Publicado el

En la orilla, de Rafael Chirbes

En la orilla

En la orilla

Cuando agitas un árbol frutal, digamos un naranjo del este mediterráneo, caen los frutos, caen las hojas, cae el nido de algún pájaro, caen ramas débiles; solo sobreviven las ramas que se han desarrollado sobre otras, quedan los hongos parasitarios que viven de la savia del árbol. En 2008 un Rolls Royce chocó contra el naranjo, derribó todos sus elementos débiles, y el dueño del naranjo pagó los desperfectos del coche con la venta de las naranjas que habían caído. Y desde entonces, acobardados y confundidos, corremos a salvarnos de esos coches que vuelven a querer atropellarnos y nos aferramos, en lo alto, a las ramas que podemos alcanzar; a veces, confieso, a costa de otros frutos, otras veces, a costa de nuestro orgullo, de nuestra capacidad de resistencia. “En la orilla” es la memoria de una caída, de esa caída; es la foto del cruel descenso a los infiernos, pero no ya solo desde esa fecha crítica de 2008 cuando comenzó la crisis que se llevó por delante esperanzas, vidas, sueños, creencias, seguridades, orgullos, sonrisas; también el libro es la constatación de que el paso, implacable, de los años -el abismo por el que caen las hojas del calendario- solo nos hace alcanzar la confirmación de que nos han traicionado, pero, también, que hemos traicionado; que no entendemos, que nos nos entienden; que ese suceder de días solo nos lleva a la convicción de que si miras la vida desde la vejez, solo ves un camino bacheado donde has ido dejando pedazos de tu vida, y que has llegado con los restos de todo aquello con lo que empezaste, con los jirones de esperanza y sueños que te ha dejado el camino. Así, que no llegues desnudo no es cuestión solo de actitud o aptitud, sino de suerte y de ceguera

En la orilla del pantano de Olba crecen las pocas plantas que pueden sobrevivir a años de contaminación, se posan las pocas aves que todavía subsisten al agua corrompida, allí, entre las cañas, unos perros apaleados se pelean por unos restos humanos. Todo lo que sucede en ese pantano contagia, con el mismo ritmo de las ondas concéntricas que se crean cuando arrojas una piedra a su oscura agua, esa contaminación, esa corrupción, esa pelea de perros apaleados por un pedazo de subsistencia; al pueblo -al mismo Olba- y a los bares de la carretera y a los clubes de alterne que nunca cierran.

En la orilla” es, ante todo, el monólogo de Esteban, un anciano de 70 años, que debe cuidar a su padre en estado vegetal y moribundo, y que ve que su modo de vida se ha destruido. Su intento de subir a la enorme ola de “ganacias para todos” que ha habido, le ha ahogado entre las arenas movedizas de la crisis. Pero sus recuerdos nacen mucho más allá de estos aciagos días, su mente va y viene del presente al pasado lejano o al reciente: su madre, su padre joven y activo políticamente, su padre preso tras al crisis, su padre que no puede olvidar, su tío que lo educó, sus amigos, sus amores; son el pasado lejano que lo golpea porque ha caído el muro de contención y. por ello,  las ondas, las mareas, lo derriban, y se levanta, pero lo vuelven a tirar. Las elecciones que hizo, las decisiones que no tomó, parecen ser el ariete, el frente de ola, que derrumba sus defensas. Cuando se es mayor, y se mira hacia atrás , hay veces que parece que todo salió al revés de lo planeado, al contrario de las esperanzas que pensaste, del diseño del camino que creaste. Cuando piensa en el pasado reciente, este lo lleva por las partidas de dominó o por los bares de putas, con sus amigos, aquellos que la crisis no ha golpeado, porque han medrado con los poderosos o porque han sido parte y herederos de aquellos franquistas que hicieron dinero en la dictadura. Todos han sabido anclarse en la ubicación recibida de sus padres, agazaparse en su puesto de caza, subirse al helicóptero que lo aleja de la riada. Junto con ellos aparece la figura de la cuidadora de su padre, una colombiana que le enseña, apenas con algunas palabras, con algunas comidas diferentes, con unas sonrisas que ya no disfruta gratis; un mundo diferente al de Obla; ese pueblo que no supo, ni quiso, abandonar.

Paralelos al monólogo de Esteban, aparecen otros escritos que son casi fotos, casi confesiones, casi grabaciones hechas a escondidas, de otros personajes de las historias de Esteban, Siempre actores a los que la vida ha golpeado, a los que la crisis no ha perdonado; siempre comediantes secundarios e involuntarios de un obra de teatro, de una película con final poco feliz de Hollywood, en la que ellos no quisieron participar.

El mundo que recrea Chirbes a través de estas páginas, en las que nos muestra la visión triste y oscura de Esteban, pero, también, activa como una bomba sin explotar, acertada como un disparo en el corazón, afilada como un estilete; es, a la vez, la historia de una familia derrotada en la guerra y en la posguerra, y es el relato de un hombre vencido en el presente. Las derrotas siempre llevan consigo nuevas derrotas, llevan dolor, llevan esperanzas truncadas; solo los hijos detienen o propagan esas perdidas, pero en el caso de Esteban las lleva a su espalda, como una cruz en la que está sujeto su padre y todos los que lo empujaron o acompañaron en su estrepitosa decadencia.

Contar historias reales, ser el médico que muestra el mal, ser el microscopio o el catalejo que muestra más cercanas las cosas; es oficio de los que miran el mundo sin complejos, sin medias tintas, sin reparo. Chirbes hace un sangrante análisis sobre la sociedad actual, sobre un modo de vida centrado en el propio interés, en la que todo vale, en el que la ética es un estudio en declive y la moral se perdió en la entrada, principal, de algún banco. Pisar los pies, hacer un corte de mangas, patear traseros, hacer cuadros de los personajes más temiblemente indeseados; es la función de los pocos elegidos a los que la estúpida, y tupida, red de lo políticamente correcto, de la cobardía a lomos de cerebros bajo cero, de ojos tras gafas de sol recorriendo la noche; ha creído dejar de lado. En sustitución ellos han creado sus personajes a imitar, y, así, verse sacudidos por el reclamo de una oferta de fama rápida y dinero fácil, por ser el primero de los últimos, por portadas en alguna revista, por el poder de lo impersonal, por ser diferentes a costa de ser iguales… , por no tener opinión puesto que compromete…

 

[product sku= 9788433978011 ]
Publicado el

Un libro largo de cuentos cortos, de Etgar Keret

Un libro largo de cuentos cortos

Un libro largo de cuentos cortos

Es un día de agobiante calor y te encuentras caminando por una larga carretera donde ni siquiera a lo lejos se ve una sombra, no hay ni un árbol, ni tampoco un cobijo que te pueda proteger de las primeras gotas que empiezan a caer de la tormenta. Te acurrucas en el arcén como te enseñaron de pequeño que debes hacer durante una tormenta en el campo. Las primeras gotas, suaves, mojan tu cabeza y tu espalda, parecen calentarte más que refrescarte, hasta que el aguacero se posa encima tuyo, y el golpeteo de las gotas te empapa, te refresca, te invade por cada parte de tu cuerpo; y ya te sientes aliviado, así que te tumbas, brazos en cruz, y disfrutas de las gotas que ves caer sobre tus ojos, sentir sobre tu pecho y saltar sobre tus piernas. Algunas son grandes, otras diminutas, otras explotan, otras parecen color tierra, otras son ásperas, algunas te hacen reír, las últimas, al entrar en tus ojos, te hacen llorar. Así te sientes con “Un libro pequeño de cuentos cortos”, como el que recibe esa densa capa de gotas, convertidas en cuentos que a veces son diminutos, a veces largos como lágrimas en la mejilla, y otras veces explosivos como gordas gotas de chaparrón de verano; por ello esas narraciones parecen primero mojarte y luego te empapan, te revientan en los ojos y en en la mente, y te entran por los oídos hasta que el cerebro flota en un liquido amniótico lleno de historias, caídas, suicidios, fantasías, guerras, peleas, viajes, soledades, amores queridos u olvidados, rencores, humor negro, lugares fantasmales, sitios inusuales, paraísos artificiales, situaciones tan improbables como la lluvia en el desierto, tan normales como una inundación de lagrimas; todos esas cosas juntas alimentan tu imaginación, provocan a tu intelecto, lo retan como esas nubes al desierto, imaginándolo lleno de verde, al menos por unos días, por toda esa lluvia que cae y está por caer.

Un libro largo de cuentos cortos” son los cuentos completos, hasta ahora, de Etgar Keret, lo componen: “La chica sobre la nevera y otros relatos”, “Pizzería Kamikaze y ortos relatos”, “Un Hombre sin cabeza y otros relatos” y “De repente llaman a la puerta”. Como en toda recopilación de este tamaño hay cuentos muy diversos que pueden gustarte más o menos, sin embargo lo que me importa cuando leo un libro de relatos es, y la imagen que inicia la reseña no es trivial, lo que me dejan las historias, lo que me moja -lo que me bautiza-, lo que me cuentan; hasta dónde me llegan sus personajes, sus pensamientos, su manera de contar y, sobre todo, qué color, qué olor, qué matiz, qué fervor, qué rabia tiene la voz que me está hablando desde sus páginas; me gusta saber cómo gritan sus truenos, cómo alumbran sus relámpagos. Y esa voz de Etgar Keret es directa, limpia, fácil, irónica, cruel, sagaz, dubitativa y, a la vez, sabia; por ello es lo suficientemente atractiva y brillante como para merecer seguir sus cauces; esos que él recorre como judío israelí que habla de su realidad: desde lo que le rodea social y físicamente, hasta lo que no lo envuelve porque no existe. Hay dos mundos en estos cuentos -hay muchos, pero creo que se resumen en dos-: está lo que probablemente existe y está lo que nunca existirá. El primero es el mundo recreado en los paisajes que en los que vive o que ha visitado, y el segundo son los sitios imaginarios, los universos paralelos que nacen del ingenio de Keret, y que están más cercanos al simbolismo, y rellenos de mordacidad, que a un puro ejercicio literario imaginativo. Y estas son unas de las cosas que más resaltan -según mi opinión- en el libro: relatos sobre personajes reales puestos por la vida en una situación y un lugar sorprendente, y tan astutamente irreal que parece lo contrario: verídico como un cuento de Perrault que, cuando eras muy pequeño, te hacía querer mirar con suspicacia los dientes de tu abuela embozada en la cama.

Los protagonistas de Keret casi siempre están en acción con el aire en la nuca o con los pensamientos en circulación; como el antiguo pueblo judío parece que nunca están en reposo. Pero, en contraste con ese aire enorme que parece mover el cabello de los protagonistas, los temas, lo que explica, lo que parece no mover las pesadas botas llenas de las tierras que pisan sus hombres y mujeres, son cosas pequeñas, partículas de polvo en movimiento, retazos de ideas o de pasión o de tristeza que brotan de los sentimientos de los hombres, mujeres o niños de los que se habla. Que sean importantes o insignificantes para que el que los lea, es igual, son importantes para ese instante, para esa relación, para ese paso por el mundo, para esa especie de gota que todo contiene que te ha golpeado la coronilla. Así, parecen historias minúsculas pero que realmente son las que mueven la vida: son miradas perdidas, fotos que no debían estar allí, regalos que no llegaron, amores que no consiguieron seguir adelante, soldados que se pierden en la guerra, muertos que no volverán, viajes perdidos, ángeles de la guarda muy terrenales, un hombre que conducía con los ojos cerrados, suicidios poco probables, niños que buscaban huevos de dinosaurio, una pareja que se conoció demasiado tarde, una hucha de cerdito muy querida, un niño demasiado educado, el hombre que paraba la vida para hacer el amor, diosas griegas venidas a menos… Palabras mínimas, pensamientos casi esquivos, ideas pequeñas como perlas, que juntas van creando una avenida, una borrasca, de oportunidades para la sorpresa y, muchas veces, la ironía.

Hablar sobre una libro de cuentos es difícil, y más sobre estos que son muchos y cortos; sin embargo hoy me ha resultado fácil, porque no hay nada de lo que cuenta Keret que me sea ajeno. A pesar de que todos sus personajes son judíos, distantes en cultura y en la vida, con edades que no comparto, con modos de vida que no he vivido; a pesar de ello, los entiendo porque al final habla sobre vivir y morir, sobre reír y llorar, sobre amar, odiar, cantar, ganar, perder, resbalarse, lamentarse, saltar, suicidarse, patalear, vengarse…Sobre lo básico de los minutos de existencia compartida con esas vidas lejanas; tan parecidas a las tuyas, que al final parece que nada cambia excepto paisajes y nombres. Y lo hace con una mirada suspicaz e irónica que parece no darse por vencida, no dejarse llevar por delante por la riada, pero, eso sí, se deja mojar aunque sea con las risas o las lágrimas de sus semejantes.

[product sku= 9788416638987 ]
Publicado el

Cuentos completos, de Andrés Caicedo

Cuentos completos de Andrés Caicedo

Cuentos completos de Andrés Caicedo

Voces… siempre hay voces que salen de las páginas de los libros y te sobrecogen o te asustan o te intimidan, te provocan dolor, odio, respeto… o te dan lástima. Son voces que parecen cabalgar por encima de lo que es la mera literatura, de lo que te dicen que es una ficción recreada para nosotros, los lectores. Así, de los cuentos de Caicedo parece que cae un torbellino de gritos y palabras, parece que los filos tajantes de las hojas rajan pieles, ojos y ropas, parece que todo se desborda, que ha roto los muros de contención y nos va atrapando esa riada de ideas, de situaciones reales o irreales, de pensamientos, expresiones, decisiones…Todo eso nace de lo que nos cuentan  los protagonistas de sus cuentos, siempre en primera  persona, mostrándonos su vida, la de unos adolescentes enfrente de esa pared contra la que siempre chocan, todos, y que está compuesta en parte por arcilla amasada con todas las hormonas aceleradas y miméticas de esa edad, otra parte del muro  son esos cantos rodados que la vida que les ha tocado ha puesto allí  y, otra parte, son los cristales rotos puestos para impedir que puedan escalarlo, porque así es el modo de vida que se vivía, entonces,  en Cali.

Si quisiera decir lo que me han contado aquellas voces, lo que me ha hecho sentir el libro, lo que me han detallado todas estás noches leyendo tumbado en la cama; mencionaría que es como mirar desde un altozano una ciudad y observar lo que pasa en sus barrios, sean pobres o ricos; que es como rastrear las pisadas por las calles marginales, por los cines, por los parques, por las fiestas de quinceañeras, por los colegios, por los sitios apartados; como pasear de la mano con las novias y novios que aprenden a desear y olvidar a la vez; que es como mirar el cuadro de un dibujante que ha aprendido a dibujar las obsesiones en papel biblia; como el agrimensor que mide el abismo entre adultos y los adolescentes, ávidos, estos, de búsquedas, de nuevas sensaciones, de peleas, de amores y de odios; como el aterrado conductor que no sabe qué camino tomar en la bifurcación; como el enterrador de película que espera que los caminos mal tomados los conduzcan a él; como un grito que se oye en la noche; alguna como un sueño nacido de un recuerdo de cine.

Los gritos nacidos de sus textos se confunden y parece que los hay de angustia, de odio, de dolor por un puñetazo, de sorpresa por un navajazo, de amor por una caricia, de pena por una madre que siempre está enferma, por la nada que trae el futuro. Es un clamor que surge de esas mentes jóvenes que no necesitan nada, solo a ellos mismos y quizás un amor, algunas veces de quitar y poner, y, otras veces, de esos eternos. Pero, las palabras que nos cuentan sus historias desde su profundo ser, son siempre reflejo y expresión del modo de hablar de Calí, y, dentro de él, de la cultura y origen del que habla; y siempre serán manifestación de su verdadero pensar, sin ambages, sin ironías, sin nada que ocultar. Tan es así que, aunque el lenguaje hay momentos que expresa cosas en el argot o la dicción que en el castellano común no se entienden, esa claridad expresiva, esa sensación de confesión taladradora, ese idea sin desafinar, nos enseña claramente lo que dice, sin apenas una duda.

Si pudiera pesar las palabras de Caicedo, serían como esos pasteles de apariencia pequeña pero que cuando los coges son compactos, con esos rellenos que se desbordan al primer mordisco. Esas palabras con las que nos cuenta todo un mundo de sensaciones y obsesiones, en las que Cali será el centro de un mundo de adolescentes, casi niños, que aprenden a vivir, a pelear, a llorar, a reír, a ser derrotados, a amar, a ganar, a olvidar y, a veces, a morir, de la manera más directa. Nos presenta una serie de personajes que se mueven por la vida como si la hubieran conocido hace mil años, pero que apenas la han visto nacer, e intentan huir de su lugar asignado por el lugar donde han nacido o por el dinero de sus padres. Caicedo muestra un universo donde el sentirte diferente es necesario y, otras veces,  evitado, o donde la violencia, el conocimiento, la enfermedad, el odio, el amor sexual o fraternal, la amistad, la huida; son partes agarradas a ese mundo, en el que sus obsesiones, como son el cine, ciertos fetichismos, la literatura -en concreto de Edgar Allan Poe- , el componente sexual de toda relación obsesiva -hasta la más blanca-; son parte de la mayoría de sus historias. Sumadas todas, se crea un mundo duro y complejo de relaciones y vivencias que no  parecen poder olvidarse. El libro no te dejará hacerlo aunque solo sea por la sensación inquietante que a veces desprende.

Cada uno de estos “Cuentos completos” son pedazos de tela que el autor parece haber ido arrancando de un tapiz, y, cuando vas acabando cada uno,  poco a poco, rellenas los huecos, recompones el dibujo,  y van surgiendo unas figuras amenazadoras, turbadoras, diferentes… pero de una belleza profunda y grave, como las rocas afiladas de un acantilado o la inquietante quietud de una noche sin luna.

Caicedo está en todas partes en los cuentos, se aparece como los fantasmas de las viejas películas de Hollywood: trasparente sobre un fondo urbano. Su mente acomete todas las aventuras que le han propuesto sus historias, y va dejando su personalidad en cada frase que construye. De tal forma que arremete contra los maestros amaestrados de la cultura de su tiempo, contra la política dogmática sin peros y sin fisuras, contra la policía, contra la educación reinante, contra los moralistas. Pero también acaricia la imagen de sus pasiones: al cine, a Poe, a Cali, a la noche, a la amistad, la música, y a toda esa gente que puebla su cuentos y que, a pesar de todo, los comprende, los compadece y los observa con mimo

[product sku= 9788420419596 ]
Publicado el

Peste & Cólera, de Patrick Deville

Peste & cólera

Peste & cóleraUn barrendero barre las últimas hojas del parque, el otoño ha acabado, y probablemente sean las últimas que recoja este año. Nada parece querer hacernos recordar el esplendor de la primavera, ni el sosiego del verano, ni siquiera, tristemente, la escasez y la decadencia del otoño. Nada, tampoco, parece que nos evoca la grandeza de un hombre, al que la furiosa ceguera del siglo XX se llevó como una aspiradora que recoge recuerdos, o ese cepillo que raspa pasados. Ceguera que hace de lo instantáneo una religión a la que adorar: hombres, y mujeres, del pasado, parecen ser devorados por la inercia, por lo importante de un segundo en la cámara de MTV, o en la insolencia de un vídeo en alguna web de recuerdos pasmosos. Aquel hombre solo es recordado -por una exigua minoría- por la denominación de algo que la mayoría no queremos, ni siquiera, invocar: “Yersinia pestis”, que es el nombre del bacilo de la peste negra. Recuerdo a desechar, infame mención a un pasado muy muy lejano… Tan lejano como apenas un siglo… Alexandre Yersin es el descubridor de dicha bacteria y del primer suero para combatirla. Pero no es este libro un panegírico sobre el microbiólogo y médico atento y dedicado, hasta la locura, al servicio de la humanidad. No, no es eso. “Peste & cólera” no es como aquellos libros pegajosos de mediados del siglo pasado que se dedicaban a papas, generales, santos o abnegados médicos; al contrario, es una narración sobre un hombre incorrecto, aventurero, inconsciente, insistente, inteligente, inoportuno, valiente, sagaz, diferente, fatuo, pero sobre todo curioso, inmensamente curioso. El invierno del olvido le llegó a Yersin conscientemente perdido en las selvas de Indochina, absorto en alguna de las muchas facetas que hicieron de su vida un tiempo para aprender, sin descanso.

No es, Alexandre Yersin, una persona al que se le pueda hacer una biografía al uso con su lógica existencia, con sus caídas y ascensos, sus pérdidas y sus victorias. ¿Por qué? Porque es un médico de la escuela de Pasteur, sí, pero también es un explorador, de aquellos que, durante el final del siglo XIX, todavía tenían algo que descubrir; es un bacteriólogo, pero también es un cultivador de flores y plantador de árboles; es un rico hacendado, pero no se enriquece registrando sus patentes; adora la quietud, pero posee rápidos coches, motocicletas, barcos…; su trabajo consistió en descubrir los más antiguos elementos de la vida, las bacterias, pero él era un perseguidor de eso que reconocemos como el progreso, lo nuevo, lo último…Su paso por el mundo se movió por intereses, en apariencia, contrarios: pasó de tener curiosidad por lo científico y por la medicina, a pasar a acomodar toda su curiosidad por el agua, el mar; luego por la tierra dura y fecunda, a la que le llevaban los descubrimientos de nuevas tierras; pasará por lo que está en el aire, por lo nuevo, en los avances del mundo, en la creación; y seguirá hasta nunca acabar, siempre habrá un camino que recorrer, por el que investigar, hasta para contradecirse… Sigue leyendo Peste & Cólera, de Patrick Deville

Publicado el

El último de la estirpe, de Fleur Jaeggy

El último de la estirpe

El último de la estirpeSon los pasos que se adivinan, los que no se oyen, los que te erizan el pelo, no ya por terror, sino por la sensación de que algo se mueve como si fuera una mano invisible que, con tiza, escribe en una pizarra señuelos y mapas de lugares donde se aparecen cosas que no te explicas, o que, aunque lo haces, no deberían estar allí. Y no tiene necesariamente que, como he dicho, ser una imagen terrorífica o un aire indeseado o una relevante impresión. No, no tienen que ser esas cosas, pudieran ser partes de ti mismo deseadas o esperadas, pasadas o futuras. Pero, como fantasmas de seres queridos, como fotografías de pasados mejores, como inmortales lecciones de profesores olvidados, ser tan furiosamente queridos como lánguidamente comenzados a olvidar; ya que parecen ser parte de un sueño que se materializa por última vez, parecen velas que comienzan a gotear sus ultimas ceras, palacios que ven derrumbarse el tejado, en un estruendo de pájaros sin nombre, piedras poderosas y madera carcomida. “El último de la estirpe” posee el olor de la sutil decadencia y del silencioso destino de las cosas que pasaron o, eres plenamente consciente de que hagas lo que hagas, van a pasar…

Las imágenes del espejo en sombra, las personas que no pueden despedirse, los sermones de consolación, las habitaciones vacías, los muertos sin nombre, todos, son el último recurso de la vida para mostrarnos que todo cuanto se ha ido se queda en los rincones del angulo muerto entre la mente y los sentidos.”El último de la estirpe” son los relatos sobre gente ausente, sobre figuras, compactas o etéreas, que parecen dominar el presente y el futuro desde su nostalgia poderosa. Son historias sobre mundos reales y sobre mundos desaparecidos, que parecen disolver sus contornos hasta mezclar vida y muerte, pasado y presente.

Revolver entre los veinte cuentos que componen el libro supone descubrir pasillos que llevan a habitaciones solitarias donde encuentras a Ingebor Bachmann, o, en otra, a Oliver Sacks, o el más bello es el hipnótico aposento donde Fleur Jaeggy dejó reposar sus recuerdos de Iosif Brodsky, lleno de lugares sin olvido y olvidos llenos de lugares. Sigue leyendo El último de la estirpe, de Fleur Jaeggy

Publicado el

Un hombre astuto, de Robertson Davies

Un hombre astuto

Un hombre astutoNo podría ajustar una definición mejor para “Un hombre astuto” que el de un ejemplo de alquimia literaria. Alquimia como mezcla y como combinación de elementos intelectuales diferentes: la maestría de la ficción que se mezcla con la de la filosofía, con la de la medicina, de la música, el arte y la religión; alquimia como ciencia iniciática desarrollada para mentes ávidas de conocimientos de cosas inciertas, inventadas y contadas a la luz de unas pocas velas y con la ventana abiertas a los oídos de los curiosos intrusos… Y esa química para hechiceros es la ciencia con la que está escrito el libro. A pesar, a veces, de parecer estar sostenido por los sólidos contrafuertes de la religión oficial, a pesar de las vigorosas fuerzas de la moralidad que parecen desarrollarse por sus páginas, a pesar de la sensación de elitismo snob que parece ocupar a algunos de los habitantes de sus hojas; a pesar de todo esa tramposa sensación, este es un escrito libre y mágico, fabricado, al parecer, por esos alquimistas, brujos y brujas que se disfrazan con vestidos de gala, que convierten el libro en una sopa de letras hervida en una marmita llena de imágenes hermosas, de humor ácido y culto, de ironía y sagacidad, de corrosión y cemento ; y cuyo resultado final es una mezcla compacta de personajes, de crónicas, de nuevos y antiguos lapsos de vida, que parecen empezar a fraguarse en el borboteo, irónico, de una sopa de recuerdos .

Hobbes, un viejo clérigo anglicano, aclamado santo por sus feligreses, muere de infarto en el púlpito y, años después, una curiosa periodista pregunta a Jonathan Hullah, viejo amigo de familia, por los acontecimientos que sucedieron entonces y por las personas y las ideas que poblaron aquellos tiempos. Jonathan utilizará esa excusa para hacer un diario con la crónica de aquella vida que conoce y conoció, desde su nacimiento hasta la vejez; y con la atención y el recuerdo puesto en las personas, ciudades, pensamientos, comportamientos, meteduras de pata, manías, escuelas, hospitales, cementerios, sacerdotes, iglesias, periodistas, hipocondríacos, curanderos, santos, borrachos, serpientes, enfermeras juiciosas…que lo rodearon, en Toronto, desde la primera parte del siglo XX, hasta cerca del final de siglo. Escritas a modo de memorias, el tiempo irá y volverá del presente al pasado, y, en cualquiera de esos tiempos, las historias se disolverán en el intento de contar la vida paso a paso, con su sincera explicación, con su profunda evocación, su desastrosa solución, su afilada ironía o su visión desenfocada.

Pero “Un hombre astuto” básicamente nos escribe sobre la historia propia de Jonathan Hullah, Su infancia, sus años escolares, la universidad, la guerra, la profesión… Y, él,  se nos aparece, entre los textos, como un improbable paradigma de hombre del renacimiento: ducho en el arte, en la música, en ciencia, en la sutileza de la retórica, del saber universal común y del saber inusual; porque él es un médico muy peculiar, que utiliza las ideas de Paracelso y de la Filosofía Perenne para diagnosticar y tratar a sus pacientes. Sus excéntricos y, a veces, expeditivos, soeces o procaces métodos van paralelos, Sigue leyendo Un hombre astuto, de Robertson Davies

Publicado el

Cuentos completos, de Grace Paley

Cuentos completos de Grace Paley

Cuentos completos de Grace Paley

Intentar resumir en pocas palabras los “Cuentos completos “de Grace Paley es como reducir el mundo a la medida de una mano, de esas que aprietan la realidad y escriben con su zumo; es como cortar un pedacito de universo y hallar que todo lo que existe está condensado en esos centímetros que abarca el espacio de un cuento: descubres que allí se encuentra la dureza como la del hierro, la luminosidad como la de una luciérnaga, la ferocidad como la de la sonrisa del león, la alegría como la de la mirada de un payaso, la acidez como la de la verborrea de un fanático vencido, la inteligencia como la de los ojos de una rapaz o se encuentra la insistencia como la del bombeo del corazón de un niño perdido en la gran ciudad . Creo firmemente que todo lo que está escrito en estas páginas, poderosas como el testamento de una adivina, es el resumen de la vida de una mujer como Grace Paley; en ellas están escritas todas sus ideas, sus intenciones, sus idas y venidas, también están humedecidas por las lágrimas e iluminadas por las risas -muchas risas-, y los recuerdos y las pretensiones…

Todo los cuentos son un manantial de ideas, de imágenes, de intentos de explicación del mundo. Todos ellos conforman una especie de bombardeo de ideas o de tormenta de nieve que parece ocuparlo todo; rellenando cada espacio y cada sensación que surge del texto, y que consigue que todo lo que ocurre, ocurrió o parece que ocurrirá, se complete y explique como si alguien pusiera la ultima pieza para completar una esfera y, de ese modo, conseguir ver el mundo, las historias, en todas sus dimensiones, desde todos los puntos de vista. Todo es redondo en sus relatos, hasta el más oblongo, hasta el más liso. Sí, todo es redondo hasta que, de repente, descubres que Grace a veces manipula esa esfera y de repente parece tener pinchos, o le salen rayos que salen del sol como en los dibujos de los niños, o como con pelos alborotados parecidos a los de la foto de la misma Grace en la portada. ¿ Y, por qué? Porque hasta en los temas más lisos, o en los más graves, o en los más serios, aparece el humor. Todo tipo de humor: el triste, el satírico, el ácido, el sabio o el cínico… Nada debe ser tan sagrado como para no permitir que, al menos, un ápice de sonrisa tamice la visión de las cosas y las limpie de fatalidad o de esa tristeza, de la que hay tanto, que sobra. Sigue leyendo Cuentos completos, de Grace Paley

Publicado el

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado de Maya Angelou

yo sé por qué canta el pájaro enjaulado

yo sé por qué canta el pájaro enjauladoSi juegas a cualquier juego de cartas sabes que si no tienes una buena mano es difícil que tengas posibilidades de ganar. Si en la vida tienes las cartas en contra, lo único que puedes hacer es dejar que pasen las partidas, que pasen las apuestas, que trascurran los días y tener lo suficiente en la bolsa para que cuando te llegué, quizá, tu única buena mano, apostarlo todo… Maya Angelou no tenía buenas cartas: era de raza negra en el segregacionista sur norteamericano de los primeros años del siglo XX, era, también, mujer en un mundo para hombres, era una niña que soportó la violencia de su padrastro, era una hija de un pareja divorciada que envió a sus hijos a un pueblo profunda y peligrosamente racista, Stamps -Arkansas-. Todas las manos parecían que estaban preparadas para posarse encima de su cabeza, para impedirle que creciera, para que en ese mundo hostil sobrevivir fuera lo mejor que podría ocurrirle, sin mas pretensiones. Sin embargo “Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado” es la constatación escrita del inicio de la ruta por la que Maya escarbó, descompuso, deambuló, creció y corrió, para poder llegar al momento que pudo mirar los naipes y romper la baraja sin disimulo.

Así que “Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado” es el primer libro de una serie de novelas autobiográficas. Pensarán que las librerías y las bibliotecas están llenas de libros autobiográficos, de calidad y estilo literarios muy inferiores pero de igual intención; son de esos por los que transitan banqueros de grandes egos, políticos discurriendo “excusatio non petita…, deportistas aprovechando unos pocos años…¿Qué hace de este libro un lugar en el que te puedas quedar sin temor a ser el rincón donde se cuentan historias vacías, o se describen situaciones en las que las telarañas surgen antes de caer la tinta de la punta del bolígrafo? Pienso que existen momentos en los que el lector es tan actor como testigo de lo que lee, oculto o presente en el fondo decorado es partícipe de las cosas que cuenta, especialmente si son relatos sobre cosas que han sucedido. Sigue leyendo Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado de Maya Angelou

Publicado el

Una niña está perdida en el siglo xx, de Gonçalo M. Tavares

Una niña está perdida en el siglo xx

Una niña está perdida en el siglo xx

Recuerdo que cuando de niño jugaba a la “gallina ciega” y tras un buen rato de perseguir a mis amigos conseguía atrapar a uno, sentía la sensación de alivio, pero también notaba que habiendo pasado el tiempo moviendo mis manos en la nada, cuando apresaba un brazo o una mano o, a veces, el cuerpo, era como aferrarme a algo seguro, a algo sólido, a algo que , de repente, destacaba en lo monótono de esa nada. Ayer leyendo este libro se me reprodujo, mucho tiempo después, esa misma sensación. Aunque lo cierto es que cada vez que leo a Gonçalo M. Tavares lo hace. ¿Por qué? Sospecho que es porque en todos los textos que he leído de él se muestra su figura contundente, solida y segura entre cada una de sus páginas; diría yo, incluso, que se le adivina en el breve espacio que existe entre las letras de una palabra. Es una silueta única, diferente, reconocible y que, más que agarrarlo tú, parece que te atrapa él; sea en una única imagen, en un pequeño cuento o en una novela. Se distingue su mundo, decididamente particular, en cada frase que inmovilizas entre tus meninges, y pienso que si cierras los ojos -como jugando- y alguien te lee sus páginas, sentirás la misma sensación de vértigo del que busca, pero también de anhelo por alcanzar o comprender sus lugares, sus pasiones, sus profecías, sus engaños, sus pretensiones, sus paraísos infernales y sus infiernos de tentaciones. “Una niña está perdida en el siglo xx” es una novela, también, de búsquedas, donde perseguir y huir son la misma forma de continuar hacía delante, de recomponer un puzzle cuyas piezas son recortes de muchas vidas, de caras y cuerpos sin culpa, de miedos y de derrotas, de tentaciones y despedidas, de horror y amenaza, de detalles mínimos que crean un mundo, y mundos enormes que se resumen en un libro.

Una niña está perdida en el siglo xx” es la historia de una reunión: la de Hanna, una niña con síndrome de Down perdida en la calle, y de Marius un hombre la descubre mientras huye; y es la búsqueda del padre de la niña en la ciudad de Berlín. Así de simple, así de sencillo… El resto es arte…. Lo que no voy a poder contar de la novela es lo que yo solo puedo describir como una manifestación de talento…Capacidad y calidad que se refleja es una sucesión de imágenes, sensaciones, ideas, evocaciones, percepciones, alegorías… Sigue leyendo Una niña está perdida en el siglo xx, de Gonçalo M. Tavares

Publicado el

La confesión de la leona, de Mia Couto

La confesión de la leona

La confesión de la leona

Cuando pensamos en el acto de la caza, siempre lo hacemos estando situados en la parte del cazador, por el lado de madera de la escopeta o de la cuerda del arco. No existe, sino es en esas pesadillas nocturnas, la posibilidad de pensar que somos la parte cazada. Es labor de la literatura ponerse y ponernos en la piel del cazado, del que está en el centro del punto o la cruz de la diana o en el pegamento de la telaraña. Pero existen más posibilidades que el de ser cazador o ser cazado; podríamos pensar que puede existir un tirador que es acosado y una presa que se revuelve contra su destino, y un pueblo que descubre que los pasos del perseguidor y del perseguido son los mismos, que se confunden hasta, casi, parecer uno sólo; existe también la posibilidad de que la caza solo sea la alegoría del propio mundo y la verdadera realidad sea la que se encuentra, más allá de las balas, entre lápices afilados y, acaso, es eso lo que se halle entre las historias de “La confesión de la leona”.

Si a algo apunta Mia Couto, si a algo busca colgar en el desolladero y mostrar sus entrañas y sus despojos, es a esa parte de la sociedad de Mozambique que deja que la mujer sea el lado que más sufre, el atacado, la parte desgarrada de la cuerda, y que no permite que salga de su existencia como cautiva y trofeo de cualquiera que piense que es superior por género o nacimiento. Sigue leyendo La confesión de la leona, de Mia Couto