el horizonte capado por las montañas que rodean pueblos, que rodean casas, que rodean animales, que rodean hombres y mujeres que rodean montañas…

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Historia de las abejas, de Maja Lunde

Historia de las abejas

El mundo seHistoria de las abejas cierra sobre sí mismo y convierte todo en un lugar común; lo sorprendente de esto es que, a pesar de la proximidad, la vida del vecino esté a millones de kilómetros de distancia, y la del habitante de las antípodas parezca surgir en tu puerta de al lado. Las distancias, las vidas, los pensamientos se han alterado y lo que para nuestros bisabuelos era lo inabarcable ahora solo es el trayecto a tu trabajo; convirtiendo lo ilimitado en el objetivo más cortito que puedas imaginar. Todo parece redondo y se va y se vuelve, a través del tiempo y del espacio, giran las paralelas, giran los infinitos y vuelven a ti llenos de las experiencias vividas, de los paisajes visitados a lo largo del recorrido hacia la nada para luego volver a ti. Nada se desperdicia, nada se derrumba, todo se transforma. ¿ Acaso todo?… Pequeñas cosas, que crees lejanas pero que están tan cercanas que parecen pegadas a ti,  que mantienen la vida en el perfecto y delicado equilibrio en el que todavía está, si colapsasen podrían derrumbar ese artificioso monumento de cartas que es esta civilización. Siempre olvidamos que civilizaciones más extensas en el tiempo cayeron partidas por una agonía devastadora; la nuestra, de apenas 2000 años, se sostiene en pequeñas bases que golpeamos y socavamos cada día. “Historia de las abejas” es el apunte ficticio de la dominación de las abejas por el hombre y de la amenaza de derrumbe por una razón que nos parece tan común que no nos importa: su desaparición Esos insectos que algunos odian, otros temen, y otros comen su miel como si naciera de la nada. Si ellas desaparecieran, o comenzaran a desaparecer, el mundo como tal no podría ser el mismo, de ninguna de las formas.

Historia de las abejas” no es un texto científico, no es, tampoco, un relato histórico; es una ficción contada en tres partes, abarcando tres épocas, relatando sobre las abejas y su relación no ya solo con la polinización y el mundo, sino, aquí en concreto, su influencia en tres familias y en su forma de entender y ver la vida. Nos cuenta la historia de William  un científico del siglo XIX, y su larga familia, acomplejado y preso de sus manías y defectos, y que decide salvar su vida y la de esa familia, desde el punto de vista de la supervivencia económica, creando unas colmenas nuevas para las abejas; colmenas que pretende que sean una innovación y una mejora de las que entonces existían y así, pensaba él, cambiar su suerte. Los capítulos sobre George hablan de una familia estadounidense de primeros del siglo XXI que vive en una granja en la que la principal fuente de riqueza son las colmenas. La falta de aptitud y de ganas del único hijo, Tom, será lo que motive que el padre intente introducirle en el mundo de las abejas, de sus errores y sus beneficios. siempre tan trabajosos y cerca del desastre. La tercera historia es la historia de la familia de Tao; es  un relato sobre una sociedad y un mundo distópico, provocado por un desastre ecológico surgido en el momento que desaparecieron las abejas del mundo. La familia de Tao, su hija y su marido, sobreviven en un Japón que muere y vive con el trabajo brutal de todos los días.

Cuando la prosa es sencilla, directa y sin abalorios superfluos, cuando hace lo que pretende: contar una historia por el placer de contarla, por el hecho de situarnos en una situación y que nos planteemos saber más y nos resulte necesario seguir en su letras, en sus ideas; entonces nos resulta sencillo familiarizarse con ella, porque estos textos  no avasallan, no imponen, no adoctrinan, son escritos en los que se habla sobre las relaciones humanas, sobre las miradas entre padres e hijos, entre marido y mujer, que viven y sobreviven en mundos nada fáciles, en ninguno de los casos, pero que se apoyan, o pretenden apoyarse, en sus familias para salir adelante. Nos muestran que siempre que esperes mucho de las personas, sin contar con su consentimiento, o simplemente sin mirarle a los ojos o hablar dos o tres palabras con él, corres el peligro que no sea como pretende que sean las cosas. Esperar del mundo, esperar de la vida, esperar de la naturaleza, esperar del sistema, es eso, solo esperanza, solo pretensión, solo, acaso, egoísmo o, quizá, ingenuidad. Así, los relatos de las tres familias centran su mirada en seguir viviendo, sea como sea, pero los que se sitúan en los siglos XIX y principios del XXI, centran la vida en ir hacia adelante, en enriquecerse, en tener un modo de vida ligado a las abejas, en las que su prosperidad futura – de padres y supuestamente de hijos- y la actual depende de ellas, de su rendimiento, de sus propios vuelos, de sus virajes, de su polinización, de su miel, de su propoleo… El relato situado a finales del XXI, el que habla de Tao y su familia en 2098, habla de sobrevivir sin ellas, de gente aislada en centros de reproducción vegetal que lucha no para vivir sino para sobrevivir heridos de pobreza, llenos de nada. El mundo puede hundirse y sacan la cabeza del agua apunto de ahogarse o de subsistir, en ese estrecho límite. Las tres historias llevan caminos dispares, en tiempo y en espacio, en situaciones y en perdidas, pero todas hablan de la relación de los padres con los hijos, de los hijos con el mundo, de la vida con todos ellos, de sobrevivir y de morir, de riqueza  y pobreza, de comprensión y de no querer ver,  de errores y pequeños triunfos, de la miel o el vinagre.

Las letras de Maja Lunde no buscan impresionar ni desbaratar ideas, no buscan imponer ni anunciar grandes verdades, ni siquiera educar o parlamentar; las letras de este libro son sobre hechos que quizá fuerón y acaso serán,  sobre mirar realidades de la vida, de las relaciones humanas y de la naturaleza. De cómo los padres quieren a los hijos, y cómo crecen estos, y cómo cambía la vida,  creyendo en  lo que se ha pensado,  o se ha prentendido, para ellos como algo correcto se pierde y te desdice, o pudiera pasar que se ha mirado en el lado no correcto… Pero como reza el título son las abejas las que mueven el libro; ellas como una aparente pequeña parte  en el mantenimiento del precario equilibrio que sostiene la naturaleza, que sostiene a los humanos, que sostiene la civilización, que sostiene el mundo. Mundo que parece poder derrumbarse por el empujón del mosquito que desploma el rascacielos, o del ratoncito de los dibujos animados que mata del susto al elefante. Sí serán así, pequeños, en apariencia mínimos, que no los ves pasar, pero el elefante, el rascacielos caerán; y se caerá el mundo, la civilización, caerán los humanos, la naturaleza, ¿ por el soplo de aire que genera una pequeña puerta al cerrarse? Sí, ¿qué creías?

Al final, pienso, que las relaciones humanas y las relaciones con la naturaleza son iguales, porque se basan en soportar los cimientos el uno del otro, de vivir porque el otro vive, el vivir y dejar vivir que nos decían nuestros abuelos….Como dicen los libros que hablan con cordura.

Pero nada podrá decirte hasta dónde llegará el mundo, si las vidas que nos cuentan estas historias nos llevarán a un fin inesperado…

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El camino de los Madigan, de Anne Enright

El camino de los Madigan

El camino de los Madigan

Pequeñas cosas, cosas sin repentina importancia, escondidas a la primera impresión entre miradas descuidadas y ojos que parecen obviarlas. Pequeñas cosas, atadas a la delicadeza con la que aferras una pluma mientras cae, a un abrazo mientras lloras. Todas esos mínimos detalles que hacen que un zapato en el suelo tenga valor por ser recuerdo de cómo lo hacía alguien en el pasado; que hacen que una caricia sea querida porque se parece a la de la mano de ese alguien casi olvidado; o que tenga sentido una mirada amistosa, u odiosa, presentida antes de que ocurra. La vida se compone de un suceder de pequeñas cosas; son las que conforman tu vida, las que hacen que todo tenga significado, las que hacen que el que tenga conciencia de ellas aprecie su sentido profundo, su valor real por debajo de su nimiedad aparente. Esas miles de cosas que hacen, una a una, que todo funcione, que todo empiece o que todo acabe. De grandes cosas no está tu vida llena, ocurren lejos y, si te suceden, pasan pronto. A la escritura de Anne Enright se accede mirando las palabras más aparentemente apartadas, a los gestos más figuradamente pasajeros, a las situaciones menos explosivas, a las ideas que aparentan menor importancia; a la belleza de su estilo y de sus imágenes se llega dejando que te roce lo nimio, que descubras la certeza y la belleza de lo que debió ser circunstancial, a eso pequeño.

El camino de los Madigan” nos cuenta la vida de una madre irlandesa y sus cuatro hijos. Relata una niñez aparentemente feliz, y te transporta a la mayoría de edad en la que cada uno de los hermanos ha recorrido caminos que parecen huir unos de otros y sobre todo, en apariencia, parecen querer separarse de su madre, Rosaleen. Mujer de extraño carácter: cambiante, exagerado, servicial y apartado, amoroso y desapegado. Todos sus hijos llevan sobre sí las cargas del pasado y de su propia condición; todos se mueven en caminos en los que se cruzan o se despegan: caminos en el que aparece el desafecto para con los demás, o el exagerado servilismo, o el poco respeto para con ellos mismos o la imposibilidad de enseñar afecto hacia los demás. Todos presos de alguna exagerada influencia de su desdeñosa y amable madre, de su perdida y encontrada madre. El libro es el recorrido por la vida de cada uno de ellos, mirando, fisgando, asomándonos en sus amores, en sus culpas, en sus despedidas, en sus desaciertos, en sus condenas, en sus desapegos, en sus desconfianza; los adivinamos siempre en estados de huida, de miedo, de vértigo o de separación, allá en la Nueva York de la aparición del SIDA, en el Dublín de los pequeños teatros, o en el viaje con una ONG a la África desnutrida y real. El libro es un embudo que centrifuga a los personajes hacia la salida, los revuelve, boca arriba y boca abajo, sacando lo que tienen en los bolsillos, en los bolsos, en la cartera, revolviendo el cerebro hasta intentar que demuestre algo, sacudiendo por las solapas a la realidad, a su realidad, para que haga algo, para que explique la razón de todo, del motivo de que las cosas sean así, de que cada uno de los protagonistas sean como son. Sí, las razones, viejas o nuevas, que los han hecho así.

Si, desde fuera, yo leyera este resumen, que puede haber sido más o menos acertado, más sutil o menos; pensaría algo -se me asomaría a la cabeza- sobre llanuras uniformes o se me iría la mente en pensar en esos helados de supermercado en el que, sean del sabor que sean, saben iguales; se me cerraría un ojo y, como un guiño, vería el mismo mundo pero con menos sensación de volumen, capado. Así que describir un libro no es tan sencillo como contar sucedidos y paisajes, es mostrar las entrañas del muñeco de trapo, los cables de una fuente de alimentación; es contar lo que te dice el libro, lo que aprendes y vives de él; así,  en él un helado puede ser azul pero de sabor de fresa, o de rojo y limón -no te fíes de la apariencias-; y las llanuras , si no andas con cuidado, esconden cuevas excavadas por el agua, repentina o eterna, que pasa por sus tierras. Nada es lo que parece, -No te fíes-.Si lees “El camino de Madigan” con ese ojo guiñado y dejas que pasen las hojas, tumbado en tu sofá, simétricas y automáticas; acabará el libro, suspirarás y buscarás otro; pero…pero… si lees con los dos ojos, preparado con el bisturí, para descubrir lo que hay en el angosto espacio entre hoja y hoja, llegarás al final y sabrás que no son las cosas tan simples como para dejar que lo obvio te venza, como para dejar que cuando acabes una frase o una página o el libro, no pares, no eches el freno, no te sientes a pensar, a degustar y analizar lo que ha pasado, lo que has leído. Detrás de las puertas entornadas hay algo, detrás de las puertas cerradas se esconden cosas -ábrelas-, detrás de los ojos sin lagrimas hay lagrimales, detrás de las sonrisas hay saliva retenida, detrás de los amores hay odios, detrás de los odios hay amores…

¿ Qué hay detrás de este libro? ¿Qué me ha contado?

Para eso debería servir un tipo que comenta un libro, no para contarte con pelos y señales los sucedidos de la trama, sino para interpretarlo, para descubrir el color de las cartas; al menos desde donde está él sentado ha visto la mano que lleva el autor, o al menos lo que cree ver desde allí. Así, este libro a mí me habla de esa sensación duplicada que nos aparece cuando aparecen el amor y la tentación -o necesidad- de olvido; esa sensación que no sabe si amar es lo obligatorio o lo decidido; es amor buscado o amor filial o amor necesitado o amor perdido…o la soledad…Todos los protagonistas -hermanos y madre- necesitan estar satisfechos de sí mismos y de los demás, necesitan ser queridos:  hasta los que se repelen como imanes del mismo polo, hasta los más duros, hasta los más tiernos de los hermanos, hasta los más perdidos en sus derrotas y sus triunfos, hasta los más desganados -y cobardes- en que rebrote la amistad o el amor filial, o el de pareja. Parecen perderse esos protagonistas en esa oleada de necesidad de afecto que brota, a veces cuando se recuerda a los desaparecidos o a los perdidos, otras veces queriendo saber quién no eres y otras quién eres -y en el camino pierdes amigos, amores, banderas, recetas.. y tiempo, pierdes tiempo-. En realidad para una relación amistosa o fraternal solo hay dos cosas en el mundo: tú y el otro. Todos los otros son el otro y, sea quien sea, es algo y todo para ti; que sea lo que quiera ser es lo que debes de soportar, debes de aceptar que ese otro es autónomo, individual, no es tuyo aunque tú lo creas; y aceptarlo, con sus errores y verdades, es querer. Y aunque quieras olvidarlo… no puede ser, porque aún estáis como siempre, aunque no lo veas, prendidos de la boca o de los ojos o de los amores, o del sexo o de lo odios o de la placenta. El camino de los Madigan es el que lleva por la frontera de los acantilados reales y personales, es la tenue pisada del equilibrista en la cuerda, y esa cuerda cuelga suspendida de dos árboles: uno es el amor y el otro aquel olvido, el necesario olvido, que no tiene que ser negativo, sino el buscado, el limpiador, el perfecto olvido. Que nunca aparece…

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El cuaderno de Bento, de John Berger

El cuaderno de Bento

El cuaderno de Bento

Y si fuera el silencio que debe acompañar a las lecturas de Spinoza lo que desprendiera este libro, sería un silencio arrugado, un silencio doblado por las esquinas, en esas donde se señalan lo que debes releer, a lo que debes estar atento, aquello con lo que o te identificas o te sorprende. La calma que rodea el texto te sorprende. Nada alrededor de la lectura parece tener importancia, solo te centras en el papel, en los símbolos -dibujos y letras- que te impresionan la mente. En ese collage que resulta ser el libro, en el que Baruch Spinoza -Bento-, los dibujos y esa liturgia de señuelos, ideas, murmullos y miradas que siempre recrean los textos de John Berger; todo parece ser creado para ser observado, tanteado, acariciado o pensado; para ser asumido en tu mente, ser argamasa entre las neuronas, sin que ninguna sensación acuciante te recorte la percepción de algo diferente.

El cuaderno de Bento” es el improbable diario, la imposible copia, del libro de apuntes que siempre, dicen y decían, acompañaba a Spinoza. John Berger tienta a la suerte, apuesta por una forma, por su versión, por lo que él hubiera hecho si hubiera sido Bento, si este hubiera vivido el siglo XX. Y no pretende asomarse al cerebro del filósofo, no pretende provocar su comportamiento, ni alterar sus ideas. No; esas ideas aparecen, ilustres, por todo el libro, enmarcados entre ropas de niños regaladas, entre las bolsas de una pequeña guía de museo, entre muertos por las estúpidas diferencias religiosas, entre olvidadas princesas que nadan en una piscina pública, entre supermercados españoles y poderosos hombres de negocios desnudos. Por entre esos resquicios, Berger ha expuesto algunos de los pensamientos de Spinoza, a la vez enigmáticos y cortantes, al mismo tiempo sorprendentes y oscuros. Sobre ellos sobrevuela esa sensación que pretende mostrar que sobre lo práctico, sobre lo racional o empírico, está ese lado del mundo que se apoya en lo etéreo, en el que prevalece lo espiritual de la vida, lo que no es contable, y, a veces, ni siquiera demostrable. Mundo, este, que en el libro está poblado de dibujos que no quieren mostrar más que una cara del pasado, una flor, un crucifijo, una mano, un pequeño paisaje, o unos ojos como collares dibujados por una niña; cosas sin aparente importancia, pero que son cimientos de una forma de ver la vida; ese mundo que,  a veces, se distingue desde una mirada amistosa a las cosas más simples , y en otras se advierte la posición crítica contra los poderosos, esa acerada palabra que siempre acompaña a Berger; esa con la que aplasta a base de sustantivos, adjetivos y verbos, no ya a los poderosos de dinero y poder bárbaro, sino también a los momentos injustos, los estados que deberían ser ilícitos de amor hasta la pobreza, los lugares de violencias irracionales, de muertos sin culpa; y muestra esa angustia que ofende cuando existen personas que no nacieron en el lado iluminado de la justicia.

“El cuaderno de Bento” es un canto a las pequeñas cosas, a las maneras suaves y dignas de entender la vida, de luchar por ella, de amarla y de protestar y ofenderse y rabiar con ella. El libro es una conversación al oído, sorteando la música abrasadora que ahora suena en el mundo, que te cuenta sobre la belleza de los dibujos -aunque no sean los mejores, aunque, una vez, sea el dibujo titubeante de una niña pequeña-, que te habla del orgullo por los dibujados, te habla de “Los hermanos Karamazov” y de otros libros; te cuenta sobre la mirada hacia un cuadro, hacia los que miran el cuadro, hasta la mirada de la que te hace mirar el cuadro; que te susurra sobre lo que es saborear los pequeños detalles que se nos escapan entre esa música y los sonidos de los teléfonos que parecen ser el diapasón que mueve el mundo ahora; es observar, también, a una persona cualquiera y agradecerle un buen gesto; es mirar al bufón que dibujaba Velazquez que no a sus reyes; es contemplar al antiguo dirigente de cultura de la Alemania comunista  expurgado por defender su arte; es descubrir, cara a cara sin cerrar los ojos, los horrores que nos ocultan o queremos que nos oculten; es observar la vida de los emigrantes en país ajeno, y la no diferencia entre los mundos que nos hacen creer que existen; es atisbar el simple descubrimiento de la alegría que parece iluminar un día cualquiera. Esas cosas, y muchas más, son las que aparecen en las páginas del libro que quiere mostrarme el mundo de debajo de las piedras, allá donde dormitan las salamanquesas, las ranas y parecen vivir los humanos del mundo que no salen en los periódicos si no es para contar que no volverán.

Bento, Spinoza, no escribió este libro, ni siquiera se parecerá en nada a lo que pudo escribir, excepto esas sentencias, esas “proposiciones”, que muestran que el mundo que no se puede contar en monedas o valores existe, y que es tan valioso como el mayor de los bancos del mundo, en ese donde no se sientan ni los pintores de caras tristes, ni ancianas que regalan chaquetitas a bebes, ni cariñosos guardaespaldas de ancianas que lo serán siempre, ni los bufones, ni los emigrantes, ni Ossip Mandelstam, ni verbos con sabor a ternura, ni sustantivos sobre la injusticia del mundo. No, no existieron esas cosas en los diarios de Spinoza; pero sí parece que un mundo, su mundo, resbala por las hojas del libro; igual solo es la tinta de lo dibujos que él no pintó, pero que si pudo hacerlo porque la pintura, y la literatura, y lo no palpable, se va moviendo en el mundo y cae, siglo en siglo como un fuerza que no desaparece y que se trasforma, en ciertas manos, y acaso son las mismas las de Berger y la suyas.

Este libro, debo decir, no es con el que empezaría a leer a John Berger, creo que debes, primero, tomarle el paso, acompasar la zancada de su literatura, de su mirada del mundo y de la sociedad, para luego saber sumergirte en ese escrito, personal, fuerte, minucioso y espiritual; hasta empaparte en el cauce de su torrente que ya te volverá trasparente. Merecerá mucho la pena que recorras el camino, sin adentrarte por el atajo, y leer este libro en toda su agudeza. Te lo aseguro.

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La época de las catedrales (Arte y sociedad, 980-1420), de Georges Duby

La época de las catedrales

La época de las catedrales

Quien piense que la sucesión de acontecimientos de los que se compone la historia, pudiera haber sido provocada por el azar, o por hechos que rompen la lógica del sistema causa-efecto, no tienen más que leer libros como este de Georges Duby para comprender que nada está creado por la casualidad; ver que un comportamiento, una construcción, una razón, una guerra, una decisión real, un acontecimiento dado, siempre tiene una causa última concreta, definida, que, en este ensayo, Duby nos muestra separándola de la multitud de probables y de las erróneas.

Pero más allá de un libro sobre arte, política, religión, sociedad o demografía, es un recorrido por las mentes de las personas que habitaron aquellos tiempos y aquellas tierras (Francia e Italia especialmente). Más allá de que el libro aporte fechas o cite acontecimientos y nombres, en realidad es un análisis de la sucesión de ideas y hechos que hicieron que la Edad Media evolucionara, que aquellos tiempos y comportamientos  fueran como fueron.

Duby habla en sus textos sobre casi toda Europa, desde el norte y centro, hasta el sur español o las islas británicas, pero sobre todo tiene dos centros concretos a estudiar, ambos capitales para el movimiento cultural, económico y de las ideas de la época. Uno será Francia -entendido con la amplitud del imperio carolingio- y el otro la península itálica. En el primero, Francia, describe todo el movimiento político, social, religioso y artístico que apareció desde la Alta Edad Media, en las que el Imperio de Carlomagno, y sus sucesores, se apoyaron en un poder dirigido desde la distancia, en el que los duques y los obispos eran la representación territorial de su autoridad. Todo lo que le ocurre posteriormente se sucede con una lógica aplastante: la caída de la influencia real del Imperio Carolingio -Capetos- provoca en sus ducados la aparición de los feudos, pequeños reinos en manos de nobleza local. Con ellos comenzará la disminución del poder del episcopado en favor de las órdenes monacales, en especial la Orden de Cluny y más tarde la del Cister. A través de ambas nacerán y crecerán el Románico y el Gótico. Entrada la Baja Edad Media, debido al crecimiento económico, el poder volverá a la ciudades, y es en ellas donde se alzarán las catedrales. La expansión demográfica, generada por ese desarrollo, provocará un exceso de población, y con él las hambrunas y la peste que harán retroceder la demografía y la economía. Por ese motivo se eliminará el impulso de crecimiento y se convertirá en un movimiento, como mucho, pausado hasta bien entrado el siglo XVI. En Italia -denominándola así para encuadrarla  geográficamente en la actualidad- la historia estará regida por otros condicionantes: el poder papal, el del Emperador germano y la influencia del imperio Bizantino. Todo esto crea una región muy compartimentada políticamente y en la que la evolución es diferente a la Franca. Por este motivo, generará movimientos sociales, políticos y artísticos, propios, y desembocará en el poder de las ciudades-estado de origen comercial, como Venecia, Pisa o Florencia. Roma será, en cambio, centro de luchas, anhelos, guerras y actividades destinadas a, por un lado, retener o recordar el poder del Imperio Romano, y, por otro lado, defender y expandir el Trono de Pedro y su influencia en el mundo Cristiano.

Todo ese marco político, demográfico o económico, es apenas una parte del camino que recorremos buscando la génesis de las catedrales como expresión no sólo de la espiritualidad de aquel momento y tiempo, sino como enseñas del avance económico, cultural, artístico, científico y religioso de cada época. Ellas eran exaltaciones del poder divino que comenzó en el Románico como una representación del Cristo – del Patoncrátor,- como Juez, como Príncipe que decide en el Fin del Mundo; para pasar en el Gótico a la imagen de Cristo como expresión del maestro que enseña y muestra el camino al mundo, y que lo rige con su sabiduría; y acaba en los siglos finales de la Edad Media, como el Cristo que ha bajado a la tierra, y que se movió junto a sus seguidores por este mundo, y así siguió siendo un Dios humano. No será esta evolución un reflejo inútil y sin importancia de un hecho residual, no. Es el reflejo de la trasformación y el crecimiento del pensamiento no solo religioso, sino también de las propias ideas; de la filosofía, de la ciencia, de las creencias que, incluso deja su legado en la actualidad.

Es imposible describir todo lo que aparece en “La época de las catedrales”, es imposible unir en pocas palabras los términos cruzados, los hechos paralelos, los ejemplos que confluyen, las circunstancias que atañen a cada momento, que en este libro aparecen para crear una autentica y fascinante historia sobre un pueblo que trabajaba y moría en la mismo sitio -y en pocos años-; esa porción mayoritaria de las sociedad que aportaba beneficio y riqueza a la nobleza y a la Iglesia, que la gastaba en lujos, la invertía en arte, liturgia o mecenazgo; o la empleaba en diezmos, limosnas o en gastos suntuarios. Aparecerá una burguesía, de la que pronto se distinguirán y se separarán grandes comerciantes o banqueros prestamistas, al servicio de aquella riqueza nacida de la multitud de campesinos pobres. Dinero que también permitirá el surgimiento de pensadores,  de arquitectos, de escultores, de literatos, de teólogos o de filósofos  ( Tomás de Aquino, Ockam. Scoto..); así como el crecimiento de toda una clase de Caballeros que pululan por la campiña y la vida de aquellos tiempos.

Resulta claro, siguiendo los escritos de Duby, seguir todos los atajos o rodeos que hicieron de la cultura y la religión lo que fueron, y así encontrar las cosas que las unieron, la razón por la que se acompañaron durante siglos, deudoras una de la otra. Resulta hermoso ir viendo la visión que aparece en el libro de las necesidades religiosas que provocaron la aparición de los hechos artísticos, como el de la propias catedrales. Duby muestra el origen inmaterial de alguna de las formas que adoptaron las catedrales, persiguiendo el vano, o las alturas o la luz, en busca no de un resultado arquitectónico o una razón únicamente bella, sino que en la expresión de un significado teológico o litúrgico en las formas y en las edificaciones. Resulta claro, también, descubrir a través de estos escritos, la evolución de la figura de la Virgen como modelo cristiano a seguir, y compararlo con el progreso de la presencia de la mujer en la sociedad de aquella época -en lo cultural, en lo social o en el reflejo de la vida diaria-. Esa trasformación aparece, distinta, en la perdida de poder de la Iglesia -en parte por la aparición de herejías, en parte por el surgimiento de nuevas formas de expresión religiosa, como la de San Francisco, o los mendicantes- que conlleva el florecimiento de nuevas formas sociales, o artísticas alejadas de la religión, o, como mucho, paralelas a ella, puesto que aún habiendo nacido dentro de las representaciones de la Fe, se van desligando para crear temas y estilos profanos, sea en el teatro, la literatura, la pintura o en la escultura.

Todas estas personas, ideas, construcciones, guerras, herejías, basamentos, teologías, libros, esculturas… se van cosiendo entre ellas a través de las letras de Duby, que crea algo similar a un entramado de canales que se unen, se separan, se parasitan, se alimentan, se desaguan, se pierden en la nada, y que al final, la suma de todos esos elementos, crean un río único; resultado inseparable de lo que sucedido en su recorrido. La descripción de ese itinerario, con palabras y hecho exactos, es lo que da valor a este libro.

La época de las catedrales” es un texto para lectores apasionados por la historia, por el arte, la evolución del pensamiento y de la religión de la época medieval . Por lo tanto es un libro para el cual debes de tener conocimientos, aunque sea básicos, de esos temas. Y que no solo profundiza en ellos, sino que lo hace con una discurso ameno, distintivo y docto como pocos.

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Las rosas de piedra, de Julio Llamazares

Las rosas de piedra

Las rosas de piedra

Siempre he creído, supongo que por ser costumbre o ser lo tradicional, que los libros de viajes cuentan un recorrido por una zona, una ciudad, una costa o cualquier sitio apartado y admirable; pero este libro no hace exactamente eso, sino que te lleva de visita a unas edificaciones concretas, sin desvío ni lugar a la duda: las Catedrales de España, entendidas, tal como dice en el preámbulo el autor, como el lugar en el que tiene la cátedra el obispo. Este libro, primera parte de un proyecto más grande, recorre, más o menos, la parte norte de España si esta se partiera por dos. Es decir, visita las catedrales de Galicia, Castilla-León, Asturias, Cantabria, País Vasco, Navarra, Aragón y Cataluña. “Las rosas de piedra” es un itinerario hecho en varias fases y años, y que cumplimenta un protocolo, casi un rito concreto, en cada una de las ciudades y templos a los que visita, admira o critica. Dicho protocolo empieza cuando llega a la ciudad, allí encuadra el templo en su contexto, admirándolo y describiéndolo desde fuera, hasta que penetra en su interior, momento en el que busca un guía personal o literario, según casos y necesidades, que le muestra la parroquia y sus sitios conocidos o escondidos, o sus historias reales o legendarias; al mediodía sale a comer, y vuelve a la tarde para acabar el recorrido y, en la mayoría de los casos, admirar el museo diocesano. Pautas que van repitiéndose en todos los lugares visitados mostrando, casi, un inventario y un cuadro exacto de cada lugar.

Las rosas de piedra” son un recorrido por lo material, por lo sólido, pero también una mirada y un guiño a  lo humano; a las personas agradables, antipáticas, respondonas, simpáticas, tímidas, escurridizas, cansadas…que encuentra en cada lugar. No todas ellas trabajadores o rectores de esos lugares de culto, sino que también aparecen una multitud de variados personajes, a veces principales, a veces secundarios, que se mueven en esas ciudades y en aquellos años: taberneros, pordioseros, drogadictos, libreros, albañiles, turistas, amigos del autor o puros transeúntes. Todos partes del paisaje del jardín donde se encuentran esas rosas de piedra de las que habla Julio Llamazares.

No todas las catedrales son del gusto del viajero que habla desde las páginas del libro: hay algunas olvidadas, otras vulgarmente nuevas, otras mal cuidadas, otras con residentes mal encarados; pero , así y todo, en casi todas encuentra , o le descubren, un vestigio, o multitud de ellos, de lo que iba buscando: sitios exactos en los que aparezcan esos aires y esas piedras, esas alturas y bellezas que concibieron hace siglos aquellas personas para las que construir era un arte que debía durar para siempre. Artistas que imaginaban y construían no solo los edificios, sino también sus altares, las capillas,  los retablos, las vidrieras o las simples esculturas, como partes de un mundo superior; destinados, por ello, a honrar, amar y también a enseñar al pueblo, los dictados de la fe. Julio Llamazares, hace revista de todo lo que ve, de modo que habla de autores, estilos, años, materiales o restauraciones; pero también enseña su opinión personal, demuestra la pasión y el gusto por las cosas bien hechas, por los retablos hermosos, por los edificios grandiosos, o por las estatuas, tumbas o capillas, que despiertan algo más que curiosidad en su mente.

Este visitar, enseñar y hablar sobre catedrales es también un recorrido por la juventud del lector, la mía, que enseña o, más bien, recuerda  los nombres de los elementos arquitectónicos, estilos, autores o excelencias que se desarrollan en esas Catedrales góticas, románicas o neo-clásicas. Así vuelven a ti, alimentando tu ego y tu recuerdo: aquellas columnas infinitas, arquivoltas, pechinas, arcos de medio punto, rosetones, tímpanos, pórticos o arbotantes; y, también, personajes como Churriguera o el maestro Mateo, Herrera o Berruguete… Partes de un pasado común a casi todos los posibles lectores del libro. Un recorrido por esas obras es un recorrido por un momento concreto de la historia, no ya de España, sino también del mundo; en el que todo se movía al ritmo de la religión. Siendo ahora exponentes, esas obras, de un universo en el que compaginar belleza, utilidad y fe, era lo único posible.

Este viaje muestra un posible y apetecible viaje, no ya solo por lugares de culto y de arte, sino un paseo por el pasado de un pueblo o una ciudad. Pasado, a veces penoso, a veces grandioso, que nos enseña la futilidad del poder de las personas y los pensamientos, pero, también, la permanencia del arte, de lo sólido, de lo palpable. Siempre somos parte de los pasados y, por ello, somos posibles viajeros a los lugares donde nos lo muestran.

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Manual de inquisidores, de António Lobo Antunes

Manual de inquisidores

Manual de inquisidores

En este libro hay voces, un enjambre de voces que crean confesiones -acaso monólogos- para un entrevistador fantasma, que no se ve, que no aparece; acaso eres tú, preguntando por la causa de las cosas, por la razón que motivó que sucediera así. Todas esas voces engendran desde las palabras, desde frases redondas, desde adjetivos recónditos, desde verbos cúbicos; un bosque de huesos que van modelando esqueletos, que van cubriéndose de carne, de venas, manos, brazos, caras y de cabellos, hasta concebir la pequeña multitud de personas que pueblan el libro: gentío o, a veces, chusma, que nace y muere desde la figura de un ministro del dictador portugués Salazar. Ministro moderno con alma de Inquisidor viejo, que decide sobre la vida y la muerte, sobre la tortura o el calabozo en aquel añejo Portugal; hombre que arrastra su figura carnavalesca caída y vencida en su vida privada; que es germen, entonces, de este bosque de personajes que hablan de él y, a la vez, de ellos mismos y de sus propias mentiras, de sus medias verdades, del paso del tiempo, de sus miradas oblicuas, de sus perezas, de sus torpezas inherentes, de sus escasos triunfos… Confesiones que llenan huecos, a veces, como polvo antiguo, otras veces los rellenan con cemento que nace de la mezcla de la mentira y del olvido. En este libro hay puertas abiertas donde ya no entra nadie, hay puertas cerradas donde el pasado se ha quedado allí encerrado, repitiéndose una y otra vez, intentando volver a empezar de nuevo.

Lobo Antunes cuenta, desde la voz de muchos personajes, una visión de sus vidas y la de las personas que los rodearon; en un juego de “relato” de una historia y “comentario” como respuesta a aquel. Los personajes hablan, sí, de ellos mismos y también de un mundo esférico de protagonistas que orbitan alrededor de ese Ministro de Salazar. Recompone esas existencias como si fuera un rompecabezas que debe reconstruirse para ver el conjunto final. La particularidad del libro la pone esa combinación de historias y respuestas que permite ver a los personajes como si cruzaran en medio de dos espejos: por uno se ve su frente, por el otro su espalda, de tal modo que se verán todas las visiones: la triste, la enfadada, la realista y la irónica, hasta configurar una historia casi circular .

Manual de inquisidores” es la constatación escrita, casi documento notarial, de la podredumbre que rodea a las dictaduras; es la radiografía en la que se ve que la gangrena se extiende por un estrato social y va invadiendo a todas las personas que toca, como un gesto de afirmación de los que sustentan el poder con los pobres, de los importantes con los débiles, de los que se creen que son algo con los que no pueden serlo… aún. Pero ser poderoso, ser hijo de poderosos, ser el amigo o la favorita de los poderosos, no te impide que puedas ser partícipe de su caída, de la mayor de las derrotas; allí donde la ola se ha alzado alta como una casa, es desde donde cae en un hervidero de espumas, maderas podridas y peces muertos. El poder tampoco evita fracasos personales, casi los provoca en ese hartazgo que se produce cuando el pequeño dios, el sátrapa del oeste atlántico,  es visto en zapatillas, con olor a sudor y tabaco pasado, con la baba derritiéndose en su barba. El libro es una oscura visión no solo del hombre como depredador político, es también la mirada sombría, con los ojos bajos, de la vida de las gentes en busca de amor, sea el de pareja, sea el del deseo nunca correspondido. Y es también un manifiesto contra las consecuencias del paso del tiempo, del olvido que lo rodea, y de la soledad que con ello se soporta.

Los universos propios que se mueven en estas páginas se van cruzando, entrechocando, fundiendo, repeliéndose y moviendo a lo largo del tiempo y del tiempo. Esas vidas que cuenta son vistas desde el pasado y el futuro, en lugares diferentes, en situaciones diferentes, en derrotas y victorias, en locuras y verdades, en la dictadura y el revolución, en los calabozos y en los hospitales, en el desprecio y en el amor, en todas esas cosas en las que se debe fijar un narrador para describir la vida; nuestra vida, vuestra vida o la vida de un plenipotenciario, duro y, después, decrépito ministro de una dictadura tan degenerada que pudrió su mundo.

Pero “Manual de inquisidores” es tan oscuro en lo que cuenta en sus temas, en todos esos personajes perdidos, abandonados por la historia, o por su familia, o por el amor, o por la simple vida; es tan cerrado en sus ubicaciones de casas pequeñas y pobres o en casas ricas pero rodeadas de odio, o en la quinta del ministro rica y derrotada a la vez; como hermoso en cómo lo cuenta. Cada una de las partes en las que se divide el libro, esas entrevistas, monólogos o confesiones; son una larga frase en la que aparece la poesía; pero no es esa poesía de rima y verso, ni siquiera es prosa poética, es esa que nace de la combinación exacta de ocurrencias iluminadas, de frases y palabras hermosas, atadas con ideas y visiones extrañamente bellas y rápidamente originales para el tema del que trata. Y en el que, como si un rezo fuera, alguna frase se repite como los misterios de un rosario profano en los que el mundo de cada personaje en ese instante se circunscribiera a esa locución, a esa pregunta o a esa exclamación que va y vuelve en el texto como si fuera las luz de un faro.

Siempre estaré buscando la solución al enigma, el perfecto secreto, por el que las cosas más terribles o las visiones más tristes, pueden ser contadas de la forma más bella; ese contraste que solo se halla en las tormentas en el mar, en los relámpagos más brillantes, en las fauces más abiertas, en algunos cuadros de Caravaggio, en algún Requiem, como el de Fauré; y que aquí aparece, simplemente, en el reverso y en el anverso de unas hojas unidas con pegamento.

 

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El río del olvido, de Julio Llamazares

El río del olvido

El río del olvido“No debes volver a un sitio donde fuiste feliz” te aconseja la aturdida experiencia. ¿Y si volvemos? Pues os aseguro que la nostalgia nos presentará batalla e intentará que busquemos recobrar los sonidos, las imágenes, los pequeños fantasmas, las grandes sonrisas, las luces o los olores que allí se quedaron. Pero, si obviamos el atajo normal, hay otra manera de regresar esquivando la añoranza: retornar a esos lugares y volverlos a conocer de otra manera, con gente desconocida, palpando de nuevo sus tierras, auscultando su corazón, reconociendo sus insólitos latidos, entendiéndolos otra vez. “El río del olvido” es la narración de un viaje por las tierras que recorre el río Curueña, allí donde están los senderos y paisajes del pasado, los lugares donde Julio Llamazares vivió durante su infancia. Su manera de circunvalar esa nostalgia es pasear por aquellas tierras de León caminando por senderos vacíos, visitando pueblos, crestas, caseríos mínimos o ruinas abandonadas; es hablar con gente que no conoce; es aventurarse en casas ajenas durmiendo en pajares o negocios ruinosos o visitar bares únicos; y así conseguir ver de nuevo, desde otro punto de vista, su pasado y, de este modo, reinventar sus nuevas leyendas o descubrir lo que no sabía de esos lugares. Pero, al final, recorrer durante seis jornadas aquellas montañas y valles le va a resultar distinto a lo que pensaba, porque se notará un extraño para las gentes que por esos lugares viven y, en contraste, va a caminar por sitios conocidos. Así descubrirá esa rara sensación de ser un casi desconocido en el balcón de su propia casa.

El viaje que cuenta el libro sucedió durante un verano de 1981. Y es más que probable que lugares  de los que detalla que estaban despoblados o casi abandonados, hoy hayan recuperado su población, su latido de vida; es probable que las casas que se caían, o que parecían caerse, ahora renazcan inhiestas; es posible que allí donde solo se oían voces ancianas, ahora se oigan las risas de los niños; es posible que haya nuevas carreteras y las viejas estén invadidas de maleza. Y es eso lo que hace rico el relato, lo que da valor a este diario de la travesía por un mundo y un tiempo que ya no serán efímeros. Lugares y días en los que Julio Llamazares, a veces, intuye tristeza o abandono, pero, sobre todo, ve a gente que importa, gente orgullosa y dura a la vez. La mayoría, sin duda, ya muertos, pero que, como los viejos caminos ya abandonados, como, seguro, alguna taberna de aquellos lares, como los bosques ya talados, las casas derruidas y los sonidos perdidos del día y de la noche; no estarán solo en el recuerdo de los que los sintieron o los vieron, sino también se podrán escuchar, incluso ahora, en el viento y observar en el reflejo de las pozas más viejas de aquellas sierras… y en estas hojas, para no volver a ser pasto de la nostalgia.

El río del olvido” es el relato y el diario de un viaje de amor y curiosidad. Curiosidad por conocer y reconocer, y amor a unas tierras y unas gentes que parecen sujetas a las casas y estas a las laderas encrespadas de las montañas. Allí donde el Curueña es el único punto llano, es la cicatriz líquida entre cuestas de hierba, precipicios, árboles y roca.

Y no sabría decir si me gustaría más pasear por aquellos paisajes o vadear el río o mirar las montañas o encontrar un árbol bajo el que dormir en verano o escuchar viejas o recientes historias de las personas que habitan este libro. Lo que sé es que el viajero que me habla desde estas hojas, sabe que cada paso que da, y que describe o documenta, es un parón en el tiempo; sabe que debe escribir, porque así parece parar la historia, sobre aquellos pueblos y valles por donde camina, curiosea y donde parece mimetizarse con sus colores, sus olores, sus habitantes, sus calles…en Valdepiélago, Nocedo, Valdorria, Valverde o La Vecilla; y debe describir las caras, los gestos y las miradas de las personas que allí vio, porque son fotos eternas. Y así, el viajero, conoce que las cosas que se encierran en pequeñas torres de papel son parte de un universo ya común a todos, aunque fueran allá por 1981 en un lugar en el que vivían los que sobrevivieron a una guerra, a la muerte entre paredes y fusiles, los que perduraron en los malos tiempos, pelearon con el frío, con la dureza de la vida; esos que habitaban un lugar tan bello como duro, tan encrespado como avasallador, tan constante como hermosas sus montañas.

Parte el viajero de aquellas montañas y de aquellos valles de León con la mochila vacía de comida, las piernas cansadas y satisfecho de pequeñas aventuras, siendo capaz de escribir con los ojos cerrados sobre el silencio que llena el aire de las empinadas vaguadas, sobre el murmullo de las aguas de los arroyos y los ríos, acerca del sonido de las ovejas y las vacas pastando, acerca de casas con solera y bares sin alcurnia, sobre el flirteo de las nubes con las altas cumbres, y el vahído que puede provocar los cortantes precipicios. El viajero también puede oír, incluso cuando ya está lejos, el ruido de la voces, los vientos, la lluvia cayendo, las piedras rodando, los vasos entrechocando y el de sus propias botas, aún, pisando la hierba seca de verano.

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Escenas de cine mudo, de Julio Llamazares

Escenas de cine mudo

Escenas de cine mudo

Los atajos que siempre me llevan al olvido, son cada año que pasa más obvios, más frecuentes y, lo que es peor, más efectivos. No sé si son por pura degeneración, por necesidad o por mera defensa de la mente de la acumulación que tiene de ruidos, imágenes, pasos perdidos, montañas de malos recuerdos o de sonrisas echadas a perder. Sin embargo, aunque parezca contradictorio, lo que he perdido de ese recuerdo retrospectivo, el que quiere evocar un nombre de la punta de la lengua, una ciudad con tres puentes sin apellido, un momento triste o feliz, un paraíso perdido, una palabra alargada por el viento; lo he ganado con la sensación de que cualquiera de los sentidos, en un momento dado, me hace revivir aquel olor, aquella música, aquel sabor, aquella suavidad que no volveré a sentir o, como en “Escenas de cine mudo”, la visión de fotografías que no solo me extraen unas caras o unos paisajes del pozo del cerebro, sino que se alían con el olfato, el tacto, el gusto o el oído para que de ese papel, aparezcan claras las sensaciones que llegué a tener aquél día, en aquel momento en las que me las sacaron: ahora tengo colgada enfrente mío una foto ya antigua en la que siento todavía el frío de aquella tarde de otoño mientras nos cubría el humo y el fuerte olor a tabaco negro y la cámara fallaba porque, en aquel bar en el que sonaba “Fool’s overture” de Supertramp, la luz parpadeaba a punto de fundirse; y todos nos mirábamos, tan jóvenes que pensábamos que éramos eternos.

El recuerdo sujeto a 28 fotografías de un pasado lejano en Olleros – a mediados del siglo pasado-, un pueblo minero de León, recompone las vivencias del narrador cuando era niño allí donde la existencia eran los padres, los libros, las escuelas, los bailes, los escasos viajes, las pérdidas, los sonidos de la mina, los derrumbes de los pasadizos, los juegos, el sexo primerizo, los amores segundos, la curiosidad, la iglesia y los santos y… Asimismo es la crónica que rememora a las personas, edificios y paisajes que en ellas aparecen, pero también habla de los senderos que de esas fotos surgen hacia el pasado y el futuro: con porvenires agradecidos, tristes o desconocidos de los hombres y las mujeres que por allí vivieron, con casas que se fundaron y derruyeron, con las minas que existían y existieron, con los momentos felices o patéticos que cruzaron, efímeros, la vida de aquellos habitantes. Son, quizás, cosas que vistas en la distancia, pueden perder importancia hasta que te integras entre cada una de ellas y comprendes que los instantes son importantes, el acontecer más nimio te es necesario para descubrir aquella vida, aquellos paisajes, aquellas nieves, aquellos años en los que vivir era un ejercicio de supervivencia y de pelea -como lo ha sido para tus propios padres, abuelos, amigos… para las mujeres y hombres con los que te acabas de cruzar en la calle y has mirado su cara cercada de arrugas- Entonces las vidas eran de color pero el mundo en los que vivían era en blanco y negro. Comprendes, también, que hubo personas, incluso cosas, que crecieron con el niño que vivía en este relato, pero hubo otras que se quedaron pequeñitas, minúsculas, allí en el fondo del valle del carbón, ocultas del objetivo de la cámara, y lejos, por ello, de estos recuerdos que regresan de entre la niebla de aquellas tierras: muertas ya para siempre.

La visión del narrador en primera persona que ve desarrollarse su mundo desde el recuerdo de aquellos instantes, es una mirada que se desdobla entre la conmemoración de unos tiempos felices, por tempranos e irresponsables, y la sensación oscura que aparece de la pobreza, de la oscuridad,  de la injusticia de aquella vida para con la gente de Olleros, para con los mineros que dejaban la vida en explosiones de grisú o hundimientos o esperaban morir mirando el mundo ahogados en sus pulmones exhaustos por la silicosis. Y así el mundo nos aparece plasmado en las historias de un niño que descubre la vida con sorpresa, con alegría o con desconcierto, y van hilvanándose, igual, situaciones que inspiran al narrador sonrisas, fascinación y rabia por igual.

Escenas de cine mudo” es una novela en la que se adivina con claridad el resquicio -no sé si pequeño o grande- por el que Julio Llamazares está mirando su propio pasado en aquellos años y en aquellos lugares donde el frío pesaba, la estufa ardía con carbón, y la felicidad apenas era una sucesión de instantes. No obstante, siempre me queda la pregunta sobre si nuestros recuerdos no son solo escenarios de cartón piedra donde inventamos momentos y sonrisas allá donde, acaso, se añora unos tiempos y a unas personas que no volverán. Así, puede ser que veamos lugares y situaciones que no existieron y que hubiéramos querido que sí. Sin embargo, los recuerdos de Olleros que aparecen en el libro no son idílicos, no adelantan ni glorifican nada, no pintan cuadros de colores ilusorios, y, aunque puedan mezclar ficción y realidad, los reconozco, los identifico. Yo no viví allí, ni he estado cerca, ni siquiera vivía en aquellos años de los que habla; pero sí son personas a las que identifico como mías, son situaciones que me recuerdan otras, son alusiones conocidas, profesores que me han pegado, lecturas repetidas, verbos y palabras que conozco, conversaciones que oí, bailes y abrazos que viví, cines que visité, injusticias que no devolví, terrores y ausencias que aún me duran, amigos que perdí, huelgas en las que no pude estar presente, siluetas de policías marcando el paso con la metralleta que sí vi de noche desde el balcón, señuelos en los que no piqué…

Supongo que este libro podrá ser ficción o podrá ser un polvorín de recuerdos, pero ambas cosas en la literatura van tan unidas que apenas hay diferencia; y vivir estos y aquellos días entre estas personas y aquellas nieves negras me ha provocado la sensación de proximidad y empatía que solo produce la literatura; tanta que, incluso días después de acabar el libro, tengo frío en los huesos y rojas las orejas. Porque al final no solo eran fotografías, eran nuestras fotografías.

 

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